Encuentros de Reflexión

 Reflexiones sobre los Mensajes de Medjugorje

Los Encuentros tuvieron lugar los 2dos. y 4tos. sábados de mes durante el año 2000, en el Convento de Santo Domingo (Venezuela 395, esquina Defensa), Buenos Aires. Además del tema desarrollado, hubo un tiempo para oraciones e intercambio de preguntas y respuestas.

AVISO: a partir del mes de enero de 2001 hay receso. Comunicaremos la fecha en que se reiniciarán. 

A continuación transcribimos los temas de reflexión de los primeros encuentros. Próximamente continuaremos incorporando los temas de reflexión que siguieron a éstos.

Aquel primer día en Medjugorje
El segundo día
El tercer día
Entre las montañas
Piedras de Medjugorje
No temas

 

Aquel primer día en Medjugorje

    En estos encuentros hablaremos, ante todo, de los mensajes de la Santísima Virgen. Y especialmente aquellos que nos da en Medjugorje, porque nos sentimos parte de esta escuela en la que todos nosotros somos alumnos.
    Nos reunimos no para ejercitar la memoria sino para que, evocando los mensajes, ejercitemos el corazón.

    Mucho se habló y se habla de la historia de las apariciones, de cómo fueron aquellos primeros días y hasta uno se complace en comentar y recordar ciertos detalles. Sin embargo, si concordamos en que lo que, desde entonces, viene ocurriendo en Medjugorje no ha sido fabricado, sino que en verdad nuestra Madre aparece, deberíamos convenir que todo, hasta lo aparentemente trivial, posee un sentido profundo a desentrañar.
    Por eso, propongo que nos detengamos en el primer día, aquel 24 de junio de 1981.

¿Qué ocurrió? ¿Cuáles son los datos con que contamos?
    Muy brevemente, podríamos reconocer fácilmente en ese primer día los siguientes elementos:
    A una cierta hora de la tarde de aquel día de verano, y a una cierta distancia, dos niñas primero, a las que muy pronto se añade otra, ven a quien reconocen, de inmediato, como la Virgen, con el Niño en sus brazos.
    La Virgen les hace señas para que se acerquen y, también ven, que tapa y destapa al Niño.
    Las niñas o adolescentes son: una pastora, una chica de ciudad que suele veranear en Medjugorje y otra chica de la aldea.
    Sin entrar en mayores detalles, ahí está todo el cuadro. Un cuadro que, sabemos, es de naturaleza dinámica. Porque después de esto las chicas huyen, y van –muy excitadas- a buscar a otra amiga quien, a su vez, se encuentra con otros dos chicos que se unen al resto. Seis en total son aquellos adolescentes que aquel primer día ven desde lejos a la Virgen. Todos la ven y todos huyen. Ninguno se ha atrevido a acercarse.

    Tales son los elementos. Ahora, tratemos nosotros de ver qué más podemos llegar a vislumbrar de ese frustrado encuentro del primer día.
    Ante todo, (recordemos que hemos partido del acto de fe que la Santísima Virgen aparece realmente en Medjugorje) sabemos que la Madre de Dios no habita la Tierra sino el Cielo. Que goza de la gloria en cuerpo y alma. También entendemos que el Cielo supone más que un lugar un estado y que no podemos hablar propiamente de tiempo sino de eternidad. Como de estas cosas no tenemos ni podemos tener experiencia Dios, en sus manifestaciones (teofanías), condesciende y se comunica con nosotros por medio de imágenes y de lenguaje tales que nos sean comprensibles.
    Con aquel entendimiento, podríamos decir que para llegar hasta donde los chicos la vieron, al pie del cerro, la Virgen recorrió una distancia infinita –la que media entre el Cielo y la tierra- y descendió abismalmente desde la eternidad hasta nuestro tiempo. Pues esto, que viene ocurriendo desde hace casi 19 años, y todos los días!!!, es pura gracia de Dios que envía a su Madre a quien hizo, ya en la tierra, Madre nuestra. (Y mejor no seguir discurriendo acerca de la infinita gracia que cada uno de estos términos implica, o sea el que Dios se haya hecho hombre, el que haya escogido a una creatura como Madre y la haya preparado y exaltado a tal dignidad, el que haya compartido la muerte y, más aún, aceptado morir para elevarnos a la eternidad, el que antes del sacrificio supremo nos haya dado a María como Madre, a quien hizo participar de su obra de Redención).

    Conviene no apartarnos ahora de esta gracia tan grande y singular: el ser visitados por María.
    La gracia es don gratuito pero que siempre requiere de nosotros la aceptación y el movimiento, impulsado por nuestra voluntad, de ir hacia la conquista de esa gracia. Dicho muy simplemente, Dios hace todo, pone todo, pero requiere de nosotros un querer ir hacia Él, un mínimo esfuerzo, un movernos hacia aquello que quiere darnos.
    En esa tarde la Santísima Virgen había dado el salto infinito del Cielo a la tierra. Sin embargo, no se ponía frente a ellos sino que quedaba a pocos pasos, a quizás unos cien metros (acá no importa la exactitud de cuántos metros realmente eran) llamando a los chicos. ¿Es que habiendo hecho tanto no podía acaso acercarse más? No. En esa actitud y en los gestos nos muestra algo. Nos muestra que la gracia está ahí, al alcance humano. A los chicos les hubiera bastado dar sólo unos pocos pasos, y -en breves minutos- se hubiera producido el encuentro. La dificultad no estaba en el terreno o en la distancia, porque todo eso era salvable, sino en algo que veremos enseguida.

    Otro dato que es una característica si no exclusiva al menos muy común en la historia de las apariciones de María: sus elegidos interlocutores son niños, a quienes llama. Y muy posiblemente escoge y llama a niños porque para entrar al misterio al cual invita, el misterio del Reino, hay que ser o hacerse como niños.
    A través de ellos, sus videntes, sus profetas, nos llama a todos, y a todos quiere hacernos sus niños, sus hijitos muy queridos, para introducirnos al Misterio.
    Ella misma tiene en sus brazos al Misterio. Ella misma es Misterio. Misterio de Madre de Dios, que así se está mostrando, porque tiene en sus brazos al Hijo. Esta es la gran señal que nos conduce con toda seguridad a Dios, la misma señal que tuvieron los pastores, las que vieron los Magos venidos de Oriente: la Madre con el Niño. Es el signo seguro para llegar hasta el Misterio de ese Niño, que por ser su Hijo es Hijo del hombre, pero que también es Hijo de Dios. ¡Es Dios Niño!

    María nos llama para introducirnos al Misterio de Amor. Ella viene a que participemos de la gracia inconmensurable del Amor.
    Ella nos trae a Dios, que es Amor, Ella nos trae al Amor en la ternura del Niño. Es el Amor que se da a sí mismo, pero más que en la cruz, porque hasta de eso parece que desconfiamos!!, se da desde los brazos de su Madre. María nos trae a Jesús Niño, al Amor sin idea de mal, el Amor sin idea de Justicia, al Amor indefenso. María nos muestra el corazón vulnerable de Dios.
    Y, nos preguntamos ¿por qué tapa y destapa al Niño? Porque es Dios, oculto en la figura del Niño, a quien Ella viene a develar. Y lo devela a los niños. Porque sólo los niños, los simples –como los pastores, como los bienaventurados que tienen alma de pobre- pueden sino comprenderlo intuirlo en la contemplación.
    María devela el misterio al destapar al Niño que tiene en sus brazos.
    El Misterio es Dios que se manifiesta oculto en la niñez, en la indefensión, en la ternura de Jesús, el Cristo, el Corderito.

    Ya Dios se había manifestado en la amistad a su profeta Elías, en la dulce brisa de la montaña del Horeb.
    Ahora, para aquellos que tengan ojos para ver, para aquellos que sepan descubrir a Dios en el Niño que está en brazos de la Madre, la Revelación de la ternura y amistad de Dios es mayor. Esta es la Revelación de la Encarnación, de Cristo el Emanuel. Es la Revelación de la ternura ya no del soplo suave del viento sino del aliento del Niño, de su amor indefenso, inocente, sin idea de mal. Es la Revelación de todo un Dios, Omnipotente y Justo pero, por sobre todo Misericordioso, que para acercarse al hombre y ganar su confianza (esa que la herida del pecado original y la voz del enemigo han dañado) no sólo se hizo hombre, se ha vuelto niño.

    Sin embargo, pese a todo, no hubo encuentro aquel primer día. Entonces, cabría preguntarse:¿Aquel 24 de Junio, por qué no se acercaron? ¿Qué se los impidió?
    Pienso que el obstáculo fue el miedo, la desconfianza a Dios, aún a Dios hecho Niño. Se podría arriesgar a decir que fue el miedo a la Verdad, a la Luz.
    Es casi un lugar común que la desconfianza hacia Dios, hacia lo que nos vaya a pedir es porque nuestra imagen de padre está dañada y, por tanto, es menester sanarla. Puede que hasta en algunos casos haya verdad en ello, pero aunque la imagen paternal estuviese restaurada, ¿significa ello que confiaremos en Dios sin más ni más como para abandanarnos en Él? Seguramente que no, porque la verdadera causa debemos buscarla en el pecado, que es el que ha dañado la imagen que tenemos de Dios.

    En el maravilloso relato del Génesis se nos dice –en lenguaje poético de imágenes y similitudes- que después de pecar el hombre y su mujer, cuando al caer la brisa de la tarde oyeron los pasos de Dios por el jardín, se escondieron. ¡Qué imagen de intimidad, la que el hombre tenía con Dios!
    Se ocultaron en medio de los árboles del jardín. Recordemos, de paso, que el árbol que estaba plantado en el medio era el de la ciencia del bien y del mal, el que tenía, precisamente, como fruto el conocimiento de lo que está bien y de lo que está mal, conocimiento reservado sólo a Dios. Ese fruto, una vez comido, es el que abriría los ojos del hombre para hacerlo luego morir.
    Dios había puesto un vallado al hombre, a su codicia, para que su libertad no fuera inducida al mal. La semejanza con la que había sido hecho por Dios, el hombre por instigación de satanás, quiso volverla igualdad: ser como Dios.
    Cuando se oculta la pareja primordial, ya había comido del fruto prohibido, y, tristemente irónico resultó que al comerlo lo primero que habrían de conocer era el mal que habían hecho. Y se vieron en toda su desnudez.
    La desnudez es la indigencia absoluta en que se encuentra el hombre cuando se aparta de Dios, cuando no confía en su Providencia, cuando quiere alzarse por sus pobres propios medios, cuando deja que su libertad lo vuelva esclavo, cuando quiere hacerse como Dios y dice qué está bien y qué está mal. Hoy como nunca el hombre come de ese fruto, hoy dice él, y no Dios, cuándo una vida debe ser vivida y cuándo no.
    "Entonces, se abrieron los ojos de ambos y se dieron cuenta de que estaban desnudos"... La inocencia perdida. Es como escuchar: "Ya has probado, ya no puedes decir que no sabes qué está mal. Ya has probado el fruto amargo del mal y sabes que has desobedecido a tu Dios. Ya tendrás que responder por tus actos puesto que has querido ser el señor de tu vida."
    El saberse desnudo es ser consciente de la elección de "independizarse" de Dios, es la consecuencia de la elección de esclavitud: la de seguir la propia voluntad en oposición a la de Dios. Propia voluntad, que en realidad no es propia sino de satanás que nos aparta de Dios para esclavizarnos en su reino de muerte. Tenemos miedo porque conocemos íntimamente nuestras culpas, o la culpa a la que se reducen todas las otras: desconocer la voluntad divina por desconfianza a lo que Dios nos pide o nos pueda pedir.

    Estaban ocultos pero el Señor Dios llamó al hombre y le dijo: "¿Dónde estás?".
    Es la pregunta que desde entonces Dios nos hace en nuestras vidas. Y podremos ahogarla, podremos ocultarnos, pero la pregunta queda. "¿Qué has hecho de tu vida? ¿Qué has hecho hasta ahora de la vida que te he dado?". Así suenan estas preguntas con que Dios nos interpela. Preguntas que en lenguaje de Cristo equivalen a decirnos "¿Cuánto has amado? ¿Cuánto has perdonado?".
    Dice Martin Buber que en la respuesta de Adán "Oí tus pasos en el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo, y me he escondido", se inicia el camino del hombre. El camino de retorno hacia Dios.
    Reconocer, como dice Buber, la situación en la que nosotros mismos nos vemos sumidos es inicio de conversión a Dios, pero no es suficiente para llenar el abismo de separación. La verdadera respuesta es Cristo, el único que puede reconciliarnos con Dios y devolvernos la vida, la eternidad.
    El relato bíblico también da cuenta que al lado del árbol prohibido estaba el árbol de la vida. Ese árbol cuyo fruto da al hombre la vida eterna y lo salva de la muerte es la Cruz. Porque Cristo es el fruto que pende del árbol de la vida. "El que come de mi carne y bebe de mi sangre tiene la vida eterna y yo lo resucitaré en el último día" (Jn 6,54).

    El Señor debe sanarnos, a eso viene nuestra Madre.
    Debe sanar nuestros miedos, nuestra desconfianza a su amor, a su misericordia, y aún a su cruz. Por eso, pidamos a nuestra Madre en oración silenciosa que interceda para que el Señor sane nuestra desconfianza, nuestros miedos. Para que nuestra confianza, que ha de manifestarse en el abandono, sea total.
    Aquel primer día los chicos huyeron.
    Siete años después (25/6/88) la misma Virgen decía en su mensaje: "Confíen en Dios para que Él pueda sanarlos y perdonarles todo lo que les impide caminar por el camino del amor." Esta es la única respuesta para detener nuestra huída y volver a Dios: recuperar la confianza en Dios para que nos restaure sanándonos y perdonándonos de nuestros pecados, uno de los cuales es –precisamente- el no confiar en su Misericordia.
    Grave ofensa que hacemos a su amor es desconfiar de Él, desconfiar de la imagen perfecta del Padre que Cristo nos da en la cruz. "El que ha visto al Hijo ha visto al Padre".
    También, en aquel año, nos decía nuestra Madre: "Los invito al total abandono en Dios... no tengan miedo porque yo estoy con ustedes... Yo les traigo la paz, soy la Madre y Reina de la Paz(25/7/88)... Oren, hijitos, para que satanás no los sacuda como hojas al viento. Oren incesantemente... Sean fuertes en Dios (25/4/88)".

    Si estamos temerosos, angustiados, la respuesta es el abandono confiado y la purificación de nuestros corazones en la reconciliación con Dios.
    Recientemente nuestra Madre nos pedía: "ábranse a Dios y a su amor" (25/3/00).      Para abrirme a Dios lo primero que tengo que hacer es regresar a Él, desde mis temores, esos temores viejos como el hombre por causa de imágenes distorsionadas, consecuencia del pecado. Regresar a Él para que remueva los impedimentos. Si no puedo abrirle el corazón es porque el corazón está cerrado por el orgullo, la autosuficiencia, la desconfianza, el egoísmo,... Todos esos obstáculos vienen de la pérdida de lo esencial y no dejan de ser meras y tontas defensas por la incredulidad, por la desconfianza, por la falta de esperanza no sólo de fe. Por eso queremos apuntalarnos, hacernos fuertes a nosotros mismos, y nos enmascaramos, simulamos dar solución a nuestras falencias, aparentamos pero no somos. El camino de retorno pasa por reconocer la propia fragilidad y debilidad y la íntrinseca miseria. Abriéndose a Dios, a su amor, a su presencia en la Iglesia, a la reconciliación, se empieza a caminar por senderos de paz hacia la eterna gracia.

    Encomedemos nuestras intenciones, las de perseverar en el camino de abandono a Dios, de apertura de nuestros corazones a nuestra Madre, siempre Virgen, siempre María, en su advocación de Santa María del Buen Aire. Advocación ésta protectora de los navegantes. De ella, Santa Maria di Bonaria, toma el nombre D. Pedro de Mendoza para dárselo al puerto que funda: Santa María del Buen Aire. La advocación se refiere al aire, a los vientos de navegación, de la navegación a vela. El buen aire es, entonces, el que conduce, el que lleva, no el que arrastra y destruye y hunde.
    Dice la Sma. Virgen, lo dice en Medjugorje, "mi señal es el viento". "Yo vengo con el viento". Pero con el viento dulce, con la brisa, como la de la teofanía de Elías, como la que visitaba el Edén cuando Dios se paseaba y el hombre y la mujer escuchaban sus pasos.
    El viento con que nuestra Madre viene es el del Espíritu, el viento suave, señal de vida que sonríe, que nos conduce delicadamente a la meta, que es el encuentro con Dios. Y como no arrastra respeta nuestra libertad, nuestro timón, nuestro propio derrotero.

    Santa María del Buen Aire, ruega por nosotros!

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El segundo día

    Sabemos que el 25 de junio se celebra el día de la Reina de la Paz en Medjugorje y en todas partes donde estos mensajes llegan. Sabemos también cuál es la razón de esta conmemoración: si bien la Santísima Virgen aparece por vez primera el 24, recién este segundo día es el del encuentro con los chicos.
    Bueno es entonces repasar qué sucedió ese 25 de junio de 1981. Ante todo conviene aclarar que las versiones, debido a las imprecisiones propias de los relatos y por el tiempo transcurrido, pueden diferir ligeramente. Pero, nuevamente, lo que nos importa son algunos puntos esenciales que nos permiten desantrañar mensajes más allá de los que nuestra Madre nos ha transmitido, digamos, de viva voz.
    Cuatro de los chicos deciden volver el segundo día. Ya en este hecho vale la pena detenernos para observar que dos de los que presenciaron la aparición del 24 de Junio ya no vuelven. Cuáles fueron las razones precisas no lo sabemos. Milka, la pastorcita, no va –se dice que porque su madre la necesitaba- pero en cambio va, llena de esperanzas en ver a la Virgen ("aunque más no sea de lejos") su hermana Marja. En lugar de uno de los Ivan va un niño de 10 años, Jakov, quien está totalmente excitado y ansioso de ver a la Madre de Dios.
    Vicka, por su parte, está segura que la Gospa (así es como la llaman a la Virgen en aquella aldea y en otras partes estos pueblos de raza croata, "la Señora") irá a aparecerse nuevamente.
    Pero, todos, en verdad, habían estado sintiendo un fuerte llamado interior para ir a la colina del Podbrdo. ¡Y allí están ellos!
    Muchos no habían creído lo que los chicos habían contado el día anterior, muchos seguirían incrédulos el segundo día de las apariciones porque se decían, talvez con alguna razón, "si no son santos ¿cómo van a ver a la Madre de Dios?!" Razón en cuanto a la santidad, porque esos chicos eran como todos los demás de su edad, ni mejores ni peores, y no particularmente devotos o especiales. El equívoco, sin embargo, venía de confundir, como solemos hacer, la gracia con el mérito. Lo que esos chicos decían presenciar no era premio a mérito alguno sino pura gracia de Dios.
    Pascal escribió: "Sólo la gracia hace de un hombre un santo. Quien lo dude no sabe lo que es un santo ni sabe lo que es un hombre". En este caso parece que lo que se ignora es qué es la gracia.
    Ya cuando reflexionábamos acerca del primer día decíamos –a propósito del frustrado encuentro, ya que los chicos no habían acudido al llamado de la Virgen- que para que la gracia realice su obra al don de Dios debe concurrir la voluntad del que lo recibe, es decir que el don divino supone también la conquista de la gracia que Dios ofrece. Ivan suele decir que la oración del corazón es un don que Dios se lo da a quien se lo pide.
    Ahora, este segundo día volvía a repetirse la situación, porque la Virgen llama pero no ya de forma visible sino que llama al corazón de esos hijos, pero, esta vez, la respuesta es la de ir al encuentro.
    Pese a los temores ellos van. No van solos, otros los acompañan. Cuatro eran los chicos del primer día (Ivan, Vicka, Ivanka, Mirjana) que regresaban para nuevamente ver y encontrarse con María. A ellos se agregaban otros dos (Marja y Jakov) que tenían las mismas intenciones. Estos dos habían sabido que la Madre de Dios se había aparecido, habían creído firmemente en ello y deseaban vivamente verla, aunque más no fuera de lejos.
    En esto debemos reflexionar, en la fe y en el deseo impulsado por la fe.
    La fe es el llamado, Dios nos llama a la fe pero también con la fe nos llama. Todos recibimos dones, y la fe es un don recibido en el bautismo, la pregunta es ¿qué hacemos con el don de Dios?
    Seis chicos reciben el don de la visita de la Madre de Dios el día 24. Dos no regresan el segundo día pero otros dos han recibido el don de creer y por ello quieren verla, y ellos van para satisfacer el deseo. Los 4 del primer día y los dos que se acoplan, unos y otros van en conquista de la gracia, al encuentro de María que los visita. Pues estos seis, desde aquel 25 de junio en más, han de ser los videntes de Medjugorje, los elegidos que verán, dialogarán y hasta podrán tocar a la Virgen venida de los Cielos.
    Dice el Señor: "Muchos son los llamados y pocos los elegidos". Dios no actúa, como nosotros, de manera discriminatoria diciendo negando a algunos acercarse a alcanzar un privilegio, porque a todos les hace posible alcanzar la salvación. La elección divina depende de nuestra propia elección, de aceptar lo que Dios nos ofrece. Acá se nos hace evidente que "elegido" es aquel que acude al llamado, que ofrece su respuesta, que desea acercarse al llamado invintante.
    Contrariamente, los otros dos que no estuvieron este segundo día, Milka y el otro Ivan, nunca más habrían de ver a la Gospa. Esto debe hacernos pensar y servir para no dejar que la gracia pase de largo en nuestras vidas. Pidamos al Señor estar alertas a su invitación, como las doncellas sabias, con la mente y el corazón encendidos, como las lámparas de la espera. Con renovadas fe y esperanza preparándonos para el encuentro y pidamos también poder responder con amor, generosamente a su llamado.

     Sí, este es tiempo de gracia, es tiempo de misericordia. Sabemos que la misericordia de Dios no tiene límites, que es infinita, que es eterna. Pero el tiempo sí lo tiene. Todo tiempo tiene un término y éste –nos lo recuerda la Madre de Dios- también lo tendrá. No significa que luego, al terminar este tiempo, Dios dejará de ser misericordioso, pero,seguramente, todo será mucho más difícil porque no estarán las gracias especiales a nuestro alcance como lo están ahora y porque, al parecer por lo que la Reina de la Paz reveló, no habrá mucho tiempo disponible para recorrer el camino de la conversión.
    En sus mensajes, sobre todo últimamente, con insistencia nos repite que este es tiempo de gracia. Tiempo que sólo reconoceremos y aprovecharemos si oramos con oración incesante.

    Dijimos que los seis niños, en aquella tarde del 25 de junio de 1981, no fueron solos. Son acompañados por muchos que de alguna manera han creído lo que oyeron decir o por curiosos que vienen a comprobarlo, porque algo les dice que puede ser cierto, que la Virgen realmente aparece en Medjugorje.
    Y este día, muchos ven! Ven no a la Gospa sino signos. Ven relámpagos y una fuerte luz hacia donde los chicos son atraídos y llegan a gran carrera, pasando por entre cerradas matas espinosas y por encima de un terreno abruptamente rocoso y lleno el suelo de piedras filosas. Ven a los chicos caer en éxtasis sobre las piedras. Y escuchan el silencio, ese silencio profundo en el que parece la naturaleza detenerse, expectante, porque está presente y habla la Madre de Dios a sus elegidos. Para quienes acompañan a los videntes, es la presencia invisible de la Madre de Dios que habla a su silencio.
    De estos mínimos hechos, mínimos en cuanto a detalles y grandiosos en cuanto a gracia y consecuencias, podemos extraer otra conclusión: la relación entre la evidencia y el creer. Lo que ocurrió con esas personas que acompañaron a los videntes no fue tanto que creyeron porque vieron, aunque los signos sin duda ayudaron, sino que vieron porque creyeron. Creer para ver, al que cree Dios le muestra. Al que no cree aunque vea nada le sirve.

    Los seis chicos se han encontrado con la Madre de Dios (todavía Ella no habría de revelar quién es pero todos lo intuyen ya). Es desde entonces que los seis la ven como ese primer día. En lo que sea posible transferir a nuestro pobre lenguaje, para describir una realidad tan sublime, se dirá que la ven bellísima, más allá de toda experiencia posible, de mediana estatura, muy joven, de tez mate, de ojos celestísimos, que entreven rizos de cabello negro y que está vestida de gris, con un blanco velo, sobre su cabeza una corona de estrellas y sobre una nube, no tocando la tierra. No toca la tierra porque Ella habita el Cielo. Su contacto con la tierra son y han de ser estos videntes, sus profetas, los que hablan en su nombre y nos transmiten la gracia de sus mensajes.

    Ivanka es, como el día anterior, la primera en verla. También es la primera en hablarle. Le pregunta por su madre, quien recientemente había muerto. "Está bien, está conmigo" dice la Virgen en su celestial voz.
    Mirjana le pide una señal para que la gente crea.
    No hay más diálogo.
    Los chicos están muy emocionados, también lo están las personas que los acompañan. Todos rezan, cantan, lloran.
    Por la noche una gran luz ilumina Medjugorje. Así pasa el segundo día.

    Ya nos detuvimos reflexionando brevemente sobre la fe y la gracia y la importancia de, primero, estar alerta al llamado y, luego, de responder al mismo. Ahora, podemos además meditar sobre estas apariciones.
    En un sentido las apariciones forman parte de la Revelación. Nunca en cuanto a modificación de la Revelación contenida en la Sagrada Escritura o en el Magisterio y Tradición de la Iglesia sino en otro sentido. En el de que todavía la Revelación está aconteciendo y en que hay hechos de lo revelado por venir (Jn 16,12 y Ap. 12) y también en que las apariciones son Evangelio no escrito.
    En primer lugar, a quienes los videntes ven, -notemos que en ningún momento ellos dudaron de la identidad de la aparición, ni los que la vieron ni los que se sumaron en el segundo día-, es a María resucitada, glorificada. La ven con su cuerpo glorificado al que pueden tocar. Es la persona misma de María con quien dialogan, a quien escuchan. Es María de Nazaret envuelta en la luz divina que participa de la gloria de Dios desde su Asunción a los Cielos. Ven a una persona concreta y singular de un modo y con características que inmediatamente entienden no es natural. Entran en contacto con el mundo sobrenatural, con la realidad que sustenta toda otra realidad. Intuyen la identidad aunque recién al día siguiente, ante la pregunta de Mirjana, dirá quién es, y ,por sobre todo, les es manifiesto qué dignidad tiene en el Cielo. Por medio de este contacto personal contamos con una nueva confirmación del dogma de fe, que se refiere a la verdad de María llevada en cuerpo y alma al Cielo y viviendo en la gloria de Dios. Más tarde la Santísima Virgen revelaría a Vicka (y esto que lo había oído de su propia boca me lo volvió a confirmar recientemente) que Ella no murió sino que fue llevada de esta vida a la vida eterna. Recordemos, de paso, que el Santo Padre, Pio XII, cuando promulga el dogma deja abierta la cuestión de la muerte o no de la Virgen, tema ése de disputa teológica.
    En segundo lugar, no es posible negar importancia a las apariciones so pretexto que la Revelación ha sido ya dada y no hay nada más que agregar y, a partir de tal premisa, llegar erróneamente a concluir que las apariciones no tienen importancia para la fe o que no son necesarias. Esto último resulta verdaderamente grave; porque o se niega absolutamente la posibilidad que existan las apariciones, contra tantas evidencias a través de toda la historia de la Iglesia, o se desprecia lo que es don extraordinario de la misericordia de Dios.
    Basta recordar que Saulo es convertido en Pablo –y en San Pablo!- por la aparición de Cristo. Vana sería nuestra fe si Jesús no hubiera resucitado de entre los muertos, repetimos con las mismas palabras del Apóstol. Pablo lo vió. Nosotros creemos lo que Pablo y los Apóstoles vieron. Creemos en la Aparición de Cristo vencedor de la muerte, de Cristo que atraviesa los muros de nuestra realidad y nuestras limitaciones para mostrarnos la verdad del mundo que nos espera, la eternidad, y –asimismo- la verdad de su gloria que es la victoria de Dios, para quien nada es imposible.
    Precisamente el kerigma, el primer anuncio, está contenido en la expresión de San Pablo en la Primera Carta a los Corintios (1 Cor 15,1-11) donde leemos, entre otras cosas, lo siguiente: "Porque les transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce; después se apareció a más de 500 hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron. Luego, se apareció a Santiago; más tarde, a todos los apóstoles. Y en último término se me apareció también a mí, como a un aborto." (1 Cor 15,3-8)
    Pablo vio porque ya creía en la resurrección de los muertos, porque grande era ya su fe en Dios. Y lo que vio reforzó y enderezó su fe. Pablo no decía: "las apariciones no son importantes para la fe" o "yo no tengo necesidad de apariciones". Por la aparición de Cristo creyó en Cristo.
    Si leemos atentamente lo que sigue, de la 1ra a los corintios, veremos que Pablo habla también de la gracia de Dios y del esfuerzo necesario para que la gracia lleve a cumplimiento su obra. Él escribe:
    "Pues yo soy el último de los apóstoles, indigno de llevar el nombre de apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios. Mas, por la gracia de Dios, soy lo que soy; y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Pero no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo." No olvidemos, entonces, que esa gracia habría primero de manifestarse como una aparición del Señor a Saulo en su camino a Damasco. ¡Las apariciones son gracias extraordinarias de Dios, son manifestaciones de su misericordia, son evidencias de que se está en el tiempo de su misericordia!

    La fe vuelve evidente lo oculto, audible la Palabra. Creemos porque el testimonio es el de la Verdad. Creemos por la autoridad de quien lo transmite y la autoridad la da el mismo Dios a quien hace su mensajero y profeta. La autoridad es la misma vida de Pablo desde aquel encuentro en Damasco, la vida que ofrece a Dios en sacrificio hasta el martirio.
    ¿Cuál es la autoridad de los videntes? La que trasuntan en sus manifestaciones, en sus vidas, porque ellos no mienten. Como parece que tendemos más en creerle a la ciencia que a Dios, entonces debería servirnos que todos los tests a que fueron sometidos demuestran cabalmente que son personas normales, que no mienten y que sus éxtasis son verdaderos. Todo esto sin olvidar que la autoridad está, por sobre todo, dada por los signos, con que Dios acompaña lo que ellos dicen, y por sus mismas personas que se vuelven signos. (Ya hablaremos más delante de las personas de los videntes).

    La Iglesia repite junto al sacerdote que preside la Misa –en una de sus fórmulas- lo siguiente: "Señor, que podamos discernir los signos de los tiempos". Demos gracias a Dios porque podemos discernir los signos de estas apariciones, porque no despreciamos lo que Él nos da, porque creemos que realmente su Madre se aparece en estos días. Porque sentimos su llamado y porque acudimos a él. Démosle gracias por la fe.

    Decíamos que las apariciones son Evangelio no escrito, parte de la Revelación o Revelación en acto. ¿Cuál es el Evangelio no escrito de nuestros días? Ante todo el saber que Dios se acerca hoy al hombre. Viene a nuestro encuentro y tiene que hablarnos como nosotros entendemos, como un hombre. Así lo hizo antes, habló con palabras de hombres, a través de profetas y finalmente a través de Él mismo hecho hombre, que no deja de ser Dios. Así vino a hablarnos y nos habla hoy. Pero además nos está hablando con el lenguaje sencillo y dulce de la Madre. De esta Madre de Jesús, Madre de la fe y la misión. Dios, quien inició esa gran marcha al encuentro del hombre, en la humanidad, desde su Encarnación, vuelve por María, en tiempos de gran alejamiento, a encontrarse con nosotros.
    Entoneces, el Evangelio no escrito, la Buena, Excelente Noticia es ésta: nuestra Madre, Reina de los Cielos y de la Paz está todos los días con nosotros, para llamarnos, para conducirnos, para mostrarnos su presencia y cubrirnos con su Manto de amor. Por Ella el Cielo se une a la tierra desde hace casi 19 años, todos los días.

    Que descubran en tí, Oh María, en tu visita, la presencia oculta de tu Hijo, y que el Espíritu se efunda en nosotros para que salte nuestro corazón de alegría y con la boca proclamemos en alabanzas las maravillas que Dios hace en nosotros y que su nombre es Santo.

    Tengamos siempre presente que las apariciones y los signos son necesarios, por eso Dios los da. No necesarios para satisfacer nuestra curiosidad ni para forzar nuestra respuesta cuando nos empecinamos en no aceptar el amor de Dios sino para ayudarnos cuando estamos desorientados en la búsquda, cuando nuestra fe es débil.
    Nosotros tendemos fácilmente en transformar un defecto o incapacidad nuestra en negación de una verdad. A la imposibilidad de la razón de demostrar la existencia de Dios es a lo que apelan los que se dicen a sí mismos agnósticos, para luego vivir sin Dios. De la misma manera, para algunos la imposibilidad de determinar si la aparición es verdadera, en cuanto a manifestación divina, los lleva a afirmar que las apariciones no son necesarias o prescindibles.

    Todos sabemos cuando hablamos de señales -señales del Cielo- a qué nos referimos. Vale la pena, sin embargo, profundizar algo el tema al menos por dos motivos, para que nos ayude a estar atentos y para que no nos quedemos solamente en las señales. Porque, precisamente, el riesgo que se corre es el de tomar por dos vías opuestas: una es ignorar cualquier señal y la otra es quedarse en la señal y no avanzar.
    El signo o señal, es un indicador, una referencia que orienta, que lleva a un destino, a un fin. Por eso es medio y no fin en sí mismo.
    El signo debe siempre ser traspuesto. El signo sirve a la fe, la estimula, la renueva, y también a la esperanza; pero, además, indica un tiempo particular en la historia de la salvación.
    El signo debe ser desentrañado para que tenga, entonces, significado, para que "diga" aquello que tiene que decir.


Veamos ahora algunos ejemplos o casos de señales o signos del NT:
    El Bautista era señal en el camino. Señal que había camino. La gente no iba a ver a una caña que se agitaba con el viento ni a un hombre de poder vestido con ricas vestiduras. Iba al encuentro de una señal. A oir una voz, la de quien clamaba a la conversión en el desierto de Dios.
    El Bautista era el Precursor, signo de otro tiempo, del tiempo mesiánico que llegaba. "Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos". Tú anunciarás que el Reino de Dios está a las puertas, que la Luz llega a los hombres, que ya viene la Salvación en la persona del Salvador.
    Y luego, el propio Mesías sería reconocido por sus signos. Cuando Juan, en algún momento de duda, manda sus emisarios a Jesús para preguntarle si es el Mesías o si deberán esperar a algún otro, Jesús le responde con los signos que había profetizado Isaías:"Vayan y refieran a Juan lo que oyen y ven: los ciegos recuperan la vista, los cojos caminan, los leprosos son curados, los sordos oyen, los muertos resucitan, a los pobres les es predicada la buena noticia, y dichoso aquel que no se escandaliza de mí". (Mt 11,4-6)
    Por el milagro de Caná de Galilea, en aquellas bodas cuando el Señor cambió el agua en vino, sus discípulos creyeron en él.
    Reconocen que las profecías se cumplen por las señales con que venían acompañadas, así por ejemplo, la última entrada, la triunfal, de Jesús a Jerusalén, montado el Rey manso sobre una cría de asna. (Zac.)
    Nicodemo fue al encuentro de Jesús porque había visto señales ("Maestro, nadie puede hacer las señales que tú haces a menos que venga de Dios") (Jn 3,2).
    La samaritana vió una señal para reconocer al Mesías (Él le había leído en su alma).
    En Hechos de los Apóstoles nos relatan que los discípulos de origen judío que había venido con Pedro hasta la casa del romano Cornelio, no salían de su asombro al ver que el don del Espíritu Santo también se derramaba sobre los paganos, pues les oían hablar en varias lenguas, glorificando a Dios.
    Signos -fijémonos que así llama Juan a lo que llamaríamos milagros- fueron las multiplicaciones de los panes, y tantos otros que imposible sería contarlos.
    Pues hoy también hay señales, en el cielo y en la tierra. Hay grandes y numerosas y, a veces, extraordinarias conversiones que ponen de manifiesto a éste como tiempo de gracia.
    Para muchos las apariciones de estos tiempos son grandes signos de intervención divina extraordinaria.
    Medjugorje para muchos es una señal. Es la señal que allí aparece un gran signo, un signo visto por un vidente, Juan, el discípulo que el Señor amaba, el que escribió el 4to Evangelio, el vidente del Apocalipsis. Él vió esa señal, ese signo: Una mujer vestida de sol que aparecía en el Cielo. Él vió antes al Arca de la Alianza aparecerse en el Cielo y luego a la Mujer. El mismo Juan que había visto a Cristo transfigurado fue también testigo, en su visión, de María en su gloria. El Arca y la Mujer es la misma imagen de la Madre de Dios, Arca de la Nueva Alianza que contuvo al Verbo, la Palabra de Dios hecha carne y que viene a dar a luz al hombre nuevo. Por eso la Mujer está encinta. La Mujer sufre dolor por los hijos que engendra. Somos engendrados, nosotros hijos nuevos, en el dolor de la Virgen.
    No dudemos, la conversión tiene necesidad de señales porque es camino. Y en el camino hay signos que nos orientan a la meta. Sin ellos podemos perder el rumbo.
    Para cuando el hombre hubiese de estar más alejado, para cuando mayor fuese el pecado de la humanidad, para la apostasía, Dios escogió la mayor de las gracias, la mayor de las señales: la propia Virgen.

    Ayer el Bautista desde el desierto preparaba las almas para el encuentro con Dios. Hoy la Mujer (que aparece por vez primera el día del Bautista) viene hasta el desierto de la humanidad, donde Dios no está, para llamarnos a la conversión del corazón. Viene a decirle al mundo ateo que Dios existe. Pero, viene a mucho más, a gestarnos, a mostrarnos su presencia orante, porque cuando desciende a la tierra muestra lo que hace en el Cielo, reza con nosotros y por nosotros.
    Ella es señal, y pide que también nosotros seamos para otros señal.
    Nunca estuvo Dios más cerca nuestro, nunca nuestra Madre del Cielo estuvo por tanto tiempo con nosotros. Ella es la Mujer a quien el Hijo le ha dado las alas del águila para que vuele desde la eternidad hasta el tiempo de nuestros días, que eran aciagos y que por su presencia se han vuelto luminosos. Ella es quien nos llama al refugio preparado por Dios, el de su Corazón Inmaculado.
    María es la Madre que nos viene guiando –particularmente desde Medjugorje- y asistiendo en cada paso que damos.

Repasemos con espíritu nuevo sus mensajes:
"Agradezcan a Dios el don de mi presencia con ustedes, porque les digo "Esta es una gracia"." (25 de julio de 1992)
"Queridos hijos, escuchen y vivan lo que les digo, porque para ustedes es importante- cuando no esté más con ustedes- recordar mis palabras y todo lo que les he dicho." (25 de octubre de 1992)
"Queridos hijos, ésto -que pueda estar con ustedes- es una gracia. Por ello, por el bien de ustedes, acepten y vivan mis mensajes. Los amo y por eso estoy con ustedes para enseñarles y guiarlos hacia una vida nueva; la de la renuncia y la conversión." (25 de noviembre de 1992)
"Queridos hijos, éstos son tiempos especiales, y por ello estoy con ustedes para amarlos y protegerlos, para proteger sus corazones de satanás y acercarlos a todos, siempre más, a mi Hijo Jesús." (25 de noviembre de 1992)
"Lean la Sagrada Escritura, vívanla y oren para comprender las señales de este tiempo. Este es un tiempo particular y por ello estoy con ustedes para acercarlos a mi Corazón y al Corazón de mi Hijo Jesús." (25 de agosto de 1993)

    Al inicio en Medjugorje había una profusión de señales. Ahora no es así, hay un tiempo para cada cosa y este es, dentro del período de gracia, otro tiempo. Hoy -nos dice la Reina de la Paz- nosotros mismos debemos ser las señales para que otros crean y se conviertan. "Queridos hijos! También hoy los invito a la oración. Hijitos, sean portadores gozosos de paz y de amor en este mundo sin paz. Sólo con la oración llegarán a ser mis apóstoles de la paz en este mundo sin paz. Por eso, oren hasta que la oración se convierta en gozo para ustedes. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!" (25 de abril de 1999)
    En el mensaje de octubre 1996 decía que somos la sal de la tierra y la luz del mundo. En el del siguiente mes de noviembre nos pedía que fuésemos signos del amor de Dios y diésemos ejemplo con nuestras vidas para que prevalezca la alegría en los corazones de los hombres.
    La conversión supone, entonces, ir convirtiéndose uno mismo en signo.
    La pregunta es entonces: ¿Soy señal? ¿Qué señal soy? Soy el testigo alegre? Por qué no?
    Nosotros, en estos tiempos somos testigos de muchas señales (¡Demasiadas! dirá la Sma Virgen). Que no nos ocurra como aquellos judíos que después de haber visto grandes milagros, le dicen a Jesús "¿Qué señales nos muestras para que creamos en tí?" O, como el mismo Señor le dice a aquellos que lo seguían: ...ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque comieron hasta saciarse." Y esto lo decía nada menos que ¡después de haber hecho el milagro, el gran signo, de la multiplicación de los panes! ¡Atención! podemos estar ante la señal, verla y seguir como antes.
    Roguemos al Señor, estar atentos a sus señales, discernir los signos de los tiempos. Pidamósle a Él que todo lo conoce, que conoce nuestro corazón, que sigue nuestra vida, que sane y arranque de nosotros todo aquello que nos impide ser testigos gozosos de su amor y de la presencia de la Virgen en estos tiempos. 

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El tercer día
El primer mensaje

Es el 26 de junio el día del primer mensaje.
    Como sería de suponer, rápidamente se corre la voz de lo que está ocurriendo en Medjugorje y la noticia de las apariciones vuelan más allá de los límites de la aldea. Esa tarde se han congregado en el Podbrdo entre 2000 y 3000 personas.
    Los chicos están muy felices pero, al mismo tiempo, esa emoción se mezcla con la incertidumbre y la perplejidad hacia todo lo que les está ocurriendo. Han sentido, como el día anterior, el llamado. Han nuevamente experimentado una fuerza misteriosa que los atrae hacia la Virgen.
    Cuentan que ese día el terreno está resbaladizo por efecto de lluvias y resulta difícil escalar las pendientes rocosas aunque de escasa elevación.
    De pronto, todos los presentes ven un fuerte relámpago sobre una determinada área, esto se repite tres veces. Los chicos salen disparados hacia ese punto, ya del monte Crnica, que se sitúa a unos 300 metros del lugar de las primeras apariciones (Podbrdo).
    De rodillas caen sobre el terreno.
    Están viéndola. La aparición durará más tiempo esta vez. Por momentos desaparece, entonces oran y la ven reaparecer. ¡Es maravillosa! Está resplandeciente, alegre, sonriente, envuelta en luz.
    Vicka, por consejo de su abuela, había traído agua bendita. Cuando se encuentra delante de la Virgen, luego de decirle "En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo", la rocía con el agua, agregando: "Si eres la Virgen quédate con nosotros, sino vete de aquí". La única respuesta es su sonrisa.
    Mirjana le pregunta su nombre.
    Ella responde:"Soy la Beata (la Dichosa) Virgen María"
    Ivanka le dice: "¿A qué has venido? ¿qué quieres de nosotros?"
    -"He venido porque aquí hay verdaderos creyentes. Deseo estar con ustedes para convertir y reconciliar al mundo entero", responde la Virgen.
    Después del encuentro todos ven una luz. Por su parte, los chicos, pese a que es pleno día , dicen haber visto las estrellas.
    Durante el descenso vuelve a aparecerse la Virgen, pero sólo a Marja, quien la ve llorando junto a la cruz y recibe este primer mensaje:

    "¡Paz, paz, paz y sólo paz! Debe reinar la paz entre el hombre y Dios y entre los hombres." "Reconcíliense, conviértanse."

    Aquella tarde, por vez primera también, los jóvenes se quedan con la multitud rezando el Santo Rosario, al que le agregan el Credo y los siete Padre nuestros, Ave Marías y Glorias.

    En este tercer día, lo primero ha sido la confirmación de la identidad de esa Bellísima Mujer que, desde hace dos días, vienen viendo los chicos.
    Y ya en esas primeras palabras suyas se encierra el mensaje de su misión. Viene para traernos la paz, la paz que sólo Cristo puede dar, la paz que viene de la cruz.
    Pero, esa paz requiere de nuestra parte una respuesta, la de la reconciliación. Si no tenemos paz es porque estamos enemistados con Dios y, consecuentemente y además, con los demás hombres. Su misión es llamarnos a la conversión mediante la reconciliación con Dios y con los hermanos. Este es el primer paso que prepara el encuentro con Dios. Entre ese primer paso y el encuentro, que es la meta, hay todo un camino. Camino personal y camino comunitario, de Iglesia.

María Signo de estos tiempos

    Veíamos que María es el gran signo de estos tiempos, signo de la presencia de Dios en la historia de la salvación que se sigue desplegando hasta que llegue a su culminación. Signo de la lucha espiritual entre la Mujer y el Dragón, el otro signo de estos tiempos.
    Recordábamos lo que dice el capítulo 12 de la Revelación, lo que nos cuenta el vidente de Patmos. Él vio a los cielos abrirse y mostrar el Arca de la Antigua Alianza, la que llevaba en su seno la Palabra de Dios, la que había grabado en las tablas de la Ley, la contenida en los cinco rollos de la Torah. Esa Arca, señal de la presencia de Dios junto a su pueblo, se asentaría sobre la figura de querubines, en la tienda del encuentro y en el santuario del templo. Juan vio el Arca y la manifestación del poder de Dios en los relámpagos, en el trueno, en la tempestad, en la tierra conmocionada. (De paso recordemos el episodio de Uzá cuando por tocar con la mano el Arca Dios lo fulmina. 2Sam 6, 6-7). Y luego ve a la Mujer, coronada de doce estrellas, revestida de sol y con la luna bajo sus pies, que está encinta y grita de dolor porque está a punto de dar a luz.

    La Reina de la Paz nos enseña que la historia de la salvación y nuestra propia misión se irá develando en la meditación de los misterios del Santo Rosario. De la oración proviene la develación de lo oculto de estos tiempos, en la medida de la gracia que trae la luz sobre el misterio. Es Cristo quien va abriendo los sellos.

    Lo primero, a partir de la misma apariencia que asume la Santísima Virgen en Medjugorje, es que notamos grandes concordancias en los signos. Como al Arca, también Ella es precedida por los relámpagos del poder divino. Aparece coronada, Madre, acompañada de ángeles, dolorida por el parto de estos nuevos hijos. Ella es la Madre de la Palabra Encarnada, es el Arca que contiene en su seno a la Palabra de Dios hecho hombre. Si sagrada es el arca de acacia porque está consagrada a Dios mucho más sagrada es su persona. Sobre el Arca se posaba el Espíritu en forma de nube, por el Espiritu que en Ella se posa Dios entra en la humanidad en el seno de María. María, Miriam, Mariam, es la Mujer de Sión, la de las doce tribus de Israel y también la Mujer de Pentecostés, Madre de la Iglesia, junto a los doce Apóstoles. Es la Mujer que viene a luchar por sus hijos contra satanás, la serpiente antigua o dragón.
    Juan vio el signo, vio a la Mujer. La Mujer era María pero transfigurada, no la misma María; como tampoco Jesús era el mismo cuando él, Juan, junto a Pedro y Santiago, lo vieron transfigurado en el Tabor. Esa Mujer no era la misma que él había recibido como madre en la cruz, que había conocido y llevado con él después de la muerte del Señor. Sin embargo, que era Ella lo debió haber intuído porque vio al Niño con el cetro. Estaba la Mujer radiante, vestida de sol.
    El paralelismo es evidente, también nosotros podemos identificar los signos, porque los videntes ven a la Gospa envuelta en la luz y revestida de sol en las grandes celebraciones. La ven coronada de estrellas, y saben que es María, la Virgen de Nazareth glorificada.

    La misión de la Virgen no se reduce, entonces, sólo a la del profeta, a hablarnos en nombre de Dios, sino que Cristo ha delegado en Ella la lucha contra satanás en defensa de sus hijos. Y esto Ella lo dice. La lucha entablada y llegando a su culminación entre la Mujer y el Dragón es el otro signo. Estos son los signos de los tiempos, de estos tiempos.

María y las Escrituras

    Este es el tiempo de la Mujer. Aquella Mujer anunciada por Dios en el Génesis es María.
    A través de las distintas versiones, hebrea, griega y latina (Vulgata) es posible recorrer diferentes interpretaciones acerca de quien aplastará la cabeza de la serpiente.
    En el pasaje relatado en Gen 3,14 ss el mal, el pecado, se interpone –sin solución de continuidad- entre Dios y el hombre. La estirpe, el linaje, de la mujer es todo el género humano. El otro linaje es el del diablo. Según nos enseñan los entendidos, en el texto hebreo antiguo la lucha con el mal no tiene fin. El verbo hebreo, que se traduce como insidiar o acechar el talón, en el original entiende toda una acción incesante, sin solución de continuidad, entre el insidiar, de la serpiente, y el aplastar de la estirpe.
    En el texto griego, de la Diáspora, que sucede al yahvista en cinco siglos, aparece una esperanza mesiánica, porque el aplastar se presenta como definitivo. Además, quien ha de aplastar la cabeza a la serpiente no es alguien o algo abstracto, o una simiente (tal el significado hebreo de linaje) neutra o genérica. La versión griega indica un determinado hijo de mujer, de alguien y no una vaga descendencia. Acá se enlaza a la mujer con el hijo, y esto da lugar a la figura de la madre del Mesías. Ella es la doncella, la virgen, profetizada por Isaías y por Miqueas.
    Finalmente, en la versión latina quien aplasta la cabeza a la serpiente no es alguien indefinido (que hubiera indicado el neutro "ipsum"), ni tampoco un hombre (ipse) sino que el texto emplea el femenino (ipsa), con lo que no deja dudas acerca de la mujer. Esta, precisamente, es la tradición mariológica de la Iglesia.
    Quiere decir, a través de las sucesivas interpretaciones, que la derrota de satanás vendría no por el linaje genérico de la mujer- es decir la humanidad-, ni por alguien determinado de ese linaje, sino por ella misma. Cabe recordar, sin embargo, que todo triunfo va siempre referido a Cristo, único salvador de los hombres.

    Quizás la mejor interpretación no sea ninguna excluyente sino la que a todas incluye. Porque quien vence a Satanás es Cristo, hijo de María, y por Él, Dios encarnado, la humanidad. Pero, es a María a quien Dios le ha dado la misión de aplastar a la serpiente. Ella ha sido la humilde que el Omnipotente elevó a lo más alto del Reino de los Cielos haciéndola Reina, la que evoca el salmo 45 sentada a la derecha del Rey.

    Es decir, al final de la historia de la salvación –y precisamente acá está nuestro tema, que la Revelación está en acto porque la salvación está en acto- es María quien da la última y definitiva batalla. Pero, la batalla no la da sola ("Queridos hijos, los necesito. Sin ustedes nada puedo hacer.") sino junto a su propía estirpe, a sus hijos nuevos. A estos hijos de los que está encinta, de quienes siente dolores de parto, por quienes llora. Por eso mismo, por esos hijos, es la humanidad, nueva, la que está comprometida junto a María en la lucha final y decisiva.
    Esta es la razón por la que debemos estar muy atentos a las señales del Cielo y no pasar a la ligera, ni mucho menos menospreciar, las Apariciones de estos tiempos. Las Apariciones de Medjugorje –y esto debe decirse sin miedos ni complejos- son sustanciales y hacen a todo lo que es la Revelación de este tiempo. Ignorarlas es desechar la luz de la Misericordia y la salvación que Dios nos ofrece en nuestros días.

Mensajes de esperanza y de paz

    Al seguir los mensajes nos damos cuenta que estamos viviendo en el corazón de las profecías mesiánicas. Estamos viviendo un tiempo de gracia, de preparación –y por ello de purificación- al Espíritu de un nuevo Pentecostés. "Los purificaré de todas sus impurezas y de todos sus ídolos. Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo..Infundiré en ustedes mi Espíritu..." Ez 36,25-27. Vamos camino a la gran visión de esperanza del Apocalípsis, al hombre del corazón nuevo que habitará la tierra nueva y los nuevos cielos. (Ap. 21).
    Además, sabemos –porque la propia Virgen lo manifestó en Medjugorje. que estamos ante las últimas apariciones de la Madre de Dios. Lo que refuerza el aserto anterior.
    Ella viene a preparar el cielo y la tierra nueva. Nos vuelve a traer la Luz y nos lleva hacia el Reino de los Cielos en la tierra.

    A partir de la hora del Gólgota, desde cuando María es Madre de todos los hombres, el más tierno corazón de mujer que Dios haya creado, está abierto a la pobre humanidad pecadora. Dios lo santificó por encima de todo lo creado en la oferta sublime del Gólgota y lo divinizó al glorificarla en los Cielos. ¡Este es el Corazón de María ofrecido a los hombres!
    María, no lo dice pero, está gestando al hombre nuevo. Nuestra purificación es el mismo proceso de gestación y alumbramiento, que se produce por obra del Espíritu. El Espíritu Santo que concibió en la carne al Verbo Eterno en el seno de María es el que gesta -a nosotros, hijos en el Espíritu- en su Corazón Inmaculado. Ese Corazón que se revela como seno de la nueva creación.
    Quien quiera, pues, ser hijo nuevo ¡que se consagre al Corazón de María!

    En su Corazón concibe, gesta y alumbra porque el Espíritu sopla y viene al llamado de la Esposa a hacer su obra. María llama a su Corazón para guiar a los hombres a Cristo. María protege en su Corazón a los hijos que respondiendo al llamado se han vuelto elegidos.
    Desde su Corazón la purificación es dulce y el dolor soportable.
    Por todo ello, desde Fátima pide a todos, hombres y naciones, consagrarse a su Corazón Inmaculado.

    Por eso también, más que a anunciarnos la llegada del Reino, que Cristo viene para reinar, que su Corazón Inmaculado ha de triunfar (su belleza derrotará la furia de satanás) viene a edificar el Reino en nosotros. Y, precisamente, cuando el Reino se levante en nuestros corazones Cristo reinará y su Corazón habrá triunfado.
    A través de sus mensajes nos está llamando a la construcción del Reino en nosotros. Su presencia restituye nuestra fe y alimenta nuestra esperanza.
    Ella es la Mujer que enfrenta a la serpiente. Esa enemistad (Gen 3) llega ahora a su culmen (Ap 12). El Dragón vomita el río del caos. Los hijos de la Mujer, sus queridos hijos (la tierra), vienen con sus oraciones, ayunos, sacrificios, penitencias en ayuda de la Mujer. Son los hijos generosos que cumplen sus mensajes, que llegan a ofrecer sus vidas en expiación para que otros hijos se salven.

    María, decíamos, es el Signo. Y gran signo también es la lucha que se ha entablado entre la Mujer y el Dragón. Ocurre ahora, éste es el sello que ha abierto el Cordero. El dragón busca la destrucción, desolación, aniquilación y la Mujer viene en el amor a traer la victoria del amor.

Misión del Corazón de María
El porqué de estas Apariciones

    Así como el Arca era el signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo en la marcha por el desierto, y era la que daba la victoria en las batallas, ante quien los enemigos huían despavoridos en su presencia, así también es hoy, en que la Mujer del Apocalipsis es llevada al desierto de nuestro mundo sin Dios. Su sola presencia hace huir a los demonios. Ella va acompañando nuestro camino en el desierto. Con Ella nos sentimos seguros. Su Corazón es nuestro refugio, y como el antiguo Israel con la Tienda del Encuentro, en su Corazón nos unimos a Dios.
    A través de las Apariciones nos es revelado que María es Enviada, por tanto Apóstol, coronada por encima de todos ellos, Madre de la Iglesia, Reina de los Apóstoles, coronada con doce estrellas; Hija de Sión, Reina de Israel, de sus doce tribus.
    En el capítulo 21 del Apocalípsis se nos presenta la nueva Jerusalén celestial. "Después ví un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron…Vi la nueva Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios, embellecida como una novia preparada para recibir a su esposo." (Ap. 21,1-2) Es la visión de la morada de Dios entre los hombres que Juan tuvo.
    Jerusalén, Ciudad de la Paz (tal parece ser su significado), la Celestial, está erigida sobre el cimiento de los doce Apóstoles del Cordero, y tiene doce puertas donde están inscriptos los nombres de las doce tribus de Israel.
    Esa, la Jerusalén que baja del Cielo, es otra imagen de María. En María se refleja la Iglesia que es Madre, que está fundada por Cristo sobre el cimiento de los Apóstoles, sobre la piedra que es Pedro, el Papa. Por eso María junto al Papa es el signo de la fidelidad a Dios. Por eso, en este tiempo final el Papa es totalmente de María. En María se refleja la Iglesia que es la nueva Israel.
    En María concluye Dios la realización de la eterna Alianza. Ella es mujer hebrea, descendiente de Abraham, y Madre del Mesías. María es perfectamente judía y perfectamente cristiana.

    La Revelación en acto es su presencia, que no sólo renueva la gracia de una manera fundamental y alimenta la fe y la esperanza sino que viene –en el Nombre de Dios- en actitud convocante para desarrollar su plan de batalla para el combate definitivo. Por ello, éstas son sus últimas Apariciones.
    Viene María a preparar a sus hijos, llamándolos e incorporándolos a su plan. A los hijos que llama, "los que cumplen la ley de Dios y poseen el testimonio de Jesús" –"al resto de su descendencia"- (Ap. 12,17) debe antes alumbrarlos (Ap. 12,2). Y esa y no otra es la razón de porqué son tan prolongadas estas Apariciones. Este es el tiempo de la gestación y de los dolores del parto.

    El Espíritu y la esposa llaman al Cordero: ¡Ven! Y el Reino se instaura entre los hombres.

Para que llegue este Reino:

  • Consagrémonos a Dios por medio del Corazón Inmaculado

  • Pidamos el Espíritu y sus dones

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Entre las montañas
Medjugorje significa entre, en medio de, las montañas.

Hoy nuestra reflexión va a ser acerca de los montes de Medjugorje. No tanto por su apacible paisaje entre suaves montañas sino por el significado que tienen las montañas en la historia salvífica. Vez pasada hablamos de la Mujer, de los signos. Hoy de las montañas, de Medjugorje.
    En cuanto a la figura de María, a través de la historia del Pueblo de Dios vemos prefiguraciones. Así, antes de María -la Hija de Sión para quien Dios tenía reservado el más alto honor, la maternidad divina de su Hijo- hubo otra que fue juez y profetisa, que administraba justicia en la montaña (de Efraím) y que es llamada en Las Escrituras, madre de Israel. En ella ya está la primer figura de la mujer liberadora de Israel. Esa mujer era Debora (Jueces 4,4). Su papel en la liberación está circunscripto a un tiempo y a un lugar, en María su cooperación a la Redención es universal, para todos los hombres de todos los tiempos.
    Otra mujer, Judit, es protagonista de un drama que se desarrolla en la montaña. Ella clama, penitente, al Señor contra el invasor (rostro en tierra a la hora en que en Jerusalén se ofrecía el incienso). Le suplica que Su Ira se desate en su mano de mujer viuda (Cuál mayor verguenza para el orgulloso invasor?!) Clama justicia contra los que traman contra el monte Sión(Jud 9,1ss).
    Es interesante notar que tanto en el relato de Judit como en el de Jueces, o sea el de la historia de Débora, se nos presentan a dos mujeres -Judit y Jael en el de los Jueces- que aplastan, aniquilan al enemigo en la cabeza. Cómo no pensar en la Virgen que aplasta la cabeza a la serpiente.

    La montaña es esa parte de tierra que se eleva al cielo, el hombre terrenal se eleva cuando contempla el cielo, cuando trasciende su propia realidad concreta y busca a Dios. María nos llama a la montaña, eligió las montañas como eligió Dios las montañas de la Palestina. La Gospa cita a los suyos a sus apariciones nocturnas en la montaña, en el Podbrdo, en el Krizevac.

    La montaña, además, es refugio en las batallas (Judit, Mac). En las batallas espirituales subir a la montaña es entrar en oración profunda. Mi refugio ante las embestidas del enemigo debe ser la oración. En una montaña, la del Krizevac, jóvenes haciendo el Via Crucis rompieron con la drogadicción. Porque oraron, suplicaron desde el corazón.

    Desde Medjugorje se está haciendo un poderoso llamado al mundo para su conversión, su regreso a Dios. Y el llamado, aunque lo oímos de los labios de la Virgen, lo está haciendo el mismo Dios por medio de su Enviada. Medjugorje está entre montañas, invitando a ir hacia ellas. Ahí está el Monte de la Cruz, Krizevac, y ahí somos convocados para meditar el Via Crucis. Para que hagamos el ascenso penitencial reviviendo la Pasión de Cristo. Sabiendo que por la cruz encontramos la meta. y sabiendo también que la cruz no es definitiva. Que la cruz está suspendida entre una y otra vida. Entre este tiempo y la eternidad.
    La cruz es puente. La meta es la vida eterna y el camino pasa por la cruz. Por eso, de la cruz vienen grandes gracias.
    María nos llama a que ascendamos por el monte del Calvario, siguiendo las huellas de Jesús, y sus propias huellas, porque Ella también subió al Calvario.
    Isaías, profetizando la Pasión del Justo, adelantándose 7 siglos al padecimiento de Jesús de Nazaret, dice (Is 22,22) "Le pondré sobre la espalda la llave de la Casa de David. Si él abre nadie cerrará, si él cierra nadie podrá abrir. Lo clavaré como una estaca en lugar sólido y será un trono de gloria para la Casa de su Padre". 'Le pondré sobre la espalda la llave', la llave es la cruz, la que nos abre las puertas del Paraíso. Por el dolor de Cristo entramos a la eternidad. Y Él tiene -como lo dice en el Ap- las llaves del Reino y las del infierno. Suyo es el Poder. El Cordero Inmolado es el mismo León de Judá, el Juez. 'Lo clavaré como una estaca en lugar sólido y será un trono de gloria..', la cruz clavada sobre la roca del Golgota, la cruz es el trono de gloria para Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos, Rey de la Gloria.
    Pero María también tiene la llave que abre, la llave de su Maternidad, la llave de la Misericordia, porque es Madre de Misericordia.

    Milón de San Amando (S. IX) le dice a la Virgen: "Tú abres las puertas del paraíso. Eva las había cerrado recogiendo del árbol prohibido el pomo portador de muerte. Pero tú, mientras sobre las ramas de la cruz pende, fruto de salvación, el fruto de tu carne, asistiendo con tus llantos, con los que viene al mundo la alegría, conduces los hijos adoptivos al más alto cielo del cual has encontrado la llave."
    El poder de María no está en Ella misma sino en su Hijo, quien le entregó la llave de la intercesión y la hizo depositaria de las gracias.

    Debemos subir a la montaña y las subidas están en nuestro corazón (Sal 84). Por eso mismo toda peregrinación, todo ascenso a esas montañas es antetodo camino interior. Peregrinar es caminar hacia dentro sostenidos por la gracia.
    María nos está llamando a que subamos la montaña de la fe, ésa que se empieza a subir desde el punto más bajo y árido, cuando casi no existe la fe. Ascender del creer en Dios a creer que Él me ama. a creerle a Él. Ascender arrojando el lastre del miedo, del escrúpulo. Ascender hasta que las otras montañas sean movidas por mi pequeña fe, como el grano de mostaza, pero suficiente para quitar los obstáculos de mi camino, aún cuando esos obstáculos se hayan vuelto altos montes.
    María nos está llamando a que vayamos a su encuentro, o sea al de Dios, derrotando los propios ídolos y los de aquellos quienes quieren imponernoslo, como hizo Elías. Que es éste el ascenso al Monte Carmelo. Allí nos espera la Virgen para darnos su protección y la promesa de salvación.

    María nos invita a subir a la morada de Dios, el monte Sión, a encontrarlo en la adoración eucarística donde Ella está presente porque donde está Dios está María. Ella que como Nueva Jerusalén está sobre el Sión, para cobijar a sus hijos en su Corazón.
    Cuando el hombre no busca a Dios viene María a decirle que "Dios existe", eso es lo primero y único que dice el día del encuentro.
    Cuando Dios se retira del mundo (dijo un escritor creyente) retírate tu en Dios.
    Pues, Ella viene a que cambiemos nuestro punto de mira, a que dejemos de mirar hacia abajo y elevemos la mirada porque mirando al cielo, contemplando a Dios, cobramos una nueva visión que nos permite ver al que tenemos al lado y a nosotros mismos, pero con los ojos que Dios nos da, los del amor.
    La vida contemplativa exige despojarse, para ascender, de lo que no es imprescindible. Despojarse de todo lo que no es eterno.
    Despojarse es camino de consagración, de pertenencia a Dios. Despojarse es dar, de lo malo de uno (abandonándolo) y de lo mejor (para conservarlo para la vida eterna). Porque si bien es cierto que en la vida espiritual, como en la material, no se puede dar aquello que no se tiene; por otra parte, es también cierto que (y esto sólo en lo espiritual) cuanto más se da más se tiene.
    Pero, no se piense que se trata de una nueva forma de contemplación, apta sólo para algunos. No, se trata de la oración. La Santísima Virgen le da una primacía absoluta a la oración. Veamos sino qué nos dice:

Mensajes de la Reina de la Paz sobre la oración

(Navidad del 83) ¡Oren hijos míos! Nada más puedo decirles sino que oren. Sepan que en sus vidas no hay nada más importante que la oración.

Sólo orando aprenderán a orar.

En la oración cotidiana ustedes comenzarán, día a día, a escuchar a Dios que habla en sus corazones. Es necesario que aprendan a entender la voz de Dios en sus corazones. Dios siempre quiere hablarles; la oración es una conversación con Él. Él desea mostrarles qué es lo que Él espera de ustedes, y hacerles conocer su voluntad. Por ello, oren cada día con el corazón. Si no oran no pueden conocer sus vocaciones. (noviembre de 1991).

Toda oración que viene del corazón es agradable a Dios.

Tomen sus rosarios y reunan a sus niños, a sus familias junto a ustedes. Ese es el camino para llegar a la salvación. Dénle el buen ejemplo a sus niños; dénle el buen ejemplo a aquellos que no creen.

(A Jelena) Hay muchos que terminan sus oraciones sin haber entrado nunca en ellas.(setiembre de 1985).

¡Oren, oren! Si oran los protegeré y estaré con ustedes. (6/12/83).

¡Oren, oren con fervor! Incluyan al mundo entero en su oración. Oren porque la oración lo mantiene a uno vivo.(13/11/83).

Es necesario orar mucho y no decir "Si hoy no hemos rezado no es nada serio". La oración es el único camino que lleva a la paz. Si oran y ayunan obtendrán todo lo que pidan. (fines de octubre de 1983).

Lo importante es que rueguen al Espíritu Santo para que descienda sobre ustedes. Teniendo el Espíritu se tiene todo. La gente se equivoca cuando se dirige únicamente a los santos para pedir algo. (21/10/83)

¡Oren, oren, oren! De las charlas nada han de sacar, sólo de la oración. Si alguien les pregunta de mí y qué es lo que digo, respondan: 'La explicación no sirve para nada. Sólo orando comprenderemos mejor.'

(A Jelena) Necesito sus oraciones. ¡Dénme sus corazones! (9/11/83)

Hijos queridos, esta tarde quiero pedirles que oren más durante la novena por la efusión del Espíritu Santo sobre sus familias y sobre su parroquia. Oren y no se arrepentirán. Dios los gratificará con los dones con que ustedes lo glorificarán durante toda sus vidas en la tierra. (2/6/85).

(A Jelena) Las tinieblas reinan en todo el mundo. Las personas son atraídas por muchas cosas y se olvidan de lo más importante....El motivo de mi presencia es mi deseo de salvarlos y de salvar, mediante ustedes, al mundo entero...La oración es el único camino para salvar al género humano.(30/7/87).

(A Jelena) Oh,hijitos recuerden que la única manera de estar siempre conmigo y de conocer la voluntad del Padre es por la oración. Es por eso que hoy los llamo nuevamente. No dejen que mis llamados no produzcan efecto. Continúen rezando a pesar de todo y comprenderán la voluntad y el amor del Padre. (16/5/87)

Oren por mis intenciones. (21/7/89).

Hoy no son ni las obras ni las palabras las que cuentan. Lo importante es sólo orar para permanecer en Dios. (9/9/86).

Cuando les digo oren, oren, oren, no quiero solamente significar que aumenten el número de horas de oración sino también que crezcan en el deseo de orar y de estar en contacto con Dios y que estén imbuidos de un deseo continuo de oración. (26/6/84).

 

(A Ivan durante una aparición inesperada en su casa) Deseo que en este tiempo el pueblo ore conmigo. Y cada vez más. Ayunen estrictamente los miércoles y viernes. Reciten todos los días el rosario, si es posible los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos. (14/8/84).

Oren y sentirán que estoy presente.

Al inicio de la oración hay que estar ya preparados...Si hay pecados es necesario extirparlos. De otro modo no se puede entrar en la oración. Si tienen preocupaciones es preciso que las encomienden a Dios.

La oración debe ser gozar en Dios, florecer en Dios, estar llenos de paz, estar llenos de alegría.

Sin la oración de la mañana sus trabajos no van bien. Oren, entonces, a la mañana y a la tarde. Deben entender que sus trabajos no pueden ser hechos bien sin la oración.

Permítanle a Jesús que realice grandes obras en ustedes. La puerta del corazón está cerrada. Permítanle que la abra. Se abre con sus oraciones, con sus ayunos, con sus conversiones.

Ustedes pueden recibir una gracia inmediatamente o dentro de un mes o de aquí a diez años. Yo no necesito 100 o 200 Padrenuestros. Es mejor rezar uno solo pero con el deseo de encontrar a Dios. Todo lo deben hacer con amor, aceptar todas las contrariedades, todas las dificultades. Todo con amor. ¡Dedíquense al amor! (9/3/85).

(A Jelena) Hijos queridos, deben entender que es necesario que oren. La oración no es un juego. La oración es un coloquio con Dios. En toda oración deben escuchar la voz de Dios. No se puede vivir sin la oración. La oración es la vida. (10/9/84).

Oren cuanto más puedan. Oren como puedan, pero oren siempre cada vez más.

De sus corazones espero generosidad y oración. (21/2/84).

Los tengo a todos en mis brazos. Me pertenecen. Necesito sus oraciones para que me pertenezcan enteramente. Deseo ser todo para ustedes y que ustedes sean todos míos. Recibo sus oraciones. Las recibo con alegría. (23/2/84).

(A Jelena) Hijos míos, les repito, oren. Sepan que en sus vidas lo más importante es la oración. Antes que nada, oren. No me canso de pedirlo. (3 y 4/1/84).

¡Oren y ayunen! Deseo que la oración se renueve cada día en sus corazones. Oren más, sí, cada día más. (11/12/83).

(A Jelena) Oren porque la oración es vida. A través de ella y en ella vivan en la oración.

Comiencen a invocar todos los días al Espíritu Santo. Lo más importante es orar al Espíritu Santo. Cuando el Espíritu Santo desciende sobre la tierra entonces todo se vuelve claro y se transforma.

A veces es mejor no venir a Misa que venir a la carrera e irse deprisa.

Les recomiendo muy especialmente que asistan todos los días a la Santa Misa.

La Misa representa la forma más elevada de oración. Durante la Misa deben ser humildes y respetuosos y prepararse a ella con cuidado.

(Creer que la oración es el único medio de salvación no es ser reduccionista sino esencialista. No es reducir todo a la oración sino ir a lo esencial.)

    También recordemos que la adoración es la perfecta oración. En la adoración se ama al amor, se hace la voluntad de Dios. En la adoración la nada acoje al Todo, la miseria a la Misericordia, la creatura al Creador, el pecador al Salvador.

    Sabemos que a la Santa Madre de Dios también se la llama sede de sabiduría, nadie conoce las cosas de Dios y Dios mismo como Ella. Les propongo que, para evidenciarlo aún más, cambiemos la palabra "sabiduría" del texto del libro del Eclesiástico en el pasaje del capítulo 4 versículos 11,12 y 14 por el nombre de la Virgen para ver hasta qué punto esto es así. Tendremos que:
María encumbra a sus hijos
y cuida de aquellos que la buscan.
El que la ama, ama la vida,
y los que la buscan ardientemente serán colmados de gozo.
Los que la sirven rinden culto al Santo
y los que la aman son amados por el Señor.

    Y para finalizar este encuentro recordemos las palabras del himno Akatistós en el que se la saluda así:
Salve, por tí resplandece la dicha.
Por tí se eclipsa la pena.
Ha querido encerrarse en tu seno el que todo contiene en su mano, el que santa y gloriosa te ha hecho, el que te ha coronado.
Tú llevas en tí al que todo sostiene.
Por tí el Creador nace niño.
Tú eres milagro primero de Cristo.
Salve, Celeste escalera que a Dios ha bajado.
Salve, puente que llevas los hombres al cielo.
Salve, tú inicias la nueva progenie.
De nuevo engendraste al nacido en deshonra.
Salve, fragancia de unguento de Cristo.
¡Salve Oh Reina y Madre!. 

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Piedras de Medjugorje

    Una de las características del paisaje de Medjugorje son las piedras diseminadas por todos lados, no es que se trate de un terreno rocoso sino de tierra con piedras, como si las hubieran esparcido, como si en la tierra se hubiera sembrado piedras. En tales condiciones los cultivos presentan dificultades. Para el tiempo del comienzo de las apariciones sólo había vid y tabaco. El tabaco ya ha desaparecido. El precio del tabaco lo ponía el gobierno comunista y lo que recibían por la cosecha era ínfimo, por eso los hombres emigraban. Muchos partían para Alemania y desde allí enviaban dinero con el que podían sustentar al resto de la familia. Dura realidad aquella, como la de las piedras.

    ¿Qué es la piedra? Creación sin vida. ¡Cuántas evocaciones! ¡Cuántos significados diversos! La Sagrada Escritura nos ofrece una rica variedad de ellos. Así, por ejemplo, recordamos a Jesús en el desierto de Judá, ese imponente desierto de macizos de piedras erosionadas, siendo tentado por satanás quien le dice: "Dí a esta piedra que se convierta en pan". Imagen totalmente opuesta a la expresada por el Señor cuando dice: "¿qué padre, si el hijo le pide pan le dará una piedra?". Cierto que el tentador conoce el poder de Dios, aunque su soberbia pretenda ignorarlo o desafiarlo, y sabe que Dios puede sacar de las piedras hijos de Abraham o, como decía la Virgen en La Salette a Maximine y a Melanie, si los hombres se convierten, Dios hará brotar papas de las piedras. Esto después de anticiparles el castigo a que se dirigían por haberse alejado del Señor: fracaso en las cosechas, hambruna, miseria, enfermedad.
    Claro, como siempre, todo condicionado a la respuesta del hombre, porque Dios no se complace con la desgracia del pecador, no goza con la ruina de los vivientes ni ha creado la muerte. Dios quiere que el pecador se enmiende y que tenga la vida eterna. Por eso mismo, prestemos mucha atención cuando se pone demasiado énfasis en mensajes de castigo, aterradores, de catástrofes inminentes que sólo meten miedo en las personas y alejan de Dios. Desconfiemos si el acento está puesto en esto. Dicen los videntes de Medjugorje que la Santísima Virgen, cuando habla del pecado, está triste y no quiere hablar de castigos sino de conversión, de qué tenemos que hacer para no destruirnos, para salir del abismo en el que nos encontramos. La catástrofe y la noche puede ser ya mismo si vivimos alejados de la gracia. O se piensa que lo que muestra el mundo, ese regodeo ante la rebelión a Dios y la provocación y escándalos trae felicidad? Lo fuerte, en todo caso, queda para los secretos y éstos –a su vez- condicionados a la respuesta.

    La piedra es muda pero sin embargo suele decir mucho. A veces como testigo de hazañas o de la presencia de Dios, como en Betel; como las que indicaban que las aguas del Jordán se habían abierto ante el paso del Arca de la Alianza. O la piedra erigida en altar, ungida, consagrada. Creo que era Lansberg quien escribió: "de tanto en tanto veo pequeñas piedras blancas en mi camino, puede que sean mojones, simples piedras indicadoras, en todo caso yo creo que son pequeñas lunas en mi asolado desierto".
    La piedra puede ser de escándalo, obstáculo, tropiezo. Cristo fue para muchos de los suyos piedra de escándalo. En él tropezaron quienes se creían poseedores de sabiduría, conocedores de Dios. Sobre todo esos. Los que no profesaban la fe sino que hacían de la religión profesión para beneficio y gloria propia. Fueron los que descartaron aquella piedra que se convertiría en piedra angular, en la principal piedra que da la trabazón a todas las demás. El Templo que se construye piedra sobre piedra cuando es destruído no queda de él piedra sobre piedra, cuando Dios ya no habita en él.
    De piedra eran las tablas de la Ley grabadas por el dedo de Yaveh. Pero, también los ídolos podían ser de piedra, como el corazón del hombre a quien Dios parece empecinarse en querer darle un nuevo corazón. Un corazón formado por el Espíritu nuevo, donde grabar su Ley de amor. Es obra del Espíritu el hombre nuevo, el que recibe la Palabra, la atesora y la hace fructificar. El hombre nuevo es el que ha aceptado dejar que Dios lo vaya purificando, que vaya quitando todo aquello que impide que la gracia penetre en él.
    La Biblia también nos relata casos de ajusticiados por medio de la lapidación. Es interesante ver cómo el Señor da un nuevo sentido a la prescripción humana en ese caso. Todos tenemos presente el episodio de la mujer adúltera, cuando los fariseos traman contra Jesús para hacerlo caer en sus trampas legales. ¿Qué responde Jesús?: "El que esté sin pecado que arroje la primera piedra". Y qué decía la Ley, a quién le correspondía arrojar la primera piedra? Al testigo ocular, en este caso del adulterio. Pues el Señor nos dice házte testigo de ti mismo, mira tu corazón, mírate pecador, observa tu miseria y sé misericordioso. Esto dice. Esto aceptan y comenzando por los más viejos se van retirando. Como dice el Qoehelet: "hay un tiempo para cada cosa, un tiempo para arrojar piedras y un tiempo para recogerlas".
    Pero, ya que de arrojar piedras se trata y para no quedarnos sólo con un aspecto del paisaje de Medjugorje, recordemos –como le gusta hacer al Padre Jozo- a David. David frente a Goliat. Goliat con toda su armadura, su espada, su porte de guerrero y el pequeño David, el pastor que recoge cinco piedritas, cinco cantorrodados. Luego le bastará una para con un certero hondazo matar, en la cabeza, a Goliat. La cabeza, símbolo de orgullo, de soberbia, y la debilidad, lo pequeño, lo despreciable, a veces hasta lo frágil (recordemos a Judit) sostenido por el poder de Dios que vence. Veamos algunas de esas cinco piedritas que la Santísima Madre nos propone en Medjugorje.

Las primeras piedras (Eucaristía, oración del corazón, confesión)

CONFESIÓN

    Volvemos a un tema del cual nunca terminaremos de, ya no de meditar sino de trabajar sobre él. Se trata de la conversión. Conversión es don y conquista, decíamos. Es la obra de Dios que va cambiando nuestro corazón, como consecuencia a la respuesta que nosotros damos a su llamado. La gracia de Dios, el don de la conversión, el llamado, si no tiene respuesta se pierde; se vuelve gracia no recibida. ¡Cuántos llamados, cuántas gracias, cuántas bendiciones que no son recibidas! En Jeremías (Jer 3,22) se nos presenta la dramaticidad del llamado que hace Dios:
"¡Vuelvan, hijos apóstatas, yo los sanaré de sus apostasías!
-Aquí estamos, venimos hacia Ti, porque Tú eres el Señor, nuestro Dios."

    Cuando digo sí, cuando me pongo en marcha, el Señor actúa sobre mí. Y tanto más lo hará cuanto mayor sea mi respuesta, mi apertura. Una cosa es si entorno la puerta de mi corazón y otra muy distinta si la abro de par en par. Además cuánto mayor sea mi perseverancia mayor será la conversión.
Dice el Salmo 84:
Dichoso quien en ti encuentra su fuerza
y decide en el corazón hacer el viaje santo.
El valle de lágrimas a su paso
se transforma en surgente
y hasta la primera lluvia
lo nutre de bendiciones.
A lo largo del camino aumenta su vigor
hasta que comparece ante Dios, en Sion.
    La imagen del camino, de la peregrinación, del viandante es la de la conversión hasta el encuentro definitivo con el Señor.

    Pero en ese camino hay obstáculos, piedras, pruebas... Y a veces, muchas, caemos. Pero debemos saber que cuando caemos no debemos quedarnos ahí sino ir a Jesús para que Él nos levante y podamos seguir. No hay que esperar, hay que ir pronto a la confesión. El enemigo nos llenará de escrúpulos pero no debemos oirlo...
    Nosotros le pedimos a la S.Virgen que no nos abandone y Ella, en cambio, nos dice: "no me abadonen ustedes a mí". Porque cuando llegan las pruebas solemos apartarnos. Entonces ¿qué debemos hacer? Antetodo reconciliarnos. Porque eso es lo primero que se nos pide. Reconciliarnos con Dios y entre nosotros. Sin reconciliación no hay retorno a Dios, no hay conversión, no hay cambio de dirección en mi vida. Y en nuestra Iglesia Católica la reconciliación es sacramento (porque el Señor Jesús le dio el poder a sus apóstoles y a través de ellos a todos los sacerdotes, de absolver los pecados en Su Nombre, el de atar y desatar: A aquellos a quienes le perdonéis los pecados éstos le serán perdonados). A este sacramento de la reconciliación también lo llamamos penitencial o confesión.

    Los obstáculos del camino, las piedras, es decir las pruebas lejos de ser un castigo son las que nos permiten hacer el camino de perfección, de santidad, ascender, ganar en fe y en amor. Dice la Escritura: "Si he permitido que la prueba fuera tan grande es para que experimentases el poder de la oración".
    No hay conversión sin oración. No hay camino sin meta. Y la meta es el encuentro con Dios, pero a Dios no podemos perderlo andando porque perdemos el camino. Y para no perderlo no debo cortar el diálogo, que es la oración.

ORACIÓN

Oren más cada vez. Cada uno puede orar aún 4 horas al día. Pero sé que muchos no lo entienden porque piensan que viven solamente del trabajo. (El P. Tomislav le hace llegar a la Virgen: "Si digo ésto a la gente entonces se van del todo". Ella le responde: "¡Si ni siquiera tú comprendes! Es apenas la sexta parte del día de ustedes") (24/4/84).

(A Jelena) Cuando oren deben orar más. La oración es conversación con Dios. Orar significa oir al Señor, sentir sus inspiraciones (20/4/84).

Deseo ser todo para ustedes y que ustedes sean todos míos. Recibo sus oraciones. Las recibo con alegría (23/2/84).

Necesitan fuerza en la oración. Que puedan orar en el recogimiento, por mucho tiempo y con fervor (25/1/84).

Oren y ayunen, porque sin la oración nada pueden hacer (19/1/84)

(A Jelena) ¡Oren, oren y sólo oren! La oración debe ser para ustedes no solamente un hábito sino una fuente de felicidad. Deben vivir de oración (1/12/83)

(A Jelena) Oren, y háganlo con fervor. Incluyan al mundo en la oración. Oren porque la oración hace vivir.
(y como respuesta a una pregunta) Oren y un día también entenderán esto (13/11/83).

(Del diario de Vicka). Oren, oren. Es necesario creer firmemente, confesarse regularmente y comulgar. Es la única salvación (Agrega Vicka: "La oración preferida de la Virgen es el Credo. Cuando lo rezamos Ella no deja de sonreir. Creo que nunca la hemos visto tan feliz como cuando recitamos esta oración") (10/2/82)

    De Las Moradas de Santa Teresa de Jesús. En sus escritos el Castillo es el alma, o la realidad espiritual. El Castillo tiene aposentos, que la Santa llama moradas. Son las muchas habitaciones que el Señor dice que hay en el Reino. Él fue a prepararnos una.
    La puerta para entrar al Castillo, para penetrar el interior desconocido del alma, donde uno mismo se desconoce y donde Dios está oculto, es la oración. "La oración en la que se advierte con quién habla y lo que pide y a quién." Porque si no es así, "por mucho que se meneen los labios esa no es oración". En todas las moradas debe estar la humildad. La oración debe venir de la humildad. La oración del humilde es aquella que horada las nubes y llega hasta el mismo trono de Dios.
    Advierte la Santa que debe arrancarse de raíz todo escrúpulo sobre la oración, sobre la actitud para orar, inclusive sobre la misma humildad y todo miedo.

  • Las primeras moradas corresponden al inicio de la vida de oración, con todas las acechanzas del demonio, las distracciones, las preocupaciones, el mundo circundante, los temores y escrúpulos. Pero, además, en estas primeras moradas, por mucho ruido y movimiento, casi nada llega de la luz del palacio -que está en el centro y lugar más elevado del castillo, donde habita el Rey.

  • Para entrar a la 2da. morada hay que dejar de lado lo que no es prioritario (según sea el estado de c/u). En casi todas las moradas puede entrar el demonio, y en algunas disfrazado de ángel de luz haciendo daños que recién después han de notarse. Santa Teresa da ejemplos: puede ser que sea a través de celos de perfección, con penitencias (por ejemplo, no dormir y después no se puede llevar a cabo el deber por agotamiento). El demonio enfría la caridad. Nunca se debe olvidar