Prédicas - Homilías

IV Domingo de Cuaresma - Año C

            En el Evangelio del día de hoy, el Señor nos ofrece la parábola llamada del “hijo pródigo”. Hay quienes dicen que es más apropiado llamarla del “padre misericordioso”, y hasta quizás habría que llamarla del padre pródigo. Es cierto, en realidad la verdadera y gran prodigalidad es la del padre, que perdona más allá de toda ofensa, que ama sin límites, que va al encuentro del hijo antes que éste haya pronunciado una palabra. Va a abrazar a ese hijo ingrato que al reclamarle su herencia había matado afectivamente a su padre.

Así es Dios, es ese Padre que perdona y nos abraza ni bien comenzamos el camino de retorno a Él. Es el Padre que nos ha dado a su Hijo -que limpia nuestra suciedad de muerte con su sangre- que nos reviste de nueva vida y que ha preparado el Cordero para el banquete de fiestas.

 

“Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre”, se decía el hijo, que había dilapidado la herencia, cuando decide ponerse en camino a la casa del padre.

¿Qué haces tú que recibiste el bautismo, que tuviste tu primera comunión, fuera de la Iglesia? ¿Qué haces tú que te has apartado de la comunión? Que has dejado que tu vida te apartara de Cristo. Tú que no te confiesas, que no buscas reconciliarte con Dios. ¿Qué esperas? Y tú que comulgas por rutina? Que saltas los domingos porque “es un día para aprovechar afuera”? Aquí, en esta mesa, en este altar, está la abundancia que te ha de saciar. Aquí está quien te llama: “Venid a Mí”. Ábrele la puerta, acércate, ven a saciarte, a tener ya tu cielo en la tierra, a pregustar las delicias del cielo en cada Eucaristía, en cada adoración.

 

Por los años 30, en el Magreb bajo dominio francés, se encontró un acta del martirio de cristianos. Era la de los mártires de Abilene. La autoridad romana le preguntaba a los cristianos: “¿Es cierto que ustedes se reúnen para sus prácticas, esas misteriosas, a su Dios?” –“¿Cómo no vamos a hacerlo? Nosotros no podemos vivir sin la Eucaristía (sin el domingo). La Eucaristía nos hace más cristianos”, respondieron. 

A nosotros, ¿la Misa nos hace más cristianos?

En la Eucaristía se unen la potencia infinita y el amor infinito de Dios, para quedarse Él con nosotros. ¡Cómo vamos a rechazarlo!

San Agustín dice de la Eucaristía: “Aunque Dios es Todopoderoso, Él no es capaz de dar más. Aunque eminentemente sabio no sabe cómo dar más. Aunque inmensamente rico no tiene más para dar.”

¡Seamos conscientes de Quien recibimos y a Quien adoramos!

 

Cuando los hebreos llegaron a la tierra prometida, a Canáan, nos relata el libro de Josué, Yahvé dejó de darles el maná porque ya habían llegado a destino y a partir de entonces comerían los frutos del país. Es alegoría perfecta de la acción de la Eucaristía.

Mientras atravesamos el desierto de esta vida terrena somos alimentados con la Eucaristía. Es la Eucaristía la que nos sostiene y donde encontramos fuerzas y consuelo para seguir adelante, pero llegará el día en que en el Cielo seremos saciados por toda la belleza de Dios a quien contemplaremos sin los velos eucarísticos. “Ni ojo vio ni oído oyó ni mente humana ha podido concebir lo que Dios tiene preparado para aquellos que lo aman”, dice san Pablo (1 Cor 2:9).

 

Si alguien no comía el maná sucumbía, no podía llegar a destino. Igualmente, si no comemos el Pan de Vida, si no tenemos nuestro encuentro en la Eucaristía con el Señor, si no lo aceptamos en nuestra vida, si no entramos en verdadera comunión con Él, no llegaremos a la vida eterna. “El que coma de mi carne y beba de mi sangre tendrá la vida eterna y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6:54).

Por eso, queridos hermanos: “¡gustad y ved qué bueno es el Señor!”

 

El Señor tiene un proyecto de amor para esta ciudad. Un proyecto de bendición y protección especial y para que se realice depende de tu respuesta. El proyecto se llama Adoración Eucarística Perpetua.

La adoración perpetua es cuando el Santísimo Sacramento está expuesto día y noche y todos los días del año a la adoración de los fieles. ¡Siempre!

Para tener la adoración perpetua necesitamos de ti, querido hermano, querida hermana, que desees estar una hora a la semana con el Señor, verdaderamente presente en el Santísimo Sacramento. Que quieras tener ese encuentro, que quieras conocerlo, amarlo, consolarlo, reparar.

Ábrete a la gracia para que esta gracia corra, no se detenga y te toque a ti y a otros, sedientos y hambrientos de amor, que se están muriendo. Con tu disponibilidad deja que el Señor reavive a los que están muertos a la gracia por sus pecados o que los pecados de otros los han matado.

 

“Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguien oye mi voz y me abre entraré a él y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3:20). Jesucristo está a la puerta de nuestro corazón, de nuestros afectos, de nuestra inteligencia, de nuestra voluntad, de nuestras vidas. Y llama. ¿Quieres tú abrirle? ¿Quieres tú conocerle? ¿Quieres tú entrar en su amistad, en su intimidad? ¿Quieres tú beneficiarte, ser bendecido? ¡Ábrele! ¿Qué temes? No temas.

“No temáis. Abridle las puertas a Cristo. Abridle a Él las puertas de par en par”, dijo el Santo Padre Benedicto XVI cuando comenzó su pontificado, repitiendo las mismas palabras que Juan Pablo II pronunciara en idéntica ocasión. Éste es el llamado del Papa, el llamado de la Iglesia, el llamado del mismo Cristo.

“Si alguien oye mi voz y me abre, entraré a él y cenaré con él y él conmigo”.

            Si tú le abres, si le dices sí, podremos abrir las puertas de la iglesia de par en par, para que quien quiera que sea en el momento que sea, pueda encontrarse con su Señor y Salvador. Las puertas de la iglesia abierta a todos, sin excluir a nadie.

Los primeros en ser llamados son los que participan de la misma mesa del altar, los que comen del mismo pan eucarístico. Son los que han decidido encontrarse con Él. A ellos, a vosotros va dirigida la invitación.

Encontrarse con Él: esto es comunión. Comunión es un encuentro. Tú no has venido a comer un simple trozo de pan. Has venido a alimentarte de su Palabra y de la Eucaristía, que es encontrarse con Él y adorarlo.

El Santo Padre en la reciente Exhortación Apostólica sobre la Eucaristía recordaba aquellas palabras de san Agustín: “Nadie come de esta carne sin antes adorarla [...], pecaríamos si no la adoráramos”. Lo que tú comes es Pan del Cielo, Pan de Vida, es Cristo mismo, que te alimenta en el camino de la vida, y es Dios y por eso debes adorarlo.

 

Dios, por medio de su Iglesia, nos llama a todos a la conversión. Conversión y adoración van juntas.

La adoración es camino hacia el amor de Dios, pues cuánto más se adora más se ama a Dios y cuanto más se ama a Dios más se lo adora. Adorándolo se recibe amor de Él, que es Amor, para llevar a los demás.

Nadie puede dar nada que antes no haya recibido de Dios. Pues, el amor que no tengo lo recibo adorando al Señor.

Y así, soy cada vez mejor a los ojos de Dios quien va haciendo su obra en mí, convirtiéndome.

Esto demuestra que la adoración no es un acto pasivo como algunos creen. La adoración es una experiencia absolutamente transformante, que nos renueva cada vez que estamos frente al Santísimo.

En la adoración dialogamos con el Señor aún cuando no pronunciemos palabra ni la concibamos en nuestra mente. Es el encuentro de dos presencias: la Suya, absoluta, y la de mi ser desnudo ante Él. Y allí, aún en el mayor de los silencios interiores, y sobre todo en ellos, la Palabra habla y cuando habla hace su obra, porque la Palabra es eficaz.

Acerquémonos sin temor a Él, en el Santísimo Sacramento, dejemos que nos interpele, que nos arrope con su misericordia, que nos limpie con su mirada.

 

Deseo ahora apelar a vuestra generosidad para, aquellos que puedan hacerlo, hagan un sacrificio. El sacrificio es el idioma del amor. En la cruz Jesús demostró cuánto nos ama. Dio su cuerpo en la cruz de modo de darnos su Cuerpo en la Sagrada Comunión. Ahora podemos decirle cuánto lo amamos haciendo el sacrificio de tomar una de las horas de la madrugada, de esas que van desde la medianoche hasta las 6 de la mañana. “Amor con amor se paga”.

Jesús no es indiferente a tu amor. Tu sacrificio consuela a tu Dios y apaga su sed de amor y adoración.


III Domingo de Cuaresma - Año C


          En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó:

         “¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”.

         Y les dijo esta parábola: “Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?”.

         Pero el viñador contestó: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas”.

 

El Señor toma dos hechos, que hoy llamaríamos, de crónica: una revuelta de galileos contra Roma en la que los rebeldes fueron ejecutados por Pilato y mezclada su sangre con la de los sacrificios, y el derrumbe de una torre que aplastó una gente en Jerusalén, para advertirles y advertirnos sobre la necesidad urgente de la conversión.

Nos enseña Jesús que desgracias y calamidades golpean no necesariamente a los más pecadores o culpables. A cualquiera puede sobrevenirle el mal, que también llega a caer sobre inocentes.

Es totalmente cierto que el pecado del hombre es la causa a la que siempre habrá que remitirse para entender el porqué de acontecimientos infaustos, pero el Señor nos enseña que no hay relación directa entre éstos y el estado del alma de las víctimas.

 

La primera conclusión que podemos sacar -tanto del episodio del Evangelio como de la parábola que le sigue- es que la muerte puede esperarnos en cualquier momento; y la pregunta que debemos hacernos es: ¿Cómo me presentaré ante Dios? ¿Qué obras tendré para mostrarle? Esto nos obliga a repensar nuestras vidas y ver qué estamos haciendo que no está de acuerdo con lo que Dios espera de nosotros, o qué no estamos haciendo que deberíamos hacer. Es el momento de pedir al Espíritu Santo que ilumine nuestras conciencias y nos muestre el pecado que anida en nuestro corazón. Es el momento de purificarnos.

La segunda conclusión es que en la medida que me convierta, o mejor dicho que deje que Dios convierta mi corazón hacia Él, expulso el mal de mi vida y al hacerlo lo estoy expulsando del mundo.

En efecto, sabemos que el mal que se comente no es puntual, no para allí donde y a quien fue cometido. El mal que hago no sólo me lo hago a mí sino a otros, algunos de los cuales ni conozco ni sospecho que puedan ser afectados. Será el día del Juicio cuando sabré qué efectos tuvo el pecado que cometí sobre todas las personas y qué significó como ofensa a Dios.

La tercera conclusión es que cuando camino hacia Dios, es decir cuando me decido por la conversión, gozo de la protección del Señor. Y Él me protege aún cuando no siempre me preserve del mal. Lo que sí seguramente hará es preservarme en el mal. ¿Qué quiere decir esto? Que habrá hechos aciagos, como enfermedades y muertes mías o de personas a las que amo, que ocurrirán, pero aún en ese caso el Señor estará conmigo y no temeré ningún mal. Como el salmista, pleno de la confianza en el Señor, podremos decir: “aunque atraviese por un valle tenebroso ningún mal temeré” porque “el Señor es mi Pastor” (Cf Slm 23,4,1).

El acontecimiento funesto no nos será ahorrado, aunque seguramente atenuado, pero sabremos de la presencia y de la cercanía de Dios y de la Santísima Virgen en ese momento de dolor y el mal estará contenido sin dañarnos en lo profundo de nuestro corazón. Uno de los signos de la presencia y cercanía divina es la paz que sólo puede venir de Dios.

 

Todos estamos necesitados de conversión, todos debemos convertirnos. Ahora, no mañana. La conversión no es asunto que admita dilaciones. Quién podrá asegurar que mañana estará aún vivo.

El llamado a la conversión no es sólo para los que no asisten a Misa los domingos, o para los que no son católicos, o los no consagrados. Todos, absolutamente todos, debemos convertirnos a Dios. Y día a día.

La conversión no es un estado. Nadie puede decir: “yo estoy convertido”. La conversión es un camino. Un camino de perfección en el amor, en el que día a día aprendemos a amar más. Un camino de despojo del egoísmo, de todos nuestros sentimientos negativos y nuestros vicios, de nuestros pecados de todo tipo. En fin, un camino –hay que decirlo, por más que se le tema a la palabra- de santidad. Dios nos llama a la santidad.

Alguien dijo que la única tragedia del hombre es no ser santo. Porque, verdaderamente, qué es la vida de una persona si gana este mundo pero pierde la eternidad.

¡Cuán tristes son esas vidas resecas en su egoísmo, incapaces de amar y de hacer el bien, que pasan por la tierra sin dejar otro rastro que, cuando los hay, logros materiales y nada más! Vidas sin Dios, sin amor, sin el otro. ¡Qué tremendo el momento del encuentro con Dios en la eternidad! Y ¡qué eternidad!

Dios no quiere eso para nosotros, por eso nos llama a la conversión. A este camino cuya meta es el encuentro con Él, pero ahora, aquí en la tierra.

Dios está oculto pero se deja encontrar por quien lo busca con sincero corazón. Más aún, Dios sale al encuentro del hombre y lo hace en Jesucristo, que a todos tiende la mano y a todos llama:

“Venid a Mí”. “Venid a Mí, vosotros que estáis fatigados y agobiados que Yo os aliviaré”, dice el Señor.

 

“¡Venid a Mí!”… Decía el Santo Padre Juan Pablo II: “es en el Santísimo Sacramento que estas tiernas palabras encuentran plena confirmación”.

Jesucristo nos llama a la Eucaristía, a la adoración.

Como nos recordaba el Santo Padre Benedicto XVI, refiriéndose a la comunión eucarística: “Comulgar no es como comer un simple trozo de pan. No. La comunión es un encuentro entre dos personas: mi persona y la de Aquel que es mi Creador y Salvador”. Por eso la adoración también es comunión, porque es permanecer con quien hemos encontrado. Por lo mismo, a la comunión sacramental sigue la adoración.

Conversión y adoración van juntas.

La adoración es camino hacia el amor de Dios, pues cuánto más se adora más se ama a Dios y cuanto más se ama a Dios más se lo adora. Adorándolo se recibe amor de Él, que es Amor, para llevar a los demás.

Nadie puede dar nada que antes no haya recibido de Dios. Pues, el amor que no tengo lo recibo adorando al Señor.

Y así, soy cada vez mejor a los ojos de Dios quien va haciendo su obra en mí, convirtiéndome.

Esto demuestra que la adoración no es un acto pasivo como algunos creen. La adoración es una experiencia absolutamente transformante, que nos renueva cada vez que estamos frente al Santísimo.

En la adoración dialogamos con el Señor aún cuando no pronunciemos palabra ni la concibamos en nuestra mente. Es el encuentro de dos presencias: la Suya, absoluta, y la de mi ser desnudo ante Él. Y allí, aún en el mayor de los silencios interiores, y sobre todo en ellos, la Palabra habla y cuando habla hace su obra, porque la Palabra es eficaz.

Acerquémonos sin temor a Él, en el Santísimo Sacramento, dejemos que nos interpele, que nos envuelva con su misericordia. 
          Como a la samaritana, que le pide de beber (porque en verdad Él quiere saciar su sed de Dios, de infinito, de amor) también a nosotros nos pide acercarnos a adorarlo porque quiere darnos el más preciado don. “Si tú conocieras del don de Dios!”. El don de Dios es el Espíritu Santo, el don de Dios es la paz, es el amor, es la misericordia, es su protección y amistad.

¡Venid a Mí! ¡Aquí estoy, Señor!


Domingo II - Año C 

 

En el episodio que nos relata el evangelio de san Juan, por el cual el Señor manifestó su gloria y los discípulos creyeron en él -la transformación del agua en el vino, en el marco de un banquete de bodas- nos lleva a otra mesa, la de la Última Cena, en la que el mismo Señor, entonces sí llegada su Hora, hará del vino su sangre. Ésta es la analogía que se nos presenta: agua en vino, vino en sangre.

 

Sin embargo, hay que notar que no se trata de lo mismo, porque la analogía dice de similitud y de diferencia.

Semejanza en cuanto hay una transformación de agua en vino y otra de vino en sangre. Algo que no era antes es luego. Desemejanza porque a lo primero lo llamamos milagro, algo que vemos, que se hace evidente porque antes había agua y ahora hay vino.

Lo segundo, en cambio, es un misterio porque seguimos viendo el vino y sin embargo ya no lo es.

Para los sentidos es vino pero no para la realidad de la fe (realidad de la fe que viene ayudada a través de los siglos con los llamados milagros eucarísticos como el de Lanciano de hace 1300 años atrás).

 

En las Bodas de Caná se trata de un milagro en el que Jesús muestra su poder sobre la materia, poder que sólo puede ser divino y no ilusión mágica. Ese mismo poder es el que obra el misterio en el Cenáculo de Jerusalén, por la eficacia de sus palabras: “Esto es mi cuerpo”, “éste es el cáliz de mi sangre”, haciendo que el pan se vuelva su cuerpo y el vino su sangre.  Éstas son las mismas palabras que el Señor dice por medio del sacerdote que oficia los santos misterios y en cada Misa, nuevamente, se hace presente el Señor en su humanidad y en su divinidad.

 

El milagro, como el de Caná, se revela a nuestra inteligencia mediante los sentidos y siempre que la mente no esté obnubilada como para negar la evidencia.

El misterio, en cambio, se manifiesta revelándose a nuestra fe.

El misterio eucarístico es como el misterio de Cristo, que es una figura accesible en tanto hombre pero su persona divina permanece en el misterio al que sólo podemos acceder por medio de la fe.

 

Creen los primeros discípulos en Él porque han visto la autoridad de quien puede hacer una nueva creación de la materia, del agua vino. Es un signo del poder de hacer nuevas todas las cosas.

La Madre del Señor cree no tanto por lo que haya visto de su Hijo sino más bien porque en Ella habita la plenitud del Espíritu, esa misma plenitud que la hizo llena de gracia, esa plenitud de donde salió el sí al proyecto de Dios, sin condiciones, absoluto, gozoso y permanente.

Ella es la mujer de fe, la Madre de los creyentes.

Conoce, sin dudas, el poder de su Hijo sobre todas las cosas, pero antes conoce el poder de su amor.

 

Los milagros que Jesucristo obra son, como los llama muy justamente san Juan, signos. Signos de su poder divino y de su misericordia, signos del reino de Dios que debe venir.

Esto lo conoce María, su Madre y sabe también que este reino viene por la fe.

 

El Señor nos pide fe para obrar el prodigio. Por la fe, podemos decir, se libera el poder de Dios. Por la fe en el misterio de la Eucaristía el Señor obra en nosotros y en otros, milagros, entre muchos el de la conversión y salvación de una persona.

“Tu fe te ha salvado”, son las palabras del Señor a quienes cura.

 

Hay que decir también que los discípulos creen en Jesús por la fe de María que impulsa al Señor a manifestarse. También nosotros debemos hoy con nuestra fe impulsar a otros a creer, debemos comunicar la fe en Cristo y en su presencia en la Eucaristía, dar testimonio de ella.

 

La salvación de la humanidad no viene del mero empeño humano sino de la fe en el único Salvador.

Hoy estamos llamados no sólo a creer en su presencia real, única, verdadera en la Eucaristía sino a dar testimonio de nuestra fe y de nuestro amor por ella.

La mejor manera de dar ese testimonio es adorando y adorando sin interrupción como respuesta en el tiempo hacia Aquel que no deja de amarnos de amor eterno, que no deja de ser Dios.

 

Hoy, la Santísima Virgen nos llama y nos impulsa a la fe en Jesucristo en la Eucaristía, a enamorarnos de Jesús en la Eucaristía y a adorarlo sin interrupción.

Nos llama a manifestar nuestro amor y nuestra fe en la Adoración Eucarística Perpetua.

La situación del mundo en que vivimos está fuera de toda solución humana, sólo una intervención divina podrá traer el bien y la paz a la tierra. Sólo Jesucristo tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas y ese poder se ha de desatar por nuestra fe en su presencia en la Eucaristía.

Ese Reino de Dios ha de venir sobre la tierra por la Adoración Eucarística Perpetua.

Cada capilla de Adoración Eucarística Perpetua es una puerta que estamos abriendo al cielo porque nos unimos a los ángeles y a los santos en adoración ininterrumpida. Cada una de esas capillas es luz que ilumina en medio de las tinieblas en que está sumergido el mundo. Es escuela de silencio, cuando el silencio se vuelve Palabra, y por tanto  comunión con Dios.

 

“Es hermoso estar con Cristo y, reclinados sobre su pecho como el discípulo predilecto (cf Jn 13:25), palpar el amor infinito de su corazón… ¿Cómo no sentir una renovada necesidad de estar largos ratos en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento?” (Juan Pablo II).

 

En Caná de Galilea, el Señor, por la intercesión de María Santísima, cambió el agua en vino, es decir el fracaso y la humillación en alegría festiva. Invoquemos la intercesión de nuestra Madre del Cielo, para que por nuestra adoración incesante, día y noche, haga el Señor despuntar un nuevo amanecer sobre la tierra.

P. Justo Antonio Lofeudo


6 de enero: Solemnidad de la Epifanía del Señor

     Los Magos venidos de Oriente preguntan: “¿Dónde está el Rey de los judíos?”… “Venimos a adorarlo”, dicen luego indicando el motivo por el cual habían hecho tan largo viaje. Al encontrarlo, dice el relato evangélico: “Se llenaron de inmensa alegría... Entraron... Vieron... Cayendo de rodillas lo adoraron”, y luego “le ofrecieron regalos”.

     También nosotros, como los Magos, estamos llamados a ponernos en movimiento, saliendo de la oscuridad para ver la luz que nos conduce hasta la presencia del Señor. No podemos conformarnos pensando “yo soy católico y bautizado, tengo fe y hago mi vida” o “soy religioso, sacerdote, no tengo necesidad de conversión” y no caminar hacia Él, no seguirlo. Todos somos llamados a despertar y caminar hacia Dios.

     Esa luz que nos conduce no es la de una estrella, es la del Espíritu Santo que, por la fe que nos da, ilumina toda nuestra vida.

     Si, como los Magos, preguntamos: ¿Dónde está el Señor? La Esposa, que es la Iglesia, nos dice dónde: en el pobre, en el débil, en el desamparado, en el enfermo y triste. Y siempre en la Iglesia misma, en la Eucaristía.
     Como los Magos, vayamos hasta Él, llenémonos de alegría, caigamos de rodillas y adorémoslo en el Santísimo Sacramento.

     Ofrezcámosle el regalo de nuestra presencia humilde, que eso le agrada al Señor.

     El Santo Padre Benedicto XVI dijo: ”Muchos hablan de Dios y en el nombre de Dios se predica el odio y también se practica la violencia”. Por ello, dijo, es «urgente llevar al hombre de hoy a “descubrir” el rostro auténtico de Dios, y como los Magos, postrarse ante él y adorarle”. Y agregaba: «La adoración no es un lujo, sino una prioridad».

     Queridos hermanos, es el mismo Señor que nos invita a la adoración cuando nos dice:  “Venid a Mí...”. El adorador es aquél que le ofrece a Dios el regalo de su fe y de su amor y que también él encuentra su regalo, su tesoro. Porque la Eucaristía es el tesoro de la Iglesia. La Eucaristía es el regalo del Corazón de Jesús.

     Estad atentos porque es el Señor quien os invita: “Venid”.

     Y el Señor, como a los discípulos del Bautista, si venís os promete: “Veréis”. Sí, “venid y veréis”. Venid y haced experiencia de Dios y encontraréis toda clase de bienes espirituales y la amistad de todo un Dios.

     Dios no deja de ser Dios. Por esto nosotros no debemos dejar de adorarlo. Por esto nuestra adoración debe ser incesante.

     Ésta es una de las razones para tener adoración perpetua.

     La Adoración Eucarística Perpetua es la respuesta en el tiempo hacia Quién no deja de amarnos con amor eterno.

     Adoración Perpetua significa la exposición del Santísimo día y noche, sin interrupción y durante todos los días del año.

     Adorando daréis testimonio de vuestra fe y de vuestro amor. Los que adoran día y noche son los mejores testigos del Resucitado, y verdaderos profetas de la Eucaristía, que anuncian al mundo, a cada momento:

¡Dios existe, Dios está aquí, en medio de nosotros. Dios está con nosotros y por nosotros!

     La adoración perpetua tiene necesidad de vosotros, pero también vosotros tenéis necesidad de la adoración perpetua, porque en ella encontraréis las respuestas a vuestros problemas, a vuestras preguntas, encontraréis consuelo, paz verdadera. Encontraréis al mejor de los amigos, a vuestro Dios.

     Imaginaos, por un instante, una capilla siempre abierta, para quienquiera que sea, a la hora que sea, pueda encontrarse con Jesús!

 

     Por el Evangelio sabemos que unos extranjeros emprendieron un viaje muy largo para contemplar y adorar al Señor de la gloria. Con san Juan Crisóstomo podemos preguntarnos hoy: ¿Qué excusa tenéis si os echáis atrás ante el corto camino de ir a visitar al Santísimo Sacramento?

     Y tú, que tienes 168 horas a la semana, ¿no habrás de darle una de esas horas a tu Dios?

     No temáis que Él no va a quitaros nada. ¡Si os está llamando para daros! Para regalaros bendiciones, gracias, para que tengáis frutos.

     ¡Si os quiere daros protección y amor! Para cambiar tu corazón.

     Tu hora santa no sólo te cambia a ti, hermano adorador, también cambia al mundo.

     El tiempo que tú tomas para estar con Jesús es bendecido por Él de tal modo que multiplica tu ofrenda en una abundancia de gracias como multiplicó aquellos pocos panes en tantos que quitó el hambre de muchos.

     Tu adoración llegará como bendición no sólo a los tuyos sino a quien más necesita de su misericordia.

     La ventaja de tener adoración perpetua es que se hace fácil encontrar una hora una vez a la semana para estar con Jesús.

 

     Por boca de Isaías, Dios llama a su pueblo a despertar, a salir del sopor y de la falsa y letal comodidad porque “la gloria del Señor amanece sobre ti”. Éste es un llamado especial para adorar en horas de la tarda noche.

     Los que adoran durante esas horas de la madrugada son los centinelas de la aurora que verán el amanecer de la gloria del Señor, que harán despuntar el nuevo día que todos esperan.

     Por vuestro generoso sí la iglesia estará siempre abierta. Y el Señor, a quien no se puede superar en generosidad sabrá cómo recompensaros.

¡Vayamos a adorarlo!

P. Justo Antonio Lofeudo


1° de enero: Solemnidad de Santa María, Madre de Dios

        
El año comienza en el nombre de María, Madre de Dios. Ya a los inicios del cristianismo, tan temprano como el siglo II, se llamaba a la Virgen, Madre de Dios. Madre de Dios, el mayor título que la Iglesia haya podido dar a la Santísima Virgen, reconoce su dignidad única y al mismo tiempo que su Hijo es Dios. Sin embargo, antes como ahora hubo quienes le han negado el reconocimiento de su maternidad divina porque no podían ni pueden concebir que una creatura pueda ser madre de Dios. No pueden aceptar, en definitiva, el misterio de Dios que se hace pequeño y uno de nosotros.

Nestorio, en el siglo V, decía que la Virgen no era Madre de Dios sino Madre de Cristo, porque él pensaba, erróneamente, que en Jesús había dos personas: una divina y otra humana, como si se tratase de un desdoblamiento en dos sujetos en un mismo cuerpo. Una sola es la persona de Cristo y ésta es la divina que asume la humanidad en la Virgen. La persona del Salvador es la del Verbo y, como lo proclama san Juan en el prólogo de su Evangelio, es eterno, existe desde el principio junto al Padre y es Dios. María es madre de la persona de Cristo, esto significa de Dios, en tanto la persona de Cristo es la persona de Dios. El mismo Concilio de Éfeso del 431, que condena el nestorianismo como herejía y confiesa que en Cristo hay una sola persona y dos naturalezas, humana y divina, es el que confirma el título de Madre de Dios, ya que una verdad de fe es consecuencia de la otra.

 

La Iglesia comienza su año litúrgico en el Adviento donde la figura de la Virgen es esencial porque por Ella nos ha venido el Salvador y porque el primer adviento, en cuanto espera del Señor que viene, fue todo de Ella. La misma Iglesia ha querido que el año civil se inicie honrando a María como Madre de Dios, porque en María está lo nuevo, es la Mujer nueva, la nueva creatura que pone de manifiesto la voluntad de Dios de hacer nuevas todas las cosas. Un año comienza, un tiempo se abre al futuro como, en la plenitud de los tiempos, se abrió la era mesiánica en la Santísima Virgen, creada inmaculada, predestinada a ser al Madre de Aquél que hará nuevas todas las cosas.

Cuando nos adentramos en el misterio de esta Mujer elegida desde la eternidad por Dios nos damos cuenta que cuanto más honramos a la Madre más glorificado es el Hijo.

 

Madre de Dios no es tan sólo un título, por más que sea el de mayor dignidad para la Virgen Madre, sino que confiere a María una misión: la de llevar a Jesús entre los hombres, hacer de él el Emmanuel, el Dios con nosotros. María nos trae a Jesús porque Dios quiere acercarse, hacerse muy próximo a nosotros, alcanzable.

Podríamos decir que María hace de nosotros, de nuestra raza humana, familiares de Dios.

El Evangelio de hoy nos relata que los pastores encuentran a María y al Niño Jesús, se postran y lo adoran. En este Niño se oculta corporalmente la plenitud de la divinidad. Dios se oculta y, como diría nuestro Papa, ¡qué escondite ha encontrado!

Se oculta Dios en el seno de una madre primero, luego en un niño, en un pesebre. Parece ser la máxima contradicción imaginable respecto a la omnipotencia y al cielo, y por esto aquellos doctos escribas- los teólogos de su tiempo- no logran hallarlo. Porque no lo buscaban con la luz del Espíritu que viene de la oración humilde y de la adoración. Dios se oculta. No nos obliga a reconocerlo por la gloria de su majestad ni con su poder nos hace caer de rodillas para adorarlo.

Pero, a nosotros la Iglesia nos anuncia, como a los pastores le anuncia el ángel, que este niño es Dios. Ellos, los pastores, fueron corriendo a Belén para ir a adorar al niño que acababa de nacer. También nosotros somos invitados a ponernos deprisa en camino para encontrar a la Madre con el niño, conociendo, además, que todo encuentro con la Virgen Madre de Dios es un encuentro con el Hijo.

Para encontrarnos debemos movernos, apresurarnos en la búsqueda de la gracia y movernos en el sentido de la conversión. Desde siempre la Santísima Virgen ha sido el mayor instrumento de conversión que ha tenido el hombre. Decíamos que ya desde el comienzo del cristianismo fue honrada como Madre de Dios, y esto también es verdad en el Nuevo Continente Americano, donde por obra del mayor prodigio que Dios hizo para que su Madre fuera honrada, los indios supieron que aquella Mujer que los había visitado en el Tepeyac y cuya imagen había dejado impresa en una tilma, era la Madre de Dios. Y millones fueron corriendo hasta Ella para alcanzar a su Hijo, el Salvador. A este Dios que salva y que es tan grande como para poder hacerse pequeño, tan poderoso como para hacerse inerme, vulnerable, tierno y así no le temamos y lo amemos, que es tan bueno que renuncia a su condición divina para descender al pesebre y podamos nosotros encontrarlo en brazos de su Madre. En esta Madre Dios está mostrando su cercanía, sus cuidados amorosos hacia nosotros así como muestra en el Niño la gloria de su amor.

Del mismo modo ocurre con la Eucaristía, se oculta el Señor, se hace pequeño, indefenso, renuncia a su esplendor, desciende hasta nosotros, se vuelve frágil, vulnerable, necesitado de nuestros cuidados y de nuestro amor. Y María, que siempre nos lleva a Jesús, se vuelve entonces Madre de la Eucaristía. Ella nos lleva a descubrir el estupor del Dios con nosotros y a meditar en nuestro corazón lo que Ella contempló y vivió: Dios hecho pequeño y lleno de amor por nosotros para que lo adoremos, ahora en el Santísimo Sacramento. Para que encontremos al Mesías y a su don: la paz.

El Santo Padre Benedicto XVI ha dicho que entre los cristianos la palabra paz asumió un significado especial: se volvió un nombre para designar a la Eucaristía. En ella –decía el Papa- está presente la paz de Cristo. En todos los lugares donde se celebra la Eucaristía una red de paz se expande sobre todo el mundo. Las comunidades recogidas en torno a la Eucaristía constituyen un reino de paz vasto como el mundo (Homilía de la Misa de Navidad de medianoche).

María también es Madre y Reina de la Paz. La paz que sólo viene de Dios se recibe en la Eucaristía, en oración y por la oración.

 

         En este año que comenzamos bajo el signo de la Madre de Dios, honrándola la saludamos:

Te saludamos, llena de gracia, el Señor está contigo.

Tú eres bienaventurada, tú has creído a la palabra del Ángel.

Tú te has proclamado salvada porque Dios te privilegió eligiéndote Madre de su Hijo, no permitiendo que el mal fuese en ti. Ningún mal, ni la mínima traza de mal.

Tú eres llamada la Nueva Eva pero eres mucho más grande que Eva antes del pecado.

Tú eres toda bella e inocente. Sí, toda bella eres tú, María.

Eres única, virgen y madre porque eres pura, absolutamente pura. Fuiste concebida sin la mancha con la que todos nacemos porque la Sangre de tu Cordero, Divina Pastora, selló tu carne y tu alma antes que tú nacieras. Porque aquella sangre sería tu misma sangre y sobre ti, Morada del Altísimo, el Todopoderoso extendería su sombra y el Espíritu Santo engendraría la carne asumida del Verbo.

Dios te eligió y predestinó entre todas las mujeres de todos los tiempos porque quiso que el Salvador fuese hijo del hombre.

Nacida para ser toda de Dios, Madre de Dios. Nacida para dar aquel sí tuyo indisoluble, permanente, perenne. Aquel sí dado en la más pura libertad no condicionada por mácula alguna. Aquel sí mantenido y renovado en cada prueba y por toda la vida. Aquel sí que te convirtió en Madre del Hijo del Altísimo, del Rey cuyo reino no tendrá fin. Aquel sí que al pie de la cruz te dio a todos los hombres como hijos tuyos.

Tú, María, revestida de la gloria de Dios, que brillas con la luz de Cristo, coronada de doce estrellas, Reina de Sión y Madre de la Iglesia, eres aquella misma mujer anunciada desde antiguo que aplasta la cabeza a la serpiente.

Tú eres Reina del Reino sin fin de tu Hijo.

Tú eres Reina porque te hiciste sierva del Señor.

Tu sí y tu silencio dieron y siempre dan espacio a la Palabra. Tu silencio está colmado de oración y de amor.

Nadie más alto que tú. Tú eres Inmaculada, llena de gracia, tú eres Madre, Virgen Bella, Madre de Dios, y nosotros pecadores hijos tuyos te honramos y damos gloria junto a tu Hijo que es Dios. Y honrándote rendimos gloria y damos gracias a Dios que te creó y te hizo Inmaculada, Hija predilecta, Virgen, Madre, Reina.

 

Nos confiamos a la Santísima Virgen abandonándonos a su amor maternal, para que nos guíe en el camino de la vida hacia su Hijo, nuestro Señor, para que nos cobije bajo su Manto protegiéndonos de todo mal y para que en los momentos de sufrimiento, de dolor, de incomprensión, nos consuele. 

¡Feliz y santo 2007, junto a la Madre de Dios en Jesucristo nuestro Señor!

P. Justo Antonio Lofeudo


Festividad de la Sagrada Familia - Año C

 

            Debemos alzar la mirada para contemplar a la Sagrada Familia porque esa familia es santa, muy santa, santísima. Dios nos dice “sed santos porque Yo soy santo”. La Sagrada Familia fue una familia humana y lo fue totalmente, en sus vicisitudes, en sus problemas, en sus tareas, en los sinsabores y en las alegrías. La Sagrada Familia es modelo de lo que más aprecia Dios: el amor, la humildad, la obediencia, la sencillez, la autenticidad de la verdad, la unidad y centralidad en Dios. María hacía lo de todas las mujeres hebreas de su tiempo aunque no era como las demás, ya que no ha sido como ninguna otra mujer ni lo será, porque en ella habitaba la plenitud de la gracia, era la Inmaculada. Por hacer y ser en el hacer, lo que todas las demás no siéndolo, su humildad es sublime. José era un varón de una integridad superior, que si Jesús elogió a Natanael, qué elogio no cabría para aquel a quien el mismo Padre Eterno había escogido para su Hijo. El hijo es Dios. Dios, pero también verdadero hombre. Esa presencia única del Señor en esta familia, también única, santifica ese hogar y al mismo tiempo santifica todos los hogares que busquen imitarlo.

            Esta familia pese a ser única, la más santa de todas y donde Dios tiene puesta no sólo su mirada sino su propia persona, no carece de problemas. Por lo contrario, los tiene más que ninguna otra. Sufre el rechazo desde el comienzo, debe emigrar a un país, a un medio muy probablemente hostil, por la persecución y amenazas de muerte. Padecerá fatigas, incomprensiones, pobreza. A pesar de todo, el núcleo de la familia, lo que llamamos hogar, permanecerá inexpugnable y refugio de todos ellos. En la intimidad del hogar, cuyo fuego mantiene la Virgen y protege José, se restañan las heridas que vienen de afuera y se encuentra refugio y protección.

            La Sagrada Familia tiene a José por cabeza y a María por corazón. Dios está en el centro y en torno a Él se consolida su unidad. El amor entre ellos es santo y grandes son el respeto, el servicio, la comprensión y las virtudes. Todos están dispuestos a conocer la voluntad de Dios sobre sus vidas y a cumplirla. La religión se vive intensamente en su espíritu y en el sometimiento a las prescripciones.

            Pese a los escasos recursos, todos los años, nos indica la Escritura, subían para la Pascua a Jerusalén. Ignoramos si para otras fiestas importantes también lo hacían. Recorrían el largo camino, peregrinos a la ciudad santa, cantando, como los demás peregrinos, los salmos del camino. “¡Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la Casa del Señor! Ya están pisando nuestros pies, tus umbrales Jerusalén”.

            Marcha gozosa a Jerusalén, en caravana, junto a parientes y amigos de Nazaret.

            Pero esta familia, igual en lo exterior a las demás, guarda en ella el secreto de Dios, de su Hijo en aquel Jesús de 12 años. Detengámonos aquí: contemplando el misterio de Dios en este niño. Éste es un misterio para sus mismos padres, María y José. Un misterio que no terminan de aferrar (lo vemos en el episodio que nos acaba de narrar el Evangelio), porque es un misterio abismal, infinito. Tampoco nosotros podemos agotar ni siquiera aferrar el misterio, apenas lo rozamos con la fe. Es el mismo de la presencia real del Señor en la Eucaristía. Creemos en su presencia y lo adoramos en el Santísimo Sacramento, penetrando ese misterio que celebramos hasta donde el Espíritu, en cada adoración, nos lo va revelando.

            Como María y José en Belén, en el silencio de nuestro corazón adoramos al Niño, ellos en el pesebre, nosotros en la custodia. Como ellos debemos nosotros crecer en el conocimiento de Dios y en la fe. Ellos en Jerusalén, nosotros aquí donde el Señor se encuentra, en la Eucaristía. María y José lo encontraron en el templo, ocupándose de las cosas de su Padre. Cuando adoramos al Santísimo Sacramento, que es Jesucristo en su gloria, estamos adorando a Dios Trino y Uno. Y somos nosotros los que ocupándonos de las cosas de Dios, crecemos espiritualmente, en sabiduría y en gracia.

            El hombre es más grande y se hace más sabio cuando se arrodilla en adoración frente a Dios.

            La fe ilumina la razón y todo se vuelve más claro. El Espíritu ilumina la Palabra de Dios y la Palabra habla, ¡está viva!

 

            Dios quiere de nosotros la adoración. Jesús mismo nos invita a adorarlo. A santa Margarita María de Alacoque le decía que tenía una sed infinita de amor y de adoración. Es Él quien nos dice “Venid a Mí”.

            El Señor quiere que todos se acerquen a Él y que la iglesia tenga las puertas siempre abiertas, para que quien quiera que sea, a la hora que sea, en cualquier día, pueda encontrar a su Salvador.

            El Señor os invita: “Venid a Mí”. Venid al Señor que se deja encontrar por todo el que le busca de corazón. El adorador es aquel que lo ha encontrado y que en cada adoración vuelve a encontrar su tesoro, porque la Eucaristía es el tesoro de la Iglesia.

            Es aquel que da testimonio de su fe y de su amor por Jesús reconociéndolo su Dios y Salvador. Que paga con su amor el amor de Aquel que dio su vida por él.

 

            Adorar es contemplar el misterio del Emmanuel, del Dios que nos ama con amor eterno, y que se queda con nosotros como alimento de vida eterna. De Dios que nos da de beber la Sangre de su humanidad, derramada por nosotros, por nuestra redención y justificación.

 

            La familia que reza, que adora junta, permanece unida y protegida.

            Los que están divididos encuentran protección y unidad en la adoración.

            Cada adorador, que con su hora semanal contribuye a la adoración perpetua, es decir, a que la iglesia permanezca siempre abierta, día y noche, permite que otros alejados puedan tener el encuentro con Jesucristo que los salve. Cada adorador se vuelve testigo del Resucitado, testigo de su presencia constante y cercana entre nosotros, testigo de nuestra fe, de la fe que profesa “que Él esta ya aquí” y “que ha de venir” y da testimonio de amor hacia Dios.

            Cada uno de estos adoradores se convierte, en el silencio elocuente de la adoración, en verdadero profeta de la Eucaristía que a todos anuncia:

“Dios existe, Dios está aquí en medio nuestro y por eso estoy adorándolo. Dios está con nosotros y por nosotros. Éste es tu Dios, el Dios que buscas, el que te sana y te salva!”.   Este es Dios que te ha de proteger a ti, a tu familia. Es el que quiere habitar en tu casa.

            Sin adoración, decía el Santo Padre Benedicto XVI, no hay transformación en el mundo. La adoración no es un lujo –agregaba- sino una prioridad.

            Os invito, el Señor os invita: Venid a Mí a participar de esta corriente de gracia. ¡Gustad y ved qué bueno es el Señor!

 

P. Justo Antonio Lofeudo


Homilía de la Festividad de la Sagrada Familia

(ver también en Recopilación de Prédicas: Sagrada Famila de Jesús, María y José)

Meditación breve para Navidad

          Es Navidad. Estamos ante el pesebre. Entremos en punta de pie. Si no fuera que aquí, en esta gruta, estamos ante el acontecimiento sublime de nuestra salvación, de la salvación de todos los hombres que busquen ser salvados, nos sentiríamos intrusos. Pero, no. Esta luz que nos ha traído hasta aquí es diferente a las otras, es la luz del Evangelio:  de la más bella y feliz noticia que llena de estupor hasta a los mismo ángeles. Un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado, es el Mesías, el Señor.

          Nos inclinamos, nos arrodillamos. Todo es silencio, pero no como los silencios de la más excelsa de las sinfonías. Éste es el silencio en el que Dios habla de su amor inaudito.   Este silencio es distinto, viene del Cielo. Y esta noche tiene algo que la hace única: es santa. La noche es diáfana, de cristal, han desaparecido las tinieblas. El espacio es otro, el del cielo en su infinitud metido en esta gruta que se dilata hasta alcanzar todos los espacios del cosmos y todos los tiempos.

          Se ensancha nuestro corazón y nos sentimos otros, pobres y santos, aunque no lo seamos, porque este Niño purifica con su mirada y su sonrisa. Este niño envuelto en pañales, entre pajas, es Dios que sonríe, nos sonríe. Dios que para alcanzarnos se ha vuelto niño y pobre.

          El establo no huele a heno ni a animales sino al perfume del Edén recuperado. 
          La Madre abraza al Niño y al hacerlo sentimos que también nos abraza a cada uno de nosotros. Y nos presenta al Niño para que nos bendiga. José está de pie, atento en su recogimiento que tiene algo también de vigilante protección, y contempla el misterio de la grandeza de Dios que se hace pequeño, uno de nosotros, uno que está bajo su cuidado paternal.

          Y José adora al Niño, como María, como los pastores, como todos nosotros en esta noche que no es como las demás noches, en Belén de Judá. Porque esta noche es Navidad!

 

P. Justo Antonio Lofeudo


ADVIENTO 2006

4to. DOMINGO de ADVIENTO - Año C

            Estamos a las puertas de la Navidad. Finaliza el tiempo de Adviento. Termina la espera y viene Quien está ya aquí. No se trata de un juego de palabras sino de un misterio, porque el que esperamos es el mismo de quien celebramos su venida y que ya está aquí en medio de nosotros. Ocurre como con María, para quien próxima al parto finalizaba la espera de quien, sin embargo, ya estaba en Ella de un modo único y más íntimo, que siendo Él Dios y Ella creatura, la unidad no podía ser mayor ni más perfecta.

Adviento significa presencia, lo hemos dicho ya, puesto que Adviento es la traducción latina de Parusía.

Este último domingo tiene a la Santísima Virgen como la figura principal en la espera del inminente nacimiento del Redentor.

         María es la Mujer del Adviento por antonomasia, de la espera y de la presencia única de Dios en Ella. El Hijo que nacerá de María, antes de ser el Emmanuel, el Dios con nosotros, es el Dios en Ella, Virgen y Madre.

Así como no es posible comparar toda la espera de Israel y de todos sus profetas con la espera de la Virgen, no sólo la del Adviento sino la antes de la Encarnación del Verbo, porque Ella es la Inmaculada, tampoco es posible comparar la presencia de Yahvé en medio de su pueblo con la presencia de Dios en María, a quien “el Espíritu Santo vino sobre ella, el poder del Altísimo la cubre con su sombra” y el que engendra en la carne es el Hijo de Dios.

 

La luz que viene al mundo se había hecho anunciar a la Virgen, encontrando la aceptación en la más estrecha unión que creatura alguna pudo haber tenido y pueda tener con su Creador y Señor. María no acuerda simplemente su voluntad con la de Dios, no hace una nueva alianza sino que ella misma forma parte del misterio de salvación en un modo más profundo y perfecto.

¿Quién osará separar la Madre del Hijo?

Isaías, Jeremías y todos los profetas que habían anunciado la venida del Mesías habían callado las circunstancias precisas que lo generarían. En la lectura del profeta Miqueas, que es la que corresponde a este domingo, leemos “la madre que dé a luz”, en otras traducciones se lee: “cuando dé a luz la que tiene que parir”. Tanto en Mi 5:2 como en Isaías 7:14 se alude veladamente a la Madre del Mesías siendo, implícitamente, ella misma un signo extraordinario. En la Septuaginta, la Biblia de los Setenta, traducción del Antiguo Testamento del hebreo al griego para los judíos de la Diáspora, se interpreta la críptica alusión como que se trata de una maternidad virginal.

 

El Evangelio de este último domingo de Adviento es el de la visita de María a Isabel. Nos muestra a la Virgen yendo de prisa a la montaña.

Según san Ambrosio: “Desde que lo supo (alude al Anuncio que le acababa de hacer el Ángel), María, no por falta de fe en la profecía, no por incertidumbre respecto al anuncio, no por duda acerca del ejemplo indicado por el ángel, sino por el regocijo de su deseo, como quien cumple un piadoso deber, presurosa por el gozo, se dirigió a las montañas”. A María la mueve el gozo, el amor y la fe inconmensurables en Dios que ha hecho en ella maravillas.

Por esta visita el Señor se manifestará en lo oculto.

El Espíritu Santo que está sobre la llena de gracia se efunde sobre los visitados: Isabel y el niño que lleva en sus entrañas.

Apenas escucha Isabel el saludo de la Virgen –y sin mediar ninguna otra palabra por parte de María- se llena del Espíritu. Ha sido sólo el saludo de paz que pronunció la llena de gracia para que el Espíritu Santo se efunda e Isabel profetice y el niño brinque de gozo.

“¿Quién soy yo para que la Madre de mi Señor venga hasta mí?”

“¡Bendita tú entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!”

“¡Dichosa tú por haber creído…!”

Isabel grita, a voz en cuello, la verdad que Dios clama en ella: María es la Madre de su Señor, es la Mujer llena de Dios y pletórica de fe.

El Espíritu Santo revela la presencia de Cristo oculto en María. Cuando en nosotros vive el Espíritu, descubrimos también a Jesucristo en el velo de la Eucaristía.

Dejémonos visitar por María. Aceptemos su saludo de paz para que el Espíritu Santo venga a nosotros con poder. Invoquémoslo, para que podamos brincar de gozo ante la presencia del Señor en el Santísimo Sacramento.

Es el Espíritu Santo que hace de nosotros adoradores.

El Padre busca esos adoradores en espíritu y verdad. En verdad porque Jesús, el Señor, está verdaderamente presente en toda su humanidad y toda su divinidad en el Santísimo Sacramento.

Por la fe –que nos es dada por el Espíritu- reconocemos su presencia y como Dios, que es, lo adoramos.

Esa es la voluntad del Padre: que el Hijo sea adorado.. ¡siempre! En cada Padrenuestro le rogamos al Padre: “… que se haga tu voluntad”, es decir, que estamos dispuestos a aceptar su voluntad divina y perfecta en nuestras vidas. Y agregamos: “así en la tierra como en el Cielo”.

Pues, la voluntad del Padre es que el Hijo sea honrado y adorado en la tierra como lo es en el Cielo: sin interrupción. En el libro del Apocalipsis se nos revela que el Cordero (Jesucristo) es honrado, alabado día y noche. Es decir, que se lo adora siempre. Esto, queridos hermanos, en la tierra se llama adoración eucarística perpetua.

El que pasa una hora con el Señor en adoración, es aquel que valora su tiempo dándole un valor infinito, un valor de eternidad, transformando los minutos en gracias, bendiciones, protección, amistad.

El que adora es dichoso por haber creído, es bendito entre todos, es el hombre nuevo, que podrá cantar el canto nuevo de alabanzas a su Dios.

 

P. Justo Antonio Lofeudo


Cómo entrar en el sentido profundo de la Navidad, según el predicador del Papa
Comentario del padre Raniero Cantalamessa, ofmcap., a la liturgia del próximo domingo

ROMA, jueves, 21 diciembre 2006 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa, ofmcap. -predicador de la Casa Pontificia- a la liturgia del próximo domingo, IV de Adviento.


Ha mirado la humildad de su sierva

IV Domingo de Adviento (ciclo C)
Miqueas 5, 2-5; Hebreos 10, 5-10; Lucas 1, 39-48a


          El último domingo de Adviento es el que debe preparar inmediatamente a la Navidad. Las compras ya deberían estar hechas, y tal vez estamos un poco más disponibles para pensar también en el sentido religioso de la fiesta. El Evangelio es el de la Visitación de María a Isabel, que finaliza con el Magnificat: «Proclama mi alma la grandeza del Señor y se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador, porque ha mirado la humildad de su sierva»

          Con el Magnificat María nos ayuda a captar un aspecto importante del misterio navideño sobre el que desearía insistir: la Navidad como fiesta de los humildes y como rescate de los pobres. Dice: «Ha derribado del trono a los poderosos y ha enaltecido a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos». En el mundo de hoy se van perfilando dos nuevas clases sociales, que ya no son las mismas que se consideraban en el pasado, esto es, propietarios y proletarios. Son más bien, por un lado, la sociedad cosmopolita que sabe inglés, que se mueve a sus anchas por los aeropuertos del mundo, que sabe utilizar el ordenador y «navega» por Internet; para la cual la tierra es ya «la aldea global»; por otro, la gran masa de aquellos que apenas han salido de su pueblo natal y tienen un acceso limitado o sólo indirecto a los grandes medios de comunicación social. Hoy son estos, respectivamente, los nuevos «poderosos» y los nuevos «humildes».

          María nos ayuda a volver a poner las cosas en su sitio y a no dejarnos engañar. Nos dice que frecuentemente los valores más profundos se esconden entre los humildes; que los acontecimientos que más inciden en la historia (como el nacimiento de Jesús) suceden en medio de ellos, no sobre los grandes escenarios del mundo. Belén era «la aldea más pequeña de Judá», dice la primera lectura del día; sin embargo, fue en ella en la que nació el Mesías. Grandes escritores, como Manzoni y Dostoiewski, han inmortalizado en sus obras los valores y las historias de la «gente pobre».

          La «opción preferencial» de los pobres es algo que hizo Dios mucho antes del Concilio Vaticano II. La Escritura dice que «el Señor es excelso, pero se fija en el humilde» (Sal 138, 6); que «resiste a los soberbios, pero concede su favor a los humildes» (1 P 5, 5). A lo largo de toda la revelación se nos muestra como un Dios que se inclina sobre los pobres, los afligidos, los abandonados y aquellos que no son nada a los ojos del mundo. Todo esto contiene una lección actualísima. Nuestra tentación, en efecto, es la de hacer exactamente lo contrario de lo que hizo Dios: querer mirar a quien está arriba, no a quien está abajo; a quien le va bien, no a quien se encuentra en necesidad.

          No podemos contentarnos con recordar que Dios orienta su mirada hacia los humildes. Debemos hacernos nosotros mismos pequeños, humildes, al menos de corazón. La Basílica de la Natividad en Belén sólo tiene una puerta de entrada, y es tan baja que no se puede pasar por ella más que inclinándose profundamente. Hay quien dice que fue construida así para impedir que los beduinos entraran a grupa de sus camellos. Pero la explicación que siempre se ha dado (y que contiene, en cualquier caso, una profunda verdad espiritual) es otra. Esa puerta debía recordar a los peregrinos que para penetrar en el significado profundo de la Navidad hay que abajarse y hacerse pequeños.

          En los próximos días oiremos cantar muchas veces la antigua melodía Tu scendi dalle stelle, o re del cielo... [popular italiano compuesto por san Alfonso María de Ligorio: «Desciendes de las estrellas, oh rey del cielo». Ndt.]. Y si Dios descendió «de las estrellas», ¿no deberíamos nosotros bajar de nuestros pequeños pedestales de superioridad y de dominio, para vivir como hermanos reconciliados entre nosotros? También tenemos que bajar de nuestros «camellos» para entrar en la gruta de Belén...

[Traducción del italiano realizada por Zenit]
ZS06122201

Necesitamos volver a sorprendernos por un Dios que elige la periferia
Buenos Aires, 22 Dic. 06 (AICA) 

          El arzobispo de Buenos Aires, cardenal Jorge Mario Bergoglio S.J., emitió un mensaje de Navidad en el que se refirió al acontecimiento del nacimiento de Cristo y, en particular, al pesebre. El purpurado porteño sostuvo que a pesar de revivirlo cada año, "necesitamos volver a sorprendernos por un Dios que elige ‘la periferia’ de la ciudad de Belén y la ‘periferia existencial’ de los pobres y marginados del pueblo de ese momento para manifestarse al mundo". Tras señalar que Dios "escoge lo pequeño para confundir a los fuertes", afirmó que está "al alcance de todos los que se dejan desinstalar por la pedagogía del pesebre y acogerla como camino transformador de vida". Texto completo del mensaje


 

3er. DOMINGO de ADVIENTO - Año C

          La nota principal de este 3er. Domingo de Adviento es la alegría. El gozo de saber que el Señor vino -y por eso festejaremos pronto la Navidad- y que ha de venir, pero también la alegría inmensa de que ya está aquí.

          Cada una de estas presencias tiene una modalidad diferente pero todas ellas son igualmente presencias reales no virtuales.

          En la primera vino el Señor, Dios eterno, en la carne por medio de la Virgen María. El Arcángel, emisario del Altísimo, indicó a la Virgen que su nombre sería Jesús.

          En Jesús de Nazaret, Hijo de Dios, si bien fue manifiesta su humanidad, no lo fue, en cambio, su divinidad que quedó oculta para todos.

          Sólo la Santísima Virgen y san José supieron de su naturaleza divina y meditaron durante todas sus vidas el misterio inefable del Verbo hecho carne que habitaba en medio de ellos. Más aún, tuvieron que aprender a ser padres del hijo que al mismo tiempo era Hijo de Dios (Cfr 2:48ss).

          Lo advirtieron, en medio del estupor y del temor, sus más íntimos discípulos cuando se transfiguró delante de ellos, aunque tan grande fue el asombro que no pudieron penetrar tal divino misterio.

          Resucitado apareció a los suyos y a muchos en su cuerpo glorioso y partió para la gloria de los Cielos, donde está “sentado a la derecha del Padre”, es decir, que después de su Resurrección comparte su majestad con el Padre como Dios.

          Pero, antes prometió que se quedaría con nosotros hasta el fin del mundo y que habría de regresar en gloria y poder al final de los tiempos.

 

          De su primera venida dice el profeta Sofonías: “Regocíjate, alégrate hija de Sión… El Señor está en medio de ti… No temas, el Señor en medio de ti es un guerrero que salva”. Ieshuá, Dios que salva es su nombre.

          Este texto se refiere sobre todo a la Virgen. Hija de Sión que se regocija, y que lo manifiesta en su canto de alabanzas: el Magnificat porque “el Poderoso ha hecho obras grandes en mí” (Lc 1:49).

          La Virgen Madre exulta y nosotros con Ella preparándonos para celebrar al Señor que vino, en la Navidad.

          Como recordó en estos días el Santo Padre: “Navidad es el día en que Dios se ha dado a sí mismo a la humanidad y este don de sí se vuelve, por así decirlo, más perfecto en la Eucaristía” (encuentro con estudiantes en la Basílica Vaticana del 14 de diciembre, 2006).

          Por eso, la preparación para la Navidad llama a la adoración de Aquel Niño, junto a María y a José, presente en la Eucaristía.

 

          Jesucristo está en medio nuestro: en el pobre, en el abandonado, en el sufriente; en la asamblea que se reúne en su nombre; en su Palabra; en el sacerdote que celebra los Sagrados Misterios, y, por sobre todo, en la misma Sagrada Eucaristía.

          San Pablo en la carta a los filipenses escribe: “Estad siempre alegres en el Señor... El Señor está cerca”.

          Sí, está cerca de los que lo invocan, de todos lo que lo invocan de verdad (Cfr Slm 144). Está cerca y se deja encontrar. Está aquí en medio nuestro.

          Y este Señor que ya está aquí, quiere plantar su Morada en medio de nosotros. Quiere ser adorado día y noche sin interrupción. Quiere que todos se acerquen a Él y que la iglesia tenga las puertas siempre abiertas para que pueda Él derramar ingentes gracias sobre vosotros.

          A esto, queridos hermanos, somos llamados para ser instrumentos, seguramente pobres, de la gracia de Dios.

          Para que todos juntos podamos hacer realidad este proyecto de amor del Señor: que en la ciudad haya Adoración Eucarística Perpetua.

          Pero, y resulta obvio, para tener Adoración Perpetua del Santísimo necesitamos adoradores. Necesitamos personas que estén dispuestas a ofrecer una hora por semana al Señor, para que Él transforme esa hora en gracias, bendiciones, protección y amistad.

          El Señor os invita: “Venid a Mí”. Venid al Señor que se deja encontrar por todo el que le busca de corazón.

          El adorador es aquél que lo ha encontrado y que en cada adoración vuelve a encontrar su tesoro, porque la Eucaristía es el tesoro de la Iglesia. El adorador es aquel que da testimonio de su fe y de su amor por Jesús reconociéndolo su Dios y Salvador. Es el que paga con su amor el amor de Aquél que dio su vida por todos. Es el que espera al Señor que ya está aquí pero que ha de venir, con la lámpara encendida de la adoración.

          Adorar es contemplar el misterio del Dios con nosotros y por nosotros, del Dios hecho pan, alimento de vida eterna. Contemplar el misterio de Dios que nos da de beber la bebida de salvación: la Sangre de su humanidad, derramada por nosotros, por nuestra redención y justificación.

          El Santo Padre nos ha invitado a hacer de este Adviento un tiempo de preparación espiritual a la venida de Jesús en la Navidad, tomando –de la Palabra de Dios y de la Eucaristía- la energía interior para recibir al Señor que viene.

          El hombre es más grande y se hace más sabio cuando se arrodilla en adoración frente a Dios.

          ¿Por qué nuestro Papa es un gran teólogo? 

          Porque es un hombre de oración. Porque ha meditado su teología delante del Santísimo Sacramento. De ese modo la fe ilumina la razón y todo se vuelve más claro. El Espíritu ilumina la Palabra de Dios y la Palabra habla, está viva! El teólogo, el sacerdote, el hombre que no reza encuentra oscuridad donde debería haber luz y hace de la Sagrada Escritura un cadáver a disecar.

          Hoy el mundo, todos nosotros, tenemos necesidad de escuchar la buena nueva de la misericordia de Dios, y de experimentar su amor, su protección.

          Cada adorador, que con su hora semanal, su Hora Santa, su cita de amor con el Señor, contribuye a la adoración perpetua, es decir, a que la iglesia permanezca siempre abierta, día y noche, se vuelve testigo del Resucitado, testigo de su presencia constante y cercana entre nosotros, testigo de nuestra fe, de la fe que profesa “que Él esta ya aquí” y “que ha de venir” y da testimonio de amor hacia Dios.

          Cada uno de estos adoradores se convierte, en el silencio elocuente de la adoración, en verdadero profeta -como Isaías, como Sofonías, como el Bautista- que da a los pobres la dichosa noticia.

          “Alégrate!”, le dice al mundo porque Dios viene hacia ti.

          Se convierte en profeta de la Eucaristía que a todos anuncia: “Dios existe, Dios está aquí en medio nuestro y por eso estoy adorándolo. Dios está con nosotros y por nosotros. Éste es tu Dios, el Dios que buscas, el que te sana y te salva!”.

 

          Sin adoración, decía el Santo Padre Benedicto XVI, no hay transformación en el mundo. La adoración no es un lujo –agregaba- sino una prioridad.

          Os invito, el Señor os invita: Venid a Mí. Venid a participar de esta corriente de gracia. Gustad y ved qué bueno es el Señor! (Slm 33:9; Cfr 1 Pedro 2:3).

 

P. Justo Antonio Lofeudo


2do. DOMINGO de ADVIENTO - Año C


          A través de las palabras del Evangelio estamos también nosotros siendo llamados a una conversión profunda, que es conocimiento de Dios a través de una experiencia viva de su presencia.

          No podemos conformarnos pensando “yo soy católico”, “soy bautizado”, “soy religioso”, “soy sacerdote”. Todos somos llamados a despertar y caminar hacia Dios, nadie puede permanecer donde está. El Dios que vino, que viene y que ya está con nosotros.

          El Bautista llamaba a preparar los caminos del Señor allanándolos. Tenemos nosotros que remover los obstáculos que impiden el paso de la gracia, de la fe y de la luz de la verdad. Apartarnos de los afanes de este mundo que pasa. Ésta es la ocasión para prepararnos para la Navidad, para que no sea como las demás sino distinta porque nosotros empezamos a ser distintos, mejores. Y también prepararnos para la vuelta de Cristo en gloria –que este es el sentido profundo del Adviento- con una vida santa.

          El pasado domingo, el Señor por medio de la Escritura, nos pedía y advertía que debíamos estar despiertos, no embotarnos, no entrar en ese letargo que es mortal para nuestra alma. No dejarnos deslumbrar y luego adormecer y ahogar por las cosas del mundo material.

          Debemos estar alerta, despiertos, orando y mirando hacia el Cielo no hacia abajo.

 

          El Bautista es el Precursor que prepara los corazones y el que señala la presencia del Redentor en Jesucristo a quien llama Cordero de Dios.

          También el sacerdote, después de la consagración, muestra la Eucaristía y dice: “Este es el Cordero de Dios”. Lo que está diciendo es que el mismo que señalaba el Bautista es el que ahora está presente en el Santísimo Sacramento. Y esto es un don enorme, inconmensurable, que viene del Corazón del Señor. La Eucaristía es el don del Corazón de Dios y el tesoro de la Iglesia. Cuando nosotros nos encontramos con la Eucaristía es con Jesús con quien nos encontramos, con nuestro Dios y Salvador, con nuestro amigo y nuestro Rey.

          Dispongámonos al encuentro con Aquel que es Dios Todopoderoso y al mismo tiempo nuestro Salvador misericordioso. Preparémonos para ese encuentro abajando las montañas del orgullo y la soberbia, de la indiferencia y el odio, de la rebeldía y el egoísmo y allanemos los caminos quitando el pecado de nuestras vidas y volviéndonos sencillos como niños, esos niños que entran en el Reino de los Cielos.

          Preparémonos alejándonos de todo aquello que embota nuestros sentidos y ahoga nuestros sentimientos de amor.

          Para encontrarnos con el Señor es también necesario salir del bullicio de lo cotidiano y hacer un espacio de silencio hasta que se acalle el ruido exterior y el rumor interior se apague y podamos entrar en el silencio de Dios, que es el desierto –como el Bautista- donde habla Dios al corazón.

          Vayamos ante el Señor donde el Señor está: en la Eucaristía.

          Adorémoslo porque merece toda adoración. Vayamos en busca del oasis donde reina la paz y se manifiesta el amor. Busquemos ese oasis.

          La Capilla de Adoración Eucarística Perpetua es el lugar del desierto en el que Dios nos habla, es el oasis del viandante peregrino y el espacio de silencio y de paz que anhelamos. Silencio y paz que vienen de la plena presencia del Señor.

          En la Eucaristía estamos ante una Presencia: la Presencia de la Persona Divina de Cristo. Por nuestra fe lo reconocemos, por nuestra fe y nuestro amor lo adoramos. Le rendimos el honor debido a su majestad, a su divinidad, a su Nombre. “Porque al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en el abismo y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor para la gloria de Dios Padre” (Flp 2: 10-11).

 

          Este es el don que Dios quiere daros. Quiere plantar su Morada, quiere que la iglesia esté abierta día y noche, para que quien quiera que sea, a la hora y día que sea, pueda encontrarlo, encontrar a su Salvador y Señor y pueda experimentar el misterio de su amor.

          Hay Adoración Eucarística Perpetua, que de ello se trata, cuando el Santísimo Sacramento está expuesto día y noche a la adoración de los fieles.

          Está claro, para tener Adoración Perpetua debemos tener adoradores que son los custodios de la Eucaristía, quienes quieren rendirle el mayor honor de la adoración y construir en torno al Señor una cadena ininterrumpida de amor. El que siempre haya alguien adorando al Santísimo, nos permite a nosotros estar seguros que todas las horas estén cubiertas porque si el Santísimo Sacramento está expuesto no puede nunca quedar solo.

          La Adoración Perpetua necesita de vosotros, pero me animo a deciros que vosotros tenéis aún más necesidad de la Adoración Perpetua porque en ella encontraréis respuestas a vuestras preguntas y a vuestras situaciones, bendiciones, gracias y protección para vosotros, para vuestras familias, para vuestra ciudad.

          El Señor os invita: “Venid a Mí”. Venid que Él se deja encontrar.

          El adorador es aquel que ha encontrado su tesoro.

          “Venid a Mí”, os repite. “Venid y veréis”, os dice como les dijo a los discípulos del Bautista cuando le preguntaron: “Maestro, ¿dónde vives?”. Esta es la invitación a hacer experiencia de Dios a tener un encuentro íntimo con Jesús.

          La Capilla de Adoración Perpetua es escuela de silencio y también escuela de oración. Por lo mismo es el espacio donde se crece espiritualmente. Es lugar propicio para el recogimiento y para el descanso en el camino. De rodillas frente al Santísimo se está despierto al Señor que está presente y, oh maravillosa paradoja, de pie ante el Señor que ha de venir.

          En la Capilla de Adoración Perpetua entramos en la amistad y en la intimidad de Dios. Cuando lo visitamos es al Amigo que visitamos y eso nos provoca una inmensa alegría. Y seguros estamos que también a Él.

          Como nos recuerda el Santo Padre Benedicto XVI, el Señor no quiere quitarnos nada, ni siquiera una hora, sino darnos, abrazarnos en su amor. Esa hora que damos se vuelve santa, es bendecida por el Señor y se mide no en minutos sino en gloria y eternidad.

          Él, que lo hizo todo y lo hace todo, sólo nos pide nuestra disponibilidad para encontrarnos y entablar amistad.

          La Capilla de Adoración Perpetua, queridos hermanos, es el faro de luz que ilumina al mundo en tinieblas, es la puerta siempre abierta al Cielo.

          No temáis. Abridle las puertas a Cristo, al Cristo que viene. Abrid las puertas de vuestro corazón para que las de la iglesia puedan estar siempre abiertas.

P. Justo Antonio Lofeudo


1er. DOMINGO de ADVIENTO - Año C

 

          Hoy damos inicio al Adviento. Éste es el tiempo en que evocamos al Dios que vino pero también al Dios que viene al hombre como hombre, sin dejar de ser Dios. Porque si ya vino en la humildad y en el escondimiento, ha de venir en poder y gloria, para juzgar a vivos y muertos.

          En verdad, esperamos al que ya está aquí... pero aún oculto. Más oculto que cuando vino por primera vez. Oculto para que lo descubramos por la fe, y por la fe y por el amor lo honremos... adorándolo.

          Es por nuestra fe y amor que quiere Dios hacer brillar la luz de su presencia en la noche del mundo. Y esa luz la enciende quien adora.

          La enciende dentro de sí porque la recibe de Aquél que es la Luz misma que ilumina a todo hombre. “Yo soy la luz del mundo, el que me siga no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8:12).

          Esta presencia (Adviento es traducción de Parusía que significa presencia) que adoramos en la Sagrada Eucaristía, es la del Hijo de Dios.

          La adoración debe ser nuestra relación connatural con Él, que es Dios. “Al Señor tu Dios adorarás y sólo a Él rendirás culto” (Mt 4:10).

 

          En la oración colecta pedíamos al Padre que reavive en nosotros el deseo de ir al encuentro con Cristo. Nosotros nos encontramos con Él en cada comunión, porque comulgar –como nos recuerda el Santo Padre Benedicto XVI- no es comer un simple trozo de pan. No, es un encuentro entre dos personas: entre mi persona y la Persona de Aquél que es mi Creador y mi Salvador. Por eso, a la comunión sigue la adoración, porque es un permanecer con Quien ya nos hemos encontrado.

          El Evangelio de hoy nos habla de la venida en la gloria de Jesucristo, nos habla de ese tiempo que la Iglesia –que no sabe ni el día ni la hora- espera y clama: “Ven Señor Jesús”. “Venga a nosotros tu Reino”, rezamos en cada Padrenuestro.

          Pero, lo sabemos porque el mismo Señor nos lo anticipa: antes la Iglesia deberá pasar por una gran prueba final y el mundo todo por una gran tribulación como nunca antes la hubo ni nunca más la habrá.

          El Señor advierte: “Tened cuidado de estar embotados”. “Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir y manteneros en pie ante el Hijo del hombre”.

          Pues, quien está de rodillas ante el Santísimo, en adoración, ese está despierto, ese estará de pie ante el Justo Juez y no temblará ante la conmoción cósmica y las persecuciones que vendrán.

 

          Sin adoración, decía el Santo Padre Benedicto XVI, no hay transformación en el mundo. La adoración no es un lujo –agregaba- sino una prioridad.

 

          Pues, queridos hermanos, vengo a hablaros de esta prioridad que es la adoración y la adoración perpetua.

          La Adoración Eucarística Perpetua es cuando el Smo. Sacramento está expuesto día y noche para que los fieles adoren sin interrupción.

          Y ésta es la respuesta en el tiempo para quien no deja de ser Dios y de amarnos de amor eterno.

          Es la respuesta agradecida para quien nos ha amado hasta dar su vida por nosotros sufriendo la Pasión y muriendo en la Cruz.

          Es la respuesta de fe y de amor de aquellos que deciden ser –así adorando sin cesar- testigos del Resucitado y quieren decirle al mundo: “Dios existe. Dios te ama. Dios está aquí. Éste es el Emmanuel, el Dios con nosotros.”

 

          Así, como comunidad adorante, formando una cadena de amor las 24 hs en torno a Jesús Eucaristía, le rendimos la mayor gloria debida a su Nombre, y le damos gracias por este don de su Corazón que es la Eucaristía, y también reparamos e intercedemos por el mundo que no lo conoce, que lo rechaza, que le es indiferente, que no lo ama, que lo desprecia se burla y ultraja.

 

          El Señor os invita a la adoración cuando dice: “Venid a Mí”. “Venid a Mí, vosotros que estáis agobiados, fatigados, que Yo os aliviaré.”

          Venid al Señor que se deja encontrar.

          El adorador es aquel que ha encontrado su tesoro.

          Este don que encontramos en cada Misa quiere extenderse a todos y estar presente en todo momento. Para que el encuentro con el Señor pueda ser posible a cualquier hora, en cualquier día para quienquiera que sea.

 

          El Señor os invita: “Venid”. El Señor, como a los discípulos del Bautista, os promete: “Veréis”. “Venid y veréis”. Haceos disponibles a la adoración para volveros esos adoradores que busca el Padre en espíritu y verdad, y veréis.

          Adorando entramos en su amistad. Toda amistad para ser tal debe ser cultivada. No podemos decirnos amigos de alguien a quien no visitamos, con quien no hablamos. Por eso, debemos visitar a nuestro amigo en el Santísimo Sacramento, y hablar con Él de corazón a corazón, en verdadera oración.

          La adoración perpetua tiene necesidad de vosotros, pero me atrevo a decir que vosotros tenéis aún más necesidad de la adoración perpetua, porque en ella encontraréis las respuestas a vuestros problemas, encontraréis la paz verdadera, a vuestro amigo, a vuestro Dios.

 

          La Capilla de Adoración Perpetua es escuela de silencio y por tanto de Palabra porque el silencio se vuelve escucha y Palabra. Es escuela de oración, de crecimiento espiritual, lugar de recogimiento, descanso en el camino, donde se descubre la belleza y la riqueza del encuentro con Dios, que llama no para quitaros nada sino para daros.

          Porque esa hora a la semana, que tú das, se mide no en minutos sino en gracias y en eternidad.

          La Capilla permite tener ese espacio para reflexionar, para “estar despiertos y no embotados”, como alerta el Señor en el Evangelio.

          Es el lugar para dejarse conducir por Dios hacia aguas tranquilas y para conseguir protección.

          Una Capilla de Adoración Perpetua es un faro de luz en la noche del mundo, una puerta siempre abierta hacia el Cielo.

          Pensad que por vuestro sí la iglesia estará siempre abierta. Imaginaos por un momento una iglesia siempre abierta para quienquiera que sea, a la hora y día que sea, pueda encontrarse con su Señor. Pueda encontrar consuelo, paz y la misma salvación.

 

          Escuchad nuevamente su invitación: “Venid a Mi, todos vosotros... y yo os aliviaré”. Y también escuchad esas otras palabras que están más allá del límite del tiempo: “Es que no habéis sido capaces de velar conmigo al menos una hora?”

 

P. Justo Antonio Lofeudo


Homilía de Pentecostés 2006

     ¿Cómo expresar quién es el Espíritu Santo? ¿Cómo tener una comprensión de él?

     Recurriendo a las Sagradas Escrituras y a la tradición vemos que a través del tiempo se han presentado símbolos representativos del Espíritu como el agua, el fuego, el viento, la paloma, la mano, el dedo y otros que de alguna manera ayudan a comprender algo de su misterio.

     El agua significa purificación, lavado, que son obras del Espíritu. También el agua posee un significado de vida, que hace posible la vida cuando es irrigada donde ha habido aridez. Es asimismo el agua que lava, que quita las manchas, es decir, es la acción santificante del Espíritu Santo. El agua sacia la sed. Análogamente, el Espíritu sacia la sed de infinito y de eternidad, la sed de felicidad y de paz que hay en el hombre.

     El fuego también indica purificación. El oro como todos los metales se purifica en el crisol donde es eliminada la escoria. El fuego se presta como figura porque además no es consistente, tangible e inflama, provee de calor, ilumina y devora convirtiendo todo a sí mismo.

     O bien el viento: que se lo oye pero no se lo ve, que no se sabe ni de dónde viene ni dónde va (Cf 3:8). Esa similitud la da el mismo Jesús en su diálogo con Nicodemo cuando le explica cómo es el hombre que ha nacido del Espíritu, cuál es la condición para ver el Reino de Dios y cómo actúa el Espíritu sobre esa persona.

     El Espíritu como el viento alivia, da respiro, refresca. El Espíritu Santo alivia, levanta al que está decaído, refresca el alma.

     Puede el viento ser suave brisa que acaricia, como la brisa en la que Elías descubrió la presencia de Dios en el Horeb (Cf 1 Re 19:13). Pero, a veces el viento irrumpe como ráfaga, como en Pentecostés y ocupa todo el espacio de la vida.

     La paloma en cambio evoca mansedumbre, pureza y es símbolo de paz, todos frutos del Espíritu.

     La mano, el dedo de Dios es otra imagen, pero ésta de Dios que obra por y en el Espíritu. Es la obra del Espíritu en la creación, en la Encarnación del Verbo, en los sacramentos.

 

     Más allá de los símbolos, que ayudan a la comprensión, sabemos que el Espíritu Santo es Persona, Señor, y que da la vida. Y que viene del Padre por el Hijo. Decimos en el Credo: “Procede del Padre y del Hijo”.

     Es el verdadero autor de la Sagrada Escritura, como nos recuerda la Dei Verbum.

     En el Antiguo Testamento, ha hablado por medio de los profetas. Es dador de dones, de carismas que son esos dones extraordinarios dados para la edificación de la Iglesia.

     El Espíritu Santo es Dios y nosotros lo adoramos y le rendimos honor y gloria.

 

     La Iglesia de Occidente ha interpretado al Espíritu Santo sobre todo como el Amor entre el Padre y el Hijo. La Iglesia de Oriente, en cambio, lo ha visto como el éxtasis de Dios: cada vez que Dios sale de sí mismo lo hace por el Espíritu Santo. Así es la presencia del Espíritu de Dios que aletea sobre el caos y la oscuridad al comienzo de la creación (Cf 1Gn 1:2) y es el Espíritu Santo que viene sobre María, virgen de Nazaret, y con su poder la cubre y engendra en la carne al Hijo de Dios (Cf Lc 1:35). El Espíritu Santo se efunde en Pentecostés en el comienzo de la Iglesia y obra en ella para hacer presente su divinidad en los sacramentos del Bautismo, de la Confirmación, de la Eucaristía, del orden sagrado.

     Sin embargo, ninguna de esas dos visiones o interpretaciones agota la comprensión de quién es el Espíritu Santo, mientras entre sí se complementan.

     El Espíritu Santo habita en nosotros por el bautismo aunque su llama pueda estar apagada, sofocada por la indiferencia y el pecado.

     Es el Espíritu Santo quien nos hace reconocer en Dios al Padre (Cf Rm 8:15; Gal 4:6), y a Jesús como Señor (Cf 1Cor 12:3)

     Dice santo Tomás de Aquino que su nombre propio es Don. Es el don mesiánico por excelencia. Y también lo llamamos, porque el Señor Jesús así lo menciona, Paráclito. Incluso Jesús habla del “otro” Paráclito. Paráclito del griego Paracletos, término que traducimos por Defensor, Abogado, Consolador.

 

     Pero, vayamos ahora a Jerusalén, al lugar donde la Iglesia recibe la fuerza de lo alto y de donde partirá su misión.

     Según el relato de los Hechos de los Apóstoles, era ya casi al término del día de Pentecostés cuando viene, improvisamente, una fuerte ráfaga de viento en la habitación donde estaba orando la Virgen María con todos los discípulos.

     El fuerte, potente viento llenó el cenáculo para luego esa presencia volverse fuego y como fuego colmar, no ya el lugar en el que estaban, sino la más profunda intimidad, los corazones, de todos ellos y llenarlos del Espíritu Santo. Y hablan, entonces, en lenguas para ellos desconocidas y todos los demás, que habían venido de cada rincón del mundo, los comprenden.

     Ellos hablan no para manifestar un fenómeno sino para anunciar la grandeza de Dios. Este pasaje nos recuerda una escena muy distinta pero en la cual también el Espíritu manifiesta la grandeza del Señor: es la de María cantando su Magnificat. “Proclama mi alma la grandeza del Señor. Goza mi espíritu en Dios, mi Salvador”, había podido decir a viva voz la Virgen porque era plena de Dios, encinta por obra del Espíritu.

 

     “Bendice al Señor, alma mía”, dice el Salmista.

     “Bendice al Señor, alma mía”, decimos nosotros cuando vivimos en el Espíritu y nos dejamos guiar por el Espíritu.

     Es cuando llegamos a conocer la paz verdadera, la verdadera alegría.

     Por el Espíritu aprendemos a ser pacientes, benévolos. Porque, como aconseja san Pablo, cuando nos dejamos guiar por el Espíritu Santo entonces hay bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí mismo.

     Esto es, sobre todo, el camino de la humildad y de la docilidad al Espíritu.

     Por el contrario, el soberbio está lleno de sí mismo, no del Espíritu. Habla siempre en primera persona singular.

     Dios rechaza al soberbio. Fue la soberbia la que alzó la torre en Babel. La torre, signo de quienes quieren elevarse a sí mismos dejando a Dios de lado. Babel es cuando el hombre se pone en lugar de Dios y no reconoce los límites que Dios ha puesto y que no puede sobrepasar. Ir más allá de esos límites significa perder la humanidad, la dignidad, la filiación y la amistad de Dios. Significa perderse a sí mismo.

     Se engaña trágicamente quien piensa que la libertad no está sujeta a nada y que es en sí misma un valor absoluto. Esa libertad, que en el fondo, pretende “liberarse” de Dios, de su Ley de amor termina con destrucción. Si la libertad no sirve al bien de todos, si no está anclada en el amor, si no hace unidad, entonces el fin es la ruina de la persona y de todos a quienes su ejercicio perjudicó.

     La libertad del Espíritu, la libertad de los hijos de Dios, es algo completamente diferente, porque en esa libertad todos los caminos tienen una sola dirección: la de la unidad del Espíritu. La soberbia, el egoísmo, el orgullo llevan a la rebelión y ésta a la confusión y la sociedad se vuelve Babel: los hombres viven incomunicados unos con otros. Viven en la confusión y en la triste soledad de la incomunicación porque han perdido la comunicación con Dios que es la oración, que es la comunión.

     Babel es la confusión moral de estos tiempos en que cierta llamada ciencia, cierta tecnología piensa que todo aquello que es posible imaginar y experimentar y hacer sea moralmente lícito.

Por ejemplo, pensemos en las inseminaciones artificiales, en la producción de embriones en laboratorio y además en la sucesiva implantación de esos embriones en casos moralmente detestables. A la atrocidad de la eliminación de embriones, que son personas humanas creadas por Dios se le agrega la inmoralidad de los fines. Es entonces cuando Babel se vuelve Sodoma. Cuando impera el espíritu de muerte.

     Jerusalén en Pentecostés es todo lo contrario, porque aún siendo todos diversos y hablando lenguas diferentes, todos se comprenden entre ellos porque Uno es el Espíritu.

     Cuando el Espíritu, Dios, llena el corazón hay amor, paz, alegría y hay claridad de principios. ¡Hay vida!

     Quien vive en el Espíritu sabe qué le agrada a Dios y qué lo ofende.

     Dice san Pablo: “todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (Rm 8:14).

     La Iglesia en Pentecostés habla la lengua del amor y habla de la grandeza de Dios y todos aprenden a ser uno con Dios y con los hermanos.

     Debemos recuperar el Espíritu de Pentecostés: el Espíritu de verdad que da testimonio de Cristo, que nos hace testigos de Cristo muerto y Resucitado. Y que nos hace ver la victoria del amor en la cruz de Cristo y hacer de cada cruz una victoria y no escándalo o necedad.

     Debemos pedir el Espíritu. “No sabemos –dice san Pablo- pedir como conviene”. Entonces, “el Espíritu viene en nuestra ayuda” (Cf Rm 8:26).

     No sabemos qué conviene pedir, pero sí sabemos a quién pedir. Nuestro Señor nos ha dicho que el Padre, que sabe darle cosas buenas a sus hijos, nos dará el Espíritu Santo si se lo pedimos. Y ¡lo tendremos todo!.

     Nosotros muchas veces pedimos sin conocer el bien de lo que pedimos y pedimos cosas sin pedir lo que es esencial: el Espíritu Santo (Cf Lc 11:13).

     Roguemos al Padre, por el Hijo Jesucristo que venga a nosotros el Santo Espíritu: ¡Ven Espíritu Santo! ¡Ven Espíritu Santo! ¡Ven Espíritu Santo!

P. Justo Antonio Lofeudo


6 de enero de 2006

Solemnidad de la Epifanía del Señor

 

Hoy celebramos la solemnidad de la Epifanía, es decir, la manifestación de Dios en Cristo Jesús a las naciones. Es hoy el día que recordamos la salvación ofrecida a los paganos, la llamada a la fe a todas las gentes.

El Evangelio nos presenta a los Magos. Habla de “algunos Magos venidos de Oriente”. A estos Magos, la pía tradición les dio el número de tres, seguramente porque tres eran los dones, los hizo reyes y hasta les dio un nombre a cada uno. Por cierto, todo esto basado en las antiguas profecías como las del salmo 71, que habla de los reyes de Tarsis y las islas, de Saba y de Seba que traerán regalos a ese otro rey prometido a Israel, el Mesías; o inspirados en Isaías sobre la Jerusalén mesiánica a la que vendrán en camellos y dromedarios de las partes más lejanas trayendo oro e incienso (Cfr Is 60).

Estos Magos, de quienes nos habla el Evangelio, siguen la luz porque buscan a  Aquél que es la Luz, y ante un signo enviado por Dios se ponen en camino. Poseen un conocimiento imperfecto y son atraídos por la luz que Dios pone frente a ellos para que puedan alcanzar la certeza de la verdad que resplandece, la verdadera sabiduría.

Son venidos de Oriente, dice la Escritura, tal vez de Persia o Babilonia. Es de notar que cuando los persas irrumpen en Palestina, en los primeros decenios del siglo VII, arrasando monasterios e iglesias, saqueando Jerusalén, de donde roban la Santa Cruz allí custodiada –más tarde recuperada por el Emperador bizantino Heraclio-, asesinando sacerdotes, monjes, monjas y población cristiana, al llegar a Belén se detienen frente a la Iglesia de la Natividad y la respetan al ver representada las figuras de los Magos venidos de Oriente, posibles seguidores de Zoroastro, a quienes consideran sus antepasados.

 

Junto a los Magos, aparecen en el Evangelio según San Mateo,  escribas y sumos sacerdotes. Estos personajes conocían muy bien dónde debía nacer el Mesías de Israel: en Belén de Judá. Conocían las profecías, aunque luego no serían capaces de reconocer a Aquél hacia quien estaban dirigidas todas esas profecías.

Parecería contradictorio que quienes debían reconocer la venida del Mesías no hayan podido hacerlo y en cambio quienes no conocían al Dios verdadero se hayan puesto en camino y lo hayan encontrado.

Tal aparente paradoja se resuelve cuando observamos las actitudes de unos y otros. 

El conocimiento de aquellos escribas y sumos sacerdotes era vacío porque era ciego, y ciego porque no habitaba en ellos la luz a la que con su orgullo e impiedad impedían entrar. Estaban llenos de ellos mismos, no de Dios. No servían al Altísimo al que no osaban nombrar sino que falsamente lo invocaban. Y vemos la actitud servil para con el poder en este pasaje del Evangelio en el que se ponen al servicio nada menos que del siniestro y cruel Herodes, para que pueda ubicar dónde había nacido el Mesías y así matarlo.

Aquellos escribas y sumos sacerdotes podían interpretar la Escritura, pero en lo accesorio, puesto que su orgullo, su falta de amor hacía que Dios les pusiese un velo sobre lo fundamental, sobre la misma razón de ser de la religión.

Todo esto no sólo es historia sino una seria advertencia a nosotros que lo tenemos todo pero que podemos también perderlo si no somos veraces, coherentes, fieles a nuestra fe, si nuestra piedad es hueca y no es sostenida y alimentada por el amor.

 

Y luego está el mismo Herodes que finge ante los Magos y pretende servirse de ellos para sus fines homicidas.

Cabría preguntarse quiénes son los Herodes de nuestros días. Herodes son los gobiernos que legitiman el aborto y hasta lo llaman eufemística y cínicamente “interrupción del embarazo”; son los gobiernos y organismos internacionales que quieren controlar la natalidad matando al niño por nacer; son los gobiernos insensibles a la niñez abandonada, a los niños de la calle; son los que permiten y hasta patrocinan la pedofilia; los que explotan, los que violan a los niños; los que les matan la inocencia y los usan en las guerras; los que los alejan de Dios inculcándoles violencia y perturbando sus imaginaciones con engaños de grandes poderes para dominar a los demás.

 

La Escritura nos presenta luego a María y al Niño. María, la Madre, es para nosotros, desde siempre, el signo de dónde encontrar al Dios encarnado, al Verbo hecho hombre. Sí, hecho hombre en ella por nosotros, para nuestra salvación. María nos presenta al verdadero Dios y verdadero hombre en su hijo Jesús.

Donde está presente la Santísima Virgen no hay lugar para las herejías. Lo hemos recordado una semana atrás, cuando celebrábamos a María, Santísima Madre de Dios. Ese título, reconocido por el Concilio de Éfeso (431), no estaba principalmente dirigido a la Virgen sino a Cristo. Ya desde el comienzo del mismo cristianismo aparecen las herejías. Herejes son quienes dicen que Cristo no es hombre verdadero sino celestial que ha tomado la apariencia humana, o quienes - como Arriano- dicen que no es Dios y que el Verbo es creatura. Están también aquellos que, como Nestorio, no admiten que la Virgen sea llamada Madre de Dios sino Madre de Cristo, como si en Jesús habitasen dos personas: una divina y otra humana. Para éstos María era Madre de Cristo, no de Dios. Hasta que el Concilio, sobre todo a través de la palabra encendida e iluminada de Cirilo de Alejandría, declara anatema tal doctrina y define como verdad irrefutable que la persona de Cristo es una sola y que en él hay dos naturalezas, la humana y la divina. Siendo María la Madre de la persona de Cristo y siendo él Dios, bien dicho está llamarla Madre de Dios, Theotokos.

Grande es la alegría de los Magos cuando encuentran al Niño con María, su Madre. Y caen postrados en adoración.

Ese Niño es luminoso, en él habita corporalmente la plenitud de la divinidad pero, al mismo tiempo, en él se oculta. Dirá nuestro Papa: “Y qué escondite ha encontrado Dios!”

Los Magos encuentran en ese Niño la luz verdadera que buscaban, la Luz que ilumina a todo hombre. Ya no más los astros o las estrellas sino al Señor del Cielo y de la tierra.

Una vez encontrada la luz no se buscan otras luces.

El cristiano que busca otra luz es un apóstata. ¿Qué otra luz buscas si tienes a Cristo?

 

Vieron al Niño con la Madre y se postraron y lo adoraron. Para ellos ha comenzado la conversión al Dios verdadero.

Abren sus cofres y le ofrecen oro, incienso y mirra. Según los Padres de la Iglesia el oro significa la realeza, el incienso la divinidad y la mirra es el don profético de la Pasión.

Y los Magos “se retiraron a su país por otro camino”. Habían venido como paganos y regresan como creyentes. El camino de regreso no es el mismo que el de ida. En verdad, ellos han llegado a la meta yendo a Belén.

Ya no es la astrología el medio para caminar en la vida. Hasta entonces ellos no conocían la verdad, no les había sido revelado el misterio y Dios, no dejándolos en la ignorancia, condesciende para llamarlos y llevarlos, cuando acuden al llamado, hasta el resplandor de la verdad. “Entraron, se postraron y lo adoraron”.

Hoy, se revierte el camino hecho por aquellos Magos de Oriente y, en un nuevo y más peligroso paganismo, porque es apóstata de Cristo, se apela a extraños poderes venidos de la magia o de ritos esotéricos. Hoy se rechaza la Luz para sumergirse en las tinieblas de lo oculto o de la exaltación de sí mismo. 

En la Biblia está escrito: “Cuando hayas entrado en la tierra que Yahvé tu Dios te da, no aprenderás a cometer abominaciones como las de estas naciones. No debe haber dentro de ti nadie que haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, que practique la adivinación, la astrología, la hechicería o la magia, ningún encantador, ni quien consulte espectros o adivinos, ni evocador de muertos. Porque todo el que hace estas cosas es una abominación para Yahvé tu Dios...” (Dt 18:9ss).

Hoy a los niños se les da a leer libros y se les muestra películas en que el héroe es un mago y se les inculca que el ocultismo es fuente de conocimiento y de poder. Parece un juego, pero, atención, no es ningún juego y no tiene nada de inocente. Los padres desaprensivamente están permitiendo que sus hijos pasen por el fuego demoníaco que promete poderes como también el de la violencia y de todo tipo de aberraciones que se ven en juegos y en medios como films, libros y música orientados a los niños y los jóvenes.

Nosotros no somos esclavos de fuerzas ciegas ni de mecanismos fatales de fríos astros sino que somos hijos de Dios, hijos de un Padre Providente y Misericordioso y somos libres con la libertad de la filiación que gozamos: hijos de Dios en el Hijo.

Abjura de conseguir poderes por medio de pseudas meditaciones transcendentales o por otros exóticos orientalismos. Deja de consultar horóscopos y, en cambio, aprende a ser humilde y reza. No temas al futuro sino cree en la Providencia de Dios. Busca el Reino de Dios y su justicia –es decir, haz una vida santa- que el resto vendrá por añadidura (Cfr Mt 6:33). Cuando te pregunten de qué signo zodiacal eres diles “yo soy de Cristo y mi signo es la cruz”.

Nosotros, los cristianos, somos quienes han escuchado y creído en la Buena Nueva de Dios encarnado en el seno de la Virgen María y hecho hombre. De ese Niño que nace en Belén y que pastores y Magos adoran. Somos invitados a seguir a este Jesús que nace y vive en la mayor humildad y que nos enseña a amar hasta dar la vida por los demás.

Creemos en la Buena Nueva de Dios oculto en ese Niño. Es el Señor que se oculta pero que al mismo tiempo se hace encontrar.

La historia de la caída del hombre por el pecado es la de su ocultamiento a Dios (el pecado vuelve al hombre desnudo del ropaje de la gracia divina) y la de su retorno a Él porque Dios lo busca (Adán ¿dónde estás? Cfr Gen 3:9). Es la historia del continuo venir de Dios al hombre y del hombre que sale, y sale de sí mismo, para caminar hacia Dios. Entonces, como hicieron los Magos, se produce el encuentro.

Sin embargo, el encuentro es cómo y dónde Él quiere.

¿Cómo? En la humildad del corazón; en la salida de sí mismo; en la obediencia de la fe; en la luz del Espíritu; en la apertura a la gracia; en el reconocimiento de la propia desnudez. El encuentro se realiza por la divina bondad y el amor misericordioso que nos tiene.

¿Dónde? En el establo, junto a María; en cada pobre, enfermo, sufriente,

desamparado; en la Eucaristía. En la Eucaristía, donde, como en Belén, Él se hace pequeño, indefenso, inerme, y renuncia a su esplendor y divina majestad para descender entre nosotros.

Los Magos lo adoran. En ellos están representados todos los que no conocen a Dios.

“El pueblo que andaba a oscuras vio una gran luz. Los que vivían en tierra de sombras, una luz brilló sobre ellos.” (Is 91-2ª)

El Santo Padre Benedicto XVI hace poco dijo: “Urge llevar al hombre de hoy a descubrir el verdadero rostro de Dios, y como los Magos, postrarse delante de Él y adorarlo”.

Entonces, como los Magos, vayamos al encuentro de la verdad porque en aquel Niño habita la verdad, es él la belleza que salva. En ese Niño reside la salvación de la humanidad.

Vayamos con los Magos y adoremos al Señor, nuestro Dios.

Como la estrella seamos nosotros también señales para los que no conocen, no aman, no esperan y no adoran a Dios.


DOMINGO III de ADVIENTO
11 de diciembre de 2005

        
Los sacerdotes y levitas, instigados por los fariseos, interrogan al Bautista: ¿Tú, quién eres?

No sabían quién era Juan. No conocían al profeta que anuncia la alegre noticia de la venida del Señor. No conocían al Mesías, no conocían a Dios.

Sólo un hombre de oración, un hombre que tiene en sí al Espíritu Santo, un hombre que no ahoga al Espíritu de Dios, un hombre como Simeón o una mujer como Ana de Fanuel, pueden reconocer la presencia de Dios.

Estos sacerdotes y levitas sabían quién era Isaías y conocían las profecías pero no se daban cuenta que esas mismas profecías se estaban desarrollando delante de sus ojos.

Estos sacerdotes, estos levitas, estos personajes supuestamente religiosos, no eran hombres de oración. No eran hombres de verdadera oración. No lo eran, porque estaban llenos de orgullo, de malicia, llenos de ellos mismos y de su saber. Creían conocer la Ley y no conocían al Autor de la Ley, a Dios. Estaban entrampados en sus propias prescripciones meramente humanas. No poseían el Espíritu, pero pretendían enseñar a los demás quién es Dios. Y hasta tenían, los vemos en los evangelios, la pretensión de enseñarle al mismo Dios! 

Un sacerdote, un teólogo que no ora, que ha ahogado el Espíritu, no comprende nada y no sabe reconocer los signos de los tiempos, ni siquiera sabe reconocer la presencia de Dios. No sabe, no puede ver la obra del Dios que sana, que perdona, que muestra su misericordia, que libera. No es capaz de reconocer los días de la venida de Dios ni tampoco al Dios que está entre nosotros y que ha de venir en su gloria.

 

Ciertamente, los sacerdotes y levitas y todos los fariseos podían repetir de memoria el pasaje de Isaías que hemos escuchado:

“El espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido Yahvé. A anunciar la buena nueva a los pobres me ha enviado, a vendar los corazones rotos; a pregonar a los cautivos la liberación y a los reclusos la libertad; a pregonar un año de gracia de Yahvé”.

Cabría preguntarse: ¿quiénes son hoy estos pobres a quienes se anuncia la buena nueva? Esta pobreza hoy se alarga porque los pobres no sólo incluyen a aquellos del tiempo de Jesús sino sobre todo a aquellos que no sienten en ellos el amor de Dios. Hoy el mundo está lleno de cautivos, de verdaderos esclavos y prisioneros, de encarcelados de la droga, de la pornografía, de todo tipo de perversidades, del pecado. Hoy el mundo está repleto de heridos por la vida. Y todos –sanos y enfermos, santos y pecadores- deben encontrar a Dios, deben encontrarse con Él. Cuando el hombre se encuentra con Dios encuentra la salvación y la felicidad en sus días.

 

La buena nueva, la noticia que provoca gozo, la liberación, la gracia sobreabundante de Dios se recibe en oración y por la oración.

A Dios se lo encuentra, sobre todo, en la adoración.

La adoración no es un lujo, es una prioridad, ha dicho nuestro Papa Benedicto XVI. Y agregó: “es urgente llevar al hombre de hoy a “descubrir” el verdadero rostro de Dios, y como los Magos, postrarse delante de Él y adorarlo”.

El hombre es más grande y se hace más sabio cuando se arrodilla en adoración frente a Dios.

 

La adoración es comunión, es un encuentro. Sí, un encuentro con la Persona de Aquél que es mi Salvador y mi Creador.

Adorar es contemplar el misterio del Dios con nosotros y por nosotros, del Dios hecho pan, alimento de vida eterna. De Dios que nos da de beber la bebida de salvación: la Sangre de su humanidad, derramada por nosotros, por nuestra redención y justificación.

 

¿Por qué nuestro Papa es un gran teólogo? Porque es un hombre de oración. Porque ha meditado su teología delante del Santísimo Sacramento. De ese modo la fe ilumina la razón y todo se vuelve más claro. El Espíritu ilumina la Palabra de Dios y la Palabra habla, está viva!

El teólogo, el sacerdote, el hombre que no reza encuentra oscuridad donde debería haber luz y hace de la Sagrada Escritura un cadáver a disecar.

 

El Santo Padre nos ha invitado a hacer de este Adviento un tiempo de preparación espiritual a la venida de Jesús en la Navidad, tomando –de la Palabra de Dios y de la Eucaristía- la energía interior para recibir al Señor que viene.

Nuestro empeño de Adviento debería ser el de esperar en adoración para aprender a adorar y para aprender a esperar al Señor.

No debemos dejar de adorar a Dios. De adorarlo sin interrupción, día y noche. Esto es la adoración perpetua: cuando una comunidad adora a Dios día y noche, para darle la mayor gloria, el mayor reconocimiento y honor en la tierra. Para replicar en la tierra lo que hace el Cielo: adorar al Cordero en todo momento.

La adoración eucarística perpetua es la respuesta constante en el tiempo hacia Quien no deja de ser Dios y de amarnos con amor eterno.

El Magisterio de la Iglesia estimula la adoración perpetua. Cuando el Señor es adorado a toda hora del día y todos los días de la semana, a todos les resulta mucho más fácil encontrar una hora a la semana para su adoración, su hora santa, ya que todas las horas y todos los días están disponibles.

 

Hoy el mundo, todos nosotros, tenemos necesidad de escuchar la buena nueva de la misericordia de Dios, y de experimentar su amor, su protección.

Cada adorador, que con su hora semanal contribuye a la adoración perpetua, es decir, a que la iglesia permanezca siempre abierta, día y noche, para que quienquiera que sea a la hora que sea se pueda encontrar con su Señor, cada uno de estos adoradores se vuelve testigo del Resucitado, testigo de su presencia constante entre nosotros, testigo de nuestra fe, de la fe que profesa y de nuestro amor hacia Dios. Cada uno de estos adoradores se convierte, en el silencio elocuente de la adoración, en verdadero profeta -como Isaías, como el Bautista- que da a los pobres la dichosa noticia. Se convierte en profeta de la Eucaristía que le dice al mundo: “Dios existe, Dios está aquí en medio nuestro y por eso estoy adorándolo. Dios está con nosotros y por nosotros. Éste es tu Dios, que te sana y te salva!”


Domingo XXIX: Lectura del santo Evangelio según san Mateo 22, 15-21

En aquel tiempo, se reunieron los fariseos para ver la manera de hacer caer a Jesús, con preguntas insidiosas, en algo de qué pudieran acusarlo.

Le enviaron, pues, a algunos de sus secuaces, junto con algunos del partido de Herodes, para que le dijeran:

«Maestro, sabemos que eres sincero y enseñas con verdad el camino de Dios, y que nada te arredra, porque no buscas el favor de nadie. Dinos, pues, qué piensas: ¿Es lícito o no pagar el tributo al César?»

Conociendo Jesús la malicia de sus intenciones, les contestó:

«Hipócritas, ¿por qué tratan de tentarme? Enséñenme la moneda del tributo».

Ellos le presentaron una moneda. Jesús les preguntó:

«¿De quién es esta imagen y esta inscripción?»

Le respondieron:

«Del César».

Y Jesús concluyó:

«Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios».

Palabra del Señor.

           Ante todo, para comprender mejor el Evangelio de este domingo debemos saber que los saduceos, los herodianos y los fariseos eran enemigos entre ellos, pero que contra Jesús se los ve unidos.

Recordamos también que Jesús anteriormente había dejado sin argumentos a los saduceos. Ahora los fariseos traman contra Jesús, quieren agarrarlo en un fallo y le ponen una trampa. Se disfrazan de discípulos que quieren aprender del Maestro, a quien le dirigen la pregunta. Son verdaderos lobos disfrazados de ovejas.

“¿Es lícito o no pagar el tributo al César?”

         Trampa perfecta. Si Jesús dice que no, entonces ellos, los fariseos y los partidarios de Herodes, pueden acusarlo de rebelión contra la autoridad del César. Jesús es un subversivo.

Si, en cambio, dice que sí, que es lícito pagar el impuesto al César, entonces queda ante el pueblo como traidor, como uno que está de parte del poder opresor de los invasores romanos.

“Enséñenme la moneda del tributo”

“¿De quién es esta imagen?” “Del César”, responden.

“Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.

La interpretación inmediata es que debemos dar a la autoridad civil lo que le pertenece. Hay como una división de obligaciones. Hay cosas que hacen a la organización y al buen orden social que deben ser respetadas. Esto siempre que no se presenten conflictos entre lo que manda el gobierno, o el Estado y lo que manda Dios. Queda muy claro que no se puede tener dos amos, “no se puede servir a dos señores... No pueden servir a Dios y al Dinero” (Cfr Mt 6:24).

         ¿Qué significa esto? Cuando el poder civil, el Estado, está contra la Ley de Dios no podemos estar nosotros con el poder, obedecer al poder, sino a Dios.

Cuando el Estado dice que es lícito matar a los niños el tributo es un tributo de sangre inocente. Cuando el Estado dice que el matrimonio no es exclusividad de la pareja de un hombre y una mujer, el tributo es un tributo de iniquidad e inmoralidad. Entonces, nosotros no podemos decir: “¡Está bien!” ¡No!

Y luego, ¿César a quién pertenece? ¿A quién debe estar sometido quien gobierna? A Dios, a su Ley.

Pero, hay todavía una reflexión ulterior sobre este pasaje evangélico y que posee un sentido más profundo. Y es éste: ¿De quién es la imagen que hay (o que debería haber) en cada hombre?

¿Tú, de quién eres imagen? ¿Dónde está tu impronta?

Hemos sido creados a imagen de Dios (Cfr Gen 1:27) y a Él, sólo a Él pertenecemos.

Ésta es la imagen que debemos recuperar: la imagen de Dios, que hemos ocultado, que hemos manchado, y que debe volver a manifestarse en cada uno de nosotros.

El tributo debido a Dios es todo nuestro ser purificado del pecado. Y sólo Cristo, el Salvador, puede purificarnos con su perdón.

Sor Elvira, la fundadora de la Comunità Cenacolo para los jóvenes de la droga, ha hablado en estos días en el Sínodo sobre la Eucaristía. Testimoniando ante los obispos ha dicho:

         “A la Eucaristía no se la entiende con la cabeza sino que se la experimenta en el corazón. Si con confianza te arrodillas delante de Él sientes que su humanidad presente en la Hostia consagrada despierta la imagen de Dios en ti, que vuelve a resplandecer!”

¿Se comprende esto? Debemos despertar en nosotros la imagen de Dios que hemos ocultado, que hemos enturbiado. Y para ello la adoración eucarística es el modo y el camino más apto.

El Señor ha querido ocultar su poder a nuestra fe bajo la apariencia del pan. Los jóvenes de la Comunidad de Sor Lucía salen de las tinieblas del mal a la luz de la salvación por la fe en Cristo en la Eucaristía, y por el tributo de la adoración recuperan la imagen de Dios que habían perdido.

“Aclamen la gloria y el poder del Señor”

Denle al Señor la gloria debida a su nombre.

Adoren al Señor.

La adoración es el único acto religioso debido sólo a Dios, a ningún otro. Ésta es la grandeza de la adoración.

“Decid a los pueblos: “El Señor es Rey!”

Digámoslo con nuestra adoración incesante: Jesucristo es Rey, Rey de Reyes y Señor de Señores. Por siempre. Amén.


Apuntes para una homilía: Virgen de los Dolores

     María padeció con su Hijo. “Mirad y ved si hay dolor semejante al que me atormenta!” (Cf Lam 1:12).

     Para poder aproximarnos algo al dolor de la Virgen imaginemos a una madre a la cabecera del hijo que muere. Es sólo una aproximación. Como toda analogía tiene algo de semejante y algo de diferente. El dolor es muchísimo mayor porque el peso es el del mal del mundo, de todos los tiempos, de todo la humanidad que se descarga contra el Sumo Bien, su Hijo. Y ese peso se descarga también sobre el alma de la Virgen, en su sacrificio puro porque en Ella no hay ni la mínima sombra de mal. No conoce el mal en sí misma y está siendo atravesada por todo el mal del mundo.

     La espada le atraviesa el alma, allí donde el alma se une al cuerpo, allí donde está el centro de la existencia, el núcleo mismo del ser que llamamos corazón, y ésta es muerte espiritual.

     Las palabras del Hijo “Mujer, he ahí a tu hijo” (Jn 19:26) abren su corazón y lo desgarran a una nueva maternidad en la que están los verdugos, los traidores, los que abandonan, los que se burlan, los cobardes y pusilánimes.

     Pero, quién dijo que el sufrimiento de la Virgen es sólo espiritual? Quién dijo que no sufrió Ella en su cuerpo? Si el Hijo sudó sangre, no lloró quizás Ella lágrimas de sangre? Hoy se habla de enfermedades psicosomáticas porque la psique, el alma, incide y terriblemente, sobre el cuerpo. Sabemos que lo que sufre el alma lo resiente el cuerpo. Suya fue la pasión de la Pasión de Cristo hasta hacer de las dos una sola Pasión. Como uno, siendo dos fueron los corazones. La unidad que Jesús, horas antes, en la Cena del Jueves, había pedido al Padre para los suyos: “Que ellos, Padre, sean uno como Tú y Yo somos Uno...” (Cf Jn 17:22). Esa unidad perfecta es la de la Madre con el Hijo en la hora del Gólgota. Unión como habían sido la de las vidas cuando María gestaba en la tibieza de su seno al Hijo de Dios.

     Todo lo que le hacen al Hijo lo recibe la Madre. Todas las burlas y escarnios, todos los golpes y clavos, todos son también para Ella,... y la corona de espinas, y la desnudez y el agobio moral y hasta aquel tremendo: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27:46). Dónde está Dios en ese tremendo Gólgota oscurecido? Dónde?

     La más terrible noche oscura del alma ensombrece el alma de María. Y aunque sin respiro está allí, de pie, ante la cruz del Hijo que es su misma cruz, a pesar de todo, dando su Sí al Padre. Hasta el fin. Amando hasta el extremo.

     Todo con su Hijo y por su Hijo y en su Hijo. Todo lo ofrece al Padre, María de los dolores.

     Y cuando la lanza atraviesa el costado del cuerpo sin vida de Jesús, la espada pasa de lado a lado su Corazón virginal.

     “Mirad, vosotros los que pasáis por aquí, si hay un dolor semejante al mío!”

     El padecer de la Virgen, su pasión, fue por voluntad toda de Dios. Por eso, con justicia, siendo Cristo el Redentor, Ella Corredentora es.

     Ella está ante la cruz transida de dolor, pero no tan sólo del dolor de la muerte sino también del dolor de un alumbramiento: el de la nueva humanidad que nace del costado de Cristo.

     Y María que participó en cuerpo y alma de la Pasión de Cristo, participa ahora en cuerpo y alma de la gloria de la Resurrección.

Madre de Dolores, Madre de Vida Eterna!


Si conocieses el don de Dios... Ha llegado el momento en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad"

Homilía del Domingo III de Cuaresma - 27 de Febrero de 2005

     Las lecturas de este domingo, III de Cuaresma, nos hablan de adoración y nos interpelan acerca de la presencia de Dios.

     En efecto, la primera lectura del libro del Éxodo, nos presenta a los israelitas que dudaban de la presencia de Dios y decían: “El Señor está en medio de nosotros, sí o no?”. Y el Señor Yahvé hizo que Moisés golpease la roca y de ella brotase agua . Y los israelitas experimentaron estupor. Sí, Dios está en medio de nosotros. Del mismo modo, hoy nosotros no vemos a Dios en el Santísimo Sacramento, pero Dios está allí. Dios está presente y Él hace que broten las gracias de su Corazón eucarístico hacia cada uno de los que están delante de Él, en adoración, y hacia los otros que quizás estén lejos de Dios pero que por nuestra intercesión les llegan estas gracias.

     El salmo nos invita: “Venid, postrados adoremos”.

     ¿Adónde vamos y nos postramos?

     Delante de Jesús Eucaristía, delante del Santísimo!

     La Eucaristía es el don del Corazón de Jesús a nosotros, su Iglesia. Es el don que Él nos da antes de su sacrificio. Cristo se da a los suyos, es decir, a todos nosotros que creemos en Él, en aquel Jueves Santo, y nosotros en la Misa hacemos memoria de aquel momento.  Pero no sólo memoria porque el Señor también se hace presente. Memoria y presencia! Atención a lo que decimos! No solamente memoria sino también presencia porque ambos van juntos

     A la pregunta referida a la Eucaristía: “El Señor está en medio de nosotros, sí o no?”. La Iglesia responde: “Sí, absolutamente sí. Está verdadera, real y substancialmente presente en el Santísimo Sacramento”.

     Sabed que los protestantes hacen memoria de la Última Cena. Para ellos se trata solamente de un memorial y por esto no tienen el ministerio sacerdotal. Han tomado sólo las palabras del Señor “Haced esto en memoria mía”. Ignoran la Tradición de la Iglesia que viene de los Apóstoles a los Padres Apostólicos y los Padres de la Iglesia, y dicen bastarse sólo de la Escritura (sola Scriptura). También –siguiendo a Lutero- se dicen justificados por la sola fe. Pero, ocurre que cuando se trata de la Eucaristía –sin necesidad de recurrir a la Tradición de la Iglesia- somos nosotros los católicos los que tenemos fe en la Escritura más allá que ellos. Porque el Señor no dijo solamente “Haced esto en memoria mía” sino que tomó el pan y dijo: “Esto es mi Cuerpo” y luego tomó el cáliz y dijo: “Éste es el cáliz de mi Sangre” y después dijo: “Haced esto...”.

     La Iglesia, por medio de los sacerdotes –que son ordenados como tales por la imposición de las manos, de manera ininterrumpida desde los tiempos de los Apóstoles- repiten las palabras que Jesús pidió se repitieran y entonces, cuando así lo hacen, por la acción del Espíritu Santo, Jesús se hace presente. Se hace presente su Cuerpo y se hace presente su Sangre. Es decir que aparece todo Jesús, hombre verdadero y Dios verdadero. Y este es el misterio de la fe! Misterio que llama a nuestro estupor. Y este es el don de Dios.

     “Si tú conocieses el don de Dios”, estas son las palabras que Jesús le dijo a la samaritana y que ahora nos las repite.

     A todos los que no creen en la presencia real del Señor en la Eucaristía y despojan de su esencia el misterio; a todos los que ponen límites a su Amor, a su don, a sus gracias, la de estar con nosotros hasta el fin del mundo; a todos ellos y también a nosotros cuando dudamos, nos vuelve a decir: “Si tú conocieses el don de Dios!”.

 

     Queridos hermanos, ha llegado el momento –es el momento cuando nació la Iglesia- “en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en  verdad, porque el Padre busca esos adoradores”. Nosotros adoramos al Hijo, lo adoramos en espíritu porque adoramos su divinidad, lo adoramos en verdad porque Él es Dios verdadero (Dios de Dios, Dios verdadero de Dios verdadero). Y Cristo es Uno con el Padre en el Espíritu Santo. Dios Trino y Uno. Por ello, cuando adoramos al Santísimo adoramos a Dios, adoramos a la Santísima Trinidad, adoramos al Padre.

     Muy queridos hermanos, ha llegado el momento de adorar a Dios sin interrupción. Ha llegado el momento, y es éste, en el que ofreceremos al Señor la adoración perpetua.

 

     El Santo Padre Juan Pablo II ha dicho: “Cristo nos está invitando a acercarnos a Él en el Santísimo Sacramento. Todos son llamados a crecer continuamente en íntima unión con Jesucristo que dice:`Yo soy el Pan de Vida bajado del cielo’ ”.

     Y también dice el Papa: “Nuestro modo comunitario de celebrar la Santa Misa y de adorar debe ir junto con nuestro amor personal por Jesús en las horas de adoración, para que nuestro amor por Jesús sea completo”.

     Debemos enamorarnos de Jesús en el Santísimo Sacramento. Y cómo hacerlo si no lo frecuentamos, si no lo conocemos, si no vamos a visitarlo, a probar estar con Él? Debemos acercarnos al Santísimo Sacramento para conocer el don de Dios.

     “Si tú conocieses el don de Dios!”. Esta es la invitación que nos hace el Señor. Nos invita a desarrollar nuestra relación personal con Él, a profundizar nuestra unión. Él, que nos dice: “os he llamado amigos”.

     Ha dicho el Santo Padre: “Cristo permanece en el Santísimo Sacramento como Aquél que es nuestro compañero, que acoge al hombre afligido por las dificultades y lo consuela con el calor de su comprensión y amor”. Y continúa diciendo el Papa: “es en el Santísimo Sacramento que aquellas palabras gentiles: 'Venid a Mí todos vosotros que estáis agobiados y fatigados que Yo os aliviaré' son iluminadas y comprendidas a fondo”.

 

     Nosotros tenemos un tesoro, pero un tesoro a descubrir: este tesoro es Jesús en el Santísimo Sacramento.

     San Juan María Vianney, el santo Cura de Ars, solía señalar el sagrario y con lágrimas en los ojos, decía a la gente: “Jesús está verdaderamente allí dentro. Si tú supieses cuánto él te ama serías la persona más feliz del mundo!”.

     “Si tú conocieses el don de Dios!”.

     En la Última Cena, cuando nos dio los misterios de la Eucaristía –es decir cuando se dio a Sí mismo- y el del sacerdocio, dijo también: “Como el Padre me ha amado así yo os he amado”. Ésta es la medida de su don: el amor de Dios! El amor que fluye entre las personas de la Santísima Trinidad es el amor que nos da y que nos deja en la Eucaristía. Por eso, la Eucaristía es el sacramento del amor.

     Y luego dijo: “Permaneced en mi amor”. Es decir, nos llama a su Presencia en silenciosa adoración.

     Ha dicho el Santo Padre Juan Pablo II: “Toda persona es llamada a testimoniar la presencia real de Jesús”. Y, añadimos nosotros, todo adorador se vuelve profeta de la Eucaristía, porque en el silencio de su adoración le dice al mundo: Aquí está Dios! Yo creo, por eso adoro, amo, espero.

     El Santísimo Sacramento es nuestro tesoro, es el tesoro de la Iglesia y adoramos “porque allí donde está tu tesoro está también tu corazón”.

     Pero también nosotros somos el tesoro precioso de Jesús. Por eso, nos invita desde el Santísimo Sacramento: “Venid a Mí”.

     Y nosotros le decimos: “Tú eres nuestro tesoro y por esto reservamos un tiempo para estar contigo, una hora de adoración por semana”.

     Porque de esto se trata, queridos hermanos, para tener la adoración perpetua en la parroquia les pedimos, a cada uno de vosotros, que amáis a Jesús, que lo reconocéis presente realmente en la Eucaristía, ofrecer una hora por semana para adorarlo en el Santísimo Sacramento, aquí, en esta iglesia. Solamente una hora a la semana.

     El Señor quiere plantar su tienda entre vosotros, permanecer expuesto en el Santísimo Sacramento para la adoración de sus fieles, día y noche. Él quiere que lo conozcáis.

     Los discípulos de Emaús le dijeron: “Señor, quédate con nosotros!”. Acogieron a Jesús y Jesús les abrió los ojos y ellos lo reconocieron al partir el pan. Permaneciendo con nosotros y nosotros con Él descubriremos el secreto de su Presencia. Descubrimos, como decía Francisco, el pastorcito de Fátima, a Jesús escondido.

     El mismo Papa nos llama a la adoración perpetua. La ha pedido en varias oportunidades y últimamente en Redemptionis Sacramentum.

     Había ya pedido que “este sacramento de amor esté en el centro de la vida del pueblo de Dios”. En el centro! Y agregaba: “Deberán reverenciarlo con la máxima adoración”. También ha dicho: “que se establezca la adoración perpetua para que el Santísimo Sacramento se vuelva el centro de atención de todos aquellos que están enamorados de Cristo”.

     Debemos dar amor por amor a Aquél que nos ama con amor eterno, a Aquél que nos rescata de nuestro abismo de miseria.

     “Dame de beber”, le dice el Señor a la samaritana.

     “Dame de beber” nos dice a nosotros y es como si dijese: “Necesito tu presencia, que estés a mi lado. Me gusta cuando vienes hasta mí y hablas conmigo”.

     Dios tiene sed de nuestra sed.

     En la adoración se va iluminando nuestra vida. El Señor, como hizo con la samaritana, llama también a nuestro pasado y a nuestro presente (“llama a tu marido”). Quiere que pongamos delante de Él toda nuestra historia y nuestra actualidad para sanarlas.

     Debemos encontrar el tiempo para ir hasta Jesús en el Santísimo Sacramento.

     “No endurezcáis el corazón como en Meribá...!”. No encontrar al menos una hora en la semana es también una tentación.

 

     Cuando abrimos el corazón a la adoración, nuestro corazón se abre aún más y entonces vemos la luz y entramos en la contemplación.

     Cada momento que pasamos con Él profundiza nuestra unión con Cristo y Él, nuestro Salvador Resucitado, nos transmite su gloria y su belleza.

     Tu hora de adoración no sólo ha de cambiarte a ti sino que cambiará al mundo. “Pero, qué es esto tan poco para tanta gente?” se preguntaban los discípulos ante aquellos pocos panes y peces. Sin embargo, la bendición de Jesús hizo que se multiplicasen tanto como para saciar a más de 5000 personas y encima sobraron 12 canastos. Lo mismo ocurre con tu hora de adoración: el Señor la multiplica en gracias para otros.

     La ventaja de tener la adoración perpetua es que la capilla siempre abierta hace posible encontrar una hora por semana. Y hace que también sea posible para quien quiera encontrarse con Dios, realmente presente en el Santísimo Sacramento, a cualquier hora del día o de la noche, cualquier día de la semana.

     Ahora quiero apelar a vuestra generosidad para que penséis en cubrir las horas más difíciles, las de la noche, las horas que van de la medianoche a la seis de la mañana. Debéis saber, sin embargo, que porque hacéis un sacrificio el Señor lo ha de tener en cuenta.

     Aquellos que se disponen a orar en la noche son los que hacen despuntar el nuevo día.

Por medio de la adoración perpetua la Iglesia está unida a la Vid y se vuelve fecunda. Tantas son las gracias! Tantos los beneficios que brotan de la adoración perpetua!

     En la adoración perpetua el Señor nos da el agua que se vuelve en nosotros surgente que brota para la vida eterna. ¡Una hora por la eternidad!

     El Señor le decía a santa Margarita María Alacoque: “Cuando estoy expuesto derramo mis infinitos tesoros de gracia”. Como la mujer que hizo que de Jesús saliese su poder y la sanase, simplemente tocándolo con su fe, así con nuestra fe y sacrificio, en la adoración, hacemos brotar su gracia y su potencia. Es por ello que dice el Papa que la adoración proveerá la transformación radical de todo el mundo.

     Todos nosotros queremos otro mundo, un mundo mejor. Un mundo de paz, de verdadera paz y de amor, un mundo donde haya unión.

     Entonces, decid sí y volveos esos adoradores que busca el Padre, esos que con su adoración hacen despuntar el sol del nuevo día, porque llaman a Aquél que viene y hace nueva todas las cosas. 

P. Justo Antonio Lofeudo


"Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto"
Homilía del Domingo I de Cuaresma - 13 de Febrero de 2005

     Desde el viernes Toledo adora a su Señor, día y noche, sin interrupción. Esto es, en palabras del Señor Arzobispo, más que un acontecimiento un signo. Sí, claro que es un acontecimiento, pero sobre todo es un signo y es un don. La adoración eucarística perpetua es el regalo que el Señor os hace a cada uno de vosotros. A vosotros a quienes os repite: "¡Venid a Mí!".
     "Venid a Mí, vosotros que estáis agobiados y fatigados que Yo os aliviaré". En ninguna parte esta invitación del Señor es más verdadera, cobra mayor fuerza, que frente al Santísimo Sacramento. Escuchad al Señor que os repite: ¡Venid a Mí! No endurezcáis vuestro oído y respondedle. Id a su encuentro. Fijaos que, providencialmente, en la lectura del Evangelio de hoy el Señor le dice a Satanás: "Vete, Satanás, porque está escrito: <Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto>".
     Sólo a Dios hemos de adorar, porque Dios merece todo honor, toda adoración. Cristo es el Cordero que fue inmolado y "Digno es el Cordero de recibir el honor, el poder, la alabanza...", la adoración. Porque Él es Dios.

     Con la adoración le decimos a Satanás: "Vete, Satanás, porque no hay lugar para ti". La adoración eucarística es el mejor exorcismo.
     "Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto". Hoy, todos vosotros habéis venido como familia parroquial para rendir el culto dominical, para alimentaros de la Palabra porque "no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios". Habéis venido a celebrar la Eucaristía porque en la Eucaristía está Él. Pero, como nos enseña el Santo Padre, luego el Señor permanece y debemos encontrar el tiempo para visitarlo, para adorarlo, de modo que nuestro amor por Jesús sea completo. Nuestro deber es crecer en el clima de la Eucaristía, crecer en la intimidad con el Señor a través de la adoración de donde nos vienen todas las gracias.

     Nosotros, católicos, creemos en la presencia verdadera de Jesucristo en la Eucaristía y eso nos diferencia de otros cristianos. La nuestra es la Iglesia, que es Una, Santa, Católica, Apostólica y como nota específica podemos decir que Eucarística. La Eucaristía hace a la Iglesia y la Iglesia hace a la Eucaristía. En la noche del Jueves Santo, antes de partir a su Pasión redentora, el Señor nos dejó el don de la Eucaristía y el otro don: el del sacerdocio. Y uno remite al otro. No hay sacerdocio sin Eucaristía ni Eucaristía sin sacerdocio.
     Lo que hace que este lugar sea una iglesia es la Eucaristía. Si ella no estuviera esto sería, en el mejor de los casos, un templo, un lugar de oración. La Iglesia es donde Cristo está presente de manera única.

     Ciertamente que hay otras presencias del Señor, que Él está en el hermano enfermo, desamparado, hambriento, sin techo porque Él mismo nos ha dicho que lo que le hagamos a uno de esos pequeños se lo hacemos a Él. Y cierto, también, que está el Señor en la asamblea, en medio de ella, porque "donde dos o más se reúnen en mi nombre allí estoy Yo". Y está también en la Palabra que acabamos de proclamar, y está en el Sacerdote celebrante. Sí, son todas presencias del Señor, pero en la Eucaristía su presencia es de una realidad y verdad que no encontramos en las otras, porque es una presencia substancial: está en Cuerpo, Alma, Sangre y Divinidad. Está todo Cristo en las especies consagradas, toda su humanidad y toda su divinidad. Y porque está así, su divinidad, debemos adorarlo porque "al Señor, tu Dios, adorarás".
     Cuando exalto esta presencia única suya no lo hago en desmedro de las otras. Por el contrario, cumpliendo con el primer mandamiento del amor a Dios, Él me da las gracias para cumplir mejor con los mandamientos de amor al prójimo. Yo no puedo dar sin antes haber recibido aquello que debo dar. No puedo dar lo que no tengo.
     "Contemplar y dar de lo contemplado" decía santo Tomás de Aquino. Adorando, contemplando el misterio, amando a Jesús Eucaristía es como recibo las fuerzas y las gracias para amar al necesitado, para reconocerlo y darme a él.
     Toda misión, todo "id al mundo", comienza por un "venid a Mí". No sólo comienza sino que se nutre continuamente de ese ir a Cristo en la Eucaristía.

     En la primera lectura se nos presentaba el relato de la creación del hombre y de su caída por desobediencia al mandato divino, por querer ser como Dios. La primer pareja no respetó el vallado que Dios había puesto para protección de ellos y quiso ir más allá de lo permitido.
     Ese no es un relato mítico, aunque tenga la forma de un mito, en un tiempo impreciso. El hecho es histórico por más que se usen figuras que más que alegóricas son signos de un misterio más profundo. Sin embargo, no es algo que aconteció una vez allá en el límite del tiempo primordial sino algo que se repite continuamente. Adán significa "hombre" y hoy el hombre come del fruto prohibido, del fruto del árbol de la ciencia o conocimiento del bien y del mal. Hoy, no es Dios quien dice qué está bien y qué está mal sino el hombre. Hoy, el hombre, y no ya el hombre como individuo sino las mismas naciones promulgan leyes que se oponen a la Ley de Dios, porque el hombre es el que dice cuándo una vida vale la pena ser vivida o cuándo no lo merece. Y aquí tenemos leyes de eugenesia, de aborto, de eutanasia... y el Señor dice: "No matarás".
     El mismo relato del Génesis nos habla de otro árbol, el de la vida. Yahvé cuando expulsa a Adán y Eva del Paraíso les impide el acceso al árbol de la vida: "no sea cosa que coman de ese árbol y tengan vida". La consecuencia del pecado, que llamamos original, sabemos que es la corrupción y la muerte del hombre.


     Pues, queridos hermanos, la Buena Noticia es que ahora podemos comer de ese fruto porque, cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios mismo nos dio ese fruto: es Cristo. El árbol de la vida es la cruz y el fruto es el que vinimos todos a comer hoy: la Eucaristía. El Señor nos dice: "el que coma de mi carne y beba de mi sangre tendrá la vida eterna y Yo lo resucitaré en el último día".
     Para acceder a este fruto debemos purificar nuestro corazón del mal que nos mancha, debemos ser obedientes a la Ley de Dios y si no lo hemos sido, si hemos desviado, si hemos pecado, arrepentirnos, pedir perdón, reconciliarnos con Dios.
     Éste es tiempo cuaresmal, tiempo de penitencia, tiempo de llamado a la conversión, tiempo de caminar hacia Dios. Adorándolo y rindiéndole culto. Reconociendo a Cristo en el desamparado. Revisando nuestras vidas y limpiándonos las manchas del pecado.

     A todos os invito, y no soy yo quien os invita sino el Señor, a que os unáis a esta corriente de gracia que es la adoración perpetua. A que aceptéis el regalo que Él os hace. A que os encontréis con Quien tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas. A adorar a Dios en el Santísimo Sacramento. A decir con vuestra presencia cuál es vuestra fe. Porque si sólo dijerais que creéis en la presencia verdadera de Cristo en la Eucaristía y luego no le rindieseis culto ni lo adoraseis, vuestra fe sería solamente declamatoria y a nadie convencería porque vosotros mismos no estaríais convencidos.

     Decidle al mundo, con vuestra presencia adorante, dónde está Dios, Quién es vuestro Señor. Haceos esos adoradores que busca el Padre: en espíritu y en verdad.
     Y, entonces, gustad y ved qué bueno es el Señor! Cómo derrama sus gracias sobre vosotros, sobre los vuestros, sobre el mundo. Cada adorador no sólo se representa a sí mismo sino que representa a todos los hombres y por todos los hombres puede interceder y reparar.
     Os desafío, queridos hermanos, a que probéis qué es ser adorador en la adoración perpetua. Os aseguro que desde el viernes para la ciudad, para la diócesis, para cada adorador hay un antes y un después. Así es.

P. Justo Antonio Lofeudo


La adoración es el camino del "justo que brilla en las tinieblas"
Apuntes de la homilía del Domingo V del Tiempo Ordinario - 6 de Febrero de 2005

 

En la lectura del Profeta Isaías (Is 58:7-10) se nos habla de obras de misericordia: dar pan al hambriento, cobijar a quien no tiene techo, vestir al desnudo. Si haces eso, entonces tendrás luz, entonces el Señor te escuchará, entonces brillarás. Brillarás ante Dios.

Luego, repetíamos la antífona del Salmo (Sal 111): “El justo brilla en las tinieblas como una luz”. Justo es quien cumple con Dios y es misericordioso con el hermano, el que reparte limosna a los pobres, ese cuya caridad es constante. Quien hace esto brilla ante el egoísmo, el ateísmo, el mal del mundo.

En la Primera Carta a los Corintios (1Cor 2:1-5) volvemos de algún modo sobre el mismo tema. San Pablo dice algo así como “yo no me presenté a mí mismo ni mostré luces que encandilen. Yo os mostré, en mi debilidad, el poder de Dios”. Pablo no quiere opacar la verdadera Luz que es Dios. Dios debe brillar en todo su esplendor a través mío. La verdadera luz del hombre justo remite siempre a Dios, el resto es vanagloria.

En el Evangelio (Mt 5:13-16) se nos presenta al Señor diciendo, diciéndonos: “Vosotros sois la luz del mundo”. Quiere decir: “a vosotros os han sido dadas gracias, dones. Esos dones deben dar frutos, frutos de amor, frutos de misericordia. Esos dones se deben convertir en obras y esas obras vuestras brillarán”. ¿Para qué? ¿Para mostrar nuestra luz? No, para mostrar la Luz de la que nosotros somos reflejos. Para mostrar a Dios, al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo.

Nosotros somos espejos que reflejan la luz, no la luz misma. El espejo para que sea buen espejo debe ser pulido. Por eso, Dios nos va puliendo, va quitando las manchas, los puntos oscuros que impiden reflejar la luz o que la vuelve deficiente.

Estamos llamados a ser la luz del mundo y la sal de la tierra. Estamos llamados a iluminar con nuestras obras, testimonios del amor de Dios, las tinieblas del mundo. Estamos llamados a salar al mundo, a darle el sabor que le falta, el sabor de las cosas de Dios, que eso es sabiduría. Estamos llamados a darle sapidez al mundo porque este mundo por ateo es insípido.

Estamos llamados a dar testimonio de nuestra fe con nuestras obras y a ser testigos convincentes.

Por eso, cada capilla de adoración eucarística perpetua es un faro de luz en la noche del mundo. Es una puerta abierta al Cielo. Es el espacio sagrado donde obramos nuestra fe mediante la adoración y le decimos al mundo: yo creo, yo adoro, yo espero y amo a este Dios que está aquí. Porque ¡aquí está Dios!

Cada capilla de adoración perpetua es un permanente presentar, llevar y traer a Cristo, verdadera, real y substancialmente presente en la Eucaristía.

Cada adorador es un profeta de la Eucaristía, es un profeta de este tiempo, es un hombre, una mujer que le dice al mundo –en el silencio de su adoración- dónde está Dios.

No hay mayor elocuencia que la del ejemplo y quien adora no necesita decir que cree en la presencia de Cristo, hombre y Dios verdadero, porque su estar arrodillado lo dice todo. Si nosotros sólo decimos que creemos que Jesucristo está verdaderamente presente en cuerpo, alma y divinidad, en el Santísimo Sacramento y luego no le rendimos culto ni lo adoramos, entonces lo nuestro es solamente declamatorio y no convence a nadie. Si nosotros, en cambio, lo adoramos proclamamos, con nuestra adoración, que Él es Dios. Y si lo adoramos sin cesar, sin interrupción, estamos diciéndole al mundo que Él merece todo honor, toda gloria porque es el Rey de Reyes y el Señor de Señores. Estaremos haciendo en la tierra lo que hacen en el Cielo: adorar al Cordero que fue inmolado, en todo momento.

Esos que adoran día y noche le dicen al mundo ateo que Dios existe, le dicen al mundo en tinieblas y oscuridad de muerte que allí está la Vida y la Luz que ilumina a todo hombre.

Nosotros debemos reflejar la luz y para ello antes debemos recibirla. Debemos llevar la luz al mundo y para ello debe iluminarnos el Señor con las gracias que obtenemos en la adoración.

Como tan bien lo entendió la Beata Madre Teresa, sacamos las fuerzas para llevar a cabo las obras de misericordia y toda obra que nos inspira Dios, de la adoración eucarística. Él se encarga de multiplicar las obras en nosotros y de hacernos fecundos.

La adoración es el camino del justo que brilla en las tinieblas.

Se adora a Quien tiene el poder de transformarnos y de cambiar todas las cosas.

En la adoración tocamos el Corazón de Quien mueve el mundo y da la vida.

En la Eucaristía está el Poder de Dios.

En la adoración somos salados e iluminados, recibimos las gracias para llevar a Dios al resto de los hombres y para acercar a la humanidad a Dios.

En la adoración reparamos e intercedemos por el mundo.

Arrodillados aprendemos a ser humildes y a reconocer que todo lo bueno, toda buena obra, viene no de nosotros sino de Dios.

La adoración que nace de la fe ilumina a la misma fe y la impulsa a la caridad de las obras.

P. Justo Antonio Lofeudo


El Mensaje Eucarístico de Fátima

     Cuando nos preguntan acerca de cuál es el mensaje de Fátima, sin temor a equivocarnos, inmediatamente solemos decir que es el del rezo del Rosario (en aquel entonces era la tercera parte del Rosario o sea las cinco décadas) diariamente y hacer penitencia y sacrificios. Y esto es así porque la Santísima Virgen les pedía a los niños rezar el Rosario todos los días, para que la guerra finalizase, y también les pedía sacrificios para que los pecadores se convirtiesen a Dios y sus almas no fuesen al Infierno.

     El mensaje de Fátima no fue dado sólo para una circunstancia histórica de aquel momento ni para un país, Portugal, sino que siendo de alcance universal, el llamado de la Madre de Dios continúa siendo actual y debemos rezar diariamente el Rosario y ofrecer sacrificios para la conversión del mundo –que incluye la nuestra- y para salvar almas de la condenación eterna.

 

     Quién puede dudar que la situación de pecado en el mundo está hoy mucho peor que hace cien años atrás. En términos generales siempre necesitamos de conversión y ésta es un camino que cada uno debe hacer hasta el final de sus días en la tierra. Pero, de la conversión de la que en los mensajes se trata es sobre todo de aquellos que con sus pecados y con su falta de arrepentimiento y su indiferencia y ofensas hacia Dios provocan su condena eterna.

     Todo aquel que recuerde Fátima seguramente recibirá el eco de aquellas palabras de la Madre de Dios: “Dejad de ofender a Dios. No lo ofendáis más porque Él ya está muy ofendido”. Cuando comparamos el grado de ofensa de aquellos momentos con cuánto se lo ofende hoy a Dios por todos los medios y en tantos lugares, no podemos menos que preocuparnos porque ya más que de actualidad del mensaje hay que hablar de urgencia del mismo.

     El pecado debe ser reconocido y también reparado. Por eso, en Fátima se nos presenta además de la necesidad de conversión y de intercesión, la otra dimensión, la de la reparación. En ese contexto surgen los mensajes de reparación a la justicia divina y el pedido de los cinco sábados de reparación al Inmaculado Corazón de María.

 

     Oración, penitencia, sacrificio, reparación es parte del núcleo del mensaje de Fátima pero no lo es todo puesto que hay una parte muy importante que suele soslayarse y ahora emerge con gran fuerza: es lo podríamos con propiedad llamar “el mensaje eucarístico de Fátima”.

 

     En la totalidad de las apariciones de Fátima podemos distinguir distintos momentos y tales momentos hacen a los distintos mensajes. Así, las primeras apariciones son las del Ángel de Portugal que ocurren aproximadamente un año antes que las de la Santísima Virgen. Luego, en 1917, siguen las seis apariciones de la Virgen en Fátima, que van del 13 de Mayo al 13 de Octubre del mismo año y que culminan con el milagro del sol. El mismo signo del sol reclama al signo eucarístico.

     Por último, están las apariciones que Sor Lucía tiene en España (en Pontevedra y en Tuy, respectivamente) de los años 1925-26 y 1929.

 

     En la primera aparición el Ángel muestra a los pastorcitos la necesidad de reparación por los pecados con que Dios es ofendido, mediante el acto de adoración, de fe, de amor y de esperanza. Es la sencilla y profunda oración que les enseña a rezar: “Oh, Dios mío, yo creo, os adoro, espero y os amo! Os pido perdón por aquellos que no creen, no os adoran, no esperan ni os aman!”.

     En la segunda aparición, el mismo Ángel de Portugal o de la Paz, les inculca el espíritu de sacrificio, el hacer sacrificios todos los días.

     Esas dos apariciones son preparación, divina pedagogía, de la tercera, que es la última manifestación angélica, verdadero mensaje eucarístico y trinitario.

     La oración enseñada por el Ángel es: “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, os adoro profundamente y os ofrezco el preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo, presente en todos los sagrarios de la tierra, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por medio de los infinitos méritos de Su Sacratísimo Corazón, y del Inmaculado Corazón de María, os ruego la conversión de los pobres pecadores”.

     Esta oración es de una gran riqueza teológica y cada parte merece un comentario. 

Ante todo se trata de la íntima relación entre el misterio de la Santísima Trinidad y el misterio de la Sagrada Eucaristía. Por el poder sacerdotal de todo bautizado quien ora ofrece a Dios Trino y Uno, el sacrificio de Cristo presente en la Eucaristía. En la Eucaristía está todo Cristo, en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad como enseña la Iglesia. Y para hacer aún más evidente esta presencia verdadera y sacramental se agrega: “presente en todos los sagrarios de la tierra”. Esa adoración a Dios se pone de manifiesto en la postración del Ángel y de los niños ante el Cuerpo y la Sangre de Cristo presentes en la Sagrada Hostia y en el Cáliz de la misma aparición.

     La adoración eucarística es adoración trinitaria. Y esa adoración y esa ofrenda de sacrificio se hace en reparación por las ofensas, a la que se agrega, por la intercesión de los Sagrados Corazones –del Sagrado Corazón de Jesús en unión al de su Madre-, el ruego por la conversión de los pobres pecadores. Es decir, que la adoración y el sacrificio espiritual asociados poseen las dos dimensiones de reparación e intercesión.

 

     Recordemos que ya en la primera aparición mariana del 13 de Mayo, cuando los niños se vieron inmersos en la luz de Dios, esa luz que los penetraba hasta lo más profundo de sus almas, espontánea e inspiradamente rezan: “Oh, Santísima Trinidad, te adoro. Dios mío, te amo en el Santísimo Sacramento”.

     Es, nuevamente, evidente la asociación entre la presencia eucarística del Señor y la Santísima Trinidad, y no puede ser de otro modo ya que estando presente en el Santísimo Sacramento la divinidad ésta es una e indivisible. Por tanto, donde está el Hijo está toda la Santísima Trinidad. Pero, lo notable es cómo, al estar en la Luz del mismo Dios, el Espíritu Santo los mueve a exclamar esa oración de adoración y manifestación de amor en la Eucaristía.

 

     En Tuy, en la última aparición, parecería sintetizarse el mensaje de Fátima en su expresión más sublime, más alta. 

     Sor Lucía tiene la visión del misterio de la Santísima Trinidad, el sacrificio redentor de la Cruz, el sacrificio de la Misa y la presencia corredentora de la Santísima Virgen con su Inmaculado Corazón al pie de la cruz.

     Sugestivamente, la visión acontece durante la Hora Santa de adoración que Sor Lucía tiene en la capilla los jueves de 11 de la noche a medianoche. Una cruz de luz aparece sobre el altar y luego la representación de la Santísima Trinidad que recuerda representaciones del arte religioso como el cuadro del Massaccio: por encima de la cruz el busto de un Hombre inclinado sobre ella, una Paloma entre él y otro Hombre clavado en la cruz. Las figuras son más luminosas que la propia cruz. Algo más abajo del pecho del Crucificado, suspendido en el aire, un gran Cáliz y una Hostia por donde cuela la sangre que cae del rostro y de una herida del costado del Crucificado. La gotas de sangre se deslizan por la Hostia y son recogidas en el Cáliz. Bajo la cruz está la Virgen sosteniendo su Corazón, coronado de espinas y en llamas, en su mano.

     La visión se completa con una inscripción “como si fuera de agua cristalina que se escurre sobre el altar” con las palabras “Gracia y Misericordia”.

     En la representación de la Santísima Trinidad el Padre sostiene al Hijo en su Pasión y comparte, misteriosamente esa misma Pasión, en tanto el Espíritu Santo, en forma de paloma de luz, es el Amor entre Ellos, el Amor que es la misma Unidad de la Trinidad, el Amor trinitario que se manifiesta al mundo en la Pasión de Cristo.

     Del sacrificio de Cristo en la Cruz se nutre y actualiza el sacrificio permanente de la Santa Misa, el sacrificio eucarístico fuente de gracia y misericordia para toda la humanidad.

     La visión descubre algo más: la presencia del misterio de María en la historia de la salvación, el misterio de la Mujer que comparte los sufrimientos del Redentor en el único acto de salvación de la cruz. Ella también ofrece al Padre el sacrificio de la cruz del Hijo en su Corazón inflamado de amor y coronado de espinas por el dolor del pecado del hombre. También María es instrumento de gracia y misericordia porque así como el sacrificio del Hijo es uno con el suyo en la cruz, así también las gracias que se derivan de este sacrificio pasan por el Corazón de la Madre hacia la humanidad pecadora.

     Esta visión nos ofrece además la clave de este tiempo de apariciones marianas como tiempo de gracia y misericordia de Dios. Ella es la enviada de la Santísima Trinidad para llevar al mundo hacia Cristo el Salvador.

 

     Dios se revela en Jesucristo como el Padre amoroso y misericordioso que desea llegar a cada hombre para salvarlo. El Padre es quien recibe el sacrificio del Hijo, que satisface la Justicia Divina, y es quien ofrece al hombre ese mismo sacrificio, perpetuado en los sagrados misterios de la Santa Misa, para que el hombre sea justificado y salvado. La Virgen Santísima también ofrece junto al Hijo el sacrificio perfecto de Cristo en su medida de creatura inmaculada y de sus propios méritos que surgen de la obediente y amorosa aceptación del sacrificio redentor y de la propia inmolación que ese sacrificio conlleva.

     Es por obra del Espíritu que el sacrificio de la redención se actualiza eucarísticamente haciendo presente en cada Misa al mismo Cristo, en toda su humanidad y en toda su divinidad, para que quien coma de su carne y beba de su sangre permanezca, por el Espíritu que recibe, en Cristo y tenga la vida eterna (Cf Jn 6:55.56).

 

     María trae en Fátima, como en todo lugar de verdaderas apariciones, un mensaje trascendental. Ante todo un mensaje de esperanza porque Dios no se desentiende del hombre en tiempos en que el hombre quiere deshacerse de Dios. Aún en una época como la nuestra, de una gran apostasía, Dios nos cubre con su misericordia y nos llama, a través de la Santísima Virgen para que regresemos a Él. Ella viene a recordarnos que en la Iglesia están todos los medios de salvación y que Dios está presente de una manera única, verdadera y substancial, en la Sagrada Eucaristía. Viene a recordarnos que Dios nos ama y desea nuestra salvación. Que si el pecado es grande y contumaz, que si los pecadores persisten en su ofensa a Dios, quienes escuchen el mensaje traído del Cielo, pueden mediante la reparación eucarística y apelando, junto al ofrecimiento del sacrificio redentor presente en cada Eucaristía, a la intercesión de los Sagrados Corazones, obtener que aquellos que estaban por decisión propia destinados a la condenación eterna alcancen la salvación.

 

     Entonces, para cumplir con el pedido celestial de Fátima debemos no sólo rezar el Rosario diariamente sino también profundizar y hacer consciente nuestra participación en la Misa así como tener nuestros momentos de adoración eucarística en reparación por las ofensas cometidas contra Dios y clamar la intercesión de los Sagrados Corazones para el perdón de los pobres pecadores.

 

     Por último, Fátima también nos introduce a la devoción al Corazón Inmaculado y a la reparación de los cinco primeros sábados por las ofensas cometidas contra ese Corazón de la Madre de Dios que tanto ama a Dios y a los hombres. La reparación es reparación eucarística.

 

     Pocos años más tarde a la última manifestación privada hecha pública del ciclo iniciado en Fátima, el Señor le daría a una religiosa polaca –santa Faustina Kowalska- aquella otra oración eucarística que hace eco a la de Fátima: “Padre Eterno, os ofrezco el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de vuestro amadísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, como propiciación de nuestros pecados y los del mundo entero”.

 

     Dios extiende sus manos a la humanidad y le otorga este tiempo de gracia y misericordia. Recemos con renovado fervor y convicción el Santo Rosario todos los días, sabiendo que Dios le ha dado un poder inmenso a esta oración mariana, adoremos, adoremos sin cesar a Dios en el Santísimo Sacramento repitiendo las oraciones que el Ángel les enseñó a los pastorcitos, siendo conscientes de la presencia verdadera de Jesucristo en la Sagrada Forma, vivamos la Santa Misa y ofrezcámosla también en reparación y por la conversión del mundo. Sepamos nosotros aprovechar este tiempo.

P. Justo Antonio Lofeudo


Homilía sobre el óbolo de la viuda

Lectura del Evangelio según san Lucas 21,1-4

        En aquel tiempo, alzando Jesús los ojos, vio unos ricos que echaban donativos en el arca de las ofrendas; vio también una viuda pobre que echaba dos reales, y dijo:

-“Sabed que esa pobre viuda ha echado más que nadie, porque todos los demás han echado de los que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.”

 

        En el episodio que nos relata el Evangelio, vemos que la pobre viuda –lo dice el mismo Señor- era una mujer que pasaba necesidad, que apenas tenía para vivir. Es decir, era una mujer desasistida, sin ningún recurso económico propio, sin ningún tipo de seguridad material, desprotegida, hoy diríamos sin presente ni futuro. Y, sin embargo, había dado todo lo que tenía para vivir. Y, ¿a quién se lo dio? A Dios, es la respuesta. Porque dándolo al culto es realmente a Dios a quien se lo está dando.

        Amar es dar.

        La Beata Madre Teresa de Calcuta decía, a propósito del amor que nos debemos unos a otros, que amar es dar hasta que duela.

        El Señor nos muestra que hay una medida mayor de amor o, más bien, aquel amor sin medida, in-conmensurable, in-menso, suyo. Porque –dice la Escritura- Él nos amó hasta el extremo (Cf Jn 13:1). Hasta el extremo de despojarse de su condición divina para venir a ser uno de nosotros, más aún para tomar la condición del esclavo para morir y morir en muerte de cruz (Cf Flp 2:6-8). Y todo por amor al Padre y a cada uno de nosotros.

        “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por los amigos” (Jn 15:13), había dicho Jesús poco antes de emprender su camino hacia la cruz. Y nos llamó amigos. Amigo es aquel a quien se ama. En Cristo, es aquel a quien se ama hasta dar la vida. Ese fue el extremo de su amor, el que va desde la encarnación del Verbo Divino en la humanidad de María hasta llegar, en razón de su sacrificio en la cruz, en su Presencia Eucarística, en las especies consagradas del pan y del vino, para no dejarnos solos, quedándose con nosotros hasta el fin del mundo. Por eso, la Eucaristía es el don y el misterio del Amor.

 

En la Eucaristía recibimos este sacrificio de amor, que nos obliga, también a nosotros, a dar. Ante la Eucaristía no podemos ser meramente sujetos pasivos.

        La recordada Madre Teresa decía: “La Eucaristía no implica sólo el hecho de recibir sino también el hecho de saciar el hambre de Cristo.”

        A santa Margarita María Alacoque, la santa de las revelaciones del Sagrado Corazón, decía el Señor, mostrándole su corazón: “Este es el Corazón que tanto ha amado a los hombres y tan poco es correspondido. Tengo sed. Una sed infinita de ser amado y adorado en el Santísimo Sacramento”.

        “Tengo sed”, éstas fueron las palabras pronunciadas en la cruz. Sed de ser amado, sed de ser buscado. Quien lo busca encuentra la salvación, encuentra al amor.

 

El amor debe ser ese un encuentro entre dar y recibir, porque todo amor exige reciprocidad; todo amor requiere correspondencia entre el amado y el amante.

        Cristo hoy se da a sí mismo, se da a cada uno, luego se me da, en la Eucaristía, donde está todo Él.

        Para recibirlo debo abrir antes que mi boca mi corazón, acogerlo en mi vida y hacer de ella acción de gracias, es decir Eucaristía.

        Para recibirlo debo darle mi amor, dándome a Él y a los otros, haciendo de cada persona un prójimo. Es decir, aproximar, hacer prójimo, a aquellos a quienes los tenía en la lejanía de mi indiferencia o apartado por mis prejuicios.

        Decía la mística francesa Marthe Robin que toda vida es una Misa. Por lo que tiene de sacrificio, de entrega y además de sacra.

        En mi vida, para que sea vida, debe estar presente el sacrificio del amor porque cada amor implica sacrificio. De otro modo, no es amor sino una deformación, una forma de egoísmo o de posesión obsesiva que usurpa el término de amor porque es una perversión del mismo.

        Dar sin medida, como la viuda del Evangelio, como Cristo, sin pensar en mis conveniencias, sin cálculos mezquinos, sin preocupaciones por mi situación particular, claro que no es fácil de lograr. Ciertamente, requiere mucho amor y mucha fe y si no se los tiene, lo primero que hay que hacer es pedirlos.

 

Este Evangelio nos interpela seriamente. Por eso, debemos preguntarnos: ¿Doy? ¿Cuánto doy? ¿Qué doy? ¿A quién doy? ¿Cómo doy? Si ahondamos en las respuestas a estas preguntas fundamentales podremos hacer un buen examen de conciencia y ver de qué estamos necesitados y en qué hemos pecado. Antes de rezar al cielo importante es saber de qué tenemos falta para pedirlo después, y purificarnos antes mediante el arrepentimiento y el pedido de perdón.

        Amar es dar, y dar para Dios –como hizo la pobre viuda en el templo de Jerusalén-; dar a Dios, dar de (desde) Dios, darme a los otros por Dios.

 

La adoración eucarística es una forma, sublime, de amar al Señor, de dar honor y gloria a Aquel de quien todo recibimos.

        Cuando adoramos al Señor le estamos manifestando nuestro amor, le ofrecemos nuestra presencia en la fe de su Presencia, lo hacemos para y por Él, y, en la dimensión de reparación e intercesión, también ofrecemos el sacrificio de la adoración y de la alabanza por todos los que lo ignoran o no lo aman, para presentarlos a su misericordia y puedan ellos alcanzar la salvación.

        Contemplando el misterio en actitud adorante recibimos aquello que más necesitamos dar. “Contemplar y dar de lo contemplado”, puesto que nada que antes no hayamos recibido podremos dar.

        Al adorar recibimos ante todo el amor de quien es Amor, pero también la paz y esa alegría que vienen de la intimidad con el Señor. Y ¡cuánto necesita este mundo de amor, de paz y de verdadera alegría!

        Al adorar santificamos nuestro tiempo, dándole al tiempo valor de eternidad. Al adorar al Señor le mostramos nuestra gratitud, correspondemos a su amor, reconocemos su majestad, su divinidad, su humanidad gloriosa presente en el Santísimo Sacramento, y procuramos la intimidad de Aquel que nos llama y nos quiere amigos.

 

Cuando, a través de una cadena ininterrumpida de adoradores, lo honramos día y noche, entonces repetimos incesantemente nuestro acto de amor y esto –como el óbolo de la viuda- ha de ser muy apreciado y recompensado por el Señor.

 

P. Justo Antonio Lofeudo


Reflexiones sobre el Evangelio del domingo (24o del T.O.) y sobre la Fiesta de la Exaltación de la Cruz

    
El Evangelio según San Lucas del pasado domingo (Lc 15:1-32) nos presenta tres parábolas sobre la búsqueda que Dios hace del hombre movido por su misericordia. Ya las otras dos lecturas y el mismo salmo nos hablan de y exaltan la misericordia de Dios, de cómo Él se compadeció del pueblo hebreo ante la intercesión de Moisés y de la misericordia que tuvo el Señor con Pablo, según él mismo lo manifiesta en la carta a Timoteo. El salmo es el tan conocido salmo 50, mientras que la antífona es la frase que el hijo pródigo pronuncia ante el fracaso de su vida: "Me pondré en camino adonde está mi padre".
     Las tres parábolas que presenta Lucas son: la de la oveja perdida, la de la dracma o moneda de plata perdida y la del hijo pródigo o, mejor llamada, la del padre misericordioso. En los tres casos, en los dos primeros más evidente, es Dios quien busca. Dios personificado en el pastor que va tras la oveja perdida, y en la mujer que enciende la lámpara y busca cuidadosamente la moneda hasta que la encuentra. Pero, también la imagen de Dios es la del padre, que cuando todavía el hijo está lejos lo ve, se conmueve y echa a correr para abrazarlo antes de escuchar la mínima palabra de arrepentimiento. Al padre no le importa que el hijo haya vuelto por necesidad y no por amor, lo que le importa es haberlo recuperado.
     Es Dios quien va en la búsqueda del hombre. El camino de regreso del hijo de la parábola comienza cuando dice: "me pondré en camino adonde está mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo...". Martin Buber dice que el camino del hombre comienza cuando el hombre responde a Dios, cuando Adán le dice a Yahvéh: "Me he escondido".
     Dios pregunta lo que le preguntó a Adán: "Dónde estás?". Él nos interpela constantemente. Esta pregunta significa: Dónde estás en tu vida? Qué has hecho de tu vida? Qué estás haciendo? En tanto no haya respuesta no hay camino de regreso. El regreso, el camino de conversión, es camino de acogida a la misericordia de Dios.
     La revelación de nuestro tiempo -a través de Santa Faustina Kowalska- es la exaltación de la misericordia divina y la necesidad de confiar en ella para obtener misericordia. Cuanto más confiemos en la Divina Misericordia más misericordia obtendremos. La otra condición es ser nosotros también misericordiosos.

     La exaltación de la Cruz es no sólo la exaltación de la Cruz del Señor sino la de todas nuestras cruces en cuanto unidas a la de Cristo. Él nos ha dicho que quien quiera seguirlo tome su cruz y lo siga. Pues en el seguimiento de Cristo está también la exaltación, que Dios mismo hace, de nuestras propias cruces. La cruz de la enfermedad, de la soledad, de vivir dignamente los votos religiosos, la del diario sacrificio,.
     La cruz es luminosa porque está iluminada por la Resurrección de Cristo. Como dice san Pablo, si Cristo no hubiera resucitado vana sería nuestra fe y nosotros seríamos los más desgraciados de los hombres. También el mismo Pablo decía que para los griegos la cruz era necedad, locura, y para los judíos un escándalo cuando, en verdad, es sabiduría de Dios.
     A veces para nosotros también la cruz se puede volver escándalo. Sobre todo cuando vemos sufrir inocentes, cuando se nos presentan las imágenes del dolor del mundo en lo absurdo del mal. Sin embargo, Dios no se desentiende del dolor del hombre. Cristo en la Cruz es la imagen doliente de Dios y cuando lo contemplamos colgado en la cruz podemos decir: Así es Dios, éste es Dios.
     Un notable escritor judío que estuvo en el campo de concentración de Auschwitz, relata en un libro, que en una oportunidad los nazis habían colgado a tres hombres, uno de ellos joven, y obligado a todos a asistir a la ejecución. Los dos mayores murieron enseguida pero el joven quedó un rato colgado mostrando todavía signos de vida. Un hombre detrás suyo decía y repetía ante el lacerante espectáculo: "Dónde está Dios? Dónde?". Y, dice el autor, en esos momentos sintió en su interior la respuesta: "Dios está aquí, colgado, frente a nosotros". Eso es cristianismo. Eso es lo que nos enseña Cristo.

P. Justo Antonio Lofeudo


La Transfiguración del Señor

    
Ayer, 6 de agosto, día de la Transfiguración del Señor y primer viernes del mes (Sagrado Corazón), tuve la enorme gracia de presidir la Misa en la Capelinha de las Apariçoes - Fátima. Transcribo la homilía:

     El Señor mediante su Transfiguración ante aquellos apóstoles elegidos -Pedro, Juan y su hermano Santiago- con su rostro y vestidos fulgurantes, los estaba iluminando sobre aquello que una y otra vez les había repetido y ellos no lograban entender: que el Hijo del hombre debía ser entregado a los ancianos de Israel, padecer a manos de los paganos, morir y resucitar al tercer día.
     La Transfiguración prefiguraba el momento de la gloria, en tanto el diálogo con Moisés y con Elías trataba de la Pasión. Al mismo tiempo, los estaba nutriendo para que pudiesen sobrellevar los momentos aciagos y de tribulación que se venían y les mostraba Su gloria, la que ya tenía con el Padre y la que retomaría en su Resurrección. Las personas de Moisés y Elías junto a Cristo eran la comprobación de que toda la Ley y los profetas se resumían y convergían en Él.
     Igual que en el bautismo en el Jordán, se oye también la voz del Padre que dice quién es Jesús: el Hijo, el predilecto, el muy amado, el escogido. En esta teofanía se manifiesta la Trinidad: el Padre dice quién es y dónde está el Hijo, en tanto la nube que oculta al Padre representa, en su luminosidad, al Espíritu Santo.
     Pero, ahora, en la cima de aquel monte, el Padre dice algo más que en el bautismo. Dice: Escuchadle!

     Qué nos enseña a nosotros hoy este episodio? Yo creo que esencialmente dos cosas. Nos invita a la escucha de Cristo, la Palabra, y también a la contemplación del misterio.
     Vosotros habéis venido a Fátima como peregrinos y todos -aún aquellos que no pueden  llegarse hasta este lugar bendito-, todos  somos peregrinos que vamos recorriendo el camino de la fe donde, a veces, la nube no es luminosa. Debemos aprovechar este tiempo, el de estar en Fátima, así como este tiempo de gracia y misericordia para contemplar y para escuchar la voz de Cristo en su Palabra y en la palabra de la Iglesia.
     Escuchar la palabra es también aquella de Cristo que, a través de su sacerdote, le dice al pecador arrepentido: "Yo te absuelvo". Yo te absuelvo de tus pecados, te desato de tus ataduras, te libero de tu esclavitud.
     Queridos hermanos, haced buenas confesiones. Arrepentíos de vuestros pecados y confesadlos. Aprovechad este tiempo que os es dado. Escuchad la Palabra de Dios para poder, como María, encarnarla, hacerla vida. Y dedicad un tiempo a la contemplación. Justo frente a nosotros, a esta Capelinha, está la Capilla de Adoración.      Pasad un tiempo en silencio frente a Jesús presente en la Eucaristía, expuesto para la adoración. Adoradlo! Adoradlo y escuchadlo!

     Recordad lo dicho, la Transfiguración anticipa la Resurrección. Recordad que la cruz de Cristo no es oscura sino que está iluminada por la Resurrección porque en ésta está la victoria definitiva sobre todo mal que abate al hombre: la muerte, el pecado, el demonio. Por eso, queridos hermanos, debéis saber que cuando os acercáis a la Iglesia, cuando peregrináis caminando por caminos de conversión, en cada cruz vuestra hay siempre una resurrección.

P. Justo Antonio Lofeudo


¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!

 

     En Rusia, ochenta años de comunismo ateo no pudo con la fidelidad de un pueblo que de abuelos a nietos, de padres a hijos, custodiaron la verdadera fe y por eso en Pascua la gente se saluda así: “Cristo ha resucitado!” en tanto que el otro responde “Verdaderamente ha resucitado!”. 
     Ésta es la gran noticia desde hace dos mil años. Si Cristo no hubiera resucitado la cruz habría quedado en la oscuridad de una tragedia y de un muy triste fracaso. La cruz no sería luminosa porque ninguna resurrección la hubiera iluminado. Pero la muerte está muerta, como dice el himno de vísperas del tiempo pascual. “Muerte, ¿dónde está tu victoria? Muerte, ¿dónde está tu aguijón?”. La vida y la muerte entablaron un gran duelo y la muerte fue vencida por la sangre del Cordero que murió y resucitó. La resurrección de Cristo es el sello que atestigua todo lo que Él hizo, dijo, reveló. Creemos en Cristo porque creemos que resucitó de entre los muertos, que si no hubiera resucitado –como dice el Apóstol- vana sería nuestra fe y nosotros seríamos los más desdichados de los hombres.
     También dice: “la fe es garantía de lo que se espera, es la evidencia de las cosas que no se ven”. ¿Por qué creemos nosotros? Porque otros creyeron y éstos creyeron porque vieron y dieron testimonio con sus vidas. Fe es creer algo a alguien por la autoridad de ese alguien, y ese alguien –en primer lugar es Dios- en cuanto a revelación son los apóstoles, los evangelistas. Son aquellos hombres temerosos que huyeron ante la Pasión de su Señor y que se escondieron después de su muerte para salir a la luz del día y enfrentar a todos hasta recibir el martirio, una tras otro, porque vieron, estuvieron con el Resucitado y porque este mismo Jesús les envió el Espíritu prometido, la fuerza de lo Alto, que los convirtió en verdaderos apóstoles.

     Por todo esto deberíamos estar rebosantes de felicidad y gritar: “Cristo resucitó! Aleluya! Aleluya!”.

     En la Sagrada Forma, en la Eucaristía, no sólo no vemos la divinidad del Señor sino que tampoco vemos su humanidad, y –sin embargo- es Él, verdaderamente es Él. Con el mismo poder que ha de liberar nuestra fe.

     Feliz Pascua de Resurrección! (Recordemos que durante esta octava de Pascua, hasta el próximo domingo, estamos celebrando una sola y misma Pascua. Es tan grande esta fiesta que se celebra durante los ocho días)


Homilía de la Festividad de la Sagrada Familia

Evangelio: Lc 2:41-52.

 

     Lucas relata el último episodio de la infancia de Jesús. En él se destacan algunos datos interesantes. Por ejemplo, puntualiza el evangelista que el niño tenía doce años cuando con sus padres subieron con todos, como de costumbre, a la fiesta de la Pascua en Jerusalén.

     Según la ley judía, a los trece años los niños varones eran ya considerados mayores y podían participar del culto divino junto a los demás hombres. Es decir, que lo que ocurre en el Templo con Jesús está fuera de toda previsión y prescripción.

     El niño se interesa y participa de discusiones con los maestros -hoy podríamos decir con los teólogos- del Templo escuchando y haciéndoles preguntas.

     Por otra parte, esta peregrinación que la familia había hecho a Jerusalén sería una de las tres anuales hacia la ciudad santa que estipulaba la Ley. Pues, en esta ocasión Jesús decide no regresar con sus padres sino quedarse en el Templo.

     María y José quedan atónitos al encontrarlo. Podemos imaginarnos el tono del reproche de la madre –todo el dolor y la tristeza por esa actitud incomprensible del hijo- cuando le dice a Jesús: “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo angustiados, te andábamos buscando”. Y luego, también, el estupor ante la respuesta del niño. El evangelista aclara que ellos, María y José, no comprendían la respuesta que Jesús les daba: “Y ¿por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debía estar en la casa de mi Padre?”

     En el relato advertimos una tensión. Tensión entre una comprensión, una toma de conciencia –la de Jesús- y la incomprensión de María y de José. Tensión, sobre todo, entre dos vocaciones en Jesús, dos llamados: el del Padre y el de la vida en el seno familiar.

     Jesús muestra ser consciente de quién es, de quién es “su Padre”, y quizás podríamos aventurar que atisba algo de su misión.

     La situación se resuelve en que regresa a Nazareth quedando sujeto a sus padres. Jesús no es un rebelde. Jesús aún debe crecer, por eso lo registra Lucas. Crecer ante los hombres y ante Dios, en cuanto hombre. Comprender que en su misión esas dos vocaciones deben madurar juntas y que no hay verdadero conflicto entre ellas.

     Si bien en este episodio que protagoniza la Sagrada Familia, Dios nos presenta dos modelos de realización espiritual, es decir, de santidad: la familia y la vida consagrada a Dios, siendo ambos modelos, en realidad, uno en la familia de José, María y Jesús. La Sagrada Familia es familia y familia totalmente consagrada a Dios.

 

     Para imaginar cuál fue la vida de esta familia, su cotidianeidad debemos apelar a datos concretos como la casa que habitaron mientras vivieron en Nazareth.

     La casa es el espacio donde se realiza y desarrolla la vida familiar.

     Permítaseme una evocación personal. Hoy hace exactamente cuatro años que estuve celebrando la Misa de la Sagrada Familia en Nazareth, en la Basílica de la Anunciación. Allí, junto a lo que quedó de la casa: la gruta excavada en la roca.

     Si esta pequeña gruta la unimos a la casa de paredes de piedra que se conserva en Loreto notamos que todo el espacio disponible para vivir era más bien reducido.

     Lo que más llama la atención es la sencillez de la vida que se debe haber desarrollado en ella. Sobre todo atendiendo a la cultura de la época. Datos históricos provenientes de distintas disciplinas confirman que la vida era de una gran simplicidad.

     Pero, al peregrino que llega a Loreto lo que más le impresiona de la casa es la sensación de intenso sobrecogimiento que se tiene. Y esto debido a la santidad impregnada en las paredes. La santidad hecha de tanta oración.

Quizás ustedes hayan experimentado algo parecido en ciertos antiguos monasterios. En verdad, tenemos un ejemplo mucho más cercano: acá mismo, en la capilla de adoración eucarística perpetua. Ustedes ven, sienten, que ese espacio es muy especial y que hay una gran diferencia entre el ambiente exterior y la capilla, cada vez que entran o salen de ella. Esto se debe, indudablemente, a la presencia del Señor continuamente expuesto y a la adoración que Él recibe en ese recinto.

     En Loreto, dentro de la santa casa, hay una inscripción en latín que dice, traducido, “aquí el Verbo se hizo carne”. Esta verdad, el que la plenitud de los tiempos se haya dado en espacio tan exiguo, no puede menos que sobrecogernos.

     La casa es como la materialización del hogar, es su signo visible. Cuando hay un hogar la casa es signo de estabilidad, de calor humano, de afectos y seguridades recíprocas. La mujer, en un verdadero hogar es quien permaneciendo en él le presta toda la atención para hacer que la vida de sus miembros sea agradable, confortable, segura. Es quien se ocupa de mantener siempre encendido el "focolar". Quiero decir, es la figura esencial de la madre que da calor y sostiene el hogar. Pero, no sólo ella sino también el padre, quien cuida, protege, da sustento, alimenta al hogar.

     Así, pero mucho más, debe haber sido en la casa del carpintero en Nazareth.

 

     SS Pablo VI, en su visita a Nazareth en 1969, meditó sobre el clima de silencio que debe haber prevalecido o sido nota esencial de esa escuela de disciplina espiritual que fue la Sagrada Familia.

     Hoy estamos inmersos en un mundo que nos aturde. Nos damos cuenta cuán difícil es lograr el silencio, porque aunque externamente puedan acallarse los sonidos interiormente sigue habiendo ruido.

     Debemos recuperar la dimensión del silencio para recuperar el recogimiento, la interioridad, la capacidad de escucha, para poder tener y crecer en la oración personal.

     El Señor, seguramente sacada de su propia experiencia en su hogar de Nazareth, dirá: “...cuando vayas a orar, entra en tu aposento, y después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6:6).

     Una capilla de adoración perpetua es escuela de silencio, por eso escuela de espiritualidad.

     El otro rasgo al que hacía mención el Santo Padre era el de la comunión de amor que existía en el seno de la santa familia. Ámbito de gran respeto recíproco, de austera belleza, sagrado e inviolable.

     Finalmente, el trabajo es la otra dimensión presente en el seno del hogar santo de Nazareth. Ante todo, trabajo en cuanto medio y no fin y además trabajo digno.

     Después de dirigir nuestra mirada de contemplación hacia la Sagrada Familia, no podemos menos que descender hasta nuestra realidad.

     Somos, en estos tiempos, testigos de la destrucción de la familia. Destrucción sistemática de parte de las sociedades y de los gobiernos que las representan.

     Los síntomas graves son la ausencia de la figura de la madre y también del padre. Muchas veces esas ausencias son debidas a apetencias materiales o a problemas económicos que hacen que hombre o mujer o ambos sean absorbidos por el trabajo y otras actividades. La otra situación que puede socavar a la familia es la desocupación. Es humillante para el hombre cuando pierde su trabajo y la mujer o los hijos se convierten en el sustento familiar. En esos casos lo que suele agravar la situación es que se lo hacen sentir.

     La falta de diálogo, la pérdida de la tertulia familiar es otro signo y causa de decadencia y disgregamiento de la familia. No se dialoga porque los padres no están juntos, porque llegan cansados, absorbidos por mucha actividad, o porque directamente empiezan a hacer vidas tan separadas que se acaba por no hablar. También de esto ¡cuánta culpa tiene el televisor! Es decir, las personas que quedan atrapadas y narcotizadas ante la pantalla de un televisor interesándose, tal vez, por lo que ocurre en el mundo e ignorando lo que le pasa a quien tienen a su lado. Cierto, también que el televisor puede ser la pantalla en la cual escudarse cuando el diálogo se perdió por otros motivos. Sin embargo, no desdeñemos el perjuicio que puede hacer la televisión, no sólo porque distrae, lleva a otra realidad, sino –sobre todo- por el contenido inmoral y anticristiano de la mayoría de los programas.

     ¿Qué espiritualidad, qué vida de oración puede crecer o desarrollarse en una casa que ha dejado de ser hogar para convertirse en un contenedor de frías paredes? ¿Cómo puede mantenerse un hogar cuando no hay respeto entre sus miembros? Cuando no se inculcan valores morales ni se vive la religiosidad.

     También la otra familia, la religiosa, la vida consagrada está en crisis. Porque no se ora, porque la actividad por la actividad misma ha desalojado a la oración, la contemplación. Porque el espíritu del mundo se ha adueñado de muchos institutos religiosos. Porque no se cultiva el silencio y la ruidosa actividad toma su lugar, la actividad sin raíces, que seca la vida espiritual. Toda actividad tiene que estar fundada en la contemplación. Tiene que tener sus raíces en Cristo sino termina siendo vana.

     Estos dos modelos, estos dos pilares de la santidad: familia y vida consagrada, son atacados por satanás hoy más que nunca.

 

     Querría recordar Fátima. Ésta es una aparición aprobada por la Iglesia que tiene un mensaje para estos tiempos. Querría recordar la última aparición en Fátima. Fue el 13 de Octubre de 1917. En esa ocasión la Santísima Madre mostró el milagro del sol. El sol al que se puede ver a simple vista significa la Eucaristía, que oculta todo el poder de la divinidad. Aquel día también estuvo presente en la visión la Sagrada Familia. Visiones anticipatorios de las grandes necesidades de salvaguardia del siglo pasado y de éste. Advertencias para la humanidad. Dios nos recuerda que Él quiere familias santas. Dios nos recuerda que la Eucaristía es fuente de santidad.

     ¡De cuántas cosas estamos siendo testigos en estos días, desde que tenemos la adoración perpetua! ¡De cuántas gracias extraordinarias! Personas que se confiesan, que regresan a la Iglesia, después de muchísimos años de alejamiento. Y de tantas otras bendiciones.

 

     Si la familia se destruye –y contra ella están atentando en forma sistemática las distintas sociedades impulsando y promulgando todo tipo de leyes- se destruye la sociedad y también la persona.

     Cuando vayan a sus casas, por favor lean la carta a los efesios, el capítulo cinco, donde el Apóstol nos muestra dónde reside la armonía familiar en el entramado de deberes. No debemos dejarnos confundir ni tampoco claudicar en esta lucha espiritual que se ha encarnizado contra los dos pilares de la santidad, las dos realidades en las que podemos crecer en el amor.

     Permanezcamos en el amor de Cristo, adorándolo y amándolo en el Santísimo Sacramento y roguemos, queridos hermanos, a san José y a la Virgen para que podamos realizar el proyecto de Dios en nuestras vidas según donde Él nos haya llamado: a la vida familiar o a la vida consagrada.

 

P. Justo Antonio Lofeudo


Homilía del IV Domingo de Adviento

Lectura del Santo Evangelio según san Lucas:
     En aquellos días, se puso en camino María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, Isabel quedó llena del Espíritu Santo y exclamó a gritos: "Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que venga a verme la madre de mi Señor? Porque apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor! (Lc 1:39-45)
Palabra del Señor

     Veamos con atención qué nos dice este pasaje. En primer lugar que María, apenas supo la noticia del embarazo de Isabel por el anuncio del ángel, partió sin demoras hasta lo de su pariente. San Ambrosio diría que partió impulsada por el deseo de cumplir un deber de piedad, anhelante de prestar un servicio y presurosa por la intensidad de su alegría.
     El camino no era fácil y la distancia nada despreciable: unos 170 km, parte de ellos por zona montañosa donde no faltarían peligros como asaltantes por el camino, especialmente cuando no se iba en caravanas.   Cómo lo habrá hecho no lo sabemos. Quién la habrá acompañado tampoco. Es muy probable que fuera a lomo de burro y que el viaje haya tardado unos cinco o seis días.
     Por cierto que María no puso ningún reparo en ir, no se refugió en su propio estado para no hacerlo, sobre todo cuando se considera que se quedó allí, en casa de Zacarías e Isabel, unos tres meses, seguramente hasta el nacimiento de Juan. Es decir, que más le importó acudir al auxilio de su pariente, ya entrada en años, durante el tiempo que faltaba al parto, que de sí misma.
     María estaba llena del Espíritu Santo aún antes de la concepción de Jesús, porque era "la llena de gracia", pero cuánto desbordaría ese Espíritu cuando consideramos que el fruto de sus entrañas era el mismo Hijo del Altísimo. Por eso, ante la presencia de la virgen madre tal fue la efusión del Espíritu Santo. Y así, por esta visita de María, se cumplía lo anunciado por el Arcángel Gabriel: que el niño de Isabel y Zacarías estaría lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre.
     Llena, entonces del Espíritu, apenas oyó el saludo de María, saludo que deseaba la paz, Isabel recibió no sólo la paz sino la inmensa alegría que le hace confesar a los gritos, plena de euforia, que quien viene a visitarla no es ya su pariente sino la misma madre del Señor. Es por acción del Espíritu que Isabel confiesa quién es María.
     Pero, no sólo la madre exulta sino el niño que lleva en ella también salta de gozo. Y aquí, en este encuentro de esos dos hijos aún no nacidos, como meditaba la Beata Madre Teresa, debemos ver un mensaje para nuestro tiempo. Dios quiso mostrarnos en esos dos hijos que estaban siendo gestados la misma celebración de la vida. Dos niños por nacer, uno -Jesús- apenas un embrión, el otro -Juan- todavía incompleto en su gestación, de seis meses. Pero, en cuanto a personas dos personas completas, dos cuerpecitos en distintas etapas de la gestación con sus almas. Y uno reconoce la presencia del otro. Dios nos muestra así en el Evangelio lucano la sacralidad de la vida.
     Las palabras de Isabel que siguen son de alabanzas y bendición. Bendición a la madre y al hijo y alabanzas a la fe de María, porque Ella es la dichosa, la bienaventurada por haber creído.
     Todas las generaciones te han llamado, Madre de Dios, beata, dichosa, feliz por tu fe que produjo la obra de la salvación. Así te llamamos nosotros también Beata Virgen María, Madre del verdadero Dios por quien se vive.
María, Madre de la Vida.
     Queridos hermanos, seamos nosotros hombres y mujeres de fe, seamos dichosos. Recibamos a María, dejémonos visitar por Ella. María nunca viene sola. Nos trae a Jesús para que nazca en nosotros. En esta Navidad con la Sagrada Familia celebremos la vida.
P. Justo Antonio Lofeudo


De una prédica sobre "Crecer en y por la oración"

     “Muéstrame tu rostro. No me ocultes tu rostro. Quiero ver tu rostro” (Cf Slm 27). Esas son las palabras que el salmista clama a Dios en su aflicción, pero estas mismas palabras pueden ser pronunciadas por quien anhela contemplar a Dios. La oración contemplativa es la que nos muestra el rostro del Señor. Y es una oración que nace del corazón anhelante, enamorado del Creador.

     La Filocalia trata de la oración del corazón. Ésta es la oración continua que repite en el silencio del corazón y con cada ritmo respiratorio, en cada aspiración y exhalación, el grito clamoroso de fe del ciego de Jericó: “Jesús, hijo de David, ten compasión de mí”. Es la oración que reconoce en Jesús al Mesías, al Rey Davídico, que tiene el poder de sanar y que es misericordioso como para hacerlo.

     Pero la oración del corazón requiere que más que en el modo de orar, que en el tipo de oración, centremos nuestra mirada en el corazón mismo.

Oración del corazón es amar orando y orar amando.

 

     Ante todo, para orar con el corazón debemos purificarlo erradicando de él los sentimientos negativos, perdonando y pidiendo perdón, renunciando al odio, al resentimiento, a los celos, a la envidia. Santo Tomás de Aquino definía a la envidia como “tristeza por el bien ajeno”. Hay algo peor que esto, un tipo aún más perverso de envidia: la alegría por el mal ajeno. Pues, a todo esto es necesario renunciar para poder orar con el corazón.

     Es necesario purificar el corazón mediante la reconciliación con Dios, mediante el sacramento de la penitencia o confesión frecuente. Mediante el deseo de cambiar y de trabajar la gracia que Dios nos da. Porque si bien la gracia es don requiere de nuestra parte una conquista.

     La purificación es un ejercicio constante y es la condición necesaria para orar con el corazón pero no es suficiente. Fundamental es aprender a amar, querer amar a Dios, sobre todas las cosas, y a los demás en Él para avanzar desde el amor orante hacia la contemplación.

     Lo segundo es procurar que la oración sea sencilla y junto a esto hacer que la vida interior conforme una unidad armónica. Es decir, que no sea un entrar y salir de la oración a la actividad que se desentiende ya de toda interioridad porque así la vida se vuelve un mosaico, un conjunto de retazos sin unidad ni armonía, sin una vida interior que unifique.

     La vida interior debe ser unificada, además de por la gracia santificante y la caridad, en lo inmediato por la oración continua.

     Cuentan que a un santo –según parece san Francisco de Sales- una de sus dirigidas le presentó para su aprobación su reglamento de vida donde había puesto una hora de oración mental por día. El santo tachó y escribió “veinticuatro horas”.

     De lo que se trata en rigor es de hacer de la vida oración y de la oración vida. No despegarnos de Dios. Tener deseos constantes de Él.

San Agustín, en sus comentarios al salmo 37, nos dice: “Tu mismo deseo es tu oración; si el deseo es continuo, la oración es continua. No en vano dijo el Apóstol: Orad sin cesar. Pero, ¿acaso nos arrodillamos, nos postramos y levantamos las manos sin interrupción, y por eso dice: Orad sin cesar? Si decimos que sólo podemos orar así, creo que es imposible orar sin cesar.

Existe otra oración interior y continua, que es el deseo. Aunque hagas cualquier otra cosa, si deseas el reposo en Dios, no interrumpes la oración. Si no quieres dejar de orar no interrumpes el deseo. Tu deseo continuo es tu voz, es decir, tu oración continua. Callas si dejas de amar… El frío de la caridad es el silencio del corazón, y el fuego de la caridad es el clamor del corazón...”

 

     “Orar siempre sin desfallecer” (Lc 18:1) dice el Señor a sus discípulos y les propone la parábola del juez inicuo y de la viuda inoportuna. Para Dios no somos inoportunos y Él es Juez Justo que si a veces nos hace esperar para atender nuestros pedidos es para edificarnos y para que aprendamos a pedir aquello que es bueno para nosotros.

     Si dejamos de orar hacemos que el espíritu deje de respirar. Y al final matamos al espíritu. Nuestra vida debe ser vida de oración. Esta vida de oración no sólo no estorba nuestras ocupaciones exteriores y nuestros deberes con el prójimo sino que antes bien permite que se desarrollen en el mejor de los ambientes y condiciones, en paz, en armonía y con eficacia.

Cuando un alma está llena de Dios en los otros provoca paz y deseos de acercarse a Dios, de santificación.

 

     En la vida interior, de oración, se debe progresar so pena de decaer.

¿Es nuestra oración mejor ahora que cuando comenzamos la vida espiritual? ¿Es mejor ahora que el año pasado?

     Tengamos en cuenta que el Señor al principio derrama gracias especiales de oración y luego no es fácil que las conceda. ¿Cómo hemos aprovechado esas gracias especiales? ¿Hasta dónde han germinado?

     Pero, cuidado con juzgar con criterios simplemente humanos porque puede venir el desaliento. No nos fijemos en que antes salía la oración más a nuestro gusto que ahora. Lo que vale es el gusto de Dios, no el nuestro. Entonces, ¿cuáles son las señales de progreso?

     La oración progresa en la medida en que se simplifica. En la medida en que se dialoga con Dios. En la medida en que se anhela amar a Dios, amarlo más y más.

     Cuentan que en ocasión en que el Padre Blinot predicó los ejercicios espirituales a la comunidad carmelita de Lisieux, santa Teresa del Niño Jesús se fue a confesar con el predicador y le manifestó que sentía unos deseos inmensos de amar a Dios, más que como lo había amado su santa Madre Teresa de Jesús.

     El Padre creyó que aquella alma iba por un camino de ilusiones y que era una jactancia y un atrevimiento ponerse por encima de santa Teresa de Ávila. ¿Dónde estaba la humildad de esa monja? Y la reprendió.

     La santa replicó con todo respeto: “Sin embargo, Padre, en el Evangelio Nuestro Señor no nos dice que seamos santos como nuestra madre santa Teresa de Jesús sino que seamos perfectos como nuestro Padre Celestial, que es más”. No hubo respuestas.

     Una oración que busca el amor, amar, que se simplifica, se perfecciona.

 

     La oración perfecta es la contemplación. Es la de esa mirada silenciosa al misterio; ese perderse en la verdad; ese abandono de nuestra nada en el Todo, de nuestras miserias y flaquezas en la misericordia de Dios; es esos silencio en la escucha atenta de la Palabra; esa búsqueda y hallazgo del rostro de Dios.

     La oración contemplativa es el preludio de la visión beatífica.

     Dicen que san Francisco de Asís pasaba las noches repitiendo y saboreando las palabras “Dios mío y todo (todas las cosas)”, pero no como jaculatoria sino que era el resultado de la contemplación de una luz infusa que había recibido e iluminado la oscuridad del alma. Y una noche no era suficiente para que el santo saboreara lo que había contemplado en aquel tiempo infinitésimo.

     Por eso, hay que aprender a dejar hablar y hacer a Dios. A no taparlo con nuestros discursos.

 

     Las mujeres saben más de intuiciones, por eso hay más contemplativas que contemplativos. Los hombres son más de discurrir, de razonar y acá no hay nada para discurrir ni razonar. En todo caso, que los hombres lleguen a ser como aquel campesino de Ars que pasaba largas horas de rodillas frente al Santísimo y a la pregunta del santo cura sobre qué hacía allí tanto tiempo él le respondía: “Pues nada, yo le miro y Él me mira”. Ésta es cumbre de oración.

     “Hay que volver a la santa simplicidad de los niños”, decía san Hilario, para entrar en el Reino de los Cielos.

 

     En definitiva se trata de crecer en la vida espiritual por medio de la oración constante como deseo continuo de Dios y de la caridad (que ahí está la oración del corazón, en el ejercicio de ambos: la oración y el corazón). Crecer en el clima de la eucaristía donde se sacia el anhelo de Dios, donde se reposa –como Juan- en el corazón del Señor y donde se ahonda en la contemplación. Crecer en el silencio y en la sencillez. 

     Crecer para volvernos pequeños. Esos pequeños que entran en el Reino de Dios.

P. Justo Antonio Lofeudo


Homilía de la Solemnidad de Ntro. Señor Jesucristo, Rey del Universo:

     "Soy rey... Mi reino no es de este mundo".
    
Ya había sido anunciado el Mesías como aquel que vendría con todo poder. El profeta Daniel, en su visión apocalíptica (es decir reveladora de los últimos tiempos) había visto, en visión nocturna -según él mismo lo relata- al Hijo de hombre  venir sobre las nubes, presentarse ante Dios (representado como un anciano) y recibir poder, honor y el reino de todas las naciones. El poder que recibía sería poder eterno.
     En esta visión que nos presenta la primera lectura tenemos, ante todo, el título "Hijo de hombre" que el propio Jesús lo aplicaría a sí mismo, siendo éste uno de los títulos del Mesías. Viene sobre las nubes, es decir, en la gloria.
     Viene como ha de regresar el Mesías, según lo profetizado por aquellos dos ángeles (hombres vestidos de blanco) a los discípulos que veían partir al Resucitado entre las nubes (Cf Hch 1:9ss).
     Dios Padre lo glorifica y le otorga todo poder, lo hace Rey universal y su reino es eterno.
     Así le había sido anunciado a aquella virgen de Nazareth por el mensajero de Dios, Gabriel, cuando hablando del hijo que ha de concebir y dar a la luz, le dice: "Él será grande, será llamado Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fin" (Lc 1: 32-33).
    
En este pasaje también se dice que ha de ser el Mesías porque los judíos de la época esperaban que el Mesías fuera un rey davídico.
     Juan, el Bautista, daría testimonio de Jesús diciendo que el Padre había puesto todo en la mano del Hijo, es decir, que le había dado todo poder. Y agregaba que quien cree en el Hijo, por el hecho de creer en él, tendría vida eterna (Jn 3:35-36ª).
    
Después de haber ofrecido el signo de su poder sobre la materia, en la multiplicación de los panes, nos dice la Escritura que Jesús huyó a la montaña porque habiendo las multitudes visto tal signo querían hacerlo rey por la fuerza (Cf Jn 6: 15).
     "Mi reino no es de este mundo..."
    
Y ahora, ante Pilato, dice que él es rey: "Yo soy rey".
    
Pero, qué rey es éste a quien han de coronar de espinas y que la noche anterior había lavado los pies de sus discípulos y que en una ocasión había dicho "cuando sea elevado atraeré a todos hacia mí" (Cf Jn 12:32) ? Dónde ha de ser elevado? Cuál es su trono? Cuál es su poder?
     Conocemos la respuesta, porque esa es la respuesta donde terminan todas las preguntas. ¡He aquí al Rey! ¡Éste es su trono! Sí, la cruz es su trono y su poder es el amor. Contemplar al crucificado es contemplar el icono del amor.
     Su amor es más fuerte que el dolor de la Pasión y que la muerte.
     No hay poder como el suyo, no hay mal que no sea vencido en la cruz.
Éste es nuestro Rey que reina desde el trono de su cruz y cuyo cetro es el amor. Y este reinado no tendrá fin.
     Pablo dice, en la carta a los Romanos, "si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo" (Rm 10: 9).
     Jesús es quien padeció y murió en la cruz para mostrarnos el poder del amor y rescatarnos de la esclavitud del pecado, del dominio de satanás y darnos la vida eterna venciendo a la muerte.
     Jesús es quien resucitó de entre los muertos y ha sido glorificado y ha de regresar en la gloria, como leíamos en el Apocalipsis, en la segunda lectura.
     Vendrá con todo su poder, entonces manifiesto.
     Jesús es el Señor, es decir, es Rey.
     Ahora cabe la pregunta si nosotros verdaderamente confesamos que él lo es, y si creemos en nuestro corazón que resucitó y ha sido glorificado por el Padre.
     Si nosotros, además de proclamarlo, vivimos de acuerdo a lo que proclamamos.
     En otras palabras si Él es verdaderamente el Señor en mi vida. Si todas las áreas de mi vida están puestas bajo su señorío o si mi señor es alguna otra persona, o yo mismo, o el dinero o el poder de este mundo, la fama, la gloria humana. Cuán coherente soy con lo que digo y vengo hoy a celebrar.
     Mártir significa "testigo". Ese es el primer significado, luego se extendió a aquellos que daban testimonio de su fe con su sangre.
     Quizás a nosotros no se nos pida tanto como dar testimonio con la sangre, pero lo que todos, para ser verdaderamente cristianos, debemos hacer es dar testimonio de aquello en lo que creemos, mejor aún de Aquel en quien creemos.
     Debemos ser coherentes con lo que proclamamos y vivir bajo el Señorío de Cristo, permaneciendo en su amor, cumpliendo en todo con la ley del Reino, que es la ley del amor.
     Sólo así seremos dignos de aquellos mártires mexicanos que enfrentaban al pelotón de fusilamiento al grito de "¡Viva Cristo Rey!"
     Queridos hermanos, ¡Viva Cristo Rey!

P. Justo Antonio Lofeudo


Llanto sobre Jerusalén
Homilía de la Santa Misa del 20 de noviembre 2003-Lecturas: 1Mac2:15-29; Sal 50:1-2,5-6,14-15; Lc 19:41-44

     “Al acercarse y ver la ciudad, lloró por ella, diciendo: “Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz!”. Pero ahora ha quedado oculto a tus ojos.

     Porque vendrán días sobre ti en que tus enemigos te rodearán de empalizadas, te cercarán y te apretarán por todas partes, te estrellarán contra el suelo a ti y a tus hijos que estén dentro de ti y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visita” (Lc 19: 41-44).

 

     Se lamenta el Señor sobre Jerusalén y llora por ella. Ya había dicho que era la ciudad que mataba a los profetas y apedreaba a los enviados y le reprochaba, con una imagen de una gran ternura, las veces que había querido reunir a sus hijos como la gallina cobija a sus polluelos bajo sus alas, y Jerusalén se había rehusado (Cf Lc 13:34-25).

     Sin dudas se trata de un juicio sobre toda la ciudad aún cuando hubo

algunos habitantes que siguieron y escucharon a Jesús, pero éstos serían una pequeña minoría.

     Y le dice, entonces, “no has escuchado, no has sabido reconocer el tiempo de tu visita, has rechazado que Dios, quien tanto ha demostrado su amor por ti, te cobijara. Y bien, porque tú lo has querido deberás sufrir. Ha sido tu elección, tu tozudez en escuchar a Dios que te ha enviado profetas y, por fin, a su propio Hijo”.

     Jerusalén, la ciudad que David había elegido como capital de su reino, la que orgullosa se alzaba sobre el Monte Sión y donde se erigía el templo del Señor, había rechazado una y otra vez al Dios que decía adorar.

     El Espíritu no estaba en ella. Porque es el Espíritu quien confiesa la visita del Señor.

     El sacerdote Zacarías canta, lleno del Espíritu: “¡Bendito el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo!”.

     Éste es el mismo Zacarías que por incrédulo había enmudecido y ahora reconoce la visita de Dios a su pueblo (Cf Lc 1:68).

 

     Pero, Él vino a los suyos y los suyos no lo recibieron (Cf Jn 1:11). Vino la Palabra por medio de los profetas y no fue escuchada, vino en la carne y tampoco fue recibida.

     Cerrados al Espíritu no reconocen la visita y Jesús llora. Es el mismo lamento de Dios, puede decirse.

 

     Desde el Monte de los Olivos hay una magnífica vista de la ciudad de Jerusalén. Allí, a medio camino hacia la cima, hay una capilla católica, en forma de lágrima, cuyo nombre es “Dominus flevit” , quiere decir el Señor lloró, y fue erigida para recordar precisamente este pasaje del Evangelio.

 

     Nosotros hemos sido visitados por el Señor. Más aún, somos inhabitados por la misma Santísima Trinidad por la gracia. Es decir, ya no se trata de visita sino de permanencia.

     El Señor vino para quedarse. La primera pregunta, entonces, es ¿cómo lo acogemos? Y luego, ¿verdaderamente permanece Él en nosotros? O más bien ¿permanecemos nosotros en Él?

     Jesús nos dio más que una exhortación un mandato. Dijo: “Permanezcan en mí como yo permanezco en ustedes”. Y luego, nos advirtió : “Si no permanecen en mí... no pueden dar frutos… separados de mí nada pueden hacer”. Dándonos –a continuación- este, más que consuelo, aliciente: “Si permanecen en mí… pidan lo que quieran y lo conseguirán”. Quiere decir que la condición para ser plenamente satisfechos en lo que pedimos es la permanencia en Cristo. Pero, cabría preguntarse ¿Cómo hacemos para permanecer en Él? Jesús mismo nos da la respuesta: “Si guardan mis mandamientos permanecen en mi amor”.

     Se diría que ya sabemos cuáles son sus mandamientos, son aquellos de la Ley de amor que el Mesías vino a enseñar: amar a Dios sobre todas las cosas, con todo el corazón, con todas las fuerzas, con toda el alma, y amar al otro como a sí mismo (Cf Lc 10:25-28).

     Sin embargo, más adelante dirá: “Este es mi mandamiento: que se amen entre ustedes como yo los he amado” (Cf . Jn 15:4 ss). Es decir, pone el Señor una condición y un mandamiento más exigente, es el mandamiento nuevo de amar sin medida, incondicionalmente, como Él nos ha amado.

Éste es el camino de la perfección cristiana que, quiera Dios, un día podamos alcanzar. Amar hasta el extremo. También el Señor nos pide, lo que es una particularidad de lo mismo, amar a nuestros enemigos. Pues, comencemos por amar a nuestros amigos y a los más cercanos a nosotros, que aunque –como Él también lo dice- no tenga mérito, en estos tiempos de grandes indiferencias y de extrema frialdad, de egoísmos homicidas, requiere más de un esfuerzo y ejercicio de virtudes.

     Por último, tengamos presente que para que otros sean visitados por el Señor es preciso que en nosotros more Él, porque si Cristo vive en nosotros podremos, por medio de nuestro testimonio, de nuestra proximidad al hermano que aún no ha experimentado su amor, hacer que el mismo Señor llegue a ese hermano.
P. Justo Antonio Lofeudo


Fiesta de Ntra. Señora de la Merced

     En el paso del Jordán, el Arca de la Alianza guiaba al pueblo de Dios. Sacerdotes y levitas la llevaban. Iban adelante de todos. Se pararon ellos en el Jordán y las aguas se abrieron para dejar paso al pueblo y entrar así en la Tierra Prometida. Que maravillosa prefiguración de la Santísima Virgen -Arca de la Nueva y Eterna Alianza- y de sus consagrados. Ella, quien tuvo en su seno a la Palabra Eterna, a Cristo, quien atesoró en su corazón cada una de sus palabras y gestos, y quien fuera portadora del Señor y Ella misma Buena Noticia al visitar a Isabel, es luego la que conduce al nuevo Israel y ante su presencia los obstáculos desaparecen, los impedimentos se esfuman, las aguas caudalosas se detienen, la corriente se divide, las aguas se abren y un nuevo Cielo y una nueva Tierra, prometidos, profetizados, nos esperan. Y así como Yahvé había rescatado a su pueblo de la esclavitud de Egipto, hoy también nos rescata de la esclavitud del pecado que nos lleva a la muerte eterna.
     Antes fue la sangre del cordero sobre los maderos de las puertas la señal de liberación, ahora es la Sangre del Cordero sobre el madero de la Cruz la puerta que nos lleva a la redención. Ayer fue el Arca de la Alianza el signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo, hoy es María señal del Emmanuel, de que Dios está con nosotros. María, la primera rociada por la Sangre del Cordero, que es su propia sangre, María Corredentora compartiendo el mismo sacrificio que nos rescata, María que trae a Jesús y nos lo presenta y nos lleva a Él y con nosotros lo adora. Esta María es nuestro refugio y en Ella está nuestra salvación porque es María de las Mercedes, María de los Rescates, María Auxiliadora, María Madre de todos nosotros, Madre de la Eucaristía!
P. Justo Antonio Lofeudo


Para la Exaltación de la Santa Cruz y Ntra. Sra. de los Dolores

     En cuanto a la primera lectura de Números
(Números 21:4-9) -en la que Moisés intercede ante Dios para salvar a los hebreos de las mordeduras letales de las serpientes, y en la que Yahvé le ordena hacer una serpiente de bronce y ponerla sobre un asta para quien la mire sea sanado- tenemos dos prefiguraciones de Cristo. Primero en Moisés como intercesor del pueblo ante Dios y luego en la serpiente venenosa. Seguramente a todos nos choca la comparación de Jesús con la imagen de la serpiente de bronce, y en gran parte, porque asociamos la serpiente a satanás tal como está en la misma Sagrada Escritura. Pero debemos ir a lo profundo de la figuración. Representa el animal maldito por Dios en el Edén, su veneno es el mal. Animal aborrecible como aborrecible es el pecado para Dios. Y ahí está la verdad y la exactitud de la comparación. Cristo se hizo maldito en la cruz, se hizo pecado -con todas las consecuencias que esto tiene- por amor a nosotros y al Padre. Él que era todo uno con el Padre, al asumir todo el pecado de la humanidad, experimenta el rechazo, el exilio, el abandono de Dios y se separa infinitamente del Padre. Es abominación. Así se entienden sus palabras en la cruz: "Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?". Hasta ese límite asume la humanidad. Ése es el cáliz amargo que pide al Padre no beber pero que, obediente en obediencia de amor, bebe hasta las heces: la noche oscura de Dios, su abandono, cuando a Dios no se lo ve, no se siente su presencia, el vacío horrible de la nada. Murió como maldito en la cruz para obtener para nosotros toda clase de bendiciones espirituales, en la soledad, abandonado, en el exilio de Dios, para quedarse con nosotros hasta el final de los tiempos.
     Cristo muriendo clavado en la cruz nos trae la libertad; padeciendo en la ignominia, burlado, escarnecido, insultado por todos, nos devuelve la dignidad de hijos de Dios; muriendo nos da la vida; obediente hasta el final nos reconcilia con el Padre; envuelto en las tinieblas nos sumerge en la luz radiante de la gloria. Su cruz es luminosa porque recibe la luz de su Resurrección. En su cruz tenemos la triple victoria que Él conquistó para nosotros sobre la muerte, sobre el pecado y sobre Satanás. Contemplando a la cruz y al crucificado que pende en lo alto de la cruz, verdadero icono de amor, reconociendo en su cruz nuestra salvación y liberación, somos salvados, como los que miraban a la serpiente de bronce sobre el asta eran curados. "Cuando sea elevado atraeré a todos hacia mí". En la cruz fue elevado en odio, nosotros en adoración lo elevamos en honor, gloria y amor.
La cruz es aquel árbol de la vida del cual Dios apartó al hombre en el Edén ("Ahora, pues, cuidado que no alargue su mano y tome también del árbol de la vida y comiendo de él viva para siempre. Y le echó Yahvé Dios del jardín del Edén", Gen 3:22-23) y que llegada la plenitud de los tiempos habría -por voluntad divina- de alzarse sobre el mundo para que el mundo viva y se salve. El fruto que pende del árbol de la cruz es Jesucristo, quien dijo "Mi carne es verdadera comida, mi sangre verdadera bebida... Quien coma de mi carne y beba de mi sangre tendrá la vida eterna... y yo lo resucitaré en el último día", Cfr Jn 6), y es quien da la vida al mundo, vida en abundancia, vida eterna.
     Desde la cruz repite, sin límite de tiempo, "tengo sed". A santa Margarita María Alacoque le decía "tengo sed de ser amado, adorado en el Santísimo Sacramento del altar".
     Debemos abrazar la cruz. El mal de nuestro tiempo es que hemos rechazado la cruz. Nadie quiere ningún sacrificio, todo debe ser placer. Los jóvenes no se casan porque no aceptan la cruz de cada día que significa el llevar adelante una familia. A los ancianos, a los enfermos, no se los acepta en las casas porque es sacrificar la vida de los otros. Los niños pueden ser un sacrificio en una cierta etapa de la vida, por lo tanto -como hay que disfrutar- fuera los niños, no se los tiene o se los mata.
     San Pablo decía que la cruz es locura, insensatez para los griegos (paganos) y escándalo para los judíos. Pero, en la cruz -agregaba- está la sabiduría de Dios. Hoy la cruz escandaliza. Hoy, en algunos un países es retirada de las aulas porque altera las conciencias. La cruz escandaliza. No se quiere entender el lenguaje de la cruz, y no se lo entiende porque no se ama. Sólo el amor vuelve comprensible y aceptable la cruz.
     Cuando sufre un inocente solemos escandalizarnos sin darnos cuenta que ese sufrimiento está unido al de Cristo y es redentor, salva a otros. Si tanto es el sufrimiento de inocentes es porque tan grande es hoy el mal en el mundo.
     Aceptemos la cruz de cada día y contemplemos con fe y amor al crucificado para reconocer en la cruz nuestro signo, el signo por el que somos salvados y liberados de todo lo malo.

     Para aproximarnos algo al dolor de la Sma. Virgen deberíamos pensar en una madre en el lecho de muerte de su hijo. Pero ésta es sólo aproximación porque la madre es nada menos que la Inmaculada y el hijo es el Hijo de Dios. Ella fue "impecable" (incapaz de pecar), nació inmaculada, sin rastro del pecado original y jamás pecó, ni siquiera mínimamente, en su vida. Por lo tanto era la total inocencia frente a todo el mal del mundo, el mal que asumía su Hijo en la Cruz.
     "Ved si hay un dolor parecido al mío" escribió el escritor inspirado en el libro de las Lamentaciones y éste es el dolor de la Virgen. Traspasada es su alma por la espada, como había profetizado Simeón. Profecía que quizás Ella recordaría en el momento en que el "bien de su alma" se encontraba con el absurdo del misterio de la iniquidad.
     Traspasada es su alma cuando su Hijo es atravesado por la lanza, cuando ya había expirado. Traspasado es su corazón ante las palabras de Jesús al morir: "He ahí a tu hijo". Con san Bernardo decimos: ¡vaya cambio! Jesús es sustituido por Juan. El siervo sustituye al Señor, el discípulo al Maestro, el hijo de Zebedeo al Hijo de Dios, y el simple hombre al Dios verdadero.
     Ante este misterio de la pasión de Cristo y de la compasión de María, asociada de tal modo por Dios a la salvación de los hombres que en el Gólgota, además de Madre, se vuelve verdadera Corredentora, ante este gran misterio sólo nos cabe inclinar la cabeza y alabar la grandeza de María.

P. Justo Antonio Lofeudo


De una homilía durante la misión para la Adoración Eucarística Perpetua

Parroquia del Purísimo Corazón de María, Barriada de Cancelada, Estepona, Málaga, España

     Cuando el Bautista vio pasar a Jesús dijo a sus discípulos "He aquí al Cordero de Dios...". Antes de la comunión, cuando el sacerdote eleva la hostia consagrada dice: "Éste es el Cordero de Dios...". Es Él, el mismo Jesús de Nazaret, el que caminaba por los caminos de Judea, Galilea, Samaría. Es el que está frente a nosotros.
     Él, sólo Él es quien nos sana. Cuando el sacerdote presenta la Sagrada Forma el pueblo contesta: "Yo no soy digno de que entres en mi casa (en mí) pero una sola palabra tuya bastará para sanarme".
     Una sola palabra... Tú eres la Palabra... En el silencio de tu presencia resuena tu Palabra. Tú nos hablas desde tu silencio que es todo presencia. Y esa Presencia tuya, cuando te contemplamos con fe y amor, nos sana, nos salva.
     "Yo soy el Pan de Vida que desciende del Cielo".
     Nos acercamos al Santísimo Sacramento, nos inclinamos, nos postramos porque te reconocemos por la fe y por esa fe, al reconocerte te amamos.
Estamos llamados a crecer en unión íntima con Jesucristo, a ser sus amigos. Él mismo nos dice "ya no los llamo siervos sino amigos".
     Sólo en el clima de la Eucaristía -como nos enseña el Santo Padre- podemos crecer en amistad, en intimidad con el Señor.
     Así como en su vida terrena Jesús ocultaba en su humanidad su divinidad, ahora en su presencia eucarística oculta tanto su humanidad como su divinidad. Dios está oculto y no hace otra cosa que esperar que, a través de nuestra oración, de nuestra adoración, descubramos el secreto de su Presencia.
     Ahora vinimos a alabarlo, a darle gracias por los beneficios recibidos, a darle gloria, honor, a reconocer que Él es el único Salvador. Pero esta alabanza común debe corresponderse con nuestro amor personal en la hora de adoración al Santísimo Sacramento para que nuestro amor por Jesús sea completo.
     Él permanece, está siempre esperándonos. Él es quien acoge al hombre afligido, vencido, sufriente, agobiado, enfermo y lo envuelve en su amor, y le da alivio y lo sana y restaura:
     "Venid a mí, vosotros que estáis fatigados, agobiados, que Yo os aliviaré (os liberaré, os restauraré).
     El Santo Cura de Ars, san Juan María Vianney, mirando al tabernáculo estallaba en sollozos cuando les decía a los feligreses: "Él está allí, verdaderamente. Si supieras cuánto te ama serías la persona más feliz de la tierra".
     El Señor nos ha dicho que "allí donde está tu tesoro está tu corazón". Jesús debe ser nuestro tesoro. Permanezcamos en Él. Hagámosle compañía. Demos testimonio de su Presencia real, verdadera, substancial en el Santísimo Sacramento. Él nos repite: "Permanezcan en mi amor".
     Nuestra religión -dice el Santo Padre- es una religión de permanencia en el corazón de Dios.
     Cada uno de nosotros es el tesoro precioso de Jesús. Nosotros estamos seguros de estar en su Sagrado Corazón. Su Corazón noche y día palpita de amor por nosotros. Cuando lo adoramos le decimos que Él también es nuestro tesoro.
     Juan Pablo II ha dicho que el Santísimo Sacramento es el corazón vivo de cada iglesia. Nuestro dulce deber es honrar y adorar en la Sagrada Hostia, que nuestros ojos ven, a la Palabra Eterna Encarnada que no ven.
     ¡Qué gran maravilla, hermanos! Si dentro de una hora saliéramos a contemplar este maravilloso cielo andaluz, veríamos las estrellas, la luna, la obra de Dios en su creación y quedaríamos admirados contemplándola. Y al mismo tiempo esto nos llevaría a pensar que Él eligió esta tierra que es insignificante en medio de esa inmensidad de galaxias, de astros y estrellas. Sin embargo así lo quiso. Y en esta tierra eligió un pueblo pequeño, que nada contaba en el mundo, a Israel, y en ese pueblo a una pequeña aldea, Belén (Betlehem quiere decir casa del pan). Y en ese Belén de Judá buscó no una casa sino una escondida cueva. Esa ha sido la elección de Dios en su inescrutable plan de salvación. Y una vez que con su humanidad gloriosa habría de dejar esta tierra, antes -en aquel Jueves Santo antes de su Pasión- nos legó el sacerdocio para quedarse en esta partícula de pan, y para que en la adoración descubriéramos el secreto de su Presencia. Él está aquí, Él habrá de hacerse nuevamente presente cuando nosotros consagremos el pan. Ésta es nuestra fe, la fe de la Iglesia. Y esto ha de maravillarnos más que toda la creación.
     El Señor también nos interpela a nosotros: ¡Y vosotros quién decís que soy yo?" Nosotros decimos, en el Santísimo Sacramento eres Tú Señor. Tú en persona.
     Y nosotros también decimos como los discípulos de Emaús: "Quédate Señor con nosotros que se hace noche". Se está haciendo noche sobre el mundo. Las tinieblas se van cerrando. El mundo ya no puede salvarse por el hombre, tiene necesidad de una intervención divina.
     En la noche del mundo cada capilla de Adoración Eucarística Perpetua ha de ser un faro que ilumine, un refugio donde resguardarse, un clamor de victoria en la batalla por las almas.
     También el Señor repite aquellas palabras que están más allá del límite del tiempo: "¿Es que no habéis podido velar ni siquiera una hora conmigo?". Queremos darte, Señor, una hora de nuestro tiempo, una hora por semana, una hora consagrada a Ti, una hora que se vuelva santa. Esa hora que te demos, generosamente, no ha de contarse con la medida del tiempo porque ha de tener valor de eternidad.
     Queremos que en esta parroquia de Cancelada seas adorado día y noche, todos los días del año. Que el Santísimo Sacramento se vuelva el centro de atención de todos los enamorados de Cristo. Que Cancelada sea el faro que ilumine toda la costa mediterránea con el esplendor del Santísimo.
     Cuando el Santo Padre comenzó su pontificado, lanzó una apelación a todo el mundo cristiano: "Ábranle las puertas a Cristo!". Y lo volvió a repetir en más de una ocasión desde entonces. Una capilla de Adoración Eucarística Perpetua no es sino esas puertas de la Iglesia, abiertas de par en par a Cristo, de modo que quienquiera que sea, a la hora que sea, podrá encontrarse con su Señor y Salvador para recibir consuelo, alivio, paz, sanación.
     Debo saber que mi hora de adoración ha de cambiarme no sólo a mí sino al mundo. Porque Tú Señor sabes de multiplicación de gracias, y de misericordias.
     Santa Faustina tuvo una visión. En ella vio a un hombre adorando al Santísimo y a través de su adoración tocaba de tal modo el Corazón de Cristo que de él irradiaban rayos de misericordia sobre todo hombre, mujer, niño sobre la faz de la tierra.
     Quiero para finalizar exhortarlos a que se anoten en las horas de la noche, que son las heroicas. Los que adoran de noche hacen despertar el nuevo sol, el nuevo día. Es bueno que sepan que el Santo Padre, pese a su edad y a sus problemas de salud, aún hoy pasa una noche en la semana, postrado frente al Santísimo en adoración y lo hace recordando lo que relata la Sagrada Escritura, cómo Jesús pasaba noches enteras en oración al Padre. Los pastores, a quienes los ángeles llevaron a adorar al Señor que había nacido en Belén, también estaban en la vigilia de la noche.
     Jesús, quien dijo "cuando sea elevado atraeré todos hacia mí", fue elevado en la cruz por el odio. Quien se levanta en medio de la noche para adorar al Señor, por sobretodo lo está elevando en gloria y en amor.
     Nuestra fe, nuestra fe en la Eucaristía tiene el efecto de desatar (si así se puede decir) el poder de Dios. Como la hemorroísa tocamos con nuestra fe su corazón en cada hora de adoración, y lo proclamamos Rey. Y cuando lo proclamamos Rey, Él ha de reclamar su Reino, "un cielo nuevo y una tierra nueva" que han de venir. 

P. Justo Antonio Lofeudo


De una homilía dada en Medjugorje en el Día de la Asunción de la Virgen María

En torno a la lectura del Apocalípsis (Ap 11:19; 12:1-6,10)

     El Arca de la Alianza contenía la Palabra de Dios (la Torah) y sus mandamientos. El Arca se presenta en el santuario de Dios, que es el Cielo. Pero, ella misma es en sí un santuario porque está presente la Palabra. Es el corazón del santuario. Juan dirá en el prologo de su evangelio que la Palabra es Dios y que todo ha sido creado por medio de la Palabra. Jesús es la Palabra, es Dios.
     Después del Arca se dice que aparece un signo grandioso: una Mujer vestida de sol, es decir, revestida de la luz increada de Dios.
     Entonces, primero se ve el Arca que contiene a la Palabra -prefiguración de la Mujer- y luego a la Mujer. Está encinta. Es María encinta que lleva en su seno la Palabra, el Verbo, Cristo. María es el santuario de Dios.
     Pero, junto a la Mujer hay otro signo, terrible, soberbio, maldito: el Dragón, la serpiente antigua maldecida por Dios. Es aquél que habiendo sido ángel de luz, por su libre elección y revelándose a Dios se ha vuelto ángel de las tinieblas, satanás, el adversario de Dios, de los santos, de todas las cosas santas, homicida desde el principio.
     Y se dispone a hacerle la guerra a la Mujer que lleva en sí los dolores del mundo. Pero, esta Mujer es Madre y Madre de Dios. Esta Mujer es fuerte y bella. Ella es más fuerte que él. Ha sido humilde y ha sido elevada por encima de toda creatura siendo la más próxima a Dios. A Ella le ha sido dado el poder de aplastar la cabeza orgullosa del diablo, de este maldito Dragón. Y Ella lo aplasta con su pie, con su talón, con los más pobres y humildes de sus hijos que están con Ella y sometidos a Ella. Esos hijos a Ella consagrados que observan los mandamientos divinos.
     Esta Mujer gloriosa transcurrió, como María, su vida oculta en la santidad, llevando la Palabra, dándola a luz para luego contemplarla, adorarla, escucharla.
     Esta pequeña grande María, como su Hijo, tuvo un día su Pascua pasando de esta vida al Cielo. Fue Asunta la Madre de la Vida, la Inmaculada quien por ser tal, por no haber conocido pecado, tampoco conoció la muerte.
     Asunta al Cielo pero que no dejó en 2000 años de visitarnos.
Seamos como Isabel, abramos nuestros corazones a esta presencia de la Virgen. Se llenen nuestros corazones, por esta presencia, del Espíritu Santo para decir con Isabel:"Quién soy yo para que la Madre de mi Señor venga a mí?". Se abran nuestros corazones para escuchar la voz del Espíritu que responde: "Tú eres su hijo. Por eso Ella viene hasta ti todos los días".
     Beata Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra, bendita seas por siempre. Bendita seas porque nos llamas y no te cansas de llamarnos aún sabiendo que somos infieles, pecadores, miserables.
     Tú nos muestras que tu Corazón Inmaculado es más grande que nuestros pecados. Tú eres la Inmaculada que vienes a purificarnos, a lavarnos de nuestras inmundicias, a liberarnos, a sanarnos, porque -bendita y venerada Madre- nos llevas a Jesús, nuestra salvación.
     "María permaneció con ella unos 3 meses (es decir, todo el tiempo que faltaba para que diese a luz su pariente) y luego volvió a su casa". Ahora, Madre, permaneces con nosotros hasta el termino de esta gestación, de estos hijos tuyos que has llamado y reunido en torno a Ti en Medjugorje y luego volverás al Cielo. Por eso, estas son tus últimas apariciones en la tierra. De esta gestación saldrá el hombre nuevo y tiempos nuevos han de venir.
     Y ahora, como un día María abrió su corazón para volverse Madre de todos nosotros, abramos nosotros nuestros corazones para recibirla como nuestra Madre, en nuestra casa.

     Oh María, quiero consagrarme a Vos. Hoy me consagro a Vos. Consagro toda mi vida a tu Corazón Inmaculado. Acepta mi vida con todo lo que ha sido mi pasado, acéptala con todo lo que hoy hay en mí (mis miedos, mis sufrimientos, mis dudas, mis seguridades, mis alegrías, mis tristezas y mis amarguras). Acepta mi futuro con todo lo que tendrá.
     Tengo necesidad constante de tu presencia en mi vida para que me protejas, me guíes y me consueles. Sé que estando en Ti el mal no podrá entrar en mí. Sé que mi fracaso en Ti se volverá victoria y mi alma encontrará en Ti su reposo.
     Oh María, soy todo tuyo desde ahora y por toda la eternidad. Amén. 

P. Justo Antonio Lofeudo


De una homilía dada en Medjugorje en el Día de la Ascensión del Señor

Mc 16:15-20

     En el Evangelio de esta fiesta el Señor manifiesta tres aspectos importantes:
1. Da un mandato "Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio".
2. Nos da también una advertencia: El que crea se salvará. En realidad agrega, y sea bautizado: "El que crea y sea bautizado se salvará". Es decir, el que crea y lleve la marca de su pertenencia a Dios.
3. Dice que serán dados signos a los que crean. Signos para que otros crean y se conviertan a la Buena Nueva.
     Los signos manifiestan autenticidad, verdad sobre lo que se cree y predica. En este caso, lo extraordinario, lo milagroso, habla de Dios.
     Los discípulos creían, predicaban y vivían lo que predicaban, y el Señor acompañaba y confirmaba con signos.
     Cabría entonces preguntarse: qué signos acompañan nuestra fe? Tenemos una Buena Noticia para dar al mundo? La damos? Cómo la damos?
     Éste es tema para la reflexión, pero de lo que ahora quiero hablarles es de un signo que no es un milagro sino un misterio, un sacramento. En verdad, es el sacramento por antonomasia, fuente y culmen de la vida espiritual de la Iglesia. Este signo es la presencia real, sustancial de Cristo en la Eucaristía: "El que crea se salvara".
     Los signos de los que habla la Palabra de Dios llevan a una realidad superior indicando un poder sobrenatural (beber veneno, tomar con la mano serpientes,...). Pero este signo es en sí mismo Todo. Es el mismo Señor con todo su poder oculto a los sentidos (por eso misterio) y sólo revelado a nuestra fe.

     El Señor ascendió y una nube lo oculto a los suyos. La nube de la fe lo oculta hoy a la vista pero lo revela al corazón. Quien no dejó el cielo al descender tampoco dejó la tierra al volver al Cielo. Y esto es sólo evidente a la fe: "El que crea se salvara".
     Dentro de poco diremos: "He aquí el Cordero de Dios". Y lo reconoceremos en la Hostia consagrada. Es el mismo Cristo que está a la derecha del Padre, junto a nosotros. Se habrán abierto los cielos a nuestra fe y se habrán unido a la tierra.
     El Señor dijo que se iba pero que también permanecía. Es el Espíritu Santo, enviado del Padre y del Hijo quien obra el sagrado misterio de la presencia del Señor. Al ascender Él elevó a toda la humanidad. Nuestra ascensión diaria es nuestra conversión de cada día. Y nos convertimos en la medida en que adoramos al Cordero, le rendimos honor y gloria, lo reconocemos como nuestro Señor.


     Él se fue para quedarse. Nosotros permanecemos con Él y en Él en la adoración. Él está con nosotros por su poder y divinidad -decía San Agustín- y nosotros en Él no por la divinidad sino por el amor hacia Él.
     El amor al Señor se mide por el amor a la Eucaristía y éste por la adoración eucarística. El máximo honor que le podemos tributar es la Adoración Eucarística Perpetua.
     En cada hora de adoración también nosotros subimos al Cielo por la gracia.
P. Justo Antonio Lofeudo


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