Prédicas - Homilías

DOMINGO XXIII AÑO C

     San Lucas nos dice en su Evangelio que el Señor pone tres condiciones para quien quiera ser su discípulo y éstas son amarlo más que a nadie en este mundo; tomar la cruz y seguirlo, y despojarse de todo para seguirlo.
     No todos están llamados al discipulado, a elecciones radicales en sus vidas como dejarlo todo. Pero, todos estamos sí llamados a encontrarnos con el Señor. El verdadero cristiano es aquél que se ha encontrado con Jesús. Puesto que el cristianismo es mucho más que una doctrina, que una moral, es ante todo el encuentro personal con Cristo Resucitado y de ahí se deriva todo lo demás.
     El encuentro se produce siempre y fundamentalmente por su condescendencia, porque Él –que es Dios Eterno- ha venido con ropaje de hombre, asumiendo la carne en la Virgen hasta nosotros y porque sigue viniendo. Pero, no sólo se produce el encuentro porque Jesucristo viene a nosotros, ya que de nuestra parte debe estar la voluntad de ir hacia Él. El Señor hace infinitamente más que nosotros, lo hace casi todo pero no todo. Por eso nos ha creado libres, para que ejerciendo nuestra voluntad la mueva, en este caso, hacia el encuentro.
     Pues bien, ese encuentro puede o no darse ahora mismo y una y otra cosa depende de mi disposición. La comunión sacramental es un encuentro personal con Cristo, mi Señor y mi Dios. Lo es en la medida que yo sea consciente de a Quién recibo. Si no soy saldré de aquí, de esta Misa, igual o peor de lo que entré.
     ¿Sabéis qué hace la diferencia entre un encuentro y un desencuentro, o sea ignorar la Presencia del Señor? ¿Cuál es el signo que el encuentro verdaderamente se produjo? ¡La adoración! Sí, porque la Santa Misa es el acto más sublime de adoración. Porque Jesucristo se hace presente en su sacrificio y en su Persona y si yo lo sé, si soy consciente de ello, lo adoro porque Jesucristo es hombre pero es también Dios.
     En la Santa Misa hay momentos fuertes de adoración, y son: la consagración del pan y del vino que se transforman en el Cuerpo y en la Sangre del Señor, es decir en Cristo; la elevación de las especies consagradas – la Hostia y el cáliz con la Sangre-, y la comunión. San Agustín decía: “que nadie coma de esta carne (que nadie comulgue) sin antes adorarla…”. La comunión implica adoración. A la comunión debo acercarme en actitud adorante y seguir en adoración hacia el Señor recibido.
     La adoración fuera de la Misa intensifica y prolonga el encuentro acontecido en la celebración eucarística, y hace posible una acogida verdadera y profunda de Cristo, nos recuerda el Santo Padre.
     La adoración, entonces (y lo vemos ahora claramente), no es algo facultativo, optativo, que puedo o no hacer. La adoración es el dulce deber de todo creyente. La Eucaristía nos fue dada para ser celebrada y contemplada.
     Todos somos llamados a la adoración, al encuentro profundo e íntimo con el Señor. Al encuentro que transforma, que sana, que salva, que trae la paz y la alegría del corazón. Porque éstos son los frutos de la adoración. Y también y sobre todo, el amor porque a amar se aprende también adorando.
     La adoración perpetua, día y noche y todos los días, permite que el encuentro sea a toda hora, cualquier día y que quienes estén alejados puedan acercarse en cualquier momento. Porque la adoración perpetua es el Señor siempre adorado y la puerta de la iglesia siempre abierta.
     Una capilla de adoración perpetua es signo de los brazos siempre abiertos del Señor que acoge y abraza a todo hombre sin excluir a ninguno. La capilla de adoración perpetua es un oasis de paz y de silencio en medio del aturdimiento y de la intranquilidad del mundo. Es una puerta abierta al cielo que permanece siempre abierta y un faro de luz en medio de las tinieblas y de la noche de la humanidad.
     Y esto es lo que queremos para esta ciudad. Es el Señor que quiere acampar en medio de su pueblo, que quiere plantar su Morada Eucarística día y noche. De vosotros depende que así sea.

P. Justo Antonio Lofeudo MSS


DOMINGO XXI Tiempo Ordinario AÑO C-“Señor, ¿son pocos los que se salvan?”

     Lo primero que hoy nos llamaría la atención de este relato evangélico es la pregunta acerca de la salvación que alguien le hace al Señor. “Señor, ¿son pocos los que se salvan?”. Hoy parecería que la salvación está fuera de cuestión y que a todos nos espera un destino de luz. Son muchos los que cuentan experiencias después de la muerte -que tales muertes no son porque los que cuentan están vivos- y que dicen haber experimentado estar separados del cuerpo y sentir una gran paz, pasar por un túnel de luz, etc. En muy rara ocasión oí decir que estuvieron a la puerta del juicio.
     Es verdad de fe que luego de la muerte el alma inmortal enfrente el juicio particular y que el destino será de acuerdo a quienes al morir estén en la gracia y la amistad de Dios. Los que estén perfectamente purificados entrarán en el Reino, es decir irán al Cielo; los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios pero no estén totalmente purificados irán al Purgatorio –Marthe Robin prefería llamarlo Purificatorio-; en fin, los que no hayan amado a Dios, hayan pecado gravemente, hayan despreciado a los hermanos pobres y pequeños, y hayan rechazado la misericordia de Dios quedarán separados de Él para siempre, en el Infierno. Son los que a sí mismos se excluyen del amor de Dios y se autocondenan (Ver Catecismo de la Iglesia Católica, números 1021 en adelante).
     Estas son verdades de fe que hay que recordarlas, son los llamados novísimos.
     No es cierto, es una mentira que se descubrirá trágica, creer que no importa la vida que hagas luego te espera la paz celestial y la dicha sin fin. El Señor retribuye al final de la vida de acuerdo a su perfecta Justicia y a si nos hemos o no acogido a su Divina Misericordia. Y esto último supone no sólo creer que Dios es Misericordioso sino también que es infinitamente Justo y Santo, y que para cubrirnos con su Misericordia debemos estar verdaderamente arrepentidos del mal cometido, confesarlo, estar dispuestos a enmendar nuestra vida y a poner nuestra meta en el Señor y, además, ser nosotros también misericordiosos con los demás.
     Regresemos al diálogo. Le preguntan a Jesús: “Señor, ¿son pocos los que se salvan?”. Y él le responde: “Esforzaos por entrar por la puerta estrecha, porque muchos, os digo, buscarán entrar pero no lo lograrán”.
     Clarísimo: la puerta para entrar al Reino es estrecha. Es estrecha porque sólo cabe la voluntad de Dios. Si pretendo, falsamente, ensanchar la voluntad divina con lo que a mí se me antoja hacer de mi vida, entonces no lograré entrar. Mi voluntad debe ser la del Señor.
     Y, ¿cuál es esa voluntad? Lo primero es confesar a Jesucristo como el Salvador, como mi Salvador, como el único Salvador. Jesucristo, el único nombre dado a los hombres bajo el cielo por el que podemos ser salvados (Cf Hch 4:12). Creer en Jesucristo y al mismo tiempo obedecerle imitándolo, siguiéndolo.
     La voluntad de Dios es que amemos y aprendamos a amar como Él quiere. Amar a Dios por sobre todas las cosas; amar al otro como a uno mismo. Lo sabemos. ¿Cumplimos?
     El Señor dice que debemos esforzarnos para entrar por la puerta estrecha. ¿Ponemos todo nuestro esfuerzo en amar? Esto quiere decir, ¿nuestra voluntad nos mueve a acercarnos a Dios, fuente de todo amor? O dicho de otro modo ¿provocamos el encuentro con Dios, que es acudir a su llamado? ¿Cooperamos con la gracia? ¿Rezamos, adoramos? ¿Sabemos desprendernos de nuestro egoísmo cuando decimos amar a otra persona? Las preguntas que podemos hacernos son muchísimas más.
     El Señor dice que es difícil entrar porque la puerta es estrecha. Estrecha sí pero se atraviesa con la cruz. La cruz de cada día que debemos aceptar para seguirlo. La cruz que cargamos sobre nosotros y no la que cargamos sobre los otros. La cruz del propio sacrificio, de la propia ofrenda de sí mismo.
     Me doy cuenta que hablar de cruz es como hablar de salvación. Son términos extraños en una sociedad hedonista, que busca el placer a cualquier costa, y donde todo parece jugarse en esta tierra. Total o después la nada (esta idea es madre de suicidios y de tremendas angustias existenciales) o bien el túnel de luz.
     Difícil es entrar por la puerta que conduce a Dios porque el mal nos arrastra hacia abajo, por la gravedad del pecado. La gravedad porque pesa, porque tiene una componente grande de fuerza que tira hacia abajo, que impide avanzar, que lleva por un camino aparentemente fácil, ancho, pero que es de perdición.
     Para subir hay que aligerarse de peso y eso se llama purificación. La purificación voluntaria es sólo posible con una conciencia activa. ¿Qué quiere decir? Recuperar el sentido del pecado, del mal. Dejar de lado las falsas tolerancias. Sí, falsas y falaces porque la tolerancia es hoy hacia todo lo que es mal, mientras que hay una grandísima intolerancia hacia el bien. Fijémonos, por ejemplo, qué ocurre con los objetores de conciencia en casos de leyes ilegítimas como las del aborto o las de destrucción de la familia. Quienes se oponen a ser parte del delito, a participar o cooperar o ser cómplices del mal se los obliga por coacción y se los despide de los empleos o funciones.
     Alguna vez se han preguntado porqué los santos se consideran pecadores, tan pecadores y nosotros no. ¡Cuántas veces las personas van al confesor para decir que no tienen pecados o que son ínfimos y a veces después de larguísimo tiempo de no confesarse! ¡Cuántos son los que toman el confesonario como gabinete de un psicólogo a quien contarle las cuitas sin acusarse de nada, más bien justificándose y acusando a otros! A mí como confesor no me interesan los pecados de los otros sino del penitente que viene arrepentido a confesar los propios. No puede ser que la esposa, pongo cualquier ejemplo, venga a decir los pecados del marido y no confiese los suyos. Hay mucha indulgencia, mucha auto justificación. San Agustín decía: “Si tú te justificas Dios te acusa”. Cuando nos acusamos de haber pecado y vamos arrepentidos a buscar el perdón, Dios nos justifica, nos perdona.
     ¿Por qué ocurre todo esto? Es muy simple y se puede explicar por vía analógica. Dios es la Luz y los santos son los que están más cerca de Dios, por tanto están cerca de la Luz y por ello ven más sus manchas. Los que están apartados de Dios, los que no van por los caminos de la fe, están lejos de la Dios, están por tanto lejos de la Luz. Y lejos de la Luz no se ven las muchísimas manchas. Basta que se acerquen para que lo noten.
     ¿Cómo solucionarlo? Haciendo buenos exámenes de conciencia, buenas confesiones. Tomando seriamente este sacramento, que es de salvación. Es Jesús quien perdona cuando seriamente vamos en busca de su misericordia con las condiciones apropiadas. Para hacer un buen examen de conciencia invoquemos al Espíritu Santo para que nos ilumine por dentro y nos convenza de pecado.
     Para entrar por esa puerta que da acceso al Cielo hay que ser pequeños. Sólo los pequeños entrarán en el Reino de los Cielos, dice el Señor. Hacernos pequeños para que el Señor nos haga grande. Pequeños, humildes, buenos.
     Y cuando aún nos parezca tan estrecha la puerta que no pasaremos por ella, invoquemos entonces la misericordia del Señor para que su misericordia ensanche la puerta.

P. Justo Antonio Lofeudo MSS


Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María

     La Iglesia enseña la verdad de fe que al final de su vida en la tierra, la Madre de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios e Hijo suyo, fue asunta en el Cielo, es decir, llevada a la gloria de Dios, en cuerpo y alma.
     María, la primera en ser redimida por su Hijo, la Inmaculada, está en el Cielo junto a su Hijo con su cuerpo glorioso. Y Ella permanece junto al Señor.
     La Santísima Virgen estuvo siempre íntimamente unida a su Hijo. Así fue en la tierra desde el momento de la Encarnación, es decir, desde la gestación biológica del Verbo que asume la carne en María, hasta su propia gestación como Madre de todos los hombres que se cumplió en el Gólgota.
     En aquel momento, de la Redención de la humanidad por obra de Jesucristo, la Santísima Virgen es hecha Corredentora. Porque el Señor, que nos ordenó tomar nuestra cruz y seguirlo, hizo que la cruz de la Virgen fuese la misma cruz suya. No hubieron dos cruces, una la de Cristo y otra la de la Madre, sino una única cruz, la del Hijo. María, en toda su vida, abrazó con amor la cruz de Cristo y lo siguió en total obediencia al Padre.
     En María el fiat de la Encarnación se prolonga hasta el fiat del Calvario y va más allá aún.
     En el momento de la Pasión encontramos así una cruz y dos corazones traspasados. Encontramos la unión perfecta entre Cristo y su Madre María Santísima. Jesús y María siempre juntos, siempre la Madre junto al Hijo.
     María y el Señor ahora en el Cielo nos miran, nos escuchan, nos llaman… Pero, no sólo eso.
     Así como el Señor no nos ha dejado, así también Ella no nos abandona y permanece aquí con nosotros sin dejar por ello el Cielo. Como Jesús que permanecerá todos los días con nosotros hasta el fin del mundo. La Madre Celeste está junto a sus hijos donde ellos estén. Ella está siempre presente en la vida de todos nosotros.
     Y nosotros sabemos, con absoluta certeza, dónde encontrar al Señor porque sabemos cómo hizo para estar siempre con nosotros: nos dejó el don infinito de Sí mismo en la Eucaristía. Pero, ¿dónde encontramos a la Virgen con tanta seguridad? Lo dijimos: siempre junto al Hijo. Esto quiere decir que cuando estamos ante el Santísimo Sacramento también está Ella presente. Presente en adoración.

     La presencia de María tiene un fin último. Ella que habiendo sido asunta en el Cielo, en la gloria, permanece espiritual y misteriosamente, está con nosotros para llevarnos a Cristo. Esta es su misión: ser Portadora. Nos trae a Jesús y nos lleva a Jesús.
     Nos lo hace conocer, amar y adorar. Ella, que ha sido el más puro y rico sagrario jamás visto sobre la tierra, ha sido también la primera adoradora en absoluto. María Santísima es nuestro modelo de adoración y de alabanza a Dios.
     “Magnifica mi alma al Señor, proclama su grandeza y se ensancha mi corazón”. El canto de la Virgen es también nuestro canto ante la realidad de la adoración. Toda vez que vamos a adorar a Cristo en el Santísimo Sacramento, en humildad, Él nos hace grandes, dilata de amor nuestro corazón, hace resplandecer nuestra alma. Adorar es encontrar el Paraíso, ser elevado de la tierra al Cielo. Es dejarse abrazar por el amor de Cristo. Es ir a encontrarlo, a Él que es la paz, el Amor, la Verdad, la Vida, la alegría, nuestra verdadera libertad.

     Madre Santísima que estás en los cielos y también en la tierra, enséñanos a elevar nuestro corazón al Cielo haciendo de nuestras vidas cantos de alabanza y de cada uno de nosotros verdaderos adoradores. Amén.

DOMINGO XIX Tiempo Ordinario Año C (Lc 12:32-48)
“Donde está tu tesoro allí estará tu corazón”-Eucaristía: verdadero tesoro de la Iglesia-
¡Lámparas encendidas!

     Del Evangelio de hoy, tan rico y del que tanto se puede decir, tomaré sólo algunas sentencias del Señor para la meditación.
     En primer lugar el Señor nos recuerda que a quien mucho se le ha dado mucho le será pedido y a quien mucho se le ha confiado le será exigido aún más. Nosotros católicos lo tenemos todo. Tenemos la Iglesia de Cristo, la que Él mismo fundó sobre Pedro. Desde entonces y por dos mil años se han sucedido ininterrumpidamente los obispos de la sede apostólica de Roma: nuestros Papas.
     La Iglesia es Una, Santa, Católica y Apostólica. Santa porque Dios es Santo y porque en ella están las cosas santas y los santos. ¿Dónde fuera de la Iglesia Católica, nuestra Iglesia, podremos encontrar santos como san Francisco de Asís, santa Clara, santo Domingo (hoy es santo Domingo), santa Catalina de Siena, san Antonio de Padua, san Felipe Neri,… y la larguísima lista de santos y santas hasta nuestros días como la Madre Teresa de Calcuta, el Padre Pío, el Papa Juan Pablo II? En ninguna parte. Ellos son signos de la verdad que proclama la Iglesia de Cristo.
     En la Iglesia está la plenitud de los medios de salvación, los sacramentos y en primer lugar la Eucaristía. La Eucaristía es el verdadero tesoro de la Iglesia.
     “Donde está tu tesoro allí estará tu corazón”, nos dice el Señor en el evangelio hodierno. Si reconocemos a la Eucaristía, la presencia viva, real, verdadera, única, substancial de nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía, entonces nuestro corazón gozará de la dicha celestial.
     ¿Dónde está tu tesoro? Si aún no has reconocido en la Eucaristía la presencia divina comienza ahora a ser consciente de esta verdad y a vivirla y a enamorarte de ella. Pide la luz del Espíritu Santo para que te conduzca a la verdad y para que te haga vivir intensa, profundamente cada Santa Misa. Aparta tu corazón de lo que te distrae y te aleja de Dios, de su Iglesia, de la Eucaristía. Siempre se puede volver a la Eucaristía si tu corazón se arrepiente y elige a Dios sobre todas las cosas y sobre todas las personas, si te reconcilias con tu Señor por medio del sacramento penitencial.
     Nos dice también el Señor: “Estén preparados, con las lámparas encendidas” esperando el regreso del patrón (a su regreso, quiere decirnos). Nos exhorta a estar vigilantes, atentos, despiertos porque el Señor ha de venir. El encuentro es seguro. Podrá ser al final de nuestras vidas, podrá ser en su retorno triunfal del cual no sabemos ni el día ni la hora.
     “¡Las lámparas encendidas!”. Una vez, en una Misa para los niños, les hice la pregunta qué entendían ellos por las lámparas encendidas, qué o cuáles eran esas lámparas. ¿Y saben qué me contestaron? Un par de ellos apuntó con el dedo el sagrario para indicar las lámparas que dan testimonio de la presencia del Santísimo. Me pareció muy buena la respuesta ya que nosotros debemos ser así: iluminando siempre, siempre encendidos. Debemos ser portadores de luz y signo de la presencia del Señor en nuestras vidas. Debemos, como esas lámparas, permanecer junto al Señor, en Él y Él permanecerá en nosotros y portaremos fruto. Porque sin Él no podemos hacer nada. Debemos, como las lámparas del sagrario, arder. Arder de amor por la Eucaristía.
     Escuchen qué decía san Francisco de Asís de la Eucaristía:
“Deben los hombres temblar,
el mundo debe vibrar,
todo el cielo ser conmovido,
cuando sobre el altar,
entre las manos del sacerdote,
aparece el Hijo de Dios”

     La Eucaristía ha sido y aún hoy es banalizada. Es necesario recuperar el estupor por el misterio, por medio de la oración y de la adoración del corazón.
     Para orar, primero hay que entrar en oración. No se trata de repetir palabras. La primera oración debería ser la invocación al Espíritu Santo para que nos enseñe a rezar.      Debemos ir a la escuela de oración. La adoración eucarística perpetua es escuela de oración porque es escuela de silencio donde se adora a la Palabra hecha carne, al Amor hecho pan.
     El silencio de una capilla de adoración perpetua es un silencio pleno, pleno de la presencia del Señor que escucha y también habla a nuestro corazón. La oración es eso: un dulce coloquio de amor con nuestro Salvador y Señor.
     La adoración perpetua es la lámpara siempre encendida. Encendida por la comunidad que adora.
     Adoración perpetua es adorar a Dios en la Eucaristía, día y noche, todos los días del año.
     Todos ustedes son llamados a ser lámpara que ilumina porque es iluminada por la fe y que arde de amor por el Señor en su presencia eucarística.
     Cada uno es llamado a ser signo y portador de luz. Cada uno es llamado a participar de este don –la adoración perpetua- y a acogerlo.
     Si respondes ofreciendo al Señor una hora a la semana para estar con Él podremos entonces cubrir todas las horas y el Cordero podrá ser adorado, como en el cielo así en la tierra. Podrán ustedes tener una iglesia siempre abierta.
     Si se enciende la lámpara de la adoración perpetua no habrá noche en ustedes. La luz alumbrará la oscuridad del mundo.
     No teman en responderle al Señor que los llama. Que los llama a toda hora para tener ese encuentro de amor en cada hora santa.
     No teman escoger las horas más difíciles de la noche porque esa es una respuesta de amor hacia quien nos ama de amor eterno.
     La noche es tiempo de perdición pero también de salvación. Es tiempo de salvación cuando es ofrecido a Dios.
     Dios guía su pueblo en la noche del éxodo con luz extraordinaria. La columna de fuego que iluminaba a los hebreos durante la noche y la nube que veían de día eran prefiguraciones de la Eucaristía, signos que a un tiempo indicaban la presencia del Señor como lo ocultaban. La Eucaristía es el signo sacramental que nos dice que la persona divina de Cristo está presente al mismo tiempo que nos oculta esa presencia.
     Si miramos con atención veremos que los grandes acontecimientos salvíficos ocurrieron durante la noche. Durante una noche Abram escucha la voz de Dios que le muestra las estrellas y le promete que su descendencia será así de incontable porque lo hará padre de naciones, lo hará Abraham.
     El éxodo del pueblo hebreo de Egipto hacia la Tierra Prometida, hacia la libertad ocurre durante una noche, la de primera Pascua.
     Jacob lucha con el ángel de Dios durante una noche para volverse Israel.
     Samuel es llamado por Dios durante una noche para ser su profeta.
     Es de noche cuando la Virgen Madre da a luz a la Luz del mundo, Jesús, la misma en la que los ángeles descienden a los pastores para anunciarles el nacimiento del Salvador.
     En una noche los Magos de Oriente ven la estrella que los conducirá a Belén.
     El Señor nos regala el don infinito de su misma persona, la Eucaristía, durante la Última Cena, cuando también nos da ese otro misterio, ese otro don que es el sacerdocio. En aquella misma noche, luego de cantar el gran Hallel va al Getsemaní, hacia su Pasión.
     En la tercera noche resucitará.
     Jesús, dice la Escritura, pasaba noches enteras en oración al Padre y en adoración.
Pero, a la hora que sea y a todas horas reconozcamos la gloria por nuestra adoración.
     ¡Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar!

P. Justo Antonio Lofeudo MSS


DOMINGO XVIII Tiempo Ordinario Año C

"Cuídense de toda avaricia"... la riqueza del creyente es tener a Dios en su vida!


     ¿Para qué sirve acumular riquezas en la tierra? Tener tesoros si todo es en vano porque todo termina y todo aquí se deja y ni siquiera se sabe a quién. Cuando se muere no se lleva nada de todo lo que se tuvo y se acumuló. ¡Verdaderamente nada!
     Sólo llevaremos con nosotros lo que dimos con amor. Esas serán nuestras riquezas en la eternidad. El tiempo que hemos dado a los otros, las palabras de consuelo y de aliento; quizás el dinero del que supimos desprendernos, y, por sobre todo, los miles modos del verdadero amor.
     Nuestras oraciones, nuestros sacrificios, nuestras horas de adoración junto a las buenas obras valen para la eternidad. Y también valen aquí en la tierra. Ciertamente, poseen un grandísimo valor porque nos permiten encontrar a Dios, y encontrando a Dios conocer la paz, la alegría, que ningún tesoro, ningún dinero y ni siquiera algún afecto personal podrían darnos. ¡Solo Dios!
     Por ello, queridos amigos, como nos exhorta el Apóstol San Pablo, “busquen las cosas de arriba, no las de la tierra”. ¡Busquen a Cristo! Búsquenlo donde Cristo está, donde seguramente lo encontrarán. Él mismo lo dijo en la Última Cena: “Esto es mi cuerpo, éste es el cáliz de mi sangre”. Y luego le dijo a los Apóstoles: “Hagan esto (repitan lo que acaba de hacer) en conmemoración mía”. Les estaba entonces diciendo: “Así es como me quedaré con ustedes. Cada vez que repitan lo que acabo de hacer, que pronuncien estas palabras que acabo de decir sobre el pan y el vino seré Yo que permaneceré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. Sí, queridos amigos, esa noche santa de ese Jueves antes de su Pasión (que comenzaría esa misma noche en el Getsemaní) el Señor nos dejaba la Eucaristía y el sacerdocio ministerial. Sí, queridos hermanos, Cristo está presente en la Eucaristía. Vayamos todos a encontrarlo en la Eucaristía. Que cada Misa celebrada sea un verdadero encuentro con el Señor que se hace presente en su persona y en su sacrificio. Y como se hace presente. adórenlo. Adoren su presencia viva que los sana, les da la vida, los salva en la Eucaristía. Vayan, purifiquen sus corazones, sus miradas, sus pensamientos, sus deseos ante el Santísimo. No tengan miedo de responder a su llamado. Escuchen su voz: “Vengan a Mí…” “Vengan a Mí, ustedes que están cansados y agobiados, que lo los aliviaré”.
     El Señor nos llama a la adoración. El Padre busca esos adoradores en espíritu y verdad que adoran al Hijo en la Eucaristía (donde Él está verdaderamente presente), que adoren la Santísima Trinidad, Único Dios.
     Adorar es permanecer en el amor de Cristo mientras Él permanece en nosotros. “Quien permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque sin mí nada podrán”.
     Quien adora cree, quien cree adora. La adoración no es algo optativo, facultativo. Todos, si creemos en Dios debemos adorarlo. Y adorarlo donde Él se encuentra: en la Eucaristía.
     La Santa Misa es el acto más sublime de adoración. La comunión implica adoración.
     Quiero ahora hablarles de la adoración fuera de la Misa. Esa adoración prolonga e intensifica estos momentos que celebramos.
     La Eucaristía es el mayor don de Dios. El más grande de todos los tesoros de la tierra, porque es Dios mismo que se da a nosotros. Y así nos da la paz, la alegría, las bendiciones, la protección, la vida plena, toda gracia como sanaciones y, por encima de todo, la salvación. Éste es el tesoro que vale para esta vida y para la otra.
     Aprovechemos nuestro tiempo aquí sobre la tierra para encontrar nuestro cielo, nuestro pequeño cielo –como decía santa Teresa de Lisieux- en la Eucaristía y vayamos a adorar, a tener nuestros momentos de encuentro profundo, intensos, de diálogo, de escucha, de transformación.

¡Alabado sea Jesucristo en el Santísimo Sacramento del altar!

P. Justo Antonio Lofeudo MSS


DOMINGO XVI Tiempo Ordinario Año C

"Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, una sola es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada" (Lc 10, 41-42).


     Jesús fue recibido por María y Marta, las hermanas de su amigo Lázaro. Estamos en Betania. Aquí, en casa de ellos, el Señor encuentra reposo, alivio, aún refugio. Ambas, María y Marta, lo reciben cada una a su modo. No podemos dudar que Jesús se complace por este recibimiento. Aprecia los afanes y preocupaciones de Marta. Sin embargo, en este episodio nos deja una enseñanza valiosa: cuáles deben ser las prioridades que cuentan. El Señor no hace exclusiones y nosotros no debemos cometer el error de hacer una interpretación reductiva de la pericopa pensando que la actividad de servicio no sea agradable a Dios o carezca de valor ante Él. Lo que nos está diciendo es que debemos anteponer a todo servicio la escucha de la Palabra de Dios y la contemplación sobre cualquier otra cosa. En efecto, toda acción evangélica debe ser sostenida y sustentada por la escucha en la adoración silenciosa, personal. Sin ello la acción está vacía de contenido y es pura acción humana. De la contemplación, de esta escucha atenta nace la fuerza para servir. San Tomás de Aquino decía: Contemplata aliis tradere, lo que significa “contemplar y dar de lo contemplado”. Llevar a los otros lo que hemos recibido durante la contemplación.

     Las Misioneras de la Caridad de la Madre Teresa de Calcuta, reciben toda la fuerza de la adoración eucarística para luego poder ir a encontrar, recoger y cuidar a los que viven en la mayor miseria.

     El silencio adorante es más elocuente que cualquier palabra. La presencia del Señor, oculto tras los velos eucarísticos, le habla a nuestro silencio. Nosotros adoramos a quién es la Palabra y la adoración se vuelve escucha. Silencio de la criatura ante el Ser, el único “Yo soy”. Estupor de quien sabe que Dios está justamente allí delante. “¡Verdaderamente delante de mí”.

     Adorar es elegir la mejor parte que no nos será quitada. La hora santa de adoración tiene un valor infinito. El Señor multiplica el tiempo en gracias, bendiciones. Ese tiempo se ensancha, se alarga, se profundiza hasta rozar el cielo. Ese tiempo es iluminado y guiado por Dios.

     Nosotros, con nuestra fe tocamos el Corazón de Cristo, su Corazón eucarístico, y entonces obra la gracia en nosotros, vivimos el misterio y somos transformados de gracia en gracia. La hemorroísa tocó a Cristo primero con la fe que con su mano. San Agustín decía: “Toca a Cristo quien cree en Cristo”. Nosotros, como santo Tomás Apóstol, tocamos las llagas del Señor y Él toca las nuestras y nos sana. Tocamos nosotros su Corazón traspasado por amor y Él sana nuestras heridas producto del pecado.

     En la adoración al Santísimo estamos ante la presencia real, verdadera, única, tangible, corpórea de Cristo en la Eucaristía, es decir, ante Cristo mismo que nos consuela, nos sana, nos perdona, nos da la vida, nos mira con compasión. Cristo que se entrega a sí mismo a la muerte para salvarnos, que se hizo no sólo hombre sino pan para darnos la vida eterna.

     Cristo nos muestra sus llagas gloriosas que nos hablan de su amor y nos enseña qué significa amar.

     ¡Cuánta tristeza cuando vemos que Jesús no es acogido, no es reconocido, cuando en su propia Iglesia no es adorado, cuando la Eucaristía es banalizada! Vienen a nuestra mente las palabras del Bautista: “en medio a vosotros hay uno que no conocéis”. O aquellas otras pronunciadas por el mismo Señor a la samaritana: “Si tú conocieses el don de Dios y quien te pide de beber…”. ¡Si conociéramos el don de Dios! El don de Dios, el gran don que es la Eucaristía que sacia la sed y el hambre de infinito, de vida eterna. La Eucaristía celebrada, la Eucaristía contemplada, adorada es don infinito e inefable.

     Hoy hay otro grandísimo regalo que el Señor quiere hacernos: La Adoración Eucarística Perpetua. La Adoración Perpetua significa la iglesia siempre abierta y el Señor siempre adorado. Dios mismo nos invita a la adoración. El Padre busca adoradores que adoren en espíritu y en verdad, que adoren al Hijo, al Cordero (y a través suyo a la Santísima Trinidad) “como en el cielo así en la tierra”, sin interrupción. Reconozcamos este signo del tiempo de gracia del Señor, la Adoración Perpetua.

     La Adoración Perpetua es el don luminoso del Corazón de Cristo para estos tiempos tenebrosos. Lo estamos sufriendo: tiempos en que se pisotea la Ley de Dios, tiempos abundantes de pecado en que se niega el pecado, tiempos de general apostasía. Leyes inicuas, ilegítimas promueven la perversión. Para estos tiempos, la misericordia del Señor nos ofrece la Adoración Perpetua, que es la gracia sobreabundante que necesitamos para ser más fuertes que el mal que nos rodea. Debemos responder al llamado.

¡Alabado sea Jesucristo! 

P. Justo Antonio Lofeudo mss


DOMINGO XV Tiempo Ordinario Año C

          ¿Quién es tu prójimo? Quién es mi prójimo? Es aquél o aquella a quien aproximo a mi vida, a quien hago entrar en la cercanía afectiva y existencial. Es la persona que aún estando lejos de mí por historia, por condición, por lo que fuera, la acerco, me acerco a ella, porque ensancho el horizonte de la amistad, del bienquerer con el amor que Dios me da.
          ¿Dónde encuentro este amor para hacer del otro alguien cercano, de “él”, de “ella”, un “tú”, para que me importe su vida, su destino, para que cuide de su persona? La respuesta es inequívoca: ¡De Dios, de la fuente del amor!
          Pero, ¿dónde? Donde Dios está en modo particularísimo: la Eucaristía. Donde Él está realmente, verdaderamente, totalmente presente.
          La Eucaristía abre mi corazón. La adoración eucarística abre el corazón porque es Cristo que actúa en mí. Cristo abre mi corazón con su presencia cuando lo adoro. Él habla a mi silencio. Como habló al silencio de María: “Mujer, he ahí a tu hijo”. “¡He aquí a tu prójimo!”, me dice. “Ama, acoge a tu prójimo”.
          En la Eucaristía Jesucristo rasga el velo celeste para hacerse presente. A su vez, mi fe atraviesa los velos eucarísticos del pan y del vino consagrados y descubre la presencia del Señor. Mi amor, mi pequeño amor, lo reconoce y lo adora. Fe y amor juntos hacen de mí un adorador.
          Adorando crece mi fe y mi amor. Adorando el Señor hace de mí instrumento de salvación.
          Toda la Ley es develada en la adoración, porque para verdaderamente adorar al Santo hay que ser santos. O empezar a serlo. La adoración llama a la conversión personal de cada día.
          Adorar, queridos amigos, no es algo facultativo, que puedo o no hacer. Si soy creyente tengo el dulcísimo deber de adorar a Dios. Siendo católico lo adoro en la Eucaristía porque allí está verdaderamente, realmente presente Jesucristo, verdadero hombre y verdadero Dios.
          Adorar es reconocer la gloria de Dios, oculta a nuestros ojos pero no a nuestra fe. Adorar es responder a la llamada del Señor: “Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno escucha mi voz y me abre, entraré a él y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3:20). Es escuchar su voz y dejar que entre en nuestra intimidad y nosotros en la suya.           La Eucaristía, Dios con nosotros, fue dada por el Señor en la Última Cena para ser celebrada y contemplada. La adoración no es una devoción más. La adoración forma parte de la misma Santa Misa. Más aún, la Misa es el acto más sublime de adoración. Ya del mismo momento que el sacerdote invoca el Espíritu Santo sobre las ofrendas del pan y del vino para que el Espíritu las transforme en el Cuerpo y la Sangre del Señor, momento al que siguen luego las palabras consagratorias, la liturgia prescribe que todos los fieles se arrodillen en signo de adoración ante el Señor que se hace presente. Luego, la elevación de las especies consagradas es otro momento de intensa adoración. La comunión sacramental también implica adoración. San Agustín, como ha recordado el Santo Padre, nos dice: “Que nadie coma de esa carne (que nadie comulgue) sin antes adorarla … porque si no la adorásemos pecaríamos”.
          La Eucaristía forma la Iglesia y nos transforma a cada uno de nosotros, de gracia en gracia. Para celebrarla y adorarla debemos tener los ojos límpidos de la fe, la mirada luminosa e iluminada por la verdad de la presencia del Señor. Por eso, adorando estamos en la verdad, porque Cristo es la Verdad. Adorando adoramos a quien es la Vida y así vislumbramos el misterio de la vida y comprendemos porqué la vida es sagrada. Comprendemos hasta qué punto estamos comprometidos con la salvación del otro, de aquél que hemos sacado de la lejanía para hacerlo prójimo, de aquél que nos rescata de nuestra indiferencia.

P. Justo Antonio Lofeudo mss


¡Pascua de Resurrección!

          Hoy es día de inmensa alegría porque hoy recordamos la solemnidad de la Pascua de nuestro Señor, de su paso de esta vida al Padre, de la muerte a la gloria. El anuncio pascual resuena en la Iglesia: Cristo ha resucitado. Cristo, vencedor de la muerte, está aquí con nosotros, en su Iglesia, y en la gloria de la vida eterna con el Padre.
          Es Dios que llama a la vida. Dios llama a la vida nueva en el Espíritu. Si es cierto que Dios nos llama a la vida en el acto de crearnos, a la vida biológica, es también cierto que Él nos recrea cuando nos llama a la vida nueva en el Espíritu.
          Pascua es el anuncio de la Resurrección, de la victoria sobre la muerte, de la vida inmortal en Dios.
          Ese fue el testimonio de los apóstoles y de las mujeres. Testimonio sellado con la sangre del martirio. Testimonio no desmentido por el miedo a la muerte física, a las torturas, a las amenazas.
          Ese testimonio se repite. Hace pocos días un hombre fue quemado vivo en Pakistán porque se negó a renunciar a su fe en Cristo. El terrible hecho fue cometido por la policía. Cuando su mujer fue a denunciar el hecho y a buscar ayuda fue ella violada delante de sus tres hijos. Esto, desde luego, no es noticia para los medios pero sí para Dios. Este inmenso dolor no impide que se expanda la buena nueva que Jesucristo está vivo y que Él es nuestro Salvador. La sangre de los mártires, como decía Tertuliano, es la semilla de nuevos cristianos.
          La Iglesia custodia el gozoso anuncio de la victoria de Cristo sobre la muerte y lo transmite a cada generación. Y lo vuelve actual en los sacramentos.
          Si Cristo no hubiese resucitado -nos dice el Apóstol San Pablo- vana sería nuestra fe.
          Aquel sepulcro vacío permanecerá vacío para siempre. Hoy es Pascua y este “hoy” debe ser subrayado, porque es un hoy de Dios, un hoy eterno. Nosotros celebramos la Pascua, la pequeña Pascua, cada domingo. Cada Misa es Pascua porque recordamos el acontecimiento fundacional y fundamental de nuestra fe: Cristo ha resucitado. Quien está en la gloria junto al Padre, se hace presente en la Eucaristía. Repitamos con todos nuestros hermanos cristianos y sobre todo con aquellos que celebran la Eucaristía, aunque todavía nuestra comunión no sea plena, que Cristo ha resucitado. Sí, verdaderamente ha resucitado el Señor.
          Anoche, durante la Vigilia Pascual, renovamos nuestra elección a Cristo. Antes habíamos renunciado a Satanás y a sus ángeles rebeldes. Hemos elegido a Cristo y elegir a Cristo es estar con la vida, con Aquél que es la Resurrección y la Vida. Es renovar nuestra vida en el Espíritu de Dios que hace de nosotros hombres nuevos. Es volvernos testigos del Resucitado.
          ¿Qué significa todo esto? Elegir a Cristo es elegir la vida plena, alegre, digna de ser vivida porque Dios está con nosotros y nos ama. Porque hoy comienza, ya desde esta tierra, mi vida eterna.
          Cristo es nuestra Pascua, y si Cristo es nuestra Pascua cada uno de nosotros hace también el paso hacia el amor, al misterio de la vida y celebra la vida. Entonces, seremos la simiente de Dios, de la vida para otros. Celebrando la vida seremos la mano que alza y sostiene a quien ha caído, que con un gesto de amistad hace del otro alguien próximo, lo hace prójimo. Cada vez que ayudamos a los otros a vivir, a creer, a tener esperanza, a amar, en definitiva, lo llevamos al Señor, celebramos la vida. Y la celebramos también en la defensa de la vida misma sin dejar de ser instrumentos de la misericordia de Dios para quien se ha equivocado, que ha pecado contra Dios, que ha matado a la vida, que ha abortado o ayudado a abortar. Nosotros no los acusamos, no acusamos a nadie, sino que le ofrecemos la mano para que vuelva a alzarse. Así, la muerte –por obra del único Salvador- es vencida y todos nosotros nos volvemos testigos del Resucitado.
          Pero, hay algo más. Toda persona que adora al Resucitado, que se echa a sus pies y se postra, como la Magdalena, se hace testigo privilegiado de la Resurrección. Con la intercesión de nuestra fe nos transformamos en instrumentos de salvación. Quien se arrodilla ante el Santísimo grita al mundo: “Cristo está vivo en medio de nosotros. Aquí la Iglesia es el espacio donde se atestigua que Él es el Señor, el Cordero Pascual, victorioso y por ello digno de honor, de alabanza, de adoración”.
Esta adoración será entonces nuestro Aleluya!

DOMINGO V de CUARESMA Año C

Is 43:16-21; Sal 125; Flp 3:8-14; Jn 8:1-11

 

          La primera parte del capítulo 8 de Juan es más propio de Lucas. En este año C, el Evangelio que corresponde a los domingos es precisamente el lucano caracterizado por mostrarnos la misericordia de Dios. Por ello, se inserta perfectamente en este quinto domingo de Cuaresma.

          “El que esté libre de pecado, que le tire la primera piedra”. Estas palabras del Señor la conocemos muy bien, aunque muchas veces no las practicamos. Dice también el evangelio hodierno que los escribas y fariseos le habían preguntado: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda lapidar a las adúlteras, ¿Tú qué dices?”. También sabemos muy bien que la pregunta de éstos era para poner a Jesús a prueba y luego condenarlo. Pero, lo que pocos saben es qué decía la ley en el detalle. En el Deuteronomio encontramos lo siguiente: “Será la mano de los testigos oculares la primera a alzarse contra (la persona encontrada en flagrante delito) para hacerla morir...”. Entonces, ¿qué hizo el Señor? Invirtió los términos de la Ley, yendo al verdadero espíritu y no a la letra, y con su respuesta les dijo: “Haceos testigos de vosotros mismos”. Porque no repitió lo escrito en la ley mosaica sino que dijo: “el que de vosotros esté libre de pecado que arroje la primera piedra”. ¿Comprendéis? “No miréis a la pecadora sino miraos vosotros si estáis sin pecado, o si no sois también vosotros pecadores y reos de muerte”.

          Esto quiere decir, cambiad, dirigid la mirada hacia vosotros. Sed jueces de vosotros mismos, ved cuánto sois pecadores y necesitados de salvación, de la misericordia de Dios y al mismo tiempo de ser, también vosotros, misericordiosos.

          Dios, por medio del profeta Isaías, habla a su pueblo y le dice: “Abriré un camino en el desierto, ríos en el yermo… el pueblo que formé para que proclame mi alabanza”. ¿De qué está hablando el profeta? Dios nos hizo “capax Dei”, es decir capaces de recibir su misericordia y su perdón, su bendición y su paz. Capaces de acoger la humanidad de Cristo y de recibir la plenitud de la vida. Somos capaces de comunicar y de comprender el misterio de Dios que nos ha sido revelado. Sí, somos capaces pero al  mismo tiempo somos áridos, secos como el desierto. No logramos que de nuestras bocas salgan alabanzas, nuestras rodillas no se doblan en adoración. A pesar de todo, tenemos sed de Dios, la mayoría de las veces no manifestada claramente. Tenemos sed de infinito y de eternidad. “Mi alma tiene sed del Dios vivo”. Y también Dios tiene sed de nosotros. “Un abismo llama a otro abismo”.

          La promesa es, entonces, que Dios nos saca del desierto, nos rescata con un río de gracias, nos da un corazón nuevo que se conmueve ante la miseria de los demás y descubre la propia, que no se hace juez sino instrumento de salvación. Nos da un espíritu nuevo, nos hace hombres nuevos que proclaman su alabanza, que lo adoran en espíritu y en verdad. Hace de nosotros verdaderos adoradores capaces de adorar con un corazón puro porque ha sido purificado.  

          Entonces, cuando somos tocados por el amor de Dios, o mejor cuando nos dejamos tocar por su amor, que se manifiesta en la gracia, en el don que nos hace, podemos decir con el Apóstol: “Para mí todo es pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor”.

          La Eucaristía es el mayor don que Dios podía hacernos. Junto a este don infinito hay otro: la Adoración Perpetua. La Adoración Perpetua nos permite penetrar el misterio de Dios, profundizar nuestro conocimiento de Él, del misterio de su amor misericordioso y de imitarlo.

          Por medio de la Adoración Perpetua, ésa que no termina, recibimos el río de gracias prometido por Dios porque vamos al encuentro de la fuente del amor, a recibir amor, a recibir misericordia, a intensificar el conocimiento de nuestro Señor y Amigo, a cambiar nuestra mirada crítica hacia los demás e indulgente muchas veces hacia nosotros mismos, aprendiendo a ser verdaderos y misericordiosos. Porque adorando al Santo entendemos que también nosotros somos llamados a la santidad.


Domingo III Tiempo Ordinario Año B

     En las dos lecturas y en el Evangelio hay un denominador común a las tres. Fijémonos:
     “Dentro de 40 días Nínive será destruida” (1ra. lectura, libro de Jonás)
     “El momento es apremiante” (2da. lectura, 1 Corintios, San Pablo)
     “Se ha cumplido el plazo” (Evangelio de san Marcos)

     En esos tres pasajes el tiempo es el denominador común. Dios interviene en el tiempo. Interviene en el tiempo de cada uno y el tiempo de la historia universal, tanto que la historia se vuelve historia de la salvación.
     Con Cristo el tiempo llegó a su plenitud. Sin embargo, hay una tensión entre el “ya” y el “aún no todavía”. Si bien ya está plantada la simiente todavía no ha dado su fruto. Vino el Mesías pero no el tiempo mesiánico de paz y concordia. La gloria del Señor no se ha manifestado a todos.
     Dios también se manifiesta con signos y el Señor nos advierte que cada tiempo tiene el suyo. El signo del nuevo tiempo inaugurado por la venida de Cristo es la presencia de Dios entre nosotros. Presencia que se manifestó en Cristo, el Verbo encarnado, y que se prolonga de manera oculta en la Eucaristía. Nuestra fe, la fe de la Iglesia, es creer que tras los velos eucarísticos está Dios Todopoderoso. Y Dios manifiesta esta presencia y este poder oculto en la medida de nuestra fe. Si nosotros creemos y actuamos de acuerdo a esta fe en su presencia en la Eucaristía, Él manifiesta su poder y lo hace en la medida de nuestra fe.
     Pero, hay otro signo que nos es dado hoy: la Adoración Eucarística Perpetua. Este signo es en sí la gracia sobreabundante que Dios tiene para estos tiempos extraordinarios de abundancia de pecado, de gran apostasía y al mismo tiempo de gran misericordia divina.

     El Santo Padre Benedicto XVI dice: “Eucaristía es Dios como respuesta”. Agregamos: adoración eucarística es la respuesta del hombre hacia Dios y la Adoración Perpetua es la respuesta a Dios que permanece para siempre entre nosotros.
     Adoración Perpetua es también evangelización del tiempo. El mundo te empuja para que te apresures y te agites y te dice: “tienes que hacer esto, tienes que lograr aquello, tienes que tener lo otro…”. El Señor te dice: “¡Detente!” “Deja de correr tras el viento”.“Abre una brecha en tu trajín cotidiano”. “Ven a Mí”. “Yo te daré reposo. Yo te daré sosiego. Yo te aliviaré y sanaré. Soy Yo quien te salva. Sólo Yo y nadie más que Yo”. “Cuando tu vida se ensombrece ven a Mí que Yo soy la Luz. Cuando el mundo te habla de muerte, te muestra y celebra la muerte, refúgiate en Mí que Yo soy la Vida. Cuando estés perdido y confundido sígueme que Yo soy el Camino”. “Cuando no creas en nada y te invada el escepticismo y todo te mienta búscame porque Yo soy la Verdad”.
     Tú puedes, tú debes –por tu salud psíquica, por tu salud espiritual- hacer esta experiencia de la Adoración Perpetua.
     Basta que te hagas disponible una hora a la semana. Estar con el Señor no es ningún sacrificio. Por lo contrario es un regalo que tú mismo te haces.
     Sacrificio podría ser escoger una hora por la madrugada, entre la medianoche y las seis de la mañana. Esto sí podría ser un sacrificio y el sacrificio es el lenguaje del amor. Además, las altas horas de la noche y la noche en sí han sido importantes en la historia de la salvación.
     Los hebreos parten de Egipto hacia la libertad y la Tierra prometida en una noche, la noche de la primera Pascua.
     Jacob lucha toda una noche con el ángel de Dios y se vuelve Israel.
     En el medio de una noche Samuel es llamado por Dios para ser su profeta.
     Hay una tradición que dice que la Virgen recibió el anuncio del Ángel en la noche.
     Jesús nace en la noche y en esa misma noche los ángeles anuncian a los pastores su nacimiento en Belén.
     Los pastores van a adorarlos. La primera adoración al Señor fue una noche.
     Los Magos de Oriente ven la estrella que los guiará hasta el Rey de Israel recién nacido durante una noche.
     Es una noche la de la Última Cena, la noche en que el Señor instituye la Eucaristía, que es el regalo de sí mismo, y nos da también el otro don: el sacerdocio.
     En la misma noche comienza su Pasión en el Getsemaní.
     En la noche entre el sábado y domingo siguientes resucita de entre los muertos.
     Y nos recuerda la Escritura que Jesús pasaba noche enteras en oración al Padre.
     Los que adoran durante la noche son centinelas de la aurora, los que harán despuntar el nuevo día, el del nuevo tiempo que esperamos, cuando el Señor haga nuevas todas las cosas.

     El momento es apremiante, escuchemos, respondamos al llamado del Señor y vayamos a adorarlo.

¡Feliz Santa Navidad!

    
Anoche todos estuvimos en Belén. Todos hicimos un salto de más de 2000 años y de miles de kilómetros. Estuvimos en el pesebre, contemplando el misterio de Dios oculto en ese Niño. Experimentamos las caricias de sus bendiciones en una noche de profunda paz, en una noche de gloria celestial presente en la tierra. Y lo adoramos. Lo adoramos junto a María, y a José, y a los pastores. Todos estábamos alrededor del Niño adorándolo. 

    
Aún resuenan aquellas palabras: “Un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado”. “Hoy ha nacido en la ciudad de David el Salvador, el Mesías, el Señor”.

     Es que esas palabras me dan vértigo. Es que sólo pensarlo y pruebo un inmenso vértigo, porque a mí me ha nacido un hijo. A mí me ha sido dado un niño y ese niño es Dios. Es Dios que se hace próximo, tan cercano que más no se puede. Es Dios que se hace uno de nosotros. Dios que se da a sí mismo. Pero, ¡cómo no ha de darme vértigo! Éste es el misterio de Dios hecho hombre en el Niño de Belén. El misterio de la Encarnación. Misterio, como misterio es el otro: el mismo Señor que se ofrece en el Niño que acaba de nacer es el que, en el primer Jueves Santo de la historia, nos regala para siempre su misma Persona, su Cuerpo y su Sangre. Y se queda con nosotros. 

    
Dios vino y Dios está aquí, en la Hostia Santa. Por eso hoy como lo hicimos anoche en Belén, aquí lo adoramos, porque la Eucaristía es Dios-con-nosotros. Y no dejamos de adorarlo porque permanece con nosotros. No nos deja y nosotros no lo dejamos a Él.

Esto es la adoración perpetua, no dejarlo, permanecer constantemente con Él. La adoración perpetua es una comunidad que adora día y noche al Señor expuesto en el Santísimo Sacramento del altar. 

    
El llamado a adorar es personal y entre todos los que respondemos al llamado formamos una comunidad. Y la adoración perpetua de esta fraternidad eucarística es única. No hay otra igual y, al menos, por dos motivos fundamentales. El primero porque el Señor, nuestro Dios, es adorado día y noche. Por tanto, día y noche, se elevan plegarias, peticiones, se intercede, se le da gracias, se lo bendice, se alaba y también se repara sin interrupción. Y así, día y noche el Señor derrama sus gracias, sus abundantísimos dones y bendiciones sobre los que adoran y sobre la ciudad. Bendiciones de paz, de protección, de respuestas, de amistad.

     El otro motivo es que en la ciudad hay un lugar santo, una capilla, que está abierta día y noche y el que quiera puede ir a adorar cuánto quiera y cuándo quiera. Y esto, queridos hermanos, es una gran gracia que viene por tu disponibilidad y aceptación generosa. Casi diría inteligente más que generosa porque el beneficio recibido no puede ser ni remotamente comparado a lo que tú das.

     Por tu sí la capilla puede estar abierta y personas alejadas de la Iglesia podrán acercarse y probar qué bueno es el Señor. Como esa señora que dejó una pequeña esquela en la capilla de adoración perpetua de Prato. Decía escuetamente: “Hace más de 10 años que no pongo un pie en una iglesia católica y si antes alguna vez fui a una ha sido por alguna visita artística. Aún no sé porqué estoy aquí. Creo en la paz que aquí hay y deseo encontrarla”. Y firmaba: Maria Grazia.  Nosotros podemos imaginar quién la hizo entrar y quién se encargará que Maria Grazia comience su camino de conversión después de ese primer paso. 

    
La paz que irradia la capilla es el signo potente de la presencia de Dios, signo al que más de un ateo se ha rendido y hoy también da gloria a Dios.

     Y todo esto puede ocurrir porque tú dices que sí a la invitación de estar una hora semanal con el Señor. ¿Nos damos cuenta cuánto puede hacer el Señor con lo poco que le damos? Una hora a la semana es nada. La semana tiene 168 horas y una hora es bien poco. Sin embargo, cuando la ofrecemos a Dios esa hora es multiplicada en gracias y hasta en tiempo. Ocurre lo de aquellos pocos peces y panes que no eran nada para saciar el hambre de aquellos 5000 hombres, sin contar las mujeres y niños. Sin embargo, cuando el Señor los bendijo se multiplicaron y no sólo alcanzaron para toda aquella multitud sino que además sobraron 12 canastos.

     Por tu sí, querido hermano, otros han de descubrir el don inestimable de la presencia viva de Jesús que sana y que salva. 

    
El Señor, la Palabra Eterna del Padre, acampa entre nosotros, en esta ciudad de esta forma única. Puede hacerlo porque tú le has dado posada y “a los que lo acogen les da el poder de ser hijos de Dios”. 

    
Estamos en momentos de oscuridad. El pueblo camina en tinieblas, mas verá una gran luz. A los que habitan tierras de sombras una luz les brillará: la capilla de adoración perpetua. La capilla ha de ser un faro en la noche del mundo.

     Vosotros estáis abriendo una puerta al cielo y esa puerta permanecerá abierta. Vosotros estáis ofreciendo la señal de la salvación. Y a muchos les pasará lo de los pastores: vendrán y verán la señal de la presencia de Dios, no ya en el niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre, sino en el Santísimo expuesto. Y todos, con los ángeles, daremos gloria a Dios en el cielo y paz a los hombres que ama el Señor porque gloria se le está rindiendo aquí en la tierra, en ese bendito lugar. Y daremos testimonio de fe y de amor en el Mesías, el Señor.

     ¡Feliz y santa Navidad!

P. Justo Antonio Lofeudo mss


DOMINGO IV de ADVIENTO AÑO B

     Escuchamos el relato evangélico en el que entre la Anunciación del Ángel y la Encarnación del Verbo media el sí, el consentimiento absolutamente libre, de la Virgen nazarena.
     Estamos celebrando la Eucaristía y se nos presenta el misterio de la Encarnación. Pero, Encarnación y Eucaristía no son dos misterios de fe separados. Ambos se reclaman e iluminan mutuamente. Por la Encarnación Dios se une al hombre asumiendo la humanidad en la carne de la Virgen. Por la Eucaristía Dios se une a cada hombre y siendo cercano perpetúa la cercanía volviéndose Emmanuel, Dios-con-nosotros.
     La Eucaristía viene de la Encarnación, es el último acto de Jesucristo –el Verbo Encarnado- antes de su Pasión y por su Pasión. Pasión única que hacemos presente en cada Eucaristía.
     Para explicar el misterio de la Eucaristía podemos valernos del mismo misterio de la Encarnación.
     “¿Cómo puede ser esto?”, pregunta la Virgen ante el misterio de su maternidad virginal. El Ángel responde cómo: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra”.
     Así como por el sí de María se produce el prodigio, cuando el Espíritu Santo viene sobre Ella y la sombra del Altísimo la cubre, concibiendo al Hijo de Dios como su Hijo, así también, por la invocación del sacerdote al Espíritu Santo sobre las ofrendas del pan y del vino y por sus palabras consagratorias, el Espíritu Santo viene y la potencia de Dios hace presente a Cristo, al mismo Verbo divino que tomó la carne de María y que ahora está presente en ese pan y ese vino. El pan y el vino conservan sus apariencias pero ya no son lo que parecen sino la misma Persona de Cristo.
     Es cierto que hay una presencia difusa de Dios sobre todo lo creado, Dios está en todas partes; pero sólo corporalmente en el Cielo y aquí: en la Eucaristía. La Eucaristía es la presencia única, real, viva, verdadera, substancial, eficaz y poderosa de Dios entre nosotros. Tras los velos eucarísticos está Cristo, verdadero hombre y verdadero Dios. Y si Dios está presente lo adoramos. Ésta es la respuesta y no otra: la adoración.
     La adoración, en un sentido estricto, no es una devoción, no es un agregado, “no es un lujo sino una prioridad” (Benedicto XVI). Una prioridad absoluta.
     La adoración es una necesidad vital y la adoración perpetua es un don. Es cuando el Señor, en su presencia eucarística, es adorado día y noche. Es una comunidad que adora al Santísimo Sacramento sin interrupción, todo el día y todos los días. Adorando el hombre se dignifica y crece espiritualmente y crece en su humanidad. Adorando se acerca al Cielo. La Adoración Perpetua acerca el Cielo a los hombres, le abre una puerta y esa puerta al Cielo permanece abierta para que quienquiera pueda allegarse y adorar cuándo quiera y cuánto quiera. La Adoración Perpetua es el faro de luz en la noche del mundo. Y es faro porque Cristo, como en Belén recién nacido alumbraba la noche de la primer Navidad, siendo adorado incesantemente también incesantemente ilumina al mundo.
     Vayamos todos a adorarlo y que nuestra adoración no cese nunca.

P. Justo Antonio Lofeudo mss


DOMINGO III de ADVIENTO Año B

     El signo del III Domingo de Adviento es la alegría. Estamos cercanos ya a la Navidad. Es la alegría de la Buena Noticia desbordante de gozo en el Señor que ha venido a liberarnos de todo mal y esclavitud. Así lo proclama Isaías. Así nos exhorta san Pablo. “Estad siempre alegres”, nos dice. Pero, ¿cómo hacer para estar siempre alegres? El mismo apóstol nos da la respuesta a continuación cuando dice: “sed constantes en la oración”. Quiere decir que la alegría viene de la oración. Y ¿sabéis porqué? Porque la oración es la que nos permite comunicar con Dios, hacer que Dios esté con nosotros y nosotros con Él.
     La buena nueva, la noticia que provoca gozo, la liberación, la gracia sobreabundante de Dios se recibe en oración y por la oración.

     La alegría, igual que la paz, es el signo de la vida en Dios. Cuando somos inhabitados por Dios nos invade la alegría y la paz permanentes. Y esa alegría y esa paz no dependen de las situaciones que nos toquen vivir, sino de nosotros mismos. Paz y alegría permanecerán en nosotros en la medida que permanezcamos en Dios, es decir que no perdamos el estado de gracia.
     Pero, la oración que nos permite estar cerca de Dios y por tanto llenos de gozo no es una cualquiera sino que es la oración del corazón humilde y purificado, que busca a Dios y a su gloria.
     La oración del soberbio no llega a Dios y por ello Dios no llega a él. La oración del humilde, en cambio, horada las nubes y llega al mismo trono del Altísimo.

     Si no oramos no entenderemos nada, no advertiremos los signos de los tiempos. Si no oramos no nos convertiremos, es decir, no dejaremos que Dios haga su obra en nosotros.
     Fijaos sino en esos sacerdotes y levitas, instigados por los fariseos, que nos presenta el Evangelio. Desde la arrogancia, le preguntan al Bautista: “¿Tú, quién eres?” No los mueve el deseo sincero de saber sino la impertinencia de quien se cree autoridad y en su ignorancia desprecia.
     No sabían quién era Juan. No conocían al profeta que anuncia la alegre noticia y que prepara la venida del Mesías. Tampoco reconocerían en Jesús al Mesías. No conocían a Dios.
     Sólo un verdadero hombre de oración recibe la luz del Espíritu, como Simeón, como Ana de Fanuel, que descubren en un niño de pocos días la presencia del Salvador.
     Esos sacerdotes y levitas conocían las Escrituras, sabían de memoria pasajes enteros de Isaías, como el que acabamos de escuchar, pero eran incapaces de darse cuenta que esas mismas profecías se estaban desarrollando ante sus ojos.
     Estos sacerdotes y levitas eran personajes supuestamente religiosos (como los ha habido en todo tiempo y los hay hoy) pero no eran hombres de oración. No lo eran, porque estaban llenos de orgullo, de malicia, de fatuidad, llenos de ellos mismos y vacíos de Dios. Creían conocer la Ley y no conocían al Autor de la Ley. El Espíritu no moraba en ellos, pero pretendían enseñar a los demás quién es Dios.

     Para reconocer la venida de Dios entre los hombres, para reconocer al Emmanuel que ya vino y está con nosotros y que también ha de venir en su gloria, hay que orar. Es necesario ser humildes y pedir cada día la venida del Espíritu Santo en la propia vida para que Dios haga morada en ella y para poder reconocer los signos de los tiempos.
    La relación con Dios es siempre de adoración porque es la respuesta natural que todo ser inteligente tiene con su Creador, que todo cristiano tiene con su Salvador. Por la adoración reconocemos la majestad de Dios. Y la adoración nos enseña a ser humildes, a arrodillarnos ante nuestro Señor y a acercarnos a Aquel que primero se abajó.

     A Dios se lo encuentra, sobre todo, en la adoración.
     En la Eucaristía nos encontramos con Jesús que no nos abandona. Lo encontramos en la celebración y en la permanencia de la adoración.

     Queridos hermanos, la adoración está siempre presente cuando presente está el Señor. Ante la Eucaristía nuestra relación es de adoración además de comunión. Toda comunión sacramental implica adoración. En el momento litúrgico de la consagración, ya desde el momento de la epíclesis, cuando el sacerdote impone las manos sobre las ofrendas invocando al Espíritu Santo y luego cuando pronuncia las palabras consagratorias, todos deben arrodillarse en signo de adoración. Dios se hace presente y por eso lo adoramos. También el sacerdote que oficia luego de consagrar se arrodilla en adoración. Y cuando se comulga debe adorarse a Cristo presente en la Sagrada Hostia. Lo recuerda el Santo Padre Benedicto XVI, cuando cita las palabras de san Agustín: “que nadie coma de esta carne (comulgue) sin antes adorarla…. Porque si no la adorásemos pecaríamos…” La comunión es un encuentro, entre la Persona del Creador y Salvador y la persona del comulgante. La adoración es la prolongación de ese encuentro.

     Adorar es contemplar el misterio del Dios con nosotros y por nosotros, del Dios hecho pan, alimento de vida eterna. De Dios que nos da de beber la bebida de salvación: la Sangre de su humanidad, derramada por nosotros, por nuestra redención y justificación.
     Debemos -dulce deber- adorar a Dios sin interrupción. Esto es la Adoración Perpetua. Una comunidad que adora día y noche, que replica en la tierra lo que se hace en el Cielo, que trae el Cielo a la tierra, eso es la Adoración Perpetua.

     Hoy más que nunca tenemos necesidad de esta adoración. En tiempos de oscuridad, cada adorador –como el Bautista- da testimonio de la luz. Cada adorador –como Isaías, como el Bautista- es profeta. Profeta de la Eucaristía que en su silencio adorante le dice la mundo: “Dios existe, Dios está aquí en medio nuestro y por eso estoy adorándolo. Dios está con nosotros y por nosotros. Este es tu Dios, que te sana y te salva!”

P. Justo Antonio Lofeudo mss

     “Jesús no nos abandona, sino que está siempre con nosotros, como Él mismo promete; y el grado máximo de intensidad de su permanencia con nosotros se realiza en el sacramento de la Eucaristía en su doble aspecto de celebración y de permanencia...”.
Papa Benedicto XVI


DOMINGO XXV AÑO A

Is 55,6-9

Flp 1,20c-24.27ª

Mt 20,1-16

 

“Buscad al Señor”, dice el profeta Isaías. “Invocadlo”. La primera pregunta que debemos hacernos es si lo buscamos y si lo invocamos. Y si lo invocamos, es lo segundo, en cuáles circunstancias. El Señor se hace encontrar por aquellos que lo buscan con sincero corazón.

Esas exhortaciones de Isaías están, así como las he presentado, incompletas, porque traen consigo una advertencia. El profeta advierte seriamente diciendo: “buscad al Señor …mientras se lo encuentra. Invocadlo …mientras está cerca”. Quiere decirnos que debemos aprovechar este momento de gracia, que muy bien se aplica a este hoy en que -ante los grandes sacrilegios, indiferencias y ultrajes- Dios manifiesta su misericordia.

Sabemos sí que el Señor está muy cerca de nosotros, tan cerca que se hizo alimento en la Eucaristía. Pero, agreguemos, cerca de quien lo busca, cerca de quien no es indiferente o irreverente. No cerca de quien lo ignora o lo desprecia. Por eso, las palabras de Isaías son advertencias, no amenazas, para tener muy seriamente en consideración.

Ya se nos advierte en Proverbios (Prov 1:20ss): “Os llamé –dice la Sabiduría (que personifica a Dios mismo en uno de sus atributos esenciales)- y no hicisteis caso, os tendí mi mano y nadie atendió… Me llamarán y no responderé, me buscarán y no me encontrarán”. Palabras que suenan terribles pero que, en definitiva, son un reclamo para convertirse a Dios. Sin embargo, no falta tampoco las palabras de gran consuelo, porque finaliza diciendo: “Pero el que me escucha vivirá seguro, tranquilo y sin miedo a la desgracia”.

Escuchemos el llamado del Señor, no endurezcamos nuestro oído.

El Señor llama, no deja de llamar. Como el propietario de la viña, de la parábola, que a toda hora va a buscar a los obreros.

La viña es el Reino, el cielo, el premio eterno de plenitud de la dicha y de todos los bienes espirituales.

Muchos son los llamados, dice Jesucristo, y pocos los elegidos. Nos preguntamos: ¿Quiénes son los elegidos? Los elegidos son aquellos que han respondido al llamado. Dios a todos da la gracia para responder pero no todos responden.

Elegidos son los que buscan y encuentran, los que invocan y son atendidos.

Hoy, el Señor nos llama y nos llama para darnos una gracia renovada, una gracia extraordinaria en tiempos de males extraordinarios. Nos llama a la Adoración Eucarística Perpetua. No sólo a la adoración sino a la adoración perpetua. Y vosotros diréis: cómo podemos saberlo que es así. Pues, esto lo veo, es nuestra experiencia en todas partes, sobre todo en aquellos lugares que eran humanamente imposibles de establecer por el número reducido de fieles, porque son lugares apartados.

La AEP es un regalo del Corazón de Jesús para este tiempo. Es el lugar de encuentro con el rebaño, donde se derraman abundantes gracias, donde se dan frutos apetecibles, donde se encuentra protección, crecimiento espiritual, bendiciones de todo tipo. Donde se encuentra paz, la única paz verdadera: la paz de Cristo.

Queridos hermanos, la adoración no es facultativa, no es optativa. Porque en realidad si verdaderamente creemos en Dios, si creemos que Jesucristo es hombre verdadero y Dios verdadero, si creemos que está presente y oculto en la Eucaristía entonces sólo cabe la adoración como respuesta.

Si queremos ir al cielo, si nuestro horizonte existencial no termina con la muerte física, si respondemos al llamado, si desde ahora queremos vivir nuestro cielo en la tierra, entonces debemos adorar al Santísimo Sacramento. Es así, con la adoración que lo honramos y reconocemos como nuestro Dios y Señor, nuestro Creador y Salvador.

La adoración es la respuesta de todo ser inteligente ante su Creador, sea que more en las alturas o que aspire al Cielo. En el cielo, el que está sentado en el Trono y el Cordero son adorados por las almas de los bienaventurados y por los santos ángeles y demás seres celestiales. En la tierra lo adoran los verdaderos hijos de Dios, los discípulos de Jesús.

La AEP –adoración día y noche, todos los días del año- es la respuesta en el tiempo hacia quien no deja de ser Dios y de amarnos de amor eterno. Es la comunión que no cesa, el encuentro que perdura, la exposición permanente de Jesús oculto tras los velos eucarísticos y del adorador que se sucede hora tras hora. Por eso, la AEP genera una fraternidad eucarística.

A través de la AEP rendimos honor y gloria, damos incesantes gracias, alabamos y bendecimos, glorificamos al Cordero y reparamos e intercedemos ante Él, ante su presencia eucarística, día y noche, día tras día, siempre. Esto hace única a la AEP. Y también nos permite que la iglesia esté siempre abierta, que se convierta en signo de los brazos siempre abiertos de Jesucristo, que abraza al hombre herido por la vida, que a todos acoge y sana.

Queridos hermanos, no temáis en decirle que sí a Cristo, en darle una hora de vuestro tiempo al Señor. Porque Él hará de esa hora semanal un tiempo trascendente que se ha de medir en gracias y cuyo valor es de eternidad.


La Virgen de los Dolores

     Dios la creó purísima, inmaculada, para ser la Madre de su Hijo. Madre que ha de concebir y dar a luz y acompañar al Salvador en toda su obra.

     María no ha sido, como algunos neciamente pretenden, un simple vehículo humano para que la Palabra eterna se encarnase. Casi un mero accidente y basta. Esos no conocen la profundidad del amor de Dios y la solidaridad que Él impuso a los hombres en su caída y en su salvación. No, Ella no fue un mero cuerpo del que se valió Dios para encarnarse. No, Ella es la Madre de Dios, sublime María, absolutamente única entre todas las criaturas.

     Lejos de agotarse su misión al dar a luz al Señor, lo nutre, lo educa, lo guía, lo acompaña y lo sigue. María es Madre y perfecta discípula de Cristo. Si el Señor dijo: “si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt 16:24), ¿quién sino Ella puede llamarse perfecta seguidora de Cristo? La Virgen Madre se despoja de todo honor, de todo derecho, toma su cruz y lo sigue. Pero, ¡atención! -porque esto es lo absolutamente único-, la cruz de María no es otra que la cruz de su Hijo. No hay dos cruces sino sólo una. María sufre lo que sufre su Hijo. Sufre los desprecios, las burlas, los escupitajos, las caídas, los golpes a los que es sometido Jesús. Cada golpe del flagrum repercute en su corazón, cada clavo que traspasa la carne del Señor atraviesa la de la Madre, porque Él es carne de su carne.

     Estaba la Madre junto a la cruz de su Hijo… Stabat Mater… compartiendo su cruz, su martirio. “Y ti una espada traspasará tu alma”(Lc 2:35). Esa espada de dolor es la de la Pasión de Cristo, es la que le abre el corazón a la maternidad de todos los hombres al oír aquellas palabras del Crucificado: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19:26).

     ¡Qué noche más oscura la tuya, María! ¿Dónde está tu Dios? ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?… (Slm 22,1) Tú también puedes decirlo esa tarde, la más tenebrosa de las tardes, sobre el Gólgota. ¿Dónde quedaron las palabras del Ángel “y su reino no tendrá fin… Será llamado Hijo del Altísimo… Alégrate María, llena de gracia… El Señor está contigo”(Lc 1:28s). Pero, ¿dónde? ¿Dónde encontrarlo ahora que el mal, todo el mal del mundo desde la caída de Adán hasta el fin del mundo está aquí y ha caído sobre mi Hijo? Aquí está mi Hijo, el más puro e inocente Cordero, exangüe, muriendo en la cruz. Y tú muriendo también, de pie, pero atravesada por la más aguda y afilada de las espadas, la que llega a separarte el alma del cuerpo en profunda muerte espiritual.

     Grande es tu martirio, Madre de Cristo y ahora Madre nuestra. “Después de aquel Jesús –que es de todos, pero que es tuyo de un modo especialísimo- hubo expirado, la cruel espada que abrió su costado, sin perdonarlo aún después de muerto, cuando ya no podía hacerle mal alguno, no llegó a tocar su alma pero sí atravesó la tuya. Porque el alma de Jesús ya no estaba allí, en cambio la tuya no podía ser arrancada de aquel lugar. Por tanto, la punzada de dolor atravesó tu alma, y, por esto, con toda razón, te llamamos más que mártir” ( San Bernardo).

     ¡Cuánto, Madre de Dios, habrá sido tu sufrimiento, aún en tu propio cuerpo, si no alcanzamos a imaginar el dolor abismal de tu alma! Estás desgajada. Dios ha querido que esta fuera tu pasión porque le plugo que la salvación de los hombres pasase por tu corazón. Por eso, con toda propiedad y justicia, María de los Dolores, podemos llamarte Corredentora.

     María, Madre del Redentor, ruega por nosotros tus hijos pecadores.


 

EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

 

     La cruz, instrumento de muerte, signo de ignominia y maldición, es por Dios exaltada y se convierte en signo e instrumento de amor, de bendición y salvación.

     La cruz deja de ser oscura para ser gloriosa, victoriosa. Cristo en la cruz vence. Cristo reina, Cristo impera.

     La cruz es luminosa porque está iluminada por la Resurrección. Es luminosa como luminosa es la Eucaristía.

     Eucaristía, cruz y Resurrección están unidas. Eucaristía es el don que el Señor hace de sí mismo el Jueves Santo. Es el don que anticipa el sacrificio suyo del Viernes. Don y misterio es la Eucaristía, que vienen del Corazón de Jesús como vienen el don y misterio del sacerdocio que nace junto con ella.

     No hay Eucaristía sin sacerdocio así como no hay sacerdocio sin Eucaristía.

     La cruz es la del Viernes Santo, la del sacrificio, voluntariamente aceptado, del Señor por nuestra salvación.

     La Resurrección en la noche del sábado al domingo, es de donde irradia el Señor su gloriosa victoria sobre la muerte.

     Éste es el Triduo Pascual: Eucaristía, Cruz y Resurrección. Todo el Triduo Pascual está contenido en la Misa. Por eso, cuando el sacerdote besa el altar al ingresar para celebrar la Misa, está al mismo tiempo, besando la mesa del banquete, la cruz del sacrificio y la losa del sepulcro de la Resurrección.

     La Eucaristía es sacramento (signo visible y eficaz) de comunión (primero con Dios, luego con los que participan de la misma celebración y finalmente con todos los hombres); es sacramento-sacrificio, y sacramento-presencia. Presencia gloriosa del Resucitado, eterno y presente, victorioso en la Eucaristía.

     El Señor dijo que cuando fuese alzado atraería a todos hacia él. El evangelista dice que se refería a la cruz. Cuando fuese alzado en la cruz. Pero, también podemos decir que cuando adoramos al Santísimo, lo estamos alzando –con nuestra fe y nuestro amor- en gloria y por nuestra adoración, por esa exposición en exaltación del Santísimo Sacramento, el Señor atrae a otros también a sí en adoración. Esta es la experiencia de la Adoración Eucarística Perpetua.

     La Adoración Eucarística Perpetua es la adoración a Jesucristo, que es Dios, presente en la Eucaristía, día y noche, todos los días del año.

     A adorarlo, día y noche, vienen personas de todas las edades, condiciones, historias. Algunas de muy lejos en la geografía y en la historia personal. Algunos que han sido ateos y que de pronto se sienten interpelados, como aquel médico agnóstico que, según le contaba a su obispo, fue a ver qué había en la capilla que la gente se sucedía día y noche y según le contaban se estaban en silencio. Fue así como después de haber visto y sentido aquella presencia le confesaba al obispo, desde aquella vez no dejó de asistir a la capilla. Se levantaba media hora antes para visitar al Santísimo. Como aquella otra señora que dejó un escueto testimonio en Prato, Italia, diciendo que hacía más de diez años que no ponía un pie en una iglesia católica. Si alguna vez lo había hecho, agregaba, había sido por alguna visita artística. No sabía porqué estaba en ese momento allí, en la capilla, sólo que experimentaba mucha paz y creía en esa paz y quería buscarla. Evidentemente, sin quizás darse mucho cuenta de ello, esa señora había sido atraída por el Señor e iniciaba un camino de conversión.

 

     Sí, las personas suelen hacer grandes recorridos hasta llegar a una capilla de adoración perpetua: viajar muchos kilómetros, hacer varias horas de trayecto o venir por los caminos tortuosos de sus vidas. El Señor siempre anula distancias. Tanto las acorta y anula que nos conduce a la unidad. La Eucaristía es sacramento de unidad. Y de unidad a veces inimaginable para nosotros. Hoy, por ejemplo, en Rumania, en la ciudad de Timisoara, están juntos adorando al Señor en el Santísimo Sacramento, en el mismo lugar, greco católicos, romano católicos y ortodoxos.

     Jesucristo es el Cordero inocente que nos rescata de la muerte, de toda muerte. Es quien quita el pecado del mundo. Él es el Verbo eterno, Dios que se hizo hombre en María y que se rebajó hasta aceptar morir en la cruz, asumiendo el pecado del mundo. Por eso, el Padre lo exaltó y le dio el nombre-sobre-todo-nombre para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble.

     Nuestras rodillas se doblan en adoración y adoración perpetua.  Porque digno es el Cordero de recibir el honor, la gloria, el poder,... la adoración… día y noche… en la tierra como la recibe en el cielo.

     Adorarlo sin interrupción es algo que podemos hacer comunitariamente. Si cada uno se hace disponible para tomar una hora semanal, entonces podremos cubrir todas las horas de la semana y tener la adoración perpetua.

     En la adoración y mediante la adoración sin interrupción, nosotros lo reconocemos como nuestro Dios y Señor, digno de ser eternamente adorado y amado, y Él manifiesta su poder.

     Sabemos, por nuestra fe, que tras el velo eucarístico está Dios Todopoderoso capaz de cambiarnos y de cambiar al mundo. Y mientras nosotros lo adoramos Él nos bendice. Nos bendice y nos sana de toda mordedura del mal que nos infligen, o nos auto infligimos. Nos da el Señor la paz, la alegría que nadie más que Él puede darnos. Nos brinda su protección preservándonos del mal. Ante su presencia crecemos espiritualmente y aprendemos a amar.

     A los que rechazaron el maná Dios los maldijo. Nosotros damos testimonios de nuestra fe y de nuestro amor y Él nos da la vida eterna. 

     Adoremos la Eucaristía, veneremos la cruz. Hoy más que nunca cuando, por una parte, quieren como signo arrojarla fuera de la vida de las sociedades o degradarla en modas infames, y cuando es rechazada como signo de sacrificio por sociedades hedonistas. Que la cruz, como símbolo, vuelva a sacralizar la vida en todo el mundo, que sea respetada y venerada. Que la adoración de la presencia de Cristo y también de su sacrificio redentor nos haga volver la mirada sobre Aquél a quien han traspasado y Aquél que se dejó matar por amor.


 
Solemnidad de Pentecostés Año A

     Hoy es la fiesta del Espíritu Santo, solemnidad de Pentecostés. La Iglesia que había nacido en el Gólgota, cuando Jesucristo celebró la primera Misa, no sacramentalmente sino en realidad sobre la cruz, esa Iglesia naciente cobraría fuerza de lo alto el día de Pentecostés, cuando el Espíritu irrumpió en la asamblea orante de María, Pedro y los apóstoles.

     El Espíritu Santo que llega en Pentecostés es la Promesa del otro Paráclito. Jesús había dicho que era necesario que partiese porque debía venir el otro Paráclito, el otro Defensor, el otro Consolador.
     Santo Tomás de Aquino decía que el nombre propio del Espíritu Santo es Don. Es el don que viene del Padre por el Hijo.

     La Iglesia de Occidente ha concebido al Espíritu Santo como el amor que fluye entre el Padre y el Hijo. La Iglesia de Oriente lo ha visto como el éxtasis de Dios: cada vez que Dios sale fuera de sí lo hace en el Espíritu Santo. Ninguna de estas imágenes, por cuanto verdaderas, pretende ser exhaustiva. Al misterio de Dios podemos aproximarnos en lo que nos es revelado e iluminado pero jamás agotarlo.
     Si nos atenemos ahora a la imagen de la Iglesia de Oriente, vemos que, en efecto, el Espíritu Santo está presente y obra en la creación, cuando aleteaba por encima de las aguas primordiales. Es el Espíritu Santo quien genera en la carne al Verbo Eterno en el seno de la virgen madre María. Es, nuevamente, el Espíritu Santo el que hace presente a Jesucristo en el momento de la consagración del pan y del vino.
     Por eso mismo, hay un paralelismo entre el “sí” de la Virgen en la Anunciación y las palabras consagratorias del sacerdote en la Misa.
     Por obra del Espíritu, con el consentimiento pronunciado por María Santísima, en el “hágase en mí según lo que has dicho” la Palabra se hace carne; por las palabras consagratorias, “esto es mi cuerpo”, “éste es el cáliz de mi sangre”, cuando se invoca al Espíritu Santo (epíclesis) se hace presente el Señor eucarísticamente, y las especies del pan y del vino son transubstanciadas en el cuerpo y la sangre de Jesús.

     Como recuerda el Santo Padre: el mayor servicio del sacerdote es invocar la presencia del cuerpo y de la sangre de Cristo. A través de esa invocación, el sacerdote abre el cielo para que Cristo venga a la tierra.

     El sacerdote se reviste de Cristo, no sólo exteriormente con sus ornamentos sagrados, sino interiormente. El Señor toma posesión de él y él ya no se pertenece. El sacerdote presta su voz pero las palabras eficaces que consagran son del Señor que transforma cosas terrenas en misterio divino.
     En la Misa pongamos nuestra mirada fija en el corazón traspasado de Jesús. Porque en la Misa se hace presente Jesús en su sacrificio, sacrificio de amor que rasgó el velo del templo y derribó el muro de división entre el mundo y Dios. Éste es el acontecimiento de la Misa, ésta es su grandeza.
     Cristo rasga el cielo en la hora de la cruz y en cada Eucaristía.
     Nosotros adoramos esa presencia sacrificial y a la vez gloriosa de Cristo.
     A propósito de la comunión, decía san Agustín: “no abráis de par en par la boca sino el corazón. No nos alimenta lo que vemos sino lo que creemos”.
     Debemos tocar al Señor con nuestra fe para que nos aproveche verdaderamente el culto eucarístico, sea dentro o fuera de la Misa.
     Hay un gran peligro, lamentablemente extendido y real, que es el de banalizar la Eucaristía. La rutina de la que podemos todos caer víctimas, tanto el pueblo fiel como los sacerdotes, nos hace perder el estupor, la noción de ante Quién estamos, a Quién recibimos.
     Que no nos pase como los contemporáneos de Jesús, a quienes iban dirigidas aquellas palabras del Bautista: “en medio de vosotros hay uno que no conocéis”. Qué triste es venir a Misa, celebrarla y que Jesús sea un desconocido!
     Cómo lo conocemos? Tratándolo, siendo conscientes de su real y verdadera presencia y todo en el y por el Espíritu Santo. Por la adoración entramos en su intimidad, lo vamos conociendo y amando cada vez más. A la adoración hay que acercarse con fe, por mínima que sea.
     Si no tenemos fe pidamos al Espíritu que nos reavive la fe.
     Es el Espíritu Santo quien confiesa en nosotros que Jesús es el Señor y es también Él quien descubre el velo de su presencia eucarística.
     Dentro de unos momentos estaremos ante la presencia real, por antonomasia, de Jesucristo. Y esa presencia real significa que es Jesús presente quien nos consuela, nos sana, nos salva, nos perdona, nos da la vida y vida en abundancia, nos mira y trata con compasión. Es Jesús que se entrega a nosotros y por nosotros, que nos lava los pies sucios y cansados por el camino de la vida, nos restaura, nos muestra sus llagas para que seamos sanados de nuestras heridas.
     A este Jesús, a esta presencia suya verdadera de Dios y de hombre verdaderos, nosotros lo adoramos.
     Más aún, lo adoraremos sin interrupción, en adoración perpetua porque Él lo merece, porque Él está siempre con nosotros y nosotros estaremos siempre con Él, adorándolo.


 

Jueves Santo - Misa de la Cena del Señor

Ex 12:1-8.11-14; Sal 115; 1 Cor 11:23-26; Jn 13:1-15


     El relato de la Última Cena de san Juan difiere de los otros tres evangelistas, llamados sinópticos, no porque haya contradicciones entre ellos sino porque se trata de versiones complementarias de un mismo hecho. Por ello, para tener una visión completa debemos también recurrir a los evangelistas Mateo, Marcos, Lucas además de san Pablo, precisamente en lo que acabamos de escuchar, su primera carta a los corintios.

     Juan es el único que nos transmite el gesto del lavatorio de los pies por el que el Señor pone por última vez en evidencia su misión y les recuerda a los discípulos -en el hacerse último al servir a los otros, consecuencia del amor de donación- el mandato de la caridad fraterna. Él que es Señor y Maestro les lava los pies, también ellos deben ponerse al servicio unos de otros.

     Puesto en otro contexto, en el evangelio de san Mateo, ante la disputa de sus discípulos por los primeros puestos en el Reino (que imaginaban terrenal), dice el Señor lo que en la Última Cena está demostrando con su gesto: “El que quiera llegar a ser grande entre vosotros debe ser vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros debe ser vuestro esclavo, de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mt 20:26-28).

     En esta clave de interpretación no resulta entonces extraño que Juan, inmediatamente antes de contarnos que Jesús lava los pies de sus discípulos, escriba que habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Con el lavatorio no sólo se significa el amor de oblación, que es capaz de anonadar al Maestro por servir al discípulo –figura a su vez del anonadamiento del Hijo de Dios para salvar al hombre- sino también la purificación que vendría por su sacrificio redentor. En este acto de lavar los pies de los discípulos, Jesús está anticipando con signos lo que haría al otro día.

     Toda la escena se explicita aún más cuando, después que Judas sale para entregarlo, dice Jesús a los suyos: “Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros. Que como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros” (Jn 13:34).

 

     Ahora veamos cómo se entrelaza el nuevo mandamiento con la Eucaristía y el sacerdocio que instituyó en aquella Cena. Porque esa misma noche, la noche en que fue entregado, la noche en que comenzaría su Pasión, el Señor nos dio el don de sí mismo en la Eucaristía y el don del sacerdocio, y esto es lo que aparece en los sinópticos y en san Pablo. Eucaristía y sacerdocio: dos misterios que nacen juntos y que se reclaman uno a otro, puesto que no hay sacerdocio sin Eucaristía ni Eucaristía sin sacerdocio.

     La Eucaristía es el sacramento del amor, del mayor amor posible, del amor de donación de Dios mismo, amor total, incondicionado e incondicional y absoluto. Aquella primera Eucaristía anticipa sacramentalmente lo que el Señor haría en pocas horas más: dar su vida para la vida del mundo.

 

     Es en el marco de la Pascua judía que Jesús celebra la nueva Pascua, la Pascua que tanto deseó comer con los suyos antes de padecer (cfr Lc 22:15).

     La Pascua judía, el Pesah (palabra que significa “pasaje”), es el memorial, a la vez que actualización, del paso de Yahvé (en su ángel exterminador) en la noche de Egipto que libera a los hebreos de la esclavitud. Con el tiempo Pesah ha sido referido a otro pasaje: el del pueblo conducido por Moisés a través de las aguas del Mar Rojo.

     Pero, tanto en el tiempo de Jesús como hoy, los judíos conmemoran y actualizan lo mismo: la liberación de Israel e Israel no debe olvidarlo.

     Entre los ritos solemnes del ritual judío, las palabras de conmemoración eran rodeadas de alabanzas y de agradecimiento que venían de los salmos y culminaba con la bendición a Dios llamada berakha (traducida al griego como eucaristía), a ella -la bendición a Yahvé pronunciada sobre el pan y el vino- Jesús le da un nuevo y más profundo significado que la liberación de la esclavitud de Israel, le da el significado que era la esperanza de Israel: la liberación definitiva.

     También el Señor –como hacían los rabinos o los padres de familia en la cena pascual- tomó pan en sus manos y, elevando los ojos al cielo, dando gracias bendijo al Padre, partió el pan. Pero, al dárselo a sus discípulos dijo: “Tomad y comed todos de él, esto es mi cuerpo”... Al acabar la cena tomó el cáliz con el vino, volvió a dar gracias y bendijo al Padre y lo pasó a sus discípulos diciendo: “Tomad y bebed todos de él, éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la Alianza, de la Nueva Alianza”… (Cfr Mt 26,26-28; Mc 14,22-25; Lc 22,19-20; 1 Cor 11,23-25).

     A partir de aquel momento, cuando Jesús se vuelve el cordero pascual, el momento en el que inserta el sacramento de la Nueva Alianza, aquella que habían profetizado Jeremías (cfr Jer 31,31) y Zacarías (cfr Zac 9,11), la liberación por su sangre alcanzará a todos los hombres y no será tan sólo una liberación de una condición social sino la liberación de la esclavitud del pecado, de la muerte y del reino de Satanás. Es decir, la liberación de todo el ser –y de todos los hombre que acojan a Jesús como Salvador- que abre el camino hacia la eternidad con Dios.

     Pero, Jesús aquella noche santa dijo algo más. Dio un mandato, porque dijo: Haced esto en conmemoración mía”. Es decir que mandó a los discípulos, los que serían sus Apóstoles, repetir el ritual que Él había inaugurado. Dones de los dones y misterios de los misterios, desde aquel mismo momento estaba dando a la humanidad, junto al don de sí mismo en la Eucaristía, el sacerdocio ministerial para que el sacrificio que anunciaba su muerte y proclamaría su Resurrección se cumpliese hasta su vuelta en la gloria. Esto es lo que hacemos en cada Misa: el memorial de su Pasión y por la obra del Espíritu Santo la actualización de su sacrificio junto a la presencia del Señor. Por eso, la Eucaristía es sacramento-memorial, sacramento-sacrificio y sacramento-presencia.

     Cómo no maravillarnos de la condescendencia del Señor que no sólo se abajó hasta la condición de hombre para morir en la cruz sino que se hizo pan para que viviéramos de Él y cómo no dejar de asombrarnos cuando eligió a estos pobres y frágiles hombres que somos nosotros para que sean sus sacerdotes. Y todo esto lo hizo aquella misma noche. Aquel Jueves Santo. Todos nosotros sacerdotes nacimos aquella noche cuando después de darse a sí mismo dijo: “Haced esto en conmemoración mía”. El don de sí mismo en el pan y en el vino, éste es el gran misterio de la fe. Misterio no milagro. Milagro fue el de Caná que prefiguró este misterio. Milagro que pudieron comprobar todos los que vieron antes el agua y luego probaron que era vino. En cambio nosotros seguimos viendo el pan después de consagrado y sin embargo, lo dice nuestra fe, no es así. Algo grande ha ocurrido, algo mayor que la creación de miríadas de galaxias. Es la misma persona divina que se hace presente. La fe es la respuesta a la certeza de la verdad. La fe es decir “sí es así porque Tú lo has dicho”. Creo porque Tú Señor lo has dicho: “esto es mi cuerpo” “éste es el cáliz de mi sangre”. Creo porque la Iglesia lo enseña. Creo porque tus santos me lo han mostrado. Creo también porque cuando flaquea la fe Tú nos regalas milagros eucarísticos.

     Condescendencia divina en el despojo de sí mismo para tomar la condición de esclavo, para asumir semejanza humana y aparecer con porte de hombre rebajándose a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz, dejándonos antes su presencia en la Eucaristía para que delante de ella toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor y Dios. Para que todos se postren en adoración perpetua.

 

     Y todos nosotros, sacerdotes y pueblo de Dios, comemos de ese pan, que es su Carne y bebemos de su Sangre. Es decir, entramos en comunión con Dios mismo.

     Por eso, si se nos preguntara qué es la comunión, porqué comulgamos decimos:

     Es el encuentro con Dios, el de mayor intimidad y cercanía posible. El camino de Dios hacia el hombre, el camino del hombre  hacia Dios. Es Cristo en mí y yo en Cristo. En la medida que nosotros in-corporamos las especies consagradas, es decir, que la hacemos parte de nuestro cuerpo, como hacemos con los alimentos, somos en verdad unidos a Dios y participamos de la vida divina siendo asimilados por Dios. Se hace realidad lo que el sacerdote dice en voz baja cuando agrega unas gotas de agua al vino de la ofrenda: “el agua unida al vino sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana”.

     Comemos su Carne, bebemos su Sangre para vivir de Dios. Para permanecer en su amor. Para poder cumplir con su mandamiento nuevo de amarnos hasta el extremo que Él nos amó, es decir, sin medidas. Comulgamos para poder sacar fuerzas para el camino de la vida. Para ser uno con Dios y con el hermano. Para aprender qué es amar. Para dar gracias al Padre por el don del Hijo, y dar gracias al Hijo por el don de sí mismo, y para poder darle gracias a Dios por el Espíritu que nos es dado en la Eucaristía.

     Pero, recordemos siempre que es necesario tener el alma pura, es preciso haber recuperado la gracia mediante la confesión, el sacramento de la rehabilitación antes de acceder al abrazo de Cristo

 

     Decir Eucaristía es decir presencia del Señor, verdadero Dios y verdadero hombre. Y decir presencia del Señor es decir adoración.

     Como decía Juan Pablo II: “en la escuela de María, «mujer eucarística», adoramos a Jesús verdaderamente presente en los humildes signos del pan y del vino”.

     La adoración es la prolongación del encuentro de la comunión sacramental. Es entrar en el secreto del amor de Dios, penetrar el misterio que celebramos en cada Eucaristía y permanecer en el amor del Señor. Es dar testimonio de este amor y de nuestro amor y fe por él. Es la búsqueda del amor y de fuerzas recurriendo a la misma fuente. Adorar es también ir en búsqueda de paz y sosiego deteniéndose en el camino frenético de la vida. Quien adora encuentra reposo y es restaurado por la presencia divina. Es encuentro con la Luz que ilumina la vida de todo hombre. Adoración es también agradecimiento, reconocimiento a Jesús por todo su amor. Es profundizar la amistad con Dios y a la vez reconocimiento de su majestad.

     Cuando adoramos también reparamos por nuestros pecados y los del mundo.

     Adoramos para darle gracias por la vida y por todos sus dones y beneficios hacia nosotros.

     Quien adora experimenta la protección de Dios en su vida y en la de los suyos.

     Quien adora entra en la intimidad del Señor y crece espiritualmente.

 

     Adoración y adoración perpetua, a esto estamos llamados. Hay dos razones poderosas que hacen única a la adoración eucarística perpetua: que el Señor es adorado incesantemente, día y noche, y que las puertas de la iglesia están siempre abiertas. Dios recibe grandísimo honor, los fieles elevan sus plegarias y sus alabanzas, bendiciones, acción de gracias permanentemente, sin parar, y pueden todos acercarse al Señor en cualquier momento del día y de la noche y cualquier día del año.

 

     Pidamos al Señor nos haga comprender cada vez más este misterio de su amor, la Eucaristía. Pidamos que cada vez más nos atraiga a sí en la Eucaristía, y que podamos ser los adoradores que busca el Padre en espíritu y verdad. Pidámosle que aprendamos de su presencia eucarística a ser humildes, a dar nuestro amor hasta el extremo y hacerlo desde lo oculto, que podamos permanecer así en su amor siendo uno con Dios y con el hermano. Pidamos, en fin, por todos los sacerdotes, por su santidad, para que todos los hombres encuentren a Cristo, el Salvador.


 
V Domingo de Cuaresma Año A

     Queridos hermanos, en este quinto domingo cuaresmal vengo a hablaros de la Eucaristía. Nada más litúrgico que hablar de la Eucaristía en una celebración eucarística. ¿Verdad? Pero, más precisamente a hablaros de la adoración a la Eucaristía y de una adoración muy especial: la adoración perpetua.
     Por dónde empezar sino del mismo Evangelio que acaba de ser proclamado. El Señor le dice a Marta: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?”.
     Fijémonos bien, Jesús le dice: “Yo soy la resurrección y la vida”. Es el mismo Jesús que en Cafarnaún, en la sinagoga, había dicho:

“Yo soy el pan vivo, bajado del cielo,
si uno come de este pan vivirá para siempre.
Y el pan que yo le voy a dar, es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6:51).
“El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna,
y yo lo resucitaré el último día.
Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida” (Jn 6:54-55).

     Jesús habla de un modo enigmático o bien está diciendo algo tremendo: ¡comer su carne, beber su sangre! Tan tremendo que sus interlocutores se escandalizan o dicen que es un lenguaje muy duro, muy difícil de entender, y –relata el evangelista- desde ese momento muchos de sus discípulos lo abandonaron.
     Nosotros ahora lo entendemos. Él estaba anticipando el Jueves Santo, su Última Cena. Allí develaría el misterio… con un nuevo misterio. Develaría el misterio de sus palabras, que resultaban incomprensibles o inaceptables, con el misterio sublime de la fe que es el don de sí mismo. El don de sí mismo en la cruz representado sacramentalmente. Jesús anticipa en la noche del Jueves el sacrificio del Viernes. Jesús ya se da a los suyos.
     Este don es el tesoro de la Iglesia, el mayor bien espiritual que pueda tener o aspirar, porque es Jesucristo en Persona.
     Aquella noche, la noche en que fue entregado, dijo a sus discípulos: “Tomad y comed todos de él, esto es mi cuerpo… Tomad y bebed todos de él, éste es el cáliz de mi sangre…”.
     Esto es lo que hacemos en nuestra comunión sacramental: comemos su carne. Comemos su carne y él, de acuerdo a su promesa, nos da vida, vida eterna y la certeza que habremos de resucitar.
     “¿Crees esto?”, nos pregunta el Señor como a la hermana de Lázaro. ¿Creemos esto? Esto es la fe de la Iglesia, es la certeza de la verdad porque Jesucristo, nuestro Señor, lo ha dicho y en él no hay mentira.
     En cada comunión sacramental, queridos hermanos, nos unimos a Cristo que es la Resurrección y la Vida.
     Y en cada adoración prolongamos ese encuentro y recibimos vida en abundancia y resucitamos de nuestras muertes. De las muertes del alma que son los fracasos no superados, los dolores profundos y las angustias más hondas y persistentes, las depresiones y tristezas, las soledades infinitas, las situaciones imposibles. De todas las muertes nos resucita el Señor de la Vida y, por supuesto, nos ha de resucitar de la muerte corporal cuando nos dé un cuerpo glorioso que ya no morirá jamás.

     Un obispo, alabando las maravillas de la adoración perpetua, contaba que una señora, que acaba de enterrar a su hijo de 26 años, lo primero que hizo al salir del cementerio fue ir corriendo a la capilla para recibir consolación del Señor allí expuesto.
     La adoración perpetua es la permanencia del encuentro en la que los adoradores, verdadera fraternidad eucarística, que se turnan hora a hora, hacen que la iglesia esté siempre abierta y el Señor sea siempre adorado. En estas dos cosas se encierra la inefable bondad de la adoración eucarística perpetua: permitir que haya una iglesia abierta día y noche, las 24 horas del día y los 365 días del año… ¡siempre! para que quienquiera que sea a la hora que sea pueda encontrarse con el Señor, con Aquél que es la Resurrección y la Vida, y al mismo tiempo se pueda elevar la adoración incesante, como incienso que sube al cielo, a nuestro Dios y Señor uniendo así la tierra con el cielo, donde –lo dice el libro del Apocalipsis- al que está en el Trono y al Cordero se lo alaba, adora, rinde honor y gloria, día y noche, es decir, sin cesar. Esto es la adoración perpetua.

     Para concluir os relataré un testimonio que fue dado por un padre franciscano cuando estaba yo en Italia predicando la adoración perpetua. Él contó que donde vive hay una capilla que está abierta día y noche. También por su pueblo, una persona había salido de su casa, hacia la medianoche, con la intención de acabar, esa misma noche, con su vida. Caminando, alejándose de su casa, dio con la capilla. Seguramente vio la luz en medio de la noche y se sintió atraída hacia ella. Entró y se quedó hasta las cuatro de la madrugada. Hoy puede dar su testimonio. Buscaba un lugar para su muerte y encontró a la Persona de Aquél que no deja de repetirnos “Yo soy la Resurrección y la Vida”. El que iba a ser un suicida hoy es un testigo de la Resurrección de Cristo. Eso hace la adoración perpetua. ¡Alabado sea Jesucristo!


 
IV Domingo de Cuaresma Año A
"Creo, Señor” y se postró en adoración ante Él

     Hemos escuchado el Evangelio de san Juan que acaba de ser proclamado.
     Dice la Escritura que el ciego de nacimiento, al ver a Jesús y reconocerlo como Señor y Mesías, cayó postrado en adoración.
     Jesús le pregunta si cree en el Hijo del hombre. El Hijo del hombre es título mesiánico. El ciego sabe de qué se trata. Le estaba preguntando si creía en el Mesías, en el Salvador que tenía que venir y que todos los judíos estaban ansiosamente esperando. “Quién es, para que crea en él?”, le responde preguntando. Y Jesús le dice “soy yo”. Entonces, relata el evangelista, dijo el ciego: ‘"Creo, Señor” y se postró ante él’.
     Al acto de fe siguió la adoración.
     ¿Qué nos dice esto a nosotros ahora?
     Nos dice que al recibir la luz de la gracia de la fe, todo cristiano debe postrarse en adoración ante Cristo, porque Él es Dios. El cristiano es aquel que reconoce en Jesús al Cristo, o sea al Mesías, como Hijo de Dios, o sea de la misma naturaleza divina que el Padre y el Espíritu Santo.
     Pero, los católicos gozamos de un privilegio mayor que cualquier otro cristiano -compartido sólo con los hermanos ortodoxos- y es la Eucaristía. La Eucaristía es el tesoro de la Iglesia, la que hace a la Iglesia. La Eucaristía es el don de Jesucristo de sí mismo. El don inefable -porque no hay palabras ni adjetivos que puedan abarcar este misterio infinito- que el Señor nos legó, junto al sacerdocio, en la Última Cena. La Eucaristía es Él mismo. Jesús dijo “Esto es mi cuerpo”, “éste es el cáliz de mi sangre”, y luego nos mandó a los sacerdotes “haced esto en conmemoración mía”. Que es lo que repetimos, actualizando el misterio, en cada Misa. El único sacrificio de Cristo se actualiza en cada celebración eucarística.
     Por eso, todo católico debe adorar el Santísimo Sacramento, porque Jesucristo está presente –como enseña el Concilio de Trento- verdadera, real y substancialmente presente.
     ¡Esta es la fe de la Iglesia!

     Cuando decimos Eucaristía, la asociamos a la celebración del sacrificio eucarístico que le da origen. Y así debe ser. Pero, pocas veces se cae en la cuenta que a la Eucaristía se le debe el culto de adoración. La adoración no es –como lo ha recordado el Santo Padre- un lujo sino una prioridad. No es, lo que hoy se llama, un opcional. No es facultativo adorar, es un deber. Está inscrita en nuestros genes de cristianos la adoración. Adorar es la expresión, la reacción de culto connatural al hombre cuando se encuentra ante Dios. Debemos adorar a Dios, debemos adorarlo en el Santísimo Sacramento.

     Comunión y adoración van juntas. Quien comulga debe adorar, porque como nos lo recuerda el Santo Padre Benedicto XVI en Sacramentum Caritatis, citando a san Agustín, que “nadie come de esta carne sin antes adorarla [...], pecaríamos si no la adoráramos” (SC n.66). Sí, el que comulga adora y quien adora entra en comunión con el Señor.
     El Hijo de Dios en la Eucaristía viene al encuentro de nosotros y por la adoración prolongamos ese encuentro. Como también nos recuerda el Santo Padre en el mismo documento: “la adoración eucarística no es sino la continuación obvia de la celebración eucarística, la cual es en sí misma el acto más grande de adoración de la Iglesia”.

     Podemos decir que quien no ha llegado adorar al Señor permanece ciego ante su presencia eucarística, porque si bien la Eucaristía es en sí un velo a la presencia del Señor, por la fe somos iluminados para poder reconocerlo en ese misterio. Quien aún no adora debe pedir la luz de la fe, de la cual carece, para poder encontrarse con Jesús y contemplar su rostro. Es decir, para descubrir la belleza y la riqueza de esa intimidad que supone la adoración.

     Cuentan que el santo Cura de Ars, san Juan María Vianney, viendo un hombre que se pasaba horas inmóvil y con la vista fija hacia el Santísimo le preguntó qué era lo que hacía, a lo que aquel le respondió: “Yo lo miro y Él me mira”. Aquel que permanece en adoración cruza, por así decirlo, su mirada con Quien nos mira y bendice. Contempla y es contemplado.
     Desde su Morada eucarística no sólo nos mira el Señor sino que también nos llama, nos invita a acercarnos. “Venid a Mí...”. A acercarnos para darnos amistad y para colmarnos de bienes espirituales. Desde la Eucaristía Él irradia sus gracias sobre todos los que se acercan a adorarlo.

     Queridos hermanos y hermanas, he venido a hablaros de adoración y de adoración perpetua.
     Sabed, y habla ahora la experiencia, que una capilla donde el Señor es adorado día y noche, y todos los días del año, una capilla de adoración perpetua, es poderoso centro de irradiación de bendiciones y gracias. Un centro de irradiación muchísimo más potente en construirnos y protegernos que la mayor fisión nuclear liberada en destruir.
     Jesucristo extiende sus bendiciones, sus gracias, su protección, ante todo, a los que tienen su Hora Santa con Él. A quienes hacen posible con su respuesta que la capilla esté abierta, porque no podemos exponer el Santísimo a menos que estemos seguros que haya una persona adorándolo y esa persona es el custodio de la Eucaristía. Pues, estos hermanos que acogen la invitación a adorar una hora semanal serán desde ahora bendecidos porque han abierto su corazón a la gracia.
     Pero, el amor de Dios no tiene límites y, por eso, a través de vosotros que habéis dado vuestro sí al Señor y por vosotros, muchos otros –y entre estos personas alejadas de Dios- recibirán también bendiciones.
     A los ciegos a la fe, ciegos porque han nacido así en un medio sin Dios, o que se fueron encegueciendo en el camino, el Señor les trae la luz de la vida y los rescata de las tinieblas de muerte.
     Y no sólo ilumina a todo aquel que se acerca a Él sino que los vuelve luz para los demás. Como le decía san Pablo a los efesios: “En otros tiempos erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor”.

     Santo Tomás de Aquino decía “contemplata aliis tradere”, que significa llevar lo contemplado a los otros, es decir, contemplar y dar de lo contemplado. Yo no puedo dar nada que antes no haya recibido de Dios y de Dios recibo cuando lo contemplo en adoración.

     El ciego creyó en Jesús, lo reconoció en la fe como el Salvador y se postró ante Él. Nosotros lo adoramos y adorándolo damos testimonio de nuestra fe en su presencia eucarística y en su divinidad, y ofrecemos al mundo testimonio de nuestro amor y reconocimiento, de nuestra certeza que sólo Él puede hacer nuevas todas las cosas.
     El gesto que cumplió con aquel ciego de nacimiento no fue antojadizo. Así como el Padre formó al hombre del polvo del suelo (Cf Gen 2:7) y le insufló su Espíritu, el Hijo untándole al ciego el barro hecho de la tierra y de su saliva y enviándolo luego a lavarse con el agua de la piscina del Enviado, alusión a la purificación que viene de la persona de Cristo, está indicando una nueva creación. Le da ojos nuevos para que vea al Salvador de los hombres y crea en Él y lo adore por reconocerlo Dios. Sí, queridos hermanos, Él hace nuevas todas las cosas, Él tiene el poder de recrearnos y esto lo experimentamos cuando nos volvemos adoradores y cuando por nuestra adoración Jesucristo da la respuesta que buscamos a los problemas que nos agobian como humanidad, la respuesta que sólo Él puede dar.

     Quiero concluir apelando a vuestra generosidad para que os apuntéis en las horas más difíciles: las que van desde la medianoche a las 6 de la mañana. Pensad que la noche es muy particular y parecería que guarda un secreto en la historia de la salvación. Grandes acontecimientos ocurrieron durante la noche. Los hebreos huyeron de Egipto durante la noche… Jacob luchó con Dios una noche y se volvió Israel… Dios llamó a su profeta Samuel una noche… Los ángeles anunciaron a los pastores el nacimiento de Jesús una noche y ellos fueron y lo adoraron… Jesús nació en Belén durante la noche… Los Magos venidos de Oriente fueron guiados por una estrella, una noche… Jesús comió su Última Cena, regalándonos el inefable don de sí mismo y del sacerdocio, durante una noche... y fue aquella misma noche cuando comenzó su Pasión en el Getsemaní, y… finalmente, resucitó en la noche… entre el sábado y el domingo.

     Sabed que todas las horas son agradables para el Señor, pero quien pueda escoger una de esas horas que van de la medianoche a la madrugada estará, de algún modo, retribuyendo amor con amor con su sacrificio. Porque el sacrificio es el lenguaje del amor.
     Gracias, que el Señor os bendiga!


 

III Domingo de Cuaresma Año A
“Si tú conocieras el don de Dios”


     El relato evangélico del encuentro entre Jesús y la samaritana es muy rico y de él mucho se puede decir. Sin embargo, hoy quiero concentrarme fijando la atención sólo en algunos particulares.
     Lo primero es en la figura del Señor, caminante cansado del camino, que ahora encontramos sentado, junto al pozo, en Sicar. Y Jesús pide. Jesús tiene sed y necesita saciar su sed. Y Jesús pide, le pide a una mujer de beber. Vemos a Jesús como si fuera un mendicante al costado del camino, ¡Él que es rico!
     “Dame de beber”, le dice a aquella mujer que ha ido a buscar agua a esa hora. “Dame de beber”.
     Esto es el inicio de un diálogo. Debemos saber que todo diálogo con el Señor se puede convertir en diálogo de salvación porque hace descubrir al interlocutor quién es Jesús.
     De inmediato se ve que el que pide es quien ha venido para dar. Es así, Jesús primero pide, solicita algo de nosotros y lo hace para darnos algo mucho más grande, infinitamente mayor.
     Ante el estupor de la mujer, que un hombre judío se dirija a un samaritano y encima que sea mujer, Jesús responde a ese reto con palabras más desconcertantes: “si conocieras el don de Dios y quien es el que te pide…”. Está como queriendo decir: “El que te pide es el que te dará en sobreabundancia. Si supieras, mujer, quien es el que te pide tú misma correrías ya no a darle sino a pedirle”.
     Este mismo hombre que ella tiene delante aquel mediodía y le dice “Dame de beber”, a esa misma hora de otro día, el día de su Pasión, dirá: “Tengo sed”. “Sed de ti, de tu salvación, sed de salvar a todas las almas”.

     “Tengo sed” son dos palabras que proferidas de la boca del Cristo exangüe penetran profundamente en el alma de quien las evoca.
     La Beata Madre Teresa hizo poner en todas las casas de las Misioneras de la Caridad, junto al sagrario, esas mismas palabras: “tengo sed”. Lo hizo seguramente para apagar la sed del Crucificado en el Calvario a través de la caridad hacia todos los más pobres y miserables en los que está Cristo, pero también lo hizo para responder al anhelo del Sagrado Corazón, cuando el Señor le dijo a santa Margarita María Alacoque: “Tengo sed, una sed tan ardiente de ser amado por los hombres en el Santísimo Sacramento que esta sed me consume”.
     El Santo Padre Benedicto XVI escribió que el costado traspasado de Jesús en la cruz es el manantial al que hay que recurrir para experimentar más a fondo el amor del Señor y ese conocimiento de su amor se da ante la actitud humilde del corazón de quien adora silenciosamente.
     Éste es el don de Dios: la adoración y la adoración perpetua. Éste es el modo de apagar la sed de nuestro Señor: adorándolo y adorándolo sin interrupción, día y noche.

     Como a la samaritana, es Jesús quien ahora a ti te invita, quien te pide que pases una hora con él.
     “¿Conque no habéis podido velar una hora conmigo?” (Cfr Mt 26:40), son las palabras de la agonía del Getsemaní, palabras de infinita tristeza, queja amarga que resuena en todos los tiempos. Una hora, te pide. Tan solo una hora.
     Fíjate que te pide para darte, como lo hizo con aquella mujer de Sicar. Te pide una hora para colmarte, no sólo esa hora a la que le dará un nuevo valor y la multiplicará en gracias, sino para colmar tu vida. Quien quiere apagar su sed es quien ha de saciarte y volver plena tu vida.
     “Si tú conocieras el don de Dios!”.
     El don es el de adorarlo, de darle una hora santa de adoración y ofreciéndola recibir tanto!
     Es que ha llegado la hora, y es ésta, de los que adoran a Dios en espíritu y verdad.
     Quien adora al Santísimo Sacramento adora a Dios en espíritu y verdad. Porque por y en el Espíritu adoramos a Dios, en Jesucristo -que es Dios y uno con el Padre y el Espíritu Santo- y que está verdaderamente presente en el Santísimo Sacramento.
     Cuando adoramos a Jesús Eucaristía nos hacemos testigos de su Presencia divina y, como la samaritana, otros creen por el testimonio que damos de nuestra experiencia de fe y de nuestro amor. Otros no sólo creen sino que pueden acercarse a Él porque con nuestra presencia continua permitimos que las puertas de la iglesia estén abiertas día y noche. Queridos hermanos, pensad ¡cuántos alejados de Dios se acercarán atraídos por esas puertas abiertas, signo de los brazos abiertos de nuestro Señor, que acoge a quien está herido por la vida, quien está solo y desesperado y quien lo busca con corazón sincero!
     Y tú, no sólo te estás regalando esa hora con tu Señor sino que haces posible que otros alcancen al Redentor y hagan experiencia de su misericordia y encuentren la salvación, porque habrán encontrado al Salvador.
     “Si tú conocieras el don de Dios!”.
     Esto, queridos amigos, no es teoría, no son conjeturas sino realidad. Muchísimos son los testimonios de conversiones, de verdaderos milagros espirituales.
     Estando en Italia otro sacerdote dio un testimonio: donde él vive hay una iglesia que está abierta día y noche. Una persona que había decidido acabar con su vida salió de su casa, hacia la medianoche, buscando dónde suicidarse y pasando cerca de la iglesia se sintió como atraída. Entró y se quedó hasta las cuatro de la madrugada. Esa persona buscaba el lugar para su muerte y encontró en aquella iglesia a Aquél que dice: “Yo soy la Vida”. Esa persona hoy da su testimonio.
     Hace no mucho un arzobispo me contaba que un médico que él conoce y que se decía agnóstico, digamos ateo, se sintió interpelado por la capilla de adoración perpetua. Se decía: “¿Qué habrá en esa capilla que siempre va la gente y está abierta de día y de noche?” Pues, fue. Y le contaba al arzobispo que desde aquella primera vez no dejó de ir y que todas las mañanas se levanta media hora antes para visitar al Santísimo.
     “Si tú conocieras el don de Dios!”.

     La samaritana se preguntaba cómo podría darle el Señor a ella de beber si no estaba provisto de cubo y el pozo era hondo. También tú te puedes preguntar cómo puede ser que estando allí una hora ante el Santísimo puedan pasar grandes cosas, a nosotros y a otros.
     Queridos hermanos, Él todo lo puede desde esa apariencia frágil, silenciosa, en el pan consagrado. Jesús llega a la mayor profundidad del pozo de nuestra alma para extraer el mal y para con su gracia transformar nuestra aridez en vida.

     Queridos hermanos, los invitamos a participar de la adoración perpetua, a experimentar el don de Dios, a dar testimonio de la presencia real, verdadera, del Señor en la Eucaristía.

     Cuando hacemos experiencia del Señor en adoración ya no nos preguntamos como lo hacía Israel (primera lectura del Éxodo) si “el Señor está o no con nosotros”, porque sabemos que Él es el Emmanuel, el que está con nosotros siempre, porque ha venido por nosotros. Amén.


 

II Domingo de Cuaresma Año A

     El Padre revela quién es el Hijo: “Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto”. Son las mismas palabras que el Padre había pronunciado en el Bautismo de Jesús en el Jordán. Pero, ahora agrega: “¡Escuchadlo!”. Escuchadlo porque Él es la Palabra, mi Palabra, la Única Palabra que he pronunciado desde la eternidad, antes que el mundo fuera.
     “Escuchadlo” es el mandato de aquel día para siempre.
     Hoy, el Padre por el Espíritu Santo, nos revela que su Hijo, como Él mismo lo dijo, está presente en el Santísimo Sacramento, y nos dice: “¡Adoradlo!”.
     “Adoradlo en el Santísimo Sacramento, porque adorándolo estáis también escuchándolo a Él, que es la Palabra.”
     El Padre busca esos adoradores en espíritu y verdad.
     “Adorad a quien he dicho de escuchar, porque Él es mi Hijo, el Unigénito, Él es Dios”.
     Adoremos la Palabra hecha carne, hecha pan, que sana, que salva.
     Adoremos a Cristo, al Cordero, como es adorado en el cielo, día y noche, adorémoslo así en la tierra, sin interrupción. Esa es la voluntad del Padre.

     Como dice san Pablo en 2 Tim (que acabamos de escuchar): “Dios dispuso darnos su gracia”. ¿Cuál es su gracia? La Eucaristía, el don de sí mismo en Cristo Jesús es la gracia. Pero, hay una gracia para la ciudad hoy, significativa, sobreabundante: la Adoración Eucarística Perpetua. Él nos invita a recibir el don de la Adoración Eucarística Perpetua.
     Éste es el don para vosotros: La capilla de adoración perpetua en la ciudad. La capilla siempre abierta, donde Jesucristo sea adorado día y noche y desde donde derrame sus gracias sobre todos.

     “Sal de la tierra”, le dijo Dios a Abrán. “Sal de tu aletargamiento, de tu falsa comodidad, de tu sopor espiritual y ven que tengo algo maravilloso preparado para ti”.
     Como Abrán estamos llamados a responder, a obedecer en la fe.
     “Venid a Mí”, nos dice a nosotros el Señor. “Venid a Mí” es la invitación a salir de uno mismo, del propio egoísmo, de la propia soledad para ir hacia el Señor.
     Decía Juan Pablo II que esas dulces palabras, “Venid a Mí”, reciben plena confirmación delante del Santísimo Sacramento.
     Es Jesús que desde su Morada Eucarística nos llama, nos invita a acercarnos para restaurarnos, para aliviarnos de nuestros pesos, de las cargas de la vida. No temamos. Si Él nos llama es para darnos gracias y bendiciones y no para quitarnos nada bello ni bueno.
     Nos está llamando a acercarnos, al encuentro personal, a hacer experiencia de Él.
     Es éste el llamado a participar de la Adoración Perpetua.

     La Adoración Perpetua es una experiencia transformante porque a todos transforma.
     Por la Adoración Perpetua somos nosotros transfigurados, iluminados, nuestra alma se vuelve radiante.
     Entonces, somos nosotros, no Pedro, quien le decimos a Jesucristo: “¡Señor, qué bien se está aquí!”.
     Porque el Señor, por la Adoración Perpetua, planta su tienda entre nosotros.
     La Capilla de la Adoración Perpetua es don de Dios. “¡Si tú conocieses el don de Dios!”, le dijo el Señor a la samaritana y nos lo dice a nosotros cuando dudamos de este don magnífico, único.
     La Adoración Perpetua es fuente de agua viva que apaga la sed de la vida.
     En cada Capilla que se abre a la Adoración Perpetua la Iglesia toda, clama “¡Ven, Señor Jesús!” Y Él viene y hace nueva todas las cosas.


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Domingo II Año A

 

     “He ahí el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, son las palabras del Bautista cuando ve a Jesús venir hacia él. Parecería que la palabra original –talyá- signifique tanto “cordero” como “siervo”. En este pasaje famoso fue traducido como “cordero”.

     “Cordero” haría referencia al cordero pascual, cuya sangre se esparcía sobre las jambas de las puertas de las casas de los hebreos el día de la liberación.

     Por otra parte, según el evangelista san Juan, Jesús murió a la misma hora, el mismo día, que se inmolaban los corderos pascuales en el templo.

     Entonces, la alusión al cordero del sacrificio pascual es pertinente porque por el sacrificio de Jesús en la cruz viene la liberación, nuestra salvación.

     La muerte de Jesús, la cruz ensangrentada, es liberadora para el pueblo de Dios.

     El cordero es figura del Mesías, como lo es el siervo de Yahvé, porque el cordero es el animal que no hace ningún mal a nadie –por ello totalmente inocente- pero sobre quien se descarga el mal. Tal el rito de expiación.

     El deutero o segundo Isaías, presenta al siervo de Yahvé, el siervo sufriente, como “cordero conducido al matadero, como oveja muda frente a sus esquiladores”.

     La primera lectura – del profeta Isaías (el segundo)- hace, precisamente, referencia al siervo de Yahvé, aquel siervo que no sólo restaura Israel sino que es también luz de las naciones, o sea de los pueblos que no son Israel, los gentiles. Ese siervo ha de ser el que llevará la salvación a toda la humanidad.

     Desde el tiempo de los primeros cristianos, la Iglesia ha reconocido siempre a Jesús en el siervo de Yahvé, como el liberador y salvador de todos los hombres. Es él que quita el pecado del mundo.

El primer pecado es el de no reconocer a Jesús como el enviado, el ungido de Dios.

     La Iglesia la constituyen todos los llamados a ser santos –dice san Pablo en la primera carta a los corintios- todos los que invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo como salvador, como el Mesías.

 

     En el Evangelio hodierno, el Bautista da testimonio de Jesús como aquel que es “ungido” por el Espíritu Santo, aquel que es el Hijo de Dios, su enviado, su Mesías.

     Vemos aquí la importancia del testimonio. Uno llega a Jesús porque otro lo ha encontrado, lo ha visto, lo ha reconocido, ha visto quién es Jesús y ha cambiado su vida. Ha visto la luz en él.

     Cristo –como hemos rezado en la oración colecta- es el cordero pascual y la luz de las naciones.

     Jesucristo nos enseña cuál es el camino de la salvación, o más bien él mismo es el Camino, el Camino para llegar a Dios, a la verdadera vida.

     Nosotros hablamos de salvación y sabemos que la salvación es una persona: Jesucristo, el Salvador.

     Hoy, el hombre, sin embargo, parece que no tiene necesidad de salvación fuera de sí mismo. Dios no es más el salvador. Ha habido un gran cambio espiritual, una caída abismal del espíritu, en la que no hay lugar ya para la trascendencia. Todo se juega aquí, en la tierra. Aquí se planta la única morada. El hombre pretende construir su propia salvación. Obviamente, es una salvación puramente física, de índole material. La fe sobrenatural es reemplazada por la fe humana y es así que se cree en la ciencia y en las tecnologías. Pero, hemos visto que la ciencia y las tecnologías, por cuanto puedan ser grandes e importantes, han traído junto al progreso grandes males. Han resuelto muchos problemas pero han creado otros. Han ayudado a la vida y han producido muerte. Pensemos tan sólo a las devastaciones tremendas producidas por las bombas atómicas y al peligro inminente de artefactos nucleares que han llegado a nuevos países que amenazan guerra y de los cuales no hay control confiable. La ciencia no es ni siquiera todo el saber o algo capaz de guiarse por sí misma. No puede la ciencia darse reglas morales a sí misma. No es la última ratio. No puede decidir qué está bien hacer y qué no. Puede abatir fronteras del conocimiento práctico pero no debe ultrapasar los límites de la moral. Y esto lo vemos particularmente en el campo de la genética. Como opinaba Immanuel Kant, la moral sin Dios cae en el vacío. La moral necesita de una instancia superior, del Legislador que pone límites y luz sobre el bien y el mal.

     Ahora mismo se acaba de aprobar en Inglaterra el poder “crear” lo que llaman “quimeras”, o sea embriones híbridos de animales y hombres. Híbridos de animales y hombres, es decir ¡monstruos! Y lo harán, dicen, con fines terapéuticos. Allí dan la razón de bien. Pero, no se puede  llegar a esa monstruosidad porque dónde está la dignidad del hombre, de esas personas. Cuando no está Dios no hay hombre, no hay humanidad. Seguramente, se preguntarán cuando un embrión es humano, será la próxima pregunta, el próximo sofisma para justificar esas aberraciones.

     Pensemos también a los desequilibrios ecológicos fruto del progreso industrial y a las contaminaciones que acarrea el progreso tecnológico.

     La salvación no puede venir y, en efecto, no viene del hombre, de su ciencia y tecnología.

     La salvación no incumbe solamente a la resolución de problemáticas materiales sino al espíritu, a la razón de la misma vida. La salvación es salvación del mal que es el pecado en mí y en los otros, del mal que viene de los espíritus de las tinieblas, del mal de la muerte.

     El pecado no sólo nos aleja de Dios sino que nos aleja de nosotros mismos, del diseño de Dios sobre nosotros. El pecado es el verdadero fracaso. “La única tragedia del hombre es no ser santo”.

     Entonces, ¿qué debemos hacer nosotros? ¿Qué nos ha de salvar? La fe. ¿Quién? Jesucristo. Debemos creer en Jesucristo, creer que es el único salvador. Que no ha sido dado a los hombres ningún otro nombre por el que podemos ser salvados. Debemos creer en su presencia en la Iglesia, en su presencia eucarística. Cuando el sacerdote muestra las especies consagradas y repite las palabras del Bautista: “éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, es a la Persona de Jesús, allí presente, que está mostrando. Jesús presente y oculto en la Eucaristía.

     Si la salvación no se pone como cuestión necesaria y urgente es porque ha caído la noción de pecado.

     Debemos invocar al Espíritu Santo porque es la luz de nuestra alma que nos convence de pecado. Con su luz nos reconocemos pecadores, necesitados de salvación. Entonces, invocaremos a Jesús como nuestro Salvador. Lo reconoceremos como nuestro Salvador y nos aferraremos a él.

     Caminando hacia Jesucristo nuestra vida será una vida buena, una vida santa que se mostrará en la paz y en la alegría del corazón.

     Hoy hay mucha depresión en las personas – parece el mal de esta época- y esto no es porque sí, es porque grande es hoy el pecado en el mundo. A veces se trata del pecado en las mismas personas, es cuando son víctimas de sí mismas, otras muchas veces la depresión es producto del pecado que las rodea: el pecado de vivir sin Dios y de no reconocer a Jesucristo como el Salvador.

     Para todos la Buena Nueva es: tenemos un Salvador que nos rescata de todo mal y se llama Jesucristo, el Mesías, el Señor.   

     ¡Alabado sea Jesucristo!


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Domingo I de Adviento Año A

     En el Evangelio de la liturgia correspondiente a este año, el Señor advierte acerca de un tiempo futuro y remoto para sus interlocutores: el de su venida en gloria. Advierte que vendrá cuando menos se lo piense, cuando casi ninguno lo espere. Será, dice, como en el tiempo de Noé. Cada uno estaba metido en sus cosas, totalmente despreocupados, pero llegó el día y el diluvio se los tragó. Por ello, amonesta: “Vigilad... Estad preparados”.

     Debemos ya advertir que para los cristianos, desde hace dos mil años, hay dos cosas que van juntas: la promesa de Cristo de su venida en la gloria, el día del Hijo del hombre, y la espera de su venida, que llamamos Parusía, es decir “presencia” y que en cada Misa y en cada Padrenuestro pedimos que se haga (...en la espera de su venida... Ven Señor  Jesús! Maranathá!... Venga tu Reino).

     En rigor de verdad, pedimos que venga Aquél que ya está con nosotros, sobre todo, en su presencia eucarística. Ciertamente, que esta gloria de Dios no la vemos en la Sagrada Forma, ni siquiera podemos ver su humanidad como la veían sus contemporáneos. Sabemos sí que Él vendrá, que habrá un encuentro al fin de los tiempos o mejor dicho al fin del mundo, sea el fin de este mundo o sea el fin del mundo para nosotros, es decir el día de nuestra muerte. Pero, sabemos también algo más, y esto es muy importante: debemos estar preparados para ese encuentro de ese día.

     La vida pasa y la rutina nos toma la vida. Nos roba lo esencial para terminar todo en banalidad. Se vive como si Dios no existiese, como si Jesús no hubiera jamás nacido: sin revelación, sin misterio. No se puede vivir sin misterio, no es posible vivir sin Dios porque eso no es vida.

     Son esos los días de Noé que transcurren en este mundo sin dejar traza alguna, sin ninguna impronta de eternidad. Nadie parece darse cuenta, o son muy pocos, que la vida no está aquí, en lo cotidiano, sino en otra parte. Que la verdadera realidad nos espera, y aquella es la realidad que sostiene esta nuestra pobre cotidianeidad.  

     Cuando nos detenemos a contemplar a Dios; cuando nos paramos a escuchar la Palabra, a Él y dejarnos interpelar; cuando hacemos una parada en el camino de cada día para recordar lo que el Señor nos ha revelado, entonces ese instante, ese tiempo se abre a lo eterno y las cosas de aquí reciben una nueva valoración.

 

     He leído que el nuevo beato Rosmini había dejado, como testamento espiritual, tres palabras: callar, adorar y gozar. Callar para darle espacio al silencio y permitir la escucha de la Palabra, por amor de la Palabra. Adorar, para abrir una brecha en el cotidiano y penetrar el cielo. Gozar, porque el Evangelio es la Buena Noticia, porque adorando a Dios se encuentra la paz y la alegría que el mundo jamás podrá darnos.

 

     “Dos hombres estarán en el campo, uno será llevado y el otro dejado...”. De nuestra elección de vida depende el ser llevado, elegido, o dejado. Debemos estar listos para el encuentro. Debemos, cada día, caminar hacia Aquél que viene, que viene a salvar nuestra vida. Nuestra mirada debe estar dirigida hacia lo alto, hacia Dios.

     ¿Estamos preparados? ¿Cómo nos preparamos?

     Con la oración y con las buenas obras. El Señor nos exhorta a tener las lámparas encendidas. Como la lámpara que arde, día y noche, frente al sagrario para indicar que allí está el Santísimo. La lámpara que indica la presencia de Aquél que deberá venir en la gloria. Siempre encendida, siempre quemando. También nosotros, como la lámpara, debemos arder de amor por Dios, debemos dar testimonio de su presencia entre nosotros, debemos ser testigos de nuestro amor y de nuestra fe hacia Él. Día y noche... Y esto se llama, justamente, adoración perpetua. La lámpara siempre encendida: la adoración que no termina, que se desarrolla día y noche. Adoradores que elevan sus oraciones sin parar. La puerta abierta al cielo que nunca se cierra. Siempre abierta, para que quienquiera que sea pueda tener ese encuentro con el Señor a cualquier hora del día o de la noche. Ese encuentro que sana, que trae la paz, la alegría. Ese encuentro que salva. A cualquier hora, este oasis de paz, este refugio para todos, permanece abierto. Ese es el lugar sagrado: la capilla de adoración perpetua, donde se adora al Santo y donde se aprende que para adorar el Santo es necesario también volverse santo. Donde los corazones, las intenciones, las miradas, los pensamientos, se purifican. Donde el tiempo transcurrido tiene un nuevo valor que no se mide en minutos sino en eternidad, porque tú das una hora de tu tiempo y el Señor te da múltiples gracias, te protege, te bendice, te abraza y te lleva a su intimidad.

     Tú, querido hermano, querida hermana, estás llamado a ser adorador, adoradora. Todos deben llegar a la adoración. No se puede ser verdadero cristiano si no se adora Cristo, que es Dios, en su presencia eucarística.

     Por un instante probad a imaginar qué significa una capilla de adoración perpetua: la puerta de la Iglesia siempre abierta. Pensad en aquellas personas que están allí, en la capilla, en el silencio, fuera de la carrera frenética de la jornada, meditando el misterio, dialogando con el Señor, intercediendo, reparando por todas las ofensas cometidas contra Dios, contra la Virgen y los santos. Imaginad que por estas personas que han dicho que sí, que han aceptado la invitación y han tomado una hora semanal hay otros que pueden acercarse a Dios, personas que quizás estaban muy alejadas. Esos adoradores no dan sólo testimonio de fe y de amor hacia Dios sino también testimonio de amor hacia los otros, permitiendo que éstos puedan encontrar al Señor, a la salvación. Imaginad ahora la noche y las personas en adoración dentro de la capilla. Estos son los centinelas de la noche que harán que despunte el nuevo día. Están velando en espera de Cristo, que traerá consigo el nuevo día sin ocaso. Un nuevo cielo y una nueva tierra.

     No temáis, acoged este don y seréis muy bendecidos porque el Señor que esperas, que ha de venir, es el mismo que tú ya has encontrado.

¡Alabado sea Jesucristo!


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Presentación de la Beata Virgen María

21 Noviembre 2007

 

     La primera lectura de hoy, propuesta por el año litúrgico ordinario (miércoles de la XXXIII semana del T.O.) es la del primer libro de Macabeos, y nos ofrece la imagen de una madre, de siete hijos y de quien no se da el nombre, como “madre admirable y digna de gloriosa memoria”. Los rasgos con los que va delineando la narración a esta mujer la muestran como sumamente valiente. Dice de ella que es: “de femenina ternura y de coraje viril”. Y ante nosotros va apareciendo la imagen de una mujer de valentía sustentada por su gran fe y grandísima esperanza. A sus hijos, que van a la muerte porque no aceptan sacrificar a los ídolos y traicionar a su verdadero Dios, les dice: “Dios los ha creado, les ha dado espíritu y vida, ha tejido vuestros miembros... Él los restituirá en vuestra integridad”, es decir los ha de resucitar. Y muestra, esta mujer inconmovible, puesta ante la gran prueba de fe, que Dios es misericordioso, que Dios es justo, que Dios es el único creador que crea de la nada y por tanto Señor de la vida y de la muerte. Y así, con firme seguridad en Dios y soportando de ver a sus hijos morir, exclama: “Yo los volveré a tener, los volveré a ver”.

 

     ¿Cómo no ver en esta madre la prefiguración de María? ¿Quién podrá jamás disputarle valentía, ternura, dulzura, firmeza, amor, fe y esperanza?

     La Virgen es la criatura que mayor amor tiene a Dios y a los hombres, y que más ha glorificado a su Creador y Señor y lo glorifica. Ella, toda santa, es de gloriosa memoria, siempre invocada y alabada de generación en generación.

     Ella es la Madre del Autor de la Vida que enfrenta la muerte acompañando al Hijo al Calvario y quedándose al pie de la cruz, en oblación al Padre del sacrificio del Hijo y de sí misma, y por ello es a justo título Corredentora.

     Si siete significa plenitud, también esa otra mujer de Macabeos prefigura a la Virgen en la maternidad, porque en María reside la plenitud de la maternidad: Madre de Cristo y Madre de toda la humanidad. Humanidad que recibe y concibe en el dolor infinito de la cruz de su Hijo.

     La Virgen Santísima llena de fe y de esperanza espera y anticipa la Resurrección de Jesús.

     La Virgen es la llena de gracia desde su nacimiento y llena de méritos en su vida.

 

     En la vida de la Virgen hubo una grandiosa continuidad y preparación para su maternidad divina y su participación en la salvación. Inmaculada desde su concepción, inmaculada a través del recorrido de su vida en la tierra, se consagra a Dios (hoy lo recordamos en esta memoria de la Iglesia que para nosotros es fiesta). Esas son etapas del camino, de oración y penitencia, de ofrecimiento y desprendimiento que la conduce al momento de la Anunciación, al momento en el que, por su aceptación plena, Dios se encarna en Ella, y la pequeña María se vuelve Madre virginal de Dios.

     Pero, María no es sólo madre sino discípula de Cristo, su Hijo. Intercesora en Caná de Galilea y Corredentora en la Hora de la cruz.

 

     En el pasaje del Evangelio de este día, Jesús prosigue su camino, yendo delante de los demás, subiendo hacia Jerusalén. En el Evangelio Lucas pone de relieve la subida de Jesucristo a Jerusalén seguido de discípulos, apóstoles y mujeres. Hasta que llegue el momento de una última subida, la del Gólgota, donde casi todos desaparecerán. María, su Madre, permanecerá unida a Jesús y con Él ofreciendo su Corazón atravesado por la espada del dolor.

 

     Jesús resucitó. Jesús ascendió al Cielo y fue a prepararle a su Madre el lugar de mayor honor y gloria. El lugar que reclamaba para uno de sus hijos la esposa de Zebedeo: la derecha del Señor será para María. Ninguna criatura ni humana ni puramente espiritual puede estar más alto de Ella.  

     María, Madre gloriosa y Reina nuestra. Joven Mujer vestida de sol y coronada con doce estrellas, que aplastas la cabeza de la soberbia y antigua serpiente, que luchas por tus hijos y nos proteges. María de Nazaret, Madre nuestra, siempre virgen, templo del Señor, santuario del Espíritu, ¡seas por siempre amada y alabada!

P. Justo Antonio Lofeudo mss


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Domingo XXXIII Año C

 

     El futuro es, por definición, incierto. A pesar de ello, para nosotros creyentes existen ciertos puntos firmes, ciertas certezas que vienen de nuestra fe.

     Habrá un juicio universal, un día de Yahvé, un día del Hijo del hombre, Jesucristo, en cual Él vendrá al fin del mundo para juzgar a vivos y muertos y a recapitular todo en él.

     En aquel día, profetiza Malaquías, los impíos, los malvados, los soberbios que no han tenido misericordia, arderán como paja, y aquellos que han tenido temor de Dios, que han amado y adorado a Dios, que han sido misericordiosos y caritativos, en definitiva los justos, brillarán porque sus obras serán iluminadas por el fuego divino. El mismo fuego que a unos quemará a los otros los ha de iluminar.

     Cuándo llegará ese día para la humanidad, no lo sabemos.

     El hombre desde siempre se ha preguntado cuándo ocurrirá todo eso.

     Los mismos discípulos de Jesús le preguntaron al Señor: “Rabbí, ¿cuándo pasará todo esto? ¿Cuáles serán los signos?”. El Señor les da los signos, pero antes advierte que falsos mesías llegarán en su nombre. “No los escuchéis. No los sigáis”, les dice.

     También nosotros podemos hacer la misma pregunta: ¿Todo, o al menos el comienzo de todo esto que el Señor anunció, ha de ocurrir en nuestros días? Esta pregunta es lícita porque, en efecto, debemos preguntarnos si aquí no hay ya algunos de los signos que aparecen en el Nuevo Testamento. Justamente, cuando nadie quiere saber nada de estas cosas, cuando no se habla más desde el púlpito de ello, cuando estos pasajes del Evangelio resultan incómodos, es necesario hablar, con toda la prudencia del caso y sin alarmismos pero hablar, y sobre todo orar para que Dios nos muestre cuáles son los signos de esta época. Se debe hablar, repito, sin alarmismos y sin pretender dar fechas. Se debe hacerlo aún cuando exista el riesgo de que nos etiqueten como “profetas de infortunio”. Ahora, permítaseme un ex cursus: Cuando leemos la Sagrada Escritura se vuelve evidente que los falsos profetas eran aquellos que aseguraban que todo iba bien y se esmeraban por decir las cosas que la gente quería escuchar, mientras que los verdaderos profetas, como Isaías, como Jeremías y los otros, hablando en nombre de Dios, denunciaban la perversión del pueblo que abandonaba al verdadero Dios por los baales, los ídolos y se prostituía, y anunciaban calamidades si el pueblo no volvía a Dios, si no se convertía.

     Por ello, la pregunta es y permanece válida, y la respuesta vendrá de la oración que llama al Espíritu Santo para iluminarnos, para discernir.

     Debemos recordar que, como está escrito en el Catec¡smo (en el número 675) la Iglesia y el mundo deben pasar por una gran tribulación antes del regreso de Cristo en la gloria, de su parusía.

     Antes de esta segunda venida, el mundo será víctima de una gran impostura y se apostará de la verdad, y la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, atravesará por un momento de aparente derrota. Como su Señor, antes de la Resurrección, es decir de su victoria, será el Calvario.

 

     Entonces, no sabemos cuándo llegará aquel día del Señor, terrible y glorioso, pero sabemos que antes habrán tiempos de persecución y de gran prueba de nuestra fe. No sabemos cuándo será el último día para la humanidad y ni siquiera cuándo será el último de nuestra vida aquí en la tierra.  

     De todos modos, hay certezas: Primero, llegarán aquellos días y, segundo, debemos prepararnos. ¿Cómo? El Señor lo dice: debemos tener nuestras lámparas encendidas.  
     Ahora, querría compartir con ustedes algo bellísimo que me ha ocurrido durante la Misa para los niños. Cuando les pregunté cuáles eran esas lámparas encendidas de las que habla el Señor, saben qué respondieron: apuntaron el dedo a ¡la lámpara del sagrario! Debemos alabar a Dios porque, como dice la Escritura, el libro de la Sabiduría y el salmo 8: la sabiduría de Dios, podemos decir el Espíritu Santo, ha soltado las lenguas infantiles (cfr Sab 10:21).

     Sí, queridos amigos, debemos prepararnos con las lámparas encendidas de la oración, de la adoración a Jesús, a Dios, en la Eucaristía. Nuestra oración debe arder ante Dios como las lámparas arden ante el sagrario. Como las lámparas debemos ser nosotros testimonios de la presencia real y verdadera de Jesucristo en el Santísimo Sacramento.

     Sepan que yo estoy aquí entre ustedes para hablarles de esta lámpara: la adoración. De esta lámpara siempre encendida: la adoración perpetua.

     El hombre que se postra en adoración, queridos hermanos, es más grande y sabio y no tiene nada que temer. Ese hombre, esa mujer, se prepara para todo tiempo, aún para aquellos más difíciles que seguramente deberemos vivir. Él, ella, han encontrado refugio y encontrarán alivio y paz en momentos de desconsuelo, de desaliento, de tribulación porque ya han encontrado a Dios. Dios que sana y que salva.

     De la contemplación al Santísimo, nosotros como santa Teresa del Niño Jesús, podemos aprender a ser pequeños como la Hostia Sagrada y ocultarnos como se oculta Jesús en las especies consagradas. Aprendemos a ser humildes y a darnos a los otros, a volvernos nosotros también Eucaristía, pan, vida que se ofrece con amor y por amor para la salvación de otros. Aprendemos a ser pobres, sencillos, esenciales, misericordiosos (cuánta la misericordia del Señor que se dio a sí mismo en aquella Última Cena, anticipando su pasión!) y finalmente fieles, como Él lo es. Él, que permanece con nosotros en su presencia sacramental hasta el fin del mundo.

     Además, la adoración nos enseña a ser perseverantes, como Dios quiere que lo seamos para salvar nuestras almas.

     Todos nosotros necesitamos detenernos en la carrera frenética de cada día, detenernos ante Dios, en el silencio de nuestro corazón.

     La adoración silenciosa ante el Santísimo Sacramento permite escuchar a Dios, porque la presencia eucarística es Palabra, que se adora y que habla a mi silencio y yo escucho mientras adoro.

     Escucho la voz del Señor: “Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno escucha mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo”. Él, mi Dios y Señor, quiere entrar en mi vida para que yo pueda entrar en su intimidad! Pero, esto es algo verdaderamente enorme y no puedo, después de escucharlo, no abrirme a su infinita gracia.

     Muy queridos hermanos, el Señor repite “Vengan a Mí...”. Nos llama. Escuchemos su voz. Nos llama a participar de esta corriente de gracia, de este proyecto de amor: la Adoración Eucarística Perpetua. Respondamos aceptando la invitación. El Señor no nos llama para quitarnos nada bello ni bueno, mas bien nos llama para darnos toda bendición, toda gracia.  

     Para poder tener la Adoración Perpetua necesitamos que se hagan disponibles nada más que una hora por semana. Fíjense cuál es el cambio: ustedes dan una hora y el Señor les colma de bienes: gracia, alegría, paz, protección para ustedes y sus familias y amigos, crecimiento espiritual, amistad.....

     La adoración perpetua será vuestra escuela de perseverancia. “Con la perseverancia salvarán sus almas”, dijo el Señor. Perseverando en la adoración se persevera en la humildad, en la misericordia, en el amor, en la paz, en la fe, en el testimonio, en la oración, en la purificación del corazón.

     Cuando una comunidad responde a este llamado y adora al Señor día y noche, cuando desde la capilla se eleva una oración constante que no termina más, cuando las puertas se abren para recibir a todos, no hay que temer y no habrá nada inesperado porque Dios revela con su Luz en los corazones los signos de los tiempos y da todas las gracias y las fuerzas para vivir estos tiempos en paz.

 

     ¡Alabado sea Jesucristo!  

P. Justo Antonio Lofeudo mss


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Homilía Domingo XXI Año C

 

“Señor, ¿son pocos los que se salvan?”

“Luchad por entrar por la puerta estrecha”

(Muchos serán los que no podrán entrar) (Cfr Lc 12:23-34)

 

¿Cuál es esta puerta estrecha de la que habla Jesús?

Evidentemente la puerta que da el acceso a la vida eterna, al Cielo.

Pero, ¿por qué “estrecha”? ¿Qué hace que sea estrecha?

Estrecha porque para pasar por ella hay que hacer la voluntad de Dios. Porque no caben voluntades contrarias a las de Dios.

 

La libertad es algo grandioso. Pero la libertad no sirve de nada, más bien puede ser instrumento de condenación, cuando no está sometida al amor. La libertad como un absoluto no sirve al bien sino al mal.

Cuando no seguimos los caminos del Señor la libertad destruye.

¿Por qué digo esto? Porque a cada paso de nuestra vida se abren muchos senderos pero muchos de ellos no conducen a un buen fin.

Y tomar un camino u otro depende de mi libre voluntad.

Muchos son los caminos que no siguen o no persiguen la verdad, que no dan paz y algunos penetran en las tinieblas.

La elección es siempre nuestra. Sí, se puede hablar de condicionamientos y los hay, pero en última instancia hay una decisión íntima de aceptación o rechazo.

Ustedes, ahora mismo, podrían estar en otro lugar. Podrían buscar diversiones y tantas otras cosas. Hasta alguno puede estar contra su voluntad y su mente vagar a otros espacios e imágenes.

Yo puedo hacer mi vida santa o puedo volverme un criminal. Puedo darme al verdadero amor, en Dios y de Dios, o puedo volverme malvado y egoísta.

La puerta estrecha es la puerta del amor, de la salvación, es aquel yugo suave, aquella carga ligera (Cfr Mt 11:30) que me lleva a la eterna felicidad, felicidad que puedo vivir ya, desde ahora.

 

¡Ah, la voluntad de Dios! ¡Y la voluntad del hombre!

San Pablo, en su carta a los romanos, exhorta a no acomodarse a la mentalidad del mundo sino, dice: “transformaos meditante la renovación de vuestra mente (es decir: convertíos), de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto” (Cfr Rom 12:2).

Debemos discernir, pasar cada propuesta de vida por el cernidor para rechazar aquello que va contra la voluntad de Dios. Ese es el trabajo de la voluntad, el rechazar acomodarse con los valores que propone el mundo y esforzarnos, luchar según la respuesta de Jesús, para seguir el camino de conversión que cada día se nos presenta.

 

Entonces, la pregunta a hacer ahora es: ¿cómo puedo reconocer la voluntad de Dios? Sabemos sí cuáles son los mandamientos (aunque muchas veces no se hace un adecuado examen de conciencia y se los pasa por la superficie, a la ligera. Si nos pusiéramos a analizar en cada situación particular qué me están diciendo, veríamos cuántas cosas no se harían o se verían que son transgresiones de la Ley. A veces veo los negocios, farmacias, kioscos, cuántas cosas se venden que significan ofensas a Dios o instrumentos de pecado), pero en un caso específico donde nos parece que dos o quizás más opciones a emprender se presentan como todas buenas, ¿cuál es aquella agradable a Dios, perfecta? Quizás me puedan objetar que estos no son problemas que normalmente aparecen al común de las personas, que no todas están haciendo un camino de perfección. Entonces, podemos ir al otro caso, al más actual de gran confusión moral, de pérdida de la noción de pecado (el Card. Biffi no estaba de acuerdo con eso de que se ha perdido la noción de pecado. Dice él que sí existe, pero como noción de pecado “de los otros”. Constantemente se acusa a los otros de cometer el mal y casi nadie se acusa a sí mismo de pecado!). Bueno, en ese caso de no saber muy bien qué está bien y qué está mal. ¿Cómo sé qué está bien? ¿A quién recurro?

La respuesta más inmediata es a las enseñanzas de la Iglesia y en el orden práctico a un sacerdote. Pero, hay otra instancia: la escucha de Dios.

¿Cómo es eso?

A Dios se lo “escucha” en el corazón. Cuando se sigue un camino espiritual, aunque estemos muy lejos de la santidad, el Espíritu “habla”. Es como un sensor que nos indica qué está bien y qué está mal, y además nos da mociones.

Pero, para eso hay que estar muy atento.

Por eso, la adoración silenciosa es el ámbito ideal para la atenta escucha. En el silencio interior, cuando la presencia eucarística se vuelve Palabra que se adora, la Palabra habla y el silencio se vuelve escucha.

Por la adoración no sólo descubro al Dios oculto sino que descubro también su voluntad.

En la adoración encontramos a Dios, nos encontramos a nosotros mismos y encontramos al otro.

“Si alguno escucha mi voz y me abre la puerta entraré a su casa” (Ap 3:20). El Señor está a nuestra puerta y llama. Es el mismo Señor que nos ha dicho que la otra puerta, la que da a la vida eterna es estrecha. Sí, es estrecha, pero a menudo nuestra puerta está cerrada. Entonces si nos cerramos a la llamada de Dios, si no escuchamos su voz, cómo vamos a pretender salvarnos.

Debo abrir esa puerta, abrirme para alcanzar la salvación. De algo puedo estar seguro: si me abro a la adoración abro mi puerta. Me abro a la escucha de Dios. Me abro a la santidad de Dios quien me convence que para adorar yo también debo ser santo.

 

Si no hay silencio en mi corazón no puedo escuchar a Dios. Si no me abro a su presencia no recibo la gracia, el don.

En tiempos de tanto ruido no se escucha a Dios. Es necesario hacer silencio, detener esa carrera frenética que nos aparta de Dios, que no lleva a nada bueno. Detenerse en el camino de la agitada cotidianeidad y escuchar qué me dice Dios.

En tiempos de tanta confusión no se encuentra la puerta estrecha, no se encuentra el camino. Entonces, hay que detenerse en adoración para encontrar el justo camino y para encontrar la alegría, la paz y la protección que nos acompañe a lo largo de la ruta de la salvación.

En nosotros está la elección, y no sólo el elegir llegar a la salvación sino también el hacer que otros, quizás muy alejados de Dios, puedan también ellos entrar por esa puerta estrecha.

Como escribía san Benito (en el prólogo a la Regla para los monasterios) al comienzo este camino parece demasiado estrecho, pero mientras se progresa en la conversión se “corre con el corazón dilatado en la inefable dulzura del amor”.

La puerta sigue siendo la que es, estrecha, a nosotros nos toca aprender –adorando- a hacernos pequeños, humildes y atentos para pasar por ella.

 

¡Alabado sea Jesucristo!   

P. Justo Antonio Lofeudo mss


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Homilía Domingo XX Año C

 

“¿Creéis que estoy aquí para poner la paz en la tierra? No, os lo aseguro, sino división” (Lc 12:51) ¿Cómo puede ser?

¿¡Acaso no era Príncipe de Paz uno de los títulos mesiánicos en el AT (Cfr Is 9:5)!?

¿No había Isaías profetizado que el tiempo del Mesías sería un tiempo de gran paz y de armonía en la misma creación (Cfr Is 11)?

¿Y entonces, cómo se explica esta contradicción?

Contradicción profetizada, porque no olvidemos que Jesús es signo de contradicción y que por él se revelan los pensamientos íntimos de muchos.

En efecto, cuando siendo un niño de apenas 40 días es llevado por José y María al templo, el Espíritu Santo habló por boca del anciano Simeón, quien profetizó: “Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y como signo de contradicción… a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones” (Lc 2:34-35).

 

Sin embargo, esto no termina de explicarnos el porqué por una parte Cristo trae la paz y por el otro él mismo dice que lo que está trayendo es la división.

 

Para entenderlo, debemos situarnos en el momento en que el Señor está hablando. Ese tiempo, que sigue siendo el nuestro, es el de la Revelación, donde cada uno debe hacer su elección respecto a su Persona; en cambio el otro tiempo, el de las antiguas profecías, -el que aún los judíos esperan y que es una de las razones por las que no han reconocido a Jesús de Nazaret como el Mesías- es el de la Restauración universal cuando Cristo llevará al hombre y a toda la creación a su armonía y paz original, la del Paraíso.

 

Pero, debemos decir que aún cuando la Persona de Cristo es motivo de división –porque cada uno debe elegir aceptarlo o no como su Salvador- Él trae sí la paz. Él mismo es la paz para aquellos que lo aceptan, que aceptan su Señoría en sus vidas. Estos reciben la paz mesiánica, la paz que viene de la cruz y que ningún otro puede dar, reciben la paz verdadera de Cristo y no la paz del mundo (Cfr Jn 14:27).

Por lo mismo que no ha sido dado a los hombres ningún otro nombre por el que podamos ser salvados, no hay ninguno fuera de Cristo que pueda dar la plenitud de la paz al corazón y eso lo saben muy bien aquellos que han recibido y acogido la gracia de la conversión. Porque la paz es el signo y el sello de toda persona que se convierte a Dios.

En cambio, quien lo rechaza o combate, quien busca en otros o en las cosas su tranquilidad y serenidad, ese no puede conocer la paz verdadera, ya que no depende de circunstancias externas sino sólo de la gracia que viene por Jesucristo.

 

Ante Jesús se descubren los pensamientos ocultos de los corazones. Por ello, delante de Jesús no hay vías intermedias, no hay lugar para ambigüedades ni para ambivalencias. O estás con Él o estás contra Él. Ser indiferente e ignorarlo es no reconocer la salvación en Cristo, a Cristo como el Salvador.

 

Los que están con Él y por Él, son contestados y también perseguidos. Y eso ha sido así desde el comienzo del cristianismo, es ahora así y lo seguirá siendo siempre.

 

En este pasaje del Evangelio el Señor nos exhorta a reconocer los signos de los tiempos. ¿Cuáles son los signos de este tiempo?

Miren, observen alrededor. Verán que hay un signo que los resume a todos: la Apostasía.

Apostasía –es decir la rebelión contra Dios, la guerra contra el Cordero- que luego lleva a todo tipo de perversión, a la pérdida de la dignidad, a la destrucción de las familias, de las personas, de la sociedad, del mundo. Apostasía que se manifiesta en la legislación que se opone a la Ley de Dios y por ello es apóstata. Leyes sobre el aborto, sobre la eutanasia, sobre la educación sexual que no hace más que pervertir las mentes y envenenar los corazones de los pequeños y de los muchachitos y niñas. Leyes sobre la experimentación con embriones humanos, sobre uniones contra la naturaleza que pretenden ridículamente paragonarlas con el matrimonio.

Apostasía en todo los medios masivos de comunicación que propagan la promiscuidad, la corrupción de las costumbres y que no cesan de engañar a las gentes porque el cine, la TV, la radio, los periódicos y revistas y sitios de Internet, en su mayoría, sirven al Padre de la Mentira.

Miremos alrededor nuestro y veremos toda la violencia que niños y también adultos ven por TV y en el cine, en revistas y hasta en dibujos animados y juegos electrónicos!

¡Estos son los signos de los tiempos!

 

Ante este escenario qué es lo que queda, qué nos puede salvar? La fe. Debemos comenzar desde el principio, desde los fundamentos, de la verdad de nuestra fe en un solo Salvador: Jesucristo!

Jesucristo presente en la Iglesia, Jesucristo presente en los sacramentos, Jesucristo presente en la Eucaristía.

 

La adoración al Santísimo, a su Presencia eucarística, cambia todo y a todos y acerca el Reino de Dios.

La adoración cambia la persona y la Iglesia, dice el Papa Benedicto XVI.

 

“¿Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que es justo?” (Lc 12:57). Justo es adorar y alabar a Dios y darle gracias por cada cosa que Él nos da. Justo es imitar a Cristo, manso y humilde de corazón, y hacer una vida santa. Eso es justo.

 

El Señor vino a arrojar un fuego sobre la tierra (Lc 12:49). El fuego de su amor, el fuego de la verdad que ilumina la vida y calienta el corazón. Lamentablemente, vemos que este fuego está apagado en muchísimos cristianos. Y nos preguntamos: ¿dónde está el fuego que Cristo ha traído a la tierra? Dónde está la caridad cristiana que es don de sí mismo, dónde el amor hacia Dios y hacia el prójimo. ¿Cómo podemos encender nuevamente el amor e iluminar el mundo?

Este fuego prende en la adoración. Yo no puedo ofrecer a los otros nada que antes no haya obtenido de Dios. Sino, ¿cómo hago para amar? ¿Cómo logro darme a mí mismo si no tomo este amor de la fuente que es Dios? ¿Cómo hago para ser luz para los otros si no me acerco a su Presencia para que Él, que es la Luz, me ilumine. Yo no puedo reflejar nada si permanezco en la oscuridad de mi rebelión o de mi indiferencia, alejado de Él.

Adorar es encontrar la Luz, el Amor y toda clase de bendición.

Por la adoración ardo de amor y llevo el fuego a los demás. El fuego de la fe que salva, el fuego de la oración que salva, el fuego del amor que salva.

 

Queridos hermanos, he venido entre ustedes para invitarlos a ser adoradores. Pero adoradores en un proyecto de amor que es, al mismo tiempo, un don del Señor. Un don que debe ser acogido y que se llama Adoración Eucarística Perpetua.

 

El hombre, la mujer que se postra en adoración, que se arrodilla frente al Santísimo, es una persona sabia y grande porque sabe hacerse pequeña y pobre ante Dios y reconoce que Dios es el Todopoderoso que puede cambiarlo todo. Y hoy tenemos todo por cambiar!

 

Quien adora también repara con su adoración. Repara por todos los ultrajes, las indiferencias, las profanaciones y sacrilegios que se comenten contra Dios, contra la Virgen y los santos, contra todo lo que es santo. ¡Cuánta necesidad tenemos de reparar! Recordemos a los pastorcitos de Fátima, cómo reparaban ante el Santísimo que les presentaba el Ángel.

 

Si el mundo está hoy peor que Sodoma y Gomorra, debemos clamar la misericordia de Dios. La capilla de adoración perpetua es la capilla de la misericordia divina. Es, además, el espacio sacro donde puedo ofrecer un testimonio grande y bello de mi fe y de mi amor hacia el Señor. Es donde voy a recibir el amor y la luz que debe encender el mundo. Es el lugar donde, desde mi silencio adorante, grito al mundo: ¡Dios existe! Dios te ama y te espera. ¡Aquí está el Emmanuel, Dios con nosotros y por nosotros!

 

Allí aprenderás a orar, a adorar y a crecer espiritualmente. Semana tras semana. Aprendes a ser pequeño y pobre para que Dios te haga grande y rico.

Allí encontrarás al Príncipe de Paz, al Señor que te sella con su paz y te da protección, alegría e intimidad con Él que te llama a su amistad.

 

En la capilla de adoración perpetua encuentras la luz, la comprensión al misterio de Dios y de tu vida. Y el silencio que repara, el silencio que siendo interior se vuelve escucha de la Palabra. De la Palabra que es presencia y que adoras. De la Palabra que sana y que salva.

En la capilla descubres el secreto de la Presencia real, verdadera, de Dios.

 

El Señor te ofrece este don, acéptalo.

Escucha cómo te llama: Ven a Mí!

Escucha cómo le habla al corazón herido que busca la paz y la respuesta de amor.

Cómo llama a la Hora Santa: “¿Con que no habéis podido velar una hora conmigo?”.

Hazte adorador.

 

¡Alabado sea Jesucristo!

P. Justo Antonio Lofeudo mss


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Solemnidad de la Asunción de María Santísima

15 de agosto de 2007  

Nuestra Iglesia celebra la Asunción como fiesta solemne. Para nosotros, la Iglesia latina, es la Asunción, para la Iglesia de Oriente se festeja la Dormición, pero ambos nombres aluden al mismo hecho: María, la Madre del Señor, al fin de su vida en la tierra fue elevada en cuerpo y alma al cielo y ésta es tradición que se transmite ya desde los Padres de la Iglesia. Verdad que es proclamada dogma de fe recién el siglo pasado, bajo el pontificado de Pío XII, por la constitución apostólica “Munificentissimus Deus”, en 1950.

 

La Madre sigue al Hijo Resucitado en el camino de la gloria celestial. La Asunción es después de la Resurrección y Ascensión de Jesucristo el signo final de la victoria del Hijo sobre la muerte, el pecado y el Maligno.

 

La unidad de María con Dios es absoluta. María es la obra maestra de Dios Creador y su dilectísima hija, destinada a ser elevada más alto que ángeles, arcángeles, querubines y serafines.

María participa, como criatura, del misterio de Dios. María misma es un misterio a descubrir siempre. “De Maria nunquam satis”, de María nunca se dirá lo suficiente.

Ella está inserta en la misma Trinidad porque es Madre del Verbo Eterno –Hijo Unigénito del Padre- que se hizo hombre en su seno por obra del Espíritu Santo.

Ella fue habitada desde siempre por el Espíritu, movida por el Espíritu, hecha Inmaculada por el Espíritu.

María es toda uno con Dios Padre, Hijo, Espíritu Santo.

 

A través de toda su vida terrena, desde su misma concepción, es Ella toda para Dios. Y lo es para cumplir su misión de santa portadora de Dios a los hombres, de Dios hecho hombre en sí, y para acompañar al Hijo en su camino y obra de salvación.

Su “sí”, ininterrumpido, desde la Anunciación al Gólgota, y después del Gólgota, hace de María Corredentora. Es Aquella que coopera en modo excelso, sublime, único, a la salvación de los hombres, que Jesús lleva a cumplimiento en la cruz.

 

Todos nosotros somos llamados por el Señor a ser sus discípulos. Discípulo es aquel que responde al llamado a la sequela Christi, a seguir al Maestro y Señor. “Quien me quiera seguir que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga” (Mt 16:24). Seguir a Cristo es despojarse, en la renuncia de sí mismo y tomar la propia cruz, cada día (agrega san Lucas), como condiciones de seguimiento.

Pues bien, María ha sido aquella que ha renunciado a sí misma haciéndose la sierva del Señor, que se despojó de toda dignidad de madre del Mesías, que no tuvo en más su maternidad divina y virginal, como lo demuestra el episodio de la presentación de Jesús a los 40 días de su nacimiento y el cumplimiento ritual de su purificación. María se despoja de sí misma en esa renuncia y humillación que le hace proclamar la grandeza del Señor y exultar en Dios, su salvador. Es su Magnificat, que acaba de ser proclamado en el Evangelio lucano. Magnificat de continua resonancia a través de todas las generaciones que se han sucedido y que proclaman y proclamarán a María beata, dichosa.

“Quien me quiera seguir que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga”. María, la única discípula cuya cruz ha sido la de su propio Hijo Jesucristo. María ha compartido la cruz del Hijo en la totalidad porque no hubo dos cruces, una de Jesús y otra de María, sino sólo una.

En estos momentos pienso a esas madres que están en la cabecera de sus hijos moribundos. Cómo el sufrimiento de la madre es uno con el del hijo. Quien ha sido testigo de tal sufrimiento o debido pasar por esa experiencia puede mejor imaginar cuál pudo haber sido el sufrimiento de la Virgen y también cuál su actitud de sostén.

Quién puede dudar que todas las vicisitudes que la Santísima Virgen vivió en su vida, desde el mismo nacimiento Jesús, por ser su Hijo signo de contradicción, las viviera Ella en toda plenitud. Plenitud que implica totalidad y absoluta solidaridad.   

 

María es uno con el Hijo, María es uno en el sufrimiento del Hijo. María está en la cruz con Cristo. Él, clavado y suspendido de la cruz, Ella a sus pies, sosteniéndolo con la oración de su corazón traspasado, mientras el Hijo no encuentra al Padre por ninguna parte. “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27:46).

Que nadie se escandalice por esto: el Padre abandona el Hijo en el momento de la cruz mientras la Madre permanece junto a él. Que nadie se escandalice, porque el Hijo mismo había aceptado en la noche del Getsemaní beber ese cáliz amargo del alejamiento del Padre. Porque ese cáliz, que bebía hasta las heces, no era otro que aceptar la consecuencia de asumir todo el pecado del mundo, de volverse Él mismo “pecado”. Desde ese momento, Él, que era uno con el Padre, experimenta en sí el rechazo infinito que provoca el pecado a la santidad de Dios y se separa del Padre. ¡Hasta ese extremo Cristo nos ha amado! Ya no ve al Padre. Esta ausencia de Dios es lo que viven los místicos y que san Juan de la Cruz llama la noche oscura del alma.

El Padre queda oculto, el Padre misericordioso que nos ama infinitamente a través de su Hijo, no se muestra pero envía el ángel a consolarlo y deja que la Madre lo acompañe al Calvario y permanezca ante la cruz.

Y así, en aquella Hora Santa, de aquel Viernes Santo de la consumación del sacrificio en la cruz, son dos los corazones traspasados y unidos en perfecta unión para la salvación del mundo.

María es, a título pleno, Corredentora.

Todos nosotros somos llamados a cooperar a la salvación propia y de otros. Todos nosotros somos llamados a ser co-redentores. La Virgen, unida al Hijo en íntima unión, a lo largo de toda la vida y más que nunca en el momento de la Pasión, ha sido quien ha cooperado y coopera a la salvación de las almas más que cualquier otra criatura en el mundo. Por ello, es Corredentora como nadie jamás podrá serlo.

Entonces, ¿cómo no llevaría Dios a María a su última y total unión consigo, después de su camino sobre la tierra?

Dios –Padre, Hijo y Espíritu Santo- la llama sí a compartir la gloria eterna y a ejercer su maternidad, ahora omnipresente, desde el Cielo, y a sentarse cual Reina a la derecha del Rey (Cfr Slm 45).

 

Con san Juan Damasceno decimos: “Aquella que había llevado en su seno al Creador, hecho niño, debía habitar en los tabernáculos divinos… Debía contemplar a su Hijo en la gloria a la derecha del Padre, ella que lo había visto en la cruz… traspasada por la espada del dolor...”.

 

Venció María a la muerte y en su glorificación sigue eternamente la Madre al Hijo.

 

Alabando tu nombre, María, alabamos a tu Creador, a tu Señor que te redimió antes de haber tú nacido, que es también nuestro Dios y Salvador.

 

Danos Señor la gracia de ver también en tu cruz al amor incondicionado y puro de tu Madre, hacia Ti y hacia nosotros sus pequeños y pobres hijos.

         Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre: Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

P. Justo Antonio Lofeudo mss


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Homilía Domingo XVII Año C

 

¡Buenos días! Estoy aquí entre ustedes porque quiero hablarles de un grandísimo don, que viene del Corazón de Jesús: la adoración eucarística perpetua.

Cuando el Santísimo es expuesto para la adoración de los fieles día y noche y todos los días del año, entonces tenemos adoración perpetua. Es decir cuando hay una capilla, oratorio o iglesia que esté siempre abierta para cualquier persona que lo desee pueda acercarse al Señor a cualquier hora del día o de la noche.

 

Hoy, queridos amigos, el mundo está más corrupto que Sodoma y Gomorra. ¿Cuántos justos se necesitan para salvarlo?

Minian es la palabra que en hebreo designa a diez almas buenas, es decir al número de justos que Abraham le sugirió a Dios en su gran intercesión por Sodoma.

Saben que aún hoy en Israel no se puede demoler una sinagoga si en ella hay diez judíos píos que aseguren la oración.

¿Cuántos justos necesitamos para salvar al mundo?

 

El hombre que reza con el corazón se salva a sí mismo y salva a otros porque toca el corazón de Dios y alcanza su misericordia. Porque recuerda en la fe que Cristo es el único Salvador del hombre.

El hombre o la mujer que se postra en adoración es sabio y grande porque se hace pequeño y pobre ante Dios y reconoce que Dios es el Omnipotente y todo lo puede cambiar. Como hemos cantado en el salmo: “el pobre invoca a Dios y Él lo escucha”.

Una fraternidad que adora Dios sin solución de continuidad, que lo hace día y noche salva a su ciudad. La adoración perpetua extendida a todas las regiones y países salvará al mundo.

La adoradora y el adorador son aquellos que reparan con su adoración. Reparan el mal que existe en el mundo. Reparan por todos los ultrajes, indiferencias y sacrilegios que se cometen contra Dios.

¡Cuánta necesidad tenemos de reparación! Recuerden a los pastorcitos de Fátima, cómo reparaban ante el Santísimo Sacramento que les presentaba el ángel. Esos niños salvaron a Portugal de la guerra.

 

Una capilla de adoración perpetua es una capilla de la misericordia de Dios. Es el lugar sagrado donde yo, como adorador, puedo ofrecer un bellísimo y gran testimonio de mi fe y de mi amor al Señor. Es el lugar desde donde, en mi silencio adorante, grito al mundo: Dios existe, Dios te ama, Dios está realmente aquí. Éste es el Emmanuel, el Dios con nosotros y por nosotros!

 

Una capilla o iglesia donde hay adoración perpetua al Santísimo es una escuela de oración, donde se aprende a rezar, a adorar. Por eso mismo es una escuela de crecimiento espiritual donde aprendo a ser pequeño y pobre y Dios me hace grande y rico.

Es el espacio donde encuentro paz (y esa paz permanece luego en mí) y protección, alegría e intimidad con el Señor que me llama a su amistad. Igual que Abraham.

Acabamos de escuchar la Palabra de Dios: “Abraham se le acercó y le dijo”. Abraham era amigo de Dios, podía acercarse a Él y Dios lo escuchaba. ¿Comprenden amigos? Cuando Dios está contigo tú lo tienes todo.

 

Una capilla donde se adora a Dios en continuidad es una escuela de silencio. Cuando se alcanza el silencio interior (y esto se consigue en la adoración perpetua) se escucha la Palabra de Dios, se escucha a Dios que habla a nuestro corazón. Por ello, la capilla se vuelve escuela de escucha y de Palabra, porque la escucha se vuelve Palabra, Presencia viva que escuchamos y adoramos. Palabra que sana y que salva.

Es el lugar donde descubro el secreto de la Presencia real, verdadera de Dios.

 

Queridos hermanos, la adoración perpetua es un don grandísimo que el Señor quiere hacerles. ¿Estamos dispuestos a acoger este don?

Escuchen su invitación: “Vengan a Mí, ustedes que están agobiados y fatigados que Yo los aliviaré”.

Escuchen cómo nos llama a su intimidad: “Estoy a la puerta y llamo, si alguien escucha mi voz y me abre, yo entraré y cenaré con él y él conmigo”

Escuchen cómo nos habla su Corazón herido, que busca nuestra respuesta de amor. Cómo nos llama a la hora santa: “Es que no han sido capaces de velar conmigo ni siquiera una hora”.

Porque es justamente esto lo que se pide para tener la adoración perpetua: que cada uno se haga disponible una hora a la semana, para estar con Él verdaderamente presente en el Santísimo Sacramento. Tan sólo una hora semanal!

 

Ahora se distribuirán las invitaciones para que se puedan inscribir. Permítanme que les dé un ejemplo acerca de este pedido de una hora semanal. Cada uno elige la hora y el día que desee. Lo maravilloso de la adoración perpetua es que todas las horas y todos los días están disponibles, por lo que es fácil encontrar el momento, la hora semanal. Digamos que yo elijo el martes a las 4 de la tarde. Pues, todos los martes, desde las 4 a las 5 será mi cita con el Señor en la capilla de ….

Como ahora es muy difícil que sepan cuál es la hora y el día precisos (quien lo sepa póngalo) verán que en el segundo punto de la invitación hemos dividido el día en cuatro turnos o fajas horarias de seis horas cada uno. Así aparecen mañana, tarde, noche y madrugada. Es para que indiquen en cuál faja o turno sería esa hora semanal. Si ni siquiera eso tienen claro ahora, déjenlo en blanco. De todos modos tenemos que ponernos en contacto con ustedes para confirmar luego día y hora.

El primer punto es precisamente el de vuestros datos: nombre y apellido, teléfonos, dirección.

El tercero se refiere a la coordinación. Para poner en marcha la adoración perpetua y luego para mantenerla en el tiempo necesitamos coordinadores que nos ayuden en la organización. Quien desee saber de qué se trata que marque ese tercer punto. Luego me pondré en contacto con la persona para explicarle con detalle de qué se trata y entonces decidirán si aceptan o no.

Empezaremos cuando todas las 168 horas que tiene la semana están cubiertas.

Una de las preguntas recurrentes es qué pasa cuando me ausento, cuando no puedo ir. Eso no es ningún problema. Imagínense que en todas partes sucede lo mismo y, sin embargo, hay iglesias o capillas que tienen la adoración perpetua desde hace 35 años. Hay mecanismos de sustitución que explicaremos antes de comenzar con la adoración. Ahora no puedo extenderme pero ya se explicará. Que eso no sea un obstáculo, porque no lo es.

 

En el evangelio de hoy los discípulos le piden al Señor: “Señor, enséñanos a orar”. Él les responde con ese modelo de oración que llamamos Padrenuestro. Y bien, en el Padrenuestro le decimos a Dios: “hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”. La voluntad del Padre es justamente que el Hijo sea adorado y amado en la tierra como lo es en el cielo: sin interrupción, día y noche. Esto, que no podemos lograrlo individualmente, sí lo podemos alcanzar como comunidad, como fraternidad eucarística que se reúne alrededor del Santísimo en una cadena inquebrantable y continua de adoración.

 

Dijo el Señor: “busquen y encontrarán”. Busquen a Dios en el Santísimo Sacramento y encontrarán paz, alegría, bendiciones, protección.

¡Vengan a adorar a Dios! No dejen que la gracia pase de largo.

 

¡Alabado sea Jesucristo! 

P. Justo Antonio Lofeudo mss


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II Domingo de Pascua - Año C
Día de la Divina Misericordia


“Trae tu mano y métela en mi costado” (Jn 20:27)


Tocar la llaga del costado de Cristo es tocar su misericordia,

        el misterio insondable de su amor,

        toda la anchura, largura y profundidad del abismo de su pasión

                movida por su compasión hacia el hombre pecador;

        es experimentar el precio de nuestra liberación;

        es ser sanado, recuperado, transformado;

        es reconocer que Jesucristo es Dios

        y que Dios es amor… amor misericordioso;

        es tomar conciencia del valor infinito de mi vida, de cada vida humana;

        es saber que de ese costado llagado, de su Corazón abierto para toda la eternidad, 

                nace la Iglesia a cuya sombra –como a la sombra de Pedro- todos se sanan;

        es entrar en la Puerta que Dios le abrió al hombre para no cerrarla jamás.

     ¡Oh, misericordia divina que sólo esperas de nosotros nuestro arrepentimiento para derramar tu perdón!

     Misericordia de Dios que exige nuestra confianza y misericordia:

¡En Vos confío!

 

     El Señor nos muestra su Corazón y sus gloriosas heridas, fuente inagotable de su amor.

     Su Sacratísimo Corazón se da por entero, y está totalmente presente en el Santísimo Sacramento.

     En la Eucaristía el mismo Jesús del Evangelio permanece con nosotros.

     El mismo a quien Tomás tocó sus heridas. Y, como Tomás, la Iglesia se inclina en adoración ante el Resucitado y no cesa de exclamar: “¡Señor mío y Dios mío!”.

 

     La Iglesia es invitada constantemente a tocar las heridas de Cristo. Nosotros las tocamos con nuestra fe en Él, en el Santísimo Sacramento.

     Y somos dichosos “por haber creído”.

     Por nuestra fe en su presencia eucarística tocamos su Corazón y somos sanados, renovados, transfigurados.

     Ante su presencia en el Santísimo Sacramento somos llamados a adorar, adorar a nuestro Dios y Señor. A adorarlo sin interrupción. Y esto es la Adoración Eucarística Perpetua.

 

     La Adoración Eucarística Perpetua es la respuesta a Jesús lleno de misericordia, que no cesa de llamarnos:

“Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguien oye mi voz y me abre la puerta, entraré a él y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3:20).

     ¿Qué llamado es éste? Es el llamado a entrar en su intimidad y su misericordia.

     Y hoy es el proyecto de amor que el Señor tiene sobre ustedes, sobre cada uno, sobre esta ciudad. Es el llamado a plantar en la ciudad su Morada: Capilla de la Misericordia Divina que es la de la Adoración Perpetua.

     Está Él a la puerta de tu corazón, de tus afectos y sentimientos, de tu voluntad e inteligencia, de tu vida y llama. Ábrele sin temor.

     Si tú le abres podremos realizar ese proyecto aquí en esta ciudad.

     Podremos tener las puertas de la iglesia siempre abiertas.

     Podremos vivir nuestro cielo aquí en la tierra, y permitir que el Señor abrace en su misericordia a todos aquellos que se acerquen a Él.

     Podremos hacer que muchos hermanos que viven en el pecado y no saben cómo salir de él, puedan encontrar al Salvador que los devolverá a la vida.

     Al adorar al Santísimo día y noche, las puertas de la iglesia estarán siempre abiertas y el Señor derramará bendiciones y gracias a todo aquel que se acerque y al que nosotros acerquemos por nuestra constante intercesión.

     Ustedes, los que siguen al Señor, son los primeros en ser llamados, los que están cerca, para que los que están lejos puedan acercarse.

     Porque tú has venido aquí a encontrarte con Él. Has venido a alimentarte de su Palabra y de su Cuerpo, de la Eucaristía. Has venido a recibirlo a Él y a adorarlo.

     Sí, a adorarlo porque la comunión sacramental debe implicar necesariamente adoración al Señor en su presencia eucarística. Esto es lo que nos recuerda el Santo Padre en su reciente Exhortación Apostólica “Sacramentum Caritatis”, cuando dice que ya san Agustín exclamaba: “Nadie come de esta carne sin adorarla… pecaríamos si no la adoráramos”.

     Dios nos llama porque quiere que seamos sus amigos, porque quiere cobijarnos en su amor misericordioso y regalarnos su amistad, paz y protección. Porque quiere renovarnos, rejuvenecernos, y porque, en su misericordia, desea darnos –como al hijo pródigo- el mejor ropaje y un día nuevo.

     Adoremos en el Santísimo a este Corazón abierto de donde fluyen los rayos de su misericordia. Hagámoslo día y noche, sin interrupción, para que las puertas de la misericordia estén siempre abiertas.

     Contemplemos su Corazón abierto, sus llagas, el precio de nuestra redención y digámosle, en total abandono: “Jesús, creo en tus llagas”…

“Jesús, ¡en Vos confío!”

Ver Recopilación de Prédicas anteriores.

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