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Mensaje de María Reina de la Paz en Medjugorje del 25 de agosto de 2014

¡Queridos hijos! Oren por mis intenciones, porque Satanás quiere destruir mi plan que tengo aquí y robarles la paz. Por eso, hijitos, oren, oren, oren para que Dios a través de cada uno de ustedes pueda actuar. Que sus corazones estén abiertos a la voluntad de Dios. Yo los amo y los bendigo con mi bendición maternal. Gracias por haber respondido a mi llamado.

Hijitos oren, oren, oren para que Dios a través de cada uno de ustedes pueda actuar. Que sus corazones estén abiertos a la voluntad de Dios

Si tan sólo rezáramos los tres Rosarios diarios que pedía la Santísima Virgen casi desde el inicio (esto antes que se agregase el cuarto misterio de la luz) estaríamos repitiendo cada día dieciocho Padrenuestros y aunque fuera sólo uno el Rosario, quizás para aquellos que recién empiezan, serían seis los Padrenuestros. El rito de comunión de cada Misa, además, comienza con el Padrenuestro. Y una y otra vez estamos diciéndole a Dios “hágase tu voluntad”. Pero, realmente ¿nos importa hacer la voluntad de Dios? Si nos importa, ¿la conocemos? ¿Acaso la buscamos para conocerla? Y, luego, ¿la llevamos a cabo? Lo que hacemos, ¿es voluntad de Dios o disfrazamos nuestra voluntad como si fuera de Dios? ¿La perseguimos o tomamos lo que nos conviene, lo que nos gusta? Todas estas preguntas no son hechas pensando en ciertas patologías pseudo místicas que continuamente dicen “Dios me dijo” y así hacen lo que ellos quieren, o manipulan a otros de débil personalidad para dominarlos bajo la impía excusa que es Dios quien lo quiere y pide. No, las preguntas van dirigidas a todos nosotros. Todos nos debemos interpelar si estamos verdaderamente haciendo la voluntad divina en nuestras vidas.

Para conocer la voluntad de Dios hay que rezar y de veras, con corazón sincero, abierto a la luz divina que debe penetrar, para luego discernir personalmente o con la ayuda de un guía espiritual, un sacerdote de experiencia y santidad, qué nos está inspirando Dios por la oración.

San Pablo exhortaba a los cristianos de Roma a no vivir de acuerdo a este mundo que pasa sino a convertirse, “para que sepáis discernir –decía- lo que es voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto”(1). Es decir que por la conversión del espíritu y de la mente (2) se alcanza el discernimiento. Presentaba el Apóstol un punto muy interesante en la vida espiritual. Porque lo primero es discernir qué es bueno y qué es malo, según no los hombres, o sea los criterios de este mundo, sino según Dios. Hoy esto no es tan fácil como parece porque hay criterios, actitudes, interpretaciones aún dentro de la misma Iglesia que se presentan como buenas, como propias de la misericordia de Dios, y sin embargo no lo son. No lo son cuando tales ideas o interpretaciones pretenden ponerse por encima de la ley de Dios, la que el Señor vino a hacer cumplir hasta el último tilde (ver cap. 5 del evangelio de San Mateo). No es bueno ni puede ser voluntad de Dios ni agradarle que se atente –por ejemplo- contra la verdad so pretexto de adaptarse a “las nuevas realidades sociales” y así acomodarse con lo que quiere el mundo.

Y luego de discernir, o sea pasar por el tamiz, lo que es bueno de lo malo según las enseñanzas del mismo Señor en las Escrituras y lo que la Iglesia ha siempre enseñado, para seguir un camino de perfección hay que conocer qué es para Dios perfecto y actuarlo.

Cuando una persona está alejada de Dios, no se detiene a pensar si lo que hace es bueno o no para Dios, con tal que sea bueno para ella. Por ejemplo, piensa que llegar alto en una empresa o en política es bueno y pone todos los medios, sin reparar cómo o cuáles son esos medios, para lograr su objetivo. Evidentemente satisfacer ambiciones personales, mentir y perjudicar a otros provocándoles daño, no será nunca querido por Dios. Cuando, en cambio, la persona comienza un camino de conversión busca no ofender a Dios y discernir siempre qué es bueno y qué no lo es, esforzándose por hacer aquello que es bueno para Dios. Entonces, presenta en oración sus buenas intenciones, sus buenos proyectos para que el Señor los bendiga. A veces –y eso puede ocurrir sin darnos cuenta- se le dice, casi se le explica a Dios porqué eso que queremos está bien y conviene que lo otorgue. Pero, cuando más se avanza en el camino espiritual la preocupación es sólo saber cuál es la voluntad de Dios en el caso particular y pedirle que la haga conocer. Ya no es el proyecto personal que uno presenta a la bendición y ayuda de Dios sino el proyecto divino que se quiere dilucidar para llevarlo a cabo.

Para que el corazón esté abierto a la voluntad de Dios, como pide la Santísima Virgen en este mensaje, debe estar limpio, purificado no sólo de pecados graves (mortales) sino también de los leves (veniales). Debe estar limpia el alma de malas intenciones, de negligencias, de ambigüedades y dobleces. El corazón abierto a Dios implica no tener apegos desordenados hacia otras personas ni hacia las cosas. Es necesario alejarse de lo mundano, de la banalidad, de los placeres que alejan de Dios, de toda ocasión que pueda llevar a cometer pecado y saber abandonarse confiadamente en Dios en toda circunstancia.

Algunos ejemplos pueden servir para aclarar lo que se viene diciendo, y así el apego a las modas; el deleite en placeres de los sentidos; el hurgar por Internet u ojear una revista o un diario y detenerse en publicidades o noticias morbosas o indecentes; el preocuparse hasta la angustia por cualquier problema, todas esas cosas (y muchas más) alejan al alma de Dios. El cuerpo debe estar disciplinado y sujeto a la voluntad de lo superior y no al revés. Se dice que el cuerpo es como el asno que cuando más le das de comer más quiere. Cuantos más placeres y licencias se da a lo carnal más se lo busca y más embotan los sentidos y más se impide la acción de Dios sobre el alma. Por eso, también es necesario ayunar y esa es una de las razones de porqué la Virgen pide el ayuno.

La purificación del corazón, mediante el ejercicio de las virtudes confiere mayor libertad al alma. Puesto que el corazón se ata con las pasiones y apegos desordenados y le es, entonces, más difícil hacer de Cristo el Señor.

La principal virtud que debemos perseguir es la humildad. Cuando una persona se cree que es “alguien” se distancia de Dios, se vuelve auto suficiente. Y apartándose de Dios pierde su gracia. ¡Cuánto ayuda la adoración, el estar de rodillas frente al Señor, a la humildad! Quien adora es porque sabe que es nada y que Dios es todo, es alguien que va descubriendo su verdadera dimensión y más adora más es consciente de su pequeñez y más agradece a Dios todo lo que le debe. Hasta en la forma de recibir al Señor en la comunión se manifiesta la humildad o la auto suficiencia, la soberbia. Por eso, la Eucaristía en unos aprovecha y en otros no.

El alma humilde, que se sabe pequeña, todo lo espera del Señor y en Él confía absolutamente. “De mí todo lo temo, de ti todo lo espero” es la jaculatoria al Sagrado Corazón. Quien en cambio se sabe bello o inteligente o de grandes habilidades y se complace en ello, se encuentra encadenado en su misma auto complacencia y no deja que Dios actúe sobre su persona.

A un alma privilegiada, el Señor le enseñó a nunca sentirse ofendida diciéndole: Cuando estás herida reflexiona porque Yo lo sabía de antemano y lo permití. Acéptalo y perdónalo, aunque en ese caso no tenga razón, porque debes humillarte por otros pecados secretos y, si es posible, no cuentes a nadie lo que te pasó.

Orar, orar y orar para conocer la voluntad de Dios. Orar, orar y orar para vivir de acuerdo a su voluntad y así Dios pueda obrar en nosotros y a través de nosotros. Porque,

Satanás quiere destruir mi plan que tengo aquí y robarles la paz

Cuando nuestra Madre avisa es porque algo concreto se está gestando, inspirado e instigado por el Maligno. Que Satanás quiere destruir todo lo concerniente a Medjugorje lo sabemos desde el principio, pero ahora está preparando embestidas desde fuera y desde dentro. Porque poco tiempo le queda mayor es su furia.

Oren por mis intenciones

Orar por sus intenciones comprende orar por los videntes, para que no desvíen, para que transmitan nítidamente y sin interferencias el mensaje que les es dado; orar por sus vidas para que sean siempre ejemplares; orar por quienes en la Iglesia han evaluado y evalúan lo acontecido en Medjugorje, y por los frailes franciscanos que se ocupan de la parroquia, y por los parroquianos y habitantes de Medjugorje, y por los peregrinos para que transmitan con sus vidas de conversión la verdad de los acontecimientos. Oremos además por aquellos que difunden los mensajes y dan testimonios, para que lo hagan con humildad y no se vanaglorien creyendo que son “alguien” porque sean conocidos y consultados. Oremos por los grupos de oración y los centros para que no se apropien de Medjugorje y den testimonio de amor, apertura y obediencia a la jerarquía de la Iglesia. Oremos por cada uno de nosotros para poder abrirnos a la gracia y no ser impedimento de la acción salvífica del Señor y del plan de la Santísima Virgen, y oremos también por los que se oponen a las apariciones, que las niegan y quieren que se prohíba toda difusión.

Finalmente, no nos preocupemos, sólo oremos y hagamos la voluntad de Dios para colaborar con el plan de salvación que María conduce en estos tiempos de la batalla final.

P. Justo Antonio Lofeudo
www.mensajerosdelareinadelapaz.org
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(1) Cf. Rm 12: 1-2
(2) Usa la palabra griega metanoieté, imperativo: ¡Convertíos!


¡Bendito, Alabado y Adorado sea Jesucristo en el Santísimo Sacramento del altar!