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¡Feliz
Santa Navidad! Es
que esas palabras me dan vértigo. Es que sólo pensarlo y pruebo un
inmenso vértigo, porque a mí me ha nacido un hijo. A mí me ha sido dado un niño y ese niño es Dios. Es Dios que se hace próximo, tan cercano que
más no se puede. Es Dios que se hace uno de nosotros. Dios que se da
a sí mismo. Pero, ¡cómo no ha de darme vértigo! Éste es el
misterio de Dios hecho hombre en el Niño de Belén. El misterio de la
Encarnación. Misterio, como misterio es el otro: el mismo Señor que
se ofrece en el Niño que acaba de nacer es el que, en el primer
Jueves Santo de la historia, nos regala para siempre su misma Persona,
su Cuerpo y su Sangre. Y se queda con nosotros. Esto
es la adoración perpetua, no dejarlo, permanecer constantemente con
Él. La adoración perpetua es una comunidad que adora día y noche al
Señor expuesto en el Santísimo Sacramento del altar. El otro motivo es que en la ciudad hay un lugar santo, una capilla, que está abierta día y noche y el que quiera puede ir a adorar cuánto quiera y cuándo quiera. Y esto, queridos hermanos, es una gran gracia que viene por tu disponibilidad y aceptación generosa. Casi diría inteligente más que generosa porque el beneficio recibido no puede ser ni remotamente comparado a lo que tú das. Por
tu sí la capilla puede estar abierta y personas alejadas de la
Iglesia podrán acercarse y probar qué bueno es el Señor. Como esa
señora que dejó una pequeña esquela en la capilla de adoración
perpetua de Prato. Decía escuetamente: “Hace más de 10 años que
no pongo un pie en una iglesia católica y si antes alguna vez fui a
una ha sido por alguna visita artística. Aún no sé porqué estoy
aquí. Creo en la paz que aquí hay y deseo encontrarla”. Y firmaba:
Maria Grazia. Nosotros
podemos imaginar quién la hizo entrar y quién se encargará que
Maria Grazia comience su camino de conversión después de ese primer
paso. Y todo esto puede ocurrir porque tú dices que sí a la invitación de estar una hora semanal con el Señor. ¿Nos damos cuenta cuánto puede hacer el Señor con lo poco que le damos? Una hora a la semana es nada. La semana tiene 168 horas y una hora es bien poco. Sin embargo, cuando la ofrecemos a Dios esa hora es multiplicada en gracias y hasta en tiempo. Ocurre lo de aquellos pocos peces y panes que no eran nada para saciar el hambre de aquellos 5000 hombres, sin contar las mujeres y niños. Sin embargo, cuando el Señor los bendijo se multiplicaron y no sólo alcanzaron para toda aquella multitud sino que además sobraron 12 canastos. Por
tu sí, querido hermano, otros han de descubrir el don inestimable de
la presencia viva de Jesús que sana y que salva. Vosotros estáis abriendo una puerta al cielo y esa puerta permanecerá abierta. Vosotros estáis ofreciendo la señal de la salvación. Y a muchos les pasará lo de los pastores: vendrán y verán la señal de la presencia de Dios, no ya en el niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre, sino en el Santísimo expuesto. Y todos, con los ángeles, daremos gloria a Dios en el cielo y paz a los hombres que ama el Señor porque gloria se le está rindiendo aquí en la tierra, en ese bendito lugar. Y daremos testimonio de fe y de amor en el Mesías, el Señor. ¡Feliz
y santa Navidad! |
DOMINGO IV de ADVIENTO AÑO B |
DOMINGO III de ADVIENTO Año B El signo del III Domingo de Adviento es la alegría. Estamos cercanos ya a la Navidad. Es la alegría de la Buena Noticia desbordante de gozo en el Señor que ha venido a liberarnos de todo mal y esclavitud. Así lo proclama Isaías. Así nos exhorta san Pablo. “Estad siempre alegres”, nos dice. Pero, ¿cómo hacer para estar siempre alegres? El mismo apóstol nos da la respuesta a continuación cuando dice: “sed constantes en la oración”. Quiere decir que la alegría viene de la oración. Y ¿sabéis porqué? Porque la oración es la que nos permite comunicar con Dios, hacer que Dios esté con nosotros y nosotros con Él. La alegría, igual que la paz, es el signo de la vida en Dios. Cuando somos inhabitados por Dios nos invade la alegría y la paz permanentes. Y esa alegría y esa paz no dependen de las situaciones que nos toquen vivir, sino de nosotros mismos. Paz y alegría permanecerán en nosotros en la medida que permanezcamos en Dios, es decir que no perdamos el estado de gracia. Si no oramos no entenderemos nada, no advertiremos los signos de los tiempos. Si no oramos no nos convertiremos, es decir, no dejaremos que Dios haga su obra en nosotros. Para reconocer la venida de Dios entre los hombres, para reconocer al Emmanuel que ya vino y está con nosotros y que también ha de venir en su gloria, hay que orar. Es necesario ser humildes y pedir cada día la venida del Espíritu Santo en la propia vida para que Dios haga morada en ella y para poder reconocer los signos de los tiempos. A Dios se lo encuentra, sobre todo, en la adoración. Adorar es contemplar el misterio del Dios con nosotros y por nosotros, del Dios hecho pan, alimento de vida eterna. De Dios que nos da de beber la bebida de salvación: la Sangre de su humanidad, derramada por nosotros, por nuestra redención y justificación. Hoy más que nunca tenemos necesidad de esta adoración. En tiempos de oscuridad, cada adorador –como el Bautista- da testimonio de la luz. Cada adorador –como Isaías, como el Bautista- es profeta. Profeta de la Eucaristía que en su silencio adorante le dice la mundo: “Dios existe, Dios está aquí en medio nuestro y por eso estoy adorándolo. Dios está con nosotros y por nosotros. Este es tu Dios, que te sana y te salva!” P. Justo Antonio Lofeudo mss “Jesús no nos abandona, sino que está siempre con nosotros, como Él mismo promete; y el grado máximo de intensidad de su permanencia con nosotros se realiza en el sacramento de la Eucaristía en su doble aspecto de celebración y de permanencia...”. |
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DOMINGO XXV AÑO A Is 55,6-9 Flp 1,20c-24.27ª Mt 20,1-16 “Buscad al Señor”, dice el profeta Isaías. “Invocadlo”. La primera pregunta que debemos hacernos es si lo buscamos y si lo invocamos. Y si lo invocamos, es lo segundo, en cuáles circunstancias. El Señor se hace encontrar por aquellos que lo buscan con sincero corazón. Esas exhortaciones de Isaías están, así como las he presentado, incompletas, porque traen consigo una advertencia. El profeta advierte seriamente diciendo: “buscad al Señor …mientras se lo encuentra. Invocadlo …mientras está cerca”. Quiere decirnos que debemos aprovechar este momento de gracia, que muy bien se aplica a este hoy en que -ante los grandes sacrilegios, indiferencias y ultrajes- Dios manifiesta su misericordia. Sabemos sí que el Señor está muy cerca de nosotros, tan cerca que se hizo alimento en la Eucaristía. Pero, agreguemos, cerca de quien lo busca, cerca de quien no es indiferente o irreverente. No cerca de quien lo ignora o lo desprecia. Por eso, las palabras de Isaías son advertencias, no amenazas, para tener muy seriamente en consideración. Ya se nos advierte en Proverbios (Prov 1:20ss): “Os llamé –dice la Sabiduría (que personifica a Dios mismo en uno de sus atributos esenciales)- y no hicisteis caso, os tendí mi mano y nadie atendió… Me llamarán y no responderé, me buscarán y no me encontrarán”. Palabras que suenan terribles pero que, en definitiva, son un reclamo para convertirse a Dios. Sin embargo, no falta tampoco las palabras de gran consuelo, porque finaliza diciendo: “Pero el que me escucha vivirá seguro, tranquilo y sin miedo a la desgracia”. Escuchemos el llamado del Señor, no endurezcamos nuestro oído. El Señor llama, no deja de llamar. Como el propietario de la viña, de la parábola, que a toda hora va a buscar a los obreros. La viña es el Reino, el cielo, el premio eterno de plenitud de la dicha y de todos los bienes espirituales. Muchos son los llamados, dice Jesucristo, y pocos los elegidos. Nos preguntamos: ¿Quiénes son los elegidos? Los elegidos son aquellos que han respondido al llamado. Dios a todos da la gracia para responder pero no todos responden. Elegidos son los que buscan y encuentran, los que invocan y son atendidos. Hoy, el Señor nos llama y nos llama para darnos una gracia renovada, una gracia extraordinaria en tiempos de males extraordinarios. Nos llama a la Adoración Eucarística Perpetua. No sólo a la adoración sino a la adoración perpetua. Y vosotros diréis: cómo podemos saberlo que es así. Pues, esto lo veo, es nuestra experiencia en todas partes, sobre todo en aquellos lugares que eran humanamente imposibles de establecer por el número reducido de fieles, porque son lugares apartados. La AEP es un regalo del Corazón de Jesús para este tiempo. Es el lugar de encuentro con el rebaño, donde se derraman abundantes gracias, donde se dan frutos apetecibles, donde se encuentra protección, crecimiento espiritual, bendiciones de todo tipo. Donde se encuentra paz, la única paz verdadera: la paz de Cristo. Queridos hermanos, la adoración no es facultativa, no es optativa. Porque en realidad si verdaderamente creemos en Dios, si creemos que Jesucristo es hombre verdadero y Dios verdadero, si creemos que está presente y oculto en la Eucaristía entonces sólo cabe la adoración como respuesta. Si queremos ir al cielo, si nuestro horizonte existencial no termina con la muerte física, si respondemos al llamado, si desde ahora queremos vivir nuestro cielo en la tierra, entonces debemos adorar al Santísimo Sacramento. Es así, con la adoración que lo honramos y reconocemos como nuestro Dios y Señor, nuestro Creador y Salvador. La adoración es la respuesta de todo ser inteligente ante su Creador, sea que more en las alturas o que aspire al Cielo. En el cielo, el que está sentado en el Trono y el Cordero son adorados por las almas de los bienaventurados y por los santos ángeles y demás seres celestiales. En la tierra lo adoran los verdaderos hijos de Dios, los discípulos de Jesús. La AEP –adoración día y noche, todos los días del año- es la respuesta en el tiempo hacia quien no deja de ser Dios y de amarnos de amor eterno. Es la comunión que no cesa, el encuentro que perdura, la exposición permanente de Jesús oculto tras los velos eucarísticos y del adorador que se sucede hora tras hora. Por eso, la AEP genera una fraternidad eucarística. A través de la AEP rendimos honor y gloria, damos incesantes gracias, alabamos y bendecimos, glorificamos al Cordero y reparamos e intercedemos ante Él, ante su presencia eucarística, día y noche, día tras día, siempre. Esto hace única a la AEP. Y también nos permite que la iglesia esté siempre abierta, que se convierta en signo de los brazos siempre abiertos de Jesucristo, que abraza al hombre herido por la vida, que a todos acoge y sana. Queridos hermanos, no temáis en decirle que sí a Cristo, en darle una hora de vuestro tiempo al Señor. Porque Él hará de esa hora semanal un tiempo trascendente que se ha de medir en gracias y cuyo valor es de eternidad. |
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La Virgen de los Dolores María no ha sido, como algunos neciamente pretenden, un simple vehículo humano para que la Palabra eterna se encarnase. Casi un mero accidente y basta. Esos no conocen la profundidad del amor de Dios y la solidaridad que Él impuso a los hombres en su caída y en su salvación. No, Ella no fue un mero cuerpo del que se valió Dios para encarnarse. No, Ella es la Madre de Dios, sublime María, absolutamente única entre todas las criaturas. Lejos de agotarse su misión al dar a luz al Señor, lo nutre, lo educa, lo guía, lo acompaña y lo sigue. María es Madre y perfecta discípula de Cristo. Si el Señor dijo: “si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt 16:24), ¿quién sino Ella puede llamarse perfecta seguidora de Cristo? La Virgen Madre se despoja de todo honor, de todo derecho, toma su cruz y lo sigue. Pero, ¡atención! -porque esto es lo absolutamente único-, la cruz de María no es otra que la cruz de su Hijo. No hay dos cruces sino sólo una. María sufre lo que sufre su Hijo. Sufre los desprecios, las burlas, los escupitajos, las caídas, los golpes a los que es sometido Jesús. Cada golpe del flagrum repercute en su corazón, cada clavo que traspasa la carne del Señor atraviesa la de la Madre, porque Él es carne de su carne. Estaba la Madre junto a la cruz de su Hijo… Stabat Mater… compartiendo su cruz, su martirio. “Y ti una espada traspasará tu alma”(Lc 2:35). Esa espada de dolor es la de la Pasión de Cristo, es la que le abre el corazón a la maternidad de todos los hombres al oír aquellas palabras del Crucificado: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19:26). ¡Qué noche más oscura la tuya, María! ¿Dónde está tu Dios? ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?… (Slm 22,1) Tú también puedes decirlo esa tarde, la más tenebrosa de las tardes, sobre el Gólgota. ¿Dónde quedaron las palabras del Ángel “y su reino no tendrá fin… Será llamado Hijo del Altísimo… Alégrate María, llena de gracia… El Señor está contigo”(Lc 1:28s). Pero, ¿dónde? ¿Dónde encontrarlo ahora que el mal, todo el mal del mundo desde la caída de Adán hasta el fin del mundo está aquí y ha caído sobre mi Hijo? Aquí está mi Hijo, el más puro e inocente Cordero, exangüe, muriendo en la cruz. Y tú muriendo también, de pie, pero atravesada por la más aguda y afilada de las espadas, la que llega a separarte el alma del cuerpo en profunda muerte espiritual. Grande es tu martirio, Madre de Cristo y ahora Madre nuestra. “Después de aquel Jesús –que es de todos, pero que es tuyo de un modo especialísimo- hubo expirado, la cruel espada que abrió su costado, sin perdonarlo aún después de muerto, cuando ya no podía hacerle mal alguno, no llegó a tocar su alma pero sí atravesó la tuya. Porque el alma de Jesús ya no estaba allí, en cambio la tuya no podía ser arrancada de aquel lugar. Por tanto, la punzada de dolor atravesó tu alma, y, por esto, con toda razón, te llamamos más que mártir” ( San Bernardo). ¡Cuánto, Madre de Dios, habrá sido tu sufrimiento, aún en tu propio cuerpo, si no alcanzamos a imaginar el dolor abismal de tu alma! Estás desgajada. Dios ha querido que esta fuera tu pasión porque le plugo que la salvación de los hombres pasase por tu corazón. Por eso, con toda propiedad y justicia, María de los Dolores, podemos llamarte Corredentora. María, Madre del Redentor, ruega por nosotros tus hijos pecadores. |
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La cruz, instrumento de muerte, signo de ignominia y maldición, es por Dios exaltada y se convierte en signo e instrumento de amor, de bendición y salvación. La cruz deja de ser oscura para ser gloriosa, victoriosa. Cristo en la cruz vence. Cristo reina, Cristo impera. La cruz es luminosa porque está iluminada por la Resurrección. Es luminosa como luminosa es la Eucaristía. Eucaristía, cruz y Resurrección están unidas. Eucaristía es el don que el Señor hace de sí mismo el Jueves Santo. Es el don que anticipa el sacrificio suyo del Viernes. Don y misterio es la Eucaristía, que vienen del Corazón de Jesús como vienen el don y misterio del sacerdocio que nace junto con ella. No hay Eucaristía sin sacerdocio así como no hay sacerdocio sin Eucaristía. La cruz es la del Viernes Santo, la del sacrificio, voluntariamente aceptado, del Señor por nuestra salvación. La Resurrección en la noche del sábado al domingo, es de donde irradia el Señor su gloriosa victoria sobre la muerte. Éste es el Triduo Pascual: Eucaristía, Cruz y Resurrección. Todo el Triduo Pascual está contenido en la Misa. Por eso, cuando el sacerdote besa el altar al ingresar para celebrar la Misa, está al mismo tiempo, besando la mesa del banquete, la cruz del sacrificio y la losa del sepulcro de la Resurrección. La Eucaristía es sacramento (signo visible y eficaz) de comunión (primero con Dios, luego con los que participan de la misma celebración y finalmente con todos los hombres); es sacramento-sacrificio, y sacramento-presencia. Presencia gloriosa del Resucitado, eterno y presente, victorioso en la Eucaristía. El Señor dijo que cuando fuese alzado atraería a todos hacia él. El evangelista dice que se refería a la cruz. Cuando fuese alzado en la cruz. Pero, también podemos decir que cuando adoramos al Santísimo, lo estamos alzando –con nuestra fe y nuestro amor- en gloria y por nuestra adoración, por esa exposición en exaltación del Santísimo Sacramento, el Señor atrae a otros también a sí en adoración. Esta es la experiencia de la Adoración Eucarística Perpetua. La Adoración Eucarística Perpetua es la adoración a Jesucristo, que es Dios, presente en la Eucaristía, día y noche, todos los días del año. A adorarlo, día y noche, vienen personas de todas las edades, condiciones, historias. Algunas de muy lejos en la geografía y en la historia personal. Algunos que han sido ateos y que de pronto se sienten interpelados, como aquel médico agnóstico que, según le contaba a su obispo, fue a ver qué había en la capilla que la gente se sucedía día y noche y según le contaban se estaban en silencio. Fue así como después de haber visto y sentido aquella presencia le confesaba al obispo, desde aquella vez no dejó de asistir a la capilla. Se levantaba media hora antes para visitar al Santísimo. Como aquella otra señora que dejó un escueto testimonio en Prato, Italia, diciendo que hacía más de diez años que no ponía un pie en una iglesia católica. Si alguna vez lo había hecho, agregaba, había sido por alguna visita artística. No sabía porqué estaba en ese momento allí, en la capilla, sólo que experimentaba mucha paz y creía en esa paz y quería buscarla. Evidentemente, sin quizás darse mucho cuenta de ello, esa señora había sido atraída por el Señor e iniciaba un camino de conversión. Sí, las personas suelen hacer grandes recorridos hasta llegar a una capilla de adoración perpetua: viajar muchos kilómetros, hacer varias horas de trayecto o venir por los caminos tortuosos de sus vidas. El Señor siempre anula distancias. Tanto las acorta y anula que nos conduce a la unidad. La Eucaristía es sacramento de unidad. Y de unidad a veces inimaginable para nosotros. Hoy, por ejemplo, en Rumania, en la ciudad de Timisoara, están juntos adorando al Señor en el Santísimo Sacramento, en el mismo lugar, greco católicos, romano católicos y ortodoxos. Jesucristo es el Cordero inocente que nos rescata de la muerte, de toda muerte. Es quien quita el pecado del mundo. Él es el Verbo eterno, Dios que se hizo hombre en María y que se rebajó hasta aceptar morir en la cruz, asumiendo el pecado del mundo. Por eso, el Padre lo exaltó y le dio el nombre-sobre-todo-nombre para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble. Nuestras rodillas se doblan en adoración y adoración perpetua. Porque digno es el Cordero de recibir el honor, la gloria, el poder,... la adoración… día y noche… en la tierra como la recibe en el cielo. Adorarlo sin interrupción es algo que podemos hacer comunitariamente. Si cada uno se hace disponible para tomar una hora semanal, entonces podremos cubrir todas las horas de la semana y tener la adoración perpetua. En la adoración y mediante la adoración sin interrupción, nosotros lo reconocemos como nuestro Dios y Señor, digno de ser eternamente adorado y amado, y Él manifiesta su poder. Sabemos, por nuestra fe, que tras el velo eucarístico está Dios Todopoderoso capaz de cambiarnos y de cambiar al mundo. Y mientras nosotros lo adoramos Él nos bendice. Nos bendice y nos sana de toda mordedura del mal que nos infligen, o nos auto infligimos. Nos da el Señor la paz, la alegría que nadie más que Él puede darnos. Nos brinda su protección preservándonos del mal. Ante su presencia crecemos espiritualmente y aprendemos a amar. A los que rechazaron el maná Dios los maldijo. Nosotros damos testimonios de nuestra fe y de nuestro amor y Él nos da la vida eterna. Adoremos la Eucaristía, veneremos la cruz. Hoy más que nunca cuando, por una parte, quieren como signo arrojarla fuera de la vida de las sociedades o degradarla en modas infames, y cuando es rechazada como signo de sacrificio por sociedades hedonistas. Que la cruz, como símbolo, vuelva a sacralizar la vida en todo el mundo, que sea respetada y venerada. Que la adoración de la presencia de Cristo y también de su sacrificio redentor nos haga volver la mirada sobre Aquél a quien han traspasado y Aquél que se dejó matar por amor. |
Solemnidad de Pentecostés Año A
Hoy es la fiesta del Espíritu Santo, solemnidad de Pentecostés. La Iglesia que había nacido en el Gólgota, cuando Jesucristo celebró la primera Misa, no sacramentalmente sino en realidad sobre la cruz, esa Iglesia naciente cobraría fuerza de lo alto el día de Pentecostés, cuando el Espíritu irrumpió en la asamblea orante de María, Pedro y los apóstoles. El Espíritu Santo que llega en Pentecostés es la Promesa del otro Paráclito. Jesús había dicho que era necesario que partiese porque debía venir el otro Paráclito, el otro Defensor, el otro Consolador. La Iglesia de Occidente ha concebido al Espíritu Santo como el amor que fluye entre el Padre y el Hijo. La Iglesia de Oriente lo ha visto como el éxtasis de Dios: cada vez que Dios sale fuera de sí lo hace en el Espíritu Santo. Ninguna de estas imágenes, por cuanto verdaderas, pretende ser exhaustiva. Al misterio de Dios podemos aproximarnos en lo que nos es revelado e iluminado pero jamás agotarlo. Como recuerda el Santo Padre: el mayor servicio del sacerdote es invocar la presencia del cuerpo y de la sangre de Cristo. A través de esa invocación, el sacerdote abre el cielo para que Cristo venga a la tierra. El sacerdote se reviste de Cristo, no sólo exteriormente con sus ornamentos sagrados, sino interiormente. El Señor toma posesión de él y él ya no se pertenece. El sacerdote presta su voz pero las palabras eficaces que consagran son del Señor que transforma cosas terrenas en misterio divino. |
Jueves Santo - Misa de la Cena del Señor Ex 12:1-8.11-14; Sal 115; 1 Cor 11:23-26; Jn 13:1-15
Juan es el único que nos transmite el gesto del lavatorio de los pies por el que el Señor pone por última vez en evidencia su misión y les recuerda a los discípulos -en el hacerse último al servir a los otros, consecuencia del amor de donación- el mandato de la caridad fraterna. Él que es Señor y Maestro les lava los pies, también ellos deben ponerse al servicio unos de otros. Puesto en otro contexto, en el evangelio de san Mateo, ante la disputa de sus discípulos por los primeros puestos en el Reino (que imaginaban terrenal), dice el Señor lo que en la Última Cena está demostrando con su gesto: “El que quiera llegar a ser grande entre vosotros debe ser vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros debe ser vuestro esclavo, de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mt 20:26-28). En esta clave de interpretación no resulta entonces extraño que Juan, inmediatamente antes de contarnos que Jesús lava los pies de sus discípulos, escriba que habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Con el lavatorio no sólo se significa el amor de oblación, que es capaz de anonadar al Maestro por servir al discípulo –figura a su vez del anonadamiento del Hijo de Dios para salvar al hombre- sino también la purificación que vendría por su sacrificio redentor. En este acto de lavar los pies de los discípulos, Jesús está anticipando con signos lo que haría al otro día. Toda la escena se explicita aún más cuando, después que Judas sale para entregarlo, dice Jesús a los suyos: “Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros. Que como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros” (Jn 13:34). Ahora veamos cómo se entrelaza el nuevo mandamiento con la Eucaristía y el sacerdocio que instituyó en aquella Cena. Porque esa misma noche, la noche en que fue entregado, la noche en que comenzaría su Pasión, el Señor nos dio el don de sí mismo en la Eucaristía y el don del sacerdocio, y esto es lo que aparece en los sinópticos y en san Pablo. Eucaristía y sacerdocio: dos misterios que nacen juntos y que se reclaman uno a otro, puesto que no hay sacerdocio sin Eucaristía ni Eucaristía sin sacerdocio. La Eucaristía es el sacramento del amor, del mayor amor posible, del amor de donación de Dios mismo, amor total, incondicionado e incondicional y absoluto. Aquella primera Eucaristía anticipa sacramentalmente lo que el Señor haría en pocas horas más: dar su vida para la vida del mundo. Es en el marco de la Pascua judía que Jesús celebra la nueva Pascua, la Pascua que tanto deseó comer con los suyos antes de padecer (cfr Lc 22:15). La Pascua judía, el Pesah (palabra que significa “pasaje”), es el memorial, a la vez que actualización, del paso de Yahvé (en su ángel exterminador) en la noche de Egipto que libera a los hebreos de la esclavitud. Con el tiempo Pesah ha sido referido a otro pasaje: el del pueblo conducido por Moisés a través de las aguas del Mar Rojo. Pero, tanto en el tiempo de Jesús como hoy, los judíos conmemoran y actualizan lo mismo: la liberación de Israel e Israel no debe olvidarlo. Entre los ritos solemnes del ritual judío, las palabras de conmemoración eran rodeadas de alabanzas y de agradecimiento que venían de los salmos y culminaba con la bendición a Dios llamada berakha (traducida al griego como eucaristía), a ella -la bendición a Yahvé pronunciada sobre el pan y el vino- Jesús le da un nuevo y más profundo significado que la liberación de la esclavitud de Israel, le da el significado que era la esperanza de Israel: la liberación definitiva. También el Señor –como hacían los rabinos o los padres de familia en la cena pascual- tomó pan en sus manos y, elevando los ojos al cielo, dando gracias bendijo al Padre, partió el pan. Pero, al dárselo a sus discípulos dijo: “Tomad y comed todos de él, esto es mi cuerpo”... Al acabar la cena tomó el cáliz con el vino, volvió a dar gracias y bendijo al Padre y lo pasó a sus discípulos diciendo: “Tomad y bebed todos de él, éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la Alianza, de la Nueva Alianza”… (Cfr Mt 26,26-28; Mc 14,22-25; Lc 22,19-20; 1 Cor 11,23-25). A partir de aquel momento, cuando Jesús se vuelve el cordero pascual, el momento en el que inserta el sacramento de la Nueva Alianza, aquella que habían profetizado Jeremías (cfr Jer 31,31) y Zacarías (cfr Zac 9,11), la liberación por su sangre alcanzará a todos los hombres y no será tan sólo una liberación de una condición social sino la liberación de la esclavitud del pecado, de la muerte y del reino de Satanás. Es decir, la liberación de todo el ser –y de todos los hombre que acojan a Jesús como Salvador- que abre el camino hacia la eternidad con Dios. Pero, Jesús aquella noche santa dijo algo más. Dio un mandato, porque dijo: “Haced esto en conmemoración mía”. Es decir que mandó a los discípulos, los que serían sus Apóstoles, repetir el ritual que Él había inaugurado. Dones de los dones y misterios de los misterios, desde aquel mismo momento estaba dando a la humanidad, junto al don de sí mismo en la Eucaristía, el sacerdocio ministerial para que el sacrificio que anunciaba su muerte y proclamaría su Resurrección se cumpliese hasta su vuelta en la gloria. Esto es lo que hacemos en cada Misa: el memorial de su Pasión y por la obra del Espíritu Santo la actualización de su sacrificio junto a la presencia del Señor. Por eso, la Eucaristía es sacramento-memorial, sacramento-sacrificio y sacramento-presencia. Cómo no maravillarnos de la condescendencia del Señor que no sólo se abajó hasta la condición de hombre para morir en la cruz sino que se hizo pan para que viviéramos de Él y cómo no dejar de asombrarnos cuando eligió a estos pobres y frágiles hombres que somos nosotros para que sean sus sacerdotes. Y todo esto lo hizo aquella misma noche. Aquel Jueves Santo. Todos nosotros sacerdotes nacimos aquella noche cuando después de darse a sí mismo dijo: “Haced esto en conmemoración mía”. El don de sí mismo en el pan y en el vino, éste es el gran misterio de la fe. Misterio no milagro. Milagro fue el de Caná que prefiguró este misterio. Milagro que pudieron comprobar todos los que vieron antes el agua y luego probaron que era vino. En cambio nosotros seguimos viendo el pan después de consagrado y sin embargo, lo dice nuestra fe, no es así. Algo grande ha ocurrido, algo mayor que la creación de miríadas de galaxias. Es la misma persona divina que se hace presente. La fe es la respuesta a la certeza de la verdad. La fe es decir “sí es así porque Tú lo has dicho”. Creo porque Tú Señor lo has dicho: “esto es mi cuerpo” “éste es el cáliz de mi sangre”. Creo porque la Iglesia lo enseña. Creo porque tus santos me lo han mostrado. Creo también porque cuando flaquea la fe Tú nos regalas milagros eucarísticos. Condescendencia divina en el despojo de sí mismo para tomar la condición de esclavo, para asumir semejanza humana y aparecer con porte de hombre rebajándose a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz, dejándonos antes su presencia en la Eucaristía para que delante de ella toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor y Dios. Para que todos se postren en adoración perpetua. Y todos nosotros, sacerdotes y pueblo de Dios, comemos de ese pan, que es su Carne y bebemos de su Sangre. Es decir, entramos en comunión con Dios mismo. Por eso, si se nos preguntara qué es la comunión, porqué comulgamos decimos: Es el encuentro con Dios, el de mayor intimidad y cercanía posible. El camino de Dios hacia el hombre, el camino del hombre hacia Dios. Es Cristo en mí y yo en Cristo. En la medida que nosotros in-corporamos las especies consagradas, es decir, que la hacemos parte de nuestro cuerpo, como hacemos con los alimentos, somos en verdad unidos a Dios y participamos de la vida divina siendo asimilados por Dios. Se hace realidad lo que el sacerdote dice en voz baja cuando agrega unas gotas de agua al vino de la ofrenda: “el agua unida al vino sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana”. Comemos su Carne, bebemos su Sangre para vivir de Dios. Para permanecer en su amor. Para poder cumplir con su mandamiento nuevo de amarnos hasta el extremo que Él nos amó, es decir, sin medidas. Comulgamos para poder sacar fuerzas para el camino de la vida. Para ser uno con Dios y con el hermano. Para aprender qué es amar. Para dar gracias al Padre por el don del Hijo, y dar gracias al Hijo por el don de sí mismo, y para poder darle gracias a Dios por el Espíritu que nos es dado en la Eucaristía. Pero, recordemos siempre que es necesario tener el alma pura, es preciso haber recuperado la gracia mediante la confesión, el sacramento de la rehabilitación antes de acceder al abrazo de Cristo Decir Eucaristía es decir presencia del Señor, verdadero Dios y verdadero hombre. Y decir presencia del Señor es decir adoración. Como decía Juan Pablo II: “en la escuela de María, «mujer eucarística», adoramos a Jesús verdaderamente presente en los humildes signos del pan y del vino”. La adoración es la prolongación del encuentro de la comunión sacramental. Es entrar en el secreto del amor de Dios, penetrar el misterio que celebramos en cada Eucaristía y permanecer en el amor del Señor. Es dar testimonio de este amor y de nuestro amor y fe por él. Es la búsqueda del amor y de fuerzas recurriendo a la misma fuente. Adorar es también ir en búsqueda de paz y sosiego deteniéndose en el camino frenético de la vida. Quien adora encuentra reposo y es restaurado por la presencia divina. Es encuentro con la Luz que ilumina la vida de todo hombre. Adoración es también agradecimiento, reconocimiento a Jesús por todo su amor. Es profundizar la amistad con Dios y a la vez reconocimiento de su majestad. Cuando adoramos también reparamos por nuestros pecados y los del mundo. Adoramos para darle gracias por la vida y por todos sus dones y beneficios hacia nosotros. Quien adora experimenta la protección de Dios en su vida y en la de los suyos. Quien adora entra en la intimidad del Señor y crece espiritualmente. Adoración y adoración perpetua, a esto estamos llamados. Hay dos razones poderosas que hacen única a la adoración eucarística perpetua: que el Señor es adorado incesantemente, día y noche, y que las puertas de la iglesia están siempre abiertas. Dios recibe grandísimo honor, los fieles elevan sus plegarias y sus alabanzas, bendiciones, acción de gracias permanentemente, sin parar, y pueden todos acercarse al Señor en cualquier momento del día y de la noche y cualquier día del año. Pidamos al Señor nos haga comprender cada vez más este misterio de su amor, la Eucaristía. Pidamos que cada vez más nos atraiga a sí en la Eucaristía, y que podamos ser los adoradores que busca el Padre en espíritu y verdad. Pidámosle que aprendamos de su presencia eucarística a ser humildes, a dar nuestro amor hasta el extremo y hacerlo desde lo oculto, que podamos permanecer así en su amor siendo uno con Dios y con el hermano. Pidamos, en fin, por todos los sacerdotes, por su santidad, para que todos los hombres encuentren a Cristo, el Salvador. |
V Domingo de Cuaresma Año A
Queridos hermanos, en este quinto domingo cuaresmal vengo a hablaros de la Eucaristía. Nada más litúrgico que hablar de la Eucaristía en una celebración eucarística. ¿Verdad? Pero, más precisamente a hablaros de la adoración a la Eucaristía y de una adoración muy especial: la adoración perpetua. Por dónde empezar sino del mismo Evangelio que acaba de ser proclamado. El Señor le dice a Marta: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?”. Fijémonos bien, Jesús le dice: “Yo soy la resurrección y la vida”. Es el mismo Jesús que en Cafarnaún, en la sinagoga, había dicho: “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo, si uno come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo le voy a dar, es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6:51). “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida” (Jn 6:54-55). Jesús habla de un modo enigmático o bien está diciendo algo tremendo: ¡comer su carne, beber su sangre! Tan tremendo que sus interlocutores se escandalizan o dicen que es un lenguaje muy duro, muy difícil de entender, y –relata el evangelista- desde ese momento muchos de sus discípulos lo abandonaron. Para concluir os relataré un testimonio que fue dado por un padre franciscano cuando estaba yo en Italia predicando la adoración perpetua. Él contó que donde vive hay una capilla que está abierta día y noche. También por su pueblo, una persona había salido de su casa, hacia la medianoche, con la intención de acabar, esa misma noche, con su vida. Caminando, alejándose de su casa, dio con la capilla. Seguramente vio la luz en medio de la noche y se sintió atraída hacia ella. Entró y se quedó hasta las cuatro de la madrugada. Hoy puede dar su testimonio. Buscaba un lugar para su muerte y encontró a la Persona de Aquél que no deja de repetirnos “Yo soy la Resurrección y la Vida”. El que iba a ser un suicida hoy es un testigo de la Resurrección de Cristo. Eso hace la adoración perpetua. ¡Alabado sea Jesucristo! |
IV Domingo de Cuaresma Año A
"Creo, Señor” y se postró en adoración ante Él Hemos escuchado el Evangelio de san Juan que acaba de ser proclamado. Dice la Escritura que el ciego de nacimiento, al ver a Jesús y reconocerlo como Señor y Mesías, cayó postrado en adoración. Jesús le pregunta si cree en el Hijo del hombre. El Hijo del hombre es título mesiánico. El ciego sabe de qué se trata. Le estaba preguntando si creía en el Mesías, en el Salvador que tenía que venir y que todos los judíos estaban ansiosamente esperando. “Quién es, para que crea en él?”, le responde preguntando. Y Jesús le dice “soy yo”. Entonces, relata el evangelista, dijo el ciego: ‘"Creo, Señor” y se postró ante él’. Al acto de fe siguió la adoración. ¿Qué nos dice esto a nosotros ahora? Nos dice que al recibir la luz de la gracia de la fe, todo cristiano debe postrarse en adoración ante Cristo, porque Él es Dios. El cristiano es aquel que reconoce en Jesús al Cristo, o sea al Mesías, como Hijo de Dios, o sea de la misma naturaleza divina que el Padre y el Espíritu Santo. Pero, los católicos gozamos de un privilegio mayor que cualquier otro cristiano -compartido sólo con los hermanos ortodoxos- y es la Eucaristía. La Eucaristía es el tesoro de la Iglesia, la que hace a la Iglesia. La Eucaristía es el don de Jesucristo de sí mismo. El don inefable -porque no hay palabras ni adjetivos que puedan abarcar este misterio infinito- que el Señor nos legó, junto al sacerdocio, en la Última Cena. La Eucaristía es Él mismo. Jesús dijo “Esto es mi cuerpo”, “éste es el cáliz de mi sangre”, y luego nos mandó a los sacerdotes “haced esto en conmemoración mía”. Que es lo que repetimos, actualizando el misterio, en cada Misa. El único sacrificio de Cristo se actualiza en cada celebración eucarística. Por eso, todo católico debe adorar el Santísimo Sacramento, porque Jesucristo está presente –como enseña el Concilio de Trento- verdadera, real y substancialmente presente. ¡Esta es la fe de la Iglesia! Cuando decimos Eucaristía, la asociamos a la celebración del sacrificio eucarístico que le da origen. Y así debe ser. Pero, pocas veces se cae en la cuenta que a la Eucaristía se le debe el culto de adoración. La adoración no es –como lo ha recordado el Santo Padre- un lujo sino una prioridad. No es, lo que hoy se llama, un opcional. No es facultativo adorar, es un deber. Está inscrita en nuestros genes de cristianos la adoración. Adorar es la expresión, la reacción de culto connatural al hombre cuando se encuentra ante Dios. Debemos adorar a Dios, debemos adorarlo en el Santísimo Sacramento. Comunión y adoración van juntas. Quien comulga debe adorar, porque como nos lo recuerda el Santo Padre Benedicto XVI en Sacramentum Caritatis, citando a san Agustín, que “nadie come de esta carne sin antes adorarla [...], pecaríamos si no la adoráramos” (SC n.66). Sí, el que comulga adora y quien adora entra en comunión con el Señor. Podemos decir que quien no ha llegado adorar al Señor permanece ciego ante su presencia eucarística, porque si bien la Eucaristía es en sí un velo a la presencia del Señor, por la fe somos iluminados para poder reconocerlo en ese misterio. Quien aún no adora debe pedir la luz de la fe, de la cual carece, para poder encontrarse con Jesús y contemplar su rostro. Es decir, para descubrir la belleza y la riqueza de esa intimidad que supone la adoración. Cuentan que el santo Cura de Ars, san Juan María Vianney, viendo un hombre que se pasaba horas inmóvil y con la vista fija hacia el Santísimo le preguntó qué era lo que hacía, a lo que aquel le respondió: “Yo lo miro y Él me mira”. Aquel que permanece en adoración cruza, por así decirlo, su mirada con Quien nos mira y bendice. Contempla y es contemplado. Queridos hermanos y hermanas, he venido a hablaros de adoración y de adoración perpetua. Santo Tomás de Aquino decía “contemplata aliis tradere”, que significa llevar lo contemplado a los otros, es decir, contemplar y dar de lo contemplado. Yo no puedo dar nada que antes no haya recibido de Dios y de Dios recibo cuando lo contemplo en adoración. El ciego creyó en Jesús, lo reconoció en la fe como el Salvador y se postró ante Él. Nosotros lo adoramos y adorándolo damos testimonio de nuestra fe en su presencia eucarística y en su divinidad, y ofrecemos al mundo testimonio de nuestro amor y reconocimiento, de nuestra certeza que sólo Él puede hacer nuevas todas las cosas. Quiero concluir apelando a vuestra generosidad para que os apuntéis en las horas más difíciles: las que van desde la medianoche a las 6 de la mañana. Pensad que la noche es muy particular y parecería que guarda un secreto en la historia de la salvación. Grandes acontecimientos ocurrieron durante la noche. Los hebreos huyeron de Egipto durante la noche… Jacob luchó con Dios una noche y se volvió Israel… Dios llamó a su profeta Samuel una noche… Los ángeles anunciaron a los pastores el nacimiento de Jesús una noche y ellos fueron y lo adoraron… Jesús nació en Belén durante la noche… Los Magos venidos de Oriente fueron guiados por una estrella, una noche… Jesús comió su Última Cena, regalándonos el inefable don de sí mismo y del sacerdocio, durante una noche... y fue aquella misma noche cuando comenzó su Pasión en el Getsemaní, y… finalmente, resucitó en la noche… entre el sábado y el domingo. Sabed que todas las horas son agradables para el Señor, pero quien pueda escoger una de esas horas que van de la medianoche a la madrugada estará, de algún modo, retribuyendo amor con amor con su sacrificio. Porque el sacrificio es el lenguaje del amor. |
III Domingo de Cuaresma Año A “Tengo sed” son dos palabras que proferidas de la boca del Cristo exangüe penetran profundamente en el alma de quien las evoca. Como a la samaritana, es Jesús quien ahora a ti te invita, quien te pide que pases una hora con él. La samaritana se preguntaba cómo podría darle el Señor a ella de beber si no estaba provisto de cubo y el pozo era hondo. También tú te puedes preguntar cómo puede ser que estando allí una hora ante el Santísimo puedan pasar grandes cosas, a nosotros y a otros. Queridos hermanos, los invitamos a participar de la adoración perpetua, a experimentar el don de Dios, a dar testimonio de la presencia real, verdadera, del Señor en la Eucaristía. Cuando hacemos experiencia del Señor en adoración ya no nos preguntamos como lo hacía Israel (primera lectura del Éxodo) si “el Señor está o no con nosotros”, porque sabemos que Él es el Emmanuel, el que está con nosotros siempre, porque ha venido por nosotros. Amén. |
II Domingo de Cuaresma Año A El Padre revela quién es el Hijo: “Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto”. Son las mismas palabras que el Padre había pronunciado en el Bautismo de Jesús en el Jordán. Pero, ahora agrega: “¡Escuchadlo!”. Escuchadlo porque Él es la Palabra, mi Palabra, la Única Palabra que he pronunciado desde la eternidad, antes que el mundo fuera. |