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“Jesús ya nos había advertido que sucederían estas cosas y, con
mucha ternura, nos dijo que no tuviéramos miedo, que somos su pequeño
rebaño, que perseveráramos en la lucha por la fe y en la
caridad, esperando en El, orando con verdadera confianza
de hijos al Padre que nos quiere".
“Frente a esta blasfemia que avergüenza a nuestra ciudad les
pido que, todos unidos, hagamos un acto de reparación y petición de
perdón. Por ello, el próximo 7 de diciembre, víspera de la
Solemnidad de la Inmaculada Concepción, los invito a que sea un día de
ayuno y oración, un día de penitencia en el que, como comunidad
católica, pidamos al Señor perdone nuestros pecados y los de la ciudad.
Que nuestra Madre de Luján nos acompañe con su cariño”.+
Extraído de la carta pastoral del Cardenal Bergoglio cuyo texto
completo transcribimos a continuación:
A
LOS SACERDOTES, CONSAGRADAS,
CONSAGRADOS Y FIELES DE LA ARQUIDIÓCESIS
Carta del cardenal Jorge Mario Bergoglio
SJ, arzobispo de Buenos Aires
Buenos Aires, 1º de diciembre de 2004
Queridos
hijos y hermanos:
Desde hace algún tiempo se vienen dando en la Ciudad algunas
expresiones públicas de burla y ofensas a las personas de nuestro Señor
Jesucristo y de la Santísima Virgen María; como asímismo diversas
manifestaciones contra los valores religiosos y morales que profesamos.
Hoy me dirijo a Ustedes muy dolido por la blasfemia que es perpetrada en
el Centro Cultural Recoleta con motivo de una exposición plástica.
También me apena que este evento sea realizado en un Centro Cultural
que se sostiene con el dinero que el pueblo cristiano y personas de
buena voluntad aportan con sus impuestos.
Jesús ya nos había advertido que sucederían estas cosas y, con mucha
ternura, nos dijo que no tuviéramos miedo, que somos su pequeño rebaño,
que perseveráramos en la lucha por la fe y en la caridad, esperando en
El, orando con verdadera confianza de hijos al Padre que nos quiere.
Frente a esta blasfemia que avergüenza a nuestra ciudad les pido que,
todos unidos, hagamos un acto de reparación y petición de perdón. Por
ello, el próximo 7 de diciembre, víspera de la Solemnidad de la
Inmaculada Concepción, los invito a que sea un día de ayuno y oración,
un día de penitencia en el que, como comunidad católica, pidamos al Señor
perdone nuestros pecados y los de la ciudad. Que nuestra Madre de Luján
nos acompañe con su cariño.
Card. Jorge Mario Bergoglio S.J, arzobispo de Buenos Aires

Recordemos
al respecto las palabras de María Santísima Reina de la Paz en sus Mensajes desde
Medjugorje:
Queridos hijos,
...sólo con la oración y el ayuno se puede detener la guerra. Por eso,
hijos queridos, oren y den testimonio con sus vidas de que son míos y
me pertenecen, porque en estos días turbulentos, satanás quiere
seducir al mayor número posible de almas. Por lo tanto, los invito a
que se decidan por Dios y Él los protegerá y les mostrará lo que
tienen que hacer y el camino que deben recorrer. Invito a todos los que
me han dicho “sí” a renovar la consagración a mi Hijo Jesús, a Su
Corazón y a mí, de modo que podamos usarlos más eficazmente como
instrumentos de paz en este mundo sin paz... Estoy con ustedes y sus
sufrimientos son también los míos (25/04/92).
Queridos hijos, hoy los
invito a renovar la oración y el ayuno, aún con mayor entusiasmo,
hasta que la oración se convierta en alegría para ustedes. Hijitos,
quien ora no teme el futuro y quien ayuna no teme el mal. Les repito una
vez más: sólo con la oración y el ayuno hasta las guerras pueden ser
detenidas, las guerras de la incredulidad y del miedo por el futuro.
Estoy con ustedes y les enseño, hijitos: es en Dios que está su paz y
su esperanza. Por eso, acérquense a Dios y pónganlo en el primer lugar
en sus vidas (25/01/04).
Queridos
hijos, hoy también los invito a orar y a ayunar por la paz... Hijitos,
sólo con la oración y el ayuno las mismas guerras pueden ser
detenidas. La paz es un don precioso de Dios. Búsquenla, pídanla y la
recibirán. Hablen de la paz y lleven la paz en sus corazones. Cuídenla
como si fuese una flor que necesita de agua, ternura y luz. Sean
aquellos que llevan la paz a los demás. Estoy con ustedes e intercedo
por todos ustedes (25/02/03).
Queridos
hijos, hoy también los invito a la oración y al ayuno. Sepan, hijitos,
que con su ayuda puedo hacerlo todo y obligar a satanás que no siga
instigando a nadie al mal y a que se aleje de este lugar. Satanás está
al acecho, queridos hijos, de cada uno de ustedes. Quiere sobre todo
perturbarlos a todos ustedes en las cosas de todos los días. Por eso
los invito, queridos hijos, a hacer que cada uno de sus días sea sólo
de oración y de total abandono en Dios (04/09/86).
Queridos hijos, los
invito a que oren por la paz. En este tiempo la paz está
particularmente amenazada y necesito que ustedes renueven el ayuno y la
oración en sus familias. Hijos queridos, deseo que entiendan cuál es
la seriedad de la situación y que mucho de lo que ocurra dependerá de
sus oraciones. Pero ustedes oran poco. Queridos hijos, estoy con ustedes
y los invito a que, con seriedad, comienzan a orar y a ayunar como lo
hacían en los primeros días de mi venida. Gracias
por haber respondido a mi llamado (25/07/91).
(Textos extraídos del libro “Los Mensajes de María
Reina de la Paz en Medjugorje”, Edición Mensajeros de la Reina de la
Paz-Misioneros de María la Reina de la Paz, Buenos Aires, Argentina,
2004).
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¡María Santísima Reina de la Paz,
nos prepara –en este Tiempo de Adviento-
para una nueva Navidad!
Queridos hijos, en este tiempo de gracia los invito
nuevamente a la oración... oren y preparen sus corazones para la venida
del Rey de la Paz, de modo que con su bendición Él dé la paz al mundo
entero (25/11/01)
...Abran su corazón
a Dios, hijitos, por medio de la Santa Confesión y preparen sus almas
para que el Pequeño Jesús pueda nuevamente nacer en sus corazones.
Permítanle transformarlos y conducirlos por el camino de la paz y de la
alegría (25/11/02) ...
Oren para que Jesús nazca
en todos los corazones, especialmente en aquellos que no lo conocen.
Sean amor, alegría y paz en este mundo sin paz (25/11/03
Queridos
hijos, nuevamente los invito a la oración, para que se preparen para la
venida de Jesús con la oración, el ayuno y los pequeños sacrificios.
Hijitos, que este tiempo sea un tiempo de gracia para ustedes. Aprovechen todo momento y hagan el bien porque sólo así
podrán sentir el nacimiento de Jesús en sus corazones. Si ustedes dan
el ejemplo con sus vidas y se vuelven signo del amor de Dios entonces la
alegría prevalecerá en los corazones de los hombres (25/11/96).
Los invito para que en la Navidad glorifiquemos juntos
a Jesús... mi invitación para ese
día es la de glorificar conmigo a Jesús y Su nacimiento. Queridos
hijos, ese día de Navidad oren más y piensen más en Jesús (12/12/85)
Queridos hijos, deseo que vivan estos días con gozo,
como yo los vivo. Quiero guiarlos con alegría y mostrarles el gozo al
que deseo conducirlos a cada uno de ustedes. Por eso, hijitos, oren y
abandónense totalmente en mí (11/12/86).
¡Gracias por haber respondido a mi llamado!
(Textos extraídos del libro “Los Mensajes de María
Reina de la Paz en Medjugorje”, Edición Mensajeros de la Reina de la
Paz-Misioneros de María la Reina de la Paz, Buenos Aires, Argentina,
2004).
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Como
María, sepamos decir Fiat, Magnificat y Stabat
Homilía pronunciada por el Card.
Ivan Dias, Arzobispo
de Bombay, India, en
la Celebración Eucarística del 13 de Octubre de 2004
con ocasión de la Peregrinación Internacional a Fátima
¡Alegrémonos todos en este
día que nos dio el Señor! Venimos a Fátima de distintas partes de
Portugal, de Europa y de todo el mundo, con gran fe y en espíritu de
oración y de penitencia reparadora, para rendir homenaje a Nuestra Señora
y conmemorar su aparición en este bendito lugar el 13 de Octubre de
1917.
Quien les habla en este
momento viene como peregrino de la India, que fue evangelizada por dos
apóstoles: santo Tomás y san Bartolomé, y después por muchos
misioneros que, hace 500 años, salieron de Belém en Lisboa y fueron a
llevarnos el santo Evangelio de Jesucristo. Aprovecho esta ocasión para
dar gracias a Dios por el don de la fe cristiana que recibimos de ellos
y para expresar nuestra profunda gratitud por la parte que los
portugueses tuvieron en esta misión de evangelización en la India.
Como hijos e hijas de María
Santísima, Madre de Dios y nuestra querida Madre celestial, hoy
queremos sentir el palpitar de su corazón maternal y oír una vez más
que nos diga lo que dijo en las Bodas de Caná en Galilea: “Haced todo
lo que Él, mi Hijo, os diga”.
Ella no sólo dijo estas
palabras, sino también las práctico toda su vida, que puede ser
resumida en otras tres palabras: Fiat, Magnificat y Stabat. Fiat quiere
decir “que sea hecha la voluntad de Dios”, Magnificat, “que Dios
sea siempre alabado”, y Stabat, “ser fiel a Dios y a nuestros
compromisos hasta el fin de la vida”.
El
evangelio que acabamos de escuchar nos trae a la memoria aquel momento
solemne cuando María Santísima dijo un “si” total e incondicional,
un Fiat, al mensaje del Arcángel Gabriel que le comunicó que Dios quería
que ella fuese la Madre de su Hijo encarnado.
El “si” de María no
terminó con la Anunciación del Arcángel. María fue inmediatamente, a
toda prisa, a visitar a su prima Isabel que precisaba de ayuda, porque
estaba embarazada. Y cuando su prima, divinamente inspirada, la proclamó
“Madre de Dios” y “bendita entre todas las mujeres”, el corazón
de María Santísima prorrumpió en un cántico de alabanzas y
agradecimiento a Dios Todopoderoso por las maravillas que hizo en ella y
en la historia de la humanidad. Este cántico de la Virgen se llama
Magnificat.
Sí
a la voluntad de Dios
Después de esto, María Santísima vivió su Fiat y Magnificat
toda su vida, en las alegrías y en los dolores, hasta el pie de la cruz
de su Hijo en el Calvario. El evangelio tiene una palabra que describe
bien esta actitud de fidelidad y perseverancia de nuestra Señora:
Stabat, que quiere decir, estaba firme, resoluta y decidida.
Con estos sentimientos –Fiat,
Magnificat, Stabat- la Virgen María nos enseñó qué significa vivir
como discípulos de Jesucristo. Fiat: diciendo siempre “sí” a la
voluntad de Dios a nuestro respecto. Magnificat, viviendo en la alegría,
paz y amor aunque la vida frecuentemente nos traiga cruces y amarguras.
Stabat: siendo fieles hasta la muerte a nuestros compromisos y deberes.
Es una profunda enseñanza porque muchas veces decimos “sí” a Dios
y nos regocijamos por los efectos inmediatos, pero fallamos en el tercer
elemento de fidelidad y perseverancia. Por eso, muchas iniciativas se
pierden por el camino, muchos matrimonios fracasan con el divorcio,
muchas personas interrumpen su vocación de vida, y a veces hasta la
propia vida. Ahora bien, estos tres sentimientos –Fiat, Magnificat,
Stabat- se obtienen sólo con el sacrificio y la oración. Fue esto lo
que Nuestra Señora vino a pedirnos en sus apariciones aquí en Cova de
Iria.
En esta Misa honramos a
Nuestra Señora del Rosario: es el nombre con el que ella misma se
designó en la última aparición en este lugar bendito, hace ya 87 años,
delante de 70.000 personas. En aquella ocasión, Nuestra Señora pidió
que se rezase un Rosario (5 misterios) todos los días por la conversión
de los pecadores y por la paz en el mundo. El Santo Rosario nos hace
recordar los sentimientos del Fiat, Magnificat y Stabat que marcaron la
vida de Nuestra Señora y nos inspira a imitarla para que seamos dignos
de las promesas de Cristo.
Queridos hermanos y
hermanas, normalmente cuando rezamos el Rosario, pensamos –como es
natural- en nuestras intenciones personales, en nuestras familias y
necesidades. Pero, no olvidemos las intenciones que nos propone nuestra
Madre del Cielo: la conversión de los pecadores y la paz en el mundo.
Son intenciones muy queridas al corazón de Dios.
Por
la conversión de los pecadores
Ante
todo la conversión de los pecadores. Hoy el mundo está espiritualmente
enfermo y más que nunca aumentan los pecados y los pecadores; hasta el
mal se presenta como bien y los vicios son exhibidos como virtudes. Hay
ideologías y doctrinas llamadas New Age que niegan la existencia de
Dios y exaltan el poder del hombre. Hay modas de vestir y de vivir que
traducen un modo pagano de vivir sin Dios, porque reducen al hombre
–la obra maestra de su creación- a una condición indigna de su
dignidad de hijo de Dios. Abundan hoy también los atentados contra la
vida, desde los niños inocentes en el seno materno hasta la eutanasia,
y hay leyes civiles contra la moralidad matrimonial. Hay sectas
secretas, cultos satánicos, terrorismo y poderosos medios de comunicación
social que distraen a muchos, especialmente a los jóvenes, de la atención
que deben dar a Dios y al prójimo.
Durante la aparición del día
13 de julio de 1917, aquí en Cova de Iria, Nuestra Señora les mostró
a los tres pastorcitos, Lucía, Francisco y Jacinta una terrible visión
del infierno donde caían almas humanas “como hojas en grandes
incendios”. Y cuando los videntes gritaron con pavor, Nuestra Señora
les dijo: “Habéis visto el infierno donde van las almas de los pobres
pecadores... porque no hay nadie que rece por ellos”. Son palabras que
Nuestra Señora nos dice hoy también; muchas personas van hacia la
perdición eterna, porque no hay nadie que pida por ellas.
Por
la Paz en el mundo
Y donde llega el pecado ahí falta la paz de Jesús. Hoy en el
mundo hay guerras, no sólo entre naciones sino entre habitantes de una
misma nación, en las propias familias y comunidades, y sobre todo en lo
íntimo de los corazones. Varias son las causas: la envidia, el egoísmo,
la avidez, honores y posiciones sociales, la arrogancia de comportarse
como si Dios no existiese o fuese irrelevante en la vida del hombre o,
peor aún, como si el hombre mismo fuese Dios. Estamos en medio de un
combate espiritual entre el bien y el mal; entre el amor de Dios y del
prójimo, de una parte, y el amor egoísta que esclaviza al mundo y
busca sólo la prosperidad, la popularidad, el poder.
Pero, una cosa es cierta: la
victoria final será de Dios, gracias a las oraciones de los fieles y a
la poderosa intercesión de Nuestra Señora que ya predijo “Finalmente
mi Corazón triunfará”.
¡Queridos peregrinos!
Nuestra peregrinación no debe ser sólo un acto de devoción y homenaje
a Nuestra Señora, sino que debe convencernos de la actualidad de su
mensaje aquí proclamado en Fátima. Hoy más que nunca, el mundo
necesita de nuestros sacrificios y oraciones por la conversión de los
pecadores y por la paz en el mundo. Vivamos fielmente los sentimientos
de Fiat, Magnificat y Stabat de Nuestra Señora y, obedientes a su
llamada materna, hagamos mucha penitencia y oración y, en particular,
recemos el Rosario cada día pidiendo a Dios, Padre de Misericordia, que
tenga piedad de nosotros y nos dé la paz de Jesús que tanto
necesitamos y deseamos. Que Nuestra Señora de Fátima, Madre de
Misericordia y Reina de la Paz, nos bendiga e interceda por nosotros,
pobres pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Cardenal
Ivan Dias
Arzobispo
de Bombay
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Predicador
del Papa: «¿son pocos los que se salvan?»
El padre Cantalamessa comenta el
evangelio de este domingo 22 de agosto
(Reproducido con permiso de
Zenit.org)
CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 20 agosto 2004 (ZENIT.org).-
Publicamos el comentario que ha escrito el padre Raniero Cantalamessa,
predicador de la Casa Pontificia, al pasaje evangélico de la liturgia
de este domingo, 22 de agosto, Lucas 13, 22-30, en el que una persona le
preguntó a Jesús: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?».
Hay una pregunta que desde siempre se han
planteado los creyentes: ¿son muchos o pocos los que se salvan? En
ciertas épocas, este problema se hizo tan agudo que llevó a algunas
personas a una angustia terrible. El Evangelio nos informa que un día
este problema fue planteado a Jesús: «Una persona le preguntó:
"Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?"». La
pregunta, como se ve, se refiere al número: ¿cuántos se salvan,
muchos o pocos? Jesús cambia el centro de la atención del cuántos al
cómo es posible salvarse, es decir, entrando por «la puerta estrecha».
Es la misma actitud que se constata al afrontar
el tema del regreso final de Cristo. Los discípulos le preguntaron cuándo
regresará el Hijo del Hombre y Jesús responde indicando cómo
prepararse para ese regreso (Cf. Mateo 24,3-4). Esta manera de actuar de
Jesús no es extraña ni descortés. Es simplemente la actuación de
quien quiere educar a los discípulos a pasar del nivel de la curiosidad
al de la auténtica sabiduría; de las cuestiones ociosas que apasionan
a la gente a los auténticos problemas de la vida. De aquí podemos
comprender la absurdidad de aquellos, como los Testigos de Jehová, que
creen saber incluso el número exacto de los salvados: 144 mil. Este número,
que aparece en el Apocalipsis, tiene un valor meramente simbólico (el
cuadrado de 12, el número de las tribus de Israel, multiplicado por
mil) y se explica en esta expresión: «una multitud inmensa, que nadie
podía contar» (Apocalipsis 7, 4. 9). Después de todo, si ése es
realmente el número de los salvados, entonces podríamos ahorrar todo
esfuerzo, nosotros y ellos. En la puerta del paraíso deberían haber
escrito desde hace tiempo, como en el ingreso de algunos aparcamientos,
el cartel «Completo».
Si, por tanto, a Jesús no le interesa
revelarnos el número de los salvados, sino más bien la manera de
salvarse, veamos qué es lo que nos dice en este sentido. Dos cosas
esencialmente: una negativa y una positiva; la primera, lo que no sirve,
después lo que sirve para salvarse. No sirve, o no basta, el hecho de
pertenecer a un determinado pueblo, a una determinada raza, tradición o
institución, aunque fuera el pueblo elegido del que procede el
Salvador. Lo que lleva a la salvación no es la posesión de algún título
(«Hemos comido y bebido contigo»), sino una decisión personal,
seguida por una conducta de vida coherente.
Esto queda más claro todavía en el texto de
Mateo, que pone en contraste entre sí dos caminos y dos puertas, una
estrecha y la otra amplia (Cf. Mateo 7, 13-14). ¿Por qué les llama a
estos dos caminos respectivamente el "amplio" y el
"estrecho"? ¿Es siempre fácil y agradable el camino del mal,
y duro y cansado el del bien? En esto hay que estar atentos para no caer
en la típica tentación de creer que a los malvados todo les va magníficamente
bien aquí, mientras que por el contrario a los buenos todo les sale
mal.
La senda de los impíos es amplia, sí, pero sólo
al inicio. En la medida en que se adentran en ella, se hace
estrecha y amarga. Se hace, en todo caso, sumamente estrecha al final,
pues acaba en un callejón sin salida. La alegría que en ella se
experimenta tiene como característica el disminuir según se
experimenta, hasta crear náuseas y tristeza.
Se puede constatar en cierto tipo de
embriaguez, como con la droga, el alcohol o el sexo. Se necesita una
dosis o un estímulo cada vez más fuerte para producir un placer de la
misma intensidad. Hasta que el organismo deja de responder y entonces
tiene lugar es derrumbe, con frecuencia incluso físico.
La senda de los justos, por el contrario, es
estrecha al inicio, pero después se hace amplia, pues en ella
encuentran esperanza, alegría y paz del corazón. Lleva a la vida y no
a la muerte.
[Original italiano publicado por «Famiglia Cristiana». Traducción
realizada por Zenit]
ZS04082003
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La
nueva evangelización
Joseph Ratzinger
Conferencia pronunciada el Congreso de catequistas y
profesores de religión, Roma, 10.XII.2000.
L'OSSERVATORE
ROMANO, 19 de enero de 2001
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La
vida está por hacer
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La
vida humana no se realiza por sí misma. Nuestra vida es una
cuestión abierta, un proyecto incompleto, que es preciso seguir
realizando. La pregunta fundamental de todo hombre es: ¿cómo
se lleva a cabo esta proyecto de realización del hombre? ¿Cómo
se aprende el arte de vivir? ¿Cuál es el camino que lleva a la
felicidad?
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El
verdadero arte de vivir sólo lo puede comunicar Jesucristo
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Evangelizar quiere decir mostrar ese camino, enseñar el arte de
vivir. Jesús dice al inicio de su vida pública: he venido para
evangelizar a los pobres (cf. Lc 4, 18). Esto
significa: yo tengo la respuesta a vuestra pregunta fundamental;
yo os muestro el camino de la vida, el camino que lleva a la
felicidad; más aún, yo soy ese camino. La pobreza más
profunda es la incapacidad de alegría, el tedio de la vida
considerada absurda y contradictoria. Esta pobreza se halla hoy
muy extendida, con formas muy diversas, tanto en las sociedades
materialmente ricas como en los países pobres. La incapacidad
de alegría supone y produce la incapacidad de amar, produce la
envidia, la avaricia... todos los vicios que arruinan la vida de
las personas y el mundo. Por eso, hace falta una nueva
evangelización. Si se desconoce el arte de vivir, todo lo demás
ya no funciona. Pero ese arte no es objeto de la ciencia; sólo
lo puede comunicar quien tiene la vida, el que es el Evangelio
en persona.
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Bastantes
no encuentran en la Iglesia la respuesta a cómo vivir
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I. Estructura y método de la nueva evangelización
1.
Estructura
Antes
de hablar de los contenidos fundamentales de la nueva
evangelización quisiera explicar su estructura y el método
adecuado. La Iglesia evangeliza siempre y nunca ha interrumpido
el camino de la evangelización. Cada día celebra el misterio
eucarístico, administra los sacramentos, anuncia la palabra de
vida, la palabra de Dios, y se compromete en favor de la
justicia y la caridad. Y esta evangelización produce fruto: da
luz y alegría; da el camino de la vida a numeroso personas.
Muchos otros viven, a menudo sin saberlo, de la luz y del calor
resplandeciente de esta evangelización permanente. Sin embargo,
existe un proceso progresivo de descristianización y de pérdida
de los valores humanos esenciales, que resulta preocupante. Gran
parte de la humanidad de hoy no encuentra en la evangelización
permanente de la Iglesia el Evangelio, es decir, la respuesta
convincente a la pregunta: ¿cómo vivir?
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Son
necesarios nuevos caminos para el Evangelio
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Por eso buscamos, además de la evangelización permanente,
nunca interrumpida y que no se debe interrumpir nunca, una nueva
evangelización, capaz de lograr que la escuche ese mundo que no
tiene acceso a la evangelización "clásica". Todos
necesitan el Evangelio. El Evangelio está destinado a todos y
no sólo a un grupo determinado, y por eso debemos buscar nuevos
caminos para llevar el Evangelio a todos.
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Sin
impaciencia y sin pasividad
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Sin embargo, aquí se oculta también una tentación: la tentación
de la impaciencia, la tentación de buscar el gran éxito
inmediato, los grandes números. Y este no es el método del
reino de Dios. Para el reino de Dios, así como para la
evangelización, instrumento y vehículo del reino de Dios, vale
siempre la parábola del grano de mostaza (cf. Mc 4, 31-32). El
reino de Dios vuelve a comenzar siempre bajo este signo. Nueva
evangelización no puede querer decir atraer inmediatamente con
nuevos métodos, más refinados, a las grandes masas que se han
alejado de la Iglesia. No; no es esta la promesa de la nueva
evangelización. Nueva evangelización significa no contentarse
con el hecho de que del grano de mostaza haya crecido en el gran
árbol de la Iglesia universal, ni pensar que basta el hecho de
que en sus ramas pueden anidar aves de todo tipo, sino actuar de
nuevo valientemente, con la humildad del granito, dejando que
Dios decida cuándo y cómo crecerá (cf. Mc 4, 26-29).
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La
pequeñez de los comienzos debe ser actual
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Las grandes cosas comienzan siempre con un granito y los
movimientos de masas son siempre efímeros. En su visión del
proceso de la evolución, Teilhard de Chardin habla del
"blanco de los orígenes": el inicio de las nuevas
especies es invisible y está fuera del alcance de la
investigación científica. Las fuentes se hallan ocultas; son
demasiado pequeñas. En otras palabras, las grandes realidades
tienen inicios humildes. Prescindamos ahora de si Teilhard tiene
razón, y hasta qué punto, con sus teorías evolucionistas: la
ley de los orígenes invisibles refleja una verdad presente
precisamente en la acción de Dios en la historia. "No por
ser grande te elegí; al contrario, eres el más pequeño de los
pueblos; te elegí porque te amo...", dice Dios al pueblo
de Israel en el Antiguo Testamento y así expresa la paradoja
fundamental de la historia de la salvación: ciertamente, Dios
no cuenta con grandes números; el poder exterior no es el signo
de su presencia.
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Tentación
de siempre
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Gran parte de los parábolas de Jesús Indican esta estructura
de la acción divina y responden así a las preocupaciones de
los discípulos, los cuales esperaban del Mesías éxitos y señales
muy diferentes: éxitos del tipo que ofrece Satanás al Señor
"Te daré todo esto, todos los reinos del mundo..." (cf.
Mt 4, 9).
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Como
al principio
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Desde luego, san Pablo, al final de su vida, tuvo la impresión
de que había llevado el Evangelio hasta los confines de la
tierra, pero los cristianos eran pequeñas comunidades dispersas
por el mundo, insignificantes según los criterios seculares. En
realidad fueron la levadura que penetra en la masa y llevaron en
su interior el futuro del mundo (cf. Mt 13, 33).
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Dos
aparentes contrarios a la vez
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Un antiguo proverbio reza: "Éxito no es un nombre de
Dios". La nueva evangelización debe actuar como el grano
de mostaza y no ha de pretender que surja inmediatamente el gran
árbol. Nosotros vivimos con una excesiva seguridad por el gran
árbol que ya existe o sentimos el afán de tener un árbol aún
más grande, más vital. En cambio, debemos aceptar el misterio
de que la Iglesia es al mismo tiempo un gran árbol y un
granito. En la historia de la salvación siempre es simultáneamente
Viernes santo y Domingo de Pascua.
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No
nosotros sino que se excuse al Señor
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2. El método
De
esta estructura de la nueva evangelización deriva también el método
adecuado. Ciertamente, debemos usar de modo razonable los métodos
modernos para lograr que se nos escuche; o, mejor, para hacer
accesible y comprensible la voz del Señor. No buscamos que se
nos escuche a nosotros; no queremos aumentar el poder y la
extensión de nuestras instituciones; lo que queremos es servir
al bien de las personas y de la humanidad, dando espacio a Aquel
que es la Vida.
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Fundamental
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Esta renuncia al propio yo, ofreciéndolo a Cristo para la
salvación de los hombres, es la condición fundamental del
verdadero compromiso en favor del Evangelio: "Yo he venido
en nombre de mi Padre, y no me recibía; si otro viene en su
propio nombre, a ese lo recibiréis" (Jn 5, 43).
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En
el nombre de Dios
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Lo que distingue al anticristo es el hecho de que habla en su
propio nombre. El signo del Hijo es su comunión con el Padre.
El Hijo nos introduce en la comunión trinitaria, en el círculo
del amor suyo, cuyas personas son "relaciones puras",
el acto puro de entregarse y de acogerse. El designio
trinitario, visible en el Hijo, que no habla en su nombre,
muestra la forma de vida del verdadero evangelizador; más aún,
evangelizar no es tanto una forma de hablar; es más bien una
forma de vivir: vivir escuchando y ser portavoz del Padre.
"No hablará por su cuenta, sino que hablará lo que
oiga" (Jn 16, 13), dice el Señor sobre el Espíritu Santo.
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En
el nombre de la Iglesia
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Esta forma cristológica y pneumatológica de la evangelización
es al mismo tiempo una forma eclesiológica: el Señor, y el Espíritu
construyen la Iglesia, se comunican en la Iglesia. El anuncio de
Cristo, el anuncio del reino de Dios, supone la escucha de su
voz en la voz de la Iglesia. "No hablar en nombre
propio" significa hablar en la misión de la Iglesia.
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La
comunicación no dispensa de la oración
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De esta ley de renuncia al propio yo se siguen consecuencias muy
prácticas. Todos los métodos racionales y moralmente
aceptables se deben estudiar; es un deber usar estas
posibilidades de comunicación. Pero las palabras y todo el arte
de la comunicación no pueden llevar a la persona humana hasta
la profundidad a la que debe llegar el Evangelio. Hace pocos años
leí la biografía de un óptimo sacerdote de nuestro siglo, don
Dídimo, párroco de Bassano del Grappa. En sus apuntes se
encuentran palabras de oro, fruto de una vida de oración y
meditación. A propósito de lo que estamos tratando, dice don Dídimo,
por ejemplo: "Jesús predicaba de día y oraba de
noche". Con esta breve noticia quería decir: Jesús debía
hablar de Dios a sus discípulos.
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Imprescindible
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Eso vale siempre. No podemos ganar nosotros a los hombres.
Debemos obtenerlos de Dios para Dios. Todos los métodos son
ineficaces si no están fundados en la oración. La palabra del
anuncio siempre ha de estar impregnada una intensa vida de oración.
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Pero
la Cruz
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Debemos dar un paso más. Jesús predicaba de día y oraba de
noche, pero eso no es todo. Su vida entera, como demuestra de
modo muy hermoso el evangelio de san Lucas, fue un camino hacia
la cruz, una ascensión hacia Jerusalén. Jesús no redimió el
mundo con palabras hermosas, sino con su sufrimiento y su
muerte. Su pasión es fuente inagotable de vida para el mundo;
la pasión da fuerza a su palabra.
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Como
el grano de trigo
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El Señor mismo, extendiendo y ampliando la parábola del grano
de mostaza, formuló esta ley de fecundidad en parábola del
grano de trigo que cae tierra y muere (cf. Jn 12, 24). También
esta ley es válida hasta el fin del mundo y, juntamente con el
misterio del grano de mostaza, es fundamental para la nueva
evangelización. Toda la historia lo demuestra. Sería fácil
demostrarlo en la historia del cristianismo. Aquí quisiera
recordar solamente el inicio de la evangelización en la vida de
san Pablo.
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La
experiencia de San Pablo
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El éxito de su misión no fue fruto de la retórica o de la
prudencia pastoral; su fecundidad dependió de su sufrimiento,
de su unión a la pasión de Cristo (cf. 1 Cor 2, 1-5; 2 Cor, 5,
7; 11; 10 s; 11, 30; Gal 4, 12-14). "No se dará otro signo
que el signo del profeta Jonás" (Lc 1 29), dijo el Señor.
El signo de Jonás es Cristo crucificado, son los testigos que
completan "lo que falta a la pasión de Cristo" (Col
1, 24). En todas las épocas de la historia se han cumplido
siempre las palabras de Tertuliano: la sangre de los mártires
es semilla de nuevos cristianos.
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...
exige violencia
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San Agustín dice lo mismo de modo muy hermoso, interpretando el
texto de san Juan donde la profecía del martirio de san Pedro y
el mandato de apacentar, es decir, la institución de su
primado, están íntimamente relacionados (cf. Jn 21, 16). San
Agustín lo comenta así: "Apacienta mis ovejas, es decir,
sufre por mis ovejas" (Sermón 32: PL 2, 640). Una madre no
puede dar a luz un niño sin sufrir. Todo parto implica
sufrimiento, es sufrimiento, y llegar a ser cristiano es un
parto. Digámoslo una vez más con palabras del Señor: "El
reino de Dios exige violencia" (M 11, l2; Lc 10, 16), pero
la violencia de Dios es el sufrimiento, la cruz. No podemos dar
vida a otros sin dar nuestra vida. El proceso de renuncia al
propio yo, al que me he referido antes, es la forma concreta
(expresada de muchas formas diversas) de dar la propia vida. Ya
lo dijo el Salvador: "Quien pierda su vida por mi y por el
Evangelio, la salvará" (Mc 8, 35).
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Juan
el Bautista y Jesús
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II. Los contenidos esenciales de
la nueva evangelización
1.
Conversión
En relación a los contenidos de la nueva evangelización, antes
que nada se debe tener presente que no se puede escindir el
Antiguo del Nuevo Testamento. El contenido fundamental del
Antiguo Testamento está resumido en el mensaje de Juan
Bautista: ¡Convertios! No hay acceso a Jesús sin el Bautista;
no hay posibilidad de alcanzar a Jesús sin dar respuesta a la
llamada del precursor, mas bien: Jesús ha asumido el mensaje de
Juan el Bautista en la síntesis de su propio predicar: "convertíos
y creed en la Buena Nueva" (Mc 1, 15).
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Convertirse
en es cambiar a la manera de Dios
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La palabra griega usada para "convertirse" significa:
volver a pensar, poner en discusión el propio y el común modo
de vivir; dejar entrar a Dios en los criterios de la propia
vida; no juzgar más simplemente según las opiniones
corrientes. Convertirse significa, por lo tanto, no vivir como
viven todos, no hacer como hacen todos, no sentirse justificados
en acciones dudosas, ambiguas, malvadas por el hecho que otros
hacen lo mismo; comenzar a ver la propia vida con los ojos de
Dios; buscar, por lo tanto, el bien, aún cuando es incómodo;
no hacerlo pensando en el juicio de la mayoría, de los hombres,
sino en el juicio de Dios, con otras palabras: buscar un nuevo
estilo de vida, una vida nueva.
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Convertirse
es descubrir a Dios
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Todo esto no implica un moralismo, la reducción del
cristianismo a la moralidad pierde de vista la esencia del
mensaje de Cristo: el don de una nueva amistad, el don de la
comunión con Jesús y, por lo tanto, con Dios. Quien se
convierte a Cristo no entiende crearse una autarquía moral
suya, no pretende reconstruir con sus propias fuerzas su propia
bondad. "Conversión" (Metanoia) significa justamente
lo contrario: salir de la propia suficiencia, descubrir y
aceptar la propia indigencia, indigencia de los otros y del
Otro, de su perdón, de su amistad. La vida no convertida es
autojustificación (yo no soy peor de los demás); la conversión
es la humildad de confiarse al amor del Otro, amor que se vuelve
medida y criterio de mi propia vida.
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Un
nuevo y definitivo "Nosotros"
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Aquí debemos tener presente el aspecto social de la conversión.
En efecto, la conversión es, ante todo, un acto muy personal y
es personalización. Yo me separo de la fórmula "vivir
como todos" (no me siento más justificado por el hecho que
todos hacen cuanto hago yo) y encuentro delante de Dios mi
propio yo, mi responsabilidad personal. Pero la verdadera
personalización es siempre también una nueva y más profunda
socialización. El yo se abre de nuevo al tú, en toda su
profundidad, de esta manera nace un nuevo Nosotros. Si el estilo
de vida extendido en el mundo implica el peligro de la
des-personalización, del vivir no mi propia vida, sino la vida
de todos los demás, en la conversión debe realizarse un nuevo
Nosotros del camino común con Dios. Anunciando la conversión
también debemos ofrecer una comunidad de vida, un espacio común
del nuevo estilo de vida. No se puede evangelizar sólo con las
palabras; el Evangelio crea vida, crea comunidad de camino; una
conversión puramente individual no tiene consistencia...
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Un
Dios vivo en el mundo
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2. El Reino de Dios
En
la llamada a la conversión está implícito, como una condición
fundamentalmente propia, el anuncio del Dios viviente. El
teocentrismo es fundamental en el mensaje de Jesús y también
debe ser el corazón de la nueva evangelización. La palabra
clave del anuncio de Jesús es: Reino de Dios. Sin embargo,
Reino de Dios no es una cosa, una estructura social o política,
una utopía. El Reino de Dios es Dios. Reino de Dios quiere
decir: Dios existe. Dios vive. Dios está presente y actúa en
el mundo, en nuestra vida, en mi vida. Dios no es una lejana
"causa última", Dios no es el "gran
arquitecto" del deísmo que ha construido la máquina del
mundo y ahora estaría fuera, por el contrario Dios es la
realidad más presente y decisiva en cada acto de mi vida, en
cada momento de la historia.
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Lo
único necesario para el hombre
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En la conferencia de despedida de su cátedra de la Universidad
de Münster, el teólogo J. B. Metz ha pronunciado cosas que no
se esperaban. Metz en el pasado nos había enseñado el
antropocentrismo, el verdadero acontecimiento del cristianismo
habría sido el giro antropológico, la secularización, el
descubrimiento del estado secular del mundo. Después nos ha
enseñado la teología política el carácter político de la
fe; más tarde la "memoria peligrosa"; finalmente la
teología narrativa. Después de haber recorrido este camino
largo y difícil, nos dice hoy: El verdadero problema de nuestro
tiempo es la "Crisis de Dios", la ausencia de Dios,
camuflada por una religiosidad vacía. La teología debe volver
a ser realmente teo-logía, un hablar de Dios y con Dios. Metz
tiene razón : El "unum necessarium" para el hombre es
Dios. Todo cambia, si hay Dios o no hay Dios. Desgraciadamente
también nosotros los cristianos vivimos a veces como si Dios no
existiese ("si Deus non daretur"). Vivimos según el
cliché: No hay Dios y si lo hay, no interesa. Por este motivo,
la evangelización, antes que nada, tiene que hablar de Dios,
anunciar el único Dios verdadero: el Creador, el Santificador,
el Juez (cf. El Catequismo de la Iglesia Católica).
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Oraciones
y sólo eso
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También aquí debe tenerse presente el aspecto práctico. Dios
no puede hacerse conocido sólo con las palabras. No se conoce
una persona si se sabe de esta persona sólo a través de otra.
Anunciar a Dios es introducir en la relación con Dios: enseñar
a rezar. La oración es fe en acto. Y sólo en la experiencia de
la vida con Dios aparece también la evidencia de su existencia.
Por esto son importantes las escuelas de oración, de comunidad
de oración. Hay complementariedad entre la oración personal
("en el propio dormitorio", sólo delante de los ojos
de Dios), oración común "paralitúrgica"
("religiosidad popular") y oración litúrgica. Sí,
la liturgia es, antes que nada, oración; su especificidad
consiste en el hecho que su sujeto primario no somos nosotros
(como en la oración privada y en la religiosidad popular), sino
Dios mismo, la liturgia es actio divina, Dios actúa y
nosotros respondemos a la acción divina.
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De
Dios y con Él
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Hablar de Dios y hablar con Dios siempre deben marchar
conjuntamente. El anuncio de Dios es guía para la comunión con
Dios en la comunión fraterna, fundada y vivificada por Cristo.
Por esto la liturgia (los sacramentos) no es un tema junto a la
predicación del Dios viviente, sino la puesta en práctica de
nuestra relación con Dios. En este contexto quisiera hacer una
observación general sobre la cuestión litúrgica. Muchas veces
nuestro modo de celebrar la liturgia es demasiado racionalista.
La liturgia se vuelve enseñanza, cuyo criterio es: hacerse
entender, la consecuencia es con frecuencia hacer banal el
misterio, la preponderancia de nuestras palabras, la repetición
de la fraseología que parece más accesible y más agradable a
la gente. Pero esto es un error no solamente teológico, sino
también psicológico y pastoral.
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"In
persona Cristi"
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La moda del esoterismo, la difusión de técnicas asiáticas de
distensión y de auto-vaciamiento demuestran que en nuestras
liturgias falta algo. Justamente en nuestro mundo actual tenemos
necesidad del silencio, del misterio por encima del individuo,
de la belleza. La liturgia no es la invención del sacerdote que
celebra o de un grupo de especialistas; la liturgia ("el
rito") ha crecido en un proceso orgánico durante los
siglos, porta consigo el fruto de la experiencia de la fe de
todas las generaciones. Aunque si los participantes no entienden
quizá cada una de las palabras, perciben el significado
profundo, la presencia del misterio, que trasciende todas las
palabras. No es el celebrante el centro de la acción litúrgica;
el celebrante no está delante del pueblo en su nombre, no habla
de sí y para sí, sino "in persona Cristi". No
cuentan la capacidad personal del celebrante, sino sólo su fe,
en la que se hace transparente Cristo. "Es necesario que Él
crezca y que yo disminuya" (Jn 3, 30).
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Jesús
antes que nada hijo de Dios
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3. Jesucristo
Con esta reflexión el tema de Dios ya se ha extendido y
concretizado en el tema Jesucristo: Sólo en Cristo y a través
de Cristo el tema de Dios se vuelve realmente concreto: Cristo
es el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, la concretización del
"Yo soy", la respuesta al Deísmo. Actualmente es
grande la tentación de reducir Jesucristo, el Hijo de Dios, sólo
a un Jesús histórico, a un hombre puro. No se niega
necesariamente la divinidad de Jesús, sino que con ciertos métodos
se destila de la Biblia un Jesús a nuestra medida, un Jesús
posible y comprensible en el marco de nuestra historiografía.
Pero este "Jesús histórico" no es sino un artefacto,
la imagen de sus autores y no la imagen del Dios viviente (cf. 2
Cor 4, 4s; Col 1, 15). El Cristo de la fe no es un mito: el así
llamado "Jesús histórico" es una figura mitológica,
auto inventada por los diferentes intérpretes. Los doscientos años
de historia del "Jesús histórico" reflejan fielmente
la historia de las filosofías y de las ideologías de este período.
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Vida
del hombre en Cristo
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No puedo, en el marco de esta conferencia, entrar en los
contenidos del anuncio del Salvador. Quisiera brevemente aludir
a dos aspectos importantes. El primero es el seguimeinto de
Cristo, Cristo se ofrece como camino de mi vida. Seguir a Cristo
no significa imitar al hombre Jesús. Una tentativa similar
necesariamente fracasa, sería un anacronismo. El seguimiento de
Cristo tiene una meta mucho más alta: asimilarse a Cristo y, en
este modo, llegar a la unión con Dios. Una palabra como ésta
quizás suena extraña a los oídos del hombre moderno. Pero, en
realidad, todos tenemos sed del infinito: de una libertad
infinita, de una felicidad sin límites. Toda la historia de las
revoluciones de los últimos doscientos años se explica sólo
así. La droga se explica así. El hombre no se contenta con
soluciones bajo el nivel de la divinización. Pero todos los
caminos ofrecidos por la "serpiente" (Gén 3, 5), es
decir, por la sabiduría mundana, fracasan. El único camino es
la comunión con Cristo, realizable en la vida sacramental. El
seguimiento de Cristo no es un argumento moral, sino un tema
"mistérico", un conjunto de acción divina y de
respuesta nuestra.
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La
esencia del cristianismo
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De esta manera, encontramos presente en el tema de la secuela el
otro centro de la cristología, del cual quisiera decir algo: el
misterio pascual, la cruz y la resurrección. En las
reconstrucciones del "Jesús histórico" normalmente
el tema de la cruz no tiene significado. En una interpretación
"burguesa" se vuelve un incidente, por sí mismo
evitable, sin valor teológico; en una interpretación
revolucionaria se vuelve la muerte heroica de un rebelde. La
verdad es diferente. La cruz pertenece al misterio divino, es
expresión de su amor hasta el fin (Jn 13, 1). El seguimiento de
Cristo es participación a su cruz, unirse a su amor, a la
transformación de nuestra vida, que se vuelve el nacimiento del
hombre nuevo, creado según Dios (cf. Ef 4, 24). Quien omite la
cruz, omite la esencia del cristianismo (cf. 1 Cor 2, 2).
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Seremos
juzgados por Dios
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4. La vida eterna
Un último elemento central de toda evangelización verdadera es
la vida eterna. Actualmente debemos con nueva fuerza anunciar en
la vida diaria nuestra fe. Quisiera mencionar aquí solamente un
aspecto muchas veces descuidado de la predicación de Jesús: El
anuncio del Reino de Dios es anuncio del Dios presente, del Dios
que nos conoce y nos escucha; del Dios que entra en la historia
para hacer justicia. Esta predicación es, por lo tanto, anuncio
del juicio, anuncio de nuestra responsabilidad. El hombre no
puede hacer o no hacer lo que quiere. Él será juzgado. Él
debe dar cuenta de sus actos. Esta certeza tiene valor para los
potentes así como para los simples. Donde ésta sea respetada,
están trazados los límites de todo poder de este mundo. Dios
hace justicia y sólo Él puede hacerlo a fin de cuentas.
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El
Juicio no es temor sino buena nueva
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Esto podremos lograrlo mejor, cuanto más estemos en capacidad
de vivir bajo los ojos de Dios y de comunicar al mundo la verdad
del juicio. De esta manera, el artículo de fe del juicio, su
fuerza de formación de las conciencias, es un contenido central
del Evangelio y es verdaderamente una buena nueva. Lo es para
todos aquellos que sufren por la injusticia del mundo y buscan
la justicia. De esta modo se comprende también la conexión
entre el "Reino de Dios" y los "pobres", los
que sufren y todos aquellos de los cuales hablan las
bienaventuranzas del discurso de la montaña. Estos están
protegidos por la certeza del juicio, por la certeza de que hay
justicia. Este es el verdadero contenido del artículo sobre el
juicio, sobre Dios Juez: hay justicia.
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Justicia
garantizada
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Las injusticias del mundo no son la última palabra de la
historia. Hay justicia. Sólo quien no quiere que haya justicia
puede oponerse a esta verdad. Si tomamos en serio el juicio y la
seriedad de la responsabilidad que nos implica, comprenderemos
bien el otro aspecto de este anuncio, es decir, la redención,
el hecho que Jesús en la cruz asume nuestros pecados; que Dios
mismo en la pasión del Hijo se hace abogado de nosotros,
pecadores, haciendo así posible la penitencia, dando esperanza
al pecador arrepentido, esperanza expresada de manera
maravillosa en las palabras de San Juan: delante de Dios,
tranquilizaremos nuestro corazón, cualquier cosa éste nos
reproche. "Dios es más grande que nuestra conciencia, y
todo lo conoce" (1 Jn 3, 19s).
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Sólo
con Dios el hombre es grande
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La bondad de Dios es infinita, pero no debemos reducir esta
bondad a una cosa melindrosa sin verdad. Sólo creyendo al justo
juicio de Dios, sólo teniendo hambre y sed de justicia (cf. Mt
5, 6) abrimos nuestro corazón y nuestra vida a la misericordia
divina. Se ve: no es verdad que la fe en la vida eterna hace
insignificante la vida terrestre. Por el contrario. Sólo si la
medida de nuestra vida es la eternidad, también esta vida sobre
la tierra es grande y su valor inmenso. Dios no es el otro
concursante de nuestra vida, sino quien garantiza nuestra
grandeza. De esta manera volvemos a nuestro punto de partida:
Dios. Si consideramos bien el mensaje cristiano, no hablamos de
muchas cosas. El mensaje cristiano es en realidad muy simple.
Hablemos de Dios y del hombre, y así decimos todo.
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Juan
Pablo II: La relación especial entre la Inmaculada y los enfermos
CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 8 febrero 2004 (ZENIT.org).-
Publicamos la intervención de Juan Pablo II desde la ventana de su
estudio dirigida a mediodía de este domingo a los miles de peregrinos
congregados en la plaza de San Pedro del Vaticano para rezar la oración
mariana del «Angelus».
¡Queridos hermanos y hermanas!
1. El próximo miércoles, 11 de febrero, memoria litúrgica de la
Bienaventurada Virgen de Lourdes se celebrará la Jornada
Mundial del Enfermo. Las celebraciones principales tendrán
lugar precisamente en Lourdes, donde María Santísima se apareció a
santa Bernadette Soubirous, presentándose como la «Inmaculada
Concepción». En este año, además, se celebra el
aniversario de los 150 años del dogma de la Inmaculada Concepción,
proclamado por mi venerado predecesor, el beato Pío IX, de quien
celebramos ayer la fiesta.
2. Es conocida la íntima
relación que se da entre Nuestra Señora de Lourdes y el mundo del
sufrimiento y de la enfermedad. En el Santuario, surgido en
la gruta de Massabielle, los enfermos son desde siempre los
protagonistas y Lourdes se ha convertido con el pasar de los años en
una auténtica ciudad de la vida y de la
esperanza. ¿Cómo podía ser de otro modo? La
Inmaculada Concepción de María es, de hecho, la primicia de la redención
realizada por Cristo y prenda de su victoria sobre el mal. Ese manantial
de agua que surge de la tierra, en el que la Virgen invitó a beber a
Bernadette, recuerda la potencia del Espíritu de Cristo, que regenera
íntegramente al ser humano y le da la vida eterna.
3. Que la Virgen acompañe a quienes tomarán parte en los diferentes
acontecimientos programados en Lourdes para los próximos días: los
encuentros sobre la pastoral de la salud en los países de Europa y
sobre la relación especial entre la Inmaculada y los enfermos. Ponemos
en manos de la Virgen en particular la solemne celebración eucarística
que será presidida por mi enviado especial, el cardenal Lozano Barragán,
presidente del Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud.
Todo enfermo puede ser misionero
MADRID, jueves, 12 febrero 2004 (ZENIT.org).-
Los enfermos pueden ser misioneros, aunque no
puedan moverse de su cama, asegura Justo Amado, uno de los
coordinadores de la Unión de Enfermos Misioneros, al concluir la
Jornada Mundial del Enfermo, que este año tuvo por foco central de
celebraciones Lourdes.
«La respuesta hay que buscarla en el Bautismo
-explica el coordinador en España en una entrevista concedida a la
agencia Veritas-. Un
cristiano en su esencia es un enviado para dar a conocer al mundo la
buena Nueva».
Pero, además, «el enfermo
que tiene conciencia de su vocación cristiana ha de tener muy en cuenta
el dogma del Cuerpo Místico, de la comunión de los santos -recuerda-.
Su vida, sus actos, su oración, sus sacrificios y alegrías inciden en
el resto de los miembros de este Cuerpo. Por lo tanto el enfermo no se
convierte en misionero, ya lo es, pero debe tomar conciencia de ello».
El Papa en la Redemptoris
missio, la encíclica sobre la misión que escribió en 1990,
pide que se ilustre a los enfermos «el valor
del sufrimiento, animándoles a ofrecerlo a Dios por los misioneros».
Ésta es la base de la Unión de Enfermos Misioneros.
Esta institución nació en Francia en 1928. «Su
fundadora fue Margarita Godet, una mujer llena de aspiraciones
misioneras, pero que se encontraba inmovilizada por la enfermedad
-recuerda Justo Amado-. Esto no la desanimó y se ofreció como
"enferma misionera" al Seminario de Misiones Extranjeras de
París, una institución importantísima en la historia misionera de la
Iglesia, de donde desde el siglo XVII han partido cientos de misioneros
a América, Asia, África y Oceanía».
«Desde Francia, pronto comenzó a irradiarse hacia
otras partes del mundo. En 1930 se fundó en Canadá el "Apostolado
de los Enfermos". En el mismo año se estableció en Polonia, y en
Italia se creó la "Unión del Apostolado de los Enfermos". En
España comenzó de forma privada, hacia el año 1933, y nació
canónicamente en 1940».
«Pueden ser miembros de la Unión todos
aquellos que, sea de una manera permanente o pasajera, se vean aquejados
por una enfermedad, por una discapacidad de cualquier tipo o por las
adversidades y achaques propios de la edad, o por dolores morales o de
índole parecida», afirma el coordinador.
«Esto quiere decir que cualquier
persona que pueda ofrecer por las intenciones misionales sus
padecimientos y adversidades, y su oración, puede convertirse ella
misma en misionera en su ambiente -añade-. Todo
aquel que se sienta invitado por el Señor a unirse al dolor redentor de
Cristo con espíritu misionero para colaborar con los fines
de esta asociación».
La inscripción en la Unión de Enfermos Misioneros
se realiza normalmente en la Dirección Diocesana de las Obras
Misionales Pontificias (hay una en cada diócesis), de la que depende.
Basta con preguntar en el obispado propio o dirigirse a la Dirección
Nacional de las Obras Misionales.
Juan Pablo II: El Evangelio revela el significado del dolor
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 11 febrero 2004 (ZENIT.org).-
Publicamos la intervención de Juan Pablo II en la audiencia general de
este miércoles, Jornada Mundial del Enfermo.
1. Nuestra mirada se dirige hoy hacia el célebre santuario mariano de
Lourdes, situado en los montes Pirineos, que sigue atrayendo a
muchedumbres de peregrinos, entre los cuales muchas personas enfermas.
Allí tienen lugar este año los actos principales de la Jornada Mundial
del Enfermo, celebración que, según una costumbre ya consolidada,
coincide precisamente con la memoria litúrgica de la Bienaventurada
Virgen de Lourdes.
Se ha escogido este Santuario no sólo por la intensa
relación que le une con el mundo de la enfermedad y de los agentes de
la pastoral sanitaria. Se ha pensado en Lourdes sobre todo porque en el
año 2004 se celebran los 150 años de la proclamación del dogma de la
Inmaculada, que tuvo lugar el 8 de diciembre de 1854. En Lourdes, en
1858, cuatro años después, la Virgen María, apareciéndose en la
gruta de Massabielle a Bernardette Soubirous, se presentó como «la
Inmaculada Concepción».
2. A los pies de la Inmaculada de Lourdes nos dirigimos ahora en
peregrinación espiritual para unirnos a la oración del clero y de los
fieles, y especialmente de los enfermos, allí reunidos. La Jornada
Mundial del Enfermo constituye una intensa
exhortación a redescubrir la importante presencia de quienes sufren en
la comunidad cristiana, y a valorar cada vez más su preciosa aportación.
Desde un punto de vista humano, el dolor y la enfermedad pueden parecer
realidades absurdas. Sin embargo, cuando nos dejamos iluminar por la luz
del Evangelio, se logra comprender su profundo significado salvífico.
«De la paradoja de la Cruz
surge la respuesta a nuestros interrogantes más inquietantes
-he subrayado en el Mensaje
para esta Jornada Mundial del Enfermo-. Cristo
sufre por nosotros: carga sobre sí el sufrimiento de todos y lo redime.
Cristo sufre con nosotros, dándonos la posibilidad de compartir con Él
nuestros sufrimientos. Unido al de Cristo, el sufrimiento humano se
convierte en medio de salvación» (n. 4).
3. Me dirijo ahora a quienes experimentan en el
cuerpo y en el espíritu el peso del sufrimiento. A cada uno de ellos
les renuevo mi afecto y mi cercanía espiritual. Quisiera, al mismo
tiempo, recordar que la existencia humana es siempre un don de Dios,
incluso cuando está marcada por padecimientos físicos de todo tipo; un
«don» que debe ser valorizado por la Iglesia y por el mundo.
Quien sufre no debe quedarse solo. En este sentido,
quiero dirigir una palabra de sentido aprecio a quienes, con sencillez y
espíritu de servicio, están junto a los enfermos, tratando de aliviar
los sufrimientos, y, en la medida de lo posible, de liberarles de la
enfermedad gracias a los progresos de la medicina. Pienso, de manera
especial, en los agentes sanitarios, en los médicos, en los enfermeros,
en los científicos y en los investigadores, así como en los capellanes
de los hospitales, en los voluntarios. ¡Es un
gran acto de amor cuidar a quien sufre!
4. «Sub tuum praesidium…», hemos rezado al inicio de nuestro
encuentro. «Bajo tu amparo nos acogemos»,
Virgen Inmaculada de Lourdes, que eres para nosotros modelo
perfecto de la creación según el plan originario de Dios.
Ponemos en tus manos los enfermos, los ancianos, las personas solas:
alivia el dolor, enjuga las lágrimas y alcanza para cada uno la fuerza
necesaria para cumplir con la voluntad divina.
Sé el apoyo de quienes alivian cada día las penas
de los hermanos. Y ayúdanos a todos a crecer
en el conocimiento de Cristo, que con su muerte y resurrección ha
derrotado el poder del mal y de la muerte.
Nuestra Señora de Lourdes, ¡ruega por nosotros!
A continuación, el Santo Padre dirigió su saludo
a los peregrinos de América Latina y España. Estas fueron sus
palabras.
Queridos hermanos y hermanas:
Aunque la enfermedad y el
dolor puedan parecer incomprensibles o absurdos con un criterio
meramente humano, a la luz del Evangelio adquieren una gran riqueza salvífica
y existencial. El creyente que sufre sabe que la vida es un don de Dios
y que nunca le abandona, como no abandonó a su Hijo en los dramáticos
momentos de la pasión y la cruz. Además, su
propia situación le asocia de una muy directa a Cristo, que sufrió por
nosotros y sufre con nosotros, participando así en el misterio de la
redención, fuente de gracia y salvación para toda la humanidad.
Por eso es importante que la comunidad eclesial tenga
en gran estima a estos hermanos y hermanas les preste toda la atención
espiritual y humana que la caridad exige y ellos necesitan.
Saludo a los peregrinos de lengua española, y exhorto
a todos a valorar con espíritu cristiano el mundo del dolor y la
enfermedad, así como a fomentar la cercanía y solidaridad con quienes
más lo necesitan.
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Queridos
hermanos, el siguiente artículo, en la parte principal de la homilía,
es excelente.
P. Justo Antonio Lofeudo MSLBS
Misa del nuncio por los 25 años del pontificado
Juan Pablo II: el hombre del silencio y de la palabra
Buenos Aires, NOV 13 (AICA): El nuncio apostólico, monseñor Adriano
Bernardini, presidió esta tarde una misa en acción de gracias por los
25 años del pontificado de Juan Pablo II, concelebrada por todos los
obispos que participan de la 86ª Asamblea Plenaria del Episcopado. El
nuncio reflexionó sobre "la persona y la obra del Santo Padre como
hombre del silencio y de la palabra", y destacó que el Papa
"nos ha ofrecido en estos 25 años de Pontificado un auténtico
ejemplo de 'palabra hablante', presentándose como 'hombre de palabra'
además que como 'hombre de silencio'".
JUAN PABLO II: EL HOMBRE DEL SILENCIO Y DE LA PALABRA
Buenos Aires, NOV 13 (AICA): En el marco de la 86ª Asamblea Plenaria de
la Conferencia Episcopal Argentina, los obispos participantes se
trasladaron a la basílica de Nuestra Señora de Luján, donde esta
tarde el nuncio apostólico, monseñor Adriano Bernardini, presidió una
misa en acción de gracias por los 25 años del pontificado de Juan
Pablo II.
El prelado reflexionó sobre "la persona y
la obra del Santo Padre como hombre del silencio y de la palabra. Juan
Pablo II nos ha ofrecido en estos 25 años de Pontificado un auténtico
ejemplo de 'palabra hablante', presentándose como 'hombre de palabra'
además que como 'hombre de silencio'".
Monseñor Bernardini reconoció que lo que más
le llama la atención del Pontífice es "su don especial de
sumergirse en el silencio y, por tanto, su capacidad de saberse abstraer
y adentrarse en si mismo. Con frecuencia da la impresión de estar hasta
ausente de cuanto está ocurriendo o se está haciendo. En realidad no
es otra cosa que un pasar, si bien momentáneo, del silencio a la oración
y por tanto a la contemplación".
Asimismo, "este gran Papa supo hacer
brotar del silencio "la palabra hablante, luz para la entera
Iglesia católica y para todos los hombres de buena voluntad".
Además de despertar la admiración de los jóvenes, transmitió
"una inquietud por la suerte del hombre: su tenaz defensa por la
vida, contra el aborto, la pena de muerte y toda guerra. El mundo no la
acoge, pero la escucha.
La inquietud por el Evangelio lo empuja a
hacerse misionero del mundo y dar lo mejor de sus energías en el
intento de despertar el espíritu misionero de la Iglesia Católica".
"En el movimiento ecuménico
-agrega-, se adecua perfectamente a las indicaciones del Concilio: llama
'hermanos mayores' a los hebreos y 'hermanos' a los musulmanes. Invita,
tanto a unos como a otros, a la fiesta del Gran Jubileo. Mientras no
esconde su oposición al comunismo, no es menos su rechazo de resignarse
a la victoria del capitalismo. Y con aspecto temblante llega al 'mea
culpa' por las responsabilidades históricas de los 'hijos de la
Iglesia', llegando a la más valiente de sus denuncias".
El valor del silencio
El nuncio apostólico sostuvo que "uno
de los más grandes delitos del tiempo en que vivimos es hacer
desaparecer el silencio, hacerlo callar. El silencio da miedo. No deja
dormir. Provoca escalofríos. Nos obliga a hacer cuentas inquietantes
con nosotros mismos. Nos constriñe a escuchar los actos acusadores de
una conciencia con frecuencia demasiado distraída. El silencio se
convierte así en un fantasma a exorcizar".
Explicó que "cuando se pierde el sentido
del silencio, se pierde inevitablemente el sentido de la belleza, la
capacidad de asombrarse, de abrirse a lo maravilloso". Pero aclaró
que "el silencio no puede confundirse con el mutismo, que es una
degeneración del silencio. El verdadero silencio no es nunca una
actitud egoísta. El silencio egoísta es la máscara horrible de la
prudencia, del cálculo, de la voluntad de no comprometerse, del deseo
obsesivo de no tener problemas, del miedo a ponerse con la parte más débil,
de la incapacidad de tomar posturas contra la injusticia".
Por ello, subrayó que "el verdadero
silencio es fruto de coraje, silencios santos más que costosos, para no
herir, ni humillar. Es el silencio 'sacrifical' de Cristo en la Pasión,
frente al escarnio, la calumnia, las acusaciones injustas".
Súplica a María
Por último pidió a la Virgen que
"nos ayude a recuperar la llave del silencio. Aquella llave que nos
consiente penetrar en el misterio de nuestra vida, manteniendo fuera de
la puerta la palabra incoherente. Que la Virgen de Luján nos haga ver cómo
la oscuridad nos aleja de su Hijo y de la necesidad que tenemos de
sumergirnos en la profundidad del silencio, si queremos ser envueltos en
la luz de la Palabra de Dios".+
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Queridos
hermanos, esta noticia debería llegar a todos.
Un
gran cariño,
P. Justo Antonio
Homilía
del Papa en su vigésimoquinto aniversario de pontificado
Renueva a Dios el don de sí mismo, «del presente y del futuro»
Reproducido con permiso de
Zenit.org
CIUDAD DEL VATICANO, 20 octubre 2003 (ZENIT.org).-
Publicamos la homilía que pronunció Juan Pablo II en la celebración
eucarística de acción de gracias por su vigésimoquinto aniversario de
pontificado el 16 de octubre.
En algunos pasajes el Papa fue asistido en la
lectura por el arzobispo Leonardo Sandri, sustituto para los Asuntos
Generales de la Secretaría de Estado del Vaticano.
1. «"Misericordias Domini in aeternum cantabo" – Cantaré
eternamente las misericordias del Señor...» (Cf. Salmo 88, 2). Hace
veinticinco años experimenté de manera particular la misericordia
divina. En el Cónclave, a través del Colegio cardenalicio, Cristo
también me dijo, como en una ocasión a Pedro en el Lago de Genesaret:
«Apacienta mis corderos» (Juan 21, 16).
Sentía en mi espíritu el eco de la pregunta
dirigida entonces a Pedro: «¿Me amas más que éstos?» (Cf. Juan 21,
15-16). ¿Cómo podía no temblar, humanamente hablando ¿Cómo no podía
pesarme una responsabilidad tan grande?. Tuve que recurrir a la divina
misericordia para que ante la pregunta: «¿Aceptas?», pudiera
responder con confianza: «En la obediencia de la fe, ante Cristo mi Señor,
encomendándome a la Madre de Cristo y de la Iglesia, consciente de las
grandes dificultades, acepto».
Hoy, queridos hermanos y hermanas, me es grato
compartir con vosotros una experiencia que dura ya desde hace un cuarto
de siglo. Cada día revivo en mi corazón el mismo diálogo entre Jesús
y Pedro. En mi espíritu, contemplo la mirada benévola de Cristo
resucitado. Él, a pesar de que es consciente de mi fragilidad humana,
me alienta a responder con confianza como Pedro: «Señor, tú lo sabes
todo; tú sabes que te quiero» (Juan 21, 17). Y después me invita a
asumir las responsabilidades que él mismo me ha confiado.
2. «El buen pastor da su vida por las ovejas» (Juan 10, 11). Mientras
Jesús pronunciaba estas palabras, los apóstoles no sabían que hablaba
de sí mismo. No lo sabía ni siquiera Juan, el apóstol predilecto. Lo
comprendió en el Calvario, a los pies de la Cruz, al verle ofrecer
silenciosamente la vida por «sus ovejas».
Cuando llegó para él y para los demás apóstoles
el momento de asumir esta misión, entonces se acordaron de sus
palabras. Se dieron cuenta de que sólo por el hecho de haberles
asegurado que Él mismo actuaría a través de ellos, serían capaces de
cumplir la misión.
De esto fue particularmente consciente Pedro,
«testigo de los sufrimientos de Cristo» (1 Pedro 5, 1), que exhortaba
a los ancianos de la Iglesia: «apacentad la grey de Dios que os está
encomendada» (1 Pedro 5, 2).
A través de los siglos, los sucesores de los
apóstoles, guiados por el Espíritu Santo, han seguido reuniendo la
grey de Cristo y guiándola hacia el Reino de los cielos, conscientes de
poder asumir esta responsabilidad tan grande sólo «por Cristo, con
Cristo y en Cristo».
Esta misma conciencia la tuve cuando el Señor
me llamó a desempeñar la misión de Pedro en esta amada ciudad de Roma
y al servicio de todo el mundo. Desde el inicio del pontificado, mis
pensamientos, mis oraciones y mis acciones han sido animadas por un único
deseo: testimoniar que Cristo, el Buen Pastor, está presente y actúa
en su Iglesia. Él está en continua búsqueda de cada oveja perdida, la
vuelve a llevar al aprisco, cura sus heridas, atiende a la oveja débil
y enferma y protege a la fuerte. Por este motivo, desde el primer día,
no he dejado nunca de exhortar: «¡No tengáis miedo de acoger a Cristo
y de aceptar su potestad!». Repito hoy con fuerza: «¡Abrid, abrid de
par en par las puertas a Cristo!». ¡Dejaos guiar por Él! ¡Confiad en
su amor!.
3. Al iniciar mi pontificado, pedí: «Ayudad al Papa y a cuantos
quieren servir a Cristo y, con la potestad de Cristo, servir al hombre y
a toda la humanidad"». Mientras doy gracias junto a vosotros a
Dios por estos veinticinco años, marcados totalmente por su
misericordia, siento una necesidad particular de expresar mi gratitud
también a vosotros, hermanos y hermanas de Roma y del mundo entero, que
habéis respondido y seguís respondiendo de diferentes maneras a mi
petición de ayuda. Sólo Dios sabe cuántos sacrificios, oraciones y
sufrimientos se han ofrecido para sostenerme en mi servicio a la
Iglesia. Cuánta benevolencia y atención, cuántos signos de comunión
me han rodeado cada día. ¡Que el buen Dios os recompense a todos con
generosidad! Os lo pido, queridos hermanos y hermanas, no interrumpáis
esta gran obra de amor por el sucesor de Pedro. Os lo pido una vez más:
¡ayudad al Papa y a cuantos quieren servir a Cristo a servir al hombre
y a toda la humanidad!
4. A ti, Señor Jesucristo,
único Pastor de la Iglesia,
ofrezco los frutos de estos veinticinco años de ministerio
al servicio del pueblo que me has confiado.
Perdona el mal realizado y multiplica el bien:
todo es obra tuya y a ti sólo se debe la gloria.
Con plena confianza en tu misericordia,
te presento hoy una vez más a quienes confiaste hace años
a mi atención pastoral.
Consérvalos en el amor, reúnelos en tu grey,
carga en tus espaldas a los débiles,
cura a los heridos, cuida a los fuertes.
Sé su Pastor, para que no se pierdan.
Protege la querida Iglesia que está en Roma
y a las Iglesias de todo el mundo.
Asiste con la luz y la potencia de tu Espíritu
a quienes has puesto al mando de tu grey:
que cumplan con empuje su misión de guías,
maestros, santificadores,
en la espera de tu retorno glorioso.
Te renuevo, por intercesión de María, Madre amada,
el don de mí mismo, del presente y del futuro:
que todo se cumpla según tu voluntad,
Pastor supremo, quédate entre nosotros,
para que podamos avanzar contigo seguros
hacia la casa del Padre [hacia la casa del Padre, repitió].
Amén.
[Traducción del original italiano realizada por Zenit]
ZS03102020
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Fuertes
testimonios de conversión. Testimonio acerca del Rosario
Los siguientes testimonios
han sido extraído de ZENIT, El mundo visto desde Roma, Agencia de
Noticias.
Católicos apóstatas vuelven a la Iglesia
Testimonios en el Congreso de Conversos «Camino a Roma» en Ávila
MADRID, 13 octubre 2003 (ZENIT.org-VERITAS).- Hombres y mujeres cuya
vida cambió al encontrarse con la Iglesia católica se dieron cita este
fin de semana en Ávila en un congreso organizado por «Miles Jesu»
bajo el lema «Camino a Roma».
La iniciativa se clausuró el domingo con una
eucaristía en la catedral presidida por el obispo de Ávila, monseñor
Jesús García Burillo y el Fundador y Director General de Miles Iesu,
el padre Alfonso María Durán.
El Canciller Secretario de la diócesis de Ávila,
el padre Miguel García Yuste, se preguntó en su discurso inaugural si
era «necesario "Camino a Roma" en España», país en el que
la gran mayoría de la población es de origen católico.
A lo que respondió diciendo que «todos
tenemos algún familiar que ha salido de la Iglesia católica» y que «es
necesario fortalecer y defender nuestra fe».
El padre fundador de Miles Jesu sostuvo durante
su intervención que «Camino a Roma» se fundó para dar a conocer «las
buenas noticias de la Iglesia católica» que lejos de debilitarse, «crece
y se fortalece». A quienes creen que «la Iglesia ya no es lo que era»,
el padre Durán responde «no, es más y mejor».
Para ilustrarlo, afirmó que «cada año entran
en Estados Unidos, 75.000 nuevos católicos en la Iglesia, que aumenta
el número de vocaciones sacerdotales en Ucrania, o que crecen los jóvenes
intelectuales que se convierten al catolicismo en Finlandia».
Aunque durante el Congreso presentaron su
experiencia algunos extranjeros que se convirtieron al catolicismo
provenientes de otras religiones o sectas, la particularidad de esta
convocatoria en Ávila han sido los testimonios de españoles que
habiendo nacido en familias católicas y habiéndose educado en colegios
religiosos, abandonaron la Iglesia durante mucho tiempo antes de volver
a ella.
Todos los conversos insistieron durante el
Congreso en la necesidad de una sólida formación basada en las
Sagradas Escrituras y el Catecismo de la Iglesia Católica; en la devoción
a la Virgen María, y en la formación continuada desde la infancia para
mantener y acrecentar la fe.
Algunos testimonios
Antonio Carrera, católico de nacimiento,
dejó la fe de sus padres para hacerse Testigo de Jehová durante trece
años en Bilbao, actualmente es Secretario de la Asociación de
Afectados por Sectas. Según Carrera, él y su esposa cayeron en la
secta de los Testigos de Jehová «por desconocimiento de nuestra fe».
«La fe que teníamos hace 60 años era poca,
pero era suficiente porque no había tantos "lobos". Hoy,
tenemos que documentarnos y hacernos teólogos si queremos salir bien
librados», afirma.
Este converso cree que lo salvó «sus ansias
de Dios», y sostiene: «yo no buscaba la verdad, sino la Iglesia de
Dios». «Pablo dice a Timoteo que la Iglesia es columna y fundamento de
la verdad, si la quitamos nos quedamos también sin la verdad. Nuestros
hermanos separados hablan mucho de Cristo, pero esto sin la Iglesia es
cortar el cuerpo a la cabeza», añade.
Javier Leal buscó durante 25 años en la
Filosofía y las religiones orientales lo que solamente encontró al
final en la Iglesia católica. «Heredé el catolicismo tibio de mis
padres, seguramente lo que perdí fue una fe muy débil, que a lo mejor
ni era fe», afirma.
En la filosofía y el conocimiento encontró
que «lo humano» le aburría, «quería algo más que lo humano». Por
eso inició su búsqueda en las religiones orientales. En el budismo
tibetano encontró que «no se hablaba de Dios, sino del desarrollo de
la persona»; en el hinduismo, su convicción de que la verdad tenía
que ser una, no casaba con un panteón politeísta.
Javier Leal se refirió a algunos momentos
decisivos en su camino de
conversión: un Padrenuestro rezado cuando aún no tenía fe para buscar
alivio a una crisis sentimental; un libro que cayó en sus manos y en el
que se hablaba de la Virgen y del Rosario, «esa oración que yo creía
de niños, de viejas y de abuelitas de la Iglesia».
El consejo de intelectuales que encontró
fortuitamente le hicieron reemprender su «camino a Roma». Uno de
ellos, al que encontró en una librería, le dijo «lo mejor no lo
encontrarás en los libros sino en la Iglesia católica»; el otro, un
ermitaño que vivía la pobreza, la castidad y la obediencia, y al que
encontró también de manera inesperada le aseguró: «tienes que
abandonar el conocimiento que has adquirido y abrazar la fe católica».
Este converso cree que el cambio definitivo
se produjo cuando empezó a rezar el Rosario. «Fue el Rosario el
que me convirtió, y aconsejaría a cualquiera que lo rezara. El Rosario
y la Virgen me llevaron al Hijo de Dios vivo», sostiene.
Francisco Javier Casale se sintió atraído de
niño por las cosas religiosas, recuerda que «salía como
"volando" de las confesiones, y en casa jugaba a decir
Misa", pero creció en un "entorno tibio, ateo y hasta
anticlerical", que se encargó de destruir su incipiente
religiosidad cambiándolo "de un colegio religioso a otro laico,
donde perdí la fe"».
Casale considera que existen dos tipos de
sectas, las explícitas, como los testigos de Jehová; y las implícitas,
«que son la modernidad, el éxito social, la competitividad, etc.». «Esta
era mi religión», confiesa.
En un momento dado, decidió poner un freno a
su «estresada vida», aunque a pesar de algunos síntomas no había
pensado todavía en una salida religiosa. Cuando lo manifestó durante
una cena entre amigos, uno de ellos, «el más callado», le dijo «lo
que estés buscando, búscalo con humildad».
Casale sintió una moción espiritual que le
hacía ver con naturalidad que si hablaba castellano porque había
nacido en España, también podía encontrar lo que buscaba lejos a
cincuenta metros de su casa, en la parroquia más cercana.
Lo hizo, y le dijo al sacerdote que lo recibió:
«hace más de 40 años que estoy alejado de la Iglesia y quisiera
volver». Casale afirma que en este momento «ya había dado el primer
paso, la puerta estrecha de la que habla el Evangelio, se había abierto».
Francisco Casale rezó entonces su primer
Padrenuestro «como creyente» y leyó por recomendación del sacerdote
la Parábola del hijo pródigo. «Con qué intensidad hermanos vivo que
el Padre se adelantó, me abrazó y me cubrió de besos; me siento amado
por Dios», expresó emocionado.
Casale ha descrito su conversión como un «auténtico
milagro interior», porque "si me hubieran restituido un brazo
roto, de todas formas acabaría pudriéndose cuando muriera, pero si soy
fiel a lo que llevo dentro, esto será para la vida eterna".
Este catalán no ha obviado las dificultades de
la conversión, afirmó incluso que asistió a su primera Misa «a
escondidas», pero explica que «no soy una lavadora a la que se le
cambie un programa».
Finalmente, al realizar el Camino de Santiago,
sintió una nueva moción en la que Dios le decía «Yo ya te he
perdonado, ahora hazlo tú».
Por su parte, Luis Fernando Pérez, que había
estudiado en buenos colegios católicos, pidió en el Congreso que «seamos
sensibles a los niños, porque hay vocaciones que nacen en la infancia y
que se pierden negligentemente».
Pérez confiesa haber caído en el «gran engaño
de Satanás a los primeros padres de ser como dioses» a una edad, los
18 años, «en la que eso te interesa, porque el ego está engordando».
Así cayó en el esoterismo y la Nueva Era.
Su primer paso al cristianismo se produjo a
través de los protestantes, en esta etapa de su vida llegó a creer que
el Papa era el anticristo y dijo a su madre que «Fátima y Lourdes eran
apariciones satánicas».
Luis Pérez comenzó «una caza y captura de
católicos a través de Internet, donde hizo caer a muchos que tenían
una insuficiente formación», hasta que encontró a un católico que le
dijo que «el baluarte de la Verdad era la Iglesia católica». «Me
hizo ver que una Biblia infalible necesitaba una Iglesia infalible», añade.
Pérez vive ahora intensamente la unidad
de la Iglesia y dice que al estudiar la historia de la Iglesia se dio
cuenta que «la división era el mayor pecado desde los inicios». Este
converso cree que ante las dificultades en la Iglesia, «Dios ha enviado
santos y no cismáticos; la Iglesia no está hecha a nuestra imagen y
semejanza, sino a la de Cristo».
El paso fundamental de su conversión se
produjo cuando llevó a su madre enferma a Lourdes: «llegue con una
madre y volví con dos», afirma.
«La Iglesia de Cristo está llena de tesoros,
no sabemos lo que tenemos. En España hay más protestantes dentro de la
Iglesia que fuera, no hay otra forma de ser fieles a la Iglesia que
siendo fieles a su Magisterio», sostiene Pérez.
«Ser protestantes es juzgar las doctrinas de
la Iglesia y no dejar que la Iglesia juzgue tus doctrinas», añade.
Miles Jesu
Miles Jesu, hijos e hijas militantes del
Inmaculado Corazón de Nuestra Señora de la Epifanía, es un instituto
laico fundado por el padre Alfonso María Durán en 1964. Como Familia
Eclesial de Vida Consagrada tiene 27 casas en 14 países con más de
1000 asociados, entre los que se encuentran obispos, sacerdotes, hombres
y mujeres laicos consagrados al celibato, y miembros casados.
El padre Durán nació en Madrid en 1931. En
1949 ingresó en el seminario de los Misioneros claretianos; en 1956 fue
ordenado sacerdote y en 1982 transfirió sus votos perpetuos a los del
nuevo Instituto fundado por él.
En 1996 inició la serie de Congresos «Camino
a Roma», como medio para promover la unidad en la Iglesia y dar la
bienvenida a quienes entraban en la Iglesia católica.
Más información: http://www.milesjesu.com
ZS03101302
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La Asunción de
María
La
que sigue es una carta de P. Saunders, párroco de "Reina de los
Apostóles" y presidente del Instituto de Notre Dame, ambos de
Alexandria, EEUU. La misma responde algunas cuestiones acerca del
paso de María de esta vida a la celestial.
Algunos sostienen que murió, otros opinan que
su cuerpo y su alma fueron asumidos, llevados al Cielo sin pasar por la
muerte. Nosotros sabemos que Ella le dijo a los videntes que fue llevada
al Cielo sin pasar por la muerte.
El Papa Pío XII, dirigiéndose a una exultante
multitud de más de medio millón de personas que llenaban la Plaza San
Pedro, solemnemente definió el 1° de Noviembre de 1950 en Munificentissimus
Deus que: la "Inmaculada Madre de Dios, la siempre Virgen
María, habiendo cumplido el curso de su vida terrenal, fue asunta en
cuerpo y alma a la gloria celestial".
Aunque la definición solemne pudo haber estado
en el centro del siglo XX, la creencia en la Asunción de Nuestra Madre
Santísima es un ejemplo de la dinámica de la revelación y de la
comprensión de la Iglesia que, guiada por el Espíritu Santo, hace de
ella.
María fue libre de todo pecado, incluyendo el
pecado original, por una gracia especial de Dios Altísimo. El Arcángel
Gabriel la reconoció como “llena de gracia”.
María había sido elegida para ser la Madre de
nuestro Salvador. Por el poder del Espíritu Santo “la Palabra se
hizo carne y habitó entre nosotros".
María siempre presentó a Nuestro Señor a los
otros: a Isabel y a su hijo, Juan el Bautista, que dio un brinco de gozo
en el seno de su madre ante la presencia del Señor estando también él
en el seno de la suya; a los sencillos pastores así como a los sabios
Magos; a las personas de Caná, cuando Nuestro Señor respondió al
deseo de su Madre y obró su primer milagro.
María permaneció al pie de la Cruz con su
Hijo, sosteniéndolo y compartiendo sus sufrimientos con su amor como sólo
una madre podría hacerlo. Finalmente, estuvo con los Apóstoles en
Pentecostés, cuando el Espíritu Santo descendió y la Iglesia que había
nacido en el Gólgota se hizo viva.
María fue la sierva fiel de Dios que íntimamente
vivió el nacimiento, vida, muerte y resurrección de Nuestro Señor.
Por todas estas razones creemos nosotros que
las promesas que Nuestro Señor nos ha dado a cada uno de compartir la
vida eterna, incluyendo la resurrección de los cuerpos, fueron
realizadas en María. Dado que María era libre del pecado original y de
sus efectos (uno de los cuales es la corrupción del cuerpo en la
muerte), que Ella compartió íntimamente la vida del Señor y su Pasión,
muerte y Resurrección, y dado que estuvo presente en Pentecostés, esta
discípula modelo con toda propiedad compartió la resurrección
corporal y la glorificación del Señor al final de su vida (Nótese que
la definición solemne no especifica si María físicamente murió antes
de ser asumida o si simplemente fue asumida, sólo dice: “María,
habiendo cumplido el curso de su vida terrenal...")
El Catecismo de la Iglesia Católica, citando
la liturgia bizantina, dice:
“La
Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular
en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección
de los demás cristianos:
En el parto te conservaste Virgen, en tu tránsito no
desamparaste al
mundo, oh Madre de Dios. Te trasladaste a la vida porque eres Madre de
la Vida, y con tu intercesión salvas de la muerte nuestras
almas" (Liturgia, No.
966). Los cristianos orientales hablan de Dormición de la Virgen.
La creencia en la Asunción de la Virgen es de
larga data en nuestra Iglesia. Debemos recordar que la Iglesia primitiva
estaba preocupada en resolver cuestiones relativas a la persona de
Cristo, particularmente su Encarnación y la unión hipostática (la unión
en una sola persona de las dos naturalezas: la divina y la humana). Sin
embargo, respondiendo a esas cuestiones, la Iglesia gradualmente fue
definiendo los títulos de María, como Madre de Dios y como nueva Eva,
y la creencia en la Inmaculada Concepción, todas las cuales forman la
base para la Asunción.
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¡Celebración
del Cumpleaños de la Santísima Virgen!
Nuestra Madre cumple años.
Este 5 de Agosto cumple 2019 años. Alguien podría preguntarse cómo
es posible cumplir años cuando se vive en la eternidad, en la plenitud
de todos los bienes. En cierto modo es cierto, pero también es cierto
que desde su eternidad y gloria Ella, por ser la Madre y nosotros sus
hijos, no se desentiende de nuestra realidad y la vive junto a nosotros.
Tanto esto es así que desde su Asunción al Cielo no ha dejado de
visitarnos para mostrarnos su cercanía, su amor, su protección y aún
su preocupación por los caminos equivocados que emprendemos, y para
guiarnos hacia Dios. Así, hace 22 años que Ella está presente en
Medjugorje, cada día y todos los días, desde aquel 24 de Junio de
1981. Viene a orar con y por nosotros, a enseñarnos cuál es el camino
de la salvación y de la verdadera felicidad, ya aquí en la tierra y
luego en el Cielo, y a conducirnos, paso a paso, por ese camino. Por
eso, como su vida gloriosa está inclinada sobre la tierra, donde están
sus hijos muy queridos, es desde aquí que medimos el tiempo del mayor
don que Dios nos has hecho luego de haberse dado a Sí mismo (y de
haberlo hecho a través de María!). Son 2019 años del nacimiento de
María Inmaculada, de la llena de gracia, los que celebramos. Al
celebrarlos elevamos nuestra gratitud y nuestra alabanza a Dios
Todopoderoso que es su Padre Creador, su Hijo Redentor, y su Esposo Paráclito.
Y
a Vos, Beata y Gloriosa Virgen María, llenos de amor y gratitud te
decimos: Feliz cumpleaños, Mamá!
Mensajeros
de la Reina de la Paz
Grupo
Magnificat
Misioneros de María Reina de la Paz
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¡22°
Aniversario de las Apariciones
de
la Santísima Virgen en Medjugorje!
Hace 22 años, el 24 de junio de 1981, día del nacimiento de San
Juan Bautista, la Santísima Virgen y Madre de Dios aparecía por vez
primera en Medjugorje, en la colina del Podbrdo. Los chicos, que la
observaban de lejos sin atreverse a ir hacia Ella, veían que llevaba
“algo” en sus brazos. Seguramente no era “algo” sino
“Alguien”, y más precisamente a Aquél por quien todas las cosas
han sido creadas, Aquél a quien Ella había traído al mundo dos
milenios atrás y a Quién volvía ahora a presentarnos. La Virgen hacia
un gesto: tapaba y destapaba a Quién tenía en sus brazos. Acaso venía
a develar un misterio, a mostrarle al mundo que Dios existe y que se
hizo hombre, y que nació de su seno y que vino a rescatarnos de la
muerte, del pecado, de satanás.
Desde aquel día no ha dejado de faltar a la cita. Diariamente
desde Medjugorje visita a sus hijos de todo el mundo. Para
ser exactos, viene allí donde los videntes estén en ese momento.
Porque seis son los videntes: Marja, Vicka, Ivanka, Mirjana, Ivan y
Jacob, y algunos de ellos van por el mundo para testimoniar que la Virgen
sigue apareciéndose para llamar a sus hijos a la salvación, es
decir, para llevarlos a Jesús, el Salvador.
No todos los videntes la ven todos los días, sólo Vicka, Ivan y
Marja. Pero todos han recibido los mensajes de la Reina de la Paz y que
deben hacer conocer. Son mensajes de paz -Ella misma se ha dado a
conocer como Reina y Madre de la Paz-, mensajes de reconciliación.
Para alcanzar el don de la paz es necesario convertirse
mediante la oración del corazón, mediante el ayuno del corazón.
Es preciso acercarse a la Casa de Dios, que es la Iglesia, al sacramento
de la confesión (al menos una vez al mes) porque así se logra la
reconciliación con Dios y con los demás, al de la comunión
viviendo el misterio y el sacrificio de la Santa Misa, a la lectura
de las Sagradas Escrituras (pide la Virgen que sea cada día).
María viene a llevarnos a Jesús,
a hacernos crecer en la intimidad con su Hijo mediante la oración
del Rosario meditada, mediante la Palabra contemplada,
atesorada, mediante la Adoración en la Presencia Eucarística del Señor.
Si tantos son los años de sus diarias visitas es porque
la Reina de la Paz ha querido no sólo dejar sus mensajes sino acompañarnos
a vivirlos. Medjugorje es una escuela de espiritualidad que
se ha irradiado a todo el mundo. Son ya millones en el mundo los hijos
consagrados a María que caminan tomados de su mano, que han hecho su
morada en su Corazón.
En este nuevo aniversario queremos expresar toda nuestra gratitud
al Señor por permitir que su Madre venga a nosotros y continúe
haciéndolo todos los días. Queremos elevar nuestra alabanza y
rendir honor a Quien es Dios misericordioso, Quien hace nuevas todas
las cosas y se complace en renovar los corazones por medio de su
Madre. ¡A Él todo el honor, la gloria, la alabanza y la adoración!
A
ti, Gospa querida, Madre nuestra, te decimos:
¡Todos
tuyos!
Mensajeros
de la Reina de la Paz
Grupo
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Misioneros de María Reina de la Paz
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EL
ROSARIO Y EL SANTO PADRE
Incorporación
de nuevos misterios: Misterios
de la Luz
El Santo Padre Juan Pablo II fundamenta en su Carta Apóstolica Rosarium
Virginis Mariae el porqué de la innovación del Rosario.
En primer lugar señala que el Rosario, aunque se caracteriza por ser
oración mariana, está centrado en Cristo. En este documento nos llama
a profundizar la oración en la escuela de María y a revestir al
Rosario de toda su belleza rezándolo con unción, meditando los
misterios para contemplar, a través de ellos, el Rostro de Cristo.
Recuerda luego cómo el Rosario ha sido desde antiguo oración de la
Iglesia y cómo los Papas la practicaron, promovieron y recomendaron,
como ha sido el caso de León XIII quien indicó al Rosario como
instrumento espiritual eficaz ante los males de la sociedad. Recuerda
también el Santo Padre su propia experiencia y los momentos de alegría
y de tribulación en los que el Rosario lo acompañó a lo largo de su
vida.
Aborda asimismo un tema crítico: la urgencia de afrontar las objeciones
que se hacen a la antigua devoción en el sentido de que algunos en la
Iglesia, al no valorar adecuadamente la importancia del Rosario, piensan
que la centralidad en la Liturgia tenga como consecuencia un desmedro de
la santa práctica, y otros temiendo que la oración, al ser mariana,
pueda ser un detrimento al ecumenismo. Como el mismo Romano Pontífice
lo demuestra, ni una ni otra postura es cierta, porque el Rosario
sostiene y prepara lo litúrgico y está todo dirigido al misterio de
Cristo.
Sin embargo, el motivo más importante para reproponer con determinación
la práctica del Rosario es, ante todo, el buscar que
las comunidades cristianas se conviertan en auténticas escuelas de
oración a través de la contemplación del misterio de Cristo, al
que lleva necesariamente esta oración.
A esas razones se suma la urgencia de implorar a Dios el don de la paz y la unidad de la familia, ambas
–paz y unidad- cada vez más amenazadas en el mundo de hoy. También
por ello, junto a la incorporación de los misterios de la luz, el Santo
Padre ha instituido el Año del
Rosario, que es el año que va de octubre de 2002 a octubre de 2003.
En la Carta Apostólica se alude también a las grandes apariciones de
los siglos XIX y XX, en particular a Lourdes y Fátima -donde la Madre
de Dios ha exhortado al Pueblo de Dios a recurrir al rezo del Rosario-,
y a sus santuarios donde los peregrinos van en busca de consuelo y
esperanza.
Luego de recordar que son innumerables los santos que encontraron un auténtico
camino de santificación en el Rosario, entre ellos san Luis María
Grignion de Monfort y san Pío de Pietrelcina, el Santo Padre llama
nuestra atención sobre el Rosario que nos lleva a contemplar al Rostro
de Cristo de una manera única: con María y desde María, modelo Ella
misma de contemplación.
María propone continuamente a los creyentes los misterios de su Hijo y
esto hace del Rosario una oración marcadamente contemplativa.
Precisamente, Pablo VI decía que “sin contemplación, el Rosario es
un cuerpo sin alma”.
Rezar el Rosario es recordar a Cristo con su Madre, en el que el
recuerdo de aquellos acontecimientos de la salvación el pasado se
vuelve hoy, un “hoy” que salva.
El Rosario es el camino de María, mujer de fe, de silencio y de
escucha. Recorrer con Ella las escenas del Rosario es participar de la
escuela de María para penetrar los secretos del Hijo, para entender su
mensaje salvífico, es poner nuestros afanes en los corazones
misericordiosos de Cristo y de su Madre.
El Rosario es a la vez meditación y súplica. La oración incesante,
martillante, a la Madre de Dios es dicha con confianza en su materna
intercesión, que, ante el Corazón de su Hijo, todo lo puede.
La Madre de Dios nos enseña, nos lo hace evidente en sus apariciones,
que ruega con nosotros y por nosotros.
Los
nuevos misterios
Una vez expuestas algunas de las razones que hacen a la riqueza,
importancia y necesidad de volver a impulsar la práctica del Santo
Rosario, el Santo Padre fundamenta la incorporación de los nuevos
misterios en una laguna que se debía llenar: la del tiempo de la vida pública
del Señor, que corresponde a lo que media entre los misterios gozosos y
los de dolor, y a los que él llama “misterios de la luz”. Es sobre
todo en el Evangelio de san Juan que Jesús se manifiesta en su vida pública
como la luz.
Estos misterios son: 1. su
Bautismo en el Jordán; 2. la revelación de sí mismo en las bodas de
Caná; 3. su anuncio del Reino de Dios invitando a la conversión; 4. su
Transfiguración; 5. la institución
de la Eucaristía.
Cómo
orar y cuándo
Para la meditación de los misterios deberemos apoyarnos en los relatos
evangélicos.
En cuanto al modo propuesto por el Papa, nos dice que es útil que al
enunciado del misterio siga la proclamación del pasaje bíblico
correspondiente, dejando hablar a Dios a través de la Escritura.
Asimismo aconseja que después de enunciar el misterio y proclamar la
Palabra, esperemos unos momentos antes de iniciar la oración vocal,
para fijar la atención sobre el misterio meditado.
Recuerda que el Padrenuestro hace que la meditación del misterio, aun
cuando se rece en soledad, sea una experiencia de Iglesia. También
llama la atención en que el Avemaría en su primera parte expresa la
admiración del cielo y de la tierra acercándonos a la complacencia de
Dios que habla por medio del Arcángel y del Espíritu Santo en Isabel,
y que el centro de esta oración es el nombre de Jesús, único nombre
por el que podemos ser salvados. Repetir el nombre de Jesús junto con
el de su Madre Santísima –continúa diciendo el Santo Padre-
significa penetrar cada vez más profundamente en la vida de Cristo.
Finalmente, de María Madre de Dios deriva la súplica en la que
confiamos a su materna intercesión nuestra vida y la hora de nuestra
muerte.
En cuanto al Gloria, al finalizar cada decena, nos dice que es
importante que sea resaltado, sugiriendo sea cantado en el rezo público.
También nos invita a que cada misterio concluya con una oración
dirigida a alcanzar los frutos específicos de la meditación del
misterio.
Por último, aconseja el Santo Padre que el día para el rezo de estos
misterios de luz sea el jueves y que el día sábado sea el de los
misterios gozosos, permaneciendo el resto de los días de la semana como
hasta ahora.
Concluye
la carta apostólica con la siguiente cita de la súplica a la Reina del
Santo Rosario, del Beato Bartolomé Longo: «Oh Rosario bendito de María, dulce cadena que nos une con Dios, vínculo
de amor que nos une a los Ángeles, torre de salvación contra los
asaltos del infierno, puerto seguro en el común naufragio, no te
dejaremos jamás. Tú serás nuestro consuelo en la hora de la agonía.
Para ti el último beso de la vida que se apaga. Y el último susurro de
nuestros labios será tu suave nombre, oh Reina del Rosario de Pompeya,
oh Madre nuestra querida, oh Refugio de los pecadores, oh Soberana
consoladora de los tristes. Que seas bendita por doquier, hoy y siempre,
en la tierra y en el cielo».Amén.
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CARTA
APOSTÓLICA ROSARIUM VIRGINIS MARIAE
DEL SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II
AL EPISCOPADO, AL CLERO Y A LOS FIELES
SOBRE EL SANTO ROSARIO
Fecha
publicación: 16-10-2002
Ver el texto completo en: Zenit.org
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Navidad:
Mensajes
de la Santísima Virgen
"Comiencen invocando cada día al Espíritu
Santo. Lo más importante es rezarle al Espíritu Santo. Cuando el Espíritu
desciende a la tierra entonces todo se vuelve claro y cada cosa es
transformada".
Los videntes le preguntaron cuándo debía
celebrarse la Misa de Navidad. “Que la celebren a medianoche. Oren!
Vayan en la paz de Dios” fue su respuesta (10 de enero de 1983)
Con respecto al Purgatorio dijo: “En el Purgatorio hay distintos
niveles; el más bajo está cerca del Infierno y el más alto
gradualmente lleva al Cielo. No es el día de los Fieles Difuntos sino
en Navidad cuando el mayor número de almas abandona el Purgatorio”.
Para un
Adviento, la Santísima Virgen había pedido a la Parroquia de
Medjugorje que cada uno dejara una flor en el pesebre de la Parroquia
como signo de su amor hacia Jesús por nacer.
También
es el momento para que, junto a la flor, hagamos el propósito de una
vida de mayor compromiso cristiano, algo que debamos darle al Señor o
de lo que debamos despojarnos durante ese año, o también para sanar
heridas por falta de perdón y dar nuestro perdón.
Nuestra
Madre en Guadalupe le decía al indio Juan Diego “Oye y ten entendido,
hijo mío, el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige. No
se turbe tu corazón ni te inquiete cosa alguna. ¿No estoy yo aquí que
soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? No soy tu salud? ¿No estás
por ventura en mi regazo? ¿Qué más deseas? No te lamentes ni te
turbes por nada". También a nosotros nos está diciendo lo mismo
en este tiempo. María desciende para engendrar en el indio la fe y el
amor a Jesucristo, nuestro Señor. Desciende para auxiliar, para decirle
al indio que jamás ha de estar solo. Ayer en el cerrillo del Tepeyac,
hoy en Medjugorje. Por eso Medjugorje es Belén, es Ain Karim, es el
lugar de la presencia bendita de la Madre de Dios.
Te alabamos y bendecimos Señor, porque enviaste a tu Madre para
llamarnos a la fe, para infundirnos esperanza y para enseñarnos a amar.
Oración a Nuestra Señora de
Guadalupe
Recuerda, Oh agraciadísima Virgen de
Guadalupe, que en tus apariciones en el cerro del Tepeyac, prometiste
mostrar piedad y compasión a todos los que amándote y confiando en
Vos, buscan tu protección y ayuda. De acuerdo con ello, escucha ahora
nuestras súplicas y concédenos consuelo y alivio. Estamos plenos de
esperanza de que, confiando en tu ayuda, nada pueda perturbarnos o
afectarnos.
Así como has permanecido con nosotros por medio de tu admirable imagen,
así también ahora obten para nosotros las gracias que necesitamos. Amén.
Como a Belén llegaste a dar a luz al Hijo,
del
Padre la sustancia, de tu carne vestido,
al
Tepeyac desciendes por engendrar al indio
al
amor de una patria y a la fe en Jesucristo.
Diego
cree que en su ayate va una carga de rosas,
que
a vista del obispo como argumento arroja,
sólo
una Rosa impresa de tez morena asoma,
a
pinceles pintada por Quien pintó la aurora.
Oh
Señora, ven en pronta ayuda de la humanidad.
Estas alabanzas y oraciones ponemos a tus pies,
Oh Virgen de las vírgenes! Oh
Dulcísima María!
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Tiempo
de gozo, tiempo de esperanza, tiempo de gracia...!
(Extraído
del Boletín
Nro. 31 de Magnificat)
¡Queremos desearles que la felicidad que
inundó vuestros corazones con la Natividad de Nuestro Señor
Jesucristo los acompañe permanentemente en el transitar de este nuevo
año! Otra vez, la Reina de la Paz nos reafirma en el mensaje dado el
25 de diciembre, que este es un tiempo de gracia. Nos
toca a nosotros, sus hijitos, después de tanta insistencia de la
Madre, sentir y palpar esa gracia en nuestras vidas. ¿Te has dado
cuenta de cuáles te ha regalado el Señor, hermano? Y si aún María
nos dice que es también un tiempo de grandes pruebas para quienes
queremos seguir por el camino de la paz, no deben quedarnos dudas de
que una de esas gracias radica en encontrar la paz en medio de las
tribulaciones.
La Iglesia ha ubicado en el primer día del año
a María como Madre de Dios, pues ¿qué mejor garantía para avanzar
otro año más, sin vacilaciones por el camino de la paz, que hacerlo
de la bendita mano de María? “¡...María, llévanos de tu mano,
llévanos a tu Hijo, muéstranos la verdad...! No debe dejar de
resonar en nuestro interior la voz de la Madre diciéndonos “Yo
estoy con ustedes...” ¡Qué hermosa manifestación de amor
y de maternidad nos brinda La Reina del Cielo en cada mensaje! ¿Cómo
poder apartarnos de su cercanía? Consagrémosle este año recién
iniciado para vivirlo “con María, en María, por María y para
María”, según nos enseñara San Luis María Grignion de
Montfort: “...Ya que por amor a María se reduce uno a la
esclavitud, esta querida Señora le ensancha y dilata en recompensa el
corazón, y le hace marchar a pasos de gigante por el camino de los
mandamientos de Dios. Ahuyenta el disgusto, la tristeza,
el escrúpulo...” ("El
secreto de María", San Luis María Grignion de Montfort).
¡Cuántas veces la Madre nos ha dicho “abran
el corazón... oren con el corazón...” ¡Por eso, Madre, haznos
esclavos tuyos, pues esa es la clave para la eterna alegría y para
que cada vez ensanchemos más el corazón! El pecado es aquello que
nos oscurece y entristece el alma, y la esclavitud mariana pretende
conducirnos hacia la santidad, alejándonos del mal. Aunque parezca
sencillo, “...lo difícil es entrar en el espíritu de Ella, que
es hacer que el alma en su interior dependa y sea esclava de la
Santísima Virgen y de Jesús por Ella...”. Sintetizando
las instrucciones de esta perla que San Luis María nos ha legado,
podemos decir que: “...hacer todas las acciones con María...
es ...tomar a la Virgen Santísima por modelo acabado en todo lo que
se ha de hacer”; “...hay que recurrir a la Virgen Santísima y unirse
a sus intenciones, aunque no se conozcan; hay que unirse por María a
las intenciones de Jesucristo, es decir, ponerse en manos de la
Santísima Virgen como instrumento, para que Ella obre en nosotros...
para gloria del Padre...”; “...hacer todas las cosas en María...
es ...irse acostumbrando a recogerse dentro de sí mismo... Ella será
para el alma oratorio en que dirija a Dios sus plegarias... Si ruega
será en María; si recibe a Jesús en la Sagrada Comunión le
meterá en María para que allí tenga Él sus
complacencias...”; “Jamás hay que acudir a Nuestro Señor, sino
por medio de María, por su intención y su crédito para con Él...”,
“...hacer todas las acciones para María... es ...que como
esclavos que somos de esta augusta Princesa, no trabajemos más que
para Ella, para su provecho y gloria, como fin próximo y para Gloria
de Dios, como fin último...”.
¿Y cuál es el modo de trabajar para
María? Ella misma nos lo confirma en el último mensaje y en muchos
de los anteriores: “oren, oren, oren, no con palabras sino
con el corazón. Vivan mis mensajes y conviértanse. Sean conscientes
del don que Dios me ha concedido al permitirme estar con ustedes...”.
Entonces sabemos que no nos pide nada que no podamos cumplir;
simplemente, escucharla, orar y aprender a reconocernos pecadores y
animarnos a cambiar según esa imagen de santidad que Ella va forjando
en nuestro interior. “Lo que de ti quiere Dios, alma, que eres
su imagen viva, comprada con la Sangre de Jesucristo, es que llegues a
ser santa, como Él, en esta
vida, y glorificada, como Él en la otra ...no resistas a Dios,
dejando de hacer aquello para que te ha creado y hasta ahora te
conserva. ¡Qué
obra tan admirable! El polvo trocado en luz, la horrura en pureza, el
pecado en santidad, la creatura en su Creador, y el hombre en Dios.
Obra admirable, repito, pero difícil en sí misma, y a la naturaleza
por sí sola imposible. Nadie sino Dios con su gracia y gracia
abundante y extraordinaria puede llevarla a cabo...”. Y en su
Infinita Bondad y Misericordia, el Padre nos a dado a María para
facilitarnos la tarea “...Sólo María es la que ha hallado gracia
delante de Dios... Ella es la que el Autor de toda gracia dio el ser y
la vida ...Dios Padre, de Quien todo don perfecto y toda gracia
desciende, como fuente esencial dándole al Hijo, le dio todas las
gracias...”. María, Madre de la Divina Gracia, no permitas que nos
soltemos de tu mano y guárdanos en Ti para que en tu Inmaculado
Corazón, en la alborada de este año que se inicia, sea santificado
cada día, cada acción, cada pensamiento, cada palabra antes de ser
pronunciada, haciéndonos de esta forma testigos de la paz y de la
gracia de este tiempo. Y te rogamos, según la oración que nos
revelara tu esclavo, San Luis María Grignion de Montfort, quien nos
ha acompañado con El secreto de María en este primer boletín del
año: “...Si algo veis en mí que todavía no sea vuestro,
tomadlo enseguida, os lo suplico, y haceos dueña absoluta de todos
mis haberes para destruir y desarraigar y aniquilar en mí todo lo que
desagrade a Dios... La luz de vuestra fe disipe las tinieblas de mi
espíritu; vuestra humildad
profunda ocupe el lugar de mi orgullo; vuestra contemplación sublime
detenga las distracciones de mi fantasía vagabunda; vuestra continua
vista de Dios llene de su Presencia mi memoria, el incendio de caridad
de vuestro corazón abrase la tibieza y frialdad del mío; cedan el
sitio a vuestra virtudes mis pecados; vuestros méritos sean delante
de Dios mi adorno y suplemento. En fin, queridísima y amadísima
Madre, haced, si es posible, que no tenga yo más espíritu que el
vuestro para conocer a Jesucristo y entender Sus Divinas Voluntades;
que no tenga más alma que la vuestra para alabar y glorificar al
Señor; que no tenga más
corazón que el vuestro para amar
Dios con amor puro y con amor ardiente como vos...”. Te
lo pedimos por Cristo, que vive y reina, por los siglos de los siglos.
¡Amén!
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La
Misericordia de Dios
Dios
es misericordioso. Él es misericordioso desde siempre y para siempre. La
misericordia de Dios es revelación antigua:
En
el Antiguo Testamento
Yahvé
rescata al pueblo hebreo de la esclavitud de Egipto porque su corazón
se conmueve ante el clamor de aquellos pobres hijos de Jacob y de José.
A
Moisés le dice en el Sinaí: “Tengo
misericordia por millares con los que me aman y guardan mis mandamientos”
(Ex 20:6). Los justos pueden esperar en su
misericordia que no serán defraudados. Sirácida confirma que los que
temen al Señor deben esperar su misericordia (Cf Si 2:7 y 9).
En
el capítulo cuarto del libro de la Sabiduría leemos que “la gracia y
la misericordia” son para los elegidos del Señor (Sap 4:9 y 15).
El
fiel y piadoso Tobit, orando entre gemidos dice: “Tú eres justo, Señor,
y justas son todas tus obras. Misericordia y verdad son todos tus
caminos. Tú eres el Juez del Universo” (Tb 3:2).
La
misericordia está frente a la justicia. Los caminos del Señor, los que
recorre el hombre de justicia son, en verdad, de misericordia. Tobit la
experimentará en su tribulación y verá el auxilio del ángel del Señor
que lo habrá de sacar de sus calamidades y le traerá finalmente la
recompensa.
Pero,
también el hombre que anda por senderos tortuosos o que, como David, se
desvía del camino del Señor, puede aún clamar a su Dios pidiendo que,
por su bondad, borre sus culpas y lo rescate de la tristeza del pecado y
del rechazo de su mirada. Para eso habrá de apelar a la piedad divina,
mostrando su corazón contrito y humillado, que Dios no ha de despreciar
porque lo prefiere a todos los sacrificios y holocaustos (Cf Sal 51).
A
Yahvé Sebaot, terrible Dios de los ejércitos, también se lo llama Señor
de misericordia (Sap 9:1). “Pues misericordia e ira están con Él,
tan poderoso en perdón como pródigo en ira” (Si 16:11b).
A
pesar que se reconocen justicia y misericordia como atributos divinos,
la experiencia de Israel es, sin embargo, que la misericordia del Señor
excede a su justicia.
Pero,
por sobre todo, es a Israel a quien está reservada la misericordia; aún
cuando se reconoce que a los enemigos también Yahvé los castiga a
veces no con su cólera sino con moderación (Cf Sap 12:22) y que cuando
Israel es infiel parecería Él no apiadarse ni siquiera de los más débiles
(Cf Is 9:16). Sin embargo, a pesar de todo el pecado del pueblo, su amor
de infinita ternura se muestra superior a la cólera que estaba por
abatirse sobre Israel para aniquilarlo.
El
Señor se revela como padre del pueblo que se ha elegido para sí,
manifestando ya en la elección su gran misericordia. Corrige con la
desgracia pero no abandona a Israel (Cf 2 M 6:16). Y el pueblo confía
en su Dios. Así lo canta el salmista al entonar las alabanzas y la acción
de gracias a quien “es bueno, porque es eterno su amor” (Cf Sal
107:1; 118:1; 136; 2 Cro 5:13 y 7:3; Esd 3:11; 1 Mac 4:24; Jr 33:11), y
así también lo aclama la asamblea.
El
Señor se deja conmover por la penitencia, por la conversión del corazón
y detiene su mano devolviendo de nuevo la gracia de su amistad. Ante la
infidelidad de Israel Dios opone la fidelidad de su amor misericordioso.
Esto es lo que experimenta Israel. La misericordia de Dios es, antes que
nada, una vívida experiencia que queda fija en la memoria colectiva del
pueblo elegido. Por eso cada uno y todo el pueblo, en circunstancias
dolorosas, puede invocar
a Dios confiando en que Él ha de responder.
En
el Evangelio
Vivir
en la presencia del Señor es una gracia, pero una gracia que se obtiene
a través de la oración que viene del corazón y de una humilde
confianza en su amor.
Al
hombre y al ángel les está vedado conocer quién es Dios en su
esencia. A Dios se lo conoce contemplando sus atributos (1).
Y
el atributo que más nos acerca al verdadero conocimiento de Dios es el
amor, el amor de misericordia. Y ésta es la culminación de la revelación
del Nuevo Testamento.
Jesús
nos lo enseña a través de sus palabras, de su vida, de su muerte.
El
Hijo revela a las multitudes al Padre de toda misericordia en las
bienaventuranzas que proclama y que enseña valiéndose de parábolas.
Las
últimas palabras de Cristo en la cruz son de perdón y de amor y su
misma figura de crucificado es el verdadero ícono de la misericordia de
Dios.
Jesús
en la cruz nos revela cuánto nos ama Dios. Nos revela el abismo del
amor del Padre.
La
noche anterior a su Pasión, ante la pregunta de Felipe había dicho:
“Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14:9b).
En
la cruz de la que pende Cristo sangrante, lacerado, atravesado su corazón,
está la plenitud de la revelación, la más dramática evidencia del
amor de Dios hacia el hombre pecador. Sí, Dios nos ama hasta el extremo
de haber dado a su Hijo único para salvación nuestra.
La
cruz, iluminada desde la Resurrección, es el más elocuente signo del
amor salvador del Padre y del Hijo. De la justicia hecha en la carne del
Verbo por la misericordia que salva.
Del
costado abierto de Jesús crucificado nace la fuente de su misericordia
para la vida eterna.
¡Es
Cristo mismo la misericordia de Dios! Ésta es la revelación.
En
estos últimos tiempos
Esta
conmovedora, grandiosa verdad que relatan los evangelios -que hace a
Juan identificar a Dios con el amor, que abre el evangelio de Lucas con
los cantos a la misericordia de la Santísima Virgen y de Zacarías- en
los últimos tiempos ha sido actualizada a través de revelaciones dadas
a santa Margarita María Alacoque, en el siglo XVII y en el XX a santa
Faustina Kowalska.
Con
estas revelaciones privadas, el Señor parece querer poner acentos nuevos
sobre antiguas verdades. El mensaje de la divina misericordia no es
mensaje nuevo –lo dijo el Santo Padre en la canonización de Sor
Faustina- sino esencial iluminación para revivir más intensamente el
Evangelio de la Pascua y ofrecerlo, así iluminado, a los hombres y a
las mujeres de nuestro tiempo.
Son
palabras nuevas de consolación para quien se siente tentado de
abandonarse a la desesperación.
Nuevamente,
se nos recuerda que no sólo Dios muestra su misericordia con el hombre
justo y piadoso, el temeroso del Señor, o con aquel que habiéndolo
amado pecó gravemente y se vuelve a Él con corazón contrito, sino con
el asesino despiadado, con el corrupto y explotador que siempre ha
pisoteado sus mandamientos, con el más miserable de los hombres, con
tal que se acoja a su misericordia y se arrepienta de sus pecados. El
que confíe en la misericordia de Dios encontrará en ella su salvación.
Cristo
nos llama a aproximarnos a la cruz redentora y a tener fija la mirada en
su corazón traspasado, porque de él brota el amor incontenible hacia
el hombre pecador. Así, a Sor Faustina le dirá el Señor: “Las
llamas de mi misericordia me queman. Deseo derramarlas sobre las almas
humanas. Oh, qué pena me provocan cuando no quieren aceptarlas!... Dí,
hija mía, que Yo soy el Amor y la misma Misericordia. Cuando un alma se
aproxima a mí Yo la colmo de tal abundancia de gracias que no puede
contenerlas en ella misma y las irradia a otras almas”
(2).
La
clave de acceso a su misericordia, le dice una y otra vez a su apóstol,
es la confianza que pongamos en ella. Cuanto mayor sea esa confianza
tanto mayor será la misericordia que se obtenga de su infinita fuente.
Faustina,
oculta en su convento, se siente devorada por un profundo amor de
caridad y experimentará, ella misma, la misericordia divina en la
oscuridad de su corazón, cuando las apariencias de la lejanía de Dios
se vuelvan evidencia para su alma. Su camino por momentos es tortuoso y
torturado. Su fe conoce la oscuridad de la noche más oscura, hasta el
desmayo de sí misma en la aridez desértica en la que Dios no habla, en
la que la soledad poblada de aullidos se torna angustia desesperante por
la ausencia
del amado. El vacío que amenaza ser absoluto y perpetuo y que
entristece el alma de Faustina con angustia de muerte se vuelve Getsemaní.
Hasta allí, y más aún, debe acompañar la sierva a su Señor. Es que
ella también había conocido la iluminación interior de un más
profundo conocimiento de Dios, de su suprema bondad y de su eterna
belleza, y entonces el contraste se le haría más insoportable. En la
celda interior de su corazón había guardado aquella especial
intimidad, ésa que Dios da a las almas privilegiadas. Pero, también la
luz divina ponía ante sus ojos el estado de su alma que se le aparecía
como miserable, y por eso decía: “Me aterrorizo cuando miro mi propia
miseria, pero –al mismo tiempo- quedo reasegurada por tu insondable
misericordia que excede mi miseria en la medida de toda la eternidad”
(3).
En
los momentos de debilidad espiritual y de gran aridez, la santa rezaba
así: “Oh Jesús, Verdad eterna, fortalece mis débiles fuerzas. Tú
puedes hacer todo, Señor. Sé que sin Ti todos mis esfuerzos son en
vano. Oh, Jesús, no te ocultes de mí porque no puedo vivir sin Ti.
Escucha el llanto de mi alma. Tu misericordia no se ha agotado, Señor,
así que ten piedad de mi miseria. Tu misericordia sobrepasa la
comprensión de todos los ángeles y de todas las personas juntas; y así,
aunque me parezca que no me escuchas, yo pongo mi confianza en el océano
de tu misericordia y sé que mi esperanza no será defraudada” (4).
Y
llegaría al límite de sus fuerzas para experimentar que Dios no es el
abandonante sino el eterno abandonado. Según cuenta en su diario:
“Durante la Santa Misa, vi al Señor Jesús clavado en la cruz en
medio de grandes tormentos. Un suave lamento salió de su Corazón.
Luego de unos instantes dijo: “Tengo
sed. Tengo sed de salvación de almas. Ayúdame, hija mía, a salvar
almas. Une tus sufrimientos a mi Pasión y ofrécelos al Padre Celestial
por los pecadores” (5).
Cristo
sufriente habla a todo hombre. Le habla al creyente para despertar su
generosidad y unirlo en sacrificio de corredención, habla al que
simplemente cree en Dios pero ha olvidado la necesidad de acogerse a su
misericordia porque perdió la noción
de pecado y la dimensión de la justicia divina, habla al no creyente
que abre su corazón al sufrimiento pero que se pregunta sobre el
sentido del mismo. Habla también al indiferente para sacudirlo de su
indiferencia y al desesperado para que no se abandone a su desesperación,
y lo hace no sólo desde la Sagrada Escritura sino también a través de
la gracia de la revelación de este tiempo.
Justo
Antonio Lofeudo
(1)
Divine Mercy in my soul. The Diary of the Servant of God Sister
M. Faustina Kowalska, Marian Press, 1987, Massachussetts. Nbr 30.
(2) O. c.
Nbr. 1074
(3) O. c. Nbr. 66
(4) O. c.
Nbr. 69
(5)
O. c.
Nbr. 1032
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La
Mirada de Jesús Misericordioso
Mes
del Santo Rosario, mes de la familia, mes de las misiones y el común denominador en todo esto es el amor. Para amar,
entonces, dejémonos mirar por el Amado. El viernes 27/9 el P.
Manrique dijo en su homilía:
“... Los ojos del Traspasado por
amor develan toda la desmesura de su Divino Corazón. Desmesurado en
su manera de dar. Desmesurado en su manera de perdonar. Desmesurado en
su manera de dar la vida. Desmesurado en su manera de morir.
Desmesurado en su manera de amar. Desmesurado entonces, también, en
su manera de mirar. La mirada desnuda lo que contiene el corazón...
La fuerza de la mirada de Jesús impresionó a sus discípulos. Los
Evangelios nos cuentan cómo Jesús miraba. Jesús miró con compasión
a la muchedumbre y con ternura a los niños; observó maravillado las
dos monedas de cobre de la mujer pobre; dirigió sus ojos eligiendo a
los apóstoles entre muchos; miró fijamente al joven rico que quería
seguirle; escrutó las intenciones de sus enemigos y adversarios; miró
con alegría al ridículo de Zaqueo, apreciando su buena voluntad. Sus
ojos se llenaron de lágrimas ante la tumba de Lázaro su amigo; se
encendieron de celo cuando se profanaba el Templo; los elevó bien
abiertos en alabanza al Padre y los cerró tranquilo, ¡tantas veces!,
sobre el regazo de su Madre. Detuvo sus ojos misericordiosos sobre los
pecadores y los pobres... Lo primero que vieron esos ojos fueron los
ojos de María. Lo último que pudieron contemplar para entornarlos
por tres días, y abrirlos transfigurados y repletos de Vida,
fueron, de nuevo, los ojos de María. Jesús saturado de Misericordia
enseñó a sus discípulos a saber ver, a saber mirar con el corazón
repleto de su divino Amor. Les urgió a que supieran ver los signos de
los tiempos, observar la belleza de los lirios del campo, la libertad
de los pájaros, la necesidad del hombre malherido en
el camino, a ver al Padre viéndolo a Él... Los ojos del Traspasado
por amor tienen un movimiento ascendente. "Tomó los cinco panes
y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición".
"Jesús levantó los ojos y dijo: Padre, te doy gracias porque me
escuchaste”. "Levantando los ojos al cielo dio un gemido y le
dijo: ¡efetá!". "Alzando los ojos al cielo, dijo: Padre,
ha llegado la hora". Este movimiento ascendente de los ojos de
Jesús Misericordioso son como las manos del sacerdote que, en cada
Misa, en cada Altar, en cada baño de los Rayos del Traspasado se
elevan con la ofrenda del sacrificio agradable al Padre desde que sale
el sol hasta el ocaso...
Agudicemos hoy nuestra mirada, mirada hacia nuestro alrededor, a
nuestra amada Iglesia, a nuestra querida Patria Argentina, a nuestros
hermanos que sufren, a nuestros problemas y dificultades familiares.
Mirada hacia nuestro interior y nuestra conciencia, mirada hacia Jesús
Misericordioso...”. Hacer entonces de nuestra mirada, la mirada
de Cristo para amar y valorar a los hijos, maridos, esposas, a los
hermanos en la fe que nos acompañan en el camino de la misión, para
amar a quienes nos ofenden, para privilegiar a los pobres, para
iluminar nuestra conciencia. Amar cada gesto, amar sin medida. ¿Cómo
hacer para proseguir en obras de amor y misericordia y que ello no
quede en manifestaciones superficiales, huecas y pasajeras? Dijo
nuestra Santita de Lisieux, a quien también cita el P. Manrique, para
crecer en la hondura de nuestro amor: “...crecer en la
‘confianza que lleva al abandono y conduce al Amor’...”.
Amor e infinita misericordia de Dios en nosotros, para nosotros y para
derramar por medio nuestro a toda la humanidad.
Extraído del Boletín
No. 28 de Magnificat
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