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IV Domingo de Cuaresma - Año C Así es Dios, es ese Padre que perdona y nos abraza ni bien comenzamos el camino de retorno a Él. Es el Padre que nos ha dado a su Hijo -que limpia nuestra suciedad de muerte con su sangre- que nos reviste de nueva vida y que ha preparado el Cordero para el banquete de fiestas. “Cuántos
jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me
muero de hambre”, se decía
el hijo, que había dilapidado la herencia, cuando decide ponerse en
camino a la casa del padre. ¿Qué
haces tú que recibiste el bautismo, que tuviste tu primera comunión,
fuera de la Iglesia? ¿Qué haces tú que te has apartado de la comunión?
Que has dejado que tu vida te apartara de Cristo. Tú que no te
confiesas, que no buscas reconciliarte con Dios. ¿Qué esperas? Y tú
que comulgas por rutina? Que saltas los domingos porque “es un día
para aprovechar afuera”? Aquí, en esta mesa, en este altar, está la
abundancia que te ha de saciar. Aquí está quien te llama: “Venid a Mí”.
Ábrele la puerta, acércate, ven a saciarte, a tener ya tu cielo en la
tierra, a pregustar las delicias del cielo en cada Eucaristía, en cada
adoración. Por los años 30, en el Magreb bajo dominio francés, se encontró un acta del martirio de cristianos. Era la de los mártires de Abilene. La autoridad romana le preguntaba a los cristianos: “¿Es cierto que ustedes se reúnen para sus prácticas, esas misteriosas, a su Dios?” –“¿Cómo no vamos a hacerlo? Nosotros no podemos vivir sin la Eucaristía (sin el domingo). La Eucaristía nos hace más cristianos”, respondieron. A nosotros, ¿la Misa nos hace más
cristianos? En
la Eucaristía se unen la potencia infinita y el amor infinito de Dios,
para quedarse Él con nosotros. ¡Cómo vamos a rechazarlo! San Agustín dice de la Eucaristía: “Aunque Dios es Todopoderoso, Él no es capaz de dar más. Aunque eminentemente sabio no sabe cómo dar más. Aunque inmensamente rico no tiene más para dar.” ¡Seamos conscientes de Quien recibimos y a
Quien adoramos! Cuando
los hebreos llegaron a la tierra prometida, a Canáan, nos relata el
libro de Josué, Yahvé dejó de darles el maná porque ya habían
llegado a destino y a partir de entonces comerían los frutos del país.
Es alegoría perfecta de la acción de la Eucaristía. Mientras
atravesamos el desierto de esta vida terrena somos alimentados con la
Eucaristía. Es la Eucaristía la que nos sostiene y donde encontramos
fuerzas y consuelo para seguir adelante, pero llegará el día en que en
el Cielo seremos saciados por toda la belleza de Dios a quien
contemplaremos sin los velos eucarísticos. “Ni ojo vio ni oído oyó ni mente humana ha podido concebir lo que
Dios tiene preparado para aquellos que lo aman”, dice san Pablo (1
Cor 2:9). Si alguien no comía el maná sucumbía, no podía llegar a destino. Igualmente, si no comemos el Pan de Vida, si no tenemos nuestro encuentro en la Eucaristía con el Señor, si no lo aceptamos en nuestra vida, si no entramos en verdadera comunión con Él, no llegaremos a la vida eterna. “El que coma de mi carne y beba de mi sangre tendrá la vida eterna y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6:54). Por eso, queridos hermanos: “¡gustad
y ved qué bueno es el Señor!” El Señor tiene un proyecto de amor para esta ciudad. Un proyecto de bendición y protección especial y para que se realice depende de tu respuesta. El proyecto se llama Adoración Eucarística Perpetua. La adoración perpetua es cuando el Santísimo
Sacramento está expuesto día y noche y todos los días del año a la
adoración de los fieles. ¡Siempre! Para
tener la adoración perpetua necesitamos de ti, querido hermano, querida
hermana, que desees estar una hora a la semana con el Señor,
verdaderamente presente en el Santísimo Sacramento. Que quieras tener
ese encuentro, que quieras conocerlo, amarlo, consolarlo, reparar. Ábrete
a la gracia para que esta gracia corra, no se detenga y te toque a ti y
a otros, sedientos y hambrientos de amor, que se están muriendo. Con tu
disponibilidad deja que el Señor reavive a los que están muertos a la
gracia por sus pecados o que los pecados de otros los han matado. “Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguien oye mi voz y me abre entraré a él y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3:20). Jesucristo está a la puerta de nuestro corazón, de nuestros afectos, de nuestra inteligencia, de nuestra voluntad, de nuestras vidas. Y llama. ¿Quieres tú abrirle? ¿Quieres tú conocerle? ¿Quieres tú entrar en su amistad, en su intimidad? ¿Quieres tú beneficiarte, ser bendecido? ¡Ábrele! ¿Qué temes? No temas. “No temáis. Abridle las puertas a Cristo. Abridle a Él las puertas de par en par”, dijo el Santo Padre Benedicto XVI cuando comenzó su pontificado, repitiendo las mismas palabras que Juan Pablo II pronunciara en idéntica ocasión. Éste es el llamado del Papa, el llamado de la Iglesia, el llamado del mismo Cristo. “Si
alguien oye mi voz y me abre, entraré a él y cenaré con él y él
conmigo”. Los primeros en ser llamados son los que participan de la misma mesa del altar, los que comen del mismo pan eucarístico. Son los que han decidido encontrarse con Él. A ellos, a vosotros va dirigida la invitación. Encontrarse con Él: esto es comunión. Comunión es un encuentro. Tú no has venido a comer un simple trozo de pan. Has venido a alimentarte de su Palabra y de la Eucaristía, que es encontrarse con Él y adorarlo. El
Santo Padre en la reciente Exhortación Apostólica sobre la Eucaristía
recordaba aquellas palabras de san Agustín: “Nadie
come de esta carne sin antes adorarla [...], pecaríamos si no la adoráramos”.
Lo que tú comes es Pan del Cielo, Pan de Vida, es Cristo mismo, que te
alimenta en el camino de la vida, y es Dios y por eso debes adorarlo. Dios, por medio de su Iglesia, nos llama a todos a la conversión. Conversión y adoración van juntas. La adoración es camino hacia el amor de Dios, pues cuánto más se adora más se ama a Dios y cuanto más se ama a Dios más se lo adora. Adorándolo se recibe amor de Él, que es Amor, para llevar a los demás. Nadie puede dar nada que antes no haya recibido de Dios. Pues, el amor que no tengo lo recibo adorando al Señor. Y así, soy cada vez mejor a los ojos de Dios quien va haciendo su obra en mí, convirtiéndome. Esto demuestra que la adoración no es un acto pasivo como algunos creen. La adoración es una experiencia absolutamente transformante, que nos renueva cada vez que estamos frente al Santísimo. En la adoración dialogamos con el Señor aún cuando no pronunciemos palabra ni la concibamos en nuestra mente. Es el encuentro de dos presencias: la Suya, absoluta, y la de mi ser desnudo ante Él. Y allí, aún en el mayor de los silencios interiores, y sobre todo en ellos, la Palabra habla y cuando habla hace su obra, porque la Palabra es eficaz. Acerquémonos sin temor a Él, en el Santísimo Sacramento, dejemos que nos interpele, que nos arrope con su misericordia, que nos limpie con su mirada. Deseo ahora apelar a vuestra generosidad para, aquellos que puedan hacerlo, hagan un sacrificio. El sacrificio es el idioma del amor. En la cruz Jesús demostró cuánto nos ama. Dio su cuerpo en la cruz de modo de darnos su Cuerpo en la Sagrada Comunión. Ahora podemos decirle cuánto lo amamos haciendo el sacrificio de tomar una de las horas de la madrugada, de esas que van desde la medianoche hasta las 6 de la mañana. “Amor con amor se paga”. Jesús no es indiferente a tu amor. Tu sacrificio consuela a tu Dios y apaga su sed de amor y adoración. |
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III Domingo de Cuaresma - Año C
“¿Pensáis que esos
galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así?
Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y
aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis
que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo
que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”.
Y les dijo esta parábola:
“Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en
ella, y no lo encontró. Dijo
entonces al viñador: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar
fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a
ocupar terreno en balde?”.
Pero el viñador contestó:
“Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré
estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas”. El Señor toma dos hechos, que hoy llamaríamos, de crónica: una revuelta de galileos contra Roma en la que los rebeldes fueron ejecutados por Pilato y mezclada su sangre con la de los sacrificios, y el derrumbe de una torre que aplastó una gente en Jerusalén, para advertirles y advertirnos sobre la necesidad urgente de la conversión. Nos enseña Jesús que desgracias y calamidades golpean no necesariamente a los más pecadores o culpables. A cualquiera puede sobrevenirle el mal, que también llega a caer sobre inocentes. Es totalmente cierto que el pecado del hombre es la causa a la que siempre habrá que remitirse para entender el porqué de acontecimientos infaustos, pero el Señor nos enseña que no hay relación directa entre éstos y el estado del alma de las víctimas. La primera conclusión que podemos sacar -tanto del episodio del Evangelio como de la parábola que le sigue- es que la muerte puede esperarnos en cualquier momento; y la pregunta que debemos hacernos es: ¿Cómo me presentaré ante Dios? ¿Qué obras tendré para mostrarle? Esto nos obliga a repensar nuestras vidas y ver qué estamos haciendo que no está de acuerdo con lo que Dios espera de nosotros, o qué no estamos haciendo que deberíamos hacer. Es el momento de pedir al Espíritu Santo que ilumine nuestras conciencias y nos muestre el pecado que anida en nuestro corazón. Es el momento de purificarnos. La segunda conclusión es que en la medida que me convierta, o mejor dicho que deje que Dios convierta mi corazón hacia Él, expulso el mal de mi vida y al hacerlo lo estoy expulsando del mundo. En efecto, sabemos que el mal que se comente no es puntual, no para allí donde y a quien fue cometido. El mal que hago no sólo me lo hago a mí sino a otros, algunos de los cuales ni conozco ni sospecho que puedan ser afectados. Será el día del Juicio cuando sabré qué efectos tuvo el pecado que cometí sobre todas las personas y qué significó como ofensa a Dios. La tercera conclusión es que cuando camino hacia Dios, es decir cuando me decido por la conversión, gozo de la protección del Señor. Y Él me protege aún cuando no siempre me preserve del mal. Lo que sí seguramente hará es preservarme en el mal. ¿Qué quiere decir esto? Que habrá hechos aciagos, como enfermedades y muertes mías o de personas a las que amo, que ocurrirán, pero aún en ese caso el Señor estará conmigo y no temeré ningún mal. Como el salmista, pleno de la confianza en el Señor, podremos decir: “aunque atraviese por un valle tenebroso ningún mal temeré” porque “el Señor es mi Pastor” (Cf Slm 23,4,1). El acontecimiento funesto no nos será ahorrado, aunque seguramente atenuado, pero sabremos de la presencia y de la cercanía de Dios y de la Santísima Virgen en ese momento de dolor y el mal estará contenido sin dañarnos en lo profundo de nuestro corazón. Uno de los signos de la presencia y cercanía divina es la paz que sólo puede venir de Dios. Todos estamos necesitados de conversión, todos debemos convertirnos. Ahora, no mañana. La conversión no es asunto que admita dilaciones. Quién podrá asegurar que mañana estará aún vivo. El llamado a la conversión no es sólo para los que no asisten a Misa los domingos, o para los que no son católicos, o los no consagrados. Todos, absolutamente todos, debemos convertirnos a Dios. Y día a día. La conversión no es un estado. Nadie puede decir: “yo estoy convertido”. La conversión es un camino. Un camino de perfección en el amor, en el que día a día aprendemos a amar más. Un camino de despojo del egoísmo, de todos nuestros sentimientos negativos y nuestros vicios, de nuestros pecados de todo tipo. En fin, un camino –hay que decirlo, por más que se le tema a la palabra- de santidad. Dios nos llama a la santidad. Alguien dijo que la única tragedia del hombre es no ser santo. Porque, verdaderamente, qué es la vida de una persona si gana este mundo pero pierde la eternidad. ¡Cuán tristes son esas vidas resecas en su egoísmo, incapaces de amar y de hacer el bien, que pasan por la tierra sin dejar otro rastro que, cuando los hay, logros materiales y nada más! Vidas sin Dios, sin amor, sin el otro. ¡Qué tremendo el momento del encuentro con Dios en la eternidad! Y ¡qué eternidad! Dios no quiere eso para nosotros, por eso nos llama a la conversión. A este camino cuya meta es el encuentro con Él, pero ahora, aquí en la tierra. Dios está oculto pero se deja encontrar por quien lo busca con sincero corazón. Más aún, Dios sale al encuentro del hombre y lo hace en Jesucristo, que a todos tiende la mano y a todos llama: “Venid a Mí”. “Venid a Mí, vosotros que estáis fatigados y agobiados que Yo os aliviaré”, dice el Señor. “¡Venid a Mí!”… Decía el Santo Padre Juan Pablo II: “es en el Santísimo Sacramento que estas tiernas palabras encuentran plena confirmación”. Jesucristo nos llama a la Eucaristía, a la adoración. Como nos recordaba el Santo Padre Benedicto XVI, refiriéndose a la comunión eucarística: “Comulgar no es como comer un simple trozo de pan. No. La comunión es un encuentro entre dos personas: mi persona y la de Aquel que es mi Creador y Salvador”. Por eso la adoración también es comunión, porque es permanecer con quien hemos encontrado. Por lo mismo, a la comunión sacramental sigue la adoración. Conversión y adoración van juntas. La adoración es camino hacia el amor de Dios, pues cuánto más se adora más se ama a Dios y cuanto más se ama a Dios más se lo adora. Adorándolo se recibe amor de Él, que es Amor, para llevar a los demás. Nadie puede dar nada que antes no haya recibido de Dios. Pues, el amor que no tengo lo recibo adorando al Señor. Y así, soy cada vez mejor a los ojos de Dios quien va haciendo su obra en mí, convirtiéndome. Esto demuestra que la adoración no es un acto pasivo como algunos creen. La adoración es una experiencia absolutamente transformante, que nos renueva cada vez que estamos frente al Santísimo. En la adoración dialogamos con el Señor aún cuando no pronunciemos palabra ni la concibamos en nuestra mente. Es el encuentro de dos presencias: la Suya, absoluta, y la de mi ser desnudo ante Él. Y allí, aún en el mayor de los silencios interiores, y sobre todo en ellos, la Palabra habla y cuando habla hace su obra, porque la Palabra es eficaz. Acerquémonos
sin temor a Él, en el Santísimo Sacramento, dejemos que nos interpele,
que nos envuelva con su misericordia. ¡Venid a Mí! ¡Aquí estoy, Señor! |
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Domingo
II - Año C En
el episodio que nos relata el evangelio de san Juan, por el cual el Señor
manifestó su gloria y los discípulos creyeron en él -la transformación
del agua en el vino, en el marco de un banquete de bodas- nos lleva a
otra mesa, la de la Última Cena, en la que el mismo Señor, entonces sí
llegada su Hora, hará del vino su sangre. Ésta es la analogía que se
nos presenta: agua en vino, vino en sangre. Sin
embargo, hay que notar que no se trata de lo mismo, porque la analogía
dice de similitud y de diferencia. Semejanza
en cuanto hay una transformación de agua en vino y otra de vino en
sangre. Algo que no era antes es luego. Desemejanza porque a lo primero
lo llamamos milagro, algo que vemos, que se hace evidente porque antes
había agua y ahora hay vino. Lo
segundo, en cambio, es un misterio porque seguimos viendo el vino y sin
embargo ya no lo es. Para
los sentidos es vino pero no para la realidad de la fe (realidad
de la fe que viene ayudada a través de los siglos con los llamados
milagros eucarísticos como el de Lanciano de hace 1300 años atrás).
En
las Bodas de Caná se trata de un milagro en el que Jesús muestra su
poder sobre la materia, poder que sólo puede ser divino y no ilusión mágica.
Ese mismo poder es el que obra el misterio en el Cenáculo de Jerusalén,
por la eficacia de sus palabras: “Esto es mi cuerpo”, “éste es el
cáliz de mi sangre”, haciendo que el pan se vuelva su cuerpo y el
vino su sangre. Éstas son
las mismas palabras que el Señor dice por medio del sacerdote que
oficia los santos misterios y en cada Misa, nuevamente, se hace presente
el Señor en su humanidad y en su divinidad. El
milagro, como el de Caná, se revela a nuestra inteligencia mediante los
sentidos y siempre que la mente no esté obnubilada como para negar la
evidencia. El
misterio, en cambio, se manifiesta revelándose a nuestra fe. El
misterio eucarístico es como el misterio de Cristo, que es una figura
accesible en tanto hombre pero su persona divina permanece en el
misterio al que sólo podemos acceder por medio de la fe. Creen
los primeros discípulos en Él porque han visto la autoridad de quien
puede hacer una nueva creación de la materia, del agua vino.
Es un signo del poder de hacer nuevas todas
las cosas. La
Madre del Señor cree no tanto por lo que haya visto de su Hijo sino más
bien porque en Ella habita la plenitud del Espíritu, esa misma plenitud
que la hizo llena de gracia, esa plenitud de donde salió el sí al
proyecto de Dios, sin condiciones, absoluto, gozoso y permanente. Ella
es la mujer de fe, la Madre de los creyentes. Conoce,
sin dudas, el poder de su Hijo sobre todas las cosas, pero antes conoce
el poder de su amor. Los
milagros que Jesucristo obra son, como los llama muy justamente san
Juan, signos. Signos de su poder divino y de su misericordia, signos del
reino de Dios que debe venir. Esto
lo conoce María, su Madre y sabe también que este reino viene por la
fe. El
Señor nos pide fe para obrar el prodigio. Por la fe, podemos decir, se
libera el poder de Dios. Por la fe en el misterio de la Eucaristía el
Señor obra en nosotros y en otros, milagros, entre muchos el de la
conversión y salvación de una persona. “Tu
fe te ha salvado”, son las palabras del Señor a quienes cura. Hay que decir también que
los discípulos creen en Jesús por la fe de María que impulsa al Señor
a manifestarse. También nosotros debemos hoy con nuestra fe impulsar a
otros a creer, debemos comunicar la fe en Cristo y en su presencia en la
Eucaristía, dar testimonio de ella. La salvación de la
humanidad no viene del mero empeño humano
sino
de la fe en el único Salvador. Hoy estamos llamados no sólo
a creer en su presencia real, única, verdadera en la Eucaristía sino a
dar testimonio de nuestra fe y de nuestro amor por ella. La mejor manera de dar ese
testimonio es adorando y adorando sin interrupción como respuesta en el
tiempo hacia Aquel que no deja de amarnos de amor eterno, que no deja de
ser Dios. Hoy, la Santísima Virgen
nos llama y nos impulsa a la fe en Jesucristo en la Eucaristía, a
enamorarnos de Jesús en la Eucaristía y a adorarlo sin interrupción. Nos llama a manifestar
nuestro amor y nuestra fe en la Adoración Eucarística Perpetua. La situación del mundo en
que vivimos está fuera de toda solución humana, sólo una intervención
divina podrá traer el bien y la paz a la tierra. Sólo Jesucristo tiene
el poder de hacer nuevas todas las cosas y ese poder se ha de desatar
por nuestra fe en su presencia en la Eucaristía. Ese Reino de Dios ha de
venir sobre la tierra por la Adoración Eucarística Perpetua. Cada capilla de Adoración
Eucarística Perpetua es una puerta que estamos abriendo al cielo porque
nos unimos a los ángeles y a los santos en adoración ininterrumpida.
Cada una de esas capillas es luz que ilumina en medio de las tinieblas
en que está sumergido el mundo. Es escuela de silencio, cuando el
silencio se vuelve Palabra, y por tanto
comunión con Dios. “Es hermoso estar con
Cristo y, reclinados sobre su pecho como el discípulo predilecto (cf Jn
13:25), palpar el amor infinito de su corazón… ¿Cómo no sentir una
renovada necesidad de estar largos ratos en conversación espiritual, en
adoración silenciosa, en actitud de amor ante Cristo presente en el
Santísimo Sacramento?” (Juan Pablo II). En
Caná de Galilea, el Señor, por la intercesión de María Santísima,
cambió el agua en vino, es decir el fracaso y la humillación en alegría
festiva. Invoquemos la intercesión de nuestra Madre del Cielo, para que
por nuestra adoración incesante, día y noche, haga el Señor despuntar
un nuevo amanecer sobre la tierra.
P. Justo Antonio Lofeudo |
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6
de enero: Solemnidad de la Epifanía del Señor
También
nosotros, como los Magos, estamos llamados a ponernos en movimiento,
saliendo de la oscuridad para ver la luz que nos conduce hasta la
presencia del Señor. No podemos conformarnos pensando “yo soy católico
y bautizado, tengo fe y hago mi vida” o “soy religioso, sacerdote,
no tengo necesidad de conversión” y no caminar hacia Él, no
seguirlo. Todos somos llamados a despertar y caminar hacia Dios.
Esa
luz que nos conduce no es la de una estrella, es la del Espíritu Santo
que, por la fe que nos da, ilumina toda nuestra vida.
Si,
como los Magos, preguntamos: ¿Dónde está el Señor? La Esposa, que es
la Iglesia, nos dice dónde: en el pobre, en el débil, en el
desamparado, en el enfermo y triste. Y siempre en la Iglesia misma, en
la Eucaristía.
Ofrezcámosle
el regalo de nuestra presencia humilde, que eso le agrada al Señor.
El
Santo Padre Benedicto XVI dijo: ”Muchos hablan de Dios y en el nombre
de Dios se predica el odio y también se practica la violencia”. Por
ello, dijo, es «urgente
llevar al hombre de hoy a “descubrir” el rostro auténtico de Dios,
y como los Magos, postrarse ante él y adorarle”.
Y agregaba: «La
adoración no es un lujo, sino una prioridad».
Queridos
hermanos, es el mismo Señor que nos invita a la adoración cuando
nos dice: “Venid
a Mí...”. El adorador es aquél que le ofrece a Dios el regalo de su
fe y de su amor y que también él encuentra su regalo, su tesoro.
Porque la Eucaristía es el tesoro de la Iglesia. La Eucaristía es el
regalo del Corazón de Jesús.
Estad
atentos porque es el Señor quien os invita: “Venid”.
Y
el Señor, como a los discípulos del Bautista, si venís os promete:
“Veréis”. Sí, “venid y veréis”. Venid y haced experiencia de
Dios y encontraréis toda clase de bienes espirituales y la amistad de
todo un Dios.
Dios
no deja de ser Dios. Por esto nosotros no debemos dejar de adorarlo. Por
esto nuestra adoración debe ser incesante.
Ésta
es una de las razones para tener adoración perpetua.
La
Adoración Eucarística Perpetua es la respuesta en el tiempo hacia Quién
no deja de amarnos con amor eterno.
Adoración
Perpetua significa la exposición del Santísimo día y noche, sin
interrupción y durante todos los días del año.
Adorando
daréis testimonio de vuestra fe y de vuestro amor. Los que adoran día
y noche son los mejores testigos del Resucitado, y verdaderos profetas
de la Eucaristía, que anuncian al mundo, a cada momento: ¡Dios
existe, Dios está aquí, en medio de nosotros. Dios está con nosotros
y por nosotros!
La
adoración perpetua tiene necesidad de vosotros, pero también vosotros
tenéis necesidad de la adoración perpetua, porque en ella encontraréis
las respuestas a vuestros problemas, a vuestras preguntas, encontraréis
consuelo, paz verdadera. Encontraréis al mejor de los amigos, a vuestro
Dios.
Imaginaos,
por un instante, una capilla siempre abierta, para quienquiera que sea,
a la hora que sea, pueda encontrarse con Jesús!
Por
el Evangelio sabemos que unos extranjeros emprendieron un viaje muy
largo para contemplar y adorar al Señor de la gloria. Con san Juan Crisóstomo
podemos preguntarnos hoy: ¿Qué excusa tenéis si os echáis atrás
ante el corto camino de ir a visitar al Santísimo Sacramento?
Y
tú, que tienes 168 horas a la semana, ¿no habrás de darle una de esas
horas a tu Dios?
No
temáis que Él no va a quitaros nada. ¡Si os está llamando para
daros! Para regalaros bendiciones, gracias, para que tengáis frutos.
¡Si
os quiere daros protección y amor! Para cambiar tu corazón.
Tu
hora santa no sólo te cambia a ti, hermano adorador, también cambia al
mundo.
El
tiempo que tú tomas para estar con Jesús es bendecido por Él de tal
modo que multiplica tu ofrenda en una abundancia de gracias como
multiplicó aquellos pocos panes en tantos que quitó el hambre de
muchos.
Tu
adoración llegará como bendición no sólo a los tuyos sino a quien más
necesita de su misericordia.
La
ventaja de tener adoración perpetua es que se hace fácil encontrar una
hora una vez a la semana para estar con Jesús.
Por
boca de Isaías, Dios llama a su pueblo a despertar, a salir del sopor y
de la falsa y letal comodidad porque “la gloria del Señor amanece
sobre ti”. Éste es un llamado especial para adorar en horas de la
tarda noche.
Los
que adoran durante esas horas de la madrugada son los centinelas de la
aurora que verán el amanecer de la gloria del Señor, que harán
despuntar el nuevo día que todos esperan.
Por
vuestro generoso sí la iglesia estará siempre abierta. Y el Señor, a
quien no se puede superar en generosidad sabrá cómo recompensaros. ¡Vayamos
a adorarlo! P. Justo Antonio Lofeudo |
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1°
de enero: Solemnidad de Santa María, Madre de Dios Nestorio,
en el siglo V, decía que la Virgen no era Madre de Dios sino Madre de
Cristo, porque él pensaba, erróneamente, que en Jesús había dos
personas: una divina y otra humana, como si se tratase de un
desdoblamiento en dos sujetos en un mismo cuerpo. Una sola es la persona
de Cristo y ésta es la divina que asume la humanidad en la Virgen. La
persona del Salvador es la del Verbo y, como lo proclama san Juan en el
prólogo de su Evangelio, es eterno, existe desde el principio junto al
Padre y es Dios. María es madre de la persona de Cristo, esto significa
de Dios, en tanto la persona de Cristo es la persona de Dios. El mismo
Concilio de Éfeso del 431, que condena el nestorianismo como herejía y
confiesa que en Cristo hay una sola persona y dos naturalezas, humana y
divina, es el que confirma el título de Madre de Dios, ya que una
verdad de fe es consecuencia de la otra. La
Iglesia comienza su año litúrgico en el Adviento donde la figura de la
Virgen es esencial porque por Ella nos ha venido el Salvador y porque el
primer adviento, en cuanto espera del Señor que viene, fue todo de
Ella. La misma Iglesia ha querido que el año civil se inicie honrando a
María como Madre de Dios, porque en María está lo nuevo, es la Mujer
nueva, la nueva creatura que pone de manifiesto la voluntad de Dios de
hacer nuevas todas las cosas. Un año comienza, un tiempo se abre al
futuro como, en la plenitud de los tiempos, se abrió la era mesiánica
en la Santísima Virgen, creada inmaculada, predestinada a ser al Madre
de Aquél que hará nuevas todas las cosas. Cuando
nos adentramos en el misterio de esta Mujer elegida desde la eternidad
por Dios nos damos cuenta que cuanto más honramos a la Madre más
glorificado es el Hijo. Madre
de Dios no es tan sólo un título, por más que sea el de mayor
dignidad para la Virgen Madre, sino que confiere a María una misión:
la de llevar a Jesús entre los hombres, hacer de él el Emmanuel, el
Dios con nosotros. María nos trae a Jesús porque Dios quiere
acercarse, hacerse muy próximo a nosotros, alcanzable. Podríamos
decir que María hace de nosotros, de nuestra raza humana, familiares de
Dios. El
Evangelio de hoy nos relata que los pastores encuentran a María y al Niño
Jesús, se postran y lo adoran. En este Niño se oculta corporalmente la
plenitud de la divinidad. Dios se oculta y, como diría nuestro Papa, ¡qué
escondite ha encontrado! Se
oculta Dios en el seno de una madre primero, luego en un niño, en un
pesebre. Parece
ser la máxima contradicción imaginable respecto a la omnipotencia y al
cielo, y por esto aquellos doctos escribas- los teólogos de su tiempo-
no logran hallarlo. Porque no lo buscaban con la luz del Espíritu que
viene de la oración humilde y de la adoración. Dios
se oculta. No
nos obliga a reconocerlo por la gloria de su majestad ni con su poder
nos hace caer de rodillas para adorarlo. Pero,
a nosotros la Iglesia nos anuncia, como a los pastores le anuncia el ángel,
que este niño es Dios. Ellos, los pastores, fueron corriendo a Belén
para ir a adorar al niño que acababa de nacer. También nosotros somos
invitados a ponernos deprisa en camino para encontrar a la Madre con el
niño, conociendo, además, que todo encuentro con la Virgen Madre de
Dios es un encuentro con el Hijo. Para
encontrarnos debemos movernos, apresurarnos en la búsqueda de la gracia
y movernos en el sentido de la conversión. Desde
siempre la Santísima Virgen ha sido el mayor instrumento de conversión
que ha tenido el hombre. Decíamos
que ya desde el comienzo del cristianismo fue honrada como Madre de
Dios, y esto también es verdad en el Nuevo Continente Americano, donde
por obra del mayor prodigio que Dios hizo para que su Madre fuera
honrada, los indios supieron que aquella Mujer que los había visitado
en el Tepeyac y cuya imagen había dejado impresa en una tilma, era la
Madre de Dios. Y millones fueron corriendo hasta Ella para alcanzar a su
Hijo, el Salvador. A este Dios que salva y que es tan grande como para
poder hacerse pequeño, tan poderoso como para hacerse inerme,
vulnerable, tierno y así no le temamos y lo amemos, que es tan bueno
que renuncia a su condición divina para descender al pesebre y podamos
nosotros encontrarlo en brazos de su Madre. En esta Madre Dios está
mostrando su cercanía, sus cuidados amorosos hacia nosotros así como
muestra en el Niño la gloria de su amor. Del
mismo modo ocurre con la Eucaristía, se oculta el Señor, se hace pequeño,
indefenso, renuncia a su esplendor, desciende hasta nosotros, se vuelve
frágil, vulnerable, necesitado de nuestros cuidados y de nuestro amor.
Y María, que siempre nos lleva a Jesús, se vuelve entonces Madre de la
Eucaristía. Ella nos lleva a descubrir el estupor del Dios con nosotros
y a meditar en nuestro corazón lo que Ella contempló y vivió: Dios
hecho pequeño y lleno de amor por nosotros para que lo adoremos, ahora
en el Santísimo Sacramento. Para que encontremos al Mesías y a su don:
la paz. El
Santo Padre Benedicto XVI ha dicho que entre los cristianos la palabra
paz asumió un significado especial: se volvió un nombre para designar
a la Eucaristía. En ella –decía el Papa- está presente la paz de
Cristo. En todos los lugares donde se celebra la Eucaristía una red de
paz se expande sobre todo el mundo. Las comunidades recogidas en torno a
la Eucaristía constituyen un reino de paz vasto como el mundo (Homilía
de la Misa de Navidad de medianoche). María
también es Madre y Reina de la Paz. La paz que sólo viene de Dios se
recibe en la Eucaristía, en oración y por la oración.
En
este año que comenzamos bajo el signo de la Madre de Dios, honrándola
la saludamos: Tú
eres bienaventurada, tú has creído a la palabra del Ángel. Tú
te has proclamado salvada porque Dios te privilegió eligiéndote Madre
de su Hijo, no permitiendo que el mal fuese en ti. Ningún mal, ni la mínima
traza de mal. Tú
eres llamada la Nueva Eva pero eres mucho más grande que Eva antes del
pecado. Tú
eres toda bella e inocente. Sí, toda bella eres tú, María. Eres
única, virgen y madre porque eres pura, absolutamente pura. Fuiste
concebida sin la mancha con la que todos nacemos porque la Sangre de tu
Cordero, Divina Pastora, selló tu carne y tu alma antes que tú
nacieras. Porque aquella sangre sería tu misma sangre y sobre ti,
Morada del Altísimo, el
Todopoderoso extendería su sombra y el Espíritu Santo engendraría la
carne asumida del Verbo. Dios
te eligió y predestinó entre todas las mujeres de todos los tiempos
porque quiso que el Salvador fuese hijo del hombre. Nacida
para ser toda de Dios, Madre de Dios. Nacida para dar aquel sí tuyo
indisoluble, permanente, perenne. Aquel sí dado en la más pura
libertad no condicionada por mácula alguna. Aquel sí mantenido y
renovado en cada prueba y por toda la vida. Aquel sí que te convirtió
en Madre del Hijo del Altísimo, del Rey cuyo reino no tendrá fin.
Aquel sí que al pie de la cruz te dio a todos los hombres como
hijos tuyos. Tú,
María, revestida de la gloria de Dios, que brillas con la luz de
Cristo, coronada de doce estrellas, Reina de Sión y Madre de la
Iglesia, eres aquella misma mujer anunciada desde antiguo que aplasta la
cabeza a la serpiente. Tú
eres Reina del Reino sin fin de tu Hijo. Tú
eres Reina porque te hiciste sierva del Señor. Tu
sí y tu silencio dieron y siempre dan espacio a la Palabra. Tu silencio
está colmado de oración y de amor. Nadie
más alto que tú. Tú eres Inmaculada, llena de gracia, tú eres Madre,
Virgen Bella, Madre de Dios, y nosotros pecadores hijos tuyos te
honramos y damos gloria junto a tu Hijo que es Dios. Y honrándote
rendimos gloria y damos gracias a Dios que te creó y te hizo
Inmaculada, Hija predilecta, Virgen, Madre, Reina. Nos
confiamos a la Santísima Virgen abandonándonos a su amor maternal,
para que nos guíe en el camino de la vida hacia su Hijo, nuestro Señor,
para que nos cobije bajo su Manto protegiéndonos de todo mal y para que
en los momentos de sufrimiento, de dolor, de incomprensión, nos
consuele. ¡Feliz
y santo 2007, junto a la Madre de Dios en Jesucristo nuestro Señor! P. Justo Antonio Lofeudo |
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Festividad de la Sagrada Familia - Año C Debemos alzar la mirada para contemplar a la Sagrada Familia porque esa familia es santa, muy santa, santísima. Dios nos dice “sed santos porque Yo soy santo”. La Sagrada Familia fue una familia humana y lo fue totalmente, en sus vicisitudes, en sus problemas, en sus tareas, en los sinsabores y en las alegrías. La Sagrada Familia es modelo de lo que más aprecia Dios: el amor, la humildad, la obediencia, la sencillez, la autenticidad de la verdad, la unidad y centralidad en Dios. María hacía lo de todas las mujeres hebreas de su tiempo aunque no era como las demás, ya que no ha sido como ninguna otra mujer ni lo será, porque en ella habitaba la plenitud de la gracia, era la Inmaculada. Por hacer y ser en el hacer, lo que todas las demás no siéndolo, su humildad es sublime. José era un varón de una integridad superior, que si Jesús elogió a Natanael, qué elogio no cabría para aquel a quien el mismo Padre Eterno había escogido para su Hijo. El hijo es Dios. Dios, pero también verdadero hombre. Esa presencia única del Señor en esta familia, también única, santifica ese hogar y al mismo tiempo santifica todos los hogares que busquen imitarlo. Esta familia pese a ser única, la más santa de todas y donde Dios tiene puesta no sólo su mirada sino su propia persona, no carece de problemas. Por lo contrario, los tiene más que ninguna otra. Sufre el rechazo desde el comienzo, debe emigrar a un país, a un medio muy probablemente hostil, por la persecución y amenazas de muerte. Padecerá fatigas, incomprensiones, pobreza. A pesar de todo, el núcleo de la familia, lo que llamamos hogar, permanecerá inexpugnable y refugio de todos ellos. En la intimidad del hogar, cuyo fuego mantiene la Virgen y protege José, se restañan las heridas que vienen de afuera y se encuentra refugio y protección. La Sagrada Familia tiene a José por cabeza y a María por corazón. Dios está en el centro y en torno a Él se consolida su unidad. El amor entre ellos es santo y grandes son el respeto, el servicio, la comprensión y las virtudes. Todos están dispuestos a conocer la voluntad de Dios sobre sus vidas y a cumplirla. La religión se vive intensamente en su espíritu y en el sometimiento a las prescripciones. Pese a los escasos recursos, todos los años, nos indica la Escritura, subían para la Pascua a Jerusalén. Ignoramos si para otras fiestas importantes también lo hacían. Recorrían el largo camino, peregrinos a la ciudad santa, cantando, como los demás peregrinos, los salmos del camino. “¡Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la Casa del Señor! Ya están pisando nuestros pies, tus umbrales Jerusalén”. Marcha gozosa a Jerusalén, en caravana, junto a parientes y amigos de Nazaret. Pero esta familia, igual en lo exterior a las demás, guarda en ella el secreto de Dios, de su Hijo en aquel Jesús de 12 años. Detengámonos aquí: contemplando el misterio de Dios en este niño. Éste es un misterio para sus mismos padres, María y José. Un misterio que no terminan de aferrar (lo vemos en el episodio que nos acaba de narrar el Evangelio), porque es un misterio abismal, infinito. Tampoco nosotros podemos agotar ni siquiera aferrar el misterio, apenas lo rozamos con la fe. Es el mismo de la presencia real del Señor en la Eucaristía. Creemos en su presencia y lo adoramos en el Santísimo Sacramento, penetrando ese misterio que celebramos hasta donde el Espíritu, en cada adoración, nos lo va revelando. Como María y José en Belén, en el silencio de nuestro corazón adoramos al Niño, ellos en el pesebre, nosotros en la custodia. Como ellos debemos nosotros crecer en el conocimiento de Dios y en la fe. Ellos en Jerusalén, nosotros aquí donde el Señor se encuentra, en la Eucaristía. María y José lo encontraron en el templo, ocupándose de las cosas de su Padre. Cuando adoramos al Santísimo Sacramento, que es Jesucristo en su gloria, estamos adorando a Dios Trino y Uno. Y somos nosotros los que ocupándonos de las cosas de Dios, crecemos espiritualmente, en sabiduría y en gracia.
El hombre es más grande y
se hace más sabio cuando se arrodilla en adoración frente a Dios.
La fe ilumina la razón y
todo se vuelve más claro. El Espíritu ilumina la Palabra de Dios y la
Palabra habla, ¡está viva! Dios quiere de nosotros la adoración. Jesús mismo nos invita a adorarlo. A santa Margarita María de Alacoque le decía que tenía una sed infinita de amor y de adoración. Es Él quien nos dice “Venid a Mí”. El Señor quiere que todos se acerquen a Él y que la iglesia tenga las puertas siempre abiertas, para que quien quiera que sea, a la hora que sea, en cualquier día, pueda encontrar a su Salvador. El Señor os invita: “Venid a Mí”. Venid al Señor que se deja encontrar por todo el que le busca de corazón. El adorador es aquel que lo ha encontrado y que en cada adoración vuelve a encontrar su tesoro, porque la Eucaristía es el tesoro de la Iglesia. Es aquel que da testimonio de su fe y de su amor por Jesús reconociéndolo su Dios y Salvador. Que paga con su amor el amor de Aquel que dio su vida por él.
Adorar es contemplar el
misterio del Emmanuel, del Dios que nos ama con amor eterno, y que se
queda con nosotros como alimento de vida eterna. De Dios que nos da de
beber la Sangre de su humanidad, derramada por nosotros, por nuestra
redención y justificación.
La familia que reza, que
adora junta, permanece unida y protegida.
Los que están divididos
encuentran protección y unidad en la adoración.
Cada adorador, que con su
hora semanal contribuye a la adoración perpetua, es decir, a que la
iglesia permanezca siempre abierta, día y noche, permite que otros
alejados puedan tener el encuentro con Jesucristo que los salve. Cada
adorador se vuelve testigo del Resucitado, testigo de su presencia
constante y cercana entre nosotros, testigo de nuestra fe, de la fe que
profesa “que Él esta ya aquí” y “que ha de venir” y da testimonio de amor
hacia Dios.
Cada uno de estos adoradores
se convierte, en el silencio elocuente de la adoración, en verdadero
profeta de la Eucaristía que a todos anuncia: “Dios existe, Dios está
aquí en medio nuestro y por eso estoy adorándolo. Dios está con
nosotros y por nosotros. Éste es tu Dios, el Dios que buscas, el que te
sana y te salva!”. Este es Dios que te ha de
proteger a ti, a tu familia. Es el que quiere habitar en tu casa. Sin adoración, decía el Santo Padre Benedicto XVI, no hay transformación en el mundo. La adoración no es un lujo –agregaba- sino una prioridad. Os invito, el Señor os invita: Venid a Mí a participar de esta corriente de gracia. ¡Gustad y ved qué bueno es el Señor!
P. Justo Antonio Lofeudo |
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Homilía de la
Festividad de la Sagrada Familia |
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Meditación
breve para Navidad Nos inclinamos, nos arrodillamos. Todo es silencio, pero no como los silencios de la más excelsa de las sinfonías. Éste es el silencio en el que Dios habla de su amor inaudito. Este silencio es distinto, viene del Cielo. Y esta noche tiene algo que la hace única: es santa. La noche es diáfana, de cristal, han desaparecido las tinieblas. El espacio es otro, el del cielo en su infinitud metido en esta gruta que se dilata hasta alcanzar todos los espacios del cosmos y todos los tiempos. Se ensancha nuestro corazón y nos sentimos otros, pobres y santos, aunque no lo seamos, porque este Niño purifica con su mirada y su sonrisa. Este niño envuelto en pañales, entre pajas, es Dios que sonríe, nos sonríe. Dios que para alcanzarnos se ha vuelto niño y pobre.
El establo no huele a heno ni a animales sino al perfume del Edén
recuperado. Y José adora al Niño, como María, como los pastores, como todos nosotros en esta noche que no es como las demás noches, en Belén de Judá. Porque esta noche es Navidad! P. Justo Antonio Lofeudo |
| ADVIENTO 2006 |
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4to.
DOMINGO de ADVIENTO Adviento significa presencia, lo hemos dicho ya, puesto que Adviento es la traducción latina de Parusía. Este último domingo tiene a la Santísima Virgen como la figura principal en la espera del inminente nacimiento del Redentor. María es la Mujer del Adviento por antonomasia, de la espera y de la presencia única de Dios en Ella. El Hijo que nacerá de María, antes de ser el Emmanuel, el Dios con nosotros, es el Dios en Ella, Virgen y Madre. Así como no es posible comparar toda la espera de Israel y de todos sus profetas con la espera de la Virgen, no sólo la del Adviento sino la antes de la Encarnación del Verbo, porque Ella es la Inmaculada, tampoco es posible comparar la presencia de Yahvé en medio de su pueblo con la presencia de Dios en María, a quien “el Espíritu Santo vino sobre ella, el poder del Altísimo la cubre con su sombra” y el que engendra en la carne es el Hijo de Dios. La luz que viene al mundo se había hecho anunciar a la Virgen, encontrando la aceptación en la más estrecha unión que creatura alguna pudo haber tenido y pueda tener con su Creador y Señor. María no acuerda simplemente su voluntad con la de Dios, no hace una nueva alianza sino que ella misma forma parte del misterio de salvación en un modo más profundo y perfecto. ¿Quién osará separar la Madre del Hijo? Isaías, Jeremías y todos los profetas que habían anunciado la venida del Mesías habían callado las circunstancias precisas que lo generarían. En la lectura del profeta Miqueas, que es la que corresponde a este domingo, leemos “la madre que dé a luz”, en otras traducciones se lee: “cuando dé a luz la que tiene que parir”. Tanto en Mi 5:2 como en Isaías 7:14 se alude veladamente a la Madre del Mesías siendo, implícitamente, ella misma un signo extraordinario. En la Septuaginta, la Biblia de los Setenta, traducción del Antiguo Testamento del hebreo al griego para los judíos de la Diáspora, se interpreta la críptica alusión como que se trata de una maternidad virginal. El Evangelio de este último domingo de Adviento es el de la visita de María a Isabel. Nos muestra a la Virgen yendo de prisa a la montaña. Según san Ambrosio: “Desde que lo supo (alude al Anuncio que le acababa de hacer el Ángel), María, no por falta de fe en la profecía, no por incertidumbre respecto al anuncio, no por duda acerca del ejemplo indicado por el ángel, sino por el regocijo de su deseo, como quien cumple un piadoso deber, presurosa por el gozo, se dirigió a las montañas”. A María la mueve el gozo, el amor y la fe inconmensurables en Dios que ha hecho en ella maravillas. Por esta visita el Señor se manifestará en lo oculto. El Espíritu Santo que está sobre la llena de gracia se efunde sobre los visitados: Isabel y el niño que lleva en sus entrañas. Apenas escucha Isabel el saludo de la Virgen –y sin mediar ninguna otra palabra por parte de María- se llena del Espíritu. Ha sido sólo el saludo de paz que pronunció la llena de gracia para que el Espíritu Santo se efunda e Isabel profetice y el niño brinque de gozo. “¿Quién
soy yo para que la Madre de mi Señor venga hasta mí?” “¡Bendita
tú entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!” “¡Dichosa
tú por haber creído…!” Isabel grita, a voz en cuello, la verdad que Dios clama en ella: María es la Madre de su Señor, es la Mujer llena de Dios y pletórica de fe. El Espíritu Santo revela la presencia de Cristo oculto en María. Cuando en nosotros vive el Espíritu, descubrimos también a Jesucristo en el velo de la Eucaristía. Dejémonos visitar por María. Aceptemos su saludo de paz para que el Espíritu Santo venga a nosotros con poder. Invoquémoslo, para que podamos brincar de gozo ante la presencia del Señor en el Santísimo Sacramento. Es el Espíritu Santo que hace de nosotros adoradores. El Padre busca esos adoradores en espíritu y verdad. En verdad porque Jesús, el Señor, está verdaderamente presente en toda su humanidad y toda su divinidad en el Santísimo Sacramento. Por la fe –que nos es dada por el Espíritu- reconocemos su presencia y como Dios, que es, lo adoramos. Esa es la voluntad del Padre: que el Hijo sea adorado.. ¡siempre! En cada Padrenuestro le rogamos al Padre: “… que se haga tu voluntad”, es decir, que estamos dispuestos a aceptar su voluntad divina y perfecta en nuestras vidas. Y agregamos: “así en la tierra como en el Cielo”. Pues, la voluntad del Padre es que el Hijo sea honrado y adorado en la tierra como lo es en el Cielo: sin interrupción. En el libro del Apocalipsis se nos revela que el Cordero (Jesucristo) es honrado, alabado día y noche. Es decir, que se lo adora siempre. Esto, queridos hermanos, en la tierra se llama adoración eucarística perpetua. El que pasa una hora con el Señor en adoración, es aquel que valora su tiempo dándole un valor infinito, un valor de eternidad, transformando los minutos en gracias, bendiciones, protección, amistad. El que adora es dichoso por haber creído, es bendito entre todos, es el hombre nuevo, que podrá cantar el canto nuevo de alabanzas a su Dios.
P. Justo Antonio Lofeudo |
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Cómo
entrar en el sentido profundo de la Navidad, según el predicador del
Papa IV
Domingo de Adviento (ciclo C)
El arzobispo de Buenos Aires, cardenal Jorge Mario Bergoglio S.J., emitió un mensaje de Navidad en el que se refirió al acontecimiento del nacimiento de Cristo y, en particular, al pesebre. El purpurado porteño sostuvo que a pesar de revivirlo cada año, "necesitamos volver a sorprendernos por un Dios que elige ‘la periferia’ de la ciudad de Belén y la ‘periferia existencial’ de los pobres y marginados del pueblo de ese momento para manifestarse al mundo". Tras señalar que Dios "escoge lo pequeño para confundir a los fuertes", afirmó que está "al alcance de todos los que se dejan desinstalar por la pedagogía del pesebre y acogerla como camino transformador de vida". Texto completo del mensaje
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3er.
DOMINGO de ADVIENTO
Cada
una de estas presencias tiene una modalidad diferente pero todas ellas
son igualmente presencias reales no virtuales.
En
la primera vino el Señor, Dios eterno, en la carne por medio de la
Virgen María. El Arcángel, emisario del Altísimo, indicó a la Virgen
que su nombre sería Jesús.
En
Jesús de Nazaret, Hijo de Dios, si bien fue manifiesta su humanidad, no
lo fue, en cambio, su divinidad que quedó oculta para todos.
Sólo
la Santísima Virgen y san José supieron de su naturaleza divina y
meditaron durante todas sus vidas el misterio inefable del Verbo hecho
carne que habitaba en medio de ellos. Más aún, tuvieron que aprender a
ser padres del hijo que al mismo tiempo era Hijo de Dios (Cfr 2:48ss).
Lo
advirtieron, en medio del estupor y del temor, sus más íntimos discípulos
cuando se transfiguró delante de ellos, aunque tan grande fue el
asombro que no pudieron penetrar tal divino misterio.
Resucitado
apareció a los suyos y a muchos en su cuerpo glorioso y
partió para la gloria de los Cielos, donde está “sentado
a la derecha del Padre”, es decir, que después de su Resurrección
comparte su majestad con el Padre como Dios.
Pero,
antes prometió que se quedaría con nosotros hasta el fin del mundo y
que habría de regresar en gloria y poder al final de los tiempos.
De
su primera venida dice el profeta Sofonías: “Regocíjate, alégrate
hija de Sión… El Señor está en medio de ti… No temas, el Señor
en medio de ti es un guerrero que salva”. Ieshuá, Dios que salva es
su nombre.
Este
texto se refiere sobre todo a la Virgen. Hija de Sión que se regocija,
y que lo manifiesta en su canto de alabanzas: el Magnificat
porque “el Poderoso ha hecho obras grandes en mí” (Lc 1:49).
La
Virgen Madre exulta y nosotros con Ella preparándonos para celebrar al
Señor que vino, en la Navidad.
Como
recordó en estos días el Santo Padre: “Navidad es el día en que
Dios se ha dado a sí mismo a la humanidad y este don de sí se vuelve,
por así decirlo, más perfecto en la Eucaristía” (encuentro con
estudiantes en la Basílica Vaticana del 14 de diciembre, 2006).
Por
eso, la preparación para la Navidad llama a la adoración de Aquel Niño,
junto a María y a José, presente en la Eucaristía.
Jesucristo
está en medio nuestro: en el pobre, en el abandonado, en el sufriente;
en la asamblea que se reúne en su nombre; en su Palabra; en el
sacerdote que celebra los Sagrados Misterios, y, por sobre todo, en la
misma Sagrada Eucaristía.
San
Pablo en la carta a los filipenses escribe: “Estad siempre alegres en
el Señor... El Señor está cerca”.
Sí,
está cerca de los que lo invocan, de todos lo que lo invocan de verdad
(Cfr Slm 144). Está cerca y se deja encontrar. Está aquí en medio
nuestro.
Y
este Señor que ya está aquí, quiere plantar su Morada en medio de
nosotros. Quiere ser adorado día y noche sin interrupción. Quiere que
todos se acerquen a Él y que la iglesia tenga las puertas siempre
abiertas para que pueda Él derramar ingentes gracias sobre vosotros.
A
esto, queridos hermanos, somos llamados para ser instrumentos,
seguramente pobres, de la gracia de Dios.
Para
que todos juntos podamos hacer realidad este proyecto de amor del Señor:
que en la ciudad haya Adoración Eucarística Perpetua.
Pero,
y resulta obvio, para tener Adoración Perpetua del Santísimo
necesitamos adoradores. Necesitamos personas que estén
dispuestas a ofrecer una hora por semana al Señor, para que Él
transforme esa hora en gracias, bendiciones, protección y amistad.
El
Señor os invita: “Venid a Mí”. Venid al Señor que se deja
encontrar por todo el que le busca de corazón.
El
adorador es aquél que lo ha encontrado y que en cada adoración vuelve
a encontrar su tesoro, porque la Eucaristía es el tesoro de la Iglesia.
El adorador es aquel que da testimonio de su fe y de su amor por
Jesús reconociéndolo su Dios y Salvador. Es el que paga con su amor el
amor de Aquél que dio su vida por todos. Es el que espera al Señor que
ya está aquí pero que ha de venir, con la lámpara encendida de la
adoración.
Adorar
es contemplar el misterio del Dios con nosotros y por nosotros, del Dios
hecho pan, alimento de vida eterna. Contemplar el misterio de Dios que
nos da de beber la bebida de salvación: la Sangre de su humanidad,
derramada por nosotros, por nuestra redención y justificación.
El
Santo Padre nos ha invitado a hacer de este Adviento un tiempo de
preparación espiritual a la venida de Jesús en la Navidad, tomando
–de la Palabra de Dios y de la Eucaristía- la energía interior para
recibir al Señor que viene.
El
hombre es más grande y se hace más sabio cuando se arrodilla en
adoración frente a Dios.
¿Por
qué nuestro Papa es un gran teólogo?
Porque
es un hombre de oración. Porque ha meditado su teología delante del
Santísimo Sacramento. De ese modo la fe ilumina la razón y todo se
vuelve más claro. El Espíritu ilumina la Palabra de Dios y la Palabra
habla, está viva! El teólogo, el sacerdote, el hombre que no reza
encuentra oscuridad donde debería haber luz y hace de la Sagrada
Escritura un cadáver a disecar. Hoy el mundo, todos nosotros, tenemos necesidad de escuchar la buena nueva de la misericordia de Dios, y de experimentar su amor, su protección.
Cada
adorador, que con su hora semanal, su Hora Santa, su cita de amor con el
Señor, contribuye a la adoración perpetua, es decir, a que la iglesia
permanezca siempre abierta, día y noche, se vuelve testigo del
Resucitado, testigo de su presencia constante y cercana entre nosotros,
testigo de nuestra fe, de la fe que profesa “que Él esta ya aquí”
y “que ha de venir” y da testimonio de amor hacia Dios.
Cada
uno de estos adoradores se convierte, en el silencio elocuente de la
adoración, en verdadero profeta -como Isaías, como Sofonías, como el
Bautista- que da a los pobres la dichosa noticia.
“Alégrate!”,
le dice al mundo porque Dios viene hacia ti.
Se
convierte en profeta de la Eucaristía que a todos anuncia: “Dios
existe, Dios está aquí en medio nuestro y por eso estoy adorándolo.
Dios está con nosotros y por nosotros. Éste es tu Dios, el Dios que
buscas, el que te sana y te salva!”.
Sin
adoración, decía el Santo Padre Benedicto XVI, no hay transformación
en el mundo. La adoración no es un lujo –agregaba- sino una
prioridad.
Os
invito, el Señor os invita: Venid
a Mí. Venid a participar de esta corriente de gracia. Gustad y ved
qué bueno es el Señor! (Slm 33:9; Cfr 1 Pedro 2:3).
P. Justo Antonio Lofeudo |
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2do.
DOMINGO de ADVIENTO
No podemos conformarnos pensando “yo soy católico”, “soy bautizado”, “soy religioso”, “soy sacerdote”. Todos somos llamados a despertar y caminar hacia Dios, nadie puede permanecer donde está. El Dios que vino, que viene y que ya está con nosotros. El Bautista llamaba a preparar los caminos del Señor allanándolos. Tenemos nosotros que remover los obstáculos que impiden el paso de la gracia, de la fe y de la luz de la verdad. Apartarnos de los afanes de este mundo que pasa. Ésta es la ocasión para prepararnos para la Navidad, para que no sea como las demás sino distinta porque nosotros empezamos a ser distintos, mejores. Y también prepararnos para la vuelta de Cristo en gloria –que este es el sentido profundo del Adviento- con una vida santa. El pasado domingo, el Señor por medio de la Escritura, nos pedía y advertía que debíamos estar despiertos, no embotarnos, no entrar en ese letargo que es mortal para nuestra alma. No dejarnos deslumbrar y luego adormecer y ahogar por las cosas del mundo material. Debemos estar alerta, despiertos, orando y mirando hacia el Cielo no hacia abajo. El Bautista es el Precursor que prepara los corazones y el que señala la presencia del Redentor en Jesucristo a quien llama Cordero de Dios. También el sacerdote, después de la consagración, muestra la Eucaristía y dice: “Este es el Cordero de Dios”. Lo que está diciendo es que el mismo que señalaba el Bautista es el que ahora está presente en el Santísimo Sacramento. Y esto es un don enorme, inconmensurable, que viene del Corazón del Señor. La Eucaristía es el don del Corazón de Dios y el tesoro de la Iglesia. Cuando nosotros nos encontramos con la Eucaristía es con Jesús con quien nos encontramos, con nuestro Dios y Salvador, con nuestro amigo y nuestro Rey. Dispongámonos al encuentro con Aquel que es Dios Todopoderoso y al mismo tiempo nuestro Salvador misericordioso. Preparémonos para ese encuentro abajando las montañas del orgullo y la soberbia, de la indiferencia y el odio, de la rebeldía y el egoísmo y allanemos los caminos quitando el pecado de nuestras vidas y volviéndonos sencillos como niños, esos niños que entran en el Reino de los Cielos. Preparémonos alejándonos de todo aquello que embota nuestros sentidos y ahoga nuestros sentimientos de amor. Para encontrarnos con el Señor es también necesario salir del bullicio de lo cotidiano y hacer un espacio de silencio hasta que se acalle el ruido exterior y el rumor interior se apague y podamos entrar en el silencio de Dios, que es el desierto –como el Bautista- donde habla Dios al corazón. Vayamos ante el Señor donde el Señor está: en la Eucaristía. Adorémoslo porque merece toda adoración. Vayamos en busca del oasis donde reina la paz y se manifiesta el amor. Busquemos ese oasis. La Capilla de Adoración Eucarística Perpetua es el lugar del desierto en el que Dios nos habla, es el oasis del viandante peregrino y el espacio de silencio y de paz que anhelamos. Silencio y paz que vienen de la plena presencia del Señor. En la Eucaristía estamos ante una Presencia: la Presencia de la Persona Divina de Cristo. Por nuestra fe lo reconocemos, por nuestra fe y nuestro amor lo adoramos. Le rendimos el honor debido a su majestad, a su divinidad, a su Nombre. “Porque al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en el abismo y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor para la gloria de Dios Padre” (Flp 2: 10-11). Este es el don que Dios quiere daros. Quiere plantar su Morada, quiere que la iglesia esté abierta día y noche, para que quien quiera que sea, a la hora y día que sea, pueda encontrarlo, encontrar a su Salvador y Señor y pueda experimentar el misterio de su amor. Hay Adoración Eucarística Perpetua, que de ello se trata, cuando el Santísimo Sacramento está expuesto día y noche a la adoración de los fieles. Está claro, para tener Adoración Perpetua debemos tener adoradores que son los custodios de la Eucaristía, quienes quieren rendirle el mayor honor de la adoración y construir en torno al Señor una cadena ininterrumpida de amor. El que siempre haya alguien adorando al Santísimo, nos permite a nosotros estar seguros que todas las horas estén cubiertas porque si el Santísimo Sacramento está expuesto no puede nunca quedar solo. La Adoración Perpetua necesita de vosotros, pero me animo a deciros que vosotros tenéis aún más necesidad de la Adoración Perpetua porque en ella encontraréis respuestas a vuestras preguntas y a vuestras situaciones, bendiciones, gracias y protección para vosotros, para vuestras familias, para vuestra ciudad. El Señor os invita: “Venid a Mí”. Venid que Él se deja encontrar. El adorador es aquel que ha encontrado su tesoro. “Venid a Mí”, os repite. “Venid y veréis”, os dice como les dijo a los discípulos del Bautista cuando le preguntaron: “Maestro, ¿dónde vives?”. Esta es la invitación a hacer experiencia de Dios a tener un encuentro íntimo con Jesús. La Capilla de Adoración Perpetua es escuela de silencio y también escuela de oración. Por lo mismo es el espacio donde se crece espiritualmente. Es lugar propicio para el recogimiento y para el descanso en el camino. De rodillas frente al Santísimo se está despierto al Señor que está presente y, oh maravillosa paradoja, de pie ante el Señor que ha de venir. En la Capilla de Adoración Perpetua entramos en la amistad y en la intimidad de Dios. Cuando lo visitamos es al Amigo que visitamos y eso nos provoca una inmensa alegría. Y seguros estamos que también a Él. Como nos recuerda el Santo Padre Benedicto XVI, el Señor no quiere quitarnos nada, ni siquiera una hora, sino darnos, abrazarnos en su amor. Esa hora que damos se vuelve santa, es bendecida por el Señor y se mide no en minutos sino en gloria y eternidad. Él, que lo hizo todo y lo hace todo, sólo nos pide nuestra disponibilidad para encontrarnos y entablar amistad. La Capilla de Adoración Perpetua, queridos hermanos, es el faro de luz que ilumina al mundo en tinieblas, es la puerta siempre abierta al Cielo.
No temáis. Abridle las puertas a Cristo, al Cristo que viene. Abrid las
puertas de vuestro corazón para que las de la iglesia puedan estar
siempre abiertas. P.
Justo Antonio Lofeudo |
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1er.
DOMINGO de ADVIENTO
Hoy damos inicio al Adviento. Éste es el tiempo en que evocamos al Dios
que vino pero también al Dios que viene al hombre como hombre, sin
dejar de ser Dios. Porque si ya vino en la humildad y en el
escondimiento, ha de venir en poder y gloria, para juzgar a vivos y
muertos.
En verdad, esperamos al que ya está aquí... pero aún oculto. Más
oculto que cuando vino por primera vez. Oculto para que lo descubramos
por la fe, y por la fe y por el amor lo honremos... adorándolo.
Es por nuestra fe y amor que quiere Dios hacer brillar la luz de su
presencia en la noche del mundo. Y esa luz la enciende quien adora.
La enciende dentro de sí porque la recibe de Aquél que es la Luz misma
que ilumina a todo hombre. “Yo soy la luz del mundo, el que me siga no
caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8:12).
Esta presencia (Adviento es traducción de Parusía que significa
presencia) que adoramos en la Sagrada Eucaristía, es la del Hijo de
Dios.
La adoración debe ser nuestra relación connatural con Él, que es
Dios. “Al Señor tu Dios adorarás y sólo a Él rendirás culto” (Mt
4:10).
En la oración colecta pedíamos al Padre que reavive en nosotros el
deseo de ir al encuentro con Cristo. Nosotros nos encontramos con Él en
cada comunión, porque comulgar –como nos recuerda el Santo Padre
Benedicto XVI- no es comer un simple trozo de pan. No, es un encuentro
entre dos personas: entre mi persona y la Persona de Aquél que es mi
Creador y mi Salvador. Por eso, a
la comunión sigue la adoración, porque es un permanecer con Quien ya
nos hemos encontrado.
El Evangelio de hoy nos habla de la venida en la gloria de Jesucristo,
nos habla de ese tiempo que la Iglesia –que no sabe ni el día ni la
hora- espera y clama: “Ven Señor Jesús”. “Venga a nosotros tu
Reino”, rezamos en cada Padrenuestro.
Pero, lo sabemos porque el mismo Señor nos lo anticipa: antes la
Iglesia deberá pasar por una gran prueba final y el mundo todo por una
gran tribulación como nunca antes la hubo ni nunca más la habrá.
El Señor advierte: “Tened cuidado de estar embotados”. “Estad
siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está
por venir y manteneros en pie ante el Hijo del hombre”.
Pues, quien está de rodillas ante el Santísimo, en adoración, ese está
despierto, ese estará de pie ante el Justo Juez y no temblará ante la
conmoción cósmica y las persecuciones que vendrán.
Sin adoración, decía el Santo Padre Benedicto XVI, no hay transformación
en el mundo. La adoración no es un lujo –agregaba- sino una
prioridad.
Pues, queridos hermanos, vengo a hablaros de esta prioridad que es la
adoración y la adoración perpetua.
La Adoración Eucarística Perpetua es cuando el Smo. Sacramento está
expuesto día y noche para que los fieles adoren sin interrupción.
Y ésta es la respuesta en el tiempo para quien no deja de ser Dios y de
amarnos de amor eterno.
Es la respuesta agradecida para quien nos ha amado hasta dar su vida por
nosotros sufriendo la Pasión y muriendo en la Cruz.
Es la respuesta de fe y de amor de aquellos que deciden ser –así
adorando sin cesar- testigos del Resucitado y quieren decirle al mundo:
“Dios existe. Dios te ama. Dios está aquí. Éste es el Emmanuel, el
Dios con nosotros.”
Así, como comunidad adorante, formando una cadena de amor las 24 hs en
torno a Jesús Eucaristía, le rendimos la mayor gloria debida a su
Nombre, y le damos gracias por este don de su Corazón que es la
Eucaristía, y también reparamos e intercedemos por el mundo que no lo
conoce, que lo rechaza, que le es indiferente, que no lo ama, que lo
desprecia se burla y ultraja.
El Señor os invita a la adoración cuando dice: “Venid a Mí”.
“Venid a Mí, vosotros que estáis agobiados, fatigados, que Yo os
aliviaré.”
Venid al Señor que se deja encontrar.
El adorador es aquel que ha encontrado su tesoro.
Este don que encontramos en cada Misa quiere extenderse a todos y estar
presente en todo momento. Para que el encuentro con el Señor pueda ser
posible a cualquier hora, en cualquier día para quienquiera que sea.
El Señor os invita: “Venid”. El Señor, como a los discípulos del
Bautista, os
promete: “Veréis”. “Venid y veréis”. Haceos disponibles a la
adoración para volveros esos adoradores que busca el Padre en espíritu
y verdad, y veréis.
Adorando entramos en su amistad. Toda amistad para ser tal debe ser
cultivada. No podemos decirnos amigos de alguien a quien no visitamos, con
quien no hablamos. Por eso, debemos visitar a nuestro amigo en el Santísimo
Sacramento, y hablar con Él de corazón a corazón, en verdadera oración.
La adoración perpetua tiene necesidad de vosotros, pero me atrevo a
decir que vosotros tenéis aún más necesidad de la adoración
perpetua, porque
en ella encontraréis las respuestas a vuestros problemas, encontraréis
la paz verdadera, a vuestro amigo, a vuestro Dios.
La Capilla de Adoración Perpetua es escuela de silencio y por tanto de
Palabra porque el silencio se vuelve escucha y Palabra. Es escuela de
oración, de crecimiento espiritual, lugar de recogimiento, descanso en
el camino, donde se descubre la belleza y la riqueza del encuentro con
Dios, que llama no para quitaros nada sino para daros.
Porque esa hora a la semana, que tú das, se mide no en minutos sino en
gracias y en eternidad.
La Capilla permite tener ese espacio para reflexionar, para “estar
despiertos y no embotados”, como alerta el Señor en el Evangelio.
Es el lugar para dejarse conducir por Dios hacia aguas tranquilas y para
conseguir protección.
Una Capilla de Adoración Perpetua es un faro de luz en la noche del
mundo, una puerta siempre abierta hacia el Cielo.
Pensad que por vuestro sí la iglesia estará siempre abierta. Imaginaos
por un momento una iglesia siempre abierta para quienquiera que sea, a
la hora y día que sea, pueda encontrarse con su Señor. Pueda encontrar
consuelo, paz y la misma salvación.
Escuchad nuevamente su invitación: “Venid a Mi, todos vosotros... y
yo os aliviaré”. Y también escuchad esas otras palabras que están más
allá del límite del tiempo: “Es que no habéis sido capaces de velar
conmigo al menos una hora?” P. Justo Antonio Lofeudo |
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Homilía
de Pentecostés 2006 Recurriendo a las Sagradas Escrituras y a la tradición vemos que a través del tiempo se han presentado símbolos representativos del Espíritu como el agua, el fuego, el viento, la paloma, la mano, el dedo y otros que de alguna manera ayudan a comprender algo de su misterio. El agua significa purificación, lavado, que son obras del Espíritu. También el agua posee un significado de vida, que hace posible la vida cuando es irrigada donde ha habido aridez. Es asimismo el agua que lava, que quita las manchas, es decir, es la acción santificante del Espíritu Santo. El agua sacia la sed. Análogamente, el Espíritu sacia la sed de infinito y de eternidad, la sed de felicidad y de paz que hay en el hombre. El fuego también indica purificación. El oro como todos los metales se purifica en el crisol donde es eliminada la escoria. El fuego se presta como figura porque además no es consistente, tangible e inflama, provee de calor, ilumina y devora convirtiendo todo a sí mismo. O bien el viento: que se lo oye pero no se lo ve, que no se sabe ni de dónde viene ni dónde va (Cf 3:8). Esa similitud la da el mismo Jesús en su diálogo con Nicodemo cuando le explica cómo es el hombre que ha nacido del Espíritu, cuál es la condición para ver el Reino de Dios y cómo actúa el Espíritu sobre esa persona. El Espíritu como el viento alivia, da respiro, refresca. El Espíritu Santo alivia, levanta al que está decaído, refresca el alma. Puede el viento ser suave brisa que acaricia, como la brisa en la que Elías descubrió la presencia de Dios en el Horeb (Cf 1 Re 19:13). Pero, a veces el viento irrumpe como ráfaga, como en Pentecostés y ocupa todo el espacio de la vida. La paloma en cambio evoca mansedumbre, pureza y es símbolo de paz, todos frutos del Espíritu. La mano, el dedo de Dios es otra imagen, pero ésta de Dios que obra por y en el Espíritu. Es la obra del Espíritu en la creación, en la Encarnación del Verbo, en los sacramentos. Más allá de los símbolos, que ayudan a la comprensión, sabemos que el Espíritu Santo es Persona, Señor, y que da la vida. Y que viene del Padre por el Hijo. Decimos en el Credo: “Procede del Padre y del Hijo”. Es el verdadero autor de la Sagrada Escritura, como nos recuerda la Dei Verbum. En el Antiguo Testamento, ha hablado por medio de los profetas. Es dador de dones, de carismas que son esos dones extraordinarios dados para la edificación de la Iglesia. El Espíritu Santo es Dios y nosotros lo adoramos y le rendimos honor y gloria. La Iglesia de Occidente ha interpretado al Espíritu Santo sobre todo como el Amor entre el Padre y el Hijo. La Iglesia de Oriente, en cambio, lo ha visto como el éxtasis de Dios: cada vez que Dios sale de sí mismo lo hace por el Espíritu Santo. Así es la presencia del Espíritu de Dios que aletea sobre el caos y la oscuridad al comienzo de la creación (Cf 1Gn 1:2) y es el Espíritu Santo que viene sobre María, virgen de Nazaret, y con su poder la cubre y engendra en la carne al Hijo de Dios (Cf Lc 1:35). El Espíritu Santo se efunde en Pentecostés en el comienzo de la Iglesia y obra en ella para hacer presente su divinidad en los sacramentos del Bautismo, de la Confirmación, de la Eucaristía, del orden sagrado. Sin embargo, ninguna de esas dos visiones o interpretaciones agota la comprensión de quién es el Espíritu Santo, mientras entre sí se complementan. El Espíritu Santo habita en nosotros por el bautismo aunque su llama pueda estar apagada, sofocada por la indiferencia y el pecado. Es el Espíritu Santo quien nos hace reconocer en Dios al Padre (Cf Rm 8:15; Gal 4:6), y a Jesús como Señor (Cf 1Cor 12:3) Dice santo Tomás de Aquino que su nombre propio es Don. Es el don mesiánico por excelencia. Y también lo llamamos, porque el Señor Jesús así lo menciona, Paráclito. Incluso Jesús habla del “otro” Paráclito. Paráclito del griego Paracletos, término que traducimos por Defensor, Abogado, Consolador. Pero, vayamos ahora a Jerusalén, al lugar donde la Iglesia recibe la fuerza de lo alto y de donde partirá su misión. Según el relato de los Hechos de los Apóstoles, era ya casi al término del día de Pentecostés cuando viene, improvisamente, una fuerte ráfaga de viento en la habitación donde estaba orando la Virgen María con todos los discípulos. El fuerte, potente viento llenó el cenáculo para luego esa presencia volverse fuego y como fuego colmar, no ya el lugar en el que estaban, sino la más profunda intimidad, los corazones, de todos ellos y llenarlos del Espíritu Santo. Y hablan, entonces, en lenguas para ellos desconocidas y todos los demás, que habían venido de cada rincón del mundo, los comprenden. Ellos hablan no para manifestar un fenómeno sino para anunciar la grandeza de Dios. Este pasaje nos recuerda una escena muy distinta pero en la cual también el Espíritu manifiesta la grandeza del Señor: es la de María cantando su Magnificat. “Proclama mi alma la grandeza del Señor. Goza mi espíritu en Dios, mi Salvador”, había podido decir a viva voz la Virgen porque era plena de Dios, encinta por obra del Espíritu. “Bendice al Señor, alma mía”, dice el Salmista. “Bendice al Señor, alma mía”, decimos nosotros cuando vivimos en el Espíritu y nos dejamos guiar por el Espíritu. Es cuando llegamos a conocer la paz verdadera, la verdadera alegría. Por el Espíritu aprendemos a ser pacientes, benévolos. Porque, como aconseja san Pablo, cuando nos dejamos guiar por el Espíritu Santo entonces hay bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí mismo. Esto es, sobre todo, el camino de la humildad y de la docilidad al Espíritu. Por el contrario, el soberbio está lleno de sí mismo, no del Espíritu. Habla siempre en primera persona singular. Dios rechaza al soberbio. Fue la soberbia la que alzó la torre en Babel. La torre, signo de quienes quieren elevarse a sí mismos dejando a Dios de lado. Babel es cuando el hombre se pone en lugar de Dios y no reconoce los límites que Dios ha puesto y que no puede sobrepasar. Ir más allá de esos límites significa perder la humanidad, la dignidad, la filiación y la amistad de Dios. Significa perderse a sí mismo. Se engaña trágicamente quien piensa que la libertad no está sujeta a nada y que es en sí misma un valor absoluto. Esa libertad, que en el fondo, pretende “liberarse” de Dios, de su Ley de amor termina con destrucción. Si la libertad no sirve al bien de todos, si no está anclada en el amor, si no hace unidad, entonces el fin es la ruina de la persona y de todos a quienes su ejercicio perjudicó. La libertad del Espíritu, la libertad de los hijos de Dios, es algo completamente diferente, porque en esa libertad todos los caminos tienen una sola dirección: la de la unidad del Espíritu. La soberbia, el egoísmo, el orgullo llevan a la rebelión y ésta a la confusión y la sociedad se vuelve Babel: los hombres viven incomunicados unos con otros. Viven en la confusión y en la triste soledad de la incomunicación porque han perdido la comunicación con Dios que es la oración, que es la comunión. Babel es la confusión moral de estos tiempos en que cierta llamada ciencia, cierta tecnología piensa que todo aquello que es posible imaginar y experimentar y hacer sea moralmente lícito. Por ejemplo, pensemos en las inseminaciones artificiales, en la producción de embriones en laboratorio y además en la sucesiva implantación de esos embriones en casos moralmente detestables. A la atrocidad de la eliminación de embriones, que son personas humanas creadas por Dios se le agrega la inmoralidad de los fines. Es entonces cuando Babel se vuelve Sodoma. Cuando impera el espíritu de muerte. Jerusalén en Pentecostés es todo lo contrario, porque aún siendo todos diversos y hablando lenguas diferentes, todos se comprenden entre ellos porque Uno es el Espíritu. Cuando el Espíritu, Dios, llena el corazón hay amor, paz, alegría y hay claridad de principios. ¡Hay vida! Quien vive en el Espíritu sabe qué le agrada a Dios y qué lo ofende. Dice san Pablo: “todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (Rm 8:14). La Iglesia en Pentecostés habla la lengua del amor y habla de la grandeza de Dios y todos aprenden a ser uno con Dios y con los hermanos. Debemos recuperar el Espíritu de Pentecostés: el Espíritu de verdad que da testimonio de Cristo, que nos hace testigos de Cristo muerto y Resucitado. Y que nos hace ver la victoria del amor en la cruz de Cristo y hacer de cada cruz una victoria y no escándalo o necedad. Debemos pedir el Espíritu. “No sabemos –dice san Pablo- pedir como conviene”. Entonces, “el Espíritu viene en nuestra ayuda” (Cf Rm 8:26). No sabemos qué conviene pedir, pero sí sabemos a quién pedir. Nuestro Señor nos ha dicho que el Padre, que sabe darle cosas buenas a sus hijos, nos dará el Espíritu Santo si se lo pedimos. Y ¡lo tendremos todo!. Nosotros muchas veces pedimos sin conocer el bien de lo que pedimos y pedimos cosas sin pedir lo que es esencial: el Espíritu Santo (Cf Lc 11:13).
Roguemos al Padre, por el Hijo Jesucristo que venga a nosotros el Santo
Espíritu: ¡Ven Espíritu Santo!
¡Ven Espíritu Santo! ¡Ven Espíritu Santo! |
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6 de enero de 2006 Solemnidad de la Epifanía del Señor
Hoy celebramos la solemnidad de la Epifanía, es decir, la manifestación de Dios en Cristo Jesús a las naciones. Es hoy el día que recordamos la salvación ofrecida a los paganos, la llamada a la fe a todas las gentes. El Evangelio nos presenta a los Magos. Habla de “algunos Magos venidos de Oriente”. A estos Magos, la pía tradición les dio el número de tres, seguramente porque tres eran los dones, los hizo reyes y hasta les dio un nombre a cada uno. Por cierto, todo esto basado en las antiguas profecías como las del salmo 71, que habla de los reyes de Tarsis y las islas, de Saba y de Seba que traerán regalos a ese otro rey prometido a Israel, el Mesías; o inspirados en Isaías sobre la Jerusalén mesiánica a la que vendrán en camellos y dromedarios de las partes más lejanas trayendo oro e incienso (Cfr Is 60). Estos Magos, de quienes nos habla el Evangelio, siguen la luz porque buscan a Aquél que es la Luz, y ante un signo enviado por Dios se ponen en camino. Poseen un conocimiento imperfecto y son atraídos por la luz que Dios pone frente a ellos para que puedan alcanzar la certeza de la verdad que resplandece, la verdadera sabiduría. Son venidos de Oriente, dice la Escritura, tal vez de Persia o Babilonia. Es de notar que cuando los persas irrumpen en Palestina, en los primeros decenios del siglo VII, arrasando monasterios e iglesias, saqueando Jerusalén, de donde roban la Santa Cruz allí custodiada –más tarde recuperada por el Emperador bizantino Heraclio-, asesinando sacerdotes, monjes, monjas y población cristiana, al llegar a Belén se detienen frente a la Iglesia de la Natividad y la respetan al ver representada las figuras de los Magos venidos de Oriente, posibles seguidores de Zoroastro, a quienes consideran sus antepasados. Junto a los Magos, aparecen en el Evangelio según San Mateo, escribas y sumos sacerdotes. Estos personajes conocían muy bien dónde debía nacer el Mesías de Israel: en Belén de Judá. Conocían las profecías, aunque luego no serían capaces de reconocer a Aquél hacia quien estaban dirigidas todas esas profecías. Parecería contradictorio que quienes debían reconocer la venida del Mesías no hayan podido hacerlo y en cambio quienes no conocían al Dios verdadero se hayan puesto en camino y lo hayan encontrado. Tal aparente paradoja se resuelve cuando observamos las actitudes de unos y otros. El conocimiento de aquellos escribas y sumos sacerdotes era vacío porque era ciego, y ciego porque no habitaba en ellos la luz a la que con su orgullo e impiedad impedían entrar. Estaban llenos de ellos mismos, no de Dios. No servían al Altísimo al que no osaban nombrar sino que falsamente lo invocaban. Y vemos la actitud servil para con el poder en este pasaje del Evangelio en el que se ponen al servicio nada menos que del siniestro y cruel Herodes, para que pueda ubicar dónde había nacido el Mesías y así matarlo. Aquellos escribas y sumos sacerdotes podían interpretar la Escritura, pero en lo accesorio, puesto que su orgullo, su falta de amor hacía que Dios les pusiese un velo sobre lo fundamental, sobre la misma razón de ser de la religión. Todo esto no sólo es historia sino una seria advertencia a nosotros que lo tenemos todo pero que podemos también perderlo si no somos veraces, coherentes, fieles a nuestra fe, si nuestra piedad es hueca y no es sostenida y alimentada por el amor.
Y luego está el mismo Herodes que finge ante los Magos y pretende servirse de ellos para sus fines homicidas. Cabría preguntarse quiénes son los Herodes de nuestros días. Herodes son los gobiernos que legitiman el aborto y hasta lo llaman eufemística y cínicamente “interrupción del embarazo”; son los gobiernos y organismos internacionales que quieren controlar la natalidad matando al niño por nacer; son los gobiernos insensibles a la niñez abandonada, a los niños de la calle; son los que permiten y hasta patrocinan la pedofilia; los que explotan, los que violan a los niños; los que les matan la inocencia y los usan en las guerras; los que los alejan de Dios inculcándoles violencia y perturbando sus imaginaciones con engaños de grandes poderes para dominar a los demás. La Escritura nos presenta luego a María y al Niño. María, la Madre, es para nosotros, desde siempre, el signo de dónde encontrar al Dios encarnado, al Verbo hecho hombre. Sí, hecho hombre en ella por nosotros, para nuestra salvación. María nos presenta al verdadero Dios y verdadero hombre en su hijo Jesús. Donde está presente la Santísima Virgen no hay lugar para las herejías. Lo hemos recordado una semana atrás, cuando celebrábamos a María, Santísima Madre de Dios. Ese título, reconocido por el Concilio de Éfeso (431), no estaba principalmente dirigido a la Virgen sino a Cristo. Ya desde el comienzo del mismo cristianismo aparecen las herejías. Herejes son quienes dicen que Cristo no es hombre verdadero sino celestial que ha tomado la apariencia humana, o quienes - como Arriano- dicen que no es Dios y que el Verbo es creatura. Están también aquellos que, como Nestorio, no admiten que la Virgen sea llamada Madre de Dios sino Madre de Cristo, como si en Jesús habitasen dos personas: una divina y otra humana. Para éstos María era Madre de Cristo, no de Dios. Hasta que el Concilio, sobre todo a través de la palabra encendida e iluminada de Cirilo de Alejandría, declara anatema tal doctrina y define como verdad irrefutable que la persona de Cristo es una sola y que en él hay dos naturalezas, la humana y la divina. Siendo María la Madre de la persona de Cristo y siendo él Dios, bien dicho está llamarla Madre de Dios, Theotokos. Grande es la alegría de los Magos cuando encuentran al Niño con María, su Madre. Y caen postrados en adoración. Ese Niño es luminoso, en él habita corporalmente la plenitud de la divinidad pero, al mismo tiempo, en él se oculta. Dirá nuestro Papa: “Y qué escondite ha encontrado Dios!” Los Magos encuentran en ese Niño la luz verdadera que buscaban, la Luz que ilumina a todo hombre. Ya no más los astros o las estrellas sino al Señor del Cielo y de la tierra. Una vez encontrada la luz no se buscan otras luces. El cristiano que busca otra luz es un apóstata. ¿Qué otra luz buscas si tienes a Cristo? Vieron al Niño con la Madre y se postraron y lo adoraron. Para ellos ha comenzado la conversión al Dios verdadero. Abren sus cofres y le ofrecen oro, incienso y mirra. Según los Padres de la Iglesia el oro significa la realeza, el incienso la divinidad y la mirra es el don profético de la Pasión. Y los Magos “se retiraron a su país por otro camino”. Habían venido como paganos y regresan como creyentes. El camino de regreso no es el mismo que el de ida. En verdad, ellos han llegado a la meta yendo a Belén. Ya no es la astrología el medio para caminar en la vida. Hasta entonces ellos no conocían la verdad, no les había sido revelado el misterio y Dios, no dejándolos en la ignorancia, condesciende para llamarlos y llevarlos, cuando acuden al llamado, hasta el resplandor de la verdad. “Entraron, se postraron y lo adoraron”. Hoy, se revierte el camino hecho por aquellos Magos de Oriente y, en un nuevo y más peligroso paganismo, porque es apóstata de Cristo, se apela a extraños poderes venidos de la magia o de ritos esotéricos. Hoy se rechaza la Luz para sumergirse en las tinieblas de lo oculto o de la exaltación de sí mismo. En la Biblia está escrito: “Cuando hayas entrado en la tierra que Yahvé tu Dios te da, no aprenderás a cometer abominaciones como las de estas naciones. No debe haber dentro de ti nadie que haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, que practique la adivinación, la astrología, la hechicería o la magia, ningún encantador, ni quien consulte espectros o adivinos, ni evocador de muertos. Porque todo el que hace estas cosas es una abominación para Yahvé tu Dios...” (Dt 18:9ss). Hoy a los niños se les da a leer libros y se les muestra películas en que el héroe es un mago y se les inculca que el ocultismo es fuente de conocimiento y de poder. Parece un juego, pero, atención, no es ningún juego y no tiene nada de inocente. Los padres desaprensivamente están permitiendo que sus hijos pasen por el fuego demoníaco que promete poderes como también el de la violencia y de todo tipo de aberraciones que se ven en juegos y en medios como films, libros y música orientados a los niños y los jóvenes. Nosotros no somos esclavos de fuerzas ciegas ni de mecanismos fatales de fríos astros sino que somos hijos de Dios, hijos de un Padre Providente y Misericordioso y somos libres con la libertad de la filiación que gozamos: hijos de Dios en el Hijo. Abjura de conseguir poderes por medio de pseudas meditaciones transcendentales o por otros exóticos orientalismos. Deja de consultar horóscopos y, en cambio, aprende a ser humilde y reza. No temas al futuro sino cree en la Providencia de Dios. Busca el Reino de Dios y su justicia –es decir, haz una vida santa- que el resto vendrá por añadidura (Cfr Mt 6:33). Cuando te pregunten de qué signo zodiacal eres diles “yo soy de Cristo y mi signo es la cruz”. Nosotros, los cristianos, somos quienes han escuchado y creído en la Buena Nueva de Dios encarnado en el seno de la Virgen María y hecho hombre. De ese Niño que nace en Belén y que pastores y Magos adoran. Somos invitados a seguir a este Jesús que nace y vive en la mayor humildad y que nos enseña a amar hasta dar la vida por los demás. Creemos en la Buena Nueva de Dios oculto en ese Niño. Es el Señor que se oculta pero que al mismo tiempo se hace encontrar. La historia de la caída del hombre por el pecado es la de su ocultamiento a Dios (el pecado vuelve al hombre desnudo del ropaje de la gracia divina) y la de su retorno a Él porque Dios lo busca (Adán ¿dónde estás? Cfr Gen 3:9). Es la historia del continuo venir de Dios al hombre y del hombre que sale, y sale de sí mismo, para caminar hacia Dios. Entonces, como hicieron los Magos, se produce el encuentro. Sin embargo, el encuentro es cómo y dónde Él quiere. ¿Cómo? En la humildad del corazón; en la salida de sí mismo; en la obediencia de la fe; en la luz del Espíritu; en la apertura a la gracia; en el reconocimiento de la propia desnudez. El encuentro se realiza por la divina bondad y el amor misericordioso que nos tiene. ¿Dónde? En el establo, junto a María; en cada pobre, enfermo, sufriente, desamparado; en la Eucaristía. En la Eucaristía, donde, como en Belén, Él se hace pequeño, indefenso, inerme, y renuncia a su esplendor y divina majestad para descender entre nosotros. Los Magos lo adoran. En ellos están representados todos los que no conocen a Dios. “El pueblo que andaba a oscuras vio una gran luz. Los que vivían en tierra de sombras, una luz brilló sobre ellos.” (Is 91-2ª) El Santo Padre Benedicto XVI hace poco dijo: “Urge llevar al hombre de hoy a descubrir el verdadero rostro de Dios, y como los Magos, postrarse delante de Él y adorarlo”. Entonces, como los Magos, vayamos al encuentro de la verdad porque en aquel Niño habita la verdad, es él la belleza que salva. En ese Niño reside la salvación de la humanidad. Vayamos con los Magos y adoremos al Señor, nuestro Dios. Como la estrella seamos nosotros también señales para los que no conocen, no aman, no esperan y no adoran a Dios. |
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DOMINGO
III de ADVIENTO No
sabían quién era Juan. No conocían al profeta que anuncia la alegre
noticia de la venida del Señor. No conocían al Mesías, no conocían a
Dios. Sólo
un hombre de oración, un hombre que tiene en sí al Espíritu Santo, un
hombre que no ahoga al Espíritu de Dios, un hombre como Simeón o una
mujer como Ana de Fanuel, pueden reconocer la presencia de Dios. Estos
sacerdotes y levitas sabían quién era Isaías y conocían las profecías
pero no se daban cuenta que esas mismas profecías se estaban
desarrollando delante de sus ojos. Estos
sacerdotes, estos levitas, estos personajes supuestamente religiosos, no
eran hombres de oración. No eran hombres de verdadera oración. No lo
eran, porque estaban llenos de orgullo, de malicia, llenos de ellos
mismos y de su saber. Creían conocer la Ley y no conocían al Autor de
la Ley, a Dios. Estaban entrampados en sus propias prescripciones
meramente humanas. No poseían el Espíritu, pero pretendían enseñar a
los demás quién es Dios. Y hasta tenían, los vemos en los evangelios,
la pretensión de enseñarle al mismo Dios!
Un
sacerdote, un teólogo que no ora, que ha ahogado el Espíritu, no
comprende nada y no sabe reconocer los signos de los tiempos, ni
siquiera sabe reconocer la presencia de Dios. No sabe, no puede ver la
obra del Dios que sana, que perdona, que muestra su misericordia, que
libera. No es capaz de reconocer los días de la venida de Dios ni
tampoco al Dios que está entre nosotros y que ha de venir en su gloria.
Ciertamente,
los sacerdotes y levitas y todos los fariseos podían repetir de memoria
el pasaje de Isaías que hemos escuchado: “El espíritu del Señor está sobre mí,
por cuanto me ha ungido Yahvé. A anunciar la buena nueva a los pobres
me ha enviado, a vendar los corazones rotos; a pregonar a los cautivos
la liberación y a los reclusos la libertad; a pregonar un año de
gracia de Yahvé”. Cabría
preguntarse: ¿quiénes son hoy estos pobres a quienes se anuncia la
buena nueva? Esta pobreza hoy se alarga porque los pobres no sólo
incluyen a aquellos del tiempo de Jesús sino sobre todo a aquellos que
no sienten en ellos el amor de Dios. Hoy el mundo está lleno de
cautivos, de verdaderos esclavos y prisioneros, de encarcelados de la
droga, de la pornografía, de todo tipo de perversidades, del pecado.
Hoy el mundo está repleto de heridos por la vida. Y todos –sanos y
enfermos, santos y pecadores- deben encontrar a Dios, deben encontrarse
con Él. Cuando el hombre se encuentra con Dios encuentra la salvación
y la felicidad en sus días. La
buena nueva, la noticia que provoca gozo, la liberación, la gracia
sobreabundante de Dios se recibe en oración y por la oración. A Dios se lo encuentra,
sobre todo, en la adoración. La
adoración no es un lujo, es una prioridad, ha dicho nuestro Papa
Benedicto XVI. Y agregó: “es urgente llevar al hombre de hoy a
“descubrir” el verdadero rostro de Dios, y como los Magos, postrarse
delante de Él y adorarlo”. El
hombre es más grande y se hace más sabio cuando se arrodilla en
adoración frente a Dios. La
adoración es comunión, es un encuentro. Sí, un encuentro con la
Persona de Aquél que es mi Salvador y mi Creador. Adorar
es contemplar el misterio del Dios con nosotros y por nosotros, del Dios
hecho pan, alimento de vida eterna. De Dios que nos da de beber la
bebida de salvación: la Sangre de su humanidad, derramada por nosotros,
por nuestra redención y justificación. ¿Por
qué nuestro Papa es un gran teólogo? Porque es un hombre de oración.
Porque ha meditado su teología delante del Santísimo Sacramento. De
ese modo la fe ilumina la razón y todo se vuelve más claro. El Espíritu
ilumina la Palabra de Dios y la Palabra habla, está viva! El
teólogo, el sacerdote, el hombre que no reza encuentra oscuridad donde
debería haber luz y hace de la Sagrada Escritura un cadáver a disecar.
El
Santo Padre nos ha invitado a hacer de este Adviento un tiempo de
preparación espiritual a la venida de Jesús en la Navidad, tomando
–de la Palabra de Dios y de la Eucaristía- la energía interior para
recibir al Señor que viene. Nuestro
empeño de Adviento debería ser el de esperar en adoración para
aprender a adorar y para aprender a esperar al Señor. No debemos dejar de adorar a
Dios. De adorarlo sin interrupción, día y noche. Esto es la adoración
perpetua: cuando una comunidad adora a Dios día y noche, para darle la
mayor gloria, el mayor reconocimiento y honor en la tierra. Para
replicar en la tierra lo que hace el Cielo: adorar al Cordero en todo
momento. La
adoración eucarística perpetua es la respuesta constante en el tiempo
hacia Quien no deja de ser Dios y de amarnos con amor eterno. El
Magisterio de la Iglesia estimula la adoración perpetua. Cuando el Señor
es adorado a toda hora del día y todos los días de la semana, a todos
les resulta mucho más fácil encontrar una hora a la semana para su
adoración, su hora santa, ya que todas las horas y todos los días están
disponibles. Hoy
el mundo, todos nosotros, tenemos necesidad de escuchar la buena nueva
de la misericordia de Dios, y de experimentar su amor, su protección. Cada
adorador, que con su hora semanal contribuye a la adoración perpetua,
es decir, a que la iglesia permanezca siempre abierta, día y noche,
para que quienquiera que sea a la hora que sea se pueda encontrar con su
Señor, cada uno de estos adoradores se vuelve testigo del Resucitado,
testigo de su presencia constante entre nosotros, testigo de nuestra fe,
de la fe que profesa y de nuestro amor hacia Dios. Cada uno de estos
adoradores se convierte, en el silencio elocuente de la adoración, en
verdadero profeta -como Isaías, como el Bautista- que da a los pobres
la dichosa noticia. Se convierte en profeta de la Eucaristía que le
dice al mundo: “Dios existe, Dios está aquí en medio nuestro y por
eso estoy adorándolo. Dios está con nosotros y por nosotros. Éste es
tu Dios, que te sana y te salva!” |
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Domingo
XXIX: Lectura del santo
Evangelio según san Mateo 22, 15-21 Le
enviaron, pues, a algunos de sus secuaces, junto con algunos del partido
de Herodes, para que le dijeran: «Maestro,
sabemos que eres sincero y enseñas con verdad el camino de Dios, y que
nada te arredra, porque no buscas el favor de nadie. Dinos, pues, qué
piensas: ¿Es lícito o no pagar el tributo al César?» Conociendo
Jesús la malicia de sus intenciones, les contestó: «Hipócritas,
¿por qué tratan de tentarme? Enséñenme la moneda del tributo». Ellos
le presentaron una moneda. Jesús les preguntó: «¿De
quién es esta imagen y esta inscripción?» Le
respondieron: «Del
César». Y
Jesús concluyó: «Den,
pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios». Palabra
del Señor. Recordamos también que Jesús anteriormente había dejado sin argumentos a los saduceos. Ahora los fariseos traman contra Jesús, quieren agarrarlo en un fallo y le ponen una trampa. Se disfrazan de discípulos que quieren aprender del Maestro, a quien le dirigen la pregunta. Son verdaderos lobos disfrazados de ovejas. “¿Es lícito o no pagar el tributo al César?” Trampa perfecta. Si Jesús dice que no, entonces ellos, los fariseos y los partidarios de Herodes, pueden acusarlo de rebelión contra la autoridad del César. Jesús es un subversivo. Si, en cambio, dice que sí, que es lícito pagar el impuesto al César, entonces queda ante el pueblo como traidor, como uno que está de parte del poder opresor de los invasores romanos. “Enséñenme la moneda del tributo” “¿De quién es esta imagen?” “Del César”, responden. “Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. La interpretación inmediata es que debemos dar a la autoridad civil lo que le pertenece. Hay como una división de obligaciones. Hay cosas que hacen a la organización y al buen orden social que deben ser respetadas. Esto siempre que no se presenten conflictos entre lo que manda el gobierno, o el Estado y lo que manda Dios. Queda muy claro que no se puede tener dos amos, “no se puede servir a dos señores... No pueden servir a Dios y al Dinero” (Cfr Mt 6:24). ¿Qué significa esto? Cuando el poder civil, el Estado, está contra la Ley de Dios no podemos estar nosotros con el poder, obedecer al poder, sino a Dios. Cuando el Estado dice que es lícito matar a los niños el tributo es un tributo de sangre inocente. Cuando el Estado dice que el matrimonio no es exclusividad de la pareja de un hombre y una mujer, el tributo es un tributo de iniquidad e inmoralidad. Entonces, nosotros no podemos decir: “¡Está bien!” ¡No! Y luego, ¿César a quién pertenece? ¿A quién debe estar sometido quien gobierna? A Dios, a su Ley. Pero, hay todavía una reflexión ulterior sobre este pasaje evangélico y que posee un sentido más profundo. Y es éste: ¿De quién es la imagen que hay (o que debería haber) en cada hombre? ¿Tú, de quién eres imagen? ¿Dónde está tu impronta? Hemos sido creados a imagen de Dios (Cfr Gen 1:27) y a Él, sólo a Él pertenecemos. Ésta es la imagen que debemos recuperar: la imagen de Dios, que hemos ocultado, que hemos manchado, y que debe volver a manifestarse en cada uno de nosotros. El tributo debido a Dios es todo nuestro ser purificado del pecado. Y sólo Cristo, el Salvador, puede purificarnos con su perdón. Sor Elvira, la fundadora de la Comunità Cenacolo para los jóvenes de la droga, ha hablado en estos días en el Sínodo sobre la Eucaristía. Testimoniando ante los obispos ha dicho: “A la Eucaristía no se la entiende con la cabeza sino que se la experimenta en el corazón. Si con confianza te arrodillas delante de Él sientes que su humanidad presente en la Hostia consagrada despierta la imagen de Dios en ti, que vuelve a resplandecer!” ¿Se comprende esto? Debemos despertar en nosotros la imagen de Dios que hemos ocultado, que hemos enturbiado. Y para ello la adoración eucarística es el modo y el camino más apto. El Señor ha querido ocultar su poder a nuestra fe bajo la apariencia del pan. Los jóvenes de la Comunidad de Sor Lucía salen de las tinieblas del mal a la luz de la salvación por la fe en Cristo en la Eucaristía, y por el tributo de la adoración recuperan la imagen de Dios que habían perdido. “Aclamen la gloria y el poder del Señor” Denle al Señor la gloria debida a su nombre. Adoren al Señor. La adoración es el único acto religioso debido sólo a Dios, a ningún otro. Ésta es la grandeza de la adoración. “Decid a los pueblos: “El Señor es Rey!” Digámoslo con nuestra adoración incesante: Jesucristo es Rey, Rey de Reyes y Señor de Señores. Por siempre. Amén. |
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Apuntes
para una homilía: Virgen de los
Dolores
Para poder aproximarnos algo al dolor de la
Virgen imaginemos a una madre a la cabecera del hijo que muere. Es sólo
una aproximación. Como toda analogía tiene algo de semejante y algo de
diferente. El dolor es muchísimo mayor porque el peso es el del mal del
mundo, de todos los tiempos, de todo la humanidad que se descarga contra
el Sumo Bien, su Hijo. Y ese peso se descarga también sobre el alma de
la Virgen, en su sacrificio puro porque en Ella no hay ni la mínima
sombra de mal. No conoce el mal en sí misma y está siendo atravesada
por todo el mal del mundo.
La espada le atraviesa el alma, allí donde el
alma se une al cuerpo, allí donde está el centro de la existencia, el
núcleo mismo del ser que llamamos corazón, y ésta es muerte
espiritual.
Las palabras del Hijo “Mujer, he ahí a
tu hijo” (Jn 19:26) abren su corazón y lo desgarran a una nueva
maternidad en la que están los verdugos, los traidores, los que
abandonan, los que se burlan, los cobardes y pusilánimes.
Pero, quién dijo que el sufrimiento de la
Virgen es sólo espiritual? Quién dijo que no sufrió Ella en su
cuerpo? Si el Hijo sudó sangre, no lloró quizás Ella lágrimas de
sangre? Hoy se habla de enfermedades psicosomáticas porque la psique,
el alma, incide y terriblemente, sobre el cuerpo. Sabemos que lo que
sufre el alma lo resiente el cuerpo. Suya fue la pasión de la Pasión
de Cristo hasta hacer de las dos una sola Pasión. Como uno, siendo dos
fueron los corazones. La unidad que Jesús, horas antes, en la Cena del
Jueves, había pedido al Padre para los suyos: “Que ellos, Padre,
sean uno como Tú y Yo somos Uno...” (Cf Jn 17:22). Esa unidad
perfecta es la de la Madre con el Hijo en la hora del Gólgota. Unión
como habían sido la de las vidas cuando María gestaba en la tibieza de
su seno al Hijo de Dios.
Todo lo que le hacen al Hijo lo recibe la
Madre. Todas las burlas y escarnios, todos los golpes y clavos, todos son
también para Ella,... y la corona de espinas, y la desnudez y el agobio
moral y hasta aquel tremendo: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me
has abandonado?” (Mt 27:46). Dónde está Dios en ese tremendo Gólgota
oscurecido? Dónde?
La más terrible noche oscura del alma
ensombrece el alma de María. Y aunque sin respiro está allí, de pie,
ante la cruz del Hijo que es su misma cruz, a pesar de todo, dando su Sí
al Padre. Hasta el fin. Amando hasta el extremo.
Todo con su Hijo y por su Hijo y en su Hijo.
Todo lo ofrece al Padre, María de los dolores.
Y cuando la lanza atraviesa el costado del
cuerpo sin vida de Jesús, la espada pasa de lado a lado su Corazón
virginal. “Mirad, vosotros los que pasáis por aquí, si hay un dolor semejante al mío!”
El padecer de la Virgen, su pasión, fue por
voluntad toda de Dios. Por eso, con justicia, siendo Cristo el Redentor,
Ella Corredentora es.
Ella está ante la cruz transida de dolor,
pero no tan sólo del dolor de la muerte sino también del dolor de un
alumbramiento: el de la nueva humanidad que nace del costado de Cristo.
Y María que participó en cuerpo y alma de la
Pasión de Cristo, participa ahora en cuerpo y alma de la gloria de la
Resurrección. |
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“Si conocieses el don de Dios... Ha llegado el momento en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad" Homilía del Domingo III de Cuaresma
- 27 de Febrero de 2005 En efecto, la primera lectura del libro del Éxodo, nos presenta a los israelitas que dudaban de la presencia de Dios y decían: “El Señor está en medio de nosotros, sí o no?”. Y el Señor Yahvé hizo que Moisés golpease la roca y de ella brotase agua . Y los israelitas experimentaron estupor. Sí, Dios está en medio de nosotros. Del mismo modo, hoy nosotros no vemos a Dios en el Santísimo Sacramento, pero Dios está allí. Dios está presente y Él hace que broten las gracias de su Corazón eucarístico hacia cada uno de los que están delante de Él, en adoración, y hacia los otros que quizás estén lejos de Dios pero que por nuestra intercesión les llegan estas gracias. El salmo nos invita: “Venid, postrados adoremos”. ¿Adónde vamos y nos postramos? Delante de Jesús Eucaristía, delante del Santísimo! La Eucaristía es el don del Corazón de Jesús a nosotros, su Iglesia. Es el don que Él nos da antes de su sacrificio. Cristo se da a los suyos, es decir, a todos nosotros que creemos en Él, en aquel Jueves Santo, y nosotros en la Misa hacemos memoria de aquel momento. Pero no sólo memoria porque el Señor también se hace presente. Memoria y presencia! Atención a lo que decimos! No solamente memoria sino también presencia porque ambos van juntos A la pregunta referida a la Eucaristía: “El Señor está en medio de nosotros, sí o no?”. La Iglesia responde: “Sí, absolutamente sí. Está verdadera, real y substancialmente presente en el Santísimo Sacramento”. Sabed que los protestantes hacen memoria de la Última Cena. Para ellos se trata solamente de un memorial y por esto no tienen el ministerio sacerdotal. Han tomado sólo las palabras del Señor “Haced esto en memoria mía”. Ignoran la Tradición de la Iglesia que viene de los Apóstoles a los Padres Apostólicos y los Padres de la Iglesia, y dicen bastarse sólo de la Escritura (sola Scriptura). También –siguiendo a Lutero- se dicen justificados por la sola fe. Pero, ocurre que cuando se trata de la Eucaristía –sin necesidad de recurrir a la Tradición de la Iglesia- somos nosotros los católicos los que tenemos fe en la Escritura más allá que ellos. Porque el Señor no dijo solamente “Haced esto en memoria mía” sino que tomó el pan y dijo: “Esto es mi Cuerpo” y luego tomó el cáliz y dijo: “Éste es el cáliz de mi Sangre” y después dijo: “Haced esto...”. La Iglesia, por medio de los sacerdotes –que son ordenados como tales por la imposición de las manos, de manera ininterrumpida desde los tiempos de los Apóstoles- repiten las palabras que Jesús pidió se repitieran y entonces, cuando así lo hacen, por la acción del Espíritu Santo, Jesús se hace presente. Se hace presente su Cuerpo y se hace presente su Sangre. Es decir que aparece todo Jesús, hombre verdadero y Dios verdadero. Y este es el misterio de la fe! Misterio que llama a nuestro estupor. Y este es el don de Dios. “Si tú conocieses el don de Dios”, estas son las palabras que Jesús le dijo a la samaritana y que ahora nos las repite. A todos los que no creen en la presencia real del Señor en la Eucaristía y despojan de su esencia el misterio; a todos los que ponen límites a su Amor, a su don, a sus gracias, la de estar con nosotros hasta el fin del mundo; a todos ellos y también a nosotros cuando dudamos, nos vuelve a decir: “Si tú conocieses el don de Dios!”. Queridos hermanos, ha llegado el momento –es el momento cuando nació la Iglesia- “en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque el Padre busca esos adoradores”. Nosotros adoramos al Hijo, lo adoramos en espíritu porque adoramos su divinidad, lo adoramos en verdad porque Él es Dios verdadero (Dios de Dios, Dios verdadero de Dios verdadero). Y Cristo es Uno con el Padre en el Espíritu Santo. Dios Trino y Uno. Por ello, cuando adoramos al Santísimo adoramos a Dios, adoramos a la Santísima Trinidad, adoramos al Padre. Muy queridos hermanos, ha llegado el momento de adorar a Dios sin interrupción. Ha llegado el momento, y es éste, en el que ofreceremos al Señor la adoración perpetua. El Santo Padre Juan Pablo II ha dicho: “Cristo nos está invitando a acercarnos a Él en el Santísimo Sacramento. Todos son llamados a crecer continuamente en íntima unión con Jesucristo que dice:`Yo soy el Pan de Vida bajado del cielo’ ”. Y también dice el Papa: “Nuestro modo comunitario de celebrar la Santa Misa y de adorar debe ir junto con nuestro amor personal por Jesús en las horas de adoración, para que nuestro amor por Jesús sea completo”. Debemos enamorarnos de Jesús en el Santísimo Sacramento. Y cómo hacerlo si no lo frecuentamos, si no lo conocemos, si no vamos a visitarlo, a probar estar con Él? Debemos acercarnos al Santísimo Sacramento para conocer el don de Dios. “Si tú conocieses el don de Dios!”. Esta es la invitación que nos hace el Señor. Nos invita a desarrollar nuestra relación personal con Él, a profundizar nuestra unión. Él, que nos dice: “os he llamado amigos”. Ha dicho el Santo Padre: “Cristo permanece en el Santísimo Sacramento como Aquél que es nuestro compañero, que acoge al hombre afligido por las dificultades y lo consuela con el calor de su comprensión y amor”. Y continúa diciendo el Papa: “es en el Santísimo Sacramento que aquellas palabras gentiles: 'Venid a Mí todos vosotros que estáis agobiados y fatigados que Yo os aliviaré' son iluminadas y comprendidas a fondo”. Nosotros tenemos un tesoro, pero un tesoro a descubrir: este tesoro es Jesús en el Santísimo Sacramento. San Juan María Vianney, el santo Cura de Ars, solía señalar el sagrario y con lágrimas en los ojos, decía a la gente: “Jesús está verdaderamente allí dentro. Si tú supieses cuánto él te ama serías la persona más feliz del mundo!”. “Si tú conocieses el don de Dios!”. En la Última Cena, cuando nos dio los misterios de la Eucaristía –es decir cuando se dio a Sí mismo- y el del sacerdocio, dijo también: “Como el Padre me ha amado así yo os he amado”. Ésta es la medida de su don: el amor de Dios! El amor que fluye entre las personas de la Santísima Trinidad es el amor que nos da y que nos deja en la Eucaristía. Por eso, la Eucaristía es el sacramento del amor. Y luego dijo: “Permaneced en mi amor”. Es decir, nos llama a su Presencia en silenciosa adoración. Ha dicho el Santo Padre Juan Pablo II: “Toda persona es llamada a testimoniar la presencia real de Jesús”. Y, añadimos nosotros, todo adorador se vuelve profeta de la Eucaristía, porque en el silencio de su adoración le dice al mundo: Aquí está Dios! Yo creo, por eso adoro, amo, espero.
El Santísimo Sacramento es nuestro tesoro, es el tesoro de la Iglesia y
adoramos “porque allí donde está tu tesoro está también tu
corazón”. Pero también nosotros somos el tesoro precioso de Jesús. Por eso, nos invita desde el Santísimo Sacramento: “Venid a Mí”. Y nosotros le decimos: “Tú eres nuestro tesoro y por esto reservamos un tiempo para estar contigo, una hora de adoración por semana”. Porque de esto se trata, queridos hermanos, para tener la adoración perpetua en la parroquia les pedimos, a cada uno de vosotros, que amáis a Jesús, que lo reconocéis presente realmente en la Eucaristía, ofrecer una hora por semana para adorarlo en el Santísimo Sacramento, aquí, en esta iglesia. Solamente una hora a la semana. El Señor quiere plantar su tienda entre vosotros, permanecer expuesto en el Santísimo Sacramento para la adoración de sus fieles, día y noche. Él quiere que lo conozcáis. Los discípulos de Emaús le dijeron: “Señor, quédate con nosotros!”. Acogieron a Jesús y Jesús les abrió los ojos y ellos lo reconocieron al partir el pan. Permaneciendo con nosotros y nosotros con Él descubriremos el secreto de su Presencia. Descubrimos, como decía Francisco, el pastorcito de Fátima, a Jesús escondido. El mismo Papa nos llama a la adoración perpetua. La ha pedido en varias oportunidades y últimamente en Redemptionis Sacramentum. Había ya pedido que “este sacramento de amor esté en el centro de la vida del pueblo de Dios”. En el centro! Y agregaba: “Deberán reverenciarlo con la máxima adoración”. También ha dicho: “que se establezca la adoración perpetua para que el Santísimo Sacramento se vuelva el centro de atención de todos aquellos que están enamorados de Cristo”. Debemos dar amor por amor a Aquél que nos ama con amor eterno, a Aquél que nos rescata de nuestro abismo de miseria. “Dame de beber”, le dice el Señor a la samaritana. “Dame de beber” nos dice a nosotros y es como si dijese: “Necesito tu presencia, que estés a mi lado. Me gusta cuando vienes hasta mí y hablas conmigo”. Dios tiene sed de nuestra sed. En la adoración se va iluminando nuestra vida. El Señor, como hizo con la samaritana, llama también a nuestro pasado y a nuestro presente (“llama a tu marido”). Quiere que pongamos delante de Él toda nuestra historia y nuestra actualidad para sanarlas. Debemos encontrar el tiempo para ir hasta Jesús en el Santísimo Sacramento. “No endurezcáis el corazón como en Meribá...!”. No encontrar al menos una hora en la semana es también una tentación. Cuando abrimos el corazón a la adoración, nuestro corazón se abre aún más y entonces vemos la luz y entramos en la contemplación. Cada momento que pasamos con Él profundiza nuestra unión con Cristo y Él, nuestro Salvador Resucitado, nos transmite su gloria y su belleza. Tu hora de adoración no sólo ha de cambiarte a ti sino que cambiará al mundo. “Pero, qué es esto tan poco para tanta gente?” se preguntaban los discípulos ante aquellos pocos panes y peces. Sin embargo, la bendición de Jesús hizo que se multiplicasen tanto como para saciar a más de 5000 personas y encima sobraron 12 canastos. Lo mismo ocurre con tu hora de adoración: el Señor la multiplica en gracias para otros. La ventaja de tener la adoración perpetua es que la capilla siempre abierta hace posible encontrar una hora por semana. Y hace que también sea posible para quien quiera encontrarse con Dios, realmente presente en el Santísimo Sacramento, a cualquier hora del día o de la noche, cualquier día de la semana. Ahora quiero apelar a vuestra generosidad para que penséis en cubrir las horas más difíciles, las de la noche, las horas que van de la medianoche a la seis de la mañana. Debéis saber, sin embargo, que porque hacéis un sacrificio el Señor lo ha de tener en cuenta. Aquellos que se disponen a orar en la noche son los que hacen despuntar el nuevo día. Por medio de la adoración perpetua la Iglesia está unida a la Vid y se vuelve fecunda. Tantas son las gracias! Tantos los beneficios que brotan de la adoración perpetua! En la adoración perpetua el Señor nos da el agua que se vuelve en nosotros surgente que brota para la vida eterna. ¡Una hora por la eternidad! El Señor le decía a santa Margarita María Alacoque: “Cuando estoy expuesto derramo mis infinitos tesoros de gracia”. Como la mujer que hizo que de Jesús saliese su poder y la sanase, simplemente tocándolo con su fe, así con nuestra fe y sacrificio, en la adoración, hacemos brotar su gracia y su potencia. Es por ello que dice el Papa que la adoración proveerá la transformación radical de todo el mundo. Todos nosotros queremos otro mundo, un mundo mejor. Un mundo de paz, de verdadera paz y de amor, un mundo donde haya unión.
Entonces, decid sí y volveos esos adoradores que busca el Padre, esos
que con su adoración hacen despuntar el sol del nuevo día, porque
llaman a Aquél que viene y hace nueva todas las cosas. |
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"Al
Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto"
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La
adoración es el camino del "justo que brilla en las
tinieblas"
En la lectura del Profeta Isaías (Is 58:7-10) se nos habla de obras de misericordia: dar pan al hambriento, cobijar a quien no tiene techo, vestir al desnudo. Si haces eso, entonces tendrás luz, entonces el Señor te escuchará, entonces brillarás. Brillarás ante Dios. Luego, repetíamos la antífona del Salmo (Sal 111): “El justo brilla en las tinieblas como una luz”. Justo es quien cumple con Dios y es misericordioso con el hermano, el que reparte limosna a los pobres, ese cuya caridad es constante. Quien hace esto brilla ante el egoísmo, el ateísmo, el mal del mundo. En la Primera Carta a los Corintios (1Cor 2:1-5) volvemos de algún modo sobre el mismo tema. San Pablo dice algo así como “yo no me presenté a mí mismo ni mostré luces que encandilen. Yo os mostré, en mi debilidad, el poder de Dios”. Pablo no quiere opacar la verdadera Luz que es Dios. Dios debe brillar en todo su esplendor a través mío. La verdadera luz del hombre justo remite siempre a Dios, el resto es vanagloria. En el Evangelio (Mt 5:13-16) se nos presenta al Señor diciendo, diciéndonos: “Vosotros sois la luz del mundo”. Quiere decir: “a vosotros os han sido dadas gracias, dones. Esos dones deben dar frutos, frutos de amor, frutos de misericordia. Esos dones se deben convertir en obras y esas obras vuestras brillarán”. ¿Para qué? ¿Para mostrar nuestra luz? No, para mostrar la Luz de la que nosotros somos reflejos. Para mostrar a Dios, al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo. Nosotros somos espejos que reflejan la luz, no la luz misma. El espejo para que sea buen espejo debe ser pulido. Por eso, Dios nos va puliendo, va quitando las manchas, los puntos oscuros que impiden reflejar la luz o que la vuelve deficiente. Estamos llamados a ser la luz del mundo y la sal de la tierra. Estamos llamados a iluminar con nuestras obras, testimonios del amor de Dios, las tinieblas del mundo. Estamos llamados a salar al mundo, a darle el sabor que le falta, el sabor de las cosas de Dios, que eso es sabiduría. Estamos llamados a darle sapidez al mundo porque este mundo por ateo es insípido. Estamos llamados a dar testimonio de nuestra fe con nuestras obras y a ser testigos convincentes. Por eso, cada capilla de adoración eucarística perpetua es un faro de luz en la noche del mundo. Es una puerta abierta al Cielo. Es el espacio sagrado donde obramos nuestra fe mediante la adoración y le decimos al mundo: yo creo, yo adoro, yo espero y amo a este Dios que está aquí. Porque ¡aquí está Dios! Cada capilla de adoración perpetua es un permanente presentar, llevar y traer a Cristo, verdadera, real y substancialmente presente en la Eucaristía. Cada adorador es un profeta de la Eucaristía, es un profeta de este tiempo, es un hombre, una mujer que le dice al mundo –en el silencio de su adoración- dónde está Dios. No hay mayor elocuencia que la del ejemplo y quien adora no necesita decir que cree en la presencia de Cristo, hombre y Dios verdadero, porque su estar arrodillado lo dice todo. Si nosotros sólo decimos que creemos que Jesucristo está verdaderamente presente en cuerpo, alma y divinidad, en el Santísimo Sacramento y luego no le rendimos culto ni lo adoramos, entonces lo nuestro es solamente declamatorio y no convence a nadie. Si nosotros, en cambio, lo adoramos proclamamos, con nuestra adoración, que Él es Dios. Y si lo adoramos sin cesar, sin interrupción, estamos diciéndole al mundo que Él merece todo honor, toda gloria porque es el Rey de Reyes y el Señor de Señores. Estaremos haciendo en la tierra lo que hacen en el Cielo: adorar al Cordero que fue inmolado, en todo momento. Esos que adoran día y noche le dicen al mundo ateo que Dios existe, le dicen al mundo en tinieblas y oscuridad de muerte que allí está la Vida y la Luz que ilumina a todo hombre. Nosotros debemos reflejar la luz y para ello antes debemos recibirla. Debemos llevar la luz al mundo y para ello debe iluminarnos el Señor con las gracias que obtenemos en la adoración. Como tan bien lo entendió la Beata Madre Teresa, sacamos las fuerzas para llevar a cabo las obras de misericordia y toda obra que nos inspira Dios, de la adoración eucarística. Él se encarga de multiplicar las obras en nosotros y de hacernos fecundos. La adoración es el camino del justo que brilla en las tinieblas. Se adora a Quien tiene el poder de transformarnos y de cambiar todas las cosas. En la adoración tocamos el Corazón de Quien mueve el mundo y da la vida. En la Eucaristía está el Poder de Dios. En la adoración somos salados e iluminados, recibimos las gracias para llevar a Dios al resto de los hombres y para acercar a la humanidad a Dios. En la adoración reparamos e intercedemos por el mundo. Arrodillados aprendemos a ser humildes y a reconocer que todo lo bueno, toda buena obra, viene no de nosotros sino de Dios. La
adoración que nace de la fe ilumina a la misma fe y la impulsa a la
caridad de las obras. P. Justo Antonio Lofeudo |
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El
Mensaje Eucarístico de Fátima El mensaje de Fátima no fue dado sólo para una circunstancia histórica de aquel momento ni para un país, Portugal, sino que siendo de alcance universal, el llamado de la Madre de Dios continúa siendo actual y debemos rezar diariamente el Rosario y ofrecer sacrificios para la conversión del mundo –que incluye la nuestra- y para salvar almas de la condenación eterna. Quién puede dudar que la situación de pecado en el mundo está hoy mucho peor que hace cien años atrás. En términos generales siempre necesitamos de conversión y ésta es un camino que cada uno debe hacer hasta el final de sus días en la tierra. Pero, de la conversión de la que en los mensajes se trata es sobre todo de aquellos que con sus pecados y con su falta de arrepentimiento y su indiferencia y ofensas hacia Dios provocan su condena eterna. Todo aquel que recuerde Fátima seguramente recibirá el eco de aquellas palabras de la Madre de Dios: “Dejad de ofender a Dios. No lo ofendáis más porque Él ya está muy ofendido”. Cuando comparamos el grado de ofensa de aquellos momentos con cuánto se lo ofende hoy a Dios por todos los medios y en tantos lugares, no podemos menos que preocuparnos porque ya más que de actualidad del mensaje hay que hablar de urgencia del mismo. El pecado debe ser reconocido y también reparado. Por eso, en Fátima se nos presenta además de la necesidad de conversión y de intercesión, la otra dimensión, la de la reparación. En ese contexto surgen los mensajes de reparación a la justicia divina y el pedido de los cinco sábados de reparación al Inmaculado Corazón de María. Oración, penitencia, sacrificio, reparación es parte del núcleo del mensaje de Fátima pero no lo es todo puesto que hay una parte muy importante que suele soslayarse y ahora emerge con gran fuerza: es lo podríamos con propiedad llamar “el mensaje eucarístico de Fátima”. En la totalidad de las apariciones de Fátima podemos distinguir distintos momentos y tales momentos hacen a los distintos mensajes. Así, las primeras apariciones son las del Ángel de Portugal que ocurren aproximadamente un año antes que las de la Santísima Virgen. Luego, en 1917, siguen las seis apariciones de la Virgen en Fátima, que van del 13 de Mayo al 13 de Octubre del mismo año y que culminan con el milagro del sol. El mismo signo del sol reclama al signo eucarístico. Por último, están las apariciones que Sor Lucía tiene en España (en Pontevedra y en Tuy, respectivamente) de los años 1925-26 y 1929.
En la primera aparición el Ángel muestra a los pastorcitos la
necesidad de reparación por los pecados con que Dios es ofendido,
mediante el acto de adoración, de fe, de amor y de esperanza. Es la
sencilla y profunda oración que les enseña a rezar: “Oh, Dios mío,
yo creo, os adoro, espero y os amo! Os pido perdón por aquellos que no
creen, no os adoran, no esperan ni os aman!”. En la segunda aparición, el mismo Ángel de Portugal o de la Paz, les inculca el espíritu de sacrificio, el hacer sacrificios todos los días. Esas dos apariciones son preparación, divina pedagogía, de la tercera, que es la última manifestación angélica, verdadero mensaje eucarístico y trinitario.
La oración enseñada por el Ángel es: “Santísima Trinidad,
Padre, Hijo y Espíritu Santo, os adoro profundamente y os ofrezco el
preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo, presente
en todos los sagrarios de la tierra, en reparación por los ultrajes,
sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por medio
de los infinitos méritos de Su Sacratísimo Corazón, y del Inmaculado
Corazón de María, os ruego la conversión de los pobres pecadores”. Esta oración es de una gran riqueza teológica y cada parte merece un comentario. Ante todo se trata de la íntima relación entre el misterio de la Santísima Trinidad y el misterio de la Sagrada Eucaristía. Por el poder sacerdotal de todo bautizado quien ora ofrece a Dios Trino y Uno, el sacrificio de Cristo presente en la Eucaristía. En la Eucaristía está todo Cristo, en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad como enseña la Iglesia. Y para hacer aún más evidente esta presencia verdadera y sacramental se agrega: “presente en todos los sagrarios de la tierra”. Esa adoración a Dios se pone de manifiesto en la postración del Ángel y de los niños ante el Cuerpo y la Sangre de Cristo presentes en la Sagrada Hostia y en el Cáliz de la misma aparición. La adoración eucarística es adoración trinitaria. Y esa adoración y esa ofrenda de sacrificio se hace en reparación por las ofensas, a la que se agrega, por la intercesión de los Sagrados Corazones –del Sagrado Corazón de Jesús en unión al de su Madre-, el ruego por la conversión de los pobres pecadores. Es decir, que la adoración y el sacrificio espiritual asociados poseen las dos dimensiones de reparación e intercesión. Recordemos que ya en la primera aparición mariana del 13 de Mayo, cuando los niños se vieron inmersos en la luz de Dios, esa luz que los penetraba hasta lo más profundo de sus almas, espontánea e inspiradamente rezan: “Oh, Santísima Trinidad, te adoro. Dios mío, te amo en el Santísimo Sacramento”. Es, nuevamente, evidente la asociación entre la presencia eucarística del Señor y la Santísima Trinidad, y no puede ser de otro modo ya que estando presente en el Santísimo Sacramento la divinidad ésta es una e indivisible. Por tanto, donde está el Hijo está toda la Santísima Trinidad. Pero, lo notable es cómo, al estar en la Luz del mismo Dios, el Espíritu Santo los mueve a exclamar esa oración de adoración y manifestación de amor en la Eucaristía. En Tuy, en la última aparición, parecería sintetizarse el mensaje de Fátima en su expresión más sublime, más alta. Sor Lucía tiene la visión del misterio de la Santísima Trinidad, el sacrificio redentor de la Cruz, el sacrificio de la Misa y la presencia corredentora de la Santísima Virgen con su Inmaculado Corazón al pie de la cruz. Sugestivamente, la visión acontece durante la Hora Santa de adoración que Sor Lucía tiene en la capilla los jueves de 11 de la noche a medianoche. Una cruz de luz aparece sobre el altar y luego la representación de la Santísima Trinidad que recuerda representaciones del arte religioso como el cuadro del Massaccio: por encima de la cruz el busto de un Hombre inclinado sobre ella, una Paloma entre él y otro Hombre clavado en la cruz. Las figuras son más luminosas que la propia cruz. Algo más abajo del pecho del Crucificado, suspendido en el aire, un gran Cáliz y una Hostia por donde cuela la sangre que cae del rostro y de una herida del costado del Crucificado. La gotas de sangre se deslizan por la Hostia y son recogidas en el Cáliz. Bajo la cruz está la Virgen sosteniendo su Corazón, coronado de espinas y en llamas, en su mano. La visión se completa con una inscripción “como si fuera de agua cristalina que se escurre sobre el altar” con las palabras “Gracia y Misericordia”. En la representación de la Santísima Trinidad el Padre sostiene al Hijo en su Pasión y comparte, misteriosamente esa misma Pasión, en tanto el Espíritu Santo, en forma de paloma de luz, es el Amor entre Ellos, el Amor que es la misma Unidad de la Trinidad, el Amor trinitario que se manifiesta al mundo en la Pasión de Cristo. Del sacrificio de Cristo en la Cruz se nutre y actualiza el sacrificio permanente de la Santa Misa, el sacrificio eucarístico fuente de gracia y misericordia para toda la humanidad. La visión descubre algo más: la presencia del misterio de María en la historia de la salvación, el misterio de la Mujer que comparte los sufrimientos del Redentor en el único acto de salvación de la cruz. Ella también ofrece al Padre el sacrificio de la cruz del Hijo en su Corazón inflamado de amor y coronado de espinas por el dolor del pecado del hombre. También María es instrumento de gracia y misericordia porque así como el sacrificio del Hijo es uno con el suyo en la cruz, así también las gracias que se derivan de este sacrificio pasan por el Corazón de la Madre hacia la humanidad pecadora. Esta visión nos ofrece además la clave de este tiempo de apariciones marianas como tiempo de gracia y misericordia de Dios. Ella es la enviada de la Santísima Trinidad para llevar al mundo hacia Cristo el Salvador. Dios se revela en Jesucristo como el Padre amoroso y misericordioso que desea llegar a cada hombre para salvarlo. El Padre es quien recibe el sacrificio del Hijo, que satisface la Justicia Divina, y es quien ofrece al hombre ese mismo sacrificio, perpetuado en los sagrados misterios de la Santa Misa, para que el hombre sea justificado y salvado. La Virgen Santísima también ofrece junto al Hijo el sacrificio perfecto de Cristo en su medida de creatura inmaculada y de sus propios méritos que surgen de la obediente y amorosa aceptación del sacrificio redentor y de la propia inmolación que ese sacrificio conlleva. Es por obra del Espíritu que el sacrificio de la redención se actualiza eucarísticamente haciendo presente en cada Misa al mismo Cristo, en toda su humanidad y en toda su divinidad, para que quien coma de su carne y beba de su sangre permanezca, por el Espíritu que recibe, en Cristo y tenga la vida eterna (Cf Jn 6:55.56). María trae en Fátima, como en todo lugar de verdaderas apariciones, un mensaje trascendental. Ante todo un mensaje de esperanza porque Dios no se desentiende del hombre en tiempos en que el hombre quiere deshacerse de Dios. Aún en una época como la nuestra, de una gran apostasía, Dios nos cubre con su misericordia y nos llama, a través de la Santísima Virgen para que regresemos a Él. Ella viene a recordarnos que en la Iglesia están todos los medios de salvación y que Dios está presente de una manera única, verdadera y substancial, en la Sagrada Eucaristía. Viene a recordarnos que Dios nos ama y desea nuestra salvación. Que si el pecado es grande y contumaz, que si los pecadores persisten en su ofensa a Dios, quienes escuchen el mensaje traído del Cielo, pueden mediante la reparación eucarística y apelando, junto al ofrecimiento del sacrificio redentor presente en cada Eucaristía, a la intercesión de los Sagrados Corazones, obtener que aquellos que estaban por decisión propia destinados a la condenación eterna alcancen la salvación. Entonces, para cumplir con el pedido celestial de Fátima debemos no sólo rezar el Rosario diariamente sino también profundizar y hacer consciente nuestra participación en la Misa así como tener nuestros momentos de adoración eucarística en reparación por las ofensas cometidas contra Dios y clamar la intercesión de los Sagrados Corazones para el perdón de los pobres pecadores. Por último, Fátima también nos introduce a la devoción al Corazón Inmaculado y a la reparación de los cinco primeros sábados por las ofensas cometidas contra ese Corazón de la Madre de Dios que tanto ama a Dios y a los hombres. La reparación es reparación eucarística.
Pocos años más tarde a la última manifestación privada hecha pública
del ciclo iniciado en Fátima, el Señor le daría a una religiosa
polaca –santa Faustina Kowalska- aquella otra oración eucarística
que hace eco a la de Fátima: “Padre Eterno, os ofrezco el Cuerpo,
la Sangre, el Alma y la Divinidad de vuestro amadísimo Hijo, nuestro Señor
Jesucristo, como propiciación de nuestros pecados y los del mundo
entero”.
Dios extiende sus manos a la humanidad y le otorga este tiempo de gracia
y misericordia. Recemos con renovado fervor y convicción el Santo
Rosario todos los días, sabiendo que Dios le ha dado un poder
inmenso a esta oración mariana, adoremos, adoremos sin cesar a
Dios en el Santísimo Sacramento repitiendo las oraciones que el
Ángel les enseñó a los pastorcitos, siendo conscientes de la
presencia verdadera de Jesucristo en la Sagrada Forma, vivamos la
Santa Misa y ofrezcámosla también en reparación y por la conversión
del mundo. Sepamos nosotros aprovechar este tiempo. |
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Homilía
sobre el óbolo de la viuda Lectura del Evangelio según san Lucas 21,1-4
En aquel tiempo, alzando Jesús los ojos, vio unos ricos que
echaban donativos en el arca de las ofrendas; vio también una viuda
pobre que echaba dos reales, y dijo: -“Sabed
que esa pobre viuda ha echado más que nadie, porque todos los demás
han echado de los que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha
echado todo lo que tenía para vivir.” En el episodio que nos relata el Evangelio, vemos que la pobre viuda –lo dice el mismo Señor- era una mujer que pasaba necesidad, que apenas tenía para vivir. Es decir, era una mujer desasistida, sin ningún recurso económico propio, sin ningún tipo de seguridad material, desprotegida, hoy diríamos sin presente ni futuro. Y, sin embargo, había dado todo lo que tenía para vivir. Y, ¿a quién se lo dio? A Dios, es la respuesta. Porque dándolo al culto es realmente a Dios a quien se lo está dando. Amar es dar. La Beata Madre Teresa de Calcuta decía, a propósito del amor que nos debemos unos a otros, que amar es dar hasta que duela. El Señor nos muestra que hay una medida mayor de amor o, más bien, aquel amor sin medida, in-conmensurable, in-menso, suyo. Porque –dice la Escritura- Él nos amó hasta el extremo (Cf Jn 13:1). Hasta el extremo de despojarse de su condición divina para venir a ser uno de nosotros, más aún para tomar la condición del esclavo para morir y morir en muerte de cruz (Cf Flp 2:6-8). Y todo por amor al Padre y a cada uno de nosotros. “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por los amigos” (Jn 15:13), había dicho Jesús poco antes de emprender su camino hacia la cruz. Y nos llamó amigos. Amigo es aquel a quien se ama. En Cristo, es aquel a quien se ama hasta dar la vida. Ese fue el extremo de su amor, el que va desde la encarnación del Verbo Divino en la humanidad de María hasta llegar, en razón de su sacrificio en la cruz, en su Presencia Eucarística, en las especies consagradas del pan y del vino, para no dejarnos solos, quedándose con nosotros hasta el fin del mundo. Por eso, la Eucaristía es el don y el misterio del Amor. En la Eucaristía recibimos este sacrificio de amor, que nos obliga, también a nosotros, a dar. Ante la Eucaristía no podemos ser meramente sujetos pasivos. La recordada Madre Teresa decía: “La Eucaristía no implica sólo el hecho de recibir sino también el hecho de saciar el hambre de Cristo.” A santa Margarita María Alacoque, la santa de las revelaciones del Sagrado Corazón, decía el Señor, mostrándole su corazón: “Este es el Corazón que tanto ha amado a los hombres y tan poco es correspondido. Tengo sed. Una sed infinita de ser amado y adorado en el Santísimo Sacramento”. “Tengo sed”, éstas fueron las palabras pronunciadas en la cruz. Sed de ser amado, sed de ser buscado. Quien lo busca encuentra la salvación, encuentra al amor. El amor debe ser ese un encuentro entre dar y recibir, porque todo amor exige reciprocidad; todo amor requiere correspondencia entre el amado y el amante. Cristo hoy se da a sí mismo, se da a cada uno, luego se me da, en la Eucaristía, donde está todo Él. Para recibirlo debo abrir antes que mi boca mi corazón, acogerlo en mi vida y hacer de ella acción de gracias, es decir Eucaristía. Para recibirlo debo darle mi amor, dándome a Él y a los otros, haciendo de cada persona un prójimo. Es decir, aproximar, hacer prójimo, a aquellos a quienes los tenía en la lejanía de mi indiferencia o apartado por mis prejuicios. Decía la mística francesa Marthe Robin que toda vida es una Misa. Por lo que tiene de sacrificio, de entrega y además de sacra. En mi vida, para que sea vida, debe estar presente el sacrificio del amor porque cada amor implica sacrificio. De otro modo, no es amor sino una deformación, una forma de egoísmo o de posesión obsesiva que usurpa el término de amor porque es una perversión del mismo. Dar sin medida, como la viuda del Evangelio, como Cristo, sin pensar en mis conveniencias, sin cálculos mezquinos, sin preocupaciones por mi situación particular, claro que no es fácil de lograr. Ciertamente, requiere mucho amor y mucha fe y si no se los tiene, lo primero que hay que hacer es pedirlos. Este Evangelio nos interpela seriamente. Por eso, debemos preguntarnos: ¿Doy? ¿Cuánto doy? ¿Qué doy? ¿A quién doy? ¿Cómo doy? Si ahondamos en las respuestas a estas preguntas fundamentales podremos hacer un buen examen de conciencia y ver de qué estamos necesitados y en qué hemos pecado. Antes de rezar al cielo importante es saber de qué tenemos falta para pedirlo después, y purificarnos antes mediante el arrepentimiento y el pedido de perdón. Amar es dar, y dar para Dios –como hizo la pobre viuda en el templo de Jerusalén-; dar a Dios, dar de (desde) Dios, darme a los otros por Dios. La adoración eucarística es una forma, sublime, de amar al Señor, de dar honor y gloria a Aquel de quien todo recibimos. Cuando adoramos al Señor le estamos manifestando nuestro amor, le ofrecemos nuestra presencia en la fe de su Presencia, lo hacemos para y por Él, y, en la dimensión de reparación e intercesión, también ofrecemos el sacrificio de la adoración y de la alabanza por todos los que lo ignoran o no lo aman, para presentarlos a su misericordia y puedan ellos alcanzar la salvación. Contemplando el misterio en actitud adorante recibimos aquello que más necesitamos dar. “Contemplar y dar de lo contemplado”, puesto que nada que antes no hayamos recibido podremos dar. Al adorar recibimos ante todo el amor de quien es Amor, pero también la paz y esa alegría que vienen de la intimidad con el Señor. Y ¡cuánto necesita este mundo de amor, de paz y de verdadera alegría! Al adorar santificamos nuestro tiempo, dándole al tiempo valor de eternidad. Al adorar al Señor le mostramos nuestra gratitud, correspondemos a su amor, reconocemos su majestad, su divinidad, su humanidad gloriosa presente en el Santísimo Sacramento, y procuramos la intimidad de Aquel que nos llama y nos quiere amigos. Cuando, a través de una cadena ininterrumpida de adoradores, lo honramos día y noche, entonces repetimos incesantemente nuestro acto de amor y esto –como el óbolo de la viuda- ha de ser muy apreciado y recompensado por el Señor. P. Justo Antonio Lofeudo |
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Reflexiones
sobre el Evangelio del domingo (24o del T.O.) y sobre la Fiesta de la
Exaltación de la Cruz |
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La
Transfiguración del Señor |
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¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!
En Rusia, ochenta años de comunismo ateo no pudo con la fidelidad de
un pueblo que de abuelos a nietos, de padres a hijos, custodiaron la
verdadera fe y por eso en Pascua la gente se saluda así: “Cristo ha
resucitado!” en tanto que el otro responde “Verdaderamente ha
resucitado!”. Por todo esto deberíamos estar rebosantes de felicidad y gritar: “Cristo resucitó! Aleluya! Aleluya!”. En la Sagrada Forma, en la Eucaristía, no sólo no vemos la divinidad del Señor sino que tampoco vemos su humanidad, y –sin embargo- es Él, verdaderamente es Él. Con el mismo poder que ha de liberar nuestra fe. Feliz Pascua de Resurrección! (Recordemos que durante esta octava de Pascua, hasta el próximo domingo, estamos celebrando una sola y misma Pascua. Es tan grande esta fiesta que se celebra durante los ocho días) |
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Homilía
de la Festividad de la Sagrada Familia Evangelio: Lc 2:41-52. Lucas relata el último episodio de la infancia de Jesús. En él se destacan algunos datos interesantes. Por ejemplo, puntualiza el evangelista que el niño tenía doce años cuando con sus padres subieron con todos, como de costumbre, a la fiesta de la Pascua en Jerusalén. Según la ley judía, a los trece años los niños varones eran ya considerados mayores y podían participar del culto divino junto a los demás hombres. Es decir, que lo que ocurre en el Templo con Jesús está fuera de toda previsión y prescripción. El niño se interesa y participa de discusiones con los maestros -hoy podríamos decir con los teólogos- del Templo escuchando y haciéndoles preguntas. Por otra parte, esta peregrinación que la familia había hecho a Jerusalén sería una de las tres anuales hacia la ciudad santa que estipulaba la Ley. Pues, en esta ocasión Jesús decide no regresar con sus padres sino quedarse en el Templo. María y José quedan atónitos al encontrarlo. Podemos imaginarnos el tono del reproche de la madre –todo el dolor y la tristeza por esa actitud incomprensible del hijo- cuando le dice a Jesús: “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo angustiados, te andábamos buscando”. Y luego, también, el estupor ante la respuesta del niño. El evangelista aclara que ellos, María y José, no comprendían la respuesta que Jesús les daba: “Y ¿por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debía estar en la casa de mi Padre?” En el relato advertimos una tensión. Tensión entre una comprensión, una toma de conciencia –la de Jesús- y la incomprensión de María y de José. Tensión, sobre todo, entre dos vocaciones en Jesús, dos llamados: el del Padre y el de la vida en el seno familiar. Jesús muestra ser consciente de quién es, de quién es “su Padre”, y quizás podríamos aventurar que atisba algo de su misión. La situación se resuelve en que regresa a Nazareth quedando sujeto a sus padres. Jesús no es un rebelde. Jesús aún debe crecer, por eso lo registra Lucas. Crecer ante los hombres y ante Dios, en cuanto hombre. Comprender que en su misión esas dos vocaciones deben madurar juntas y que no hay verdadero conflicto entre ellas. Si bien en este episodio que protagoniza la Sagrada Familia, Dios nos presenta dos modelos de realización espiritual, es decir, de santidad: la familia y la vida consagrada a Dios, siendo ambos modelos, en realidad, uno en la familia de José, María y Jesús. La Sagrada Familia es familia y familia totalmente consagrada a Dios. Para imaginar cuál fue la vida de esta familia, su cotidianeidad debemos apelar a datos concretos como la casa que habitaron mientras vivieron en Nazareth. La casa es el espacio donde se realiza y desarrolla la vida familiar. Permítaseme una evocación personal. Hoy hace exactamente cuatro años que estuve celebrando la Misa de la Sagrada Familia en Nazareth, en la Basílica de la Anunciación. Allí, junto a lo que quedó de la casa: la gruta excavada en la roca. Si esta pequeña gruta la unimos a la casa de paredes de piedra que se conserva en Loreto notamos que todo el espacio disponible para vivir era más bien reducido. Lo que más llama la atención es la sencillez de la vida que se debe haber desarrollado en ella. Sobre todo atendiendo a la cultura de la época. Datos históricos provenientes de distintas disciplinas confirman que la vida era de una gran simplicidad. Pero, al peregrino que llega a Loreto lo que más le impresiona de la casa es la sensación de intenso sobrecogimiento que se tiene. Y esto debido a la santidad impregnada en las paredes. La santidad hecha de tanta oración. Quizás ustedes hayan experimentado algo parecido en ciertos antiguos monasterios. En verdad, tenemos un ejemplo mucho más cercano: acá mismo, en la capilla de adoración eucarística perpetua. Ustedes ven, sienten, que ese espacio es muy especial y que hay una gran diferencia entre el ambiente exterior y la capilla, cada vez que entran o salen de ella. Esto se debe, indudablemente, a la presencia del Señor continuamente expuesto y a la adoración que Él recibe en ese recinto. En Loreto, dentro de la santa casa, hay una inscripción en latín que dice, traducido, “aquí el Verbo se hizo carne”. Esta verdad, el que la plenitud de los tiempos se haya dado en espacio tan exiguo, no puede menos que sobrecogernos. La casa es como la materialización del hogar, es su signo visible. Cuando hay un hogar la casa es signo de estabilidad, de calor humano, de afectos y seguridades recíprocas. La mujer, en un verdadero hogar es quien permaneciendo en él le presta toda la atención para hacer que la vida de sus miembros sea agradable, confortable, segura. Es quien se ocupa de mantener siempre encendido el "focolar". Quiero decir, es la figura esencial de la madre que da calor y sostiene el hogar. Pero, no sólo ella sino también el padre, quien cuida, protege, da sustento, alimenta al hogar. Así, pero mucho más, debe haber sido en la casa del carpintero en Nazareth. SS Pablo VI, en su visita a Nazareth en 1969, meditó sobre el clima de silencio que debe haber prevalecido o sido nota esencial de esa escuela de disciplina espiritual que fue la Sagrada Familia. Hoy estamos inmersos en un mundo que nos aturde. Nos damos cuenta cuán difícil es lograr el silencio, porque aunque externamente puedan acallarse los sonidos interiormente sigue habiendo ruido. Debemos recuperar la dimensión del silencio para recuperar el recogimiento, la interioridad, la capacidad de escucha, para poder tener y crecer en la oración personal. El Señor, seguramente sacada de su propia experiencia en su hogar de Nazareth, dirá: “...cuando vayas a orar, entra en tu aposento, y después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6:6). Una capilla de adoración perpetua es escuela de silencio, por eso escuela de espiritualidad. El otro rasgo al que hacía mención el Santo Padre era el de la comunión de amor que existía en el seno de la santa familia. Ámbito de gran respeto recíproco, de austera belleza, sagrado e inviolable. Finalmente, el trabajo es la otra dimensión presente en el seno del hogar santo de Nazareth. Ante todo, trabajo en cuanto medio y no fin y además trabajo digno. Después de dirigir nuestra mirada de contemplación hacia la Sagrada Familia, no podemos menos que descender hasta nuestra realidad. Somos, en estos tiempos, testigos de la destrucción de la familia. Destrucción sistemática de parte de las sociedades y de los gobiernos que las representan. Los síntomas graves son la ausencia de la figura de la madre y también del padre. Muchas veces esas ausencias son debidas a apetencias materiales o a problemas económicos que hacen que hombre o mujer o ambos sean absorbidos por el trabajo y otras actividades. La otra situación que puede socavar a la familia es la desocupación. Es humillante para el hombre cuando pierde su trabajo y la mujer o los hijos se convierten en el sustento familiar. En esos casos lo que suele agravar la situación es que se lo hacen sentir. La falta de diálogo, la pérdida de la tertulia familiar es otro signo y causa de decadencia y disgregamiento de la familia. No se dialoga porque los padres no están juntos, porque llegan cansados, absorbidos por mucha actividad, o porque directamente empiezan a hacer vidas tan separadas que se acaba por no hablar. También de esto ¡cuánta culpa tiene el televisor! Es decir, las personas que quedan atrapadas y narcotizadas ante la pantalla de un televisor interesándose, tal vez, por lo que ocurre en el mundo e ignorando lo que le pasa a quien tienen a su lado. Cierto, también que el televisor puede ser la pantalla en la cual escudarse cuando el diálogo se perdió por otros motivos. Sin embargo, no desdeñemos el perjuicio que puede hacer la televisión, no sólo porque distrae, lleva a otra realidad, sino –sobre todo- por el contenido inmoral y anticristiano de la mayoría de los programas. ¿Qué espiritualidad, qué vida de oración puede crecer o desarrollarse en una casa que ha dejado de ser hogar para convertirse en un contenedor de frías paredes? ¿Cómo puede mantenerse un hogar cuando no hay respeto entre sus miembros? Cuando no se inculcan valores morales ni se vive la religiosidad. También la otra familia, la religiosa, la vida consagrada está en crisis. Porque no se ora, porque la actividad por la actividad misma ha desalojado a la oración, la contemplación. Porque el espíritu del mundo se ha adueñado de muchos institutos religiosos. Porque no se cultiva el silencio y la ruidosa actividad toma su lugar, la actividad sin raíces, que seca la vida espiritual. Toda actividad tiene que estar fundada en la contemplación. Tiene que tener sus raíces en Cristo sino termina siendo vana. Estos dos modelos, estos dos pilares de la santidad: familia y vida consagrada, son atacados por satanás hoy más que nunca. Querría recordar Fátima. Ésta es una aparición aprobada por la Iglesia que tiene un mensaje para estos tiempos. Querría recordar la última aparición en Fátima. Fue el 13 de Octubre de 1917. En esa ocasión la Santísima Madre mostró el milagro del sol. El sol al que se puede ver a simple vista significa la Eucaristía, que oculta todo el poder de la divinidad. Aquel día también estuvo presente en la visión la Sagrada Familia. Visiones anticipatorios de las grandes necesidades de salvaguardia del siglo pasado y de éste. Advertencias para la humanidad. Dios nos recuerda que Él quiere familias santas. Dios nos recuerda que la Eucaristía es fuente de santidad. ¡De cuántas cosas estamos siendo testigos en estos días, desde que tenemos la adoración perpetua! ¡De cuántas gracias extraordinarias! Personas que se confiesan, que regresan a la Iglesia, después de muchísimos años de alejamiento. Y de tantas otras bendiciones. Si la familia se destruye –y contra ella están atentando en forma sistemática las distintas sociedades impulsando y promulgando todo tipo de leyes- se destruye la sociedad y también la persona. Cuando vayan a sus casas, por favor lean la carta a los efesios, el capítulo cinco, donde el Apóstol nos muestra dónde reside la armonía familiar en el entramado de deberes. No debemos dejarnos confundir ni tampoco claudicar en esta lucha espiritual que se ha encarnizado contra los dos pilares de la santidad, las dos realidades en las que podemos crecer en el amor. Permanezcamos en el amor de Cristo, adorándolo y amándolo en el Santísimo Sacramento y roguemos, queridos hermanos, a san José y a la Virgen para que podamos realizar el proyecto de Dios en nuestras vidas según donde Él nos haya llamado: a la vida familiar o a la vida consagrada.
P. Justo Antonio Lofeudo |
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Homilía
del IV Domingo de Adviento |
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De
una prédica sobre "Crecer en y por la oración" La Filocalia trata de la oración del corazón. Ésta es la oración continua que repite en el silencio del corazón y con cada ritmo respiratorio, en cada aspiración y exhalación, el grito clamoroso de fe del ciego de Jericó: “Jesús, hijo de David, ten compasión de mí”. Es la oración que reconoce en Jesús al Mesías, al Rey Davídico, que tiene el poder de sanar y que es misericordioso como para hacerlo. Pero la oración del corazón requiere que más que en el modo de orar, que en el tipo de oración, centremos nuestra mirada en el corazón mismo. Oración del corazón es amar orando y orar amando. Ante todo, para orar con el corazón debemos purificarlo erradicando de él los sentimientos negativos, perdonando y pidiendo perdón, renunciando al odio, al resentimiento, a los celos, a la envidia. Santo Tomás de Aquino definía a la envidia como “tristeza por el bien ajeno”. Hay algo peor que esto, un tipo aún más perverso de envidia: la alegría por el mal ajeno. Pues, a todo esto es necesario renunciar para poder orar con el corazón. Es necesario purificar el corazón mediante la reconciliación con Dios, mediante el sacramento de la penitencia o confesión frecuente. Mediante el deseo de cambiar y de trabajar la gracia que Dios nos da. Porque si bien la gracia es don requiere de nuestra parte una conquista. La purificación es un ejercicio constante y es la condición necesaria para orar con el corazón pero no es suficiente. Fundamental es aprender a amar, querer amar a Dios, sobre todas las cosas, y a los demás en Él para avanzar desde el amor orante hacia la contemplación. Lo segundo es procurar que la oración sea sencilla y junto a esto hacer que la vida interior conforme una unidad armónica. Es decir, que no sea un entrar y salir de la oración a la actividad que se desentiende ya de toda interioridad porque así la vida se vuelve un mosaico, un conjunto de retazos sin unidad ni armonía, sin una vida interior que unifique. La vida interior debe ser unificada, además de por la gracia santificante y la caridad, en lo inmediato por la oración continua. Cuentan que a un santo –según parece san Francisco de Sales- una de sus dirigidas le presentó para su aprobación su reglamento de vida donde había puesto una hora de oración mental por día. El santo tachó y escribió “veinticuatro horas”. De lo que se trata en rigor es de hacer de la vida oración y de la oración vida. No despegarnos de Dios. Tener deseos constantes de Él. San Agustín, en sus comentarios al salmo 37, nos dice: “Tu mismo deseo es tu oración; si el deseo es continuo, la oración es continua. No en vano dijo el Apóstol: Orad sin cesar. Pero, ¿acaso nos arrodillamos, nos postramos y levantamos las manos sin interrupción, y por eso dice: Orad sin cesar? Si decimos que sólo podemos orar así, creo que es imposible orar sin cesar. Existe otra oración interior y continua, que es el deseo. Aunque hagas cualquier otra cosa, si deseas el reposo en Dios, no interrumpes la oración. Si no quieres dejar de orar no interrumpes el deseo. Tu deseo continuo es tu voz, es decir, tu oración continua. Callas si dejas de amar… El frío de la caridad es el silencio del corazón, y el fuego de la caridad es el clamor del corazón...” “Orar siempre sin desfallecer” (Lc 18:1) dice el Señor a sus discípulos y les propone la parábola del juez inicuo y de la viuda inoportuna. Para Dios no somos inoportunos y Él es Juez Justo que si a veces nos hace esperar para atender nuestros pedidos es para edificarnos y para que aprendamos a pedir aquello que es bueno para nosotros. Si dejamos de orar hacemos que el espíritu deje de respirar. Y al final matamos al espíritu. Nuestra vida debe ser vida de oración. Esta vida de oración no sólo no estorba nuestras ocupaciones exteriores y nuestros deberes con el prójimo sino que antes bien permite que se desarrollen en el mejor de los ambientes y condiciones, en paz, en armonía y con eficacia. Cuando un alma está llena de Dios en los otros provoca paz y deseos de acercarse a Dios, de santificación. En la vida interior, de oración, se debe progresar so pena de decaer. ¿Es nuestra oración mejor ahora que cuando comenzamos la vida espiritual? ¿Es mejor ahora que el año pasado? Tengamos en cuenta que el Señor al principio derrama gracias especiales de oración y luego no es fácil que las conceda. ¿Cómo hemos aprovechado esas gracias especiales? ¿Hasta dónde han germinado? Pero, cuidado con juzgar con criterios simplemente humanos porque puede venir el desaliento. No nos fijemos en que antes salía la oración más a nuestro gusto que ahora. Lo que vale es el gusto de Dios, no el nuestro. Entonces, ¿cuáles son las señales de progreso? La oración progresa en la medida en que se simplifica. En la medida en que se dialoga con Dios. En la medida en que se anhela amar a Dios, amarlo más y más. Cuentan que en ocasión en que el Padre Blinot predicó los ejercicios espirituales a la comunidad carmelita de Lisieux, santa Teresa del Niño Jesús se fue a confesar con el predicador y le manifestó que sentía unos deseos inmensos de amar a Dios, más que como lo había amado su santa Madre Teresa de Jesús. El Padre creyó que aquella alma iba por un camino de ilusiones y que era una jactancia y un atrevimiento ponerse por encima de santa Teresa de Ávila. ¿Dónde estaba la humildad de esa monja? Y la reprendió. La santa replicó con todo respeto: “Sin embargo, Padre, en el Evangelio Nuestro Señor no nos dice que seamos santos como nuestra madre santa Teresa de Jesús sino que seamos perfectos como nuestro Padre Celestial, que es más”. No hubo respuestas. Una oración que busca el amor, amar, que se simplifica, se perfecciona. La oración perfecta es la contemplación. Es la de esa mirada silenciosa al misterio; ese perderse en la verdad; ese abandono de nuestra nada en el Todo, de nuestras miserias y flaquezas en la misericordia de Dios; es esos silencio en la escucha atenta de la Palabra; esa búsqueda y hallazgo del rostro de Dios. La oración contemplativa es el preludio de la visión beatífica. Dicen que san Francisco de Asís pasaba las noches repitiendo y saboreando las palabras “Dios mío y todo (todas las cosas)”, pero no como jaculatoria sino que era el resultado de la contemplación de una luz infusa que había recibido e iluminado la oscuridad del alma. Y una noche no era suficiente para que el santo saboreara lo que había contemplado en aquel tiempo infinitésimo. Por eso, hay que aprender a dejar hablar y hacer a Dios. A no taparlo con nuestros discursos. Las mujeres saben más de intuiciones, por eso hay más contemplativas que contemplativos. Los hombres son más de discurrir, de razonar y acá no hay nada para discurrir ni razonar. En todo caso, que los hombres lleguen a ser como aquel campesino de Ars que pasaba largas horas de rodillas frente al Santísimo y a la pregunta del santo cura sobre qué hacía allí tanto tiempo él le respondía: “Pues nada, yo le miro y Él me mira”. Ésta es cumbre de oración. “Hay que volver a la santa simplicidad de los niños”, decía san Hilario, para entrar en el Reino de los Cielos. En definitiva se trata de crecer en la vida espiritual por medio de la oración constante como deseo continuo de Dios y de la caridad (que ahí está la oración del corazón, en el ejercicio de ambos: la oración y el corazón). Crecer en el clima de la eucaristía donde se sacia el anhelo de Dios, donde se reposa –como Juan- en el corazón del Señor y donde se ahonda en la contemplación. Crecer en el silencio y en la sencillez. Crecer para volvernos pequeños. Esos pequeños que entran en el Reino de Dios. P. Justo Antonio Lofeudo |
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Homilía
de la Solemnidad de Ntro. Señor Jesucristo, Rey del Universo: |
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Llanto
sobre Jerusalén Porque vendrán días sobre ti en que tus enemigos te rodearán de empalizadas, te cercarán y te apretarán por todas partes, te estrellarán contra el suelo a ti y a tus hijos que estén dentro de ti y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visita” (Lc 19: 41-44). Se lamenta el Señor sobre Jerusalén y llora por ella. Ya había dicho que era la ciudad que mataba a los profetas y apedreaba a los enviados y le reprochaba, con una imagen de una gran ternura, las veces que había querido reunir a sus hijos como la gallina cobija a sus polluelos bajo sus alas, y Jerusalén se había rehusado (Cf Lc 13:34-25). Sin dudas se trata de un juicio sobre toda la ciudad aún cuando hubo algunos habitantes que siguieron y escucharon a Jesús, pero éstos serían una pequeña minoría. Y le dice, entonces, “no has escuchado, no has sabido reconocer el tiempo de tu visita, has rechazado que Dios, quien tanto ha demostrado su amor por ti, te cobijara. Y bien, porque tú lo has querido deberás sufrir. Ha sido tu elección, tu tozudez en escuchar a Dios que te ha enviado profetas y, por fin, a su propio Hijo”. Jerusalén, la ciudad que David había elegido como capital de su reino, la que orgullosa se alzaba sobre el Monte Sión y donde se erigía el templo del Señor, había rechazado una y otra vez al Dios que decía adorar. El Espíritu no estaba en ella. Porque es el Espíritu quien confiesa la visita del Señor. El sacerdote Zacarías canta, lleno del Espíritu: “¡Bendito el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo!”. Éste es el mismo Zacarías que por incrédulo había enmudecido y ahora reconoce la visita de Dios a su pueblo (Cf Lc 1:68). Pero, Él vino a los suyos y los suyos no lo recibieron (Cf Jn 1:11). Vino la Palabra por medio de los profetas y no fue escuchada, vino en la carne y tampoco fue recibida. Cerrados al Espíritu no reconocen la visita y Jesús llora. Es el mismo lamento de Dios, puede decirse. Desde el Monte de los Olivos hay una magnífica vista de la ciudad de Jerusalén. Allí, a medio camino hacia la cima, hay una capilla católica, en forma de lágrima, cuyo nombre es “Dominus flevit” , quiere decir el Señor lloró, y fue erigida para recordar precisamente este pasaje del Evangelio. Nosotros hemos sido visitados por el Señor. Más aún, somos inhabitados por la misma Santísima Trinidad por la gracia. Es decir, ya no se trata de visita sino de permanencia. El Señor vino para quedarse. La primera pregunta, entonces, es ¿cómo lo acogemos? Y luego, ¿verdaderamente permanece Él en nosotros? O más bien ¿permanecemos nosotros en Él? Jesús nos dio más que una exhortación un mandato. Dijo: “Permanezcan en mí como yo permanezco en ustedes”. Y luego, nos advirtió : “Si no permanecen en mí... no pueden dar frutos… separados de mí nada pueden hacer”. Dándonos –a continuación- este, más que consuelo, aliciente: “Si permanecen en mí… pidan lo que quieran y lo conseguirán”. Quiere decir que la condición para ser plenamente satisfechos en lo que pedimos es la permanencia en Cristo. Pero, cabría preguntarse ¿Cómo hacemos para permanecer en Él? Jesús mismo nos da la respuesta: “Si guardan mis mandamientos permanecen en mi amor”. Se diría que ya sabemos cuáles son sus mandamientos, son aquellos de la Ley de amor que el Mesías vino a enseñar: amar a Dios sobre todas las cosas, con todo el corazón, con todas las fuerzas, con toda el alma, y amar al otro como a sí mismo (Cf Lc 10:25-28). Sin embargo, más adelante dirá: “Este es mi mandamiento: que se amen entre ustedes como yo los he amado” (Cf . Jn 15:4 ss). Es decir, pone el Señor una condición y un mandamiento más exigente, es el mandamiento nuevo de amar sin medida, incondicionalmente, como Él nos ha amado. Éste es el camino de la perfección cristiana que, quiera Dios, un día podamos alcanzar. Amar hasta el extremo. También el Señor nos pide, lo que es una particularidad de lo mismo, amar a nuestros enemigos. Pues, comencemos por amar a nuestros amigos y a los más cercanos a nosotros, que aunque –como Él también lo dice- no tenga mérito, en estos tiempos de grandes indiferencias y de extrema frialdad, de egoísmos homicidas, requiere más de un esfuerzo y ejercicio de virtudes.
Por último, tengamos presente que para
que otros sean visitados por el Señor es preciso que en nosotros more
Él, porque si Cristo vive en nosotros podremos, por medio de nuestro
testimonio, de nuestra proximidad al hermano que aún no ha
experimentado su amor, hacer que el mismo Señor llegue a ese hermano. |
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Fiesta de Ntra. Señora de la Merced
En el paso del Jordán, el Arca de la Alianza guiaba al pueblo de Dios.
Sacerdotes y levitas la llevaban. Iban adelante de todos. Se pararon
ellos en el Jordán y las aguas se abrieron para dejar paso al pueblo y
entrar así en la Tierra Prometida. Que maravillosa prefiguración de la
Santísima Virgen -Arca de la Nueva y Eterna Alianza- y de sus
consagrados. Ella, quien tuvo en su seno a la Palabra Eterna, a Cristo,
quien atesoró en su corazón cada una de sus palabras y gestos, y quien
fuera portadora del Señor y Ella misma Buena Noticia al visitar a
Isabel, es luego la que conduce al nuevo Israel y ante su presencia los
obstáculos desaparecen, los impedimentos se esfuman, las aguas
caudalosas se detienen, la corriente se divide, las aguas se abren y un
nuevo Cielo y una nueva Tierra, prometidos, profetizados, nos esperan. Y
así como Yahvé había rescatado a su pueblo de la esclavitud de
Egipto, hoy también nos rescata de la esclavitud del pecado que nos
lleva a la muerte eterna. |
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Para
la Exaltación de la Santa Cruz y Ntra. Sra. de los Dolores P. Justo Antonio Lofeudo |
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De una homilía durante la misión para la Adoración Eucarística Perpetua Parroquia
del Purísimo Corazón de María, Barriada de Cancelada, Estepona, Málaga, España P. Justo Antonio Lofeudo |
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De una homilía dada en Medjugorje en el Día de la Asunción de la Virgen María En
torno a la lectura del Apocalípsis (Ap 11:19; 12:1-6,10) P. Justo Antonio Lofeudo |
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De una homilía dada en Medjugorje en el Día de la Ascensión del Señor Mc
16:15-20
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