Textos

Pedido del Cardenal Bergoglio

 

               “Jesús ya nos había advertido que sucederían estas cosas y, con mucha ternura, nos dijo que no tuviéramos miedo, que somos su pequeño rebaño, que perseveráramos en la lucha por la fe y en la caridad, esperando en El, orando con verdadera confianza de hijos al Padre que nos quiere".

 

            “Frente a esta blasfemia que avergüenza a nuestra ciudad les pido que, todos unidos, hagamos un acto de reparación y petición de perdón. Por ello, el próximo 7 de diciembre, víspera de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, los invito a que sea un día de ayuno y oración, un día de penitencia en el que, como comunidad católica, pidamos al Señor perdone nuestros pecados y los de la ciudad. Que nuestra Madre de Luján nos acompañe con su cariño”.+

Extraído de la carta pastoral del Cardenal Bergoglio cuyo texto completo transcribimos a continuación:

A LOS SACERDOTES, CONSAGRADAS,
CONSAGRADOS Y FIELES DE LA ARQUIDIÓCESIS


Carta del cardenal Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires


Buenos Aires, 1º de diciembre de 2004

Queridos hijos y hermanos:

     Desde hace algún tiempo se vienen dando en la Ciudad algunas expresiones públicas de burla y ofensas a las personas de nuestro Señor Jesucristo y de la Santísima Virgen María; como asímismo diversas manifestaciones contra los valores religiosos y morales que profesamos. Hoy me dirijo a Ustedes muy dolido por la blasfemia que es perpetrada en el Centro Cultural Recoleta con motivo de una exposición plástica. También me apena que este evento sea realizado en un Centro Cultural que se sostiene con el dinero que el pueblo cristiano y personas de buena voluntad aportan con sus impuestos.

     Jesús ya nos había advertido que sucederían estas cosas y, con mucha ternura, nos dijo que no tuviéramos miedo, que somos su pequeño rebaño, que perseveráramos en la lucha por la fe y en la caridad, esperando en El, orando con verdadera confianza de hijos al Padre que nos quiere.

     Frente a esta blasfemia que avergüenza a nuestra ciudad les pido que, todos unidos, hagamos un acto de reparación y petición de perdón. Por ello, el próximo 7 de diciembre, víspera de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, los invito a que sea un día de ayuno y oración, un día de penitencia en el que, como comunidad católica, pidamos al Señor perdone nuestros pecados y los de la ciudad. Que nuestra Madre de Luján nos acompañe con su cariño.


Card. Jorge Mario Bergoglio S.J, arzobispo de Buenos Aires

 

Recordemos al respecto las palabras de María Santísima Reina de la Paz en sus Mensajes desde Medjugorje:

     Queridos hijos, ...sólo con la oración y el ayuno se puede detener la guerra. Por eso, hijos queridos, oren y den testimonio con sus vidas de que son míos y me pertenecen, porque en estos días turbulentos, satanás quiere seducir al mayor número posible de almas. Por lo tanto, los invito a que se decidan por Dios y Él los protegerá y les mostrará lo que tienen que hacer y el camino que deben recorrer. Invito a todos los que me han dicho “sí” a renovar la consagración a mi Hijo Jesús, a Su Corazón y a mí, de modo que podamos usarlos más eficazmente como instrumentos de paz en este mundo sin paz... Estoy con ustedes y sus sufrimientos son también los míos (25/04/92).

 

     Queridos hijos, hoy los invito a renovar la oración y el ayuno, aún con mayor entusiasmo, hasta que la oración se convierta en alegría para ustedes. Hijitos, quien ora no teme el futuro y quien ayuna no teme el mal. Les repito una vez más: sólo con la oración y el ayuno hasta las guerras pueden ser detenidas, las guerras de la incredulidad y del miedo por el futuro. Estoy con ustedes y les enseño, hijitos: es en Dios que está su paz y su esperanza. Por eso, acérquense a Dios y pónganlo en el primer lugar en sus vidas (25/01/04).

 

     Queridos hijos, hoy también los invito a orar y a ayunar por la paz... Hijitos, sólo con la oración y el ayuno las mismas guerras pueden ser detenidas. La paz es un don precioso de Dios. Búsquenla, pídanla y la recibirán. Hablen de la paz y lleven la paz en sus corazones. Cuídenla como si fuese una flor que necesita de agua, ternura y luz. Sean aquellos que llevan la paz a los demás. Estoy con ustedes e intercedo por todos ustedes (25/02/03).

    
Queridos hijos, hoy también los invito a la oración y al ayuno. Sepan, hijitos, que con su ayuda puedo hacerlo todo y obligar a satanás que no siga instigando a nadie al mal y a que se aleje de este lugar. Satanás está al acecho, queridos hijos, de cada uno de ustedes. Quiere sobre todo perturbarlos a todos ustedes en las cosas de todos los días. Por eso los invito, queridos hijos, a hacer que cada uno de sus días sea sólo de oración y de total abandono en Dios (04/09/86).

     Queridos hijos, los invito a que oren por la paz. En este tiempo la paz está particularmente amenazada y necesito que ustedes renueven el ayuno y la oración en sus familias. Hijos queridos, deseo que entiendan cuál es la seriedad de la situación y que mucho de lo que ocurra dependerá de sus oraciones. Pero ustedes oran poco. Queridos hijos, estoy con ustedes y los invito a que, con seriedad, comienzan a orar y a ayunar como lo hacían en los primeros días de mi venida.
Gracias por haber respondido a mi llamado (25/07/91).

(Textos extraídos del libro “Los Mensajes de María Reina de la Paz en Medjugorje”, Edición Mensajeros de la Reina de la Paz-Misioneros de María la Reina de la Paz, Buenos Aires, Argentina, 2004).  


¡María Santísima Reina de la Paz, nos prepara –en este Tiempo de Adviento-

para una nueva Navidad!  

Queridos hijos, en este tiempo de gracia los invito nuevamente a la oración... oren y preparen sus corazones para la venida del Rey de la Paz, de modo que con su bendición Él dé la paz al mundo entero (25/11/01) ...Abran su corazón a Dios, hijitos, por medio de la Santa Confesión y preparen sus almas para que el Pequeño Jesús pueda nuevamente nacer en sus corazones. Permítanle transformarlos y conducirlos por el camino de la paz y de la alegría (25/11/02) ...

 

Oren para que Jesús nazca en todos los corazones, especialmente en aquellos que no lo conocen. Sean amor, alegría y paz en este mundo sin paz (25/11/03

 

Queridos hijos, nuevamente los invito a la oración, para que se preparen para la venida de Jesús con la oración, el ayuno y los pequeños sacrificios. Hijitos, que este tiempo sea un tiempo de gracia para ustedes. Aprovechen todo momento y hagan el bien porque sólo así podrán sentir el nacimiento de Jesús en sus corazones. Si ustedes dan el ejemplo con sus vidas y se vuelven signo del amor de Dios entonces la alegría prevalecerá en los corazones de los hombres (25/11/96).

 

Los invito para que en la Navidad glorifiquemos juntos a Jesús... mi invitación para  ese día es la de glorificar conmigo a Jesús y Su nacimiento. Queridos hijos, ese día de Navidad oren más y piensen más en Jesús (12/12/85)

 

Queridos hijos, deseo que vivan estos días con gozo, como yo los vivo. Quiero guiarlos con alegría y mostrarles el gozo al que deseo conducirlos a cada uno de ustedes. Por eso, hijitos, oren y abandónense totalmente en mí (11/12/86). ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

 

(Textos extraídos del libro “Los Mensajes de María Reina de la Paz en Medjugorje”, Edición Mensajeros de la Reina de la Paz-Misioneros de María la Reina de la Paz, Buenos Aires, Argentina, 2004).


Como María, sepamos decir Fiat, Magnificat y Stabat

Homilía pronunciada por el
Card. Ivan Dias, Arzobispo de Bombay, India,
en la Celebración Eucarística del 13 de Octubre de 2004 con ocasión de la Peregrinación Internacional a Fátima

 

        ¡Alegrémonos todos en este día que nos dio el Señor! Venimos a Fátima de distintas partes de Portugal, de Europa y de todo el mundo, con gran fe y en espíritu de oración y de penitencia reparadora, para rendir homenaje a Nuestra Señora y conmemorar su aparición en este bendito lugar el 13 de Octubre de 1917.

        Quien les habla en este momento viene como peregrino de la India, que fue evangelizada por dos apóstoles: santo Tomás y san Bartolomé, y después por muchos misioneros que, hace 500 años, salieron de Belém en Lisboa y fueron a llevarnos el santo Evangelio de Jesucristo. Aprovecho esta ocasión para dar gracias a Dios por el don de la fe cristiana que recibimos de ellos y para expresar nuestra profunda gratitud por la parte que los portugueses tuvieron en esta misión de evangelización en la India.

        Como hijos e hijas de María Santísima, Madre de Dios y nuestra querida Madre celestial, hoy queremos sentir el palpitar de su corazón maternal y oír una vez más que nos diga lo que dijo en las Bodas de Caná en Galilea: “Haced todo lo que Él, mi Hijo, os diga”.

        Ella no sólo dijo estas palabras, sino también las práctico toda su vida, que puede ser resumida en otras tres palabras: Fiat, Magnificat y Stabat. Fiat quiere decir “que sea hecha la voluntad de Dios”, Magnificat, “que Dios sea siempre alabado”, y Stabat, “ser fiel a Dios y a nuestros compromisos hasta el fin de la vida”.

El evangelio que acabamos de escuchar nos trae a la memoria aquel momento solemne cuando María Santísima dijo un “si” total e incondicional, un Fiat, al mensaje del Arcángel Gabriel que le comunicó que Dios quería que ella fuese la Madre de su Hijo encarnado.

        El “si” de María no terminó con la Anunciación del Arcángel. María fue inmediatamente, a toda prisa, a visitar a su prima Isabel que precisaba de ayuda, porque estaba embarazada. Y cuando su prima, divinamente inspirada, la proclamó “Madre de Dios” y “bendita entre todas las mujeres”, el corazón de María Santísima prorrumpió en un cántico de alabanzas y agradecimiento a Dios Todopoderoso por las maravillas que hizo en ella y en la historia de la humanidad. Este cántico de la Virgen se llama Magnificat.

 

Sí a la voluntad de Dios

 

        Después de esto, María Santísima vivió su Fiat y Magnificat toda su vida, en las alegrías y en los dolores, hasta el pie de la cruz de su Hijo en el Calvario. El evangelio tiene una palabra que describe bien esta actitud de fidelidad y perseverancia de nuestra Señora: Stabat, que quiere decir, estaba firme, resoluta y decidida.

        Con estos sentimientos –Fiat, Magnificat, Stabat- la Virgen María nos enseñó qué significa vivir como discípulos de Jesucristo. Fiat: diciendo siempre “sí” a la voluntad de Dios a nuestro respecto. Magnificat, viviendo en la alegría, paz y amor aunque la vida frecuentemente nos traiga cruces y amarguras. Stabat: siendo fieles hasta la muerte a nuestros compromisos y deberes. Es una profunda enseñanza porque muchas veces decimos “sí” a Dios y nos regocijamos por los efectos inmediatos, pero fallamos en el tercer elemento de fidelidad y perseverancia. Por eso, muchas iniciativas se pierden por el camino, muchos matrimonios fracasan con el divorcio, muchas personas interrumpen su vocación de vida, y a veces hasta la propia vida. Ahora bien, estos tres sentimientos –Fiat, Magnificat, Stabat- se obtienen sólo con el sacrificio y la oración. Fue esto lo que Nuestra Señora vino a pedirnos en sus apariciones aquí en Cova de Iria.

        En esta Misa honramos a Nuestra Señora del Rosario: es el nombre con el que ella misma se designó en la última aparición en este lugar bendito, hace ya 87 años, delante de 70.000 personas. En aquella ocasión, Nuestra Señora pidió que se rezase un Rosario (5 misterios) todos los días por la conversión de los pecadores y por la paz en el mundo. El Santo Rosario nos hace recordar los sentimientos del Fiat, Magnificat y Stabat que marcaron la vida de Nuestra Señora y nos inspira a imitarla para que seamos dignos de las promesas de Cristo.

        Queridos hermanos y hermanas, normalmente cuando rezamos el Rosario, pensamos –como es natural- en nuestras intenciones personales, en nuestras familias y necesidades. Pero, no olvidemos las intenciones que nos propone nuestra Madre del Cielo: la conversión de los pecadores y la paz en el mundo. Son intenciones muy queridas al corazón de Dios.

 

Por la conversión de los pecadores

 

Ante todo la conversión de los pecadores. Hoy el mundo está espiritualmente enfermo y más que nunca aumentan los pecados y los pecadores; hasta el mal se presenta como bien y los vicios son exhibidos como virtudes. Hay ideologías y doctrinas llamadas New Age que niegan la existencia de Dios y exaltan el poder del hombre. Hay modas de vestir y de vivir que traducen un modo pagano de vivir sin Dios, porque reducen al hombre –la obra maestra de su creación- a una condición indigna de su dignidad de hijo de Dios. Abundan hoy también los atentados contra la vida, desde los niños inocentes en el seno materno hasta la eutanasia, y hay leyes civiles contra la moralidad matrimonial. Hay sectas secretas, cultos satánicos, terrorismo y poderosos medios de comunicación social que distraen a muchos, especialmente a los jóvenes, de la atención que deben dar a Dios y al prójimo.

        Durante la aparición del día 13 de julio de 1917, aquí en Cova de Iria, Nuestra Señora les mostró a los tres pastorcitos, Lucía, Francisco y Jacinta una terrible visión del infierno donde caían almas humanas “como hojas en grandes incendios”. Y cuando los videntes gritaron con pavor, Nuestra Señora les dijo: “Habéis visto el infierno donde van las almas de los pobres pecadores... porque no hay nadie que rece por ellos”. Son palabras que Nuestra Señora nos dice hoy también; muchas personas van hacia la perdición eterna, porque no hay nadie que pida por ellas.

 

Por la Paz en el mundo

 

        Y donde llega el pecado ahí falta la paz de Jesús. Hoy en el mundo hay guerras, no sólo entre naciones sino entre habitantes de una misma nación, en las propias familias y comunidades, y sobre todo en lo íntimo de los corazones. Varias son las causas: la envidia, el egoísmo, la avidez, honores y posiciones sociales, la arrogancia de comportarse como si Dios no existiese o fuese irrelevante en la vida del hombre o, peor aún, como si el hombre mismo fuese Dios. Estamos en medio de un combate espiritual entre el bien y el mal; entre el amor de Dios y del prójimo, de una parte, y el amor egoísta que esclaviza al mundo y busca sólo la prosperidad, la popularidad, el poder.

        Pero, una cosa es cierta: la victoria final será de Dios, gracias a las oraciones de los fieles y a la poderosa intercesión de Nuestra Señora que ya predijo “Finalmente mi Corazón triunfará”.

        ¡Queridos peregrinos! Nuestra peregrinación no debe ser sólo un acto de devoción y homenaje a Nuestra Señora, sino que debe convencernos de la actualidad de su mensaje aquí proclamado en Fátima. Hoy más que nunca, el mundo necesita de nuestros sacrificios y oraciones por la conversión de los pecadores y por la paz en el mundo. Vivamos fielmente los sentimientos de Fiat, Magnificat y Stabat de Nuestra Señora y, obedientes a su llamada materna, hagamos mucha penitencia y oración y, en particular, recemos el Rosario cada día pidiendo a Dios, Padre de Misericordia, que tenga piedad de nosotros y nos dé la paz de Jesús que tanto necesitamos y deseamos. Que Nuestra Señora de Fátima, Madre de Misericordia y Reina de la Paz, nos bendiga e interceda por nosotros, pobres pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

 

Cardenal Ivan Dias

Arzobispo de Bombay


Predicador del Papa: «¿son pocos los que se salvan?»
El padre Cantalamessa comenta el evangelio de este domingo 22 de agosto
(Reproducido con permiso de Zenit.org)

CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 20 agosto 2004 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario que ha escrito el padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, al pasaje evangélico de la liturgia de este domingo, 22 de agosto, Lucas 13, 22-30, en el que una persona le preguntó a Jesús: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?».

     Hay una pregunta que desde siempre se han planteado los creyentes: ¿son muchos o pocos los que se salvan? En ciertas épocas, este problema se hizo tan agudo que llevó a algunas personas a una angustia terrible. El Evangelio nos informa que un día este problema fue planteado a Jesús: «Una persona le preguntó: "Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?"». La pregunta, como se ve, se refiere al número: ¿cuántos se salvan, muchos o pocos? Jesús cambia el centro de la atención del cuántos al cómo es posible salvarse, es decir, entrando por «la puerta estrecha».

     Es la misma actitud que se constata al afrontar el tema del regreso final de Cristo. Los discípulos le preguntaron cuándo regresará el Hijo del Hombre y Jesús responde indicando cómo prepararse para ese regreso (Cf. Mateo 24,3-4). Esta manera de actuar de Jesús no es extraña ni descortés. Es simplemente la actuación de quien quiere educar a los discípulos a pasar del nivel de la curiosidad al de la auténtica sabiduría; de las cuestiones ociosas que apasionan a la gente a los auténticos problemas de la vida. De aquí podemos comprender la absurdidad de aquellos, como los Testigos de Jehová, que creen saber incluso el número exacto de los salvados: 144 mil. Este número, que aparece en el Apocalipsis, tiene un valor meramente simbólico (el cuadrado de 12, el número de las tribus de Israel, multiplicado por mil) y se explica en esta expresión: «una multitud inmensa, que nadie podía contar» (Apocalipsis 7, 4. 9). Después de todo, si ése es realmente el número de los salvados, entonces podríamos ahorrar todo esfuerzo, nosotros y ellos. En la puerta del paraíso deberían haber escrito desde hace tiempo, como en el ingreso de algunos aparcamientos, el cartel «Completo».

     Si, por tanto, a Jesús no le interesa revelarnos el número de los salvados, sino más bien la manera de salvarse, veamos qué es lo que nos dice en este sentido. Dos cosas esencialmente: una negativa y una positiva; la primera, lo que no sirve, después lo que sirve para salvarse. No sirve, o no basta, el hecho de pertenecer a un determinado pueblo, a una determinada raza, tradición o institución, aunque fuera el pueblo elegido del que procede el Salvador. Lo que lleva a la salvación no es la posesión de algún título («Hemos comido y bebido contigo»), sino una decisión personal, seguida por una conducta de vida coherente.

     Esto queda más claro todavía en el texto de Mateo, que pone en contraste entre sí dos caminos y dos puertas, una estrecha y la otra amplia (Cf. Mateo 7, 13-14). ¿Por qué les llama a estos dos caminos respectivamente el "amplio" y el "estrecho"? ¿Es siempre fácil y agradable el camino del mal, y duro y cansado el del bien? En esto hay que estar atentos para no caer en la típica tentación de creer que a los malvados todo les va magníficamente bien aquí, mientras que por el contrario a los buenos todo les sale mal.

     La senda de los impíos es amplia, sí, pero sólo al inicio. En la medida en que se adentran en ella, se hace    estrecha y amarga. Se hace, en todo caso, sumamente estrecha al final, pues acaba en un callejón sin salida. La alegría que en ella se experimenta tiene como característica el disminuir según se experimenta, hasta crear náuseas y tristeza.

     Se puede constatar en cierto tipo de embriaguez, como con la droga, el alcohol o el sexo. Se necesita una dosis o un estímulo cada vez más fuerte para producir un placer de la misma intensidad. Hasta que el organismo deja de responder y entonces tiene lugar es derrumbe, con frecuencia incluso físico.

     La senda de los justos, por el contrario, es estrecha al inicio, pero después se hace amplia, pues en ella encuentran esperanza, alegría y paz del corazón. Lleva a la vida y no a la muerte.

[Original italiano publicado por «Famiglia Cristiana». Traducción realizada por Zenit]
ZS04082003


La nueva evangelización 

Joseph Ratzinger

Conferencia pronunciada el Congreso de catequistas y profesores de religión, Roma, 10.XII.2000.

L'OSSERVATORE ROMANO, 19 de enero de 2001

 

La vida está por hacer

 

 

La vida humana no se realiza por sí misma. Nuestra vida es una cuestión abierta, un proyecto incompleto, que es preciso seguir realizando. La pregunta fundamental de todo hombre es: ¿cómo se lleva a cabo esta proyecto de realización del hombre? ¿Cómo se aprende el arte de vivir? ¿Cuál es el camino que lleva a la felicidad?

 

El verdadero arte de vivir sólo lo puede comunicar Jesucristo

 

 


Evangelizar quiere decir mostrar ese camino, enseñar el arte de vivir. Jesús dice al inicio de su vida pública: he venido para evangelizar a los pobres (cf. Lc 4, 18).
Esto significa: yo tengo la respuesta a vuestra pregunta fundamental; yo os muestro el camino de la vida, el camino que lleva a la felicidad; más aún, yo soy ese camino. La pobreza más profunda es la incapacidad de alegría, el tedio de la vida considerada absurda y contradictoria. Esta pobreza se halla hoy muy extendida, con formas muy diversas, tanto en las sociedades materialmente ricas como en los países pobres. La incapacidad de alegría supone y produce la incapacidad de amar, produce la envidia, la avaricia... todos los vicios que arruinan la vida de las personas y el mundo. Por eso, hace falta una nueva evangelización. Si se desconoce el arte de vivir, todo lo demás ya no funciona. Pero ese arte no es objeto de la ciencia; sólo lo puede comunicar quien tiene la vida, el que es el Evangelio en persona.

 

Bastantes no encuentran en la Iglesia la respuesta a cómo vivir

 

 


I. Estructura y método de la nueva evangelización

1. Estructura

Antes de hablar de los contenidos fundamentales de la nueva evangelización quisiera explicar su estructura y el método adecuado. La Iglesia evangeliza siempre y nunca ha interrumpido el camino de la evangelización. Cada día celebra el misterio eucarístico, administra los sacramentos, anuncia la palabra de vida, la palabra de Dios, y se compromete en favor de la justicia y la caridad. Y esta evangelización produce fruto: da luz y alegría; da el camino de la vida a numeroso personas. Muchos otros viven, a menudo sin saberlo, de la luz y del calor resplandeciente de esta evangelización permanente. Sin embargo, existe un proceso progresivo de descristianización y de pérdida de los valores humanos esenciales, que resulta preocupante. Gran parte de la humanidad de hoy no encuentra en la evangelización permanente de la Iglesia el Evangelio, es decir, la respuesta convincente a la pregunta: ¿cómo vivir?

 

Son necesarios nuevos caminos para el Evangelio

 

 


Por eso buscamos, además de la evangelización permanente, nunca interrumpida y que no se debe interrumpir nunca, una nueva evangelización, capaz de lograr que la escuche ese mundo que no tiene acceso a la evangelización "clásica". Todos necesitan el Evangelio. El Evangelio está destinado a todos y no sólo a un grupo determinado, y por eso debemos buscar nuevos caminos para llevar el Evangelio a todos.

 

Sin impaciencia y sin pasividad

 

 


Sin embargo, aquí se oculta también una tentación: la tentación de la impaciencia, la tentación de buscar el gran éxito inmediato, los grandes números. Y este no es el método del reino de Dios. Para el reino de Dios, así como para la evangelización, instrumento y vehículo del reino de Dios, vale siempre la parábola del grano de mostaza (cf. Mc 4, 31-32). El reino de Dios vuelve a comenzar siempre bajo este signo. Nueva evangelización no puede querer decir atraer inmediatamente con nuevos métodos, más refinados, a las grandes masas que se han alejado de la Iglesia. No; no es esta la promesa de la nueva evangelización. Nueva evangelización significa no contentarse con el hecho de que del grano de mostaza haya crecido en el gran árbol de la Iglesia universal, ni pensar que basta el hecho de que en sus ramas pueden anidar aves de todo tipo, sino actuar de nuevo valientemente, con la humildad del granito, dejando que Dios decida cuándo y cómo crecerá (cf. Mc 4, 26-29).

 

La pequeñez de los comienzos debe ser actual

 

 


Las grandes cosas comienzan siempre con un granito y los movimientos de masas son siempre efímeros. En su visión del proceso de la evolución, Teilhard de Chardin habla del "blanco de los orígenes": el inicio de las nuevas especies es invisible y está fuera del alcance de la investigación científica. Las fuentes se hallan ocultas; son demasiado pequeñas. En otras palabras, las grandes realidades tienen inicios humildes. Prescindamos ahora de si Teilhard tiene razón, y hasta qué punto, con sus teorías evolucionistas: la ley de los orígenes invisibles refleja una verdad presente precisamente en la acción de Dios en la historia. "No por ser grande te elegí; al contrario, eres el más pequeño de los pueblos; te elegí porque te amo...", dice Dios al pueblo de Israel en el Antiguo Testamento y así expresa la paradoja fundamental de la historia de la salvación: ciertamente, Dios no cuenta con grandes números; el poder exterior no es el signo de su presencia.

 

Tentación de siempre

 

 


Gran parte de los parábolas de Jesús Indican esta estructura de la acción divina y responden así a las preocupaciones de los discípulos, los cuales esperaban del Mesías éxitos y señales muy diferentes: éxitos del tipo que ofrece Satanás al Señor "Te daré todo esto, todos los reinos del mundo..." (cf. Mt 4, 9).

 

Como al principio

 

 


Desde luego, san Pablo, al final de su vida, tuvo la impresión de que había llevado el Evangelio hasta los confines de la tierra, pero los cristianos eran pequeñas comunidades dispersas por el mundo, insignificantes según los criterios seculares. En realidad fueron la levadura que penetra en la masa y llevaron en su interior el futuro del mundo (cf. Mt 13, 33).

 

Dos aparentes contrarios a la vez

 

 


Un antiguo proverbio reza: "Éxito no es un nombre de Dios". La nueva evangelización debe actuar como el grano de mostaza y no ha de pretender que surja inmediatamente el gran árbol. Nosotros vivimos con una excesiva seguridad por el gran árbol que ya existe o sentimos el afán de tener un árbol aún más grande, más vital. En cambio, debemos aceptar el misterio de que la Iglesia es al mismo tiempo un gran árbol y un granito. En la historia de la salvación siempre es simultáneamente Viernes santo y Domingo de Pascua.

 

No nosotros sino que se excuse al Señor

 

 


2. El método

De esta estructura de la nueva evangelización deriva también el método adecuado. Ciertamente, debemos usar de modo razonable los métodos modernos para lograr que se nos escuche; o, mejor, para hacer accesible y comprensible la voz del Señor. No buscamos que se nos escuche a nosotros; no queremos aumentar el poder y la extensión de nuestras instituciones; lo que queremos es servir al bien de las personas y de la humanidad, dando espacio a Aquel que es la Vida.

 

Fundamental

 

 


Esta renuncia al propio yo, ofreciéndolo a Cristo para la salvación de los hombres, es la condición fundamental del verdadero compromiso en favor del Evangelio: "Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibía; si otro viene en su propio nombre, a ese lo recibiréis" (Jn 5, 43).

 

En el nombre de Dios

 

 


Lo que distingue al anticristo es el hecho de que habla en su propio nombre. El signo del Hijo es su comunión con el Padre. El Hijo nos introduce en la comunión trinitaria, en el círculo del amor suyo, cuyas personas son "relaciones puras", el acto puro de entregarse y de acogerse. El designio trinitario, visible en el Hijo, que no habla en su nombre, muestra la forma de vida del verdadero evangelizador; más aún, evangelizar no es tanto una forma de hablar; es más bien una forma de vivir: vivir escuchando y ser portavoz del Padre. "No hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga" (Jn 16, 13), dice el Señor sobre el Espíritu Santo.

 

En el nombre de la Iglesia

 

 


Esta forma cristológica y pneumatológica de la evangelización es al mismo tiempo una forma eclesiológica: el Señor, y el Espíritu construyen la Iglesia, se comunican en la Iglesia. El anuncio de Cristo, el anuncio del reino de Dios, supone la escucha de su voz en la voz de la Iglesia. "No hablar en nombre propio" significa hablar en la misión de la Iglesia.

 

La comunicación no dispensa de la oración

 

 


De esta ley de renuncia al propio yo se siguen consecuencias muy prácticas. Todos los métodos racionales y moralmente aceptables se deben estudiar; es un deber usar estas posibilidades de comunicación. Pero las palabras y todo el arte de la comunicación no pueden llevar a la persona humana hasta la profundidad a la que debe llegar el Evangelio. Hace pocos años leí la biografía de un óptimo sacerdote de nuestro siglo, don Dídimo, párroco de Bassano del Grappa. En sus apuntes se encuentran palabras de oro, fruto de una vida de oración y meditación. A propósito de lo que estamos tratando, dice don Dídimo, por ejemplo: "Jesús predicaba de día y oraba de noche". Con esta breve noticia quería decir: Jesús debía hablar de Dios a sus discípulos.

 

Imprescindible

 

 


Eso vale siempre. No podemos ganar nosotros a los hombres. Debemos obtenerlos de Dios para Dios. Todos los métodos son ineficaces si no están fundados en la oración. La palabra del anuncio siempre ha de estar impregnada una intensa vida de oración.

 

Pero la Cruz

 

 


Debemos dar un paso más. Jesús predicaba de día y oraba de noche, pero eso no es todo. Su vida entera, como demuestra de modo muy hermoso el evangelio de san Lucas, fue un camino hacia la cruz, una ascensión hacia Jerusalén. Jesús no redimió el mundo con palabras hermosas, sino con su sufrimiento y su muerte. Su pasión es fuente inagotable de vida para el mundo; la pasión da fuerza a su palabra.

 

Como el grano de trigo

 

 


El Señor mismo, extendiendo y ampliando la parábola del grano de mostaza, formuló esta ley de fecundidad en parábola del grano de trigo que cae tierra y muere (cf. Jn 12, 24). También esta ley es válida hasta el fin del mundo y, juntamente con el misterio del grano de mostaza, es fundamental para la nueva evangelización. Toda la historia lo demuestra. Sería fácil demostrarlo en la historia del cristianismo. Aquí quisiera recordar solamente el inicio de la evangelización en la vida de san Pablo.

 

La experiencia de San Pablo

 

 


El éxito de su misión no fue fruto de la retórica o de la prudencia pastoral; su fecundidad dependió de su sufrimiento, de su unión a la pasión de Cristo (cf. 1 Cor 2, 1-5; 2 Cor, 5, 7; 11; 10 s; 11, 30; Gal 4, 12-14). "No se dará otro signo que el signo del profeta Jonás" (Lc 1 29), dijo el Señor. El signo de Jonás es Cristo crucificado, son los testigos que completan "lo que falta a la pasión de Cristo" (Col 1, 24). En todas las épocas de la historia se han cumplido siempre las palabras de Tertuliano: la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos.

 

... exige violencia

 

 


San Agustín dice lo mismo de modo muy hermoso, interpretando el texto de san Juan donde la profecía del martirio de san Pedro y el mandato de apacentar, es decir, la institución de su primado, están íntimamente relacionados (cf. Jn 21, 16). San Agustín lo comenta así: "Apacienta mis ovejas, es decir, sufre por mis ovejas" (Sermón 32: PL 2, 640). Una madre no puede dar a luz un niño sin sufrir. Todo parto implica sufrimiento, es sufrimiento, y llegar a ser cristiano es un parto. Digámoslo una vez más con palabras del Señor: "El reino de Dios exige violencia" (M 11, l2; Lc 10, 16), pero la violencia de Dios es el sufrimiento, la cruz. No podemos dar vida a otros sin dar nuestra vida. El proceso de renuncia al propio yo, al que me he referido antes, es la forma concreta (expresada de muchas formas diversas) de dar la propia vida. Ya lo dijo el Salvador: "Quien pierda su vida por mi y por el Evangelio, la salvará" (Mc 8, 35).

 

Juan el Bautista y Jesús

 

 


II. Los contenidos esenciales de la nueva evangelización

1. Conversión
En relación a los contenidos de la nueva evangelización, antes que nada se debe tener presente que no se puede escindir el Antiguo del Nuevo Testamento. El contenido fundamental del Antiguo Testamento está resumido en el mensaje de Juan Bautista: ¡Convertios! No hay acceso a Jesús sin el Bautista; no hay posibilidad de alcanzar a Jesús sin dar respuesta a la llamada del precursor, mas bien: Jesús ha asumido el mensaje de Juan el Bautista en la síntesis de su propio predicar: "convertíos y creed en la Buena Nueva" (Mc 1, 15).

 

Convertirse en es cambiar a la manera de Dios

 

 


La palabra griega usada para "convertirse" significa: volver a pensar, poner en discusión el propio y el común modo de vivir; dejar entrar a Dios en los criterios de la propia vida; no juzgar más simplemente según las opiniones corrientes. Convertirse significa, por lo tanto, no vivir como viven todos, no hacer como hacen todos, no sentirse justificados en acciones dudosas, ambiguas, malvadas por el hecho que otros hacen lo mismo; comenzar a ver la propia vida con los ojos de Dios; buscar, por lo tanto, el bien, aún cuando es incómodo; no hacerlo pensando en el juicio de la mayoría, de los hombres, sino en el juicio de Dios, con otras palabras: buscar un nuevo estilo de vida, una vida nueva.

 

Convertirse es descubrir a Dios

 

 


Todo esto no implica un moralismo, la reducción del cristianismo a la moralidad pierde de vista la esencia del mensaje de Cristo: el don de una nueva amistad, el don de la comunión con Jesús y, por lo tanto, con Dios. Quien se convierte a Cristo no entiende crearse una autarquía moral suya, no pretende reconstruir con sus propias fuerzas su propia bondad. "Conversión" (Metanoia) significa justamente lo contrario: salir de la propia suficiencia, descubrir y aceptar la propia indigencia, indigencia de los otros y del Otro, de su perdón, de su amistad. La vida no convertida es autojustificación (yo no soy peor de los demás); la conversión es la humildad de confiarse al amor del Otro, amor que se vuelve medida y criterio de mi propia vida.

 

Un nuevo y definitivo "Nosotros"

 

 


Aquí debemos tener presente el aspecto social de la conversión. En efecto, la conversión es, ante todo, un acto muy personal y es personalización. Yo me separo de la fórmula "vivir como todos" (no me siento más justificado por el hecho que todos hacen cuanto hago yo) y encuentro delante de Dios mi propio yo, mi responsabilidad personal. Pero la verdadera personalización es siempre también una nueva y más profunda socialización. El yo se abre de nuevo al tú, en toda su profundidad, de esta manera nace un nuevo Nosotros. Si el estilo de vida extendido en el mundo implica el peligro de la des-personalización, del vivir no mi propia vida, sino la vida de todos los demás, en la conversión debe realizarse un nuevo Nosotros del camino común con Dios. Anunciando la conversión también debemos ofrecer una comunidad de vida, un espacio común del nuevo estilo de vida. No se puede evangelizar sólo con las palabras; el Evangelio crea vida, crea comunidad de camino; una conversión puramente individual no tiene consistencia...

 

Un Dios vivo en el mundo

 

 


2. El Reino de Dios

En la llamada a la conversión está implícito, como una condición fundamentalmente propia, el anuncio del Dios viviente. El teocentrismo es fundamental en el mensaje de Jesús y también debe ser el corazón de la nueva evangelización. La palabra clave del anuncio de Jesús es: Reino de Dios. Sin embargo, Reino de Dios no es una cosa, una estructura social o política, una utopía. El Reino de Dios es Dios. Reino de Dios quiere decir: Dios existe. Dios vive. Dios está presente y actúa en el mundo, en nuestra vida, en mi vida. Dios no es una lejana "causa última", Dios no es el "gran arquitecto" del deísmo que ha construido la máquina del mundo y ahora estaría fuera, por el contrario Dios es la realidad más presente y decisiva en cada acto de mi vida, en cada momento de la historia.

 

Lo único necesario para el hombre

 

 


En la conferencia de despedida de su cátedra de la Universidad de Münster, el teólogo J. B. Metz ha pronunciado cosas que no se esperaban. Metz en el pasado nos había enseñado el antropocentrismo, el verdadero acontecimiento del cristianismo habría sido el giro antropológico, la secularización, el descubrimiento del estado secular del mundo. Después nos ha enseñado la teología política el carácter político de la fe; más tarde la "memoria peligrosa"; finalmente la teología narrativa. Después de haber recorrido este camino largo y difícil, nos dice hoy: El verdadero problema de nuestro tiempo es la "Crisis de Dios", la ausencia de Dios, camuflada por una religiosidad vacía. La teología debe volver a ser realmente teo-logía, un hablar de Dios y con Dios. Metz tiene razón : El "unum necessarium" para el hombre es Dios. Todo cambia, si hay Dios o no hay Dios. Desgraciadamente también nosotros los cristianos vivimos a veces como si Dios no existiese ("si Deus non daretur"). Vivimos según el cliché: No hay Dios y si lo hay, no interesa. Por este motivo, la evangelización, antes que nada, tiene que hablar de Dios, anunciar el único Dios verdadero: el Creador, el Santificador, el Juez (cf. El Catequismo de la Iglesia Católica).

 

Oraciones y sólo eso

 

 


También aquí debe tenerse presente el aspecto práctico. Dios no puede hacerse conocido sólo con las palabras. No se conoce una persona si se sabe de esta persona sólo a través de otra. Anunciar a Dios es introducir en la relación con Dios: enseñar a rezar. La oración es fe en acto. Y sólo en la experiencia de la vida con Dios aparece también la evidencia de su existencia. Por esto son importantes las escuelas de oración, de comunidad de oración. Hay complementariedad entre la oración personal ("en el propio dormitorio", sólo delante de los ojos de Dios), oración común "paralitúrgica" ("religiosidad popular") y oración litúrgica. Sí, la liturgia es, antes que nada, oración; su especificidad consiste en el hecho que su sujeto primario no somos nosotros (como en la oración privada y en la religiosidad popular), sino Dios mismo, la liturgia es actio divina, Dios actúa y nosotros respondemos a la acción divina.

 

De Dios y con Él

 

 


Hablar de Dios y hablar con Dios siempre deben marchar conjuntamente. El anuncio de Dios es guía para la comunión con Dios en la comunión fraterna, fundada y vivificada por Cristo. Por esto la liturgia (los sacramentos) no es un tema junto a la predicación del Dios viviente, sino la puesta en práctica de nuestra relación con Dios. En este contexto quisiera hacer una observación general sobre la cuestión litúrgica. Muchas veces nuestro modo de celebrar la liturgia es demasiado racionalista. La liturgia se vuelve enseñanza, cuyo criterio es: hacerse entender, la consecuencia es con frecuencia hacer banal el misterio, la preponderancia de nuestras palabras, la repetición de la fraseología que parece más accesible y más agradable a la gente. Pero esto es un error no solamente teológico, sino también psicológico y pastoral.

 

"In persona Cristi"

 

 


La moda del esoterismo, la difusión de técnicas asiáticas de distensión y de auto-vaciamiento demuestran que en nuestras liturgias falta algo. Justamente en nuestro mundo actual tenemos necesidad del silencio, del misterio por encima del individuo, de la belleza. La liturgia no es la invención del sacerdote que celebra o de un grupo de especialistas; la liturgia ("el rito") ha crecido en un proceso orgánico durante los siglos, porta consigo el fruto de la experiencia de la fe de todas las generaciones. Aunque si los participantes no entienden quizá cada una de las palabras, perciben el significado profundo, la presencia del misterio, que trasciende todas las palabras. No es el celebrante el centro de la acción litúrgica; el celebrante no está delante del pueblo en su nombre, no habla de sí y para sí, sino "in persona Cristi". No cuentan la capacidad personal del celebrante, sino sólo su fe, en la que se hace transparente Cristo. "Es necesario que Él crezca y que yo disminuya" (Jn 3, 30).

 

Jesús antes que nada hijo de Dios

 

 


3. Jesucristo
Con esta reflexión el tema de Dios ya se ha extendido y concretizado en el tema Jesucristo: Sólo en Cristo y a través de Cristo el tema de Dios se vuelve realmente concreto: Cristo es el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, la concretización del "Yo soy", la respuesta al Deísmo. Actualmente es grande la tentación de reducir Jesucristo, el Hijo de Dios, sólo a un Jesús histórico, a un hombre puro. No se niega necesariamente la divinidad de Jesús, sino que con ciertos métodos se destila de la Biblia un Jesús a nuestra medida, un Jesús posible y comprensible en el marco de nuestra historiografía. Pero este "Jesús histórico" no es sino un artefacto, la imagen de sus autores y no la imagen del Dios viviente (cf. 2 Cor 4, 4s; Col 1, 15). El Cristo de la fe no es un mito: el así llamado "Jesús histórico" es una figura mitológica, auto inventada por los diferentes intérpretes. Los doscientos años de historia del "Jesús histórico" reflejan fielmente la historia de las filosofías y de las ideologías de este período.

 

Vida del hombre en Cristo

 

 


No puedo, en el marco de esta conferencia, entrar en los contenidos del anuncio del Salvador. Quisiera brevemente aludir a dos aspectos importantes. El primero es el seguimeinto de Cristo, Cristo se ofrece como camino de mi vida. Seguir a Cristo no significa imitar al hombre Jesús. Una tentativa similar necesariamente fracasa, sería un anacronismo. El seguimiento de Cristo tiene una meta mucho más alta: asimilarse a Cristo y, en este modo, llegar a la unión con Dios. Una palabra como ésta quizás suena extraña a los oídos del hombre moderno. Pero, en realidad, todos tenemos sed del infinito: de una libertad infinita, de una felicidad sin límites. Toda la historia de las revoluciones de los últimos doscientos años se explica sólo así. La droga se explica así. El hombre no se contenta con soluciones bajo el nivel de la divinización. Pero todos los caminos ofrecidos por la "serpiente" (Gén 3, 5), es decir, por la sabiduría mundana, fracasan. El único camino es la comunión con Cristo, realizable en la vida sacramental. El seguimiento de Cristo no es un argumento moral, sino un tema "mistérico", un conjunto de acción divina y de respuesta nuestra.

 

La esencia del cristianismo

 

 


De esta manera, encontramos presente en el tema de la secuela el otro centro de la cristología, del cual quisiera decir algo: el misterio pascual, la cruz y la resurrección. En las reconstrucciones del "Jesús histórico" normalmente el tema de la cruz no tiene significado. En una interpretación "burguesa" se vuelve un incidente, por sí mismo evitable, sin valor teológico; en una interpretación revolucionaria se vuelve la muerte heroica de un rebelde. La verdad es diferente. La cruz pertenece al misterio divino, es expresión de su amor hasta el fin (Jn 13, 1). El seguimiento de Cristo es participación a su cruz, unirse a su amor, a la transformación de nuestra vida, que se vuelve el nacimiento del hombre nuevo, creado según Dios (cf. Ef 4, 24). Quien omite la cruz, omite la esencia del cristianismo (cf. 1 Cor 2, 2).

 

Seremos juzgados por Dios

 

 


4. La vida eterna
Un último elemento central de toda evangelización verdadera es la vida eterna. Actualmente debemos con nueva fuerza anunciar en la vida diaria nuestra fe. Quisiera mencionar aquí solamente un aspecto muchas veces descuidado de la predicación de Jesús: El anuncio del Reino de Dios es anuncio del Dios presente, del Dios que nos conoce y nos escucha; del Dios que entra en la historia para hacer justicia. Esta predicación es, por lo tanto, anuncio del juicio, anuncio de nuestra responsabilidad. El hombre no puede hacer o no hacer lo que quiere. Él será juzgado. Él debe dar cuenta de sus actos. Esta certeza tiene valor para los potentes así como para los simples. Donde ésta sea respetada, están trazados los límites de todo poder de este mundo. Dios hace justicia y sólo Él puede hacerlo a fin de cuentas.

 

El Juicio no es temor sino buena nueva

 

 


Esto podremos lograrlo mejor, cuanto más estemos en capacidad de vivir bajo los ojos de Dios y de comunicar al mundo la verdad del juicio. De esta manera, el artículo de fe del juicio, su fuerza de formación de las conciencias, es un contenido central del Evangelio y es verdaderamente una buena nueva. Lo es para todos aquellos que sufren por la injusticia del mundo y buscan la justicia. De esta modo se comprende también la conexión entre el "Reino de Dios" y los "pobres", los que sufren y todos aquellos de los cuales hablan las bienaventuranzas del discurso de la montaña. Estos están protegidos por la certeza del juicio, por la certeza de que hay justicia. Este es el verdadero contenido del artículo sobre el juicio, sobre Dios Juez: hay justicia.

 

Justicia garantizada

 

 


Las injusticias del mundo no son la última palabra de la historia. Hay justicia. Sólo quien no quiere que haya justicia puede oponerse a esta verdad. Si tomamos en serio el juicio y la seriedad de la responsabilidad que nos implica, comprenderemos bien el otro aspecto de este anuncio, es decir, la redención, el hecho que Jesús en la cruz asume nuestros pecados; que Dios mismo en la pasión del Hijo se hace abogado de nosotros, pecadores, haciendo así posible la penitencia, dando esperanza al pecador arrepentido, esperanza expresada de manera maravillosa en las palabras de San Juan: delante de Dios, tranquilizaremos nuestro corazón, cualquier cosa éste nos reproche. "Dios es más grande que nuestra conciencia, y todo lo conoce" (1 Jn 3, 19s).

 

Sólo con Dios el hombre es grande

 

 


La bondad de Dios es infinita, pero no debemos reducir esta bondad a una cosa melindrosa sin verdad. Sólo creyendo al justo juicio de Dios, sólo teniendo hambre y sed de justicia (cf. Mt 5, 6) abrimos nuestro corazón y nuestra vida a la misericordia divina. Se ve: no es verdad que la fe en la vida eterna hace insignificante la vida terrestre. Por el contrario. Sólo si la medida de nuestra vida es la eternidad, también esta vida sobre la tierra es grande y su valor inmenso. Dios no es el otro concursante de nuestra vida, sino quien garantiza nuestra grandeza. De esta manera volvemos a nuestro punto de partida: Dios. Si consideramos bien el mensaje cristiano, no hablamos de muchas cosas. El mensaje cristiano es en realidad muy simple. Hablemos de Dios y del hombre, y así decimos todo.

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Juan Pablo II: La relación especial entre la Inmaculada y los enfermos

CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 8 febrero 2004 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención de Juan Pablo II desde la ventana de su estudio dirigida a mediodía de este domingo a los miles de peregrinos congregados en la plaza de San Pedro del Vaticano para rezar la oración mariana del «Angelus».

¡Queridos hermanos y hermanas!

1. El próximo miércoles, 11 de febrero, memoria litúrgica de la Bienaventurada Virgen de Lourdes se celebrará la Jornada Mundial del Enfermo. Las celebraciones principales tendrán lugar precisamente en Lourdes, donde María Santísima se apareció a santa Bernadette Soubirous, presentándose como la «Inmaculada Concepción». En este año, además, se celebra el aniversario de los 150 años del dogma de la Inmaculada Concepción, proclamado por mi venerado predecesor, el beato Pío IX, de quien celebramos ayer la fiesta.

2. Es conocida la íntima relación que se da entre Nuestra Señora de Lourdes y el mundo del sufrimiento y de la enfermedad. En el Santuario, surgido en la gruta de Massabielle, los enfermos son desde siempre los protagonistas y Lourdes se ha convertido con el pasar de los años en una auténtica ciudad de la vida y de la esperanza. ¿Cómo podía ser de otro modo? La Inmaculada Concepción de María es, de hecho, la primicia de la redención realizada por Cristo y prenda de su victoria sobre el mal. Ese manantial de agua que surge de la tierra, en el que la Virgen invitó a beber a Bernadette, recuerda la potencia del Espíritu de Cristo, que regenera íntegramente al ser humano y le da la vida eterna.

3. Que la Virgen acompañe a quienes tomarán parte en los diferentes acontecimientos programados en Lourdes para los próximos días: los encuentros sobre la pastoral de la salud en los países de Europa y sobre la relación especial entre la Inmaculada y los enfermos. Ponemos en manos de la Virgen en particular la solemne celebración eucarística que será presidida por mi enviado especial, el cardenal Lozano Barragán, presidente del Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud.

Todo enfermo puede ser misionero


MADRID, jueves, 12 febrero 2004 (ZENIT.org).- Los enfermos pueden ser misioneros, aunque no puedan moverse de su cama, asegura Justo Amado, uno de los coordinadores de la Unión de Enfermos Misioneros, al concluir la Jornada Mundial del Enfermo, que este año tuvo por foco central de celebraciones Lourdes.
    «La respuesta hay que buscarla en el Bautismo -explica el coordinador en España en una entrevista concedida a la agencia Veritas-. Un cristiano en su esencia es un enviado para dar a conocer al mundo la buena Nueva».
    Pero, además, «el enfermo que tiene conciencia de su vocación cristiana ha de tener muy en cuenta el dogma del Cuerpo Místico, de la comunión de los santos -recuerda-. Su vida, sus actos, su oración, sus sacrificios y alegrías inciden en el resto de los miembros de este Cuerpo. Por lo tanto el enfermo no se convierte en misionero, ya lo es, pero debe tomar conciencia de ello».
    El Papa en la Redemptoris missio, la encíclica sobre la misión que escribió en 1990, pide que se ilustre a los enfermos «el valor del sufrimiento, animándoles a ofrecerlo a Dios por los misioneros». Ésta es la base de la Unión de Enfermos Misioneros.
    Esta institución nació en Francia en 1928. «Su fundadora fue Margarita Godet, una mujer llena de aspiraciones misioneras, pero que se encontraba inmovilizada por la enfermedad -recuerda Justo Amado-. Esto no la desanimó y se ofreció como "enferma misionera" al Seminario de Misiones Extranjeras de París, una institución importantísima en la historia misionera de la Iglesia, de donde desde el siglo XVII han partido cientos de misioneros a América, Asia, África y Oceanía».
    «Desde Francia, pronto comenzó a irradiarse hacia otras partes del mundo. En 1930 se fundó en Canadá el "Apostolado de los Enfermos". En el mismo año se estableció en Polonia, y en Italia se creó la "Unión del Apostolado de los Enfermos". En España comenzó de forma privada, hacia el año 1933, y nació canónicamente en 1940».
    «Pueden ser miembros de la Unión todos aquellos que, sea de una manera permanente o pasajera, se vean aquejados por una enfermedad, por una discapacidad de cualquier tipo o por las adversidades y achaques propios de la edad, o por dolores morales o de índole parecida», afirma el coordinador.
    «Esto quiere decir que cualquier persona que pueda ofrecer por las intenciones misionales sus padecimientos y adversidades, y su oración, puede convertirse ella misma en misionera en su ambiente -añade-. Todo aquel que se sienta invitado por el Señor a unirse al dolor redentor de Cristo con espíritu misionero para colaborar con los fines de esta asociación».
    La inscripción en la Unión de Enfermos Misioneros se realiza normalmente en la Dirección Diocesana de las Obras Misionales Pontificias (hay una en cada diócesis), de la que depende. Basta con preguntar en el obispado propio o dirigirse a la Dirección Nacional de las Obras Misionales.

Juan Pablo II: El Evangelio revela el significado del dolor


CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 11 febrero 2004 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención de Juan Pablo II en la audiencia general de este miércoles, Jornada Mundial del Enfermo.

1. Nuestra mirada se dirige hoy hacia el célebre santuario mariano de Lourdes, situado en los montes Pirineos, que sigue atrayendo a muchedumbres de peregrinos, entre los cuales muchas personas enfermas. Allí tienen lugar este año los actos principales de la Jornada Mundial del Enfermo, celebración que, según una costumbre ya consolidada, coincide precisamente con la memoria litúrgica de la Bienaventurada Virgen de Lourdes.
    Se ha escogido este Santuario no sólo por la intensa relación que le une con el mundo de la enfermedad y de los agentes de la pastoral sanitaria. Se ha pensado en Lourdes sobre todo porque en el año 2004 se celebran los 150 años de la proclamación del dogma de la Inmaculada, que tuvo lugar el 8 de diciembre de 1854. En Lourdes, en 1858, cuatro años después, la Virgen María, apareciéndose en la gruta de Massabielle a Bernardette Soubirous, se presentó como «la Inmaculada Concepción».

2. A los pies de la Inmaculada de Lourdes nos dirigimos ahora en peregrinación espiritual para unirnos a la oración del clero y de los fieles, y especialmente de los enfermos, allí reunidos. La Jornada Mundial del Enfermo constituye una intensa exhortación a redescubrir la importante presencia de quienes sufren en la comunidad cristiana, y a valorar cada vez más su preciosa aportación. Desde un punto de vista humano, el dolor y la enfermedad pueden parecer realidades absurdas. Sin embargo, cuando nos dejamos iluminar por la luz del Evangelio, se logra comprender su profundo significado salvífico.
    «De la paradoja de la Cruz surge la respuesta a nuestros interrogantes más inquietantes -he subrayado en el Mensaje para esta Jornada Mundial del Enfermo-. Cristo sufre por nosotros: carga sobre sí el sufrimiento de todos y lo redime. Cristo sufre con nosotros, dándonos la posibilidad de compartir con Él nuestros sufrimientos. Unido al de Cristo, el sufrimiento humano se convierte en medio de salvación» (n. 4).

3. Me dirijo ahora a quienes experimentan en el cuerpo y en el espíritu el peso del sufrimiento. A cada uno de ellos les renuevo mi afecto y mi cercanía espiritual. Quisiera, al mismo tiempo, recordar que la existencia humana es siempre un don de Dios, incluso cuando está marcada por padecimientos físicos de todo tipo; un «don» que debe ser valorizado por la Iglesia y por el mundo.
    Quien sufre no debe quedarse solo. En este sentido, quiero dirigir una palabra de sentido aprecio a quienes, con sencillez y espíritu de servicio, están junto a los enfermos, tratando de aliviar los sufrimientos, y, en la medida de lo posible, de liberarles de la enfermedad gracias a los progresos de la medicina. Pienso, de manera especial, en los agentes sanitarios, en los médicos, en los enfermeros, en los científicos y en los investigadores, así como en los capellanes de los hospitales, en los voluntarios. ¡Es un gran acto de amor cuidar a quien sufre!

4. «Sub tuum praesidium…», hemos rezado al inicio de nuestro encuentro. «Bajo tu amparo nos acogemos», Virgen Inmaculada de Lourdes, que eres para nosotros modelo perfecto de la creación según el plan originario de Dios. Ponemos en tus manos los enfermos, los ancianos, las personas solas: alivia el dolor, enjuga las lágrimas y alcanza para cada uno la fuerza necesaria para cumplir con la voluntad divina.
    Sé el apoyo de quienes alivian cada día las penas de los hermanos. Y ayúdanos a todos a crecer en el conocimiento de Cristo, que con su muerte y resurrección ha derrotado el poder del mal y de la muerte.

Nuestra Señora de Lourdes, ¡ruega por nosotros!

    A continuación, el Santo Padre dirigió su saludo a los peregrinos de América Latina y España. Estas fueron sus palabras.

Queridos hermanos y hermanas:
    Aunque la enfermedad y el dolor puedan parecer incomprensibles o absurdos con un criterio meramente humano, a la luz del Evangelio adquieren una gran riqueza salvífica y existencial. El creyente que sufre sabe que la vida es un don de Dios y que nunca le abandona, como no abandonó a su Hijo en los dramáticos momentos de la pasión y la cruz.     Además, su propia situación le asocia de una muy directa a Cristo, que sufrió por nosotros y sufre con nosotros, participando así en el misterio de la redención, fuente de gracia y salvación para toda la humanidad.
    Por eso es importante que la comunidad eclesial tenga en gran estima a estos hermanos y hermanas les preste toda la atención espiritual y humana que la caridad exige y ellos necesitan.
    Saludo a los peregrinos de lengua española, y exhorto a todos a valorar con espíritu cristiano el mundo del dolor y la enfermedad, así como a fomentar la cercanía y solidaridad con quienes más lo necesitan.


Queridos hermanos, el siguiente artículo, en la parte principal de la homilía, es excelente.
P. Justo Antonio Lofeudo MSLBS


Misa del nuncio por los 25 años del pontificado
Juan Pablo II: el hombre del silencio y de la palabra

Buenos Aires, NOV 13 (AICA): El nuncio apostólico, monseñor Adriano Bernardini, presidió esta tarde una misa en acción de gracias por los 25 años del pontificado de Juan Pablo II, concelebrada por todos los obispos que participan de la 86ª Asamblea Plenaria del Episcopado. El nuncio reflexionó sobre "la persona y la obra del Santo Padre como hombre del silencio y de la palabra", y destacó que el Papa "nos ha ofrecido en estos 25 años de Pontificado un auténtico ejemplo de 'palabra hablante', presentándose como 'hombre de palabra' además que como 'hombre de silencio'".


JUAN PABLO II: EL HOMBRE DEL SILENCIO Y DE LA PALABRA

Buenos Aires, NOV 13 (AICA): En el marco de la 86ª Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina, los obispos participantes se trasladaron a la basílica de Nuestra Señora de Luján, donde esta tarde el nuncio apostólico, monseñor Adriano Bernardini, presidió una misa en acción de gracias por los 25 años del pontificado de Juan Pablo II.
     El prelado reflexionó sobre "la persona y la obra del Santo Padre como hombre del silencio y de la palabra. Juan Pablo II nos ha ofrecido en estos 25 años de Pontificado un auténtico ejemplo de 'palabra hablante', presentándose como 'hombre de palabra' además que como 'hombre de silencio'".
     Monseñor Bernardini reconoció que lo que más le llama la atención del Pontífice es "su don especial de sumergirse en el silencio y, por tanto, su capacidad de saberse abstraer y adentrarse en si mismo. Con frecuencia da la impresión de estar hasta ausente de cuanto está ocurriendo o se está haciendo. En realidad no es otra cosa que un pasar, si bien momentáneo, del silencio a la oración y por tanto a la contemplación".
     Asimismo, "este gran Papa supo hacer brotar del silencio "la palabra hablante, luz para la entera Iglesia católica y para todos los hombres de buena voluntad".

     Además de despertar la admiración de los jóvenes, transmitió "una inquietud por la suerte del hombre: su tenaz defensa por la vida, contra el aborto, la pena de muerte y toda guerra. El mundo no la acoge, pero la escucha.
     La inquietud por el Evangelio lo empuja a hacerse misionero del mundo y dar lo mejor de sus energías en el intento de despertar el espíritu misionero de la Iglesia Católica".
     "En el movimiento ecuménico  -agrega-, se adecua perfectamente a las indicaciones del Concilio: llama 'hermanos mayores' a los hebreos y 'hermanos' a los musulmanes. Invita, tanto a unos como a otros, a la fiesta del Gran Jubileo. Mientras no esconde su oposición al comunismo, no es menos su rechazo de resignarse a la victoria del capitalismo. Y con aspecto temblante llega al 'mea culpa' por las responsabilidades históricas de los 'hijos de la Iglesia', llegando a la más valiente de sus denuncias". 

El valor del silencio
     El nuncio apostólico sostuvo que "uno de los más grandes delitos del tiempo en que vivimos es hacer desaparecer el silencio, hacerlo callar. El silencio da miedo. No deja dormir. Provoca escalofríos. Nos obliga a hacer cuentas inquietantes con nosotros mismos. Nos constriñe a escuchar los actos acusadores de una conciencia con frecuencia demasiado distraída. El silencio se convierte así en un fantasma a exorcizar".
     Explicó que "cuando se pierde el sentido del silencio, se pierde inevitablemente el sentido de la belleza, la capacidad de asombrarse, de abrirse a lo maravilloso". Pero aclaró que "el silencio no puede confundirse con el mutismo, que es una degeneración del silencio. El verdadero silencio no es nunca una actitud egoísta. El silencio egoísta es la máscara horrible de la prudencia, del cálculo, de la voluntad de no comprometerse, del deseo obsesivo de no tener problemas, del miedo a ponerse con la parte más débil, de la incapacidad de tomar posturas contra la injusticia".
     Por ello, subrayó que "el verdadero silencio es fruto de coraje, silencios santos más que costosos, para no herir, ni humillar. Es el silencio 'sacrifical' de Cristo en la Pasión, frente al escarnio, la calumnia, las acusaciones injustas".

Súplica a María
     Por último pidió a la Virgen que "nos ayude a recuperar la llave del silencio. Aquella llave que nos consiente penetrar en el misterio de nuestra vida, manteniendo fuera de la puerta la palabra incoherente. Que la Virgen de Luján nos haga ver cómo la oscuridad nos aleja de su Hijo y de la necesidad que tenemos de sumergirnos en la profundidad del silencio, si queremos ser envueltos en la luz de la Palabra de Dios".+


Queridos hermanos, esta noticia debería llegar a todos.

Un gran cariño, 
P. Justo Antonio

 

Homilía del Papa en su vigésimoquinto aniversario de pontificado
Renueva a Dios el don de sí mismo, «del presente y del futuro»
Reproducido con permiso de Zenit.org

CIUDAD DEL VATICANO, 20 octubre 2003 (ZENIT.org).- Publicamos la homilía que pronunció Juan Pablo II en la celebración eucarística de acción de gracias por su vigésimoquinto aniversario de pontificado el 16 de octubre.
     En algunos pasajes el Papa fue asistido en la lectura por el arzobispo Leonardo Sandri, sustituto para los Asuntos Generales de la Secretaría de Estado del Vaticano.

1. «"Misericordias Domini in aeternum cantabo" – Cantaré eternamente las misericordias del Señor...» (Cf. Salmo 88, 2). Hace veinticinco años experimenté de manera particular la misericordia divina. En el Cónclave, a través del Colegio cardenalicio, Cristo también me dijo, como en una ocasión a Pedro en el Lago de Genesaret: «Apacienta mis corderos» (Juan 21, 16).
     Sentía en mi espíritu el eco de la pregunta dirigida entonces a Pedro: «¿Me amas más que éstos?» (Cf. Juan 21, 15-16). ¿Cómo podía no temblar, humanamente hablando ¿Cómo no podía pesarme una responsabilidad tan grande?. Tuve que recurrir a la divina misericordia para que ante la pregunta: «¿Aceptas?», pudiera responder con confianza: «En la obediencia de la fe, ante Cristo mi Señor, encomendándome a la Madre de Cristo y de la Iglesia, consciente de las grandes dificultades, acepto».
     Hoy, queridos hermanos y hermanas, me es grato compartir con vosotros una experiencia que dura ya desde hace un cuarto de siglo. Cada día revivo en mi corazón el mismo diálogo entre Jesús y Pedro. En mi espíritu, contemplo la mirada benévola de Cristo resucitado. Él, a pesar de que es consciente de mi fragilidad humana, me alienta a responder con confianza como Pedro: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero» (Juan 21, 17). Y después me invita a asumir las responsabilidades que él mismo me ha confiado.

2. «El buen pastor da su vida por las ovejas» (Juan 10, 11). Mientras Jesús pronunciaba estas palabras, los apóstoles no sabían que hablaba de sí mismo. No lo sabía ni siquiera Juan, el apóstol predilecto. Lo comprendió en el Calvario, a los pies de la Cruz, al verle ofrecer silenciosamente la vida por «sus ovejas».
     Cuando llegó para él y para los demás apóstoles el momento de asumir esta misión, entonces se acordaron de sus palabras. Se dieron cuenta de que sólo por el hecho de haberles asegurado que Él mismo actuaría a través de ellos, serían capaces de cumplir la misión.
     De esto fue particularmente consciente Pedro, «testigo de los sufrimientos de Cristo» (1 Pedro 5, 1), que exhortaba a los ancianos de la Iglesia: «apacentad la grey de Dios que os está encomendada» (1 Pedro 5, 2).
     A través de los siglos, los sucesores de los apóstoles, guiados por el Espíritu Santo, han seguido reuniendo la grey de Cristo y guiándola hacia el Reino de los cielos, conscientes de poder asumir esta responsabilidad tan grande sólo «por Cristo, con Cristo y en Cristo».
     Esta misma conciencia la tuve cuando el Señor me llamó a desempeñar la misión de Pedro en esta amada ciudad de Roma y al servicio de todo el mundo. Desde el inicio del pontificado, mis pensamientos, mis oraciones y mis acciones han sido animadas por un único deseo: testimoniar que Cristo, el Buen Pastor, está presente y actúa en su Iglesia. Él está en continua búsqueda de cada oveja perdida, la vuelve a llevar al aprisco, cura sus heridas, atiende a la oveja débil y enferma y protege a la fuerte. Por este motivo, desde el primer día, no he dejado nunca de exhortar: «¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad!». Repito hoy con fuerza: «¡Abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo!». ¡Dejaos guiar por Él! ¡Confiad en su amor!.

3. Al iniciar mi pontificado, pedí: «Ayudad al Papa y a cuantos quieren servir a Cristo y, con la potestad de Cristo, servir al hombre y a toda la humanidad"». Mientras doy gracias junto a vosotros a Dios por estos veinticinco años, marcados totalmente por su misericordia, siento una necesidad particular de expresar mi gratitud también a vosotros, hermanos y hermanas de Roma y del mundo entero, que habéis respondido y seguís respondiendo de diferentes maneras a mi petición de ayuda. Sólo Dios sabe cuántos sacrificios, oraciones y sufrimientos se han ofrecido para sostenerme en mi servicio a la Iglesia. Cuánta benevolencia y atención, cuántos signos de comunión me han rodeado cada día. ¡Que el buen Dios os recompense a todos con generosidad! Os lo pido, queridos hermanos y hermanas, no interrumpáis esta gran obra de amor por el sucesor de Pedro. Os lo pido una vez más: ¡ayudad al Papa y a cuantos quieren servir a Cristo a servir al hombre y a toda la humanidad!

4. A ti, Señor Jesucristo,
único Pastor de la Iglesia,
ofrezco los frutos de estos veinticinco años de ministerio
al servicio del pueblo que me has confiado.
Perdona el mal realizado y multiplica el bien:
todo es obra tuya y a ti sólo se debe la gloria.
Con plena confianza en tu misericordia,
te presento hoy una vez más a quienes confiaste hace años
a mi atención pastoral.
Consérvalos en el amor, reúnelos en tu grey,
carga en tus espaldas a los débiles,
cura a los heridos, cuida a los fuertes.
Sé su Pastor, para que no se pierdan.
Protege la querida Iglesia que está en Roma
y a las Iglesias de todo el mundo.
Asiste con la luz y la potencia de tu Espíritu
a quienes has puesto al mando de tu grey:
que cumplan con empuje su misión de guías,
maestros, santificadores,
en la espera de tu retorno glorioso.
Te renuevo, por intercesión de María, Madre amada,
el don de mí mismo, del presente y del futuro:
que todo se cumpla según tu voluntad,
Pastor supremo, quédate entre nosotros,
para que podamos avanzar contigo seguros
hacia la casa del Padre [hacia la casa del Padre, repitió].
Amén.

[Traducción del original italiano realizada por Zenit]
ZS03102020


Fuertes testimonios de conversión. Testimonio acerca del Rosario
Los siguientes testimonios han sido extraído de ZENIT, El mundo visto desde Roma, Agencia de Noticias.

Católicos apóstatas vuelven a la Iglesia
Testimonios en el Congreso de Conversos «Camino a Roma» en Ávila

MADRID, 13 octubre 2003 (ZENIT.org-VERITAS).- Hombres y mujeres cuya vida cambió al encontrarse con la Iglesia católica se dieron cita este fin de semana en Ávila en un congreso organizado por «Miles Jesu» bajo el lema «Camino a Roma».
     La iniciativa se clausuró el domingo con una eucaristía en la catedral presidida por el obispo de Ávila, monseñor Jesús García Burillo y el Fundador y Director General de Miles Iesu, el padre Alfonso María Durán.
     El Canciller Secretario de la diócesis de Ávila, el padre Miguel García Yuste, se preguntó en su discurso inaugural si era «necesario "Camino a Roma" en España», país en el que la gran mayoría de la población es de origen católico.
     A lo que respondió diciendo que «todos tenemos algún familiar que ha salido de la Iglesia católica» y que «es necesario fortalecer y defender nuestra fe».
     El padre fundador de Miles Jesu sostuvo durante su intervención que «Camino a Roma» se fundó para dar a conocer «las buenas noticias de la Iglesia católica» que lejos de debilitarse, «crece y se fortalece». A quienes creen que «la Iglesia ya no es lo que era», el padre Durán responde «no, es más y mejor».
     Para ilustrarlo, afirmó que «cada año entran en Estados Unidos, 75.000 nuevos católicos en la Iglesia, que aumenta el número de vocaciones sacerdotales en Ucrania, o que crecen los jóvenes intelectuales que se convierten al catolicismo en Finlandia».
     Aunque durante el Congreso presentaron su experiencia algunos extranjeros que se convirtieron al catolicismo provenientes de otras religiones o sectas, la particularidad de esta convocatoria en Ávila han sido los testimonios de españoles que habiendo nacido en familias católicas y habiéndose educado en colegios religiosos, abandonaron la Iglesia durante mucho tiempo antes de volver a ella.
     Todos los conversos insistieron durante el Congreso en la necesidad de una sólida formación basada en las Sagradas Escrituras y el Catecismo de la Iglesia Católica; en la devoción a la Virgen María, y en la formación continuada desde la infancia para mantener y acrecentar la fe.

Algunos testimonios
     Antonio Carrera, católico de nacimiento, dejó la fe de sus padres para hacerse Testigo de Jehová durante trece años en Bilbao, actualmente es Secretario de la Asociación de Afectados por Sectas. Según Carrera, él y su esposa cayeron en la secta de los Testigos de Jehová «por desconocimiento de nuestra fe».
     «La fe que teníamos hace 60 años era poca, pero era suficiente porque no había tantos "lobos". Hoy, tenemos que documentarnos y hacernos teólogos si queremos salir bien librados», afirma.
     Este converso cree que lo salvó «sus ansias de Dios», y sostiene: «yo no buscaba la verdad, sino la Iglesia de Dios». «Pablo dice a Timoteo que la Iglesia es columna y fundamento de la verdad, si la quitamos nos quedamos también sin la verdad. Nuestros hermanos separados hablan mucho de Cristo, pero esto sin la Iglesia es cortar el cuerpo a la cabeza», añade.

     Javier Leal buscó durante 25 años en la Filosofía y las religiones orientales lo que solamente encontró al final en la Iglesia católica. «Heredé el catolicismo tibio de mis padres, seguramente lo que perdí fue una fe muy débil, que a lo mejor ni era fe», afirma.
     En la filosofía y el conocimiento encontró que «lo humano» le aburría, «quería algo más que lo humano». Por eso inició su búsqueda en las religiones orientales. En el budismo tibetano encontró que «no se hablaba de Dios, sino del desarrollo de la persona»; en el hinduismo, su convicción de que la verdad tenía que ser una, no casaba con un panteón politeísta.
     Javier Leal se refirió a algunos momentos decisivos en su camino de
conversión: un Padrenuestro rezado cuando aún no tenía fe para buscar alivio a una crisis sentimental; un libro que cayó en sus manos y en el que se hablaba de la Virgen y del Rosario, «esa oración que yo creía de niños, de viejas y de abuelitas de la Iglesia».
     El consejo de intelectuales que encontró fortuitamente le hicieron reemprender su «camino a Roma». Uno de ellos, al que encontró en una librería,  le dijo «lo mejor no lo encontrarás en los libros sino en la Iglesia católica»; el otro, un ermitaño que vivía la pobreza, la castidad y la obediencia, y al que encontró también de manera inesperada le aseguró: «tienes que abandonar el conocimiento que has adquirido y abrazar la fe católica».
     Este converso cree que el cambio definitivo se produjo cuando empezó a rezar el Rosario. «Fue el Rosario el que me convirtió, y aconsejaría a cualquiera que lo rezara. El Rosario y la Virgen me llevaron al Hijo de Dios vivo», sostiene.

     Francisco Javier Casale se sintió atraído de niño por las cosas religiosas, recuerda que «salía como "volando" de las confesiones, y en casa jugaba a decir Misa", pero creció en un "entorno tibio, ateo y hasta anticlerical", que se encargó de destruir su incipiente religiosidad cambiándolo "de un colegio religioso a otro laico, donde perdí la fe"».
     Casale considera que existen dos tipos de sectas, las explícitas, como los testigos de Jehová; y las implícitas, «que son la modernidad, el éxito social, la competitividad, etc.». «Esta era mi religión», confiesa.
     En un momento dado, decidió poner un freno a su «estresada vida», aunque a pesar de algunos síntomas no había pensado todavía en una salida religiosa. Cuando lo manifestó durante una cena entre amigos, uno de ellos, «el más callado», le dijo «lo que estés buscando, búscalo con humildad».
     Casale sintió una moción espiritual que le hacía ver con naturalidad que si hablaba castellano porque había nacido en España, también podía encontrar lo que buscaba lejos a cincuenta metros de su casa, en la parroquia más cercana.
     Lo hizo, y le dijo al sacerdote que lo recibió: «hace más de 40 años que estoy alejado de la Iglesia y quisiera volver». Casale afirma que en este momento «ya había dado el primer paso, la puerta estrecha de la que habla el Evangelio, se había abierto».
     Francisco Casale rezó entonces su primer Padrenuestro «como creyente» y leyó por recomendación del sacerdote la Parábola del hijo pródigo. «Con qué intensidad hermanos vivo que el Padre se adelantó, me abrazó y me cubrió de besos; me siento amado por Dios», expresó emocionado.
     Casale ha descrito su conversión como un «auténtico milagro interior», porque "si me hubieran restituido un brazo roto, de todas formas acabaría pudriéndose cuando muriera, pero si soy fiel a lo que llevo dentro, esto será para la vida eterna".
     Este catalán no ha obviado las dificultades de la conversión, afirmó incluso que asistió a su primera Misa «a escondidas», pero explica que «no soy una lavadora a la que se le cambie un programa».
     Finalmente, al realizar el Camino de Santiago, sintió una nueva moción en la que Dios le decía «Yo ya te he perdonado, ahora hazlo tú».

     Por su parte, Luis Fernando Pérez, que había estudiado en buenos colegios católicos, pidió en el Congreso que «seamos sensibles a los niños, porque hay vocaciones que nacen en la infancia y que se pierden negligentemente».
     Pérez confiesa haber caído en el «gran engaño de Satanás a los primeros padres de ser como dioses» a una edad, los 18 años, «en la que eso te interesa, porque el ego está engordando». Así cayó en el esoterismo y la Nueva Era.
     Su primer paso al cristianismo se produjo a través de los protestantes, en esta etapa de su vida llegó a creer que el Papa era el anticristo y dijo a su madre que «Fátima y Lourdes eran apariciones satánicas».
     Luis Pérez comenzó «una caza y captura de católicos a través de Internet, donde hizo caer a muchos que tenían una insuficiente formación», hasta que encontró a un católico que le dijo que «el baluarte de la Verdad era la Iglesia católica».  «Me hizo ver que una Biblia infalible necesitaba una Iglesia infalible», añade.
     Pérez vive  ahora intensamente la unidad de la Iglesia y dice que al estudiar la historia de la Iglesia se dio cuenta que «la división era el mayor pecado desde los inicios». Este converso cree que ante las dificultades en la Iglesia, «Dios ha enviado santos y no cismáticos; la Iglesia no está hecha a nuestra imagen y semejanza, sino a la de Cristo».
     El paso fundamental de su conversión se produjo cuando llevó a su madre enferma a Lourdes: «llegue con una madre y volví con dos», afirma.
     «La Iglesia de Cristo está llena de tesoros, no sabemos lo que tenemos. En España hay más protestantes dentro de la Iglesia que fuera, no hay otra forma de ser fieles a la Iglesia que siendo fieles a su Magisterio», sostiene Pérez.
     «Ser protestantes es juzgar las doctrinas de la Iglesia y no dejar que la Iglesia juzgue tus doctrinas», añade.

Miles Jesu
     Miles Jesu, hijos e hijas militantes del Inmaculado Corazón de Nuestra Señora de la Epifanía, es un instituto laico fundado por el padre Alfonso María Durán en 1964. Como Familia Eclesial de Vida Consagrada tiene 27 casas en 14 países con más de 1000 asociados, entre los que se encuentran obispos, sacerdotes, hombres y mujeres laicos consagrados al celibato, y miembros casados.
     El padre Durán nació en Madrid en 1931. En 1949 ingresó en el seminario de los Misioneros claretianos; en 1956 fue ordenado sacerdote y en 1982 transfirió sus votos perpetuos a los del nuevo Instituto fundado por él.
     En 1996 inició la serie de Congresos «Camino a Roma», como medio para promover la unidad en la Iglesia y dar la bienvenida a quienes entraban en la Iglesia católica.
Más información: http://www.milesjesu.com
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La Asunción de María
     La que sigue es una carta de P. Saunders, párroco de "Reina de los Apostóles" y presidente del Instituto de Notre Dame, ambos de Alexandria, EEUU. La misma responde algunas cuestiones acerca del paso de María de esta vida a la celestial.

     Algunos sostienen que murió, otros opinan que su cuerpo y su alma fueron asumidos, llevados al Cielo sin pasar por la muerte. Nosotros sabemos que Ella le dijo a los videntes que fue llevada al Cielo sin pasar por la muerte.
     El Papa Pío XII, dirigiéndose a una exultante multitud de más de medio millón de personas que llenaban la Plaza San Pedro, solemnemente definió el 1° de Noviembre de 1950 en Munificentissimus Deus que: la "Inmaculada Madre de Dios, la siempre Virgen María, habiendo cumplido el curso de su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial".
     Aunque la definición solemne pudo haber estado en el centro del siglo XX, la creencia en la Asunción de Nuestra Madre Santísima es un ejemplo de la dinámica de la revelación y de la comprensión de la Iglesia que, guiada por el Espíritu Santo, hace de ella.
     María fue libre de todo pecado, incluyendo el pecado original, por una gracia especial de Dios Altísimo. El Arcángel Gabriel la reconoció como “llena de gracia”.
     María había sido elegida para ser la Madre de nuestro Salvador. Por el poder del Espíritu Santo “la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros".
     María siempre presentó a Nuestro Señor a los otros: a Isabel y a su hijo, Juan el Bautista, que dio un brinco de gozo en el seno de su madre ante la presencia del Señor estando también él en el seno de la suya; a los sencillos pastores así como a los sabios Magos; a las personas de Caná, cuando Nuestro Señor respondió al deseo de su Madre y obró su primer milagro.
     María permaneció al pie de la Cruz con su Hijo, sosteniéndolo y compartiendo sus sufrimientos con su amor como sólo una madre podría hacerlo. Finalmente, estuvo con los Apóstoles en Pentecostés, cuando el Espíritu Santo descendió y la Iglesia que había nacido en el Gólgota se hizo viva.
     María fue la sierva fiel de Dios que íntimamente vivió el nacimiento, vida, muerte y resurrección de Nuestro Señor.
     Por todas estas razones creemos nosotros que las promesas que Nuestro Señor nos ha dado a cada uno de compartir la vida eterna, incluyendo la resurrección de los cuerpos, fueron realizadas en María. Dado que María era libre del pecado original y de sus efectos (uno de los cuales es la corrupción del cuerpo en la muerte), que Ella compartió íntimamente la vida del Señor y su Pasión, muerte y Resurrección, y dado que estuvo presente en Pentecostés, esta discípula modelo con toda propiedad compartió la resurrección corporal y la glorificación del Señor al final de su vida (Nótese que la definición solemne no especifica si María físicamente murió antes de ser asumida o si simplemente fue asumida, sólo dice: “María, habiendo cumplido el curso de su vida terrenal...")
     El Catecismo de la Iglesia Católica, citando la liturgia bizantina, dice:
     “La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos:
     En el parto te conservaste Virgen, en tu tránsito no desamparaste al
mundo, oh Madre de Dios. Te trasladaste a la vida porque eres Madre de   la Vida, y con tu intercesión salvas de la muerte nuestras almas"
(Liturgia, No. 966). Los cristianos orientales hablan de Dormición de la Virgen.
     La creencia en la Asunción de la Virgen es de larga data en nuestra Iglesia. Debemos recordar que la Iglesia primitiva estaba preocupada en resolver cuestiones relativas a la persona de Cristo, particularmente su Encarnación y la unión hipostática (la unión en una sola persona de las dos naturalezas: la divina y la humana). Sin embargo, respondiendo a esas cuestiones, la Iglesia gradualmente fue definiendo los títulos de María, como Madre de Dios y como nueva Eva, y la creencia en la Inmaculada Concepción, todas las cuales forman la base para la Asunción.


¡Celebración del Cumpleaños de la Santísima Virgen!

 

     Nuestra Madre cumple años.  Este 5 de Agosto cumple 2019 años. Alguien podría preguntarse cómo es posible cumplir años cuando se vive en la eternidad, en la plenitud de todos los bienes. En cierto modo es cierto, pero también es cierto que desde su eternidad y gloria Ella, por ser la Madre y nosotros sus hijos, no se desentiende de nuestra realidad y la vive junto a nosotros. Tanto esto es así que desde su Asunción al Cielo no ha dejado de visitarnos para mostrarnos su cercanía, su amor, su protección y aún su preocupación por los caminos equivocados que emprendemos, y para guiarnos hacia Dios. Así, hace 22 años que Ella está presente en Medjugorje, cada día y todos los días, desde aquel 24 de Junio de 1981. Viene a orar con y por nosotros, a enseñarnos cuál es el camino de la salvación y de la verdadera felicidad, ya aquí en la tierra y luego en el Cielo, y a conducirnos, paso a paso, por ese camino. Por eso, como su vida gloriosa está inclinada sobre la tierra, donde están sus hijos muy queridos, es desde aquí que medimos el tiempo del mayor don que Dios nos has hecho luego de haberse dado a Sí mismo (y de haberlo hecho a través de María!). Son 2019 años del nacimiento de María Inmaculada, de la llena de gracia, los que celebramos. Al celebrarlos elevamos nuestra gratitud y nuestra alabanza a Dios Todopoderoso que es su Padre Creador, su Hijo Redentor, y su Esposo Paráclito.

 

Y a Vos, Beata y Gloriosa Virgen María, llenos de amor y gratitud te decimos: Feliz cumpleaños, Mamá!

 

Mensajeros de la Reina de la Paz

Grupo Magnificat
Misioneros de María Reina de la Paz


¡22° Aniversario de las Apariciones

de la Santísima Virgen en Medjugorje!

 

     Hace 22 años, el 24 de junio de 1981, día del nacimiento de San Juan Bautista, la Santísima Virgen y Madre de Dios aparecía por vez primera en Medjugorje, en la colina del Podbrdo. Los chicos, que la observaban de lejos sin atreverse a ir hacia Ella, veían que llevaba “algo” en sus brazos. Seguramente no era “algo” sino “Alguien”, y más precisamente a Aquél por quien todas las cosas han sido creadas, Aquél a quien Ella había traído al mundo dos milenios atrás y a Quién volvía ahora a presentarnos. La Virgen hacia un gesto: tapaba y destapaba a Quién tenía en sus brazos. Acaso venía a develar un misterio, a mostrarle al mundo que Dios existe y que se hizo hombre, y que nació de su seno y que vino a rescatarnos de la muerte, del pecado, de satanás.

 

     Desde aquel día no ha dejado de faltar a la cita. Diariamente desde Medjugorje visita a sus hijos de todo el mundo. Para ser exactos, viene allí donde los videntes estén en ese momento. Porque seis son los videntes: Marja, Vicka, Ivanka, Mirjana, Ivan y Jacob, y algunos de ellos van por el mundo para testimoniar que la Virgen sigue apareciéndose para llamar a sus hijos a la salvación, es decir, para llevarlos a Jesús, el Salvador.

 

     No todos los videntes la ven todos los días, sólo Vicka, Ivan y Marja. Pero todos han recibido los mensajes de la Reina de la Paz y que deben hacer conocer. Son mensajes de paz -Ella misma se ha dado a conocer como Reina y Madre de la Paz-, mensajes de reconciliación.  

 

     Para alcanzar el don de la paz es necesario convertirse mediante la oración del corazón, mediante el ayuno del corazón. Es preciso acercarse a la Casa de Dios, que es la Iglesia, al sacramento de la confesión (al menos una vez al mes) porque así se logra la reconciliación con Dios y con los demás, al de la comunión viviendo el misterio y el sacrificio de la Santa Misa, a la lectura de las Sagradas Escrituras (pide la Virgen que sea cada día).

     María viene a llevarnos a Jesús, a hacernos crecer en la intimidad con su Hijo mediante la oración del Rosario meditada, mediante la Palabra contemplada, atesorada, mediante la Adoración en la Presencia Eucarística del Señor.

 

     Si tantos son los años de sus diarias visitas es porque la Reina de la Paz ha querido no sólo dejar sus mensajes sino acompañarnos a vivirlos. Medjugorje es una escuela de espiritualidad que se ha irradiado a todo el mundo. Son ya millones en el mundo los hijos consagrados a María que caminan tomados de su mano, que han hecho su morada en su Corazón.

 

     En este nuevo aniversario queremos expresar toda nuestra gratitud al Señor por permitir que su Madre venga a nosotros y continúe haciéndolo todos los días. Queremos elevar nuestra alabanza y rendir honor a Quien es Dios misericordioso, Quien hace nuevas todas las cosas y se complace en renovar los corazones por medio de su Madre. ¡A Él todo el honor, la gloria, la alabanza y la adoración!

 

A ti, Gospa querida, Madre nuestra, te decimos:

¡Todos tuyos!

 

Mensajeros de la Reina de la Paz

Grupo Magnificat
Misioneros de María Reina de la Paz


EL ROSARIO Y EL SANTO PADRE

Incorporación de nuevos misterios: Misterios de la Luz

 

     El Santo Padre Juan Pablo II fundamenta en su Carta Apóstolica Rosarium Virginis Mariae el porqué de la innovación del Rosario.

     En primer lugar señala que el Rosario, aunque se caracteriza por ser oración mariana, está centrado en Cristo. En este documento nos llama a profundizar la oración en la escuela de María y a revestir al Rosario de toda su belleza rezándolo con unción, meditando los misterios para contemplar, a través de ellos, el Rostro de Cristo.

     Recuerda luego cómo el Rosario ha sido desde antiguo oración de la Iglesia y cómo los Papas la practicaron, promovieron y recomendaron, como ha sido el caso de León XIII quien indicó al Rosario como instrumento espiritual eficaz ante los males de la sociedad. Recuerda también el Santo Padre su propia experiencia y los momentos de alegría y de tribulación en los que el Rosario lo acompañó a lo largo de su vida.

     Aborda asimismo un tema crítico: la urgencia de afrontar las objeciones que se hacen a la antigua devoción en el sentido de que algunos en la Iglesia, al no valorar adecuadamente la importancia del Rosario, piensan que la centralidad en la Liturgia tenga como consecuencia un desmedro de la santa práctica, y otros temiendo que la oración, al ser mariana, pueda ser un detrimento al ecumenismo. Como el mismo Romano Pontífice lo demuestra, ni una ni otra postura es cierta, porque el Rosario sostiene y prepara lo litúrgico y está todo dirigido al misterio de Cristo.

 

     Sin embargo, el motivo más importante para reproponer con determinación la práctica del Rosario es, ante todo, el buscar que las comunidades cristianas se conviertan en auténticas escuelas de oración a través de la contemplación del misterio de Cristo, al que lleva necesariamente esta oración.

 

     A esas razones se suma la urgencia de implorar a Dios el don de la paz y la unidad de la familia, ambas –paz y unidad- cada vez más amenazadas en el mundo de hoy. También por ello, junto a la incorporación de los misterios de la luz, el Santo Padre ha instituido el Año del Rosario, que es el año que va de octubre de 2002 a octubre de 2003.

 

     En la Carta Apostólica se alude también a las grandes apariciones de los siglos XIX y XX, en particular a Lourdes y Fátima -donde la Madre de Dios ha exhortado al Pueblo de Dios a recurrir al rezo del Rosario-, y a sus santuarios donde los peregrinos van en busca de consuelo y esperanza.

     Luego de recordar que son innumerables los santos que encontraron un auténtico camino de santificación en el Rosario, entre ellos san Luis María Grignion de Monfort y san Pío de Pietrelcina, el Santo Padre llama nuestra atención sobre el Rosario que nos lleva a contemplar al Rostro de Cristo de una manera única: con María y desde María, modelo Ella misma de contemplación.

 

     María propone continuamente a los creyentes los misterios de su Hijo y esto hace del Rosario una oración marcadamente contemplativa. Precisamente, Pablo VI decía que “sin contemplación, el Rosario es un cuerpo sin alma”.

     Rezar el Rosario es recordar a Cristo con su Madre, en el que el recuerdo de aquellos acontecimientos de la salvación el pasado se vuelve hoy, un “hoy” que salva.

     El Rosario es el camino de María, mujer de fe, de silencio y de escucha. Recorrer con Ella las escenas del Rosario es participar de la escuela de María para penetrar los secretos del Hijo, para entender su mensaje salvífico, es poner nuestros afanes en los corazones misericordiosos de Cristo y de su Madre.

     El Rosario es a la vez meditación y súplica. La oración incesante, martillante, a la Madre de Dios es dicha con confianza en su materna intercesión, que, ante el Corazón de su Hijo, todo lo puede.

     La Madre de Dios nos enseña, nos lo hace evidente en sus apariciones, que ruega con nosotros y por nosotros.

 

Los nuevos misterios

     Una vez expuestas algunas de las razones que hacen a la riqueza, importancia y necesidad de volver a impulsar la práctica del Santo Rosario, el Santo Padre fundamenta la incorporación de los nuevos misterios en una laguna que se debía llenar: la del tiempo de la vida pública del Señor, que corresponde a lo que media entre los misterios gozosos y los de dolor, y a los que él llama “misterios de la luz”. Es sobre todo en el Evangelio de san Juan que Jesús se manifiesta en su vida pública como la luz.

     Estos misterios son: 1. su Bautismo en el Jordán; 2. la revelación de sí mismo en las bodas de Caná; 3. su anuncio del Reino de Dios invitando a la conversión; 4. su Transfiguración; 5. la institución de la Eucaristía.

 

Cómo orar y cuándo

     Para la meditación de los misterios deberemos apoyarnos en los relatos evangélicos.

     En cuanto al modo propuesto por el Papa, nos dice que es útil que al enunciado del misterio siga la proclamación del pasaje bíblico correspondiente, dejando hablar a Dios a través de la Escritura.

     Asimismo aconseja que después de enunciar el misterio y proclamar la Palabra, esperemos unos momentos antes de iniciar la oración vocal, para fijar la atención sobre el misterio meditado.

     Recuerda que el Padrenuestro hace que la meditación del misterio, aun cuando se rece en soledad, sea una experiencia de Iglesia. También llama la atención en que el Avemaría en su primera parte expresa la admiración del cielo y de la tierra acercándonos a la complacencia de Dios que habla por medio del Arcángel y del Espíritu Santo en Isabel, y que el centro de esta oración es el nombre de Jesús, único nombre por el que podemos ser salvados. Repetir el nombre de Jesús junto con el de su Madre Santísima –continúa diciendo el Santo Padre- significa penetrar cada vez más profundamente en la vida de Cristo. Finalmente, de María Madre de Dios deriva la súplica en la que confiamos a su materna intercesión nuestra vida y la hora de nuestra muerte.

     En cuanto al Gloria, al finalizar cada decena, nos dice que es importante que sea resaltado, sugiriendo sea cantado en el rezo público.

     También nos invita a que cada misterio concluya con una oración dirigida a alcanzar los frutos específicos de la meditación del misterio.

 

     Por último, aconseja el Santo Padre que el día para el rezo de estos misterios de luz sea el jueves y que el día sábado sea el de los misterios gozosos, permaneciendo el resto de los días de la semana como hasta ahora.

 

     Concluye la carta apostólica con la siguiente cita de la súplica a la Reina del Santo Rosario, del Beato Bartolomé Longo: «Oh Rosario bendito de María, dulce cadena que nos une con Dios, vínculo de amor que nos une a los Ángeles, torre de salvación contra los asaltos del infierno, puerto seguro en el común naufragio, no te dejaremos jamás. Tú serás nuestro consuelo en la hora de la agonía. Para ti el último beso de la vida que se apaga. Y el último susurro de nuestros labios será tu suave nombre, oh Reina del Rosario de Pompeya, oh Madre nuestra querida, oh Refugio de los pecadores, oh Soberana consoladora de los tristes. Que seas bendita por doquier, hoy y siempre, en la tierra y en el cielo».Amén.


CARTA APOSTÓLICA ROSARIUM VIRGINIS MARIAE
DEL SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II
AL EPISCOPADO, AL CLERO Y A LOS FIELES
SOBRE EL SANTO ROSARIO

Fecha publicación: 16-10-2002


Ver el texto completo en: Zenit.org


Navidad: Mensajes de la Santísima Virgen


     "Comiencen invocando cada día al Espíritu Santo. Lo más importante es rezarle al Espíritu Santo. Cuando el Espíritu desciende a la tierra entonces todo se vuelve claro y cada cosa es transformada".
     Los videntes le preguntaron cuándo debía celebrarse la Misa de Navidad. “Que la celebren a medianoche. Oren! Vayan en la paz de Dios” fue su respuesta (10 de enero de 1983)

     Con respecto al Purgatorio dijo: “En el Purgatorio hay distintos niveles; el más bajo está cerca del Infierno y el más alto gradualmente lleva al Cielo. No es el día de los Fieles Difuntos sino en Navidad cuando el mayor número de almas abandona el Purgatorio”.
     Para un Adviento, la Santísima Virgen había pedido a la Parroquia de Medjugorje que cada uno dejara una flor en el pesebre de la Parroquia como signo de su amor hacia Jesús por nacer.
     También es el momento para que, junto a la flor, hagamos el propósito de una vida de mayor compromiso cristiano, algo que debamos darle al Señor o de lo que debamos despojarnos durante ese año, o también para sanar heridas por falta de perdón y dar nuestro perdón.

     Nuestra Madre en Guadalupe le decía al indio Juan Diego “Oye y ten entendido, hijo mío, el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige. No se turbe tu corazón ni te inquiete cosa alguna. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? No soy tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más deseas? No te lamentes ni te turbes por nada". También a nosotros nos está diciendo lo mismo en este tiempo. María desciende para engendrar en el indio la fe y el amor a Jesucristo, nuestro Señor. Desciende para auxiliar, para decirle al indio que jamás ha de estar solo. Ayer en el cerrillo del Tepeyac, hoy en Medjugorje. Por eso Medjugorje es Belén, es Ain Karim, es el lugar de la presencia bendita de la Madre de Dios.

     Te alabamos y bendecimos Señor, porque enviaste a tu Madre para llamarnos a la fe, para infundirnos esperanza y para enseñarnos a amar.


Oración a Nuestra Señora de Guadalupe
     Recuerda, Oh agraciadísima Virgen de Guadalupe, que en tus apariciones en el cerro del Tepeyac, prometiste mostrar piedad y compasión a todos los que amándote y confiando en Vos, buscan tu protección y ayuda. De acuerdo con ello, escucha ahora nuestras súplicas y concédenos consuelo y alivio. Estamos plenos de esperanza de que, confiando en tu ayuda, nada pueda perturbarnos o afectarnos.

     Así como has permanecido con nosotros por medio de tu admirable imagen, así también ahora obten para nosotros las gracias que necesitamos. Amén.

Como a Belén llegaste a dar a luz al Hijo,

del Padre la sustancia, de tu carne vestido,

al Tepeyac desciendes por engendrar al indio

al amor de una patria y a la fe en Jesucristo.

 

Diego cree que en su ayate va una carga de rosas,

que a vista del obispo como argumento arroja,

sólo una Rosa impresa de tez morena asoma,

a pinceles pintada por Quien pintó la aurora.

 

Oh Señora, ven en pronta ayuda de la humanidad.

     Estas alabanzas y oraciones ponemos a tus pies, Oh Virgen de las vírgenes! Oh Dulcísima María!


Tiempo de gozo, tiempo de esperanza, tiempo de gracia...!
(Extraído del Boletín Nro. 31 de Magnificat)

     ¡Queremos desearles que la felicidad que inundó vuestros corazones con la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo los acompañe permanentemente en el transitar de este nuevo año! Otra vez, la Reina de la Paz nos reafirma en el mensaje dado el 25 de diciembre, que este es un tiempo de gracia. Nos toca a nosotros, sus hijitos, después de tanta insistencia de la Madre, sentir y palpar esa gracia en nuestras vidas. ¿Te has dado cuenta de cuáles te ha regalado el Señor, hermano? Y si aún María nos dice que es también un tiempo de grandes pruebas para quienes queremos seguir por el camino de la paz, no deben quedarnos dudas de que una de esas gracias radica en encontrar la paz en medio de las tribulaciones. 
     La Iglesia ha ubicado en el primer día del año a María como Madre de Dios, pues ¿qué mejor garantía para avanzar otro año más, sin vacilaciones por el camino de la paz, que hacerlo de la bendita mano de María? “¡...María, llévanos de tu mano, llévanos a tu Hijo, muéstranos la verdad...! No debe dejar de resonar en nuestro interior la voz de la Madre diciéndonos “Yo estoy con ustedes...” ¡Qué hermosa manifestación de amor y de maternidad nos brinda La Reina del Cielo en cada mensaje! ¿Cómo poder apartarnos de su cercanía? Consagrémosle este año recién iniciado para vivirlo “con María, en María, por María y para María”, según nos enseñara San Luis María Grignion de Montfort: “...Ya que por amor a María se reduce uno a la esclavitud, esta querida Señora le ensancha y dilata en recompensa el corazón, y le hace marchar a pasos de gigante por el camino de los mandamientos de Dios. Ahuyenta el disgusto, la
tristeza, el escrúpulo...” ("El secreto de María", San Luis María Grignion de Montfort). 
     ¡Cuántas veces la Madre nos ha dicho “abran el corazón... oren con el corazón...” ¡Por eso, Madre, haznos esclavos tuyos, pues esa es la clave para la eterna alegría y para que cada vez ensanchemos más el corazón! El pecado es aquello que nos oscurece y entristece el alma, y la esclavitud mariana pretende conducirnos hacia la santidad, alejándonos del mal. Aunque parezca sencillo, “...lo difícil es entrar en el espíritu de Ella, que es hacer que el alma en su interior dependa y sea esclava de la Santísima Virgen y de Jesús por Ella...”. Sintetizando las instrucciones de esta perla que San Luis María nos ha legado, podemos decir que: “...hacer todas las acciones con María... es ...tomar a la Virgen Santísima por modelo acabado en todo lo que se ha de hacer”; “...hay que recurrir a la Virgen Santísima y unirse a sus intenciones, aunque no se conozcan; hay que unirse por María a las intenciones de Jesucristo, es decir, ponerse en manos de la Santísima Virgen como instrumento, para que Ella obre en nosotros... para gloria del Padre...”; “...hacer todas las cosas en María... es ...irse acostumbrando a recogerse dentro de sí mismo... Ella será para el alma oratorio en que dirija a Dios sus plegarias... Si ruega será en María; si recibe a Jesús en la Sagrada Comunión le meterá en María para que allí tenga Él sus complacencias...”; “Jamás hay que acudir a Nuestro Señor, sino por medio de María, por su intención y su crédito para con Él...”, “...hacer todas las acciones para María... es ...que como esclavos que somos de esta augusta Princesa, no trabajemos más que para Ella, para su provecho y gloria, como fin próximo y para Gloria de Dios, como fin último...”.  
    
¿Y cuál es el modo de trabajar para María? Ella misma nos lo confirma en el último mensaje y en muchos de los anteriores: “oren, oren, oren, no con palabras sino con el corazón. Vivan mis mensajes y conviértanse. Sean conscientes del don que Dios me ha concedido al permitirme estar con ustedes...”. Entonces sabemos que no nos pide nada que no podamos cumplir; simplemente, escucharla, orar y aprender a reconocernos pecadores y animarnos a cambiar según esa imagen de santidad que Ella va forjando en nuestro interior. “Lo que de ti quiere Dios, alma, que eres su imagen viva, comprada con la Sangre de Jesucristo, es que llegues a ser santa, como Él, en esta vida, y glorificada, como Él en la otra ...no resistas a Dios, dejando de hacer aquello para que te ha creado y hasta ahora te conserva. ¡Qué obra tan admirable! El polvo trocado en luz, la horrura en pureza, el pecado en santidad, la creatura en su Creador, y el hombre en Dios. Obra admirable, repito, pero difícil en sí misma, y a la naturaleza por sí sola imposible. Nadie sino Dios con su gracia y gracia abundante y extraordinaria puede llevarla a cabo...”. Y en su Infinita Bondad y Misericordia, el Padre nos a dado a María para facilitarnos la tarea “...Sólo María es la que ha hallado gracia delante de Dios... Ella es la que el Autor de toda gracia dio el ser y la vida ...Dios Padre, de Quien todo don perfecto y toda gracia desciende, como fuente esencial dándole al Hijo, le dio todas las gracias...”. María, Madre de la Divina Gracia, no permitas que nos soltemos de tu mano y guárdanos en Ti para que en tu Inmaculado Corazón, en la alborada de este año que se inicia, sea santificado cada día, cada acción, cada pensamiento, cada palabra antes de ser pronunciada, haciéndonos de esta forma testigos de la paz y de la gracia de este tiempo. Y te rogamos, según la oración que nos revelara tu esclavo, San Luis María Grignion de Montfort, quien nos ha acompañado con El secreto de María en este primer boletín del año: “...Si algo veis en mí que todavía no sea vuestro, tomadlo enseguida, os lo suplico, y haceos dueña absoluta de todos mis haberes para destruir y desarraigar y aniquilar en mí todo lo que desagrade a Dios... La luz de vuestra fe disipe las tinieblas de mi espíritu; vuestra  humildad profunda ocupe el lugar de mi orgullo; vuestra contemplación sublime detenga las distracciones de mi fantasía vagabunda; vuestra continua vista de Dios llene de su Presencia mi memoria, el incendio de caridad de vuestro corazón abrase la tibieza y frialdad del mío; cedan el sitio a vuestra virtudes mis pecados; vuestros méritos sean delante de Dios mi adorno y suplemento. En fin, queridísima y amadísima Madre, haced, si es posible, que no tenga yo más espíritu que el vuestro para conocer a Jesucristo y entender Sus Divinas Voluntades; que no tenga más alma que la vuestra para alabar y glorificar al Señor; que no tenga  más corazón que el vuestro para amar  Dios con amor puro y con amor ardiente como vos...”. Te lo pedimos por Cristo, que vive y reina, por los siglos de los siglos. ¡Amén!


La Misericordia de Dios

     Dios es misericordioso. Él es misericordioso desde siempre y para siempre. La misericordia de Dios es revelación antigua:

 

En el Antiguo Testamento

     Yahvé rescata al pueblo hebreo de la esclavitud de Egipto porque su corazón se conmueve ante el clamor de aquellos pobres hijos de Jacob y de José.

     A Moisés le dice en el Sinaí: Tengo misericordia por millares con los que me aman y guardan mis mandamientos” (Ex 20:6). Los justos pueden esperar en su misericordia que no serán defraudados. Sirácida confirma que los que temen al Señor deben esperar su misericordia (Cf Si 2:7 y 9).

     En el capítulo cuarto del libro de la Sabiduría leemos que “la gracia y la misericordia” son para los elegidos del Señor (Sap 4:9 y 15).

     El fiel y piadoso Tobit, orando entre gemidos dice: “Tú eres justo, Señor, y justas son todas tus obras. Misericordia y verdad son todos tus caminos. Tú eres el Juez del Universo” (Tb 3:2).

     La misericordia está frente a la justicia. Los caminos del Señor, los que recorre el hombre de justicia son, en verdad, de misericordia. Tobit la experimentará en su tribulación y verá el auxilio del ángel del Señor que lo habrá de sacar de sus calamidades y le traerá finalmente la recompensa.

     Pero, también el hombre que anda por senderos tortuosos o que, como David, se desvía del camino del Señor, puede aún clamar a su Dios pidiendo que, por su bondad, borre sus culpas y lo rescate de la tristeza del pecado y del rechazo de su mirada. Para eso habrá de apelar a la piedad divina, mostrando su corazón contrito y humillado, que Dios no ha de despreciar porque lo prefiere a todos los sacrificios y holocaustos (Cf Sal 51).

     A Yahvé Sebaot, terrible Dios de los ejércitos, también se lo llama Señor de misericordia (Sap 9:1). “Pues misericordia e ira están con Él, tan poderoso en perdón como pródigo en ira” (Si 16:11b).

     A pesar que se reconocen justicia y misericordia como atributos divinos, la experiencia de Israel es, sin embargo, que la misericordia del Señor excede a su justicia. 

     Pero, por sobre todo, es a Israel a quien está reservada la misericordia; aún cuando se reconoce que a los enemigos también Yahvé los castiga a veces no con su cólera sino con moderación (Cf Sap 12:22) y que cuando Israel es infiel parecería Él no apiadarse ni siquiera de los más débiles (Cf Is 9:16). Sin embargo, a pesar de todo el pecado del pueblo, su amor de infinita ternura se muestra superior a la cólera que estaba por abatirse sobre Israel para aniquilarlo.

     El Señor se revela como padre del pueblo que se ha elegido para sí, manifestando ya en la elección su gran misericordia. Corrige con la desgracia pero no abandona a Israel (Cf 2 M 6:16). Y el pueblo confía en su Dios. Así lo canta el salmista al entonar las alabanzas y la acción de gracias a quien “es bueno, porque es eterno su amor” (Cf Sal 107:1; 118:1; 136; 2 Cro 5:13 y 7:3; Esd 3:11; 1 Mac 4:24; Jr 33:11), y así también lo aclama la asamblea.

     El Señor se deja conmover por la penitencia, por la conversión del corazón y detiene su mano devolviendo de nuevo la gracia de su amistad. Ante la infidelidad de Israel Dios opone la fidelidad de su amor misericordioso. Esto es lo que experimenta Israel. La misericordia de Dios es, antes que nada, una vívida experiencia que queda fija en la memoria colectiva del pueblo elegido. Por eso cada uno y todo el pueblo, en circunstancias dolorosas,  puede invocar a Dios confiando en que Él ha de responder.

 

En el Evangelio

     Vivir en la presencia del Señor es una gracia, pero una gracia que se obtiene a través de la oración que viene del corazón y de una humilde confianza en su amor.

     Al hombre y al ángel les está vedado conocer quién es Dios en su esencia. A Dios se lo conoce contemplando sus atributos (1). Y el atributo que más nos acerca al verdadero conocimiento de Dios es el amor, el amor de misericordia. Y ésta es la culminación de la revelación del Nuevo Testamento.
     Jesús nos lo enseña a través de sus palabras, de su vida, de su muerte.

El Hijo revela a las multitudes al Padre de toda misericordia en las bienaventuranzas que proclama y que enseña valiéndose de parábolas.

Las últimas palabras de Cristo en la cruz son de perdón y de amor y su misma figura de crucificado es el verdadero ícono de la misericordia de Dios. 

     Jesús en la cruz nos revela cuánto nos ama Dios. Nos revela el abismo del amor del Padre.

     La noche anterior a su Pasión, ante la pregunta de Felipe había dicho: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14:9b).

     En la cruz de la que pende Cristo sangrante, lacerado, atravesado su corazón, está la plenitud de la revelación, la más dramática evidencia del amor de Dios hacia el hombre pecador. Sí, Dios nos ama hasta el extremo de haber dado a su Hijo único para salvación nuestra.

     La cruz, iluminada desde la Resurrección, es el más elocuente signo del amor salvador del Padre y del Hijo. De la justicia hecha en la carne del Verbo por la misericordia que salva.

     Del costado abierto de Jesús crucificado nace la fuente de su misericordia para la vida eterna.

     ¡Es Cristo mismo la misericordia de Dios! Ésta es la revelación.

 

En estos últimos tiempos

     Esta conmovedora, grandiosa verdad que relatan los evangelios -que hace a Juan identificar a Dios con el amor, que abre el evangelio de Lucas con los cantos a la misericordia de la Santísima Virgen y de Zacarías- en los últimos tiempos ha sido actualizada a través de revelaciones dadas a santa Margarita María Alacoque, en el siglo XVII y en el XX a santa Faustina Kowalska.

     Con estas revelaciones privadas, el Señor parece querer poner acentos nuevos sobre antiguas verdades. El mensaje de la divina misericordia no es mensaje nuevo –lo dijo el Santo Padre en la canonización de Sor Faustina- sino esencial iluminación para revivir más intensamente el Evangelio de la Pascua y ofrecerlo, así iluminado, a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo.

     Son palabras nuevas de consolación para quien se siente tentado de abandonarse a la desesperación.

     Nuevamente, se nos recuerda que no sólo Dios muestra su misericordia con el hombre justo y piadoso, el temeroso del Señor, o con aquel que habiéndolo amado pecó gravemente y se vuelve a Él con corazón contrito, sino con el asesino despiadado, con el corrupto y explotador que siempre ha pisoteado sus mandamientos, con el más miserable de los hombres, con tal que se acoja a su misericordia y se arrepienta de sus pecados. El que confíe en la misericordia de Dios encontrará en ella su salvación.

     Cristo nos llama a aproximarnos a la cruz redentora y a tener fija la mirada en su corazón traspasado, porque de él brota el amor incontenible hacia el hombre pecador. Así, a Sor Faustina le dirá el Señor: “Las llamas de mi misericordia me queman. Deseo derramarlas sobre las almas humanas. Oh, qué pena me provocan cuando no quieren aceptarlas!... Dí, hija mía, que Yo soy el Amor y la misma Misericordia. Cuando un alma se aproxima a mí Yo la colmo de tal abundancia de gracias que no puede contenerlas en ella misma y las irradia a otras almas” (2).

     La clave de acceso a su misericordia, le dice una y otra vez a su apóstol, es la confianza que pongamos en ella. Cuanto mayor sea esa confianza tanto mayor será la misericordia que se obtenga de su infinita fuente.

     Faustina, oculta en su convento, se siente devorada por un profundo amor de caridad y experimentará, ella misma, la misericordia divina en la oscuridad de su corazón, cuando las apariencias de la lejanía de Dios se vuelvan evidencia para su alma. Su camino por momentos es tortuoso y torturado. Su fe conoce la oscuridad de la noche más oscura, hasta el desmayo de sí misma en la aridez desértica en la que Dios no habla, en la que la soledad poblada de aullidos se torna angustia desesperante por la ausencia del amado. El vacío que amenaza ser absoluto y perpetuo y que entristece el alma de Faustina con angustia de muerte se vuelve Getsemaní. Hasta allí, y más aún, debe acompañar la sierva a su Señor. Es que ella también había conocido la iluminación interior de un más profundo conocimiento de Dios, de su suprema bondad y de su eterna belleza, y entonces el contraste se le haría más insoportable. En la celda interior de su corazón había guardado aquella especial intimidad, ésa que Dios da a las almas privilegiadas. Pero, también la luz divina ponía ante sus ojos el estado de su alma que se le aparecía como miserable, y por eso decía: “Me aterrorizo cuando miro mi propia miseria, pero –al mismo tiempo- quedo reasegurada por tu insondable misericordia que excede mi miseria en la medida de toda la eternidad” (3). 

     En los momentos de debilidad espiritual y de gran aridez, la santa rezaba así: “Oh Jesús, Verdad eterna, fortalece mis débiles fuerzas. Tú puedes hacer todo, Señor. Sé que sin Ti todos mis esfuerzos son en vano. Oh, Jesús, no te ocultes de mí porque no puedo vivir sin Ti. Escucha el llanto de mi alma. Tu misericordia no se ha agotado, Señor, así que ten piedad de mi miseria. Tu misericordia sobrepasa la comprensión de todos los ángeles y de todas las personas juntas; y así, aunque me parezca que no me escuchas, yo pongo mi confianza en el océano de tu misericordia y sé que mi esperanza no será defraudada” (4).

     Y llegaría al límite de sus fuerzas para experimentar que Dios no es el abandonante sino el eterno abandonado. Según cuenta en su diario: “Durante la Santa Misa, vi al Señor Jesús clavado en la cruz en medio de grandes tormentos. Un suave lamento salió de su Corazón. Luego de unos instantes dijo: “Tengo sed. Tengo sed de salvación de almas. Ayúdame, hija mía, a salvar almas. Une tus sufrimientos a mi Pasión y ofrécelos al Padre Celestial por los pecadores” (5).
    
Cristo sufriente habla a todo hombre. Le habla al creyente para despertar su generosidad y unirlo en sacrificio de corredención, habla al que simplemente cree en Dios pero ha olvidado la necesidad de acogerse a su misericordia porque perdió la noción de pecado y la dimensión de la justicia divina, habla al no creyente que abre su corazón al sufrimiento pero que se pregunta sobre el sentido del mismo. Habla también al indiferente para sacudirlo de su indiferencia y al desesperado para que no se abandone a su desesperación, y lo hace no sólo desde la Sagrada Escritura sino también a través de la gracia de la revelación de este tiempo.

Justo Antonio Lofeudo

(1) Divine Mercy in my soul. The Diary of the Servant of God Sister M. Faustina Kowalska, Marian Press, 1987, Massachussetts. Nbr 30.
(2) O. c. Nbr. 1074
(3) O. c.
Nbr. 66
(4) 
O. c. Nbr. 69
(5)
O. c. Nbr. 1032  


La Mirada de Jesús Misericordioso

      Mes del Santo Rosario, mes de la familia, mes de las misiones y el común denominador en todo esto es el amor. Para amar, entonces, dejémonos mirar por el Amado. El viernes 27/9 el P. Manrique dijo en su homilía: 
“... Los ojos del Traspasado por amor develan toda la desmesura de su Divino Corazón. Desmesurado en su manera de dar. Desmesurado en su manera de perdonar. Desmesurado en su manera de dar la vida. Desmesurado en su manera de morir. Desmesurado en su manera de amar. Desmesurado entonces, también, en su manera de mirar. La mirada desnuda lo que contiene el corazón... La fuerza de la mirada de Jesús impresionó a sus discípulos. Los Evangelios nos cuentan cómo Jesús miraba. Jesús miró con compasión a la muchedumbre y con ternura a los niños; observó maravillado las dos monedas de cobre de la mujer pobre; dirigió sus ojos eligiendo a los apóstoles entre muchos; miró fijamente al joven rico que quería seguirle; escrutó las intenciones de sus enemigos y adversarios; miró con alegría al ridículo de Zaqueo, apreciando su buena voluntad. Sus ojos se llenaron de lágrimas ante la tumba de Lázaro su amigo; se encendieron de celo cuando se profanaba el Templo; los elevó bien abiertos en alabanza al Padre y los cerró tranquilo, ¡tantas veces!, sobre el regazo de su Madre. Detuvo sus ojos misericordiosos sobre los pecadores y los pobres... Lo primero que vieron esos ojos fueron los ojos de María. Lo último que pudieron contemplar para entornarlos por tres días, y abrirlos transfigurados y repletos
de Vida, fueron, de nuevo, los ojos de María. Jesús saturado de Misericordia enseñó a sus discípulos a saber ver, a saber mirar con el corazón repleto de su divino Amor. Les urgió a que supieran ver los signos de los tiempos, observar la belleza de los lirios del campo, la libertad de los pájaros, la necesidad del hombre malherido
en el camino, a ver al Padre viéndolo a Él... Los ojos del Traspasado por amor tienen un movimiento ascendente. "Tomó los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición". "Jesús levantó los ojos y dijo: Padre, te doy gracias porque me escuchaste”. "Levantando los ojos al cielo dio un gemido y le dijo: ¡efetá!". "Alzando los ojos al cielo, dijo: Padre, ha llegado la hora". Este movimiento ascendente de los ojos de Jesús Misericordioso son como las manos del sacerdote que, en cada Misa, en cada Altar, en cada baño de los Rayos del Traspasado se elevan con la ofrenda del sacrificio agradable al Padre desde que sale el sol hasta el ocaso... Agudicemos hoy nuestra mirada, mirada hacia nuestro alrededor, a nuestra amada Iglesia, a nuestra querida Patria Argentina, a nuestros hermanos que sufren, a nuestros problemas y dificultades familiares. Mirada hacia nuestro interior y nuestra conciencia, mirada hacia Jesús Misericordioso...”. Hacer entonces de nuestra mirada, la mirada de Cristo para amar y valorar a los hijos, maridos, esposas, a los hermanos en la fe que nos acompañan en el camino de la misión, para amar a quienes nos ofenden, para privilegiar a los pobres, para iluminar nuestra conciencia. Amar cada gesto, amar sin medida. ¿Cómo hacer para proseguir en obras de amor y misericordia y que ello no quede en manifestaciones superficiales, huecas y pasajeras? Dijo nuestra Santita de Lisieux, a quien también cita el P. Manrique, para crecer en la hondura de nuestro amor: “...crecer en la ‘confianza que lleva al abandono y conduce al Amor’...”. Amor e infinita misericordia de Dios en nosotros, para nosotros y para derramar por medio nuestro a toda la humanidad. 

Extraído del Boletín No. 28 de Magnificat


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