|
Último Mensaje y Comentario |
||
|
Mensaje de María Reina de la Paz en Medjugorje del 25 de agosto de 2010 |
||
|
|
¡Queridos hijos! Con gran alegría, también hoy, deseo nuevamente invitarlos: oren, oren, oren. Que este tiempo sea para ustedes tiempo de oración personal. Durante el día busquen un lugar donde, en recogimiento, puedan orar con alegría. Los amo y los bendigo a todos. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado! |
|
|
Comentario
Estamos ya acostumbrados a los mensajes en que nuestra Madre nos pide
oración y la pide, simplemente, porque la oración posee primacía
sobre cualquier otra cosa ya que es la manera de comunicarnos con
nuestro Dios.
Al repetir sus invitaciones a la oración y la misma palabra “oren”,
por tres veces, nos está indicando la persistencia que debe tener
nuestra oración. Es como decirnos “no dejen de orar ni se cansen de
rezar”. También, casi al principio de las apariciones, explicó que
cuando nos dice “oren, oren, oren” quiere además significarnos que
aumentemos la profundidad de la oración.
Si bien toda oración es agradable a Dios, con la que mayor crecemos y
entramos en intimidad con Él es con la oración personal. No basta con
participar de la Santa Misa, la mayor oración comunitaria ni formar
parte de un grupo de oración si no tenemos momentos de oración
personal. Oración comunitaria y oración personal son complementarias y
se refuerzan mutuamente. Durante
el día busquen un lugar donde, en recogimiento, puedan orar con alegría
Con ello nos indica primero que la oración personal debe ser diaria y
luego que debe tener su ambiente propicio, que es el recogimiento o sea
el silencio y la posibilidad de no ser perturbados ni distraídos
durante ese tiempo de oración.
Y dice, además, que esa oración sea “con alegría”. Es que la
oración perseverante y profunda que sale del corazón es la que nos
conduce a ese regocijarse en y por Dios. La alegría no es otra que la
del júbilo pascual, es decir la del encuentro con Cristo Resucitado,
vencedor de todo mal incluso de la muerte.
Al recogimiento interior ayudado por el silencio exterior lo favorecemos
buscando un espacio donde podamos rezar tranquilos y buscando también
un tiempo para hacerlo. Son tiempo y espacio consagrados a nuestro
encuentro con el Señor. Tiempo y espacio que deben ser defendidos,
protegidos y respetados.
En la medida de lo posible la mejor oración personal, el mejor
recogimiento es frente a la Presencia real del Señor en el Santísimo
Sacramento. Quien tuviere la posibilidad de acercarse a una capilla
donde esté expuesto el Santísimo gran parte del día o, mejor aún, a
una capilla de adoración perpetua le sería fácil encontrar el tiempo
–ya que todas las horas están disponibles- para diariamente estar en
oración frente al Señor.
La oración del corazón es también de abandono confiado en la
Providencia y la Misericordia de Dios, lo que implica necesariamente
despojarse de toda seguridad humana y de todo temor. Como nos enseña
santa Teresa de Jesús: “Nada te turbe. Nada te espante. … quien a
Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta”. Abandonarse a Dios es lo
mismo que dejarse amar por Él.
La Reina de la Paz nos invita, desde la alegría, a encontrar la alegría
en la oración personal de cada día. Todos de un modo u otro buscan ser
felices, dichosos, estar alegres. La diferencia la hace dónde buscamos
esa felicidad, por cuáles caminos y dónde finalmente la encontramos.
El camino de la oración recogida que es encuentro de nuestra intimidad
con la de Dios lleva a la verdadera alegría. Como dijimos, la del júbilo
pascual, de sabernos amados por Dios que se da a sí mismo y nos conduce
a la vida eterna, de eterna dicha.
A ese regocijarse en el Señor, a este júbilo pascual, a este gozo íntimo
del alma se oponen las tribulaciones, las preocupaciones e inquietudes
por nuestro presente o por nuestro futuro cuando las cosas no van como
nos gustarían que fueran, la enfermedad, las distracciones y
tentaciones del mundo, la acción del demonio.
Así, cuando se pierde o viene a menos la esperanza, la alegría
desaparece y deja paso a la tristeza y a la depresión. No debemos
pactar con esos estados de ánimo ni con ninguna de nuestras debilidades
porque lo que nosotros no podemos obtener por nuestros medios humanos,
el Señor sí puede dárnoslo con su gracia. Tampoco en esos casos
debemos entrar en diálogo con el diablo, es decir no alimentar dudas,
incertidumbres, escepticismos sino creer. Creer en Aquél que todo lo
puede y que nos ama infinitamente. Creer en su amor.
Muchos otros son los pasajes bíblicos, del Antiguo y del Nuevo
Testamento, que hablan de la alegría. Nuevamente san Pablo, dirigiéndose
esta vez a los cristianos de Filipos, insiste diciéndoles: “Estad
siempre alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres” (Flp 4:4).
Y la razón de esa alegría era porque Cristo está cerca. También les
decía que no se inquietasen por nada y que, más bien, orasen a Dios
con súplicas y elevando acción de gracias. La respuesta de lo Alto será
–decía el Apóstol- la paz en los corazones y en las mentes (Cf. Flp
4:5-7). Es decir, que la alegría, sustentada en la oración, debe
superar toda inquietud, toda preocupación por legítima que ella sea.
La alegría del corazón, el júbilo íntimo que nos provoca el
encuentro con el Señor en cada oración de profunda intimidad, en cada
comunión sacramental hecha con conciencia de a Quien recibimos, viene
siempre de Dios. San Ignacio, en su discernimiento de espíritus escribía:
“Es propio de Dios y de sus ángeles, en sus mociones, dar una
verdadera alegría y gozo espiritual, quitando las turbaciones que el
enemigo induce. Es propio en cambio del enemigo combatir contra toda
alegría y consuelo espiritual, trayendo razones aparentes, sutilezas y
continuas falacias”. Es el demonio quien no soporta nuestra alegría y
por diferentes medios procura quitárnosla.
La verdadera alegría está siempre en la verdad, la falsa alegría en
la mentira, en el engaño, en la hipocresía, en el egoísmo. Buscar la
alegría fuera de Dios, en el placer que puedan dar las cosas o las
personas lleva al fracaso. El hedonismo, la búsqueda del placer a toda
costa, acaba siendo mera ilusión y no el placer verdadero. Ese placer
falso es como una anestesia que oculta el dolor pero no sana, y el mal
avanza. Ese placer da dependencia (droga, sexo para poner unos ejemplos)
y lleva al abismo que no tiene fondo porque cuanto más se tiene más se
quiere y se termina en la angustia, en la tristeza, en el dolor y en la
desesperación.
Decía una joven que se recuperaba de la droga en Nuovi Orizzonti[1]:
“Estoy convencida que los frutos que lleva la sexo-dependencia son
muchos, muchos más difundidos, menos evidentes pero hasta más
terribles que los de la tóxico-dependencia. Porque la tóxico-dependencia
lleva sí a una muerte horrenda, pero la sexo-dependencia te empuja
continuamente a herir y a recibir heridas que llevan al miedo de amar y
de ser amado. Es un miedo paralizante que te hace morir por dentro, te
hace estar vivo exteriormente pero muerto dentro, porque no eres más
capaz de amar”.
En el contexto de la Última Cena, según el evangelio de san Juan, el
Señor le dice a sus discípulos: “Os he dicho estas cosas para que mi
alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea plena” (Cf Jn
15:11). Poco antes les había exhortado a permanecer en su amor
observando sus mandamientos y agregaba: “Éste es mi mandamiento: que
os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 15:12). De donde se
deduce que cumplir con el mandamiento de amor, amar fuera de todo cálculo,
con todo nuestro ser, es la condición para permanecer en el amor de
Cristo y éste la causa de la mayor alegría, porque es la alegría del
mismo Señor. Ahora nuestra Madre nos está diciendo que su alegría es
llamarnos a la unión con Dios mediante la oración personal de cada día,
esa oración que debe convertirse en diálogo de amor entre cada uno de
nosotros con nuestro Creador y Salvador. La oración constante,
cotidiana, del corazón abierto al amor de Dios y al amor a los demás
es nuestra permanencia en el amor de Cristo.
¿Qué
comentario cabe a estas palabras de nuestra amadísima Madre del Cielo? Desbordantes
de dicha recibamos junto a su bendición este amor suyo que todo lo
puede.
|
||
|
¡Bendito, Alabado y Adorado sea Jesucristo en el Santísimo Sacramento del altar! |
||
|
|
||