Prédicas - Homilías

¡Feliz Santa Navidad!

    
Anoche todos estuvimos en Belén. Todos hicimos un salto de más de 2000 años y de miles de kilómetros. Estuvimos en el pesebre, contemplando el misterio de Dios oculto en ese Niño. Experimentamos las caricias de sus bendiciones en una noche de profunda paz, en una noche de gloria celestial presente en la tierra. Y lo adoramos. Lo adoramos junto a María, y a José, y a los pastores. Todos estábamos alrededor del Niño adorándolo. 

    
Aún resuenan aquellas palabras: “Un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado”. “Hoy ha nacido en la ciudad de David el Salvador, el Mesías, el Señor”.

     Es que esas palabras me dan vértigo. Es que sólo pensarlo y pruebo un inmenso vértigo, porque a mí me ha nacido un hijo. A mí me ha sido dado un niño y ese niño es Dios. Es Dios que se hace próximo, tan cercano que más no se puede. Es Dios que se hace uno de nosotros. Dios que se da a sí mismo. Pero, ¡cómo no ha de darme vértigo! Éste es el misterio de Dios hecho hombre en el Niño de Belén. El misterio de la Encarnación. Misterio, como misterio es el otro: el mismo Señor que se ofrece en el Niño que acaba de nacer es el que, en el primer Jueves Santo de la historia, nos regala para siempre su misma Persona, su Cuerpo y su Sangre. Y se queda con nosotros. 

    
Dios vino y Dios está aquí, en la Hostia Santa. Por eso hoy como lo hicimos anoche en Belén, aquí lo adoramos, porque la Eucaristía es Dios-con-nosotros. Y no dejamos de adorarlo porque permanece con nosotros. No nos deja y nosotros no lo dejamos a Él.

Esto es la adoración perpetua, no dejarlo, permanecer constantemente con Él. La adoración perpetua es una comunidad que adora día y noche al Señor expuesto en el Santísimo Sacramento del altar. 

    
El llamado a adorar es personal y entre todos los que respondemos al llamado formamos una comunidad. Y la adoración perpetua de esta fraternidad eucarística es única. No hay otra igual y, al menos, por dos motivos fundamentales. El primero porque el Señor, nuestro Dios, es adorado día y noche. Por tanto, día y noche, se elevan plegarias, peticiones, se intercede, se le da gracias, se lo bendice, se alaba y también se repara sin interrupción. Y así, día y noche el Señor derrama sus gracias, sus abundantísimos dones y bendiciones sobre los que adoran y sobre la ciudad. Bendiciones de paz, de protección, de respuestas, de amistad.

     El otro motivo es que en la ciudad hay un lugar santo, una capilla, que está abierta día y noche y el que quiera puede ir a adorar cuánto quiera y cuándo quiera. Y esto, queridos hermanos, es una gran gracia que viene por tu disponibilidad y aceptación generosa. Casi diría inteligente más que generosa porque el beneficio recibido no puede ser ni remotamente comparado a lo que tú das.

     Por tu sí la capilla puede estar abierta y personas alejadas de la Iglesia podrán acercarse y probar qué bueno es el Señor. Como esa señora que dejó una pequeña esquela en la capilla de adoración perpetua de Prato. Decía escuetamente: “Hace más de 10 años que no pongo un pie en una iglesia católica y si antes alguna vez fui a una ha sido por alguna visita artística. Aún no sé porqué estoy aquí. Creo en la paz que aquí hay y deseo encontrarla”. Y firmaba: Maria Grazia.  Nosotros podemos imaginar quién la hizo entrar y quién se encargará que Maria Grazia comience su camino de conversión después de ese primer paso. 

    
La paz que irradia la capilla es el signo potente de la presencia de Dios, signo al que más de un ateo se ha rendido y hoy también da gloria a Dios.

     Y todo esto puede ocurrir porque tú dices que sí a la invitación de estar una hora semanal con el Señor. ¿Nos damos cuenta cuánto puede hacer el Señor con lo poco que le damos? Una hora a la semana es nada. La semana tiene 168 horas y una hora es bien poco. Sin embargo, cuando la ofrecemos a Dios esa hora es multiplicada en gracias y hasta en tiempo. Ocurre lo de aquellos pocos peces y panes que no eran nada para saciar el hambre de aquellos 5000 hombres, sin contar las mujeres y niños. Sin embargo, cuando el Señor los bendijo se multiplicaron y no sólo alcanzaron para toda aquella multitud sino que además sobraron 12 canastos.

     Por tu sí, querido hermano, otros han de descubrir el don inestimable de la presencia viva de Jesús que sana y que salva. 

    
El Señor, la Palabra Eterna del Padre, acampa entre nosotros, en esta ciudad de esta forma única. Puede hacerlo porque tú le has dado posada y “a los que lo acogen les da el poder de ser hijos de Dios”. 

    
Estamos en momentos de oscuridad. El pueblo camina en tinieblas, mas verá una gran luz. A los que habitan tierras de sombras una luz les brillará: la capilla de adoración perpetua. La capilla ha de ser un faro en la noche del mundo.

     Vosotros estáis abriendo una puerta al cielo y esa puerta permanecerá abierta. Vosotros estáis ofreciendo la señal de la salvación. Y a muchos les pasará lo de los pastores: vendrán y verán la señal de la presencia de Dios, no ya en el niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre, sino en el Santísimo expuesto. Y todos, con los ángeles, daremos gloria a Dios en el cielo y paz a los hombres que ama el Señor porque gloria se le está rindiendo aquí en la tierra, en ese bendito lugar. Y daremos testimonio de fe y de amor en el Mesías, el Señor.

     ¡Feliz y santa Navidad!

P. Justo Antonio Lofeudo mss


DOMINGO IV de ADVIENTO AÑO B

     Escuchamos el relato evangélico en el que entre la Anunciación del Ángel y la Encarnación del Verbo media el sí, el consentimiento absolutamente libre, de la Virgen nazarena.
     Estamos celebrando la Eucaristía y se nos presenta el misterio de la Encarnación. Pero, Encarnación y Eucaristía no son dos misterios de fe separados. Ambos se reclaman e iluminan mutuamente. Por la Encarnación Dios se une al hombre asumiendo la humanidad en la carne de la Virgen. Por la Eucaristía Dios se une a cada hombre y siendo cercano perpetúa la cercanía volviéndose Emmanuel, Dios-con-nosotros.
     La Eucaristía viene de la Encarnación, es el último acto de Jesucristo –el Verbo Encarnado- antes de su Pasión y por su Pasión. Pasión única que hacemos presente en cada Eucaristía.
     Para explicar el misterio de la Eucaristía podemos valernos del mismo misterio de la Encarnación.
     “¿Cómo puede ser esto?”, pregunta la Virgen ante el misterio de su maternidad virginal. El Ángel responde cómo: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra”.
     Así como por el sí de María se produce el prodigio, cuando el Espíritu Santo viene sobre Ella y la sombra del Altísimo la cubre, concibiendo al Hijo de Dios como su Hijo, así también, por la invocación del sacerdote al Espíritu Santo sobre las ofrendas del pan y del vino y por sus palabras consagratorias, el Espíritu Santo viene y la potencia de Dios hace presente a Cristo, al mismo Verbo divino que tomó la carne de María y que ahora está presente en ese pan y ese vino. El pan y el vino conservan sus apariencias pero ya no son lo que parecen sino la misma Persona de Cristo.
     Es cierto que hay una presencia difusa de Dios sobre todo lo creado, Dios está en todas partes; pero sólo corporalmente en el Cielo y aquí: en la Eucaristía. La Eucaristía es la presencia única, real, viva, verdadera, substancial, eficaz y poderosa de Dios entre nosotros. Tras los velos eucarísticos está Cristo, verdadero hombre y verdadero Dios. Y si Dios está presente lo adoramos. Ésta es la respuesta y no otra: la adoración.
     La adoración, en un sentido estricto, no es una devoción, no es un agregado, “no es un lujo sino una prioridad” (Benedicto XVI). Una prioridad absoluta.
     La adoración es una necesidad vital y la adoración perpetua es un don. Es cuando el Señor, en su presencia eucarística, es adorado día y noche. Es una comunidad que adora al Santísimo Sacramento sin interrupción, todo el día y todos los días. Adorando el hombre se dignifica y crece espiritualmente y crece en su humanidad. Adorando se acerca al Cielo. La Adoración Perpetua acerca el Cielo a los hombres, le abre una puerta y esa puerta al Cielo permanece abierta para que quienquiera pueda allegarse y adorar cuándo quiera y cuánto quiera. La Adoración Perpetua es el faro de luz en la noche del mundo. Y es faro porque Cristo, como en Belén recién nacido alumbraba la noche de la primer Navidad, siendo adorado incesantemente también incesantemente ilumina al mundo.
     Vayamos todos a adorarlo y que nuestra adoración no cese nunca.

P. Justo Antonio Lofeudo mss


DOMINGO III de ADVIENTO Año B

     El signo del III Domingo de Adviento es la alegría. Estamos cercanos ya a la Navidad. Es la alegría de la Buena Noticia desbordante de gozo en el Señor que ha venido a liberarnos de todo mal y esclavitud. Así lo proclama Isaías. Así nos exhorta san Pablo. “Estad siempre alegres”, nos dice. Pero, ¿cómo hacer para estar siempre alegres? El mismo apóstol nos da la respuesta a continuación cuando dice: “sed constantes en la oración”. Quiere decir que la alegría viene de la oración. Y ¿sabéis porqué? Porque la oración es la que nos permite comunicar con Dios, hacer que Dios esté con nosotros y nosotros con Él.
     La buena nueva, la noticia que provoca gozo, la liberación, la gracia sobreabundante de Dios se recibe en oración y por la oración.

     La alegría, igual que la paz, es el signo de la vida en Dios. Cuando somos inhabitados por Dios nos invade la alegría y la paz permanentes. Y esa alegría y esa paz no dependen de las situaciones que nos toquen vivir, sino de nosotros mismos. Paz y alegría permanecerán en nosotros en la medida que permanezcamos en Dios, es decir que no perdamos el estado de gracia.
     Pero, la oración que nos permite estar cerca de Dios y por tanto llenos de gozo no es una cualquiera sino que es la oración del corazón humilde y purificado, que busca a Dios y a su gloria.
     La oración del soberbio no llega a Dios y por ello Dios no llega a él. La oración del humilde, en cambio, horada las nubes y llega al mismo trono del Altísimo.

     Si no oramos no entenderemos nada, no advertiremos los signos de los tiempos. Si no oramos no nos convertiremos, es decir, no dejaremos que Dios haga su obra en nosotros.
     Fijaos sino en esos sacerdotes y levitas, instigados por los fariseos, que nos presenta el Evangelio. Desde la arrogancia, le preguntan al Bautista: “¿Tú, quién eres?” No los mueve el deseo sincero de saber sino la impertinencia de quien se cree autoridad y en su ignorancia desprecia.
     No sabían quién era Juan. No conocían al profeta que anuncia la alegre noticia y que prepara la venida del Mesías. Tampoco reconocerían en Jesús al Mesías. No conocían a Dios.
     Sólo un verdadero hombre de oración recibe la luz del Espíritu, como Simeón, como Ana de Fanuel, que descubren en un niño de pocos días la presencia del Salvador.
     Esos sacerdotes y levitas conocían las Escrituras, sabían de memoria pasajes enteros de Isaías, como el que acabamos de escuchar, pero eran incapaces de darse cuenta que esas mismas profecías se estaban desarrollando ante sus ojos.
     Estos sacerdotes y levitas eran personajes supuestamente religiosos (como los ha habido en todo tiempo y los hay hoy) pero no eran hombres de oración. No lo eran, porque estaban llenos de orgullo, de malicia, de fatuidad, llenos de ellos mismos y vacíos de Dios. Creían conocer la Ley y no conocían al Autor de la Ley. El Espíritu no moraba en ellos, pero pretendían enseñar a los demás quién es Dios.

     Para reconocer la venida de Dios entre los hombres, para reconocer al Emmanuel que ya vino y está con nosotros y que también ha de venir en su gloria, hay que orar. Es necesario ser humildes y pedir cada día la venida del Espíritu Santo en la propia vida para que Dios haga morada en ella y para poder reconocer los signos de los tiempos.
    La relación con Dios es siempre de adoración porque es la respuesta natural que todo ser inteligente tiene con su Creador, que todo cristiano tiene con su Salvador. Por la adoración reconocemos la majestad de Dios. Y la adoración nos enseña a ser humildes, a arrodillarnos ante nuestro Señor y a acercarnos a Aquel que primero se abajó.

     A Dios se lo encuentra, sobre todo, en la adoración.
     En la Eucaristía nos encontramos con Jesús que no nos abandona. Lo encontramos en la celebración y en la permanencia de la adoración.

     Queridos hermanos, la adoración está siempre presente cuando presente está el Señor. Ante la Eucaristía nuestra relación es de adoración además de comunión. Toda comunión sacramental implica adoración. En el momento litúrgico de la consagración, ya desde el momento de la epíclesis, cuando el sacerdote impone las manos sobre las ofrendas invocando al Espíritu Santo y luego cuando pronuncia las palabras consagratorias, todos deben arrodillarse en signo de adoración. Dios se hace presente y por eso lo adoramos. También el sacerdote que oficia luego de consagrar se arrodilla en adoración. Y cuando se comulga debe adorarse a Cristo presente en la Sagrada Hostia. Lo recuerda el Santo Padre Benedicto XVI, cuando cita las palabras de san Agustín: “que nadie coma de esta carne (comulgue) sin antes adorarla…. Porque si no la adorásemos pecaríamos…” La comunión es un encuentro, entre la Persona del Creador y Salvador y la persona del comulgante. La adoración es la prolongación de ese encuentro.

     Adorar es contemplar el misterio del Dios con nosotros y por nosotros, del Dios hecho pan, alimento de vida eterna. De Dios que nos da de beber la bebida de salvación: la Sangre de su humanidad, derramada por nosotros, por nuestra redención y justificación.
     Debemos -dulce deber- adorar a Dios sin interrupción. Esto es la Adoración Perpetua. Una comunidad que adora día y noche, que replica en la tierra lo que se hace en el Cielo, que trae el Cielo a la tierra, eso es la Adoración Perpetua.

     Hoy más que nunca tenemos necesidad de esta adoración. En tiempos de oscuridad, cada adorador –como el Bautista- da testimonio de la luz. Cada adorador –como Isaías, como el Bautista- es profeta. Profeta de la Eucaristía que en su silencio adorante le dice la mundo: “Dios existe, Dios está aquí en medio nuestro y por eso estoy adorándolo. Dios está con nosotros y por nosotros. Este es tu Dios, que te sana y te salva!”

P. Justo Antonio Lofeudo mss

     “Jesús no nos abandona, sino que está siempre con nosotros, como Él mismo promete; y el grado máximo de intensidad de su permanencia con nosotros se realiza en el sacramento de la Eucaristía en su doble aspecto de celebración y de permanencia...”.
Papa Benedicto XVI


DOMINGO XXV AÑO A

Is 55,6-9

Flp 1,20c-24.27ª

Mt 20,1-16

 

“Buscad al Señor”, dice el profeta Isaías. “Invocadlo”. La primera pregunta que debemos hacernos es si lo buscamos y si lo invocamos. Y si lo invocamos, es lo segundo, en cuáles circunstancias. El Señor se hace encontrar por aquellos que lo buscan con sincero corazón.

Esas exhortaciones de Isaías están, así como las he presentado, incompletas, porque traen consigo una advertencia. El profeta advierte seriamente diciendo: “buscad al Señor …mientras se lo encuentra. Invocadlo …mientras está cerca”. Quiere decirnos que debemos aprovechar este momento de gracia, que muy bien se aplica a este hoy en que -ante los grandes sacrilegios, indiferencias y ultrajes- Dios manifiesta su misericordia.

Sabemos sí que el Señor está muy cerca de nosotros, tan cerca que se hizo alimento en la Eucaristía. Pero, agreguemos, cerca de quien lo busca, cerca de quien no es indiferente o irreverente. No cerca de quien lo ignora o lo desprecia. Por eso, las palabras de Isaías son advertencias, no amenazas, para tener muy seriamente en consideración.

Ya se nos advierte en Proverbios (Prov 1:20ss): “Os llamé –dice la Sabiduría (que personifica a Dios mismo en uno de sus atributos esenciales)- y no hicisteis caso, os tendí mi mano y nadie atendió… Me llamarán y no responderé, me buscarán y no me encontrarán”. Palabras que suenan terribles pero que, en definitiva, son un reclamo para convertirse a Dios. Sin embargo, no falta tampoco las palabras de gran consuelo, porque finaliza diciendo: “Pero el que me escucha vivirá seguro, tranquilo y sin miedo a la desgracia”.

Escuchemos el llamado del Señor, no endurezcamos nuestro oído.

El Señor llama, no deja de llamar. Como el propietario de la viña, de la parábola, que a toda hora va a buscar a los obreros.

La viña es el Reino, el cielo, el premio eterno de plenitud de la dicha y de todos los bienes espirituales.

Muchos son los llamados, dice Jesucristo, y pocos los elegidos. Nos preguntamos: ¿Quiénes son los elegidos? Los elegidos son aquellos que han respondido al llamado. Dios a todos da la gracia para responder pero no todos responden.

Elegidos son los que buscan y encuentran, los que invocan y son atendidos.

Hoy, el Señor nos llama y nos llama para darnos una gracia renovada, una gracia extraordinaria en tiempos de males extraordinarios. Nos llama a la Adoración Eucarística Perpetua. No sólo a la adoración sino a la adoración perpetua. Y vosotros diréis: cómo podemos saberlo que es así. Pues, esto lo veo, es nuestra experiencia en todas partes, sobre todo en aquellos lugares que eran humanamente imposibles de establecer por el número reducido de fieles, porque son lugares apartados.

La AEP es un regalo del Corazón de Jesús para este tiempo. Es el lugar de encuentro con el rebaño, donde se derraman abundantes gracias, donde se dan frutos apetecibles, donde se encuentra protección, crecimiento espiritual, bendiciones de todo tipo. Donde se encuentra paz, la única paz verdadera: la paz de Cristo.

Queridos hermanos, la adoración no es facultativa, no es optativa. Porque en realidad si verdaderamente creemos en Dios, si creemos que Jesucristo es hombre verdadero y Dios verdadero, si creemos que está presente y oculto en la Eucaristía entonces sólo cabe la adoración como respuesta.

Si queremos ir al cielo, si nuestro horizonte existencial no termina con la muerte física, si respondemos al llamado, si desde ahora queremos vivir nuestro cielo en la tierra, entonces debemos adorar al Santísimo Sacramento. Es así, con la adoración que lo honramos y reconocemos como nuestro Dios y Señor, nuestro Creador y Salvador.

La adoración es la respuesta de todo ser inteligente ante su Creador, sea que more en las alturas o que aspire al Cielo. En el cielo, el que está sentado en el Trono y el Cordero son adorados por las almas de los bienaventurados y por los santos ángeles y demás seres celestiales. En la tierra lo adoran los verdaderos hijos de Dios, los discípulos de Jesús.

La AEP –adoración día y noche, todos los días del año- es la respuesta en el tiempo hacia quien no deja de ser Dios y de amarnos de amor eterno. Es la comunión que no cesa, el encuentro que perdura, la exposición permanente de Jesús oculto tras los velos eucarísticos y del adorador que se sucede hora tras hora. Por eso, la AEP genera una fraternidad eucarística.

A través de la AEP rendimos honor y gloria, damos incesantes gracias, alabamos y bendecimos, glorificamos al Cordero y reparamos e intercedemos ante Él, ante su presencia eucarística, día y noche, día tras día, siempre. Esto hace única a la AEP. Y también nos permite que la iglesia esté siempre abierta, que se convierta en signo de los brazos siempre abiertos de Jesucristo, que abraza al hombre herido por la vida, que a todos acoge y sana.

Queridos hermanos, no temáis en decirle que sí a Cristo, en darle una hora de vuestro tiempo al Señor. Porque Él hará de esa hora semanal un tiempo trascendente que se ha de medir en gracias y cuyo valor es de eternidad.


La Virgen de los Dolores

     Dios la creó purísima, inmaculada, para ser la Madre de su Hijo. Madre que ha de concebir y dar a luz y acompañar al Salvador en toda su obra.

     María no ha sido, como algunos neciamente pretenden, un simple vehículo humano para que la Palabra eterna se encarnase. Casi un mero accidente y basta. Esos no conocen la profundidad del amor de Dios y la solidaridad que Él impuso a los hombres en su caída y en su salvación. No, Ella no fue un mero cuerpo del que se valió Dios para encarnarse. No, Ella es la Madre de Dios, sublime María, absolutamente única entre todas las criaturas.

     Lejos de agotarse su misión al dar a luz al Señor, lo nutre, lo educa, lo guía, lo acompaña y lo sigue. María es Madre y perfecta discípula de Cristo. Si el Señor dijo: “si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt 16:24), ¿quién sino Ella puede llamarse perfecta seguidora de Cristo? La Virgen Madre se despoja de todo honor, de todo derecho, toma su cruz y lo sigue. Pero, ¡atención! -porque esto es lo absolutamente único-, la cruz de María no es otra que la cruz de su Hijo. No hay dos cruces sino sólo una. María sufre lo que sufre su Hijo. Sufre los desprecios, las burlas, los escupitajos, las caídas, los golpes a los que es sometido Jesús. Cada golpe del flagrum repercute en su corazón, cada clavo que traspasa la carne del Señor atraviesa la de la Madre, porque Él es carne de su carne.

     Estaba la Madre junto a la cruz de su Hijo… Stabat Mater… compartiendo su cruz, su martirio. “Y ti una espada traspasará tu alma”(Lc 2:35). Esa espada de dolor es la de la Pasión de Cristo, es la que le abre el corazón a la maternidad de todos los hombres al oír aquellas palabras del Crucificado: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19:26).

     ¡Qué noche más oscura la tuya, María! ¿Dónde está tu Dios? ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?… (Slm 22,1) Tú también puedes decirlo esa tarde, la más tenebrosa de las tardes, sobre el Gólgota. ¿Dónde quedaron las palabras del Ángel “y su reino no tendrá fin… Será llamado Hijo del Altísimo… Alégrate María, llena de gracia… El Señor está contigo”(Lc 1:28s). Pero, ¿dónde? ¿Dónde encontrarlo ahora que el mal, todo el mal del mundo desde la caída de Adán hasta el fin del mundo está aquí y ha caído sobre mi Hijo? Aquí está mi Hijo, el más puro e inocente Cordero, exangüe, muriendo en la cruz. Y tú muriendo también, de pie, pero atravesada por la más aguda y afilada de las espadas, la que llega a separarte el alma del cuerpo en profunda muerte espiritual.

     Grande es tu martirio, Madre de Cristo y ahora Madre nuestra. “Después de aquel Jesús –que es de todos, pero que es tuyo de un modo especialísimo- hubo expirado, la cruel espada que abrió su costado, sin perdonarlo aún después de muerto, cuando ya no podía hacerle mal alguno, no llegó a tocar su alma pero sí atravesó la tuya. Porque el alma de Jesús ya no estaba allí, en cambio la tuya no podía ser arrancada de aquel lugar. Por tanto, la punzada de dolor atravesó tu alma, y, por esto, con toda razón, te llamamos más que mártir” ( San Bernardo).

     ¡Cuánto, Madre de Dios, habrá sido tu sufrimiento, aún en tu propio cuerpo, si no alcanzamos a imaginar el dolor abismal de tu alma! Estás desgajada. Dios ha querido que esta fuera tu pasión porque le plugo que la salvación de los hombres pasase por tu corazón. Por eso, con toda propiedad y justicia, María de los Dolores, podemos llamarte Corredentora.

     María, Madre del Redentor, ruega por nosotros tus hijos pecadores.


 

EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

 

     La cruz, instrumento de muerte, signo de ignominia y maldición, es por Dios exaltada y se convierte en signo e instrumento de amor, de bendición y salvación.

     La cruz deja de ser oscura para ser gloriosa, victoriosa. Cristo en la cruz vence. Cristo reina, Cristo impera.

     La cruz es luminosa porque está iluminada por la Resurrección. Es luminosa como luminosa es la Eucaristía.

     Eucaristía, cruz y Resurrección están unidas. Eucaristía es el don que el Señor hace de sí mismo el Jueves Santo. Es el don que anticipa el sacrificio suyo del Viernes. Don y misterio es la Eucaristía, que vienen del Corazón de Jesús como vienen el don y misterio del sacerdocio que nace junto con ella.

     No hay Eucaristía sin sacerdocio así como no hay sacerdocio sin Eucaristía.

     La cruz es la del Viernes Santo, la del sacrificio, voluntariamente aceptado, del Señor por nuestra salvación.

     La Resurrección en la noche del sábado al domingo, es de donde irradia el Señor su gloriosa victoria sobre la muerte.

     Éste es el Triduo Pascual: Eucaristía, Cruz y Resurrección. Todo el Triduo Pascual está contenido en la Misa. Por eso, cuando el sacerdote besa el altar al ingresar para celebrar la Misa, está al mismo tiempo, besando la mesa del banquete, la cruz del sacrificio y la losa del sepulcro de la Resurrección.

     La Eucaristía es sacramento (signo visible y eficaz) de comunión (primero con Dios, luego con los que participan de la misma celebración y finalmente con todos los hombres); es sacramento-sacrificio, y sacramento-presencia. Presencia gloriosa del Resucitado, eterno y presente, victorioso en la Eucaristía.

     El Señor dijo que cuando fuese alzado atraería a todos hacia él. El evangelista dice que se refería a la cruz. Cuando fuese alzado en la cruz. Pero, también podemos decir que cuando adoramos al Santísimo, lo estamos alzando –con nuestra fe y nuestro amor- en gloria y por nuestra adoración, por esa exposición en exaltación del Santísimo Sacramento, el Señor atrae a otros también a sí en adoración. Esta es la experiencia de la Adoración Eucarística Perpetua.

     La Adoración Eucarística Perpetua es la adoración a Jesucristo, que es Dios, presente en la Eucaristía, día y noche, todos los días del año.

     A adorarlo, día y noche, vienen personas de todas las edades, condiciones, historias. Algunas de muy lejos en la geografía y en la historia personal. Algunos que han sido ateos y que de pronto se sienten interpelados, como aquel médico agnóstico que, según le contaba a su obispo, fue a ver qué había en la capilla que la gente se sucedía día y noche y según le contaban se estaban en silencio. Fue así como después de haber visto y sentido aquella presencia le confesaba al obispo, desde aquella vez no dejó de asistir a la capilla. Se levantaba media hora antes para visitar al Santísimo. Como aquella otra señora que dejó un escueto testimonio en Prato, Italia, diciendo que hacía más de diez años que no ponía un pie en una iglesia católica. Si alguna vez lo había hecho, agregaba, había sido por alguna visita artística. No sabía porqué estaba en ese momento allí, en la capilla, sólo que experimentaba mucha paz y creía en esa paz y quería buscarla. Evidentemente, sin quizás darse mucho cuenta de ello, esa señora había sido atraída por el Señor e iniciaba un camino de conversión.

 

     Sí, las personas suelen hacer grandes recorridos hasta llegar a una capilla de adoración perpetua: viajar muchos kilómetros, hacer varias horas de trayecto o venir por los caminos tortuosos de sus vidas. El Señor siempre anula distancias. Tanto las acorta y anula que nos conduce a la unidad. La Eucaristía es sacramento de unidad. Y de unidad a veces inimaginable para nosotros. Hoy, por ejemplo, en Rumania, en la ciudad de Timisoara, están juntos adorando al Señor en el Santísimo Sacramento, en el mismo lugar, greco católicos, romano católicos y ortodoxos.

     Jesucristo es el Cordero inocente que nos rescata de la muerte, de toda muerte. Es quien quita el pecado del mundo. Él es el Verbo eterno, Dios que se hizo hombre en María y que se rebajó hasta aceptar morir en la cruz, asumiendo el pecado del mundo. Por eso, el Padre lo exaltó y le dio el nombre-sobre-todo-nombre para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble.

     Nuestras rodillas se doblan en adoración y adoración perpetua.  Porque digno es el Cordero de recibir el honor, la gloria, el poder,... la adoración… día y noche… en la tierra como la recibe en el cielo.

     Adorarlo sin interrupción es algo que podemos hacer comunitariamente. Si cada uno se hace disponible para tomar una hora semanal, entonces podremos cubrir todas las horas de la semana y tener la adoración perpetua.

     En la adoración y mediante la adoración sin interrupción, nosotros lo reconocemos como nuestro Dios y Señor, digno de ser eternamente adorado y amado, y Él manifiesta su poder.

     Sabemos, por nuestra fe, que tras el velo eucarístico está Dios Todopoderoso capaz de cambiarnos y de cambiar al mundo. Y mientras nosotros lo adoramos Él nos bendice. Nos bendice y nos sana de toda mordedura del mal que nos infligen, o nos auto infligimos. Nos da el Señor la paz, la alegría que nadie más que Él puede darnos. Nos brinda su protección preservándonos del mal. Ante su presencia crecemos espiritualmente y aprendemos a amar.

     A los que rechazaron el maná Dios los maldijo. Nosotros damos testimonios de nuestra fe y de nuestro amor y Él nos da la vida eterna. 

     Adoremos la Eucaristía, veneremos la cruz. Hoy más que nunca cuando, por una parte, quieren como signo arrojarla fuera de la vida de las sociedades o degradarla en modas infames, y cuando es rechazada como signo de sacrificio por sociedades hedonistas. Que la cruz, como símbolo, vuelva a sacralizar la vida en todo el mundo, que sea respetada y venerada. Que la adoración de la presencia de Cristo y también de su sacrificio redentor nos haga volver la mirada sobre Aquél a quien han traspasado y Aquél que se dejó matar por amor.


 
Solemnidad de Pentecostés Año A

     Hoy es la fiesta del Espíritu Santo, solemnidad de Pentecostés. La Iglesia que había nacido en el Gólgota, cuando Jesucristo celebró la primera Misa, no sacramentalmente sino en realidad sobre la cruz, esa Iglesia naciente cobraría fuerza de lo alto el día de Pentecostés, cuando el Espíritu irrumpió en la asamblea orante de María, Pedro y los apóstoles.

     El Espíritu Santo que llega en Pentecostés es la Promesa del otro Paráclito. Jesús había dicho que era necesario que partiese porque debía venir el otro Paráclito, el otro Defensor, el otro Consolador.
     Santo Tomás de Aquino decía que el nombre propio del Espíritu Santo es Don. Es el don que viene del Padre por el Hijo.

     La Iglesia de Occidente ha concebido al Espíritu Santo como el amor que fluye entre el Padre y el Hijo. La Iglesia de Oriente lo ha visto como el éxtasis de Dios: cada vez que Dios sale fuera de sí lo hace en el Espíritu Santo. Ninguna de estas imágenes, por cuanto verdaderas, pretende ser exhaustiva. Al misterio de Dios podemos aproximarnos en lo que nos es revelado e iluminado pero jamás agotarlo.
     Si nos atenemos ahora a la imagen de la Iglesia de Oriente, vemos que, en efecto, el Espíritu Santo está presente y obra en la creación, cuando aleteaba por encima de las aguas primordiales. Es el Espíritu Santo quien genera en la carne al Verbo Eterno en el seno de la virgen madre María. Es, nuevamente, el Espíritu Santo el que hace presente a Jesucristo en el momento de la consagración del pan y del vino.
     Por eso mismo, hay un paralelismo entre el “sí” de la Virgen en la Anunciación y las palabras consagratorias del sacerdote en la Misa.
     Por obra del Espíritu, con el consentimiento pronunciado por María Santísima, en el “hágase en mí según lo que has dicho” la Palabra se hace carne; por las palabras consagratorias, “esto es mi cuerpo”, “éste es el cáliz de mi sangre”, cuando se invoca al Espíritu Santo (epíclesis) se hace presente el Señor eucarísticamente, y las especies del pan y del vino son transubstanciadas en el cuerpo y la sangre de Jesús.

     Como recuerda el Santo Padre: el mayor servicio del sacerdote es invocar la presencia del cuerpo y de la sangre de Cristo. A través de esa invocación, el sacerdote abre el cielo para que Cristo venga a la tierra.

     El sacerdote se reviste de Cristo, no sólo exteriormente con sus ornamentos sagrados, sino interiormente. El Señor toma posesión de él y él ya no se pertenece. El sacerdote presta su voz pero las palabras eficaces que consagran son del Señor que transforma cosas terrenas en misterio divino.
     En la Misa pongamos nuestra mirada fija en el corazón traspasado de Jesús. Porque en la Misa se hace presente Jesús en su sacrificio, sacrificio de amor que rasgó el velo del templo y derribó el muro de división entre el mundo y Dios. Éste es el acontecimiento de la Misa, ésta es su grandeza.
     Cristo rasga el cielo en la hora de la cruz y en cada Eucaristía.
     Nosotros adoramos esa presencia sacrificial y a la vez gloriosa de Cristo.
     A propósito de la comunión, decía san Agustín: “no abráis de par en par la boca sino el corazón. No nos alimenta lo que vemos sino lo que creemos”.
     Debemos tocar al Señor con nuestra fe para que nos aproveche verdaderamente el culto eucarístico, sea dentro o fuera de la Misa.
     Hay un gran peligro, lamentablemente extendido y real, que es el de banalizar la Eucaristía. La rutina de la que podemos todos caer víctimas, tanto el pueblo fiel como los sacerdotes, nos hace perder el estupor, la noción de ante Quién estamos, a Quién recibimos.
     Que no nos pase como los contemporáneos de Jesús, a quienes iban dirigidas aquellas palabras del Bautista: “en medio de vosotros hay uno que no conocéis”. Qué triste es venir a Misa, celebrarla y que Jesús sea un desconocido!
     Cómo lo conocemos? Tratándolo, siendo conscientes de su real y verdadera presencia y todo en el y por el Espíritu Santo. Por la adoración entramos en su intimidad, lo vamos conociendo y amando cada vez más. A la adoración hay que acercarse con fe, por mínima que sea.
     Si no tenemos fe pidamos al Espíritu que nos reavive la fe.
     Es el Espíritu Santo quien confiesa en nosotros que Jesús es el Señor y es también Él quien descubre el velo de su presencia eucarística.
     Dentro de unos momentos estaremos ante la presencia real, por antonomasia, de Jesucristo. Y esa presencia real significa que es Jesús presente quien nos consuela, nos sana, nos salva, nos perdona, nos da la vida y vida en abundancia, nos mira y trata con compasión. Es Jesús que se entrega a nosotros y por nosotros, que nos lava los pies sucios y cansados por el camino de la vida, nos restaura, nos muestra sus llagas para que seamos sanados de nuestras heridas.
     A este Jesús, a esta presencia suya verdadera de Dios y de hombre verdaderos, nosotros lo adoramos.
     Más aún, lo adoraremos sin interrupción, en adoración perpetua porque Él lo merece, porque Él está siempre con nosotros y nosotros estaremos siempre con Él, adorándolo.


 

Jueves Santo - Misa de la Cena del Señor

Ex 12:1-8.11-14; Sal 115; 1 Cor 11:23-26; Jn 13:1-15


     El relato de la Última Cena de san Juan difiere de los otros tres evangelistas, llamados sinópticos, no porque haya contradicciones entre ellos sino porque se trata de versiones complementarias de un mismo hecho. Por ello, para tener una visión completa debemos también recurrir a los evangelistas Mateo, Marcos, Lucas además de san Pablo, precisamente en lo que acabamos de escuchar, su primera carta a los corintios.

     Juan es el único que nos transmite el gesto del lavatorio de los pies por el que el Señor pone por última vez en evidencia su misión y les recuerda a los discípulos -en el hacerse último al servir a los otros, consecuencia del amor de donación- el mandato de la caridad fraterna. Él que es Señor y Maestro les lava los pies, también ellos deben ponerse al servicio unos de otros.

     Puesto en otro contexto, en el evangelio de san Mateo, ante la disputa de sus discípulos por los primeros puestos en el Reino (que imaginaban terrenal), dice el Señor lo que en la Última Cena está demostrando con su gesto: “El que quiera llegar a ser grande entre vosotros debe ser vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros debe ser vuestro esclavo, de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mt 20:26-28).

     En esta clave de interpretación no resulta entonces extraño que Juan, inmediatamente antes de contarnos que Jesús lava los pies de sus discípulos, escriba que habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Con el lavatorio no sólo se significa el amor de oblación, que es capaz de anonadar al Maestro por servir al discípulo –figura a su vez del anonadamiento del Hijo de Dios para salvar al hombre- sino también la purificación que vendría por su sacrificio redentor. En este acto de lavar los pies de los discípulos, Jesús está anticipando con signos lo que haría al otro día.

     Toda la escena se explicita aún más cuando, después que Judas sale para entregarlo, dice Jesús a los suyos: “Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros. Que como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros” (Jn 13:34).

 

     Ahora veamos cómo se entrelaza el nuevo mandamiento con la Eucaristía y el sacerdocio que instituyó en aquella Cena. Porque esa misma noche, la noche en que fue entregado, la noche en que comenzaría su Pasión, el Señor nos dio el don de sí mismo en la Eucaristía y el don del sacerdocio, y esto es lo que aparece en los sinópticos y en san Pablo. Eucaristía y sacerdocio: dos misterios que nacen juntos y que se reclaman uno a otro, puesto que no hay sacerdocio sin Eucaristía ni Eucaristía sin sacerdocio.

     La Eucaristía es el sacramento del amor, del mayor amor posible, del amor de donación de Dios mismo, amor total, incondicionado e incondicional y absoluto. Aquella primera Eucaristía anticipa sacramentalmente lo que el Señor haría en pocas horas más: dar su vida para la vida del mundo.

 

     Es en el marco de la Pascua judía que Jesús celebra la nueva Pascua, la Pascua que tanto deseó comer con los suyos antes de padecer (cfr Lc 22:15).

     La Pascua judía, el Pesah (palabra que significa “pasaje”), es el memorial, a la vez que actualización, del paso de Yahvé (en su ángel exterminador) en la noche de Egipto que libera a los hebreos de la esclavitud. Con el tiempo Pesah ha sido referido a otro pasaje: el del pueblo conducido por Moisés a través de las aguas del Mar Rojo.

     Pero, tanto en el tiempo de Jesús como hoy, los judíos conmemoran y actualizan lo mismo: la liberación de Israel e Israel no debe olvidarlo.

     Entre los ritos solemnes del ritual judío, las palabras de conmemoración eran rodeadas de alabanzas y de agradecimiento que venían de los salmos y culminaba con la bendición a Dios llamada berakha (traducida al griego como eucaristía), a ella -la bendición a Yahvé pronunciada sobre el pan y el vino- Jesús le da un nuevo y más profundo significado que la liberación de la esclavitud de Israel, le da el significado que era la esperanza de Israel: la liberación definitiva.

     También el Señor –como hacían los rabinos o los padres de familia en la cena pascual- tomó pan en sus manos y, elevando los ojos al cielo, dando gracias bendijo al Padre, partió el pan. Pero, al dárselo a sus discípulos dijo: “Tomad y comed todos de él, esto es mi cuerpo”... Al acabar la cena tomó el cáliz con el vino, volvió a dar gracias y bendijo al Padre y lo pasó a sus discípulos diciendo: “Tomad y bebed todos de él, éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la Alianza, de la Nueva Alianza”… (Cfr Mt 26,26-28; Mc 14,22-25; Lc 22,19-20; 1 Cor 11,23-25).

     A partir de aquel momento, cuando Jesús se vuelve el cordero pascual, el momento en el que inserta el sacramento de la Nueva Alianza, aquella que habían profetizado Jeremías (cfr Jer 31,31) y Zacarías (cfr Zac 9,11), la liberación por su sangre alcanzará a todos los hombres y no será tan sólo una liberación de una condición social sino la liberación de la esclavitud del pecado, de la muerte y del reino de Satanás. Es decir, la liberación de todo el ser –y de todos los hombre que acojan a Jesús como Salvador- que abre el camino hacia la eternidad con Dios.

     Pero, Jesús aquella noche santa dijo algo más. Dio un mandato, porque dijo: Haced esto en conmemoración mía”. Es decir que mandó a los discípulos, los que serían sus Apóstoles, repetir el ritual que Él había inaugurado. Dones de los dones y misterios de los misterios, desde aquel mismo momento estaba dando a la humanidad, junto al don de sí mismo en la Eucaristía, el sacerdocio ministerial para que el sacrificio que anunciaba su muerte y proclamaría su Resurrección se cumpliese hasta su vuelta en la gloria. Esto es lo que hacemos en cada Misa: el memorial de su Pasión y por la obra del Espíritu Santo la actualización de su sacrificio junto a la presencia del Señor. Por eso, la Eucaristía es sacramento-memorial, sacramento-sacrificio y sacramento-presencia.

     Cómo no maravillarnos de la condescendencia del Señor que no sólo se abajó hasta la condición de hombre para morir en la cruz sino que se hizo pan para que viviéramos de Él y cómo no dejar de asombrarnos cuando eligió a estos pobres y frágiles hombres que somos nosotros para que sean sus sacerdotes. Y todo esto lo hizo aquella misma noche. Aquel Jueves Santo. Todos nosotros sacerdotes nacimos aquella noche cuando después de darse a sí mismo dijo: “Haced esto en conmemoración mía”. El don de sí mismo en el pan y en el vino, éste es el gran misterio de la fe. Misterio no milagro. Milagro fue el de Caná que prefiguró este misterio. Milagro que pudieron comprobar todos los que vieron antes el agua y luego probaron que era vino. En cambio nosotros seguimos viendo el pan después de consagrado y sin embargo, lo dice nuestra fe, no es así. Algo grande ha ocurrido, algo mayor que la creación de miríadas de galaxias. Es la misma persona divina que se hace presente. La fe es la respuesta a la certeza de la verdad. La fe es decir “sí es así porque Tú lo has dicho”. Creo porque Tú Señor lo has dicho: “esto es mi cuerpo” “éste es el cáliz de mi sangre”. Creo porque la Iglesia lo enseña. Creo porque tus santos me lo han mostrado. Creo también porque cuando flaquea la fe Tú nos regalas milagros eucarísticos.

     Condescendencia divina en el despojo de sí mismo para tomar la condición de esclavo, para asumir semejanza humana y aparecer con porte de hombre rebajándose a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz, dejándonos antes su presencia en la Eucaristía para que delante de ella toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor y Dios. Para que todos se postren en adoración perpetua.

 

     Y todos nosotros, sacerdotes y pueblo de Dios, comemos de ese pan, que es su Carne y bebemos de su Sangre. Es decir, entramos en comunión con Dios mismo.

     Por eso, si se nos preguntara qué es la comunión, porqué comulgamos decimos:

     Es el encuentro con Dios, el de mayor intimidad y cercanía posible. El camino de Dios hacia el hombre, el camino del hombre  hacia Dios. Es Cristo en mí y yo en Cristo. En la medida que nosotros in-corporamos las especies consagradas, es decir, que la hacemos parte de nuestro cuerpo, como hacemos con los alimentos, somos en verdad unidos a Dios y participamos de la vida divina siendo asimilados por Dios. Se hace realidad lo que el sacerdote dice en voz baja cuando agrega unas gotas de agua al vino de la ofrenda: “el agua unida al vino sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana”.

     Comemos su Carne, bebemos su Sangre para vivir de Dios. Para permanecer en su amor. Para poder cumplir con su mandamiento nuevo de amarnos hasta el extremo que Él nos amó, es decir, sin medidas. Comulgamos para poder sacar fuerzas para el camino de la vida. Para ser uno con Dios y con el hermano. Para aprender qué es amar. Para dar gracias al Padre por el don del Hijo, y dar gracias al Hijo por el don de sí mismo, y para poder darle gracias a Dios por el Espíritu que nos es dado en la Eucaristía.

     Pero, recordemos siempre que es necesario tener el alma pura, es preciso haber recuperado la gracia mediante la confesión, el sacramento de la rehabilitación antes de acceder al abrazo de Cristo

 

     Decir Eucaristía es decir presencia del Señor, verdadero Dios y verdadero hombre. Y decir presencia del Señor es decir adoración.

     Como decía Juan Pablo II: “en la escuela de María, «mujer eucarística», adoramos a Jesús verdaderamente presente en los humildes signos del pan y del vino”.

     La adoración es la prolongación del encuentro de la comunión sacramental. Es entrar en el secreto del amor de Dios, penetrar el misterio que celebramos en cada Eucaristía y permanecer en el amor del Señor. Es dar testimonio de este amor y de nuestro amor y fe por él. Es la búsqueda del amor y de fuerzas recurriendo a la misma fuente. Adorar es también ir en búsqueda de paz y sosiego deteniéndose en el camino frenético de la vida. Quien adora encuentra reposo y es restaurado por la presencia divina. Es encuentro con la Luz que ilumina la vida de todo hombre. Adoración es también agradecimiento, reconocimiento a Jesús por todo su amor. Es profundizar la amistad con Dios y a la vez reconocimiento de su majestad.

     Cuando adoramos también reparamos por nuestros pecados y los del mundo.

     Adoramos para darle gracias por la vida y por todos sus dones y beneficios hacia nosotros.

     Quien adora experimenta la protección de Dios en su vida y en la de los suyos.

     Quien adora entra en la intimidad del Señor y crece espiritualmente.

 

     Adoración y adoración perpetua, a esto estamos llamados. Hay dos razones poderosas que hacen única a la adoración eucarística perpetua: que el Señor es adorado incesantemente, día y noche, y que las puertas de la iglesia están siempre abiertas. Dios recibe grandísimo honor, los fieles elevan sus plegarias y sus alabanzas, bendiciones, acción de gracias permanentemente, sin parar, y pueden todos acercarse al Señor en cualquier momento del día y de la noche y cualquier día del año.

 

     Pidamos al Señor nos haga comprender cada vez más este misterio de su amor, la Eucaristía. Pidamos que cada vez más nos atraiga a sí en la Eucaristía, y que podamos ser los adoradores que busca el Padre en espíritu y verdad. Pidámosle que aprendamos de su presencia eucarística a ser humildes, a dar nuestro amor hasta el extremo y hacerlo desde lo oculto, que podamos permanecer así en su amor siendo uno con Dios y con el hermano. Pidamos, en fin, por todos los sacerdotes, por su santidad, para que todos los hombres encuentren a Cristo, el Salvador.


 
V Domingo de Cuaresma Año A

     Queridos hermanos, en este quinto domingo cuaresmal vengo a hablaros de la Eucaristía. Nada más litúrgico que hablar de la Eucaristía en una celebración eucarística. ¿Verdad? Pero, más precisamente a hablaros de la adoración a la Eucaristía y de una adoración muy especial: la adoración perpetua.
     Por dónde empezar sino del mismo Evangelio que acaba de ser proclamado. El Señor le dice a Marta: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?”.
     Fijémonos bien, Jesús le dice: “Yo soy la resurrección y la vida”. Es el mismo Jesús que en Cafarnaún, en la sinagoga, había dicho:

“Yo soy el pan vivo, bajado del cielo,
si uno come de este pan vivirá para siempre.
Y el pan que yo le voy a dar, es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6:51).
“El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna,
y yo lo resucitaré el último día.
Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida” (Jn 6:54-55).

     Jesús habla de un modo enigmático o bien está diciendo algo tremendo: ¡comer su carne, beber su sangre! Tan tremendo que sus interlocutores se escandalizan o dicen que es un lenguaje muy duro, muy difícil de entender, y –relata el evangelista- desde ese momento muchos de sus discípulos lo abandonaron.
     Nosotros ahora lo entendemos. Él estaba anticipando el Jueves Santo, su Última Cena. Allí develaría el misterio… con un nuevo misterio. Develaría el misterio de sus palabras, que resultaban incomprensibles o inaceptables, con el misterio sublime de la fe que es el don de sí mismo. El don de sí mismo en la cruz representado sacramentalmente. Jesús anticipa en la noche del Jueves el sacrificio del Viernes. Jesús ya se da a los suyos.
     Este don es el tesoro de la Iglesia, el mayor bien espiritual que pueda tener o aspirar, porque es Jesucristo en Persona.
     Aquella noche, la noche en que fue entregado, dijo a sus discípulos: “Tomad y comed todos de él, esto es mi cuerpo… Tomad y bebed todos de él, éste es el cáliz de mi sangre…”.
     Esto es lo que hacemos en nuestra comunión sacramental: comemos su carne. Comemos su carne y él, de acuerdo a su promesa, nos da vida, vida eterna y la certeza que habremos de resucitar.
     “¿Crees esto?”, nos pregunta el Señor como a la hermana de Lázaro. ¿Creemos esto? Esto es la fe de la Iglesia, es la certeza de la verdad porque Jesucristo, nuestro Señor, lo ha dicho y en él no hay mentira.
     En cada comunión sacramental, queridos hermanos, nos unimos a Cristo que es la Resurrección y la Vida.
     Y en cada adoración prolongamos ese encuentro y recibimos vida en abundancia y resucitamos de nuestras muertes. De las muertes del alma que son los fracasos no superados, los dolores profundos y las angustias más hondas y persistentes, las depresiones y tristezas, las soledades infinitas, las situaciones imposibles. De todas las muertes nos resucita el Señor de la Vida y, por supuesto, nos ha de resucitar de la muerte corporal cuando nos dé un cuerpo glorioso que ya no morirá jamás.

     Un obispo, alabando las maravillas de la adoración perpetua, contaba que una señora, que acaba de enterrar a su hijo de 26 años, lo primero que hizo al salir del cementerio fue ir corriendo a la capilla para recibir consolación del Señor allí expuesto.
     La adoración perpetua es la permanencia del encuentro en la que los adoradores, verdadera fraternidad eucarística, que se turnan hora a hora, hacen que la iglesia esté siempre abierta y el Señor sea siempre adorado. En estas dos cosas se encierra la inefable bondad de la adoración eucarística perpetua: permitir que haya una iglesia abierta día y noche, las 24 horas del día y los 365 días del año… ¡siempre! para que quienquiera que sea a la hora que sea pueda encontrarse con el Señor, con Aquél que es la Resurrección y la Vida, y al mismo tiempo se pueda elevar la adoración incesante, como incienso que sube al cielo, a nuestro Dios y Señor uniendo así la tierra con el cielo, donde –lo dice el libro del Apocalipsis- al que está en el Trono y al Cordero se lo alaba, adora, rinde honor y gloria, día y noche, es decir, sin cesar. Esto es la adoración perpetua.

     Para concluir os relataré un testimonio que fue dado por un padre franciscano cuando estaba yo en Italia predicando la adoración perpetua. Él contó que donde vive hay una capilla que está abierta día y noche. También por su pueblo, una persona había salido de su casa, hacia la medianoche, con la intención de acabar, esa misma noche, con su vida. Caminando, alejándose de su casa, dio con la capilla. Seguramente vio la luz en medio de la noche y se sintió atraída hacia ella. Entró y se quedó hasta las cuatro de la madrugada. Hoy puede dar su testimonio. Buscaba un lugar para su muerte y encontró a la Persona de Aquél que no deja de repetirnos “Yo soy la Resurrección y la Vida”. El que iba a ser un suicida hoy es un testigo de la Resurrección de Cristo. Eso hace la adoración perpetua. ¡Alabado sea Jesucristo!


 
IV Domingo de Cuaresma Año A
"Creo, Señor” y se postró en adoración ante Él

     Hemos escuchado el Evangelio de san Juan que acaba de ser proclamado.
     Dice la Escritura que el ciego de nacimiento, al ver a Jesús y reconocerlo como Señor y Mesías, cayó postrado en adoración.
     Jesús le pregunta si cree en el Hijo del hombre. El Hijo del hombre es título mesiánico. El ciego sabe de qué se trata. Le estaba preguntando si creía en el Mesías, en el Salvador que tenía que venir y que todos los judíos estaban ansiosamente esperando. “Quién es, para que crea en él?”, le responde preguntando. Y Jesús le dice “soy yo”. Entonces, relata el evangelista, dijo el ciego: ‘"Creo, Señor” y se postró ante él’.
     Al acto de fe siguió la adoración.
     ¿Qué nos dice esto a nosotros ahora?
     Nos dice que al recibir la luz de la gracia de la fe, todo cristiano debe postrarse en adoración ante Cristo, porque Él es Dios. El cristiano es aquel que reconoce en Jesús al Cristo, o sea al Mesías, como Hijo de Dios, o sea de la misma naturaleza divina que el Padre y el Espíritu Santo.
     Pero, los católicos gozamos de un privilegio mayor que cualquier otro cristiano -compartido sólo con los hermanos ortodoxos- y es la Eucaristía. La Eucaristía es el tesoro de la Iglesia, la que hace a la Iglesia. La Eucaristía es el don de Jesucristo de sí mismo. El don inefable -porque no hay palabras ni adjetivos que puedan abarcar este misterio infinito- que el Señor nos legó, junto al sacerdocio, en la Última Cena. La Eucaristía es Él mismo. Jesús dijo “Esto es mi cuerpo”, “éste es el cáliz de mi sangre”, y luego nos mandó a los sacerdotes “haced esto en conmemoración mía”. Que es lo que repetimos, actualizando el misterio, en cada Misa. El único sacrificio de Cristo se actualiza en cada celebración eucarística.
     Por eso, todo católico debe adorar el Santísimo Sacramento, porque Jesucristo está presente –como enseña el Concilio de Trento- verdadera, real y substancialmente presente.
     ¡Esta es la fe de la Iglesia!

     Cuando decimos Eucaristía, la asociamos a la celebración del sacrificio eucarístico que le da origen. Y así debe ser. Pero, pocas veces se cae en la cuenta que a la Eucaristía se le debe el culto de adoración. La adoración no es –como lo ha recordado el Santo Padre- un lujo sino una prioridad. No es, lo que hoy se llama, un opcional. No es facultativo adorar, es un deber. Está inscrita en nuestros genes de cristianos la adoración. Adorar es la expresión, la reacción de culto connatural al hombre cuando se encuentra ante Dios. Debemos adorar a Dios, debemos adorarlo en el Santísimo Sacramento.

     Comunión y adoración van juntas. Quien comulga debe adorar, porque como nos lo recuerda el Santo Padre Benedicto XVI en Sacramentum Caritatis, citando a san Agustín, que “nadie come de esta carne sin antes adorarla [...], pecaríamos si no la adoráramos” (SC n.66). Sí, el que comulga adora y quien adora entra en comunión con el Señor.
     El Hijo de Dios en la Eucaristía viene al encuentro de nosotros y por la adoración prolongamos ese encuentro. Como también nos recuerda el Santo Padre en el mismo documento: “la adoración eucarística no es sino la continuación obvia de la celebración eucarística, la cual es en sí misma el acto más grande de adoración de la Iglesia”.

     Podemos decir que quien no ha llegado adorar al Señor permanece ciego ante su presencia eucarística, porque si bien la Eucaristía es en sí un velo a la presencia del Señor, por la fe somos iluminados para poder reconocerlo en ese misterio. Quien aún no adora debe pedir la luz de la fe, de la cual carece, para poder encontrarse con Jesús y contemplar su rostro. Es decir, para descubrir la belleza y la riqueza de esa intimidad que supone la adoración.

     Cuentan que el santo Cura de Ars, san Juan María Vianney, viendo un hombre que se pasaba horas inmóvil y con la vista fija hacia el Santísimo le preguntó qué era lo que hacía, a lo que aquel le respondió: “Yo lo miro y Él me mira”. Aquel que permanece en adoración cruza, por así decirlo, su mirada con Quien nos mira y bendice. Contempla y es contemplado.
     Desde su Morada eucarística no sólo nos mira el Señor sino que también nos llama, nos invita a acercarnos. “Venid a Mí...”. A acercarnos para darnos amistad y para colmarnos de bienes espirituales. Desde la Eucaristía Él irradia sus gracias sobre todos los que se acercan a adorarlo.

     Queridos hermanos y hermanas, he venido a hablaros de adoración y de adoración perpetua.
     Sabed, y habla ahora la experiencia, que una capilla donde el Señor es adorado día y noche, y todos los días del año, una capilla de adoración perpetua, es poderoso centro de irradiación de bendiciones y gracias. Un centro de irradiación muchísimo más potente en construirnos y protegernos que la mayor fisión nuclear liberada en destruir.
     Jesucristo extiende sus bendiciones, sus gracias, su protección, ante todo, a los que tienen su Hora Santa con Él. A quienes hacen posible con su respuesta que la capilla esté abierta, porque no podemos exponer el Santísimo a menos que estemos seguros que haya una persona adorándolo y esa persona es el custodio de la Eucaristía. Pues, estos hermanos que acogen la invitación a adorar una hora semanal serán desde ahora bendecidos porque han abierto su corazón a la gracia.
     Pero, el amor de Dios no tiene límites y, por eso, a través de vosotros que habéis dado vuestro sí al Señor y por vosotros, muchos otros –y entre estos personas alejadas de Dios- recibirán también bendiciones.
     A los ciegos a la fe, ciegos porque han nacido así en un medio sin Dios, o que se fueron encegueciendo en el camino, el Señor les trae la luz de la vida y los rescata de las tinieblas de muerte.
     Y no sólo ilumina a todo aquel que se acerca a Él sino que los vuelve luz para los demás. Como le decía san Pablo a los efesios: “En otros tiempos erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor”.

     Santo Tomás de Aquino decía “contemplata aliis tradere”, que significa llevar lo contemplado a los otros, es decir, contemplar y dar de lo contemplado. Yo no puedo dar nada que antes no haya recibido de Dios y de Dios recibo cuando lo contemplo en adoración.

     El ciego creyó en Jesús, lo reconoció en la fe como el Salvador y se postró ante Él. Nosotros lo adoramos y adorándolo damos testimonio de nuestra fe en su presencia eucarística y en su divinidad, y ofrecemos al mundo testimonio de nuestro amor y reconocimiento, de nuestra certeza que sólo Él puede hacer nuevas todas las cosas.
     El gesto que cumplió con aquel ciego de nacimiento no fue antojadizo. Así como el Padre formó al hombre del polvo del suelo (Cf Gen 2:7) y le insufló su Espíritu, el Hijo untándole al ciego el barro hecho de la tierra y de su saliva y enviándolo luego a lavarse con el agua de la piscina del Enviado, alusión a la purificación que viene de la persona de Cristo, está indicando una nueva creación. Le da ojos nuevos para que vea al Salvador de los hombres y crea en Él y lo adore por reconocerlo Dios. Sí, queridos hermanos, Él hace nuevas todas las cosas, Él tiene el poder de recrearnos y esto lo experimentamos cuando nos volvemos adoradores y cuando por nuestra adoración Jesucristo da la respuesta que buscamos a los problemas que nos agobian como humanidad, la respuesta que sólo Él puede dar.

     Quiero concluir apelando a vuestra generosidad para que os apuntéis en las horas más difíciles: las que van desde la medianoche a las 6 de la mañana. Pensad que la noche es muy particular y parecería que guarda un secreto en la historia de la salvación. Grandes acontecimientos ocurrieron durante la noche. Los hebreos huyeron de Egipto durante la noche… Jacob luchó con Dios una noche y se volvió Israel… Dios llamó a su profeta Samuel una noche… Los ángeles anunciaron a los pastores el nacimiento de Jesús una noche y ellos fueron y lo adoraron… Jesús nació en Belén durante la noche… Los Magos venidos de Oriente fueron guiados por una estrella, una noche… Jesús comió su Última Cena, regalándonos el inefable don de sí mismo y del sacerdocio, durante una noche... y fue aquella misma noche cuando comenzó su Pasión en el Getsemaní, y… finalmente, resucitó en la noche… entre el sábado y el domingo.

     Sabed que todas las horas son agradables para el Señor, pero quien pueda escoger una de esas horas que van de la medianoche a la madrugada estará, de algún modo, retribuyendo amor con amor con su sacrificio. Porque el sacrificio es el lenguaje del amor.
     Gracias, que el Señor os bendiga!


 

III Domingo de Cuaresma Año A
“Si tú conocieras el don de Dios”


     El relato evangélico del encuentro entre Jesús y la samaritana es muy rico y de él mucho se puede decir. Sin embargo, hoy quiero concentrarme fijando la atención sólo en algunos particulares.
     Lo primero es en la figura del Señor, caminante cansado del camino, que ahora encontramos sentado, junto al pozo, en Sicar. Y Jesús pide. Jesús tiene sed y necesita saciar su sed. Y Jesús pide, le pide a una mujer de beber. Vemos a Jesús como si fuera un mendicante al costado del camino, ¡Él que es rico!
     “Dame de beber”, le dice a aquella mujer que ha ido a buscar agua a esa hora. “Dame de beber”.
     Esto es el inicio de un diálogo. Debemos saber que todo diálogo con el Señor se puede convertir en diálogo de salvación porque hace descubrir al interlocutor quién es Jesús.
     De inmediato se ve que el que pide es quien ha venido para dar. Es así, Jesús primero pide, solicita algo de nosotros y lo hace para darnos algo mucho más grande, infinitamente mayor.
     Ante el estupor de la mujer, que un hombre judío se dirija a un samaritano y encima que sea mujer, Jesús responde a ese reto con palabras más desconcertantes: “si conocieras el don de Dios y quien es el que te pide…”. Está como queriendo decir: “El que te pide es el que te dará en sobreabundancia. Si supieras, mujer, quien es el que te pide tú misma correrías ya no a darle sino a pedirle”.
     Este mismo hombre que ella tiene delante aquel mediodía y le dice “Dame de beber”, a esa misma hora de otro día, el día de su Pasión, dirá: “Tengo sed”. “Sed de ti, de tu salvación, sed de salvar a todas las almas”.

     “Tengo sed” son dos palabras que proferidas de la boca del Cristo exangüe penetran profundamente en el alma de quien las evoca.
     La Beata Madre Teresa hizo poner en todas las casas de las Misioneras de la Caridad, junto al sagrario, esas mismas palabras: “tengo sed”. Lo hizo seguramente para apagar la sed del Crucificado en el Calvario a través de la caridad hacia todos los más pobres y miserables en los que está Cristo, pero también lo hizo para responder al anhelo del Sagrado Corazón, cuando el Señor le dijo a santa Margarita María Alacoque: “Tengo sed, una sed tan ardiente de ser amado por los hombres en el Santísimo Sacramento que esta sed me consume”.
     El Santo Padre Benedicto XVI escribió que el costado traspasado de Jesús en la cruz es el manantial al que hay que recurrir para experimentar más a fondo el amor del Señor y ese conocimiento de su amor se da ante la actitud humilde del corazón de quien adora silenciosamente.
     Éste es el don de Dios: la adoración y la adoración perpetua. Éste es el modo de apagar la sed de nuestro Señor: adorándolo y adorándolo sin interrupción, día y noche.

     Como a la samaritana, es Jesús quien ahora a ti te invita, quien te pide que pases una hora con él.
     “¿Conque no habéis podido velar una hora conmigo?” (Cfr Mt 26:40), son las palabras de la agonía del Getsemaní, palabras de infinita tristeza, queja amarga que resuena en todos los tiempos. Una hora, te pide. Tan solo una hora.
     Fíjate que te pide para darte, como lo hizo con aquella mujer de Sicar. Te pide una hora para colmarte, no sólo esa hora a la que le dará un nuevo valor y la multiplicará en gracias, sino para colmar tu vida. Quien quiere apagar su sed es quien ha de saciarte y volver plena tu vida.
     “Si tú conocieras el don de Dios!”.
     El don es el de adorarlo, de darle una hora santa de adoración y ofreciéndola recibir tanto!
     Es que ha llegado la hora, y es ésta, de los que adoran a Dios en espíritu y verdad.
     Quien adora al Santísimo Sacramento adora a Dios en espíritu y verdad. Porque por y en el Espíritu adoramos a Dios, en Jesucristo -que es Dios y uno con el Padre y el Espíritu Santo- y que está verdaderamente presente en el Santísimo Sacramento.
     Cuando adoramos a Jesús Eucaristía nos hacemos testigos de su Presencia divina y, como la samaritana, otros creen por el testimonio que damos de nuestra experiencia de fe y de nuestro amor. Otros no sólo creen sino que pueden acercarse a Él porque con nuestra presencia continua permitimos que las puertas de la iglesia estén abiertas día y noche. Queridos hermanos, pensad ¡cuántos alejados de Dios se acercarán atraídos por esas puertas abiertas, signo de los brazos abiertos de nuestro Señor, que acoge a quien está herido por la vida, quien está solo y desesperado y quien lo busca con corazón sincero!
     Y tú, no sólo te estás regalando esa hora con tu Señor sino que haces posible que otros alcancen al Redentor y hagan experiencia de su misericordia y encuentren la salvación, porque habrán encontrado al Salvador.
     “Si tú conocieras el don de Dios!”.
     Esto, queridos amigos, no es teoría, no son conjeturas sino realidad. Muchísimos son los testimonios de conversiones, de verdaderos milagros espirituales.
     Estando en Italia otro sacerdote dio un testimonio: donde él vive hay una iglesia que está abierta día y noche. Una persona que había decidido acabar con su vida salió de su casa, hacia la medianoche, buscando dónde suicidarse y pasando cerca de la iglesia se sintió como atraída. Entró y se quedó hasta las cuatro de la madrugada. Esa persona buscaba el lugar para su muerte y encontró en aquella iglesia a Aquél que dice: “Yo soy la Vida”. Esa persona hoy da su testimonio.
     Hace no mucho un arzobispo me contaba que un médico que él conoce y que se decía agnóstico, digamos ateo, se sintió interpelado por la capilla de adoración perpetua. Se decía: “¿Qué habrá en esa capilla que siempre va la gente y está abierta de día y de noche?” Pues, fue. Y le contaba al arzobispo que desde aquella primera vez no dejó de ir y que todas las mañanas se levanta media hora antes para visitar al Santísimo.
     “Si tú conocieras el don de Dios!”.

     La samaritana se preguntaba cómo podría darle el Señor a ella de beber si no estaba provisto de cubo y el pozo era hondo. También tú te puedes preguntar cómo puede ser que estando allí una hora ante el Santísimo puedan pasar grandes cosas, a nosotros y a otros.
     Queridos hermanos, Él todo lo puede desde esa apariencia frágil, silenciosa, en el pan consagrado. Jesús llega a la mayor profundidad del pozo de nuestra alma para extraer el mal y para con su gracia transformar nuestra aridez en vida.

     Queridos hermanos, los invitamos a participar de la adoración perpetua, a experimentar el don de Dios, a dar testimonio de la presencia real, verdadera, del Señor en la Eucaristía.

     Cuando hacemos experiencia del Señor en adoración ya no nos preguntamos como lo hacía Israel (primera lectura del Éxodo) si “el Señor está o no con nosotros”, porque sabemos que Él es el Emmanuel, el que está con nosotros siempre, porque ha venido por nosotros. Amén.


 

II Domingo de Cuaresma Año A

     El Padre revela quién es el Hijo: “Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto”. Son las mismas palabras que el Padre había pronunciado en el Bautismo de Jesús en el Jordán. Pero, ahora agrega: “¡Escuchadlo!”. Escuchadlo porque Él es la Palabra, mi Palabra, la Única Palabra que he pronunciado desde la eternidad, antes que el mundo fuera.
     “Escuchadlo” es el mandato de aquel día para siempre.
     Hoy, el Padre por el Espíritu Santo, nos revela que su Hijo, como Él mismo lo dijo, está presente en el Santísimo Sacramento, y nos dice: “¡Adoradlo!”.
     “Adoradlo en el Santísimo Sacramento, porque adorándolo estáis también escuchándolo a Él, que es la Palabra.”
     El Padre busca esos adoradores en espíritu y verdad.
     “Adorad a quien he dicho de escuchar, porque Él es mi Hijo, el Unigénito, Él es Dios”.
     Adoremos la Palabra hecha carne, hecha pan, que sana, que salva.
     Adoremos a Cristo, al Cordero, como es adorado en el cielo, día y noche, adorémoslo así en la tierra, sin interrupción. Esa es la voluntad del Padre.