Aquel
primer día en Medjugorje
En estos encuentros hablaremos, ante todo, de los mensajes de la Santísima
Virgen. Y especialmente aquellos que nos da en Medjugorje, porque nos
sentimos parte de esta escuela en la que todos nosotros somos alumnos.
Nos reunimos no para ejercitar la memoria sino para
que, evocando los mensajes, ejercitemos el corazón.
Mucho se habló y se
habla de la historia de las apariciones, de cómo fueron aquellos
primeros días y hasta uno se complace en comentar y recordar ciertos
detalles. Sin embargo, si concordamos en que lo que, desde entonces,
viene ocurriendo en Medjugorje no ha sido fabricado, sino que en
verdad nuestra Madre aparece, deberíamos convenir que todo, hasta lo
aparentemente trivial, posee un sentido profundo a desentrañar.
Por
eso, propongo que nos detengamos en el primer día, aquel 24 de junio
de 1981.
¿Qué ocurrió?
¿Cuáles son los datos con que contamos?
Muy brevemente, podríamos reconocer fácilmente
en ese primer día los siguientes elementos:
A
una cierta hora de la tarde de aquel día de verano, y a una cierta
distancia, dos niñas primero, a las que muy pronto se añade otra,
ven a quien reconocen, de inmediato, como la Virgen, con el Niño
en sus brazos.
La
Virgen les hace señas para que se acerquen y, también ven, que tapa
y destapa al Niño.
Las
niñas o adolescentes son: una pastora, una chica de ciudad que suele
veranear en Medjugorje y otra chica de la aldea.
Sin
entrar en mayores detalles, ahí está todo el cuadro. Un cuadro que,
sabemos, es de naturaleza dinámica. Porque después de esto las
chicas huyen, y van –muy excitadas- a buscar a otra amiga quien, a
su vez, se encuentra con otros dos chicos que se unen al resto. Seis
en total son aquellos adolescentes que aquel primer día ven desde
lejos a la Virgen. Todos la ven y todos huyen. Ninguno se ha atrevido
a acercarse.
Tales son los
elementos. Ahora, tratemos nosotros de ver qué más podemos llegar a
vislumbrar de ese frustrado encuentro del primer día.
Ante
todo, (recordemos que hemos partido del acto de fe que la Santísima
Virgen aparece realmente en Medjugorje) sabemos que la Madre de
Dios no habita la Tierra sino el Cielo. Que goza de la gloria en
cuerpo y alma. También entendemos que el Cielo supone más que un
lugar un estado y que no podemos hablar propiamente de tiempo sino de
eternidad. Como de estas cosas no tenemos ni podemos tener experiencia
Dios, en sus manifestaciones (teofanías), condesciende y se comunica
con nosotros por medio de imágenes y de lenguaje tales que nos sean
comprensibles.
Con
aquel entendimiento, podríamos decir que para llegar hasta donde los
chicos la vieron, al pie del cerro, la Virgen recorrió una distancia
infinita –la que media entre el Cielo y la tierra- y descendió
abismalmente desde la eternidad hasta nuestro tiempo. Pues esto, que
viene ocurriendo desde hace casi 19 años, y todos los días!!!, es
pura gracia de Dios que envía a su Madre a quien hizo, ya en la
tierra, Madre nuestra. (Y mejor no seguir discurriendo acerca de la
infinita gracia que cada uno de estos términos implica, o sea el que
Dios se haya hecho hombre, el que haya escogido a una creatura como
Madre y la haya preparado y exaltado a tal dignidad, el que haya
compartido la muerte y, más aún, aceptado morir para elevarnos a la
eternidad, el que antes del sacrificio supremo nos haya dado a María
como Madre, a quien hizo participar de su obra de Redención).
Conviene no apartarnos
ahora de esta gracia tan grande y singular: el ser visitados por María.
La
gracia es don gratuito pero que siempre requiere de nosotros la
aceptación y el movimiento, impulsado por nuestra voluntad, de ir
hacia la conquista de esa gracia. Dicho muy simplemente, Dios hace
todo, pone todo, pero requiere de nosotros un querer ir hacia Él, un
mínimo esfuerzo, un movernos hacia aquello que quiere darnos.
En
esa tarde la Santísima Virgen había dado el salto infinito del Cielo
a la tierra. Sin embargo, no se ponía frente a ellos sino que quedaba
a pocos pasos, a quizás unos cien metros (acá no importa la
exactitud de cuántos metros realmente eran) llamando a los chicos. ¿Es
que habiendo hecho tanto no podía acaso acercarse más? No. En esa
actitud y en los gestos nos muestra algo. Nos muestra que la gracia
está ahí, al alcance humano. A los chicos les hubiera bastado dar sólo
unos pocos pasos, y -en breves minutos- se hubiera producido el
encuentro. La dificultad no estaba en el terreno o en la distancia,
porque todo eso era salvable, sino en algo que veremos enseguida.
Otro dato que es una
característica si no exclusiva al menos muy común en la historia de
las apariciones de María: sus elegidos interlocutores son niños, a
quienes llama. Y muy posiblemente escoge y llama a niños porque para
entrar al misterio al cual invita, el misterio del Reino, hay que ser
o hacerse como niños.
A
través de ellos, sus videntes, sus profetas, nos llama a todos, y a
todos quiere hacernos sus niños, sus hijitos muy queridos, para
introducirnos al Misterio.
Ella
misma tiene en sus brazos al Misterio. Ella misma es Misterio.
Misterio de Madre de Dios, que así se está mostrando, porque tiene
en sus brazos al Hijo. Esta es la gran señal que nos conduce con toda
seguridad a Dios, la misma señal que tuvieron los pastores, las que
vieron los Magos venidos de Oriente: la Madre con el Niño. Es el
signo seguro para llegar hasta el Misterio de ese Niño, que por ser
su Hijo es Hijo del hombre, pero que también es Hijo de Dios. ¡Es
Dios Niño!
María nos llama para
introducirnos al Misterio de Amor. Ella viene a que participemos de la
gracia inconmensurable del Amor.
Ella
nos trae a Dios, que es Amor, Ella nos trae al Amor en la ternura del
Niño. Es el Amor que se da a sí mismo, pero más que en la cruz,
porque hasta de eso parece que desconfiamos!!, se da desde los brazos
de su Madre. María nos trae a Jesús Niño, al Amor sin idea de mal,
el Amor sin idea de Justicia, al Amor indefenso. María nos muestra el
corazón vulnerable de Dios.
Y,
nos preguntamos ¿por qué tapa y destapa al Niño? Porque es Dios,
oculto en la figura del Niño, a quien Ella viene a develar. Y lo
devela a los niños. Porque sólo los niños, los simples –como los
pastores, como los bienaventurados que tienen alma de pobre- pueden
sino comprenderlo intuirlo en la contemplación.
María
devela el misterio al destapar al Niño que tiene en sus brazos.
El
Misterio es Dios que se manifiesta oculto en la niñez, en la
indefensión, en la ternura de Jesús, el Cristo, el Corderito.
Ya Dios se había manifestado en la amistad a su profeta Elías, en la
dulce brisa de la montaña del Horeb.
Ahora,
para aquellos que tengan ojos para ver, para aquellos que sepan
descubrir a Dios en el Niño que está en brazos de la Madre, la
Revelación de la ternura y amistad de Dios es mayor. Esta es la
Revelación de la Encarnación, de Cristo el Emanuel. Es la Revelación
de la ternura ya no del soplo suave del viento sino del aliento del Niño,
de su amor indefenso, inocente, sin idea de mal. Es la Revelación de
todo un Dios, Omnipotente y Justo pero, por sobre todo Misericordioso,
que para acercarse al hombre y ganar su confianza (esa que la herida
del pecado original y la voz del enemigo han dañado) no sólo se hizo
hombre, se ha vuelto niño.
Sin embargo, pese a
todo, no hubo encuentro aquel primer día. Entonces, cabría
preguntarse:¿Aquel 24 de Junio, por qué no se acercaron? ¿Qué se
los impidió?
Pienso
que el obstáculo fue el miedo, la desconfianza a Dios, aún a Dios
hecho Niño. Se podría arriesgar a decir que fue el miedo a la
Verdad, a la Luz.
Es
casi un lugar común que la desconfianza hacia Dios, hacia lo que nos
vaya a pedir es porque nuestra imagen de padre está dañada y, por
tanto, es menester sanarla. Puede que hasta en algunos casos haya
verdad en ello, pero aunque la imagen paternal estuviese restaurada,
¿significa ello que confiaremos en Dios sin más ni más como para
abandanarnos en Él? Seguramente que no, porque la verdadera causa
debemos buscarla en el pecado, que es el que ha dañado la imagen que
tenemos de Dios.
En el maravilloso
relato del Génesis se nos dice –en lenguaje poético de imágenes y
similitudes- que después de pecar el hombre y su mujer, cuando al
caer la brisa de la tarde oyeron los pasos de Dios por el jardín, se
escondieron. ¡Qué imagen de intimidad, la que el hombre tenía con
Dios!
Se
ocultaron en medio de los árboles del jardín. Recordemos, de paso,
que el árbol que estaba plantado en el medio era el de la ciencia del
bien y del mal, el que tenía, precisamente, como fruto el
conocimiento de lo que está bien y de lo que está mal, conocimiento
reservado sólo a Dios. Ese fruto, una vez comido, es el que abriría
los ojos del hombre para hacerlo luego morir.
Dios
había puesto un vallado al hombre, a su codicia, para que su libertad
no fuera inducida al mal. La semejanza con la que había sido hecho
por Dios, el hombre por instigación de satanás, quiso volverla
igualdad: ser como Dios.
Cuando
se oculta la pareja primordial, ya había comido del fruto prohibido,
y, tristemente irónico resultó que al comerlo lo primero que habrían
de conocer era el mal que habían hecho. Y se vieron en toda su
desnudez.
La
desnudez es la indigencia absoluta en que se encuentra el hombre
cuando se aparta de Dios, cuando no confía en su Providencia, cuando
quiere alzarse por sus pobres propios medios, cuando deja que su
libertad lo vuelva esclavo, cuando quiere hacerse como Dios y dice qué
está bien y qué está mal. Hoy como nunca el hombre come de ese
fruto, hoy dice él, y no Dios, cuándo una vida debe ser vivida y cuándo
no.
"Entonces,
se abrieron los ojos de ambos y se dieron cuenta de que estaban
desnudos"... La inocencia perdida. Es como escuchar: "Ya has
probado, ya no puedes decir que no sabes qué está mal. Ya has
probado el fruto amargo del mal y sabes que has desobedecido a tu
Dios. Ya tendrás que responder por tus actos puesto que has querido
ser el señor de tu vida."
El
saberse desnudo es ser consciente de la elección de
"independizarse" de Dios, es la consecuencia de la elección
de esclavitud: la de seguir la propia voluntad en oposición a la de
Dios. Propia voluntad, que en realidad no es propia sino de satanás
que nos aparta de Dios para esclavizarnos en su reino de muerte.
Tenemos miedo porque conocemos íntimamente nuestras culpas, o la
culpa a la que se reducen todas las otras: desconocer la voluntad
divina por desconfianza a lo que Dios nos pide o nos pueda pedir.
Estaban ocultos pero el
Señor Dios llamó al hombre y le dijo: "¿Dónde estás?".
Es
la pregunta que desde entonces Dios nos hace en nuestras vidas. Y
podremos ahogarla, podremos ocultarnos, pero la pregunta queda. "¿Qué
has hecho de tu vida? ¿Qué has hecho hasta ahora de la vida que te
he dado?". Así suenan estas preguntas con que Dios nos
interpela. Preguntas que en lenguaje de Cristo equivalen a decirnos
"¿Cuánto has amado? ¿Cuánto has perdonado?".
Dice
Martin Buber que en la respuesta de Adán "Oí tus pasos en el
jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo, y me he escondido",
se inicia el camino del hombre. El camino de retorno hacia Dios.
Reconocer,
como dice Buber, la situación en la que nosotros mismos nos vemos
sumidos es inicio de conversión a Dios, pero no es suficiente para
llenar el abismo de separación. La verdadera respuesta es Cristo, el
único que puede reconciliarnos con Dios y devolvernos la vida, la
eternidad.
El
relato bíblico también da cuenta que al lado del árbol prohibido
estaba el árbol de la vida. Ese árbol cuyo fruto da al hombre la
vida eterna y lo salva de la muerte es la Cruz. Porque Cristo es el
fruto que pende del árbol de la vida. "El que come de mi
carne y bebe de mi sangre tiene la vida eterna y yo lo resucitaré en
el último día" (Jn 6,54).
El Señor debe
sanarnos, a eso viene nuestra Madre.
Debe
sanar nuestros miedos, nuestra desconfianza a su amor, a su
misericordia, y aún a su cruz. Por eso, pidamos a nuestra Madre en
oración silenciosa que interceda para que el Señor sane nuestra
desconfianza, nuestros miedos. Para que nuestra confianza, que ha de
manifestarse en el abandono, sea total.
Aquel
primer día los chicos huyeron.
Siete
años después (25/6/88) la misma Virgen decía en su mensaje: "Confíen
en Dios para que Él pueda sanarlos y perdonarles todo lo que les
impide caminar por el camino del amor." Esta es la única
respuesta para detener nuestra huída y volver a Dios: recuperar la
confianza en Dios para que nos restaure sanándonos y perdonándonos
de nuestros pecados, uno de los cuales es –precisamente- el no
confiar en su Misericordia.
Grave
ofensa que hacemos a su amor es desconfiar de Él, desconfiar de la
imagen perfecta del Padre que Cristo nos da en la cruz. "El que
ha visto al Hijo ha visto al Padre".
También,
en aquel año, nos decía nuestra Madre: "Los invito al total
abandono en Dios... no tengan miedo porque yo estoy con ustedes... Yo
les traigo la paz, soy la Madre y Reina de la Paz(25/7/88)... Oren,
hijitos, para que satanás no los sacuda como hojas al viento. Oren
incesantemente... Sean fuertes en Dios (25/4/88)".
Si estamos temerosos,
angustiados, la respuesta es el abandono confiado y la purificación
de nuestros corazones en la reconciliación con Dios.
Recientemente
nuestra Madre nos pedía: "ábranse a Dios y a su amor"
(25/3/00).
Para abrirme a Dios lo primero que
tengo que hacer es regresar a Él, desde mis temores, esos temores
viejos como el hombre por causa de imágenes distorsionadas,
consecuencia del pecado. Regresar a Él para que remueva los
impedimentos. Si no puedo abrirle el corazón es porque el corazón
está cerrado por el orgullo, la autosuficiencia, la desconfianza, el
egoísmo,... Todos esos obstáculos vienen de la pérdida de lo
esencial y no dejan de ser meras y tontas defensas por la
incredulidad, por la desconfianza, por la falta de esperanza no sólo
de fe. Por eso queremos apuntalarnos, hacernos fuertes a nosotros
mismos, y nos enmascaramos, simulamos dar solución a nuestras
falencias, aparentamos pero no somos. El camino de retorno pasa por
reconocer la propia fragilidad y debilidad y la íntrinseca miseria.
Abriéndose a Dios, a su amor, a su presencia en la Iglesia, a la
reconciliación, se empieza a caminar por senderos de paz hacia la
eterna gracia.
Encomedemos nuestras
intenciones, las de perseverar en el camino de abandono a Dios, de
apertura de nuestros corazones a nuestra Madre, siempre Virgen,
siempre María, en su advocación de Santa María del Buen Aire.
Advocación ésta protectora de los navegantes. De ella, Santa Maria
di Bonaria, toma el nombre D. Pedro de Mendoza para dárselo al puerto
que funda: Santa María del Buen Aire. La advocación se refiere al
aire, a los vientos de navegación, de la navegación a vela. El buen
aire es, entonces, el que conduce, el que lleva, no el que arrastra y
destruye y hunde.
Dice
la Sma. Virgen, lo dice en Medjugorje, "mi señal es el
viento". "Yo vengo con el viento". Pero con el viento
dulce, con la brisa, como la de la teofanía de Elías, como la que
visitaba el Edén cuando Dios se paseaba y el hombre y la mujer
escuchaban sus pasos.
El
viento con que nuestra Madre viene es el del Espíritu, el viento
suave, señal de vida que sonríe, que nos conduce delicadamente a la
meta, que es el encuentro con Dios. Y como no arrastra respeta nuestra
libertad, nuestro timón, nuestro propio derrotero.
Santa María del Buen Aire,
ruega por nosotros!
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El segundo
día
Sabemos que el 25 de junio se celebra el día de la Reina de la Paz en
Medjugorje y en todas partes donde estos mensajes llegan. Sabemos
también cuál es la razón de esta conmemoración: si bien la Santísima
Virgen aparece por vez primera el 24, recién este segundo día es el
del encuentro con los chicos.
Bueno es entonces repasar qué sucedió ese 25 de
junio de 1981. Ante todo conviene aclarar que las versiones, debido a
las imprecisiones propias de los relatos y por el tiempo transcurrido,
pueden diferir ligeramente. Pero, nuevamente, lo que nos importa son
algunos puntos esenciales que nos permiten desantrañar mensajes más
allá de los que nuestra Madre nos ha transmitido, digamos, de viva
voz.
Cuatro de los chicos deciden volver el segundo día.
Ya en este hecho vale la pena detenernos para observar que dos de los
que presenciaron la aparición del 24 de Junio ya no vuelven. Cuáles
fueron las razones precisas no lo sabemos. Milka, la pastorcita, no va
–se dice que porque su madre la necesitaba- pero en cambio va, llena
de esperanzas en ver a la Virgen ("aunque más no sea de
lejos") su hermana Marja. En lugar de uno de los Ivan va un niño
de 10 años, Jakov, quien está totalmente excitado y ansioso de ver a
la Madre de Dios.
Vicka, por su parte, está segura que la Gospa (así
es como la llaman a la Virgen en aquella aldea y en otras partes estos
pueblos de raza croata, "la Señora") irá a aparecerse
nuevamente.
Pero, todos, en verdad, habían estado sintiendo un
fuerte llamado interior para ir a la colina del Podbrdo. ¡Y allí están
ellos!
Muchos no habían creído lo que los chicos habían
contado el día anterior, muchos seguirían incrédulos el segundo día
de las apariciones porque se decían, talvez con alguna razón,
"si no son santos ¿cómo van a ver a la Madre de Dios?!"
Razón en cuanto a la santidad, porque esos chicos eran como todos los
demás de su edad, ni mejores ni peores, y no particularmente devotos
o especiales. El equívoco, sin embargo, venía de confundir, como
solemos hacer, la gracia con el mérito. Lo que esos chicos decían
presenciar no era premio a mérito alguno sino pura gracia de Dios.
Pascal escribió: "Sólo la gracia hace de
un hombre un santo. Quien lo dude no sabe lo que es un santo ni sabe
lo que es un hombre". En este caso parece que lo que se
ignora es qué es la gracia.
Ya cuando reflexionábamos acerca del primer día
decíamos –a propósito del frustrado encuentro, ya que los chicos
no habían acudido al llamado de la Virgen- que para que la gracia
realice su obra al don de Dios debe concurrir la voluntad del que lo
recibe, es decir que el don divino supone también la conquista de la
gracia que Dios ofrece. Ivan suele decir que la oración del corazón
es un don que Dios se lo da a quien se lo pide.
Ahora, este segundo día volvía a repetirse la
situación, porque la Virgen llama pero no ya de forma visible sino
que llama al corazón de esos hijos, pero, esta vez, la respuesta es
la de ir al encuentro.
Pese a los temores ellos van. No van solos, otros
los acompañan. Cuatro eran los chicos del primer día (Ivan, Vicka,
Ivanka, Mirjana) que regresaban para nuevamente ver y encontrarse con
María. A ellos se agregaban otros dos (Marja y Jakov) que tenían las
mismas intenciones. Estos dos habían sabido que la Madre de Dios se
había aparecido, habían creído firmemente en ello y deseaban
vivamente verla, aunque más no fuera de lejos.
En esto debemos reflexionar, en la fe y en
el deseo impulsado por la fe.
La fe es el llamado, Dios nos llama a la fe pero
también con la fe nos llama. Todos recibimos dones, y la fe es un don
recibido en el bautismo, la pregunta es ¿qué hacemos con el don de
Dios?
Seis chicos reciben el don de la visita de la Madre
de Dios el día 24. Dos no regresan el segundo día pero otros dos han
recibido el don de creer y por ello quieren verla, y ellos van para
satisfacer el deseo. Los 4 del primer día y los dos que se acoplan,
unos y otros van en conquista de la gracia, al encuentro de María que
los visita. Pues estos seis, desde aquel 25 de junio en más, han de
ser los videntes de Medjugorje, los elegidos que verán, dialogarán y
hasta podrán tocar a la Virgen venida de los Cielos.
Dice el Señor: "Muchos son los llamados y
pocos los elegidos". Dios no actúa, como nosotros, de manera
discriminatoria diciendo negando a algunos acercarse a alcanzar un
privilegio, porque a todos les hace posible alcanzar la salvación. La
elección divina depende de nuestra propia elección, de aceptar lo
que Dios nos ofrece. Acá se nos hace evidente que "elegido"
es aquel que acude al llamado, que ofrece su respuesta, que desea
acercarse al llamado invintante.
Contrariamente, los otros dos que no estuvieron
este segundo día, Milka y el otro Ivan, nunca más habrían de ver a
la Gospa. Esto debe hacernos pensar y servir para no dejar que la
gracia pase de largo en nuestras vidas. Pidamos al Señor estar
alertas a su invitación, como las doncellas sabias, con la mente y el
corazón encendidos, como las lámparas de la espera. Con renovadas fe
y esperanza preparándonos para el encuentro y pidamos también poder
responder con amor, generosamente a su llamado.
Sí, este es tiempo de gracia, es tiempo de misericordia.
Sabemos que la misericordia de Dios no tiene límites, que es
infinita, que es eterna. Pero el tiempo sí lo tiene. Todo tiempo
tiene un término y éste –nos lo recuerda la Madre de Dios- también
lo tendrá. No significa que luego, al terminar este tiempo, Dios
dejará de ser misericordioso, pero,seguramente, todo será mucho más
difícil porque no estarán las gracias especiales a nuestro alcance
como lo están ahora y porque, al parecer por lo que la Reina de la
Paz reveló, no habrá mucho tiempo disponible para recorrer el camino
de la conversión.
En sus mensajes, sobre todo últimamente, con
insistencia nos repite que este es tiempo de gracia. Tiempo que sólo
reconoceremos y aprovecharemos si oramos con oración incesante.
Dijimos que los seis niños, en aquella tarde del 25 de junio de 1981,
no fueron solos. Son acompañados por muchos que de alguna manera han
creído lo que oyeron decir o por curiosos que vienen a comprobarlo,
porque algo les dice que puede ser cierto, que la Virgen realmente
aparece en Medjugorje.
Y este día, muchos ven! Ven no a la Gospa
sino signos. Ven relámpagos y una fuerte luz hacia donde los
chicos son atraídos y llegan a gran carrera, pasando por entre
cerradas matas espinosas y por encima de un terreno abruptamente
rocoso y lleno el suelo de piedras filosas. Ven a los chicos caer en
éxtasis sobre las piedras. Y escuchan el silencio, ese silencio
profundo en el que parece la naturaleza detenerse, expectante, porque
está presente y habla la Madre de Dios a sus elegidos. Para quienes
acompañan a los videntes, es la presencia invisible de la Madre de
Dios que habla a su silencio.
De estos mínimos hechos, mínimos en cuanto a
detalles y grandiosos en cuanto a gracia y consecuencias, podemos
extraer otra conclusión: la relación entre la evidencia y el creer.
Lo que ocurrió con esas personas que acompañaron a los videntes no
fue tanto que creyeron porque vieron, aunque los signos sin duda
ayudaron, sino que vieron porque creyeron. Creer para ver, al que cree
Dios le muestra. Al que no cree aunque vea nada le sirve.
Los seis chicos se han encontrado con la Madre de Dios (todavía Ella
no habría de revelar quién es pero todos lo intuyen ya). Es desde
entonces que los seis la ven como ese primer día. En lo que sea
posible transferir a nuestro pobre lenguaje, para describir una
realidad tan sublime, se dirá que la ven bellísima, más allá de
toda experiencia posible, de mediana estatura, muy joven, de tez mate,
de ojos celestísimos, que entreven rizos de cabello negro y que está
vestida de gris, con un blanco velo, sobre su cabeza una corona de
estrellas y sobre una nube, no tocando la tierra. No toca la tierra
porque Ella habita el Cielo. Su contacto con la tierra son y han de
ser estos videntes, sus profetas, los que hablan en su nombre y nos
transmiten la gracia de sus mensajes.
Ivanka es, como el día anterior, la primera en verla. También es la
primera en hablarle. Le pregunta por su madre, quien recientemente había
muerto. "Está bien, está conmigo" dice la Virgen en su
celestial voz.
Mirjana le pide una señal para que la gente crea.
No hay más diálogo.
Los chicos están muy emocionados, también lo están
las personas que los acompañan. Todos rezan, cantan, lloran.
Por la noche una gran luz ilumina Medjugorje. Así
pasa el segundo día.
Ya
nos detuvimos reflexionando brevemente sobre la fe y la gracia y la
importancia de, primero, estar alerta al llamado y, luego, de
responder al mismo. Ahora, podemos además meditar sobre estas apariciones.
En un sentido las apariciones forman parte de la
Revelación. Nunca en cuanto a modificación de la Revelación
contenida en la Sagrada Escritura o en el Magisterio y Tradición de
la Iglesia sino en otro sentido. En el de que todavía la Revelación
está aconteciendo y en que hay hechos de lo revelado por venir (Jn
16,12 y Ap. 12) y también en que las apariciones son Evangelio no
escrito.
En primer lugar, a quienes los videntes ven,
-notemos que en ningún momento ellos dudaron de la identidad de la
aparición, ni los que la vieron ni los que se sumaron en el segundo día-,
es a María resucitada, glorificada. La ven con su cuerpo glorificado
al que pueden tocar. Es la persona misma de María con quien dialogan,
a quien escuchan. Es María de Nazaret envuelta en la luz divina que
participa de la gloria de Dios desde su Asunción a los Cielos. Ven a
una persona concreta y singular de un modo y con características que
inmediatamente entienden no es natural. Entran en contacto con el
mundo sobrenatural, con la realidad que sustenta toda otra realidad.
Intuyen la identidad aunque recién al día siguiente, ante la
pregunta de Mirjana, dirá quién es, y ,por sobre todo, les es
manifiesto qué dignidad tiene en el Cielo. Por medio de este contacto
personal contamos con una nueva confirmación del dogma de fe, que se
refiere a la verdad de María llevada en cuerpo y alma al Cielo y
viviendo en la gloria de Dios. Más tarde la Santísima Virgen revelaría
a Vicka (y esto que lo había oído de su propia boca me lo volvió a
confirmar recientemente) que Ella no murió sino que fue llevada de
esta vida a la vida eterna. Recordemos, de paso, que el Santo Padre,
Pio XII, cuando promulga el dogma deja abierta la cuestión de la
muerte o no de la Virgen, tema ése de disputa teológica.
En segundo lugar, no es posible negar importancia a
las apariciones so pretexto que la Revelación ha sido ya dada y no
hay nada más que agregar y, a partir de tal premisa, llegar erróneamente
a concluir que las apariciones no tienen importancia para la fe o que
no son necesarias. Esto último resulta verdaderamente grave; porque o
se niega absolutamente la posibilidad que existan las apariciones,
contra tantas evidencias a través de toda la historia de la Iglesia,
o se desprecia lo que es don extraordinario de la misericordia de
Dios.
Basta recordar que Saulo es convertido en Pablo
–y en San Pablo!- por la aparición de Cristo. Vana sería nuestra
fe si Jesús no hubiera resucitado de entre los muertos, repetimos con
las mismas palabras del Apóstol. Pablo lo vió. Nosotros creemos lo
que Pablo y los Apóstoles vieron. Creemos en la Aparición de Cristo
vencedor de la muerte, de Cristo que atraviesa los muros de nuestra
realidad y nuestras limitaciones para mostrarnos la verdad del mundo
que nos espera, la eternidad, y –asimismo- la verdad de su gloria
que es la victoria de Dios, para quien nada es imposible.
Precisamente el kerigma, el primer anuncio, está
contenido en la expresión de San Pablo en la Primera Carta a los
Corintios (1 Cor 15,1-11) donde leemos, entre otras cosas, lo
siguiente: "Porque les transmití, en primer lugar, lo que a mi
vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las
Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según
las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce; después
se apareció a más de 500 hermanos a la vez, de los cuales todavía
la mayor parte viven y otros murieron. Luego, se apareció a Santiago;
más tarde, a todos los apóstoles. Y en último término se me
apareció también a mí, como a un aborto." (1 Cor 15,3-8)
Pablo vio porque ya creía en la resurrección de
los muertos, porque grande era ya su fe en Dios. Y lo que vio reforzó
y enderezó su fe. Pablo no decía: "las apariciones no son
importantes para la fe" o "yo no tengo necesidad de
apariciones". Por la aparición de Cristo creyó en Cristo.
Si leemos atentamente lo que sigue, de la 1ra a los
corintios, veremos que Pablo habla también de la gracia de Dios y del
esfuerzo necesario para que la gracia lleve a cumplimiento su obra. Él
escribe:
"Pues yo soy el último de los apóstoles,
indigno de llevar el nombre de apóstol, por haber perseguido a la
Iglesia de Dios. Mas, por la gracia de Dios, soy lo que soy; y la
gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Antes bien, he trabajado más
que todos ellos. Pero no yo, sino la gracia de Dios que está
conmigo." No olvidemos, entonces, que esa gracia habría primero
de manifestarse como una aparición del Señor a Saulo en su camino a
Damasco. ¡Las apariciones son gracias extraordinarias de Dios, son
manifestaciones de su misericordia, son evidencias de que se está en
el tiempo de su misericordia!
La
fe vuelve evidente lo oculto, audible la Palabra. Creemos porque el
testimonio es el de la Verdad. Creemos por la autoridad de quien lo
transmite y la autoridad la da el mismo Dios a quien hace su mensajero
y profeta. La autoridad es la misma vida de Pablo desde aquel
encuentro en Damasco, la vida que ofrece a Dios en sacrificio hasta el
martirio.
¿Cuál es la autoridad de los videntes? La que
trasuntan en sus manifestaciones, en sus vidas, porque ellos no
mienten. Como parece que tendemos más en creerle a la ciencia que a
Dios, entonces debería servirnos que todos los tests a que fueron
sometidos demuestran cabalmente que son personas normales, que no
mienten y que sus éxtasis son verdaderos. Todo esto sin olvidar que
la autoridad está, por sobre todo, dada por los signos, con que Dios
acompaña lo que ellos dicen, y por sus mismas personas que se vuelven
signos. (Ya hablaremos más delante de las personas de los videntes).
La
Iglesia repite junto al sacerdote que preside la Misa –en una de sus
fórmulas- lo siguiente: "Señor, que podamos discernir los
signos de los tiempos". Demos gracias a Dios porque podemos
discernir los signos de estas apariciones, porque no despreciamos lo
que Él nos da, porque creemos que realmente su Madre se aparece en
estos días. Porque sentimos su llamado y porque acudimos a él. Démosle
gracias por la fe.
Decíamos que las apariciones son Evangelio no escrito, parte de la
Revelación o Revelación en acto. ¿Cuál es el Evangelio no escrito
de nuestros días? Ante todo el saber que Dios se acerca hoy al
hombre. Viene a nuestro encuentro y tiene que hablarnos como nosotros
entendemos, como un hombre. Así lo hizo antes, habló con palabras de
hombres, a través de profetas y finalmente a través de Él mismo
hecho hombre, que no deja de ser Dios. Así vino a hablarnos y nos
habla hoy. Pero además nos está hablando con el lenguaje sencillo y
dulce de la Madre. De esta Madre de Jesús, Madre de la fe y la misión.
Dios, quien inició esa gran marcha al encuentro del hombre, en la
humanidad, desde su Encarnación, vuelve por María, en tiempos de
gran alejamiento, a encontrarse con nosotros.
Entoneces, el Evangelio no escrito, la Buena,
Excelente Noticia es ésta: nuestra Madre, Reina de los Cielos y de la
Paz está todos los días con nosotros, para llamarnos, para
conducirnos, para mostrarnos su presencia y cubrirnos con su Manto de
amor. Por Ella el Cielo se une a la tierra desde hace casi 19 años,
todos los días.
Que descubran en tí, Oh María, en tu visita, la presencia oculta
de tu Hijo, y que el Espíritu se efunda en nosotros para que salte
nuestro corazón de alegría y con la boca proclamemos en alabanzas
las maravillas que Dios hace en nosotros y que su nombre es Santo.
Tengamos siempre presente que las apariciones y los signos son
necesarios, por eso Dios los da. No necesarios para satisfacer nuestra
curiosidad ni para forzar nuestra respuesta cuando nos empecinamos en
no aceptar el amor de Dios sino para ayudarnos cuando estamos
desorientados en la búsquda, cuando nuestra fe es débil.
Nosotros tendemos fácilmente en transformar un
defecto o incapacidad nuestra en negación de una verdad. A la
imposibilidad de la razón de demostrar la existencia de Dios es a lo
que apelan los que se dicen a sí mismos agnósticos, para luego vivir
sin Dios. De la misma manera, para algunos la imposibilidad de
determinar si la aparición es verdadera, en cuanto a manifestación
divina, los lleva a afirmar que las apariciones no son necesarias o
prescindibles.
Todos sabemos cuando hablamos de señales -señales del Cielo- a qué
nos referimos. Vale la pena, sin embargo, profundizar algo el tema al
menos por dos motivos, para que nos ayude a estar atentos y para que
no nos quedemos solamente en las señales. Porque, precisamente, el
riesgo que se corre es el de tomar por dos vías opuestas: una es ignorar
cualquier señal y la otra es quedarse en la señal y no
avanzar.
El signo o señal, es un indicador, una referencia
que orienta, que lleva a un destino, a un fin. Por eso es medio y no
fin en sí mismo.
El signo debe siempre ser traspuesto. El signo
sirve a la fe, la estimula, la renueva, y también a la esperanza;
pero, además, indica un tiempo particular en la historia de la
salvación.
El signo debe ser desentrañado para que tenga,
entonces, significado, para que "diga" aquello que tiene que
decir.
Veamos ahora algunos ejemplos o casos de señales o signos del NT:
El Bautista era señal en el camino. Señal que había
camino. La gente no iba a ver a una caña que se agitaba con el viento
ni a un hombre de poder vestido con ricas vestiduras. Iba al encuentro
de una señal. A oir una voz, la de quien clamaba a la conversión en
el desierto de Dios.
El Bautista era el Precursor, signo de otro tiempo,
del tiempo mesiánico que llegaba. "Y tú, niño, serás llamado
profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus
caminos". Tú anunciarás que el Reino de Dios está a las
puertas, que la Luz llega a los hombres, que ya viene la Salvación en
la persona del Salvador.
Y luego, el propio Mesías sería reconocido por
sus signos. Cuando Juan, en algún momento de duda, manda sus
emisarios a Jesús para preguntarle si es el Mesías o si deberán
esperar a algún otro, Jesús le responde con los signos que había
profetizado Isaías:"Vayan y refieran a Juan lo que oyen y ven:
los ciegos recuperan la vista, los cojos caminan, los leprosos son
curados, los sordos oyen, los muertos resucitan, a los pobres les es
predicada la buena noticia, y dichoso aquel que no se escandaliza de mí".
(Mt 11,4-6)
Por el milagro de Caná de Galilea, en aquellas
bodas cuando el Señor cambió el agua en vino, sus discípulos
creyeron en él.
Reconocen que las profecías se cumplen por las señales
con que venían acompañadas, así por ejemplo, la última entrada, la
triunfal, de Jesús a Jerusalén, montado el Rey manso sobre una cría
de asna. (Zac.)
Nicodemo fue al encuentro de Jesús porque había
visto señales ("Maestro, nadie puede hacer las señales que tú
haces a menos que venga de Dios") (Jn 3,2).
La samaritana vió una señal para reconocer al Mesías
(Él le había leído en su alma).
En Hechos de los Apóstoles nos relatan que los
discípulos de origen judío que había venido con Pedro hasta la casa
del romano Cornelio, no salían de su asombro al ver que el don del
Espíritu Santo también se derramaba sobre los paganos, pues les oían
hablar en varias lenguas, glorificando a Dios.
Signos -fijémonos que así llama Juan a lo que
llamaríamos milagros- fueron las multiplicaciones de los panes, y
tantos otros que imposible sería contarlos.
Pues hoy también hay señales, en el cielo y en la
tierra. Hay grandes y numerosas y, a veces, extraordinarias
conversiones que ponen de manifiesto a éste como tiempo de gracia.
Para muchos las apariciones de estos tiempos son
grandes signos de intervención divina extraordinaria.
Medjugorje para muchos es una señal. Es la señal
que allí aparece un gran signo, un signo visto por un vidente, Juan,
el discípulo que el Señor amaba, el que escribió el 4to Evangelio,
el vidente del Apocalipsis. Él vió esa señal, ese signo: Una mujer
vestida de sol que aparecía en el Cielo. Él vió antes al Arca de la
Alianza aparecerse en el Cielo y luego a la Mujer. El mismo Juan que
había visto a Cristo transfigurado fue también testigo, en su visión,
de María en su gloria. El Arca y la Mujer es la misma imagen de la
Madre de Dios, Arca de la Nueva Alianza que contuvo al Verbo, la
Palabra de Dios hecha carne y que viene a dar a luz al hombre nuevo.
Por eso la Mujer está encinta. La Mujer sufre dolor por los hijos que
engendra. Somos engendrados, nosotros hijos nuevos, en el dolor de la
Virgen.
No dudemos, la conversión tiene necesidad de señales
porque es camino. Y en el camino hay signos que nos orientan a
la meta. Sin ellos podemos perder el rumbo.
Para cuando el hombre hubiese de estar más
alejado, para cuando mayor fuese el pecado de la humanidad, para la
apostasía, Dios escogió la mayor de las gracias, la mayor de las señales:
la propia Virgen.
Ayer el Bautista desde el desierto preparaba las almas para el
encuentro con Dios. Hoy la Mujer (que aparece por vez primera el día
del Bautista) viene hasta el desierto de la humanidad, donde Dios no
está, para llamarnos a la conversión del corazón. Viene a decirle
al mundo ateo que Dios existe. Pero, viene a mucho más, a gestarnos,
a mostrarnos su presencia orante, porque cuando desciende a la tierra
muestra lo que hace en el Cielo, reza con nosotros y por nosotros.
Ella es señal, y pide que también nosotros seamos
para otros señal.
Nunca estuvo Dios más cerca nuestro, nunca nuestra
Madre del Cielo estuvo por tanto tiempo con nosotros. Ella es la Mujer
a quien el Hijo le ha dado las alas del águila para que vuele desde
la eternidad hasta el tiempo de nuestros días, que eran aciagos y que
por su presencia se han vuelto luminosos. Ella es quien nos llama al
refugio preparado por Dios, el de su Corazón Inmaculado.
María es la Madre que nos viene guiando
–particularmente desde Medjugorje- y asistiendo en cada paso que
damos.
Repasemos con espíritu
nuevo sus mensajes:
"Agradezcan a Dios el don de mi presencia con ustedes, porque les
digo "Esta es una gracia"." (25 de julio de 1992)
"Queridos hijos, escuchen y vivan lo que les digo, porque para
ustedes es importante- cuando no esté más con ustedes- recordar mis
palabras y todo lo que les he dicho." (25 de octubre de 1992)
"Queridos hijos, ésto -que pueda estar con ustedes- es una
gracia. Por ello, por el bien de ustedes, acepten y vivan mis
mensajes. Los amo y por eso estoy con ustedes para enseñarles y
guiarlos hacia una vida nueva; la de la renuncia y la conversión."
(25 de noviembre de 1992)
"Queridos hijos, éstos son tiempos especiales, y por ello estoy
con ustedes para amarlos y protegerlos, para proteger sus
corazones de satanás y acercarlos a todos, siempre más, a mi Hijo
Jesús." (25 de noviembre de 1992)
"Lean la Sagrada Escritura, vívanla y oren para comprender las
señales de este tiempo. Este es un tiempo particular y por ello estoy
con ustedes para acercarlos a mi Corazón y al Corazón de mi Hijo Jesús."
(25 de agosto de 1993)
Al
inicio en Medjugorje había una profusión de señales. Ahora no es así,
hay un tiempo para cada cosa y este es, dentro del período de gracia,
otro tiempo. Hoy -nos dice la Reina de la Paz- nosotros mismos
debemos ser las señales para que otros crean y se conviertan.
"Queridos hijos! También hoy los invito a la oración. Hijitos,
sean portadores gozosos de paz y de amor en este mundo sin paz. Sólo
con la oración llegarán a ser mis apóstoles de la paz en este mundo
sin paz. Por eso, oren hasta que la oración se convierta en gozo para
ustedes. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!" (25 de
abril de 1999)
En el mensaje de octubre 1996 decía que somos la sal
de la tierra y la luz del mundo. En el del siguiente mes de
noviembre nos pedía que fuésemos signos del amor de Dios y diésemos
ejemplo con nuestras vidas para que prevalezca la alegría en los
corazones de los hombres.
La conversión supone, entonces, ir convirtiéndose
uno mismo en signo.
La pregunta es entonces: ¿Soy señal? ¿Qué señal
soy? Soy el testigo alegre? Por qué no?
Nosotros, en estos tiempos somos testigos de muchas
señales (¡Demasiadas! dirá la Sma Virgen). Que no nos ocurra como
aquellos judíos que después de haber visto grandes milagros, le
dicen a Jesús "¿Qué señales nos muestras para que creamos en
tí?" O, como el mismo Señor le dice a aquellos que lo seguían:
...ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque comieron
hasta saciarse." Y esto lo decía nada menos que ¡después de
haber hecho el milagro, el gran signo, de la multiplicación de los
panes! ¡Atención! podemos estar ante la señal, verla y seguir como
antes.
Roguemos al Señor, estar atentos a sus señales,
discernir los signos de los tiempos. Pidamósle a Él que todo lo
conoce, que conoce nuestro corazón, que sigue nuestra vida, que sane
y arranque de nosotros todo aquello que nos impide ser testigos
gozosos de su amor y de la presencia de la Virgen en estos tiempos.
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El
tercer día
El primer mensaje
Es
el 26 de junio el día del primer mensaje.
Como sería de suponer, rápidamente se corre la voz de lo
que está ocurriendo en Medjugorje y la noticia de las
apariciones vuelan más allá de los límites de la aldea. Esa
tarde se han congregado en el Podbrdo entre 2000 y 3000
personas.
Los chicos están muy felices pero, al
mismo tiempo, esa emoción se mezcla con la incertidumbre y la
perplejidad hacia todo lo que les está ocurriendo. Han sentido,
como el día anterior, el llamado. Han nuevamente experimentado
una fuerza misteriosa que los atrae hacia la Virgen.
Cuentan que ese día el terreno está
resbaladizo por efecto de lluvias y resulta difícil escalar las
pendientes rocosas aunque de escasa elevación.
De pronto, todos los presentes ven un
fuerte relámpago sobre una determinada área, esto se repite
tres veces. Los chicos salen disparados hacia ese punto, ya del
monte Crnica, que se sitúa a unos 300 metros del lugar de las
primeras apariciones (Podbrdo).
De rodillas caen sobre el terreno.
Están viéndola. La aparición durará
más tiempo esta vez. Por momentos desaparece, entonces oran y
la ven reaparecer. ¡Es maravillosa! Está resplandeciente,
alegre, sonriente, envuelta en luz.
Vicka, por consejo de su abuela, había
traído agua bendita. Cuando se encuentra delante de la Virgen,
luego de decirle "En el nombre del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo", la rocía con el agua, agregando: "Si
eres la Virgen quédate con nosotros, sino vete de aquí".
La única respuesta es su sonrisa.
Mirjana le pregunta su nombre.
Ella responde:"Soy la Beata
(la Dichosa) Virgen María"
Ivanka le dice: "¿A qué has
venido? ¿qué quieres de nosotros?"
-"He venido porque aquí hay
verdaderos creyentes. Deseo estar con ustedes para convertir y
reconciliar al mundo entero", responde la Virgen.
Después del encuentro todos ven una
luz. Por su parte, los chicos, pese a que es pleno día , dicen
haber visto las estrellas.
Durante el descenso vuelve a
aparecerse la Virgen, pero sólo a Marja, quien la ve llorando
junto a la cruz y recibe este primer mensaje:
"¡Paz, paz,
paz y sólo paz! Debe reinar la paz entre el hombre y Dios y
entre los hombres." "Reconcíliense, conviértanse."
Aquella tarde, por vez
primera también, los jóvenes se quedan con la multitud rezando
el Santo Rosario, al que le agregan el Credo y los siete Padre
nuestros, Ave Marías y Glorias.
En este tercer día, lo
primero ha sido la confirmación de la identidad de esa Bellísima
Mujer que, desde hace dos días, vienen viendo los chicos.
Y ya en esas primeras palabras suyas
se encierra el mensaje de su misión. Viene para traernos la
paz, la paz que sólo Cristo puede dar, la paz que viene de la
cruz.
Pero, esa paz requiere de nuestra
parte una respuesta, la de la reconciliación. Si no tenemos paz
es porque estamos enemistados con Dios y, consecuentemente y
además, con los demás hombres. Su misión es llamarnos a la
conversión mediante la reconciliación con Dios y con los
hermanos. Este es el primer paso que prepara el encuentro con
Dios. Entre ese primer paso y el encuentro, que es la meta, hay
todo un camino. Camino personal y camino comunitario, de
Iglesia.
María Signo de
estos tiempos
Veíamos que María es
el gran signo de estos tiempos, signo de la presencia de Dios en
la historia de la salvación que se sigue desplegando hasta que
llegue a su culminación. Signo de la lucha espiritual entre la
Mujer y el Dragón, el otro signo de estos tiempos.
Recordábamos lo que dice el capítulo
12 de la Revelación, lo que nos cuenta el vidente de Patmos. Él
vio a los cielos abrirse y mostrar el Arca de la Antigua
Alianza, la que llevaba en su seno la Palabra de Dios, la que
había grabado en las tablas de la Ley, la contenida en los
cinco rollos de la Torah. Esa Arca, señal de la presencia de
Dios junto a su pueblo, se asentaría sobre la figura de
querubines, en la tienda del encuentro y en el santuario del
templo. Juan vio el Arca y la manifestación del poder de Dios
en los relámpagos, en el trueno, en la tempestad, en la tierra
conmocionada. (De paso recordemos el episodio de Uzá cuando por
tocar con la mano el Arca Dios lo fulmina. 2Sam 6, 6-7). Y luego
ve a la Mujer, coronada de doce estrellas, revestida de sol y
con la luna bajo sus pies, que está encinta y grita de dolor
porque está a punto de dar a luz.
La Reina de la Paz nos
enseña que la historia de la salvación y nuestra propia misión
se irá develando en la meditación de los misterios del Santo
Rosario. De la oración proviene la develación de lo oculto de
estos tiempos, en la medida de la gracia que trae la luz sobre
el misterio. Es Cristo quien va abriendo los sellos.
Lo primero, a partir de
la misma apariencia que asume la Santísima Virgen en Medjugorje,
es que notamos grandes concordancias en los signos. Como al
Arca, también Ella es precedida por los relámpagos del poder
divino. Aparece coronada, Madre, acompañada de ángeles,
dolorida por el parto de estos nuevos hijos. Ella es la Madre de
la Palabra Encarnada, es el Arca que contiene en su seno a la
Palabra de Dios hecho hombre. Si sagrada es el arca de acacia
porque está consagrada a Dios mucho más sagrada es su persona.
Sobre el Arca se posaba el Espíritu en forma de nube, por el
Espiritu que en Ella se posa Dios entra en la humanidad en el
seno de María. María, Miriam, Mariam, es la Mujer de Sión, la
de las doce tribus de Israel y también la Mujer de Pentecostés,
Madre de la Iglesia, junto a los doce Apóstoles. Es la Mujer
que viene a luchar por sus hijos contra satanás, la serpiente
antigua o dragón.
Juan vio el signo, vio a la Mujer. La
Mujer era María pero transfigurada, no la misma María; como
tampoco Jesús era el mismo cuando él, Juan, junto a Pedro y
Santiago, lo vieron transfigurado en el Tabor. Esa Mujer no era
la misma que él había recibido como madre en la cruz, que había
conocido y llevado con él después de la muerte del Señor. Sin
embargo, que era Ella lo debió haber intuído porque vio al Niño
con el cetro. Estaba la Mujer radiante, vestida de sol.
El paralelismo es evidente, también
nosotros podemos identificar los signos, porque los videntes ven
a la Gospa envuelta en la luz y revestida de sol en las grandes
celebraciones. La ven coronada de estrellas, y saben que es María,
la Virgen de Nazareth glorificada.
La misión de la Virgen
no se reduce, entonces, sólo a la del profeta, a hablarnos en
nombre de Dios, sino que Cristo ha delegado en Ella la lucha
contra satanás en defensa de sus hijos. Y esto Ella lo dice. La
lucha entablada y llegando a su culminación entre la Mujer y el
Dragón es el otro signo. Estos son los signos de los
tiempos, de estos tiempos.
María y las
Escrituras
Este es el tiempo de
la Mujer. Aquella Mujer anunciada por Dios en el Génesis es
María.
A través de las distintas versiones,
hebrea, griega y latina (Vulgata) es posible recorrer diferentes
interpretaciones acerca de quien aplastará la cabeza de la
serpiente.
En el pasaje relatado en Gen 3,14
ss el mal, el pecado, se interpone –sin solución de
continuidad- entre Dios y el hombre. La estirpe, el linaje, de
la mujer es todo el género humano. El otro linaje es el del
diablo. Según nos enseñan los entendidos, en el texto hebreo
antiguo la lucha con el mal no tiene fin. El verbo hebreo, que
se traduce como insidiar o acechar el talón, en el original
entiende toda una acción incesante, sin solución de
continuidad, entre el insidiar, de la serpiente, y el aplastar
de la estirpe.
En el texto griego, de la Diáspora,
que sucede al yahvista en cinco siglos, aparece una esperanza
mesiánica, porque el aplastar se presenta como definitivo. Además,
quien ha de aplastar la cabeza a la serpiente no es alguien o
algo abstracto, o una simiente (tal el significado hebreo de
linaje) neutra o genérica. La versión griega indica un
determinado hijo de mujer, de alguien y no una vaga
descendencia. Acá se enlaza a la mujer con el hijo, y esto da
lugar a la figura de la madre del Mesías. Ella es la doncella,
la virgen, profetizada por Isaías y por Miqueas.
Finalmente, en la versión latina
quien aplasta la cabeza a la serpiente no es alguien indefinido
(que hubiera indicado el neutro "ipsum"), ni tampoco
un hombre (ipse) sino que el texto emplea el femenino (ipsa),
con lo que no deja dudas acerca de la mujer. Esta, precisamente,
es la tradición mariológica de la Iglesia.
Quiere decir, a través de las
sucesivas interpretaciones, que la derrota de satanás vendría
no por el linaje genérico de la mujer- es decir la humanidad-,
ni por alguien determinado de ese linaje, sino por ella misma.
Cabe recordar, sin embargo, que todo triunfo va siempre referido
a Cristo, único salvador de los hombres.
Quizás la mejor
interpretación no sea ninguna excluyente sino la que a todas
incluye. Porque quien vence a Satanás es Cristo, hijo de María,
y por Él, Dios encarnado, la humanidad. Pero, es a María a
quien Dios le ha dado la misión de aplastar a la serpiente.
Ella ha sido la humilde que el Omnipotente elevó a lo más alto
del Reino de los Cielos haciéndola Reina, la que evoca el salmo
45 sentada a la derecha del Rey.
Es decir, al final de
la historia de la salvación –y precisamente acá está
nuestro tema, que la Revelación está en acto porque la salvación
está en acto- es María quien da la última y definitiva
batalla. Pero, la batalla no la da sola ("Queridos
hijos, los necesito. Sin ustedes nada puedo hacer.")
sino junto a su propía estirpe, a sus hijos nuevos. A estos
hijos de los que está encinta, de quienes siente dolores de
parto, por quienes llora. Por eso mismo, por esos hijos, es la
humanidad, nueva, la que está comprometida junto a María en la
lucha final y decisiva.
Esta es la razón por la que debemos
estar muy atentos a las señales del Cielo y no pasar a la
ligera, ni mucho menos menospreciar, las Apariciones de estos
tiempos. Las Apariciones de Medjugorje –y esto debe decirse
sin miedos ni complejos- son sustanciales y hacen a todo lo que
es la Revelación de este tiempo. Ignorarlas es desechar la luz
de la Misericordia y la salvación que Dios nos ofrece en
nuestros días.
Mensajes de
esperanza y de paz
Al seguir los mensajes
nos damos cuenta que estamos viviendo en el corazón de las
profecías mesiánicas. Estamos viviendo un tiempo de
gracia, de preparación –y por ello de purificación- al Espíritu
de un nuevo Pentecostés. "Los purificaré de todas sus
impurezas y de todos sus ídolos. Les daré un corazón nuevo y
pondré en ustedes un espíritu nuevo..Infundiré en ustedes mi
Espíritu..." Ez 36,25-27. Vamos camino a la gran visión
de esperanza del Apocalípsis, al hombre del corazón nuevo que
habitará la tierra nueva y los nuevos cielos. (Ap. 21).
Además, sabemos –porque la propia
Virgen lo manifestó en Medjugorje. que estamos ante las últimas
apariciones de la Madre de Dios. Lo que refuerza el aserto
anterior.
Ella viene a preparar el cielo y la
tierra nueva. Nos vuelve a traer la Luz y nos lleva hacia el
Reino de los Cielos en la tierra.
A partir de la hora del
Gólgota, desde cuando María es Madre de todos los hombres, el
más tierno corazón de mujer que Dios haya creado, está
abierto a la pobre humanidad pecadora. Dios lo santificó por
encima de todo lo creado en la oferta sublime del Gólgota y lo
divinizó al glorificarla en los Cielos. ¡Este es el Corazón
de María ofrecido a los hombres!
María, no lo dice pero, está
gestando al hombre nuevo. Nuestra purificación es el mismo
proceso de gestación y alumbramiento, que se produce por obra
del Espíritu. El Espíritu Santo que concibió en la carne al
Verbo Eterno en el seno de María es el que gesta -a nosotros,
hijos en el Espíritu- en su Corazón Inmaculado. Ese Corazón
que se revela como seno de la nueva creación.
Quien quiera, pues, ser hijo nuevo ¡que
se consagre al Corazón de María!
En su Corazón concibe,
gesta y alumbra porque el Espíritu sopla y viene al llamado de
la Esposa a hacer su obra. María llama a su Corazón para guiar
a los hombres a Cristo. María protege en su Corazón a los
hijos que respondiendo al llamado se han vuelto elegidos.
Desde su Corazón la purificación es
dulce y el dolor soportable.
Por todo ello, desde Fátima pide a
todos, hombres y naciones, consagrarse a su Corazón Inmaculado.
Por eso también, más
que a anunciarnos la llegada del Reino, que Cristo viene para
reinar, que su Corazón Inmaculado ha de triunfar (su belleza
derrotará la furia de satanás) viene a edificar el Reino en
nosotros. Y, precisamente, cuando el Reino se levante en
nuestros corazones Cristo reinará y su Corazón habrá
triunfado.
A través de sus mensajes nos está
llamando a la construcción del Reino en nosotros. Su presencia
restituye nuestra fe y alimenta nuestra esperanza.
Ella es la Mujer que enfrenta a la
serpiente. Esa enemistad (Gen 3) llega ahora a su culmen (Ap
12). El Dragón vomita el río del caos. Los hijos de la Mujer,
sus queridos hijos (la tierra), vienen con sus oraciones,
ayunos, sacrificios, penitencias en ayuda de la Mujer. Son los
hijos generosos que cumplen sus mensajes, que llegan a ofrecer
sus vidas en expiación para que otros hijos se salven.
María, decíamos, es
el Signo. Y gran signo también es la lucha que se ha entablado
entre la Mujer y el Dragón. Ocurre ahora, éste es el sello que
ha abierto el Cordero. El dragón busca la destrucción,
desolación, aniquilación y la Mujer viene en el amor a traer
la victoria del amor.
Misión del
Corazón de María
El porqué de estas Apariciones
Así como el Arca era
el signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo en la
marcha por el desierto, y era la que daba la victoria en las
batallas, ante quien los enemigos huían despavoridos en su
presencia, así también es hoy, en que la Mujer del Apocalipsis
es llevada al desierto de nuestro mundo sin Dios. Su sola
presencia hace huir a los demonios. Ella va acompañando nuestro
camino en el desierto. Con Ella nos sentimos seguros. Su Corazón
es nuestro refugio, y como el antiguo Israel con la Tienda del
Encuentro, en su Corazón nos unimos a Dios.
A través de las Apariciones nos es
revelado que María es Enviada, por tanto Apóstol, coronada por
encima de todos ellos, Madre de la Iglesia, Reina de los Apóstoles,
coronada con doce estrellas; Hija de Sión, Reina de Israel, de
sus doce tribus.
En el capítulo 21 del Apocalípsis se
nos presenta la nueva Jerusalén celestial. "Después ví
un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la
primera tierra desaparecieron…Vi la nueva Jerusalén, que
descendía del cielo y venía de Dios, embellecida como una
novia preparada para recibir a su esposo." (Ap. 21,1-2) Es
la visión de la morada de Dios entre los hombres que Juan tuvo.
Jerusalén, Ciudad de la Paz (tal
parece ser su significado), la Celestial, está erigida sobre el
cimiento de los doce Apóstoles del Cordero, y tiene doce
puertas donde están inscriptos los nombres de las doce tribus
de Israel.
Esa, la Jerusalén que baja del Cielo,
es otra imagen de María. En María se refleja la Iglesia que es
Madre, que está fundada por Cristo sobre el cimiento de los Apóstoles,
sobre la piedra que es Pedro, el Papa. Por eso María junto
al Papa es el signo de la fidelidad a Dios. Por eso, en este
tiempo final el Papa es totalmente de María. En María se
refleja la Iglesia que es la nueva Israel.
En María concluye Dios la realización
de la eterna Alianza. Ella es mujer hebrea, descendiente de
Abraham, y Madre del Mesías. María es perfectamente judía y
perfectamente cristiana.
La Revelación en acto
es su presencia, que no sólo renueva la gracia de una manera
fundamental y alimenta la fe y la esperanza sino que viene –en
el Nombre de Dios- en actitud convocante para desarrollar su
plan de batalla para el combate definitivo. Por ello, éstas son
sus últimas Apariciones.
Viene María a preparar a sus hijos,
llamándolos e incorporándolos a su plan. A los hijos que
llama, "los que cumplen la ley de Dios y poseen el
testimonio de Jesús" –"al resto de su
descendencia"- (Ap. 12,17) debe antes alumbrarlos (Ap.
12,2). Y esa y no otra es la razón de porqué son tan
prolongadas estas Apariciones. Este es el tiempo de la gestación
y de los dolores del parto.
El Espíritu y la
esposa llaman al Cordero: ¡Ven! Y el Reino se instaura entre
los hombres.
Para que llegue
este Reino:
SUBIR
Entre
las montañas
Medjugorje
significa entre, en medio de, las montañas.
Hoy nuestra
reflexión va a ser acerca de los montes de Medjugorje. No tanto
por su apacible paisaje entre suaves montañas sino por el
significado que tienen las montañas en la historia salvífica.
Vez pasada hablamos de la Mujer, de los signos. Hoy de las montañas,
de Medjugorje.
En cuanto a la figura de María, a través de
la historia del Pueblo de Dios vemos prefiguraciones. Así,
antes de María -la Hija de Sión para quien Dios tenía
reservado el más alto honor, la maternidad divina de su Hijo-
hubo otra que fue juez y profetisa, que administraba
justicia en la montaña (de Efraím) y que es llamada en Las
Escrituras, madre de Israel. En ella ya está la primer figura
de la mujer liberadora de Israel. Esa mujer era Debora (Jueces
4,4). Su papel en la liberación está circunscripto a un
tiempo y a un lugar, en María su cooperación a la Redención
es universal, para todos los hombres de todos los tiempos.
Otra mujer, Judit, es protagonista de
un drama que se desarrolla en la montaña. Ella clama,
penitente, al Señor contra el invasor (rostro en tierra a la
hora en que en Jerusalén se ofrecía el incienso). Le
suplica que Su Ira se desate en su mano de mujer viuda (Cuál
mayor verguenza para el orgulloso invasor?!) Clama justicia
contra los que traman contra el monte Sión(Jud 9,1ss).
Es interesante notar que tanto en el relato
de Judit como en el de Jueces, o sea el de la historia de Débora,
se nos presentan a dos mujeres -Judit y Jael en el de los
Jueces- que aplastan, aniquilan al enemigo en la cabeza. Cómo
no pensar en la Virgen que aplasta la cabeza a la serpiente.
La montaña
es esa parte de tierra que se eleva al cielo, el hombre terrenal
se eleva cuando contempla el cielo, cuando trasciende su propia
realidad concreta y busca a Dios. María nos llama a la montaña,
eligió las montañas como eligió Dios las montañas de la
Palestina. La Gospa cita a los suyos a sus apariciones nocturnas
en la montaña, en el Podbrdo, en el Krizevac.
La montaña,
además, es refugio en las batallas (Judit, Mac). En las
batallas espirituales subir a la montaña es entrar en oración
profunda. Mi refugio ante las embestidas del enemigo debe ser la
oración. En una montaña, la del Krizevac, jóvenes haciendo el
Via Crucis rompieron con la drogadicción. Porque oraron,
suplicaron desde el corazón.
Desde
Medjugorje se está haciendo un poderoso llamado al mundo para
su conversión, su regreso a Dios. Y el llamado, aunque lo oímos
de los labios de la Virgen, lo está haciendo el mismo Dios por
medio de su Enviada. Medjugorje está entre montañas, invitando
a ir hacia ellas. Ahí está el Monte de la Cruz, Krizevac,
y ahí somos convocados para meditar el Via Crucis. Para que
hagamos el ascenso penitencial reviviendo la Pasión de
Cristo. Sabiendo que por la cruz encontramos la meta. y sabiendo
también que la cruz no es definitiva. Que la cruz está
suspendida entre una y otra vida. Entre este tiempo y la
eternidad.
La cruz es puente. La meta es la vida eterna
y el camino pasa por la cruz. Por eso, de la cruz vienen
grandes gracias.
María nos llama a que ascendamos por el
monte del Calvario, siguiendo las huellas de Jesús, y sus
propias huellas, porque Ella también subió al Calvario.
Isaías, profetizando la Pasión del Justo,
adelantándose 7 siglos al padecimiento de Jesús de Nazaret,
dice (Is 22,22) "Le pondré sobre la espalda la llave de la
Casa de David. Si él abre nadie cerrará, si él cierra nadie
podrá abrir. Lo clavaré como una estaca en lugar sólido y será
un trono de gloria para la Casa de su Padre". 'Le pondré
sobre la espalda la llave', la llave es la cruz, la que nos abre
las puertas del Paraíso. Por el dolor de Cristo entramos a la
eternidad. Y Él tiene -como lo dice en el Ap- las llaves del
Reino y las del infierno. Suyo es el Poder. El Cordero Inmolado
es el mismo León de Judá, el Juez. 'Lo clavaré como una
estaca en lugar sólido y será un trono de gloria..', la cruz
clavada sobre la roca del Golgota, la cruz es el trono de gloria
para Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos, Rey de la Gloria.
Pero María también tiene la llave que abre,
la llave de su Maternidad, la llave de la Misericordia, porque
es Madre de Misericordia.
Milón
de San Amando (S. IX) le dice a la Virgen: "Tú
abres las puertas del paraíso. Eva las había cerrado
recogiendo del árbol prohibido el pomo portador de muerte. Pero
tú, mientras sobre las ramas de la cruz pende, fruto de salvación,
el fruto de tu carne, asistiendo con tus llantos, con los que
viene al mundo la alegría, conduces los hijos adoptivos al más
alto cielo del cual has encontrado la llave."
El poder de María no está en Ella misma
sino en su Hijo, quien le entregó la llave de la intercesión y
la hizo depositaria de las gracias.
Debemos
subir a la montaña y las subidas están en nuestro corazón
(Sal 84). Por eso mismo toda peregrinación, todo ascenso a esas
montañas es antetodo camino interior. Peregrinar es caminar
hacia dentro sostenidos por la gracia.
María nos está llamando a que subamos la
montaña de la fe, ésa que se empieza a subir desde el
punto más bajo y árido, cuando casi no existe la fe. Ascender
del creer en Dios a creer que Él me ama. a creerle a Él.
Ascender arrojando el lastre del miedo, del escrúpulo. Ascender
hasta que las otras montañas sean movidas por mi pequeña fe,
como el grano de mostaza, pero suficiente para quitar los obstáculos
de mi camino, aún cuando esos obstáculos se hayan vuelto altos
montes.
María nos está llamando a que vayamos a su
encuentro, o sea al de Dios, derrotando los propios ídolos y
los de aquellos quienes quieren imponernoslo, como hizo Elías.
Que es éste el ascenso al Monte Carmelo. Allí nos
espera la Virgen para darnos su protección y la promesa de
salvación.
María nos
invita a subir a la morada de Dios, el monte Sión, a
encontrarlo en la adoración eucarística donde Ella está
presente porque donde está Dios está María. Ella que como
Nueva Jerusalén está sobre el Sión, para cobijar a sus hijos
en su Corazón.
Cuando el hombre no busca a Dios viene María
a decirle que "Dios existe", eso es lo primero y único
que dice el día del encuentro.
Cuando Dios se retira del mundo (dijo un
escritor creyente) retírate tu en Dios.
Pues, Ella viene a que cambiemos nuestro
punto de mira, a que dejemos de mirar hacia abajo y elevemos la
mirada porque mirando al cielo, contemplando a Dios, cobramos
una nueva visión que nos permite ver al que tenemos al lado y a
nosotros mismos, pero con los ojos que Dios nos da, los del
amor.
La vida contemplativa exige despojarse, para
ascender, de lo que no es imprescindible. Despojarse de todo lo
que no es eterno.
Despojarse es camino de consagración, de
pertenencia a Dios. Despojarse es dar, de lo malo de uno
(abandonándolo) y de lo mejor (para conservarlo para la vida
eterna). Porque si bien es cierto que en la vida espiritual,
como en la material, no se puede dar aquello que no se tiene;
por otra parte, es también cierto que (y esto sólo en lo
espiritual) cuanto más se da más se tiene.
Pero, no se piense que se trata de una nueva
forma de contemplación, apta sólo para algunos. No, se trata
de la oración. La Santísima Virgen le da una primacía
absoluta a la oración. Veamos sino qué nos dice:
Mensajes de la Reina de la Paz
sobre la oración
(Navidad del 83) ¡Oren hijos
míos! Nada más puedo decirles sino que oren. Sepan que en
sus vidas no hay nada más importante que la oración.
Sólo orando aprenderán a
orar.
En la oración cotidiana
ustedes comenzarán, día a día, a escuchar a Dios que habla en
sus corazones. Es necesario que
aprendan a entender la voz de Dios en sus corazones. Dios
siempre quiere hablarles; la oración es una conversación con
Él. Él desea mostrarles qué es lo que Él espera de ustedes,
y hacerles conocer su voluntad. Por ello, oren cada día con el
corazón. Si no oran no pueden conocer sus vocaciones.
(noviembre de 1991).
Toda oración que viene del
corazón es agradable a Dios.
Tomen sus rosarios y reunan a
sus niños, a sus familias junto a ustedes.
Ese es el camino para llegar a la salvación. Dénle el buen
ejemplo a sus niños; dénle el buen ejemplo a aquellos que no
creen.
(A Jelena) Hay muchos que
terminan sus oraciones sin haber entrado nunca en ellas.(setiembre
de 1985).
¡Oren, oren! Si oran los
protegeré y estaré con ustedes. (6/12/83).
¡Oren, oren con fervor!
Incluyan al mundo entero en su oración. Oren porque la oración
lo mantiene a uno vivo.(13/11/83).
Es necesario orar mucho y no
decir "Si hoy no hemos rezado no es nada serio". La
oración es el único camino que lleva a la paz. Si oran y
ayunan obtendrán todo lo que pidan. (fines de octubre de 1983).
Lo importante es que rueguen
al Espíritu Santo para que descienda sobre ustedes.
Teniendo el Espíritu se tiene todo. La gente se equivoca cuando
se dirige únicamente a los santos para pedir algo. (21/10/83)
¡Oren, oren, oren! De las
charlas nada han de sacar, sólo de la oración.
Si alguien les pregunta de mí y qué es lo que digo, respondan:
'La explicación no sirve para nada. Sólo orando comprenderemos
mejor.'
(A Jelena) Necesito sus
oraciones. ¡Dénme sus corazones! (9/11/83)
Hijos queridos, esta tarde
quiero pedirles que oren más durante la novena por la efusión
del Espíritu Santo sobre sus familias y sobre su parroquia.
Oren y no se arrepentirán. Dios los gratificará con los dones
con que ustedes lo glorificarán durante toda sus vidas en la
tierra. (2/6/85).
(A Jelena) Las tinieblas
reinan en todo el mundo. Las personas son atraídas por muchas
cosas y se olvidan de lo más importante....El motivo de mi
presencia es mi deseo de salvarlos y de salvar, mediante
ustedes, al mundo entero...La oración es el único camino
para salvar al género humano.(30/7/87).
(A Jelena) Oh,hijitos
recuerden que la única manera de estar siempre conmigo y de
conocer la voluntad del Padre es por la oración. Es por eso
que hoy los llamo nuevamente. No dejen que mis llamados no
produzcan efecto. Continúen rezando a pesar de todo y
comprenderán la voluntad y el amor del Padre. (16/5/87)
Oren por mis intenciones.
(21/7/89).
Hoy no son ni las obras ni las
palabras las que cuentan. Lo importante es sólo orar para
permanecer en Dios. (9/9/86).
Cuando les digo oren, oren,
oren, no quiero solamente significar que aumenten el número de
horas de oración sino también que crezcan en el deseo de orar
y de estar en contacto con Dios y que estén imbuidos de un
deseo continuo de oración. (26/6/84).
(A Ivan durante una aparición
inesperada en su casa) Deseo que en este tiempo el pueblo ore
conmigo. Y cada vez más. Ayunen estrictamente los miércoles y
viernes. Reciten todos los días el rosario, si es posible
los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos. (14/8/84).
Oren y sentirán que estoy
presente.
Al inicio de la oración hay
que estar ya preparados...Si hay
pecados es necesario extirparlos. De otro modo no se puede
entrar en la oración. Si tienen preocupaciones es preciso que
las encomienden a Dios.
La oración debe ser gozar en
Dios, florecer en Dios, estar llenos de paz, estar llenos de
alegría.
Sin la oración de la mañana
sus trabajos no van bien. Oren, entonces, a la mañana y a la
tarde. Deben entender que sus trabajos no pueden ser hechos
bien sin la oración.
Permítanle a Jesús que
realice grandes obras en ustedes. La puerta del corazón está
cerrada. Permítanle que la abra. Se abre con sus oraciones,
con sus ayunos, con sus conversiones.
Ustedes pueden recibir una
gracia inmediatamente o dentro de un mes o de aquí a diez años.
Yo no necesito 100 o 200 Padrenuestros. Es mejor rezar uno
solo pero con el deseo de encontrar a Dios. Todo lo deben
hacer con amor, aceptar todas las contrariedades, todas las
dificultades. Todo con amor. ¡Dedíquense al amor! (9/3/85).
(A Jelena) Hijos queridos,
deben entender que es necesario que oren. La oración no es un
juego. La oración es un coloquio con Dios. En toda oración
deben escuchar la voz de Dios. No se puede vivir sin la oración.
La oración es la vida. (10/9/84).
Oren cuanto más puedan. Oren
como puedan, pero oren siempre cada vez más.
De sus corazones espero
generosidad y oración. (21/2/84).
Los tengo a todos en mis
brazos. Me pertenecen. Necesito sus oraciones para que me
pertenezcan enteramente. Deseo ser todo para ustedes y que
ustedes sean todos míos. Recibo sus oraciones. Las recibo con
alegría. (23/2/84).
(A Jelena) Hijos míos, les
repito, oren. Sepan que en sus vidas lo más importante es la
oración. Antes que nada, oren. No me canso de pedirlo. (3 y
4/1/84).
¡Oren y ayunen! Deseo que la
oración se renueve cada día en sus corazones. Oren más, sí,
cada día más. (11/12/83).
(A Jelena) Oren porque la
oración es vida. A través de ella y en ella vivan en la
oración.
Comiencen a invocar todos los
días al Espíritu Santo. Lo más importante es orar al Espíritu
Santo. Cuando el Espíritu Santo desciende sobre la tierra
entonces todo se vuelve claro y se transforma.
A veces es mejor no venir a
Misa que venir a la carrera e irse deprisa.
Les recomiendo muy
especialmente que asistan todos los días a la Santa Misa.
La Misa representa la forma más
elevada de oración. Durante la Misa
deben ser humildes y respetuosos y prepararse a ella con
cuidado.
(Creer que la oración es el
único medio de salvación no es ser reduccionista sino
esencialista. No es reducir todo a la oración sino ir a lo
esencial.)
También
recordemos que la adoración es la perfecta oración. En la
adoración se ama al amor, se hace la voluntad de Dios. En la
adoración la nada acoje al Todo, la miseria a la Misericordia,
la creatura al Creador, el pecador al Salvador.
Sabemos que
a la Santa Madre de Dios también se la llama sede de sabiduría,
nadie conoce las cosas de Dios y Dios mismo como Ella. Les
propongo que, para evidenciarlo aún más, cambiemos la palabra
"sabiduría" del texto del libro del Eclesiástico en
el pasaje del capítulo 4 versículos 11,12 y 14 por el nombre
de la Virgen para ver hasta qué punto esto es así. Tendremos
que:
María encumbra a sus hijos
y cuida de aquellos que la buscan.
El que la ama, ama la vida,
y los que la buscan ardientemente serán colmados de gozo.
Los que la sirven rinden culto al Santo
y los que la aman son amados por el Señor.
Y para
finalizar este encuentro recordemos las palabras del himno
Akatistós en el que se la saluda así:
Salve, por tí resplandece la dicha.
Por tí se eclipsa la pena.
Ha querido encerrarse en tu seno el que todo contiene en su
mano, el que santa y gloriosa te ha hecho, el que te ha
coronado.
Tú llevas en tí al que todo sostiene.
Por tí el Creador nace niño.
Tú eres milagro primero de Cristo.
Salve, Celeste escalera que a Dios ha bajado.
Salve, puente que llevas los hombres al cielo.
Salve, tú inicias la nueva progenie.
De nuevo engendraste al nacido en deshonra.
Salve, fragancia de unguento de Cristo.
¡Salve Oh Reina y Madre!.
SUBIR
Piedras
de Medjugorje
Una de las características del paisaje de Medjugorje son las
piedras diseminadas por todos lados, no es que se trate de un
terreno rocoso sino de tierra con piedras, como si las hubieran
esparcido, como si en la tierra se hubiera sembrado piedras. En
tales condiciones los cultivos presentan dificultades. Para el
tiempo del comienzo de las apariciones sólo había vid y
tabaco. El tabaco ya ha desaparecido. El precio del tabaco lo
ponía el gobierno comunista y lo que recibían por la cosecha
era ínfimo, por eso los hombres emigraban. Muchos partían para
Alemania y desde allí enviaban dinero con el que podían
sustentar al resto de la familia. Dura realidad aquella, como la
de las piedras.
¿Qué es la piedra? Creación sin vida. ¡Cuántas evocaciones!
¡Cuántos significados diversos! La Sagrada Escritura nos
ofrece una rica variedad de ellos. Así, por ejemplo, recordamos
a Jesús en el desierto de Judá, ese imponente desierto de
macizos de piedras erosionadas, siendo tentado por satanás
quien le dice: "Dí a esta piedra que se convierta en
pan". Imagen totalmente opuesta a la expresada por el Señor
cuando dice: "¿qué padre, si el hijo le pide pan le
dará una piedra?". Cierto que el tentador conoce el
poder de Dios, aunque su soberbia pretenda ignorarlo o
desafiarlo, y sabe que Dios puede sacar de las piedras hijos de
Abraham o, como decía la Virgen en La Salette a Maximine y a
Melanie, si los hombres se convierten, Dios hará brotar papas
de las piedras. Esto después de anticiparles el castigo a que
se dirigían por haberse alejado del Señor: fracaso en las
cosechas, hambruna, miseria, enfermedad.
Claro, como siempre, todo condicionado a la
respuesta del hombre, porque Dios no se complace con la
desgracia del pecador, no goza con la ruina de los vivientes ni
ha creado la muerte. Dios quiere que el pecador se enmiende y
que tenga la vida eterna. Por eso mismo, prestemos mucha atención
cuando se pone demasiado énfasis en mensajes de castigo,
aterradores, de catástrofes inminentes que sólo meten miedo en
las personas y alejan de Dios. Desconfiemos si el acento está
puesto en esto. Dicen los videntes de Medjugorje que la Santísima
Virgen, cuando habla del pecado, está triste y no quiere hablar
de castigos sino de conversión, de qué tenemos que hacer para
no destruirnos, para salir del abismo en el que nos encontramos.
La catástrofe y la noche puede ser ya mismo si vivimos alejados
de la gracia. O se piensa que lo que muestra el mundo, ese
regodeo ante la rebelión a Dios y la provocación y escándalos
trae felicidad? Lo fuerte, en todo caso, queda para los secretos
y éstos –a su vez- condicionados a la respuesta.
La piedra es muda pero sin embargo suele decir mucho. A veces
como testigo de hazañas o de la presencia de Dios, como en
Betel; como las que indicaban que las aguas del Jordán se habían
abierto ante el paso del Arca de la Alianza. O la piedra erigida
en altar, ungida, consagrada. Creo que era Lansberg quien
escribió: "de tanto en tanto veo pequeñas piedras blancas
en mi camino, puede que sean mojones, simples piedras
indicadoras, en todo caso yo creo que son pequeñas lunas en mi
asolado desierto".
La piedra puede ser de escándalo, obstáculo,
tropiezo. Cristo fue para muchos de los suyos piedra de escándalo.
En él tropezaron quienes se creían poseedores de sabiduría,
conocedores de Dios. Sobre todo esos. Los que no profesaban la
fe sino que hacían de la religión profesión para beneficio y
gloria propia. Fueron los que descartaron aquella piedra que se
convertiría en piedra angular, en la principal piedra que da la
trabazón a todas las demás. El Templo que se construye piedra
sobre piedra cuando es destruído no queda de él piedra sobre
piedra, cuando Dios ya no habita en él.
De piedra eran las tablas de la Ley grabadas
por el dedo de Yaveh. Pero, también los ídolos podían ser de
piedra, como el corazón del hombre a quien Dios parece
empecinarse en querer darle un nuevo corazón. Un corazón
formado por el Espíritu nuevo, donde grabar su Ley de amor. Es
obra del Espíritu el hombre nuevo, el que recibe la Palabra, la
atesora y la hace fructificar. El hombre nuevo es el que ha
aceptado dejar que Dios lo vaya purificando, que vaya quitando
todo aquello que impide que la gracia penetre en él.
La Biblia también nos relata casos de
ajusticiados por medio de la lapidación. Es interesante ver cómo
el Señor da un nuevo sentido a la prescripción humana en ese
caso. Todos tenemos presente el episodio de la mujer adúltera,
cuando los fariseos traman contra Jesús para hacerlo caer en
sus trampas legales. ¿Qué responde Jesús?: "El que
esté sin pecado que arroje la primera piedra". Y qué
decía la Ley, a quién le correspondía arrojar la primera
piedra? Al testigo ocular, en este caso del adulterio. Pues el
Señor nos dice házte testigo de ti mismo, mira tu corazón, mírate
pecador, observa tu miseria y sé misericordioso. Esto dice.
Esto aceptan y comenzando por los más viejos se van retirando.
Como dice el Qoehelet: "hay un tiempo para cada cosa, un
tiempo para arrojar piedras y un tiempo para recogerlas".
Pero, ya que de arrojar piedras se trata y
para no quedarnos sólo con un aspecto del paisaje de Medjugorje,
recordemos –como le gusta hacer al Padre Jozo- a David. David
frente a Goliat. Goliat con toda su armadura, su espada, su
porte de guerrero y el pequeño David, el pastor que recoge
cinco piedritas, cinco cantorrodados. Luego le bastará una para
con un certero hondazo matar, en la cabeza, a Goliat. La cabeza,
símbolo de orgullo, de soberbia, y la debilidad, lo pequeño,
lo despreciable, a veces hasta lo frágil (recordemos a Judit)
sostenido por el poder de Dios que vence. Veamos algunas de esas
cinco piedritas que la Santísima Madre nos propone en
Medjugorje.
Las primeras piedras (Eucaristía,
oración del corazón, confesión)
CONFESIÓN
Volvemos a un tema del cual nunca terminaremos de, ya no de
meditar sino de trabajar sobre él. Se trata de la conversión.
Conversión es don y conquista, decíamos. Es la obra de Dios
que va cambiando nuestro corazón, como consecuencia a la
respuesta que nosotros damos a su llamado. La gracia de Dios, el
don de la conversión, el llamado, si no tiene respuesta se
pierde; se vuelve gracia no recibida. ¡Cuántos llamados, cuántas
gracias, cuántas bendiciones que no son recibidas! En Jeremías
(Jer 3,22) se nos presenta la dramaticidad del llamado
que hace Dios:
"¡Vuelvan, hijos apóstatas, yo los sanaré de sus
apostasías!
-Aquí estamos, venimos hacia Ti, porque Tú eres el Señor,
nuestro Dios."
Cuando digo sí, cuando me pongo en marcha, el Señor actúa
sobre mí. Y tanto más lo hará cuanto mayor sea mi respuesta,
mi apertura. Una cosa es si entorno la puerta de mi corazón y
otra muy distinta si la abro de par en par. Además cuánto
mayor sea mi perseverancia mayor será la conversión.
Dice el Salmo 84:
Dichoso quien en ti encuentra su fuerza
y decide en el corazón hacer el viaje santo.
El valle de lágrimas a su paso
se transforma en surgente
y hasta la primera lluvia
lo nutre de bendiciones.
A lo largo del camino aumenta su vigor
hasta que comparece ante Dios, en Sion.
La imagen del camino, de la peregrinación,
del viandante es la de la conversión hasta el encuentro
definitivo con el Señor.
Pero en ese camino hay obstáculos, piedras, pruebas... Y
a veces, muchas, caemos. Pero debemos saber que cuando caemos no
debemos quedarnos ahí sino ir a Jesús para que Él nos levante
y podamos seguir. No hay que esperar, hay que ir pronto a la confesión.
El enemigo nos llenará de escrúpulos pero no debemos oirlo...
Nosotros le pedimos a la S.Virgen que no nos
abandone y Ella, en cambio, nos dice: "no me abadonen
ustedes a mí". Porque cuando llegan las pruebas
solemos apartarnos. Entonces ¿qué debemos hacer? Antetodo
reconciliarnos. Porque eso es lo primero que se nos pide.
Reconciliarnos con Dios y entre nosotros. Sin reconciliación no
hay retorno a Dios, no hay conversión, no hay cambio de dirección
en mi vida. Y en nuestra Iglesia Católica la reconciliación es
sacramento (porque el Señor Jesús le dio el poder a sus apóstoles
y a través de ellos a todos los sacerdotes, de absolver los
pecados en Su Nombre, el de atar y desatar: A aquellos a
quienes le perdonéis los pecados éstos le serán perdonados).
A este sacramento de la reconciliación también lo llamamos
penitencial o confesión.
Los obstáculos del camino, las piedras, es decir las pruebas
lejos de ser un castigo son las que nos permiten hacer el camino
de perfección, de santidad, ascender, ganar en fe y en amor.
Dice la Escritura: "Si he permitido que la prueba fuera
tan grande es para que experimentases el poder de la oración".
No hay conversión sin oración.
No hay camino sin meta. Y la meta es el encuentro con Dios, pero
a Dios no podemos perderlo andando porque perdemos el camino. Y
para no perderlo no debo cortar el diálogo, que es la oración.
ORACIÓN
Oren más cada
vez. Cada uno puede
orar aún 4 horas al día. Pero sé que muchos no lo entienden
porque piensan que viven solamente del trabajo. (El P. Tomislav
le hace llegar a la Virgen: "Si digo ésto a la gente
entonces se van del todo". Ella le responde: "¡Si ni
siquiera tú comprendes! Es apenas la sexta parte del día de
ustedes") (24/4/84).
(A Jelena)
Cuando oren deben orar más. La oración es conversación con
Dios. Orar significa oir al Señor, sentir sus inspiraciones
(20/4/84).
Deseo ser todo
para ustedes y que ustedes sean todos míos. Recibo sus
oraciones. Las recibo con alegría (23/2/84).
Necesitan
fuerza en la oración. Que puedan orar en el recogimiento, por
mucho tiempo y con fervor (25/1/84).
Oren y ayunen,
porque sin la oración nada pueden hacer (19/1/84)
(A Jelena) ¡Oren,
oren y sólo oren! La oración debe ser para ustedes no
solamente un hábito sino una fuente de felicidad. Deben vivir
de oración (1/12/83)
(A Jelena)
Oren, y háganlo con fervor. Incluyan al mundo en la oración.
Oren porque la oración hace vivir.
(y como respuesta a una pregunta) Oren y un día también
entenderán esto (13/11/83).
(Del diario de
Vicka). Oren, oren. Es necesario creer firmemente, confesarse
regularmente y comulgar. Es la única salvación (Agrega
Vicka: "La oración preferida de la Virgen es el Credo.
Cuando lo rezamos Ella no deja de sonreir. Creo que nunca la
hemos visto tan feliz como cuando recitamos esta oración")
(10/2/82)
De Las Moradas de Santa Teresa de Jesús. En sus escritos
el Castillo es el alma, o la realidad espiritual. El
Castillo tiene aposentos, que la Santa llama moradas. Son las
muchas habitaciones que el Señor dice que hay en el Reino. Él
fue a prepararnos una.
La puerta para entrar al Castillo,
para penetrar el interior desconocido del alma, donde uno mismo
se desconoce y donde Dios está oculto, es la oración.
"La oración en la que se advierte con quién habla y lo
que pide y a quién." Porque si no es así, "por mucho
que se meneen los labios esa no es oración". En todas las
moradas debe estar la humildad. La oración debe venir de
la humildad. La oración del humilde es aquella que horada las
nubes y llega hasta el mismo trono de Dios.
Advierte la Santa que debe arrancarse de raíz
todo escrúpulo sobre la oración, sobre la actitud para orar,
inclusive sobre la misma humildad y todo miedo.
-
Las primeras
moradas corresponden al inicio de la vida de oración,
con todas las acechanzas del demonio, las distracciones, las
preocupaciones, el mundo circundante, los temores y escrúpulos.
Pero, además, en estas primeras moradas, por mucho ruido y
movimiento, casi nada llega de la luz del palacio -que está
en el centro y lugar más elevado del castillo, donde habita
el Rey.
-
Para entrar a
la 2da. morada hay que dejar de lado lo que no es
prioritario (según sea el estado de c/u). En casi todas
las moradas puede entrar el demonio, y en algunas disfrazado
de ángel de luz haciendo daños que recién después han de
notarse. Santa Teresa da ejemplos: puede ser que sea a través
de celos de perfección, con penitencias (por ejemplo, no
dormir y después no se puede llevar a cabo el deber por
agotamiento). El demonio enfría la caridad. Nunca se debe
olvidar que oración, sacrificios son medios, pero que lo
que realmente importa es el amor. La verdadera
perfección, recuerda Sta. Teresa, es amor de Dios y del prójimo.
Todo el camino, el tránsito por las moradas es menester
hacerlo encomendándose a la Virgen. En la 2da. morada la
lucha espiritual se hace clara. Hay una lucha que la persona
percibe. Se empieza a sentir-en sentido figurado- la voz de
Dios, a poner atención a su Palabra. Del otro lado están,
en el lenguaje teresiano, las culebras o sea la carne y el
mundo acicateados por los demonios que entablan lucha.
Toda pretensión (cap 2 de las 2das moradas V7) de quien
comienza oración ha de ser trabajar y determinarse y disponerse
(con todo) a hacer que su voluntad sea la de Dios, que en esto
está la mayor perfección espiritual que se pueda alcanzar). No
se trata de tener nuestro propio proyecto -aclara- y después
decirle al Señor que haga lo nuestro (que ponga su sello y lo
apruebe). Advierte, en esta etapa espiritual contra los malos
pensamientos que nos quieren apartar del camino, que es el de ir
avanzando a otras moradas más cercanas a Dios, y contra las
sequedades. Nos dice que no debemos preocuparnos por las caídas
porque de ellas Dios saca provecho.
"Es desatino pensar que vamos a entrar
en el Cielo sin haber entrado en nosotros" (para conocer la
misericordia de Dios tengo antes que conocer mi miseria y sólo
acercándome a la luz notaré que no estoy limpio. Por eso dice
la Palabra que muchos prefieren las tinieblas porque sus obras
son malas, en las tinieblas ocultan su suciedad. Por eso
rechazan la luz que viene de Dios, que es Dios. Entrar en uno es
conocer la propia miseria, reconocerse pecador y necesitado de
ser salvado).
-
Las almas que
han entrado en la 3er morada son las que se cuidan
de no ofender a Dios y son amigas de hacer penitencias. Son
también de hacer recogimiento, obras de caridad. Son
cuidadas en el hablar, el vestir, en sus casas (si las
tienen acota la Santa). En estas moradas se suelen dar
sequedades, melancolías. "Gran paso es haber llegado
hasta aquí" Pero, ¡aún falta! Es acá que el alma
debe superar la prueba del amor que hace obras por el Señor,
pero en la humildad. ¡Atención con creerse con méritos!
Antes bien saberse cada vez más deudores de Dios. De la
sequedad hay que sacar humildad y no inquietud, como quiere
el demonio.
"Muchas veces quiere Dios que sus escogidos sientan sus
miserias". Esto sirve a la humildad y viene de la
misericordia de Dios. Humildad, anonadamiento, despojarse de sí
sin quejarse, para avanzar.
En las 3ras moradas se da el celo apostólico,
pero el alma es probada en el amor, en la perfección, también
a través de la aridez. Hacer, dar sin sentir gusto.
EUCARISTÍA
Hijos míos,
deseo que para ustedes la Misa sea el regalo del día.
Que la anhelen, que deseen que comience. Es Jesús, Él
mismo, que se entrega a ustedes durante la Misa. Por ello,
esperen ese momento en el que se purifican. Oren mucho, así el
Espíritu Santo renovará la parroquia. Si las personas asisten
indiferentes a Misa regresarán a sus casas fríos y con el
corazón vacío (30/3/84)
(A Jelena) Antes
de la Misa es necesario orar al Espíritu Santo (lo
pidió durante la novena de la Inmaculada Concepción) (También
aconsejaba una oración final al Espíritu Santo). Las oraciones
al Espíritu Santo deben siempre acompañar la Misa (No sólo
para aquella novena sino en toda época, siempre) (nov/dic 83)
A veces es
mejor no venir a Misa que venir a la carrera e irse deprisa. Les
recomiendo muy especialmente que asistan todos los días a la
Santa Misa. La Misa representa la forma más elevada de oración.
Durante la Misa deben ser humildes y respetuosos y prepararse a
ella con cuidado.
Queridos hijos,
esfuércense por profundizar la Misa como se debe
(1/6/85)
Cuando vayan a
Misa, deben ya por el camino ir preparándose a ella.
Deben también comulgar con corazón abierto y puro... ¡Pureza
de corazón y apertura! No salgan de la iglesia sin un adecuado
agradecimiento. Sólo puedo ayudarlos si se adecuan a mis
sugerencias, pero si no están abiertos no puedo hacerlo.
Lo más
importante en la vida espiritual es pedir el don del Espíritu
Santo. Cuando viene el Espíritu Santo entonces vuelve la calma.
Cuando ello ocurre entonces todo en torno a ustedes cambia. Las
cosas cambiarán.(Octubre de 1984)
Con la oración,
el alma y el cuerpo encontrarán la paz...
En la parroquia hay algunos que no se han consagrado
enteramente. Apenas termina la Misa se apresuran a irse. No está
bien. Así jamás podrán darse totalmente. Tampoco está bien
que se retrasen quedándose alrededor de la iglesia. Es preciso
ser devotos y dar a los otros el buen ejemplo para despertarle
la fe. Deben orar cuanto más puedan ofreciendo el corazón.
Deberán consagrarse para volverse mejores (4/2/84).
Decía en estos días el Card Lustiger: En la catolicidad
eucarística de la cultura, toda la humanidad victoriosa de la
muerte está presente».
La Eucaristía, aclaró el prelado francés,
«introduce en cada cultura rasgos originales, que siempre
provocan nuevos frutos». En particular -dijo- «trae la
liberación de las antiguas esclavitudes de la humanidad, pues
al ofrecernos al Salvador que nos libera de los pecados nos
introduce en la vida divina».
«Una cultura alimentada por el misterio
eucarístico será liberada de la culpabilidad que estructura
ineluctablemente la conciencia humana -añadió-. Pues el hombre
no es juzgado sólo por su conciencia abandonada en su soledad o
en el juicio del grupo. Se presenta ante el amor de Dios,
"rico en misericordia" del que ha recibido la revelación
en Cristo».
A su vez el Card Schönborn dijo
anteayer: «¿Tenemos necesidad de la reconciliación?».
Consideró que si los creyentes hoy no sienten la necesidad de
reconciliarse con Dios esto se debe a la crisis de la «conciencia
del pecado».
«Obviamente se puede objetar que el
sacramento de la reconciliación es necesario estrictamente
hablando sólo en el caso de los pecados mortales», argumentó
Schönborn. Ahora bien, para superar esta crisis actual la
confesión frecuente ofrece una ayuda decisiva, consideró, pues
nos «ayuda a formar nuestra conciencia, a luchar contra las
malas inclinaciones, a dejarnos curar por Cristo y a avanzar en
la vida del Espíritu». Es más, al experimentar la
reconciliación con Dios, seremos también capaces de
reconciliarnos con los hermanos, «pues como él seremos
llevados a ser misericordiosos».
«Si el pecado nos separa y aleja de Dios y a
los unos de los otros, entonces tenemos que reconciliarnos antes
con Dios y con los demás para poder acudir después a la mesa
del Señor», añadió el cardenal austríaco, citando numerosos
pasajes del Evangelio y de San Pablo.
Si bien se experimenta una crisis de la «conciencia
del pecado» y de la confesión, sin embargo, el arzobispo que
lleva cinco años al frente de la arquidiócesis de la capital
austríaca constató: «hoy día se está poniendo cada vez más
de moda una especie de confesión pública. Las preocupaciones más
íntimas, los conflictos, las heridas son manifestados en los
espectáculos televisivos».
«No queda claro ni mucho menos el que este
exhibicionismo produzca algún tipo de curación -consideró el
arzobispo de Viena, quien fue uno de los coordinadores de la
redacción del «Catecismo de la Iglesia Católica»-. En lo
escondido del sacramento de la reconciliación, por el
contrario, la confesión puede ser el paso decisivo para la
curación. Pues este sacramento no sólo quiere sacar a relucir
errores y pecados, sino que quiere curar y transformar».
Con demasiada frecuencia quizás, añadió
Schönborn, nos olvidamos de que la comunión exige una
preparación. Si no acudimos al perdón de Dios «corremos el
riesgo de acostumbrarnos a los pecados, de dejar de percibirlos,
hasta el punto de que se endurece nuestro corazón y el amor se
enfría». Por esto, la Madre Teresa de Calcuta mandó escribir
en todos los países, en sus comunidades, junto a la cruz, las
palabras de Jesús: «¡Tengo sed!». «El Señor tiene sed de
nuestro amor, de nuestro corazón -concluyó el purpurado austríaco-.
Se nos quiere entregar. Y a través nuestro quiere entregar su
amor a los demás».
SUBIR
No
temas
De los miedos todos tenemos experiencia y también sabemos que
suele haber más miedos que motivos reales puesto que la
imaginación, sobre todo la anticipación de situaciones
negativas para la persona, es la principal causante de temores.
En general, más que al presente se teme al futuro, a la sombra
que puede proyectar la imaginación desde un presente, a veces
ciertamente problemático y otras por probables o conjeturables
amenazas de enfermedad propia y de otros, de muerte, de pérdida
de trabajo, etc.
Sin embargo, y aquí se centra el mensaje
del 25 de junio de 2000, más allá de las causas próximas,
reales o imaginarias que provocan los miedos, siempre es posible
reducirlo todo a una primera causa: al alejamiento de Dios, con
sus consecuencias de ignorancia de su misericordia y
desconfianza en su designio, y el pecado.
Recordemos el mensaje de nuestra Madre Santísima:
Queridos hijos,
hoy los llamo a la oración. Quien ora no teme al futuro. Hijos
queridos no lo olviden, estoy con ustedes y los amo a todos.
Gracias por haber respondido a mi llamado (25/6/00).
¡Cuántas veces leemos en las Escrituras que Dios le dice al
hombre "no temas". Lo dice a través de sus profetas y
de sus ángeles. Nos lo dice por medio de Cristo. Y ahora lo
hace por medio de María. Nos dice "no temas" y nos da
las razones por las que no debemos temer.
Así por ejemplo: En Gen 15,1, Abram en una visión
escucha la Palabra de Dios que le dice:
«No temas, Abram. Yo soy para ti un
escudo. Tu premio será muy grande».
Cuándo se lo dice. Después de
haberlo elegido, de haber él partido de su Ur natal, de haber
dejado su situación estable para marchar en camino a una
promesa, hacia la Tierra Prometida. Después de haberse separado
de Lot su pariente y de haber escuchado la promesa de una gran
descendencia tan grande que sería más fácil contar las
estrellas del cielo que los hijos de Abram. Después de haberse
establecido en Hebrón, junto a la encina de Mambré y de haber
recibido la bendición de aquel misterioso personaje, rey de
Salem y sacerdote, Melquisedec, el mismo que ofreció pan y
vino.
Es cuando Dios renueva su promesa de la
descendencia porque le va a dar un hijo, a él que ya era viejo
y nada menos que de su mujer, la anciana Sarai. Dios le dice
"No temas". Es como para que no lo olvide, porque
grande ha de ser la prueba de Abram, a quien Dios convertirá en
Abraham.
Dios en Abram, y en todos y cada uno de
nosotros, nos pide que creamos en Él, que le creamos para poder
así cicatrizar esa vieja herida de la desconfianza de Dios que
el hombre lleva en sí mismo desde su primera caída. Pero ahí
está el Señor diciéndole: a pesar de todo lo que aparece en
la realidad que te circunda, no temas. No temas, Yo soy tu
escudo. No temas que Yo sé recompensar."
Eso que Dios le dice a Abram nos lo dice a
cada uno de nosotros.
Ese hebreo, quizás antes que el mismo nombre
se acuñase (dicen que les fue dado a aquellos pobres esclavos
del Faraón por los mismos egipcios, Apiru=hebreo) había sido
elegido por Dios para ser Padre de naciones.
Pero, sabemos, los caminos del Señor a la
vista de los hombres se ven tortuosos y a veces aparecen como
contradictorios. Así ocurrió con Abraham a quien habiéndole
ya cambiado Dios el nombre -y agraciado con la paternidad de
Isaac, paternidad prometida por el mismo Dios en Mambré,
refrendado en aquel encuentro misterioso de los tres ángeles
(anticipación del misterio trinitario)- lo prueba ulteriormente
en su fe, y hasta más allá del límite de la razón, hasta la
contradicción misma. Porque habría de ser probado en su mismo
hijo Isaac, el regalo, la promesa de Yaveh, el que le es pedido
en sacrificio.
Soren Kierkegaard le dedicó muchas páginas
a la figura patriarcal de Abraham. Entre ellas tiene unas
particularmente bellas, precisamente referidas al sacrificio de
Isaac, a quien Abraham debe ofrecer en el monte del territorio
de Moria.
Después de recordar la descripción del
drama, cuando van ascendiendo al monte los dos solos, Isaac con
el atado de leña para el holocausto sobre sus espaldas, el
silencio de Abraham, las preguntas del hijo que no ve dónde está
el animal para el sacrificio y las dolorosa respuesta del padre
cargada tal vez de esperanza, y después incluso de la culminación
de la prueba cuando el ángel detiene el brazo de Abraham a
punto de consumar el sacrificio de Isaac –dice Kierkegaard-
que el Abraham que desciende del monte no es el mismo que el que
había subido, porque en la cima le había ya entregado su corazón
a Dios.
Pero, Dios que sí es Dios de Abraham –y como les recordaría
Jesús a los saduceos: y también de Isaac y de Jacob- es decir,
de vivos y muertos, ya desde el Antiguo Testamento nos revela
que es Dios de todos los hombres no sólo de sus elegidos o de
un pueblo. Precisamente en el mismo Génesis se ve esto
claramente, cuando a raíz de las rivalidades entre Sara y Agar,
la esclava con quien Abraham tuvo a Ismael, se produce el
desenlace trágico para Agar. Cuando, con el consentimiento
(ante la presión de Sara) de Abraham, Agar es despedida en el
medio del desierto con su hijo para terminar con ambos, Dios
escucha el clamor de la madre y del niño. Así nos lo relata en
el capítulo 21, vers 17 el Libro del Génesis: "Oyó
Dios la voz del chico, y el Angel de Dios llamó a Agar desde
los cielos y le dijo: ¿Qué te pasa, Agar? No temas, porque
Dios ha oído la voz del chico en donde está". Y los
rescata.
Sabemos que de Ismael vendrá luego la otra
descendencia de Abraham: los árabes del desierto.
Sí, Dios está cerca de quien se siente angustiado y abatido y
escucha su grito.
Escuchó y respondió al pueblo hebreo en
Egipto y lo hace con con todos. Al hombre que alza su voz al
cielo Dios le responde "no temas, Yo no te abandono."
El hombre angustiado por el dolor es el que clama en el Libro de
las Lamentaciones y le dice al Señor:
Qof. Invoqué tu Nombre, Yahveh,
desde la hondura de la fosa.
Tú oíste mi grito: «¡No cierres
tu oído a mi oración que pide ayuda!»
Te acercaste el día en que te invocaba,
dijiste: «¡No temas!»
Res. Tú has defendido, Señor, la causa de mi alma,
mi vida has rescatado. (Lam 3,55-58)
"No temas, no temas", nos repite a cada uno, porque
Dios está con su elegido. Y elegido no sólo es el que responde
a su llamado sino también el que se dirige a
Él en el dolor, es el pobre, el que clama auxilio, el
desvalido, el agobiado, el lacerado en la carne y en el espíritu.
Porque aunque nosotros los hombres no seamos capaces de ver en
el hermano más pobre a Cristo, siempre en todos ellos el Padre
ha de reconocer al Hijo agonizante.
Y una y otra vez en la historia de los
hombres y en la propia historia de un hombre solo, Dios le dice:
"no temas".
Siguiendo la historia salvífica vemos que también alienta a
Isaac cuando lo necesita y le recuerda la promesa hecha a su
padre Abraham. Leemos en el relato del Génesis:
"Yahveh se le apareció aquella noche y dijo: «Yo soy
el Dios de tu padre Abraham. No temas, porque yo estoy contigo.
Te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia por amor de
Abraham, mi siervo.» (Gen 26,4) Dios se demuestra fiel a
sus promesas y eterna es su misericordia.
En otra ocasión reasegura al mismo Isaac con
estas palabras: "Yo soy Dios, el Dios de tu padre; no
temas bajar a Egipto, porque allí te haré una gran nación".
(Gen 46,3).
"Si Dios está conmigo a quién temeré?"
Y en todo momento, cuando se dirige al
pueblo, apelando a la memoria del hombre, a los favores que le
hizo, a la Alianza que llevó a cabo, refuerza su confianza,
estimula su fe. Y en la fe, que se manifiesta en la confianza,
el temor no tiene cabida. Más aún, es posible el abandono.
También a Moisés le recuerda, cuando las fuerzas y el coraje
vienen a menos, que no hay enemigo por poderoso que sea al que
podamos temer cuando Dios está con nosotros: "Acaso
digas en tu corazón: «Esas naciones son más numerosas que yo;
¿cómo voy a poder desalojarlas?»
Pero no las temas: acuérdate bien de
lo que Yahveh tu Dios hizo con Faraón y con todo Egipto" (Deut
7,17-18).
Es la pedagogía divina la que provoca nuestra confianza por el
recuerdo de las pruebas en las que fuimos asistidos desde el
Cielo. Porque ocurre que cuando en reiteradas veces hemos
comprobado la cercanía de Dios, nos sentimos
fortalecidos en la fe ante la tribulación y podemos con
autoridad sostener a otros más débiles en su fe.
Moisés había experimentado desde la salida
de Egipto y durante todo el éxodo la cercanía de Dios y su
salvación, por eso puede alentar a Josué que lo sucederá.
"Después Moisés llamó a Josué y le dijo en presencia
de todo Israel: «¡Se fuerte y valeroso!, tú entrarás con
este pueblo en la tierra que Yahveh juró dar a sus padres, y tú
se la darás en posesión.
Yahveh marchará delante de ti, El
estará contigo; no te dejará ni te abandonará. No temas ni te
asustes»". (Deut 31,7-8)
Si Dios está
conmigo, ¿a quién temeré?
El Señor es mi Pastor nada me puede faltar. Aunque marche por
oscuras quebradas no temeré.
Pese a que las hazañas que Dios hizo a su pueblo quedaron
grabadas en la memoria colectiva, de tanto en tanto Israel lo
olvidaba.
Así por medio del profeta Isaías dice Dios:
"Y tú, Israel, siervo mío, Jacob, a quien elegí,
simiente de mi amigo Abraham; que te así desde los cabos de
la tierra, y desde lo más remoto te llamé y te dije: « Siervo
mío eres tú, te he escogido y no te he rechazado »:
No temas, que contigo estoy yo; no receles, que yo soy tu
Dios. Yo te he robustecido y te he ayudado, y te tengo asido con
mi diestra justiciera". (Is 41,8-10)
Es decir, primero le recuerda que Él lo
eligió y luego que siempre es Dios fiel a su alianza, a sus
promesas.
Más adelante, en los capítulos 43 y 44, al
pueblo le es anunciado el retorno del destierro pero no deja de
reprochar las infidelidades de Israel como para demostrar que, aún
así, sin mérito alguno, Dios derrama sus gracias por su misma
Misericordia. A tal punto, que no sólo le reasegura que nada
debe temer, sino que su protección irá más allá de las
amenazas y de la disparidad enorme entre pueblos grandes y
poderosos y el débil Israel.
"Ahora, así dice Yahveh tu creador, Jacob, tu
plasmador, Israel. « No temas, que yo te he rescatado, te he
llamado por tu nombre. Tú eres mío.
Si pasas por las aguas, yo estoy contigo,
si por los ríos, no te anegarán. Si andas por el fuego, no te
quemarás, ni la llama prenderá en ti.
Porque yo soy Yahveh tu Dios, el Santo de
Israel, tu salvador. ...No temas, que yo estoy contigo; desde
Oriente haré volver tu raza, y desde Poniente te reuniré.
Diré al Norte: "Dámelos"; y al
Sur: "No los retengas", Traeré a mis hijos de lejos,
y a mis hijas de los confines de la tierra; a todos los que se
llamen por mi nombre, a los que para mi gloria creé, plasmé e
hice.
...Yo, yo soy Yahveh, y fuera de mí no hay
salvador.
...Así dice Yahveh que os ha rescatado, el
Santo de Israel. Por vuestra causa he enviado a hacer caer todos
sus cerrojos de las prisiones de Babilonia, y se volverán en
ayes los hurras de los caldeos.
Yo, Yahveh vuestro Santo, el creador de
Israel, vuestro Rey.
Así dice Yahveh, que trazó camino en el
mar, y vereda en aguas impetuosas.
El que hizo salir carros y caballos a una con
poderoso ejército; a una se echaron para no levantarse, se
apagaron, como mecha se extinguieron.
¿No os acordáis de lo pasado, ni caéis en
la cuenta de lo antiguo?
... El pueblo que yo me he formado contará
mis alabanzas.
Tú no me has invocado, Jacob, porque te has
fatigado de mí, Israel.
No me has traído tus ovejas en holocausto ni
me has honrado con tus sacrificios. No te obligué yo a servirme
con oblación ni te he fatigado a causa del incienso.
No me has comprado cañas con dinero ni con
la grasa de tus sacrificios me has saciado; hasta me has
convertido en siervo con tus pecados, y me has cansado con tus
iniquidades.
Era yo, yo mismo el que tenía que limpiar
tus rebeldías por amor de mí y no recordar tus pecados".(Is
43,1-28)
"Así dice Yahveh que te creó, te plasmó
ya en el seno y te da ayuda: « No temas, siervo mío, Jacob,
Yesurún a quien yo elegí.
... Así dice Yahveh el rey de Israel, y su
redentor, Yahveh Sebaot: « Yo soy el primero y el último,
fuera de mí, no hay ningún dios.
No tembléis ni temáis; ¿no lo he
dicho y anunciado desde hace tiempo?..."
(Is 44,2,6,8)
Parecidas palabras encontramos en Jeremías (Jer 30,10):
"Pero tú no temas, siervo mío Jacob
- oráculo de Yahveh - ni desmayes, Israel, pues mira que yo
acudo a salvarte desde lejos y tu linaje del país de su
cautiverio; volverá Jacob, se sosegará y estará tranquilo, y
no habrá quien le inquiete".
Y más adelante, como para reforzar la confianza en Yaveh,
repite: "Pero tú no temas, siervo mío Jacob, ni
desmayes, Israel, pues mira que yo acudo a salvarte desde lejos
y a tu linaje del país de su cautiverio; volverá Jacob, se
sosegará y estará tranquilo, y no habrá quien le inquiete.
Tú no temas, siervo mío Jacob, - oráculo
de Yahveh - que contigo estoy yo,..." (Jer 46,27-28)
Ante el peligro inminente o imaginado es natural que el hombre
sienta miedo, pero Dios le dice al hombre piadoso, al corazón
orante: "No tengas miedo".
Hay otro tipo de temor, el de sobrecogimiento, el de
anonadamiento ante la presencia de lo divino. Cuando la Virgen o
un ángel aparecen, el hombre cae de rodillas o rostro en
tierra, porque enfrenta de algún modo la gloria de Dios y el
hombre, por su condición de pecador, no puede soportar el poder
de la santidad.
En el libro de Daniel se tiene un relato
impresionante, como también se repite en el otro Apocalípsis,
de la aparición del Hijo del hombre:
"Sólo yo, Daniel, contemplé esta visión:
los hombres que estaban conmigo no veían la visión, pero un
gran temblor les invadió y huyeron a esconderse.
Quedé yo solo contemplando esta gran visión;
estaba sin fuerzas; se demudó mi rostro, desfigurado, y quedé
totalmente sin fuerzas.
Oí el son de sus palabras y, al oírlo, caí
desvanecido, rostro en tierra.
En esto una mano me tocó, haciendo castañear
mis rodillas y las palmas de mis manos.
Y me dijo: «Daniel, hombre de las
predilecciones, comprende las palabras que voy a decirte, e
incorpórate, porque yo he sido enviado ahora donde ti». Al
decirme estas palabras me incorporé temblando.
Luego me dijo: «No temas, Daniel, porque
desde el primer día en que tú intentaste de corazón
comprender y te humillaste delante de tu Dios, fueron oídas tus
palabras, y precisamente debido a tus palabras he venido yo. El
Príncipe del reino de Persia me ha hecho resistencia durante
veintiún días, pero Miguel, uno de los Primeros Príncipes, ha
venido en mi ayuda. Le he dejado allí junto a los reyes de
Persia y he venido a manifestarte lo que le ocurirá a tu pueblo
al fin de los días. Porque hay todavía una visión para esos días».
Al decirme estas palabras, di con mi rostro
en tierra y quedé en silencio; y he aquí que una figura de
hijo de hombre me tocó los labios. Abrí la boca para hablar y
dije a aquel que estaba delante de mí: «Señor mío, ante esta
visión la angustia me invade y ya no tengo fuerzas.
Y ¿cómo este siervo de mi Señor podría
hablar con mi Señor, cuando ahora las fuerzas me faltan y ni
aliento me queda?»
El que tenía aspecto de hombre me tocó de
nuevo y me reanimó.
Me dijo: «No temas, hombre de las
predilecciones; la paz sea contigo, cobra fuerza y ánimo». Y,
mientras me hablaba, me sentí reanimado y dije: «Hable mi Señor,
porque me has confortado»". (Dan 7,7-19)
La Palabra de Dios nos trae la paz, nos sosiega, nos reanima,
nos libera de toda angustia, de todo miedo porque la Palabra de
Dios, que sí tiene poder, todo poder, es la que creó nuestros
corazones.
Quien cree en el Señor, quien cree en su Palabra está salvo.
La fe en su Palabra vence al miedo, vence aún el miedo que
sobrecoge el ánimo ante la aparente irremediabilidad de la
muerte del ser amado:
"Jesús que oyó lo que habían dicho,
dice al jefe de la sinagoga: «No temas; solamente ten fe».
Y no permitió que nadie le acompañara, a no ser Pedro,
Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a la casa del
jefe de la sinagoga y observa el alboroto, unos que lloraban y
otros que daban grandes alaridos.
Entra y les dice: «¿Por qué alborotáis y
lloráis? La niña no ha muerto; está dormida».
Y se burlaban de él. Pero él después de
echar fuera a todos, toma consigo al padre de la niña, a la
madre y a los suyos, y entra donde estaba la niña.
Y tomando la mano de la niña, le dice: «Talitá
kum», que quiere decir: «Muchacha, a ti te digo, levántate».
La muchacha se levantó al instante y se puso
a andar, pues tenía doce años. Quedaron fuera de sí, llenos
de estupor". (Mc 5,36ss)
También el temor se presenta ante la manifestación del
prodigio divino como en el episodio de la pesca milagrosa:
"Y, haciéndolo así, pescaron gran
cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse.
Hicieron señas a los compañeros de la otra
barca para que vinieran en su ayuda. Vinieron, pues, y llenaron
tanto las dos barcas que casi se hundían.
Al verlo Simón Pedro, cayó a las rodillas
de Jesús, diciendo: «Aléjate de mí, Señor, que soy un
hombre pecador».
Pues el asombro se había apoderado de él y
de cuantos con él estaban, a causa de los peces que habían
pescado.
Y lo mismo de Santiago y Juan, hijos de
Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón:
«No temas. Desde ahora serás pescador de hombres». Llevaron
a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron". (Lc
5, 6ss)
Pero, el temor prinicipal que angustia al hombre cuando no tiene
fe o ésta es muy débil, es ante la muerte y ante el futuro preñado
de amenazas, y también ante lo que el hombre prepara con su
rebeldía, con la apostasía. Los siguientes pasajes se suelen
leer separadamente pero es muy instructivo leerlos seguidos
porque forman parte de un todo, de una misma enseñanza. Son
pasajes sobre el futuro y también escatológicos. Están en el
capítulo 12 de Lucas.
"Les dijo una parábola: «Los campos de
cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí,
diciendo: "¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi
cosecha?"
Y dijo: "Voy a hacer esto: Voy a demoler
mis graneros, y edificaré otros más grandes y reuniré allí
todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma, tienes
muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come,
bebe, banquetea."
Pero Dios le dijo: "¡Necio! Esta misma
noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para
quién serán?"
Así es el que atesora riquezas para sí, y
no se enriquece en orden a Dios».
Dijo a sus discípulos: «Por eso os digo: No
andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por
vuestro cuerpo, con qué os vestiréis: porque la vida vale
más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido; fijaos en
los cuervos: ni siembran, ni cosechan; no tienen bodega ni
granero, y Dios los alimenta. ¡Cuánto más valéis vosotros
que las aves!
Por lo demás, ¿quién de vosotros puede,
por más que se preocupe, añadir un codo a la medida de su
vida?
Si, pues, no sois capaces ni de lo más pequeño,
¿por qué preocuparos de lo demás?
Fijaos en los lirios, cómo ni hilan ni
tejen. Pero yo os digo que ni Salomón en toda su gloria se
vistió como uno de ellos.
Pues si a la hierba que hoy está en el campo
y mañana se echa al horno, Dios así la viste ¡cuánto más a
vosotros, hombres de poca fe!
Así pues, vosotros no andéis buscando qué
comer ni qué beber, y no estéis inquietos.
Que por todas esas cosas se afanan los
gentiles del mundo; y ya sabe vuestro Padre que tenéis
la necesidad de eso.
Buscad más bien su Reino, y esas cosas se os
darán por añadidura.
«No temas, pequeño rebaño, porque a
vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino.
«Vended vuestros bienes y dad limosna.
Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los
cielos, donde no llega el ladrón, ni la polilla; porque donde
esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.
«Estén ceñidos vuestros lomos y las lámparas
encendidas, y sed como hombres que esperan a que su señor
vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al
instante le abran.
Dichosos los siervos, que el señor al venir
encuentre despiertos: yo os aseguro que se ceñirá, los hará
ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, les servirá.
Que venga en la segunda vigilia o en la
tercera, si los encuentra así, ¡dichosos de ellos!
Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese
a qué hora iba a venir el ladrón, no dejaría que le horadasen
su casa.
También vosotros estad preparados, porque en
el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre».
Dijo Pedro: «Señor, ¿dices esta parábola
para nosotros o para todos?»
Respondió el Señor: «¿Quién es, pues, el
administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al
frente de su servidumbre para darles a su tiempo su ración
conveniente?
Dichoso aquel siervo a quien su señor, al
llegar, encuentre haciéndolo así.
De verdad os digo que le pondrá al frente de
toda su hacienda.
Pero si aquel siervo se dice en su corazón:
"Mi señor tarda en venir", y se pone a golpear a los
criados y a las criadas, a comer y a beber y a emborracharse,
vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera y en el
momento que no sabe, le separará y le señalará su suerte
entre los infieles.
«Aquel siervo que, conociendo la voluntad de
su señor, no ha preparado nada ni ha obrado conforme a su
voluntad, recibirá muchos azotes; el que no la conoce y hace
cosas dignas de azotes, recibirá pocos; a quien se le dio
mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le
pedirá más.
«He venido a arrojar un fuego sobre la
tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!
Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué
angustiado estoy hasta que se cumpla!
«¿Creéis que estoy aquí para dar paz a la
tierra? No, os lo aseguro, sino división.
Porque desde ahora habrá cinco en una casa y
estarán divididos; tres contra dos, y dos contra tres; estarán
divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre; la
madre contra la hija y la hija contra la madre; la suegra contra
la nuera y la nuera contra la suegra ». (Lc 12,16-53)
Quien ha obrado según la ley que Dios pone en los corazones no
debe temer, quien se ocupa de las cosas de Dios, del Reino,
quien busca a Dios y lo encuentra en la oración de todos los días,
ése no teme al futuro, a la muerte, al juicio. Pero, por sobre
todo, quien entiende el mensaje evangélico e inicia un camino
de despojamiento interior, quien piensa no sólo que su realidad
material dejará un día de ser para él sino que sabe que sólo
ha de llevarse aquello que dio, su tiempo, su amor, las cosas
que dio a los pobres, ése mismo es el que ya está viviendo su
Cielo desde la tierra.
Tantos los que responden a los llamados de María como los que
ahora se acercan pueden tener sus motivos para temer el futuro.
Sin embargo, nuestra Madre nos dice (mensaje dado el 19 de marzo
de 1995, a través de Mirjana): "... no teman, hijitos,
porque en el amor no hay temor. Si sus corazones están abiertos
al Padre y están llenos de amor hacia Él, entonces ¿por qué
ha de venir el miedo? Tienen miedo los que no aman porque
esperan castigos y porque saben cuán vacíos y duros son.
Yo, hijitos queridos, los estoy conduciendo hacia el amor, hacia
el Padre querido. Los estoy guiando a la Vida Eterna. Mi Hijo es
la Vida Eterna. Acéptenlo y aceptarán el amor..."
Si temes al futuro porque estás alejado de Dios apresúrate en
regresar a Él. Reconcíliate y has de encontrar la paz.
Si ya te has acercado al Señor, no importa
cuán lejos aún te sientas de Él, no temas.
Que cada uno busque a Jesús porque en Él
encontrará el Amor que lo salvará y lo liberará de todos sus
miedos.
No hay nada que temer, porque Dios nos
protege de todo mal, y porque aún en medio del mal, Él nos
preserva, como hizo con Medjugorje que aún en medio de una
guerra atroz permaneció siendo un oasis de paz, un lugar donde
seguían llegando peregrinos para encontrar la tan anhelada paz.
Ciertamente, que este comentario estaría incompleto si no
consideramos que la Madre de Dios cuando habla desde Mejdugorje
lo hace principalmente para lo que acontece en presente o está
a punto de ocurrir. Por tal motivo, es menester también
interpretarlo a la luz de la revelación de la última parte del
secreto de Fátima que fue a dado a conocer al siguiente día en
que dio su mensaje.
Ante todo siempre es menester aclarar que la
profecía es intrínsecamente contraria al fatalismo. La visión
o la palabra profética no indica un futuro, como lo
consideraban los antiguos o ciertas cuturas orientales,
absolutamente cerrado a la voluntad del hombre y dependiente de
dioses o fuerzas cósmicas de las que al hombre le es imposible
evadir. En tal situación ¿qué sentido tendría la elección
humana y el mismo llamado a la conversión sin mencionar el
particular llamado de la Virgen y su misma presencia entre
nosotros? Si nada es posible cambiar entonces la advertencia
carece de todo sentido.
A propósito de la visión de los
pastorcitos, cuando ellos ven al ángel con la espada de fuego a
punto de castigar la tierra, que es detenido por el esplendor de
la Madre de Dios y el mismo llamado a la penitencia que surge de
ahí, dice el Cardenal Ratzinger: "De este modo se subraya
la importancia de la libertad del hombre: el futuro no está
determinado de un modo inmutable, y la imagen que vieron los niños
no es una película anticipada del futuro, de la cual nada podría
cambiarse. En realidad toda la visión tiene lugar sólo para
llamar la atención sobre la libertad y para dirigirla en
dirección positiva... su sentido es movilizar las fuerzas del
cambio hacia el bien. Por eso están totalmente fuera de lugar
las explicaciones fatalísticas del "secreto" que
dicen que el atentado del 13 de mayo de 1981 había sido en
definitiva un instrumento de la Providencia".
A partir del mensaje contenido en el secreto,
es decir de la conversión y la penitencia para alejar los males
a los que vamos al encuentro, se ve cómo Medjugorje ilumina y
completa a Fátima y cómo y por qué estas son sus últimas
apariciones.
Desde Medjugorje está la Virgen Santísima
conduciendo el triunfo de su Inmaculado Corazón. En Medjugorje
permanece como Madre junto a sus hijos para conducirlos por el
seguro camino que lleva a Cristo, a la salvación, a la
santidad.
Hace ya 19 años que desde Medjugorje (el
primer mensaje lo dio precisamente el mismo 26 de junio,
exactamente 19 años antes de la revelación de la tercera parte
del secreto) no deja de repetirnos su llamado a la oración, al
ayuno, a la confesión, a la eucaristía, a la Sagrada
Escritura, en una palabra al camino de penitencia y conversión.
Y por esto mismo, porque es la culminación de Fátima, su
llamado no fue único sino que es una constante guía a través
de los años en este camino al triunfo. No se busque otras
razones a su larga permanencia.
"Quien ora
no teme al futuro. Hijos queridos, no lo olviden, estoy con
ustedes y los amo a todos". (Del 25 de Junio de 2000)
Mensajes
anteriores:
(A Jelena) Hijos queridos, a veces ustedes agobian sus
corazones con ciertas cosas, innecesariamente. Algunas veces
tienen miedo de esto y de aquello. ¿Por qué? Quien está con
Jesús no tiene nada que temer. No tengan ansiedad sobre lo que
va a ocurrir mañana o en los próximos años. Entréguense a
Jesús y solamente de esa forma serán la oveja que sigue a su
pastor. (1/3/87)
No temas, yo
estoy junto a vos en todo lugar y en todo tiempo
(se lo dijo a Ivan en agosto del 81 y nos lo dice a cada uno de
nosotros siempre)
No tengan miedo. Estoy cerca y velo por ustedes.
No teman, confíen en el Padre y oren hasta que estén seguros
que Él guía todo.
En las dificultades, cuando lleven la cruz, canten. Estén
llenos de alegría.
Aquellos que se
abandonan a Dios no tienen lugar en sus corazones para el miedo.
Las dificultades que encuentren contribuirán al crecimiento de
ustedes y a la gloria del Señor. Por ello, rechacen el miedo.
(Para el grupo
de Jelena) Soy la Madre llena de bondad y Jesús es el gran
Amigo de ustedes. No teman nada en su presencia. Entréguenle
su corazón. Háblenle de sus sufrimientos desde el fondo del
corazón y serán así fortalecidos en la oración con un corazón
libre, en una paz sin temor. (29/11/83).
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