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Misericordia:
“dejarse amar” por Dios El
legado de Juan Pablo II
¡Cómo pasa el tiempo! El 2 de abril se cumplen tres años del
fallecimiento de Juan Pablo II. Eran las 21.37 de la tarde, a punto de
concluir aquel primer sábado de mes –día consagrado al Corazón
Inmaculado de María- y adentrados ya en la solemnidad de la Divina
Misericordia, instituida por el mismo Juan Pablo II, en el segundo
domingo de Pascua.
Creo sinceramente que durante aquellos días, la Iglesia Católica
vivió una gran lección de confianza en la Misericordia de Dios, así
como de abandono en su Providencia. Los meses y años previos a la
muerte de Juan Pablo II habían resultado muy duros, especialmente en
lo que se refiere a las noticias y comentarios transmitidos por la
mayoría de los medios de comunicación occidentales: ¿era prudente
en los tiempos actuales, siempre preocupados por la cultura de la
imagen, mantener en el máximo cargo de la Iglesia a un hombre tan
enfermo y desgastado? Los cálculos de las estrategias humanas hacían
temblar y sufrir a muchos en el seno de la Iglesia. Sin embargo, todas
aquellas desconfianzas y temores se esfumaron cuando el mundo fue
testigo de que la enfermedad, la agonía y la muerte de Juan Pablo II,
se convertían en un acontecimiento de gloria. ¡Cuántas lecciones
pudimos aprender aquellos días! “Pedro,
¿me amas?” (Jn
21:16):
Aunque en la teoría teológica, los cristianos tenemos aprendida la
lección de que “nada podemos sin la gracia de Dios” (Jn
15:5), en la práctica corremos el peligro de fundamentar nuestra
confianza en las cualidades y capacidades personales. Por ello, Dios
nos suele purificar en momentos determinados, de forma que quede
patente ante nuestros propios ojos y ante los de quienes nos rodean,
que es su Misericordia y no nuestros méritos, la que nos justifica y
nos hace eficaces. Dos
mil años después, se repetían las palabras de Jesucristo al primer
Papa: “En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te
ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo,
extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no
quieras. Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar
a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme»” (Jn 21:18-19).
Siempre me he preguntado qué momento de la vida de Juan Pablo II pudo
ser más eficaz en su obra evangelizadora, ¿el Karol Wojtyla atlético
y pletórico de cualidades y de proyectos, o tal vez un Juan Pablo II
ya anciano, tan débil como confiado en la Misericordia de Dios? Algún
día lo sabremos, aunque algo podemos intuir por aquellas palabras de
San Pablo: "Mi fortaleza se realiza en la debilidad... cuando soy
débil, entonces soy fuerte" (2 Cor 12:9-10). “Déjenme
ir a la casa del Padre” (Últimas palabras de Juan Pablo II):
Juan Pablo II había predicado abundantemente –tanto de palabra como
de obra- a lo largo de todo su Pontificado. Y, sin embargo, le quedaba
un paso fundamental y decisivo: el testimonio de la buena muerte. De
la misma forma que Cristo mostró en su muerte la plena confianza y el
abandono en Dios Padre (“Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”
Lc 23:46); así también el
Vicario de Cristo en la tierra vivía el momento de su muerte como el
tránsito a la casa del Padre. Su paz y serenidad proclamaban ante el
mundo la veracidad de las palabras del salmista: “Tu gracia vale más
que la vida” (Salmo 63). Han
pasado ya tres años. Es de suponer que la memoria colectiva irá
olvidando inexorablemente este aniversario, como tantos otros. ¡Es
ley de vida! Sin embargo, dirigimos nuestra oración a este Siervo de
Dios, para que siga pastoreando desde el Cielo a su Iglesia, de forma
que nunca olvidemos tantas enseñanzas aprendidas durante su vida y…
también en sus momentos finales. + José Ignacio, Obispo de Palencia. |
Clamorosa reapertura del caso de Civitavecchia
“También Juan Pablo II veneró la estatuilla de la Virgencita de Pantano” MONS. GRILLO: ”LA IGLESIA DIGA SÍ A LA MADONNINA.
HA LLORADO VERDADERAMENTE SANGRE EN MIS MANOS” Exorcismos y secuestros, misteriosas llamadas telefónicas e inquietantes coincidencias. Un “diario secreto”. Después de años de silencio reaparece clamorosamente el caso de la Madonnina de Civitavecchia que lloró no sólo en el jardín de la familia Gregori sino también en la casa del obispo, en las propias manos de Mons. Girolamo Grillo. ====================================================================================== “¡Qué fea historia esa de las Vírgenes que lloran. Siempre hay algún burlón que se toma el trabajo de embadurnar objetos sacros. Pobres de nosotros, en qué nos vemos! junto con el párroco don Pablo Martín que también sigue tras estas estupideces. Mater boni consilii, ora pro me! (del Diario del Obispo, 5 de febrero 1995). Así abre su Diario el Obispo. El Obispo es Monseñor Girolamo Grillo, ahora obispo emérito de Civitavecchia, a quien encontramos en Tarquinia. Habla después de años de silencio. Habla con permiso especial de la Santa Sede. Es en sus manos (¡en las manos de un obispo!) que el 15 de marzo de 1995 la Madonnina de Civitavecchia llorará lágrimas de sangre. Será la décimo cuarta lagrimación luego que la estatuilla, quitada a la familia de Fabio y Anna Maria Gregori, llega a la casa del pastor de la diócesis y es tenida bajo llave para impedir que alguien la robase. Vírgenes que aparecen, que hablan, que lagriman como la de Siracusa. Niños ignorantes y personas humildes, nunca un obispo se ha visto que sea un protagonista. Un obispo o verdaderamente aquel que debería -según el riguroso procedimiento de la Iglesia especialmente, si se trata de presuntos milagros o de apariciones de la Virgen- autenticar o no la veracidad del fenómeno sobrenatural. En efecto, sobre un obispo recae una gravísima responsabilidad: desenmascarar a los impostores y a los visionarios (y han sido miles a través de los siglos), limpiar el campo de toda sospecha valiéndose de testigos verídicos y de pruebas científicas también ciertas. Es lo que ocurrió en el caso de los dos santuarios más famosos del mundo, el de Lourdes y el de Fátima. Pero, Civitavecchia sale de la norma. Un sucesor de los Apóstoles es testigo del hecho “extraordinario” y no explicable naturalmente, y juez más alto e inapelable de su fundamento. Excelencia, usted pasó del escepticismo a la sorpresa. Hospitalizada como una paciente. De ella se interesa el Cardenal Joseph Ratzinger, entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Excelencia, ¿no le ha ocurrido pensar que en todo lo que estaba ocurriendo pudiese estar metida la pata del diablo? Usted ha encontrado también al padre Gabriele Amorth, que de demonios sí que entiende. Quien queda profundamente alterada, leo en su diario. La mañana del imprevisible 15 de marzo. Ella vivía en la villa San Francesco, en su residencia. ¿Qué rezaron? ¿Qué estaba pasando? ¿Nunca tuvo dudas? ¿Una alucinación, una percepción desviada, algo de patológico, una sugestión? Entonces, a distancia de 13 años, usted puede afirmar con total seguridad que… ¡Impresionante! Monseñor Grillo, la noticia de la décimo cuarta lagrimación en su casa (como las estaciones del Via Crucis) dio la vuelta al mundo. El 22 de mayo viene hasta usted, en gran secreto, la presidente de la Cámara de Diputados, la honorable Irene Pivetti. El 25 de mayo encuentra al Papa al término del encuentro con los obispos italianos. ¿Qué le preguntó el Papa? El día inolvidable para usted es, sin embargo, el 9 de junio. Y después? El sello de Pedro sobre aquel acontecimiento? ¿Con cuáles palabras? Esta señal de sangre deja sin palabras. Muchos lo interpretaron como un preanuncio de calamidades para Italia y para la humanidad. Usted, un hombre de fe, naturalmente. Es un obispo. Ha tocado aquella sangre… podría ser la sangre de Cristo. ¿Esto no lo trastorna? Se han detenido sobre el umbral (y no entiendo porqué), ni un juicio positivo ni uno negativo. Casi como queriendo archivar el hecho, a mandarlo en el olvido de la historia. Este presionar de lo eterno sobre el mundo arrolla toda certeza humana, positiva. Monseñor, este hecho ¿le ha procurado alegrías o sufrimientos? El obispo de antes, después del acontecimiento, no existe más. Sé que toco cuerdas muy íntimas. Su devoción mariana se ha robustecido… Quizás haya una lección a extraer de todo esto. Es necesario tener el coraje de no rechazar el misterio de Dios. Civitavecchia con su Madonnina corren el riesgo de “damnatio memoriae” (la condena de la memoria). Usted no quiere. Usted, autorizado por el Secretario de Estado, el Cardenal Tarcisio Bertone, después de tantos años, ha finalmente hablado. Usted, quizás, querría algo más de la Iglesia, un paso menos dubitativo… El 22 de mayo, privadamente, la presidente de la Cámara de Diputados, Honorable Irene Pivetti, reza junto a Mons. Grillo delante a de la Madonnina. Recitan el rosario por Italia. El 9 de junio es el mismo Juan Pablo II quien reza delante de la estatuilla. Estamos en su departamento. Con el Obispo Grillo está el secretario personal del Papa, Stanislao Dsziwisz. La Madonnina vuelve definitivamente al barrio de Pantano el 17 de junio dando comienzo a la peregrinación de fieles que aún hoy continúa. Y el 17 de junio se cierra el “Diario del Obispo”. El 8 de octubre del 2000, Mons. Girolamo Grillo envía una carta a Juan Pablo II con un solemne juramento a Dios, Jesucristo, el Espíritu Santo y a María Madre de Dios. Afirma haber visto lagrimar sobre las manos la estatuilla de la Madonna proveniente de la parroquia de S. Agustín en Civitavecchia. “De este hecho –escribe el Obispo– he sido testigo ocular y por tanto no puedo ni mínimamente dudar de su realidad”. |
Si la Virgen llora hay que consolarla
Si la Virgen llora "públicamente", en una imagen expuesta, es para llamar la atención de su dolor por el mundo. El Santo Padre Juan Pablo II, refiriéndose a la imagen de Civitavecchia dijo, cuando le preguntaron qué hacer: "Si la Virgen llora hay que consolarla". La Virgen llora por todo el mal en el mundo. Según relatan muy allegados a Sor Lucía, de Fátima, que ésta en los últimos tiempos había visto llorar a la Madre de Dios. La vidente, que siguió gozando de manifestaciones privadas de la Santísima Virgen hasta el fin de su vida, interpretaba si que la Virgen lloraba era porque aún debe cumplirse el mensaje de la reparación de los 5 primeros sábados para que el triunfo del Corazón Inmaculado sea completo. Queremos consolar a María, nuestra Madre. Por eso, propongámonos reparar todas las ofensas que se cometen contra su Corazón Inmaculado por medio de los 5 primeros sábados reparadores del Corazón Inmaculado, tal cual lo pidió a Sor Lucía, y mantengamos una vida de oración, una vida sacramental confesándonos con frecuencia, viviendo cada Santa Misa, amando y perdonando como nos pide el Señor, nutriéndonos de la Palabra de Dios, ofreciendo nuestros sacrificios. |
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Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma 2008 «Nuestro Señor Jesucristo, siendo rico, por vosotros se hizo pobre» (2 Corintios 8,9) ¡Queridos hermanos y hermanas! 1. Cada año, la Cuaresma nos ofrece una ocasión providencial para profundizar en el sentido y el valor de ser cristianos, y nos estimula a descubrir de nuevo la misericordia de Dios para que también nosotros lleguemos a ser más misericordiosos con nuestros hermanos. En el tiempo cuaresmal la Iglesia se preocupa de proponer algunos compromisos específicos que acompañen concretamente a los fieles en este proceso de renovación interior: son la oración, el ayuno y la limosna. Este año, en mi acostumbrado Mensaje cuaresmal, deseo detenerme a reflexionar sobre la práctica de la limosna, que representa una manera concreta de ayudar a los necesitados y, al mismo tiempo, un ejercicio ascético para liberarse del apego a los bienes terrenales. Cuán fuerte es la seducción de las riquezas materiales y cuán tajante tiene que ser nuestra decisión de no idolatrarlas, lo afirma Jesús de manera perentoria: «No podéis servir a Dios y al dinero» (Lc 16,13). La limosna nos ayuda a vencer esta constante tentación, educándonos a socorrer al prójimo en sus necesidades y a compartir con los demás lo que poseemos por bondad divina. Las colectas especiales en favor de los pobres, que en Cuaresma se realizan en muchas partes del mundo, tienen esta finalidad. De este modo, a la purificación interior se añade un gesto de comunión eclesial, al igual que sucedía en la Iglesia primitiva. San Pablo habla de ello en sus cartas acerca de la colecta en favor de la comunidad de Jerusalén (cf. 2Cor 8,9; Rm 15,25-27 ). 2. Según las enseñanzas evangélicas, no somos propietarios de los bienes que poseemos, sino administradores: por tanto, no debemos considerarlos una propiedad exclusiva, sino medios a través de los cuales el Señor nos llama, a cada uno de nosotros, a ser un medio de su providencia hacia el prójimo. Como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, los bienes materiales tienen un valor social, según el principio de su destino universal (cf. nº 2404). En el Evangelio es clara la amonestación de Jesús hacia los que poseen las riquezas terrenas y las utilizan solo para sí mismos. Frente a la muchedumbre que, carente de todo, sufre el hambre, adquieren el tono de un fuerte reproche las palabras de San Juan: «Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?» (1Jn 3,17). La llamada a compartir los bienes resuena con mayor elocuencia en los países en los que la mayoría de la población es cristiana, puesto que su responsabilidad frente a la multitud que sufre en la indigencia y en el abandono es aún más grave. Socorrer a los necesitados es un deber de justicia aun antes que un acto de caridad. 3. El Evangelio indica una característica típica de la limosna cristiana: tiene que ser en secreto. «Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha», dice Jesús, «así tu limosna quedará en secreto» (Mt 6,3-4). Y poco antes había afirmado que no hay que alardear de las propias buenas acciones, para no correr el riesgo de quedarse sin la recompensa de los cielos (cf. Mt 6,1-2). La preocupación del discípulo es que todo vaya a mayor gloria de Dios. Jesús nos enseña: «Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestra buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,16). Por tanto, hay que hacerlo todo para la gloria de Dios y no para la nuestra. Queridos hermanos y hermanas, que esta conciencia acompañe cada gesto de ayuda al prójimo, evitando que se transforme en una manera de llamar la atención. Si al cumplir una buena acción no tenemos como finalidad la gloria de Dios y el verdadero bien de nuestros hermanos, sino que más bien aspiramos a satisfacer un interés personal o simplemente a obtener la aprobación de los demás, nos situamos fuera de la óptica evangélica. En la sociedad moderna de la imagen hay que estar muy atentos, ya que esta tentación se plantea continuamente. La limosna evangélica no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos, a imitación de Jesucristo, que muriendo en la cruz se entregó a sí mismo por nosotros. ¿Cómo no dar gracias a Dios por tantas personas que en el silencio, lejos de los reflectores de la sociedad mediática, llevan a cabo con este espíritu acciones generosas de sostén al prójimo necesitado? Sirve de bien poco dar los propios bienes a los demás si el corazón se hincha de vanagloria por ello. Por este motivo, quien sabe que «Dios ve en el secreto» y en el secreto recompensará no busca un reconocimiento humano por las obras de misericordia que realiza. 4. Invitándonos a considerar la limosna con una mirada más profunda, que trascienda la dimensión puramente material, la Escritura nos enseña que hay mayor felicidad en dar que en recibir (Hch 20,35). Cuando actuamos con amor expresamos la verdad de nuestro ser: en efecto, no hemos sido creados para nosotros mismos, sino para Dios y para los hermanos (cf. 2Cor 5,15). Cada vez que por amor de Dios compartimos nuestros bienes con el prójimo necesitado experimentamos que la plenitud de vida viene del amor y lo recuperamos todo como bendición en forma de paz, de satisfacción interior y de alegría. El Padre celestial recompensa nuestras limosnas con su alegría. Y hay más: San Pedro cita entre los frutos espirituales de la limosna el perdón de los pecados. «La caridad -escribe- cubre multitud de pecados» (1P 4,8). Como a menudo repite la liturgia cuaresmal, Dios nos ofrece, a los pecadores, la posibilidad de ser perdonados. El hecho de compartir con los pobres lo que poseemos nos dispone a recibir ese don. En este momento pienso en los que sienten el peso del mal que han hecho y, precisamente por eso, se sienten lejos de Dios, temerosos y casi incapaces de recurrir a él. La limosna, acercándonos a los demás, nos acerca a Dios y puede convertirse en un instrumento de auténtica conversión y reconciliación con él y con los hermanos. 5. La limosna educa a la generosidad del amor. San José Benito Cottolengo solía recomendar: «Nunca contéis las monedas que dais, porque yo digo siempre: si cuando damos limosna la mano izquierda no tiene que saber lo que hace la derecha, tampoco la derecha tiene que saberlo» (Detti e pensieri, Edilibri, n. 201). Al respecto es significativo el episodio evangélico de la viuda que, en su miseria, echa en el tesoro del templo «todo lo que tenía para vivir» (Mc 12,44). Su pequeña e insignificante moneda se convierte en un símbolo elocuente: esta viuda no da a Dios lo que le sobra, no da lo que posee sino lo que es. Toda su persona. Este episodio conmovedor se encuentra dentro de la descripción de los días inmediatamente precedentes a la pasión y muerte de Jesús, el cual, como señala San Pablo, se ha hecho pobre a fin de enriquecernos con su pobreza (cf. 2Cor 8,9); se ha entregado a sí mismo por nosotros. La Cuaresma nos empuja a seguir su ejemplo, también a través de la práctica de la limosna. Siguiendo sus enseñanzas podemos aprender a hacer de nuestra vida un don total; imitándole conseguimos estar dispuestos a dar, no tanto algo de lo que poseemos, sino a darnos a nosotros mismos. ¿Acaso no se resume todo el Evangelio en el único mandamiento de la caridad? Por tanto, la práctica cuaresmal de la limosna se convierte en un medio para profundizar nuestra vocación cristiana. El cristiano, cuando gratuitamente se ofrece a sí mismo, da testimonio de que no es la riqueza material la que dicta las leyes de la existencia, sino el amor. Por tanto, lo que da valor a la limosna es el amor, que inspira formas distintas de don, según las posibilidades y las condiciones de cada uno. 6. Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma nos invita a «entrenarnos» espiritualmente, también mediante la práctica de la limosna, para crecer en la caridad y reconocer en los pobres a Cristo mismo. Los Hechos de los Apóstoles cuentan que el Apóstol San Pedro dijo al hombre tullido que le pidió una limosna en la entrada del templo: «No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te lo doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno, echa a andar» (Hch 3,6). Con la limosna regalamos algo material, signo del don más grande que podemos ofrecer a los demás con el anuncio y el testimonio de Cristo, en cuyo nombre está la vida verdadera. Por tanto, que este tiempo esté caracterizado por un esfuerzo personal y comunitario de adhesión a Cristo para ser testigos de su amor. María, Madre y Sierva fiel del Señor, ayude a los creyentes a llevar adelante la «batalla espiritual» de la Cuaresma armados con la oración, el ayuno y la práctica de la limosna, para llegar a las celebraciones de las fiestas de Pascua renovados en el espíritu. Con este deseo, os imparto a todos una especial Bendición Apostólica. Vaticano, 30 de octubre de 2007 BENEDICTUS PP. XVI [Traducción distribuida por la Santa Sede © Copyright 2007-Libreria Editrice Vaticana] |
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UNA CUESTIÓN DE VIDA O MUERTE
Declaración de la Comisión Permanente (23 de agosto de 2006)
A
los hermanos que creen en Dios Como pastores de la Iglesia, les escribimos con la preocupación y la esperanza del amor que les debemos. Hace pocos días una señora se presentó a un sacerdote con una hija discapacitada y con profunda alegría le dijo: “Gracias, padre, hace unos años usted me ayudó a ver claro. Yo estuve a punto de abortar ante la evidencia de las malformaciones de mi hija cuando estaba en mi vientre. Usted me ayudó a no hacerlo. Hoy esta hija es la que da sentido a mi vida. Aún con su discapacidad es la alegría de nuestra familia”. Nuestra experiencia eclesial puede mostrar miles de situaciones como ésta. ¿Cuál fue el móvil de ese sacerdote al ayudar a esa mujer? ¿Cuál es nuestro móvil al dirigirnos a las autoridades, a nuestros representantes y a todo el pueblo tratando de apostar por la vida e impedir la legalización del aborto? Créannos: sólo nos mueve el profundo amor de Dios por todos nosotros. Sólo nos mueve el deseo de valorar cada una de las vidas que se engendran y que ya son un ser constituido en el vientre de la madre. Todos apreciamos lo que hizo la Madre Teresa por cada uno de esos seres débiles, olvidados de la sociedad, excluidos, moribundos en las calles. Esa mujer, de quien nadie puede dudar que sólo era impulsada por el amor, puso tanto empeño en ocuparse de los moribundos como en impedir que las madres cayeran en el gravísimo error de abortar a sus hijos. Muchas veces se nos quiere hacer aparecer como retrógrados o fundamentalistas ante el tema del aborto. Se acepta y valora el trabajo de la Iglesia en favor de los pobres, pero se nos descalifica cuando defendemos el derecho a la vida. ¿Qué nos pasa como sociedad? Toda la tradición judeocristiana basada en los mandamientos de la Ley de Dios por miles de años consideró que el aborto es un crimen. ¿Qué luces ha recibido esta nueva cultura, qué revelaciones se nos han manifestado para descubrir que lo que siempre fue un mal tan grande hoy ya no lo es? También en otros tiempos hubo abortos, pero siempre se consideró que era un mal a desterrar. Las culturas cambian, pero los fundamentos esenciales de las personas permanecen. La Ley de Dios y el sentido común nos han enseñado que la vida es un gran bien que debemos preservar desde el momento que comienza. Seguramente muchos de ustedes han visto la película en la que se ha filmado un aborto (El grito silencioso). La técnica nos permite apreciar que no hay ninguna diferencia entre destrozar el cráneo de esa pequeña criatura ya gestada o cometer el homicidio de un niño que camina por la calle. En nuestros días se ha reavivado la polémica sobre la despenalización del aborto con motivo de situaciones muy dolorosas que afectan la vida de una joven discapacitada y de un ser inocente por nacer. Lo trágico de esta situación no puede hacernos olvidar que podemos asesinar a un inocente. Esta polémica no es una discusión más entre tantas. Es una cuestión de fondo. Nunca, como en este caso, puede decirse que es una cuestión de vida o muerte. Tan es así, que involucra a todos los ciudadanos de cualquier credo o condición social. ¿Cuál será la opción de los argentinos? Cada uno en su conciencia debe discernir si quiere una sociedad que respete la vida de todos los seres engendrados. Los que creemos en Dios debemos darle ante todo a Él la propia respuesta. A los que no creen, los invitamos a que consideren qué les dice el sentido común frente a un ser ya engendrado que es verdadero sujeto de derechos humanos. A todos les pedimos, es más, les rogamos asumir este tema con la seriedad que se merece. Los cristianos, como nos enseña San Pablo, no entristezcamos a Dios: no sembremos la cultura de la muerte en nuestra sociedad. Por el contrario, sembremos la esperanza y la alegría que provienen del amor de Dios por sus criaturas. Así nos lo enseñó Jesús, quien pidió al Padre que no se pierda ninguno de los hermanos. María, que en Belén alumbró al Hijo de Dios, nos ayude a optar siempre por la vida.
Buenos Aires, miércoles 23 de agosto de 2006 144ª
Reunión de la Comisión Permanente de la |
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Testimonio
de María Vallejo-Nágera a su regreso del sur de la India
Mis
queridos amigos: Muchos
besos, |
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La Nochebuena es nuestro futuro Entrevista
de la revista Alba al P. Jozo Por
Jesús García
Como ya
informó ALBA, el padre Jozo Zovko pasó cuatro días en Barcelona
profundizando en la espiritualidad mariana de los grupos Reina de la
Paz. Tras su visita y en plena Navidad, valoró ambas circunstancias
para ALBA. -
Barcelona es maravillosa, como un jardín de flores: armoniosa,
bonita, viva. En esa ciudad del noble y santo Gaudí, la arquitectura
está empapada de la Biblia, “la luz divina”. En la arquitectura, se
convierte en historia bíblica, escrita con las eternas líneas de
piedra, los caminos que llevan hacia “lo más bello” que es Dios.
Pero se siente una gran carencia. Mirar los fantásticos templos, la
ciudad empapada en arquitectura sacra, sin la presencia visible de los hábitos
religiosos y sacerdotales, es increíblemente imperfecto. En cierta
manera, se ve en todo un museo y no el templo vivo. ¿¡Cómo sería una
ciudad sin alumbrado!? Sería oscura. ¿Cómo sería sin semáforos? El
caos. Sin la presencia religiosa y sacerdotal en el pueblo, la ciudad
está sin la señal sagrada. -
Es una gracia
pronunciar entre lágrimas las palabras del hijo pródigo: “Padre, te
pido que me perdones …”. Las lágrimas son el don y la señal que
acompañan un sincero encuentro de dos personas después de mucho
tiempo. Nuestros encuentros con Dios se
han hecho cortos en la liturgia y la oración, sin calidez. Este
encuentro de cuatro horas y media ha sido el banquete del Hijo y del
Padre. - Tiene que creerlo, y además, hacer algo respecto a ello. Vuestros santos, místicos, movimientos que cambiaron el mundo nos han endeudado a todos. Hoy España puede despertar a sus hijos adormecidos con una voz materna, encontrar y reunir hijos perdidos con un amor materno. Esa gracia, como una capa de agua subterránea que se ha acumulado a lo largo de la Historia , tiene que fluir como un manantial fresco, dar de beber a una nación grande y cansada. España es, por los santuarios marianos y la devoción, la más rica en la Iglesia. La Madre está llamando a su España.
Nochebuena:
entre un mar de regalos y fiestas, muchos cristianos no saben bien qué
se celebra. ¿Qué es la Nochebuena desde el conocimiento de los
mensajes de María y del Evangelio? -
“Mira que estoy a la puerta y llamo: si alguno oye mi voz y me
abre la puerta, entraré en su casa” (Ap 3:20). Las voces que son más
fuertes que las de los escaparates y la del hambre de consumo son las de
Jesús y la Madre. La Navidad es la Madre con su Niño. ¡Ánimo a
abrirse a ellos y buscarles el lugar en nuestra propia familia! Ellos
traen la paz, la bendición, la luz. Son la plenitud de todo. Emmanuel:
Dios con nosotros. Él tiene tiempo y se dirige al hombre. Nochebuena es
reconocer a Dios en el hombre y su visita al hombre, que tanto lo
necesita, que lo busca, que confía en Él. Al que le hace feliz. No
ponerles obstáculos al Señor y a su Madre es la última llamada de la
Reina de la Paz en el Adviento: permitir al Señor que me cambie, que me
abra los ojos. La Nochebuena es nuestro futuro. -
Es una fiesta familiar, para la que toda la familia se prepara en
el Adviento. Las misas con cantos al alba del día llenan las iglesias.
Sacerdotes confiesan durante horas. Toda la familia, con ayuno y oración,
con la lectura de la Escritura, se prepara para la venida del Señor.
Nuestro monasterio es la parroquia más grande en la diócesis. Está
siempre llena y exige mucho trabajo. Hemos visitado a los pobres, les
hemos llevado regalos. Hemos visitado a los enfermos y ancianos y los
hemos preparado con los sacramentos para esta gran fiesta. -
A todos los lectores del querido periódico ALBA, feliz y bendita
Navidad, y un 2007 lleno de gracias y de paz, con los más sinceros
saludos y bendiciones de vuestro fiel padre Jozo. |
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Benedicto
XVI explica cómo María enseña a encontrar a Jesús |
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