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Misericordia: “dejarse amar” por Dios

El legado de Juan Pablo II

 

            ¡Cómo pasa el tiempo! El 2 de abril se cumplen tres años del fallecimiento de Juan Pablo II. Eran las 21.37 de la tarde, a punto de concluir aquel primer sábado de mes –día consagrado al Corazón Inmaculado de María- y adentrados ya en la solemnidad de la Divina Misericordia, instituida por el mismo Juan Pablo II, en el segundo domingo de Pascua.

            Creo sinceramente que durante aquellos días, la Iglesia Católica vivió una gran lección de confianza en la Misericordia de Dios, así como de abandono en su Providencia. Los meses y años previos a la muerte de Juan Pablo II habían resultado muy duros, especialmente en lo que se refiere a las noticias y comentarios transmitidos por la mayoría de los medios de comunicación occidentales: ¿era prudente en los tiempos actuales, siempre preocupados por la cultura de la imagen, mantener en el máximo cargo de la Iglesia a un hombre tan enfermo y desgastado? Los cálculos de las estrategias humanas hacían temblar y sufrir a muchos en el seno de la Iglesia. Sin embargo, todas aquellas desconfianzas y temores se esfumaron cuando el mundo fue testigo de que la enfermedad, la agonía y la muerte de Juan Pablo II, se convertían en un acontecimiento de gloria. ¡Cuántas lecciones pudimos aprender aquellos días!

 

“Pedro, ¿me amas?” (Jn 21:16):

            Aunque en la teoría teológica, los cristianos tenemos aprendida la lección de que “nada podemos sin la gracia de Dios” (Jn 15:5), en la práctica corremos el peligro de fundamentar nuestra confianza en las cualidades y capacidades personales. Por ello, Dios nos suele purificar en momentos determinados, de forma que quede patente ante nuestros propios ojos y ante los de quienes nos rodean, que es su Misericordia y no nuestros méritos, la que nos justifica y nos hace eficaces.
            Que no nos quepa duda de que el acto más determinante realizado en el largo recorrido de Juan Pablo II, fue su amor a Jesucristo y a todos y a cada uno de nosotros, por amor a Él. Como nos sucederá también a nosotros, al atardecer de su vida fue examinado del amor, el cual autentifica el valor de nuestras obras: “Aunque repartiese todos mis bienes con los pobres, y me dejase quemar vivo, si no tengo amor, no me sirve de nada” (1 Cor 13:3).

“Cuando soy débil, entonces soy fuerte”
(2 Co 12:10):

Dos mil años después, se repetían las palabras de Jesucristo al primer Papa: “En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras. Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme»”  (Jn 21:18-19). Siempre me he preguntado qué momento de la vida de Juan Pablo II pudo ser más eficaz en su obra evangelizadora, ¿el Karol Wojtyla atlético y pletórico de cualidades y de proyectos, o tal vez un Juan Pablo II ya anciano, tan débil como confiado en la Misericordia de Dios? Algún día lo sabremos, aunque algo podemos intuir por aquellas palabras de San Pablo: "Mi fortaleza se realiza en la debilidad... cuando soy débil, entonces soy fuerte" (2 Cor 12:9-10).

 

“Déjenme ir a la casa del Padre” (Últimas palabras de Juan Pablo II):

            Juan Pablo II había predicado abundantemente –tanto de palabra como de obra- a lo largo de todo su Pontificado. Y, sin embargo, le quedaba un paso fundamental y decisivo: el testimonio de la buena muerte. De la misma forma que Cristo mostró en su muerte la plena confianza y el abandono en Dios Padre (“Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” Lc 23:46); así también el Vicario de Cristo en la tierra vivía el momento de su muerte como el tránsito a la casa del Padre. Su paz y serenidad proclamaban ante el mundo la veracidad de las palabras del salmista: “Tu gracia vale más que la vida” (Salmo 63).

 

Han pasado ya tres años. Es de suponer que la memoria colectiva irá olvidando inexorablemente este aniversario, como tantos otros. ¡Es ley de vida! Sin embargo, dirigimos nuestra oración a este Siervo de Dios, para que siga pastoreando desde el Cielo a su Iglesia, de forma que nunca olvidemos tantas enseñanzas aprendidas durante su vida y… también en sus momentos finales.

 

+ José Ignacio, Obispo de Palencia.


Clamorosa reapertura del caso de Civitavecchia

“También Juan Pablo II veneró la estatuilla de la Virgencita de Pantano”
(San Agustín en Pantano es la parroquia de la diócesis de Civitavecchia)

Juan Pablo II a los obispos: “Sois demasiados dubitativos”


MONS. GRILLO: ”LA IGLESIA DIGA SÍ A LA MADONNINA.
HA LLORADO VERDADERAMENTE SANGRE EN MIS MANOS”

          Exorcismos y secuestros, misteriosas llamadas telefónicas e inquietantes coincidencias. Un “diario secreto”. Después de años de silencio reaparece clamorosamente el caso de la Madonnina de Civitavecchia que lloró no sólo en el jardín de la familia Gregori sino también en la casa del obispo, en las propias manos de Mons. Girolamo Grillo.
          Lejos de los ojos de los medios, el Papa Wojtyla veneró la estatuilla. “Un día revelarás al mundo este gesto mío de veneración” dirá al obispo de Civitavecchia.

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Por Giuseppe De Carli

          “¡Qué fea historia esa de las Vírgenes que lloran. Siempre hay algún burlón que se toma el trabajo de embadurnar objetos sacros. Pobres de nosotros, en qué nos vemos! junto con el párroco don Pablo Martín que también sigue tras estas estupideces. Mater boni consilii, ora pro me! (del Diario del Obispo, 5 de febrero 1995). Así abre su Diario el Obispo. El Obispo es Monseñor Girolamo Grillo, ahora obispo emérito de Civitavecchia, a quien encontramos en Tarquinia. Habla después de años de silencio. Habla con permiso especial de la Santa Sede.

          Es en sus manos (¡en las manos de un obispo!) que el 15 de marzo de 1995 la Madonnina de Civitavecchia llorará lágrimas de sangre. Será la décimo cuarta lagrimación luego que la estatuilla, quitada a la familia de Fabio y Anna Maria Gregori, llega a la casa del pastor de la diócesis y es tenida bajo llave para impedir que alguien la robase. Vírgenes que aparecen, que hablan, que lagriman como la de Siracusa. Niños ignorantes y personas humildes, nunca un obispo se ha visto que sea un protagonista. Un obispo o verdaderamente aquel que debería -según el riguroso procedimiento de la Iglesia especialmente, si se trata de presuntos milagros o de apariciones de la Virgen- autenticar o no la veracidad del fenómeno sobrenatural. En efecto, sobre un obispo recae una gravísima responsabilidad: desenmascarar a los impostores y a los visionarios (y han sido miles a través de los siglos), limpiar el campo de toda sospecha valiéndose de testigos verídicos y de pruebas científicas también ciertas. Es lo que ocurrió en el caso de los dos santuarios más famosos del mundo, el de Lourdes y el de Fátima. Pero, Civitavecchia sale de la norma. Un sucesor de los Apóstoles es testigo del hecho “extraordinario” y no explicable naturalmente, y juez más alto e inapelable de su fundamento.
          Esto ya está diciendo mucho acerca de la excepcionalidad de los acontecimientos que, quien escribe, por un extraño concatenarse de circunstancias, ha podido leer a través del “diario personal” de Mons. Grillo. Páginas aún secretísimas que contienen reflexiones intensas, impactantes, episodios inéditos. Hechos que ven involucrarse un Papa, Juan Pablo II, en una medida hasta ahora inimaginable.
          ¿Es que se deberá reabrir clamorosamente el “expediente de la Madonnina de Civitavecchia”? Los presupuestos están todos. El testimonio que dio Mons. Grillo –lo confieso– me ha alterado profundamente. Es el de un hombre que pasa de un escepticismo al estado puro a una suerte de progresiva iluminación. A una conversión, para decirlo claramente. Y del testimonio oral, vuelto a tomar por la TV y exhibido en el programa Uno Mattina de RAIUNO, y de la lectura del diario se viene a saber que el Papa Wojtyla, en el tercer piso del Palacio apostólico (el 9 de junio de 1995), veneró en gran secreto a la Madonnina; se sabe también de llamadas telefónicas del entonces Secretario de Estado de la Santa Sede, el Cardenal Angelo Sodano, a su hermano obispo de Civitavecchia (“No se preocupe -le dirá Sodano a Girolamo Grillo– Pedro está de su parte”), así como de una visita privadísima de la entonces presidente de la Cámara, Irene Pivetti, a la localidad de Pantano de Civitavecchia; y de una, quizás dos visitas, también privadísimas, del mismo pontífice a Civitavecchia, durante una de las tantas fugas “in incognito” que el pontífice polaco amaba hacer fuera de la “prisión dorada” del Vaticano. Más aún, en una carta al Sumo Pontífice (del 8 de octubre del 2000) Mons. Grillo agradece a Juan Pablo II por el Acto de Entrega de toda la Iglesia a la Virgen “acogiendo así una propuesta mía en tal sentido, presentada a Vuestra Santidad a continuación de la lagrimación de sangre de la Virgen”. La carta contiene el solemne juramento de Mons. Grillo ante la Trinidad. El obispo declara “haber visto, el 15 de marzo 1995 a las 8,15 lagrimar en mis manos a la estatuilla de la Virgen proveniente de la parroquia de San Agustín en Civitavecchia”. Más no podemos revelar. Bastará agregar que Juan Pablo II, de su puño firma la carta del obispo, casi como para poner un sello no sólo de recepción sino además de aprobación del contenido.
          En fin, de parte del Papa Wojtyla está la consigna del silencio. El obispo debe callar sobre el acto de veneración, hecho fuera de los reflectores, en el Vaticano. “Un día –le dice el Papa a Mons. Grillo- revelarás al mundo este gesto mío”. Y el momento probablemente ha llegado.

Excelencia, usted pasó del escepticismo a la sorpresa.
Sí. El 11 de Febrero de 1995, a nueve días de la primera aparición, recibo hacia medianoche una llamada telefónica del Cardenal Angelo Sodano. Me invita a no ser demasiado desconfiado y a abrirme también a otras hipótesis interpretativas.

Una extraña llamada…
Que me dejó bastante pensativo. También en el Vaticano –reflexiono- no tienen otra cosa en qué pensar; ¡ven también la TV! El 23 de febrero, siempre el Secretario de Estado, me agradece -a nombre del Papa- por haber sido más posibilista en una entrevista, comentada por Enzo Biagi, a propósito de las lágrimas de sangre vertidas por la Madonnina.

La irrupción de Juan Pablo II en este asunto es misteriosa... Del Papa que ha derramado su sangre en el atentado de Plaza San Pedro, el 13 de Mayo de 1981. Ahora comenzamos a comprender porqué no haya subestimado Civitavecchia. ¿Y usted?
Mis convicciones comenzaban a desmoronarse. Un Papa como Juan Pablo II que irrumpe en la cuestión y que irrumpe en mi vida, no había contado con ello. Pienso: estará en conocimiento de algún secreto. ¿O el Papa ha también enloquecido?
Mientras tanto, los análisis de sangre revelan que se trata de sangre masculina. ¿Será la sangre del Hijo de María? Mah (expresión que indica quién lo sabrá?). La Madonnina es radiografiada en el Policlínico Gemelli. Hasta le hacen una TAC.

Hospitalizada como una paciente. De ella se interesa el Cardenal Joseph Ratzinger, entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Excelencia, ¿no le ha ocurrido pensar que en todo lo que estaba ocurriendo pudiese estar metida la pata del diablo?
Oh, sí. Hicimos hacer muchos exorcismos. Me puse en contacto con el exorcista de la diócesis. Hasta di órdenes que los curas estuviesen alejados de este asunto. El obispo Grillo -lo afirmo por vez primera- hasta había ordenado que la estatuilla ¡fuese destruida!

Usted ha encontrado también al padre Gabriele Amorth, que de demonios sí que entiende.
Amorth excluyó una influencia satánica. No se podía tratar de alucinaciones por obra diabólica. Don Amorth agregó que un alma de Florencia, por él dirigida espiritualmente, le había dicho que la Virgen habría de llorar lágrimas de sangre en Civitavecchia. Se lo dijo ocho meses antes! Lágrimas con tristes presagios para el futuro de Italia.
Elección en el mes de junio, victoria de Prodi y atentado al premier, guerra civil en nuestro país. Un presagio funesto que se podía parar con una gran oración. El mensaje de Amorth lo comunico yo a mi hermana.

Quien queda profundamente alterada, leo en su diario. La mañana del imprevisible 15 de marzo.
Había apenas terminado de celebrar la Eucaristía. Mi hermana me dice: “No he dormido en toda la noche. He meditado las palabras del padre Amorth. Antes de volver a Roma, ¿me dejas rezar ante la Virgen?”, me implora.

Ella vivía en la villa San Francesco, en su residencia.
Así es. Yo pensé: rezar no hace mal. Llamo a una de las dos Hermanas, sor Teresa, rumana, y le pido que saque del armario, donde estaba encerrada con llave, a la estatuilla. Conmigo estaban entonces, mi hermana, mi cuñado, la religiosa.

¿Qué rezaron?
Sin antes ponernos de acuerdo, recitamos la misma oración, la “Salve Regina”. Yo en latín. Había llegado a las palabras: “illos tuos misericordes oculos ad nos converte”, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos… Cuando mi cuñado me da un codazo: “No ve que vuelve a llorar!!”.

¿Qué estaba pasando?
Una lágrima descendía por el ojo derecho de la estatuilla como si fuese un fino cabello. La lágrima descendía casi como una lágrima normal, pero deteniéndose antes de la mejilla formaba como una pequeña perla de rubí, la cual quería superar la mejilla, para volver a hacer el trazado de aquella precedente que fuera llevada al policlínico Gemelli. Empalidecí tanto que mi hermana se puso a gritar: “auxilio, auxilio”, manchándose el dedo con la sangre por su estado de agitación. A su grito corrieron Sor Mariana y mi sobrino Angelo que estaba durmiendo. De inmediato llamaron al médico jefe cardiólogo del hospital civil, el profesor Di Gennaro, quien pudo ver tanto sea el grave estado de shock en que me encontraba como la nueva lágrima de sangre aún fresca…

¿Nunca tuvo dudas? ¿Una alucinación, una percepción desviada, algo de patológico, una sugestión?
Pero, ¡si éramos cuatro! Que luego se hicieron seis! ¿Cuál broma? ¿Qué alucinación o sugestión colectiva?
Alucinación o percepción equivocada podían ser las de Lourdes o Fátima… Allí, niños vieron a la Virgen. Yo no vi nada. He visto la sangre correr y permanecer. ¿Ha entendido? El hecho es un hecho constatable, verificable, no una visión. Cuántas veces fui preso de escrúpulos. Torturado: “¿Es posible que una Madonnina haya llorado?”. “Excelencia –me reprochaba Sor Teresa, que entonces tenía 25 años- es una fea tentación la suya! Un mal pensamiento. ¡Quíteselo de la mente!


Mons. Girolamo Grillo con la Madonnina

Entonces, a distancia de 13 años, usted puede afirmar con total seguridad que…
¡Que la Madonnina ha llorado en mis manos! Estaba puesta en un pequeño cesto en mis manos. Y era sangre! Hay poco para agregar. ¡Era sangre! ¡Ésta es la verdad!

¡Impresionante! Monseñor Grillo, la noticia de la décimo cuarta lagrimación en su casa (como las estaciones del Via Crucis) dio la vuelta al mundo. El 22 de mayo viene hasta usted, en gran secreto, la presidente de la Cámara de Diputados, la honorable Irene Pivetti. El 25 de mayo encuentra al Papa al término del encuentro con los obispos italianos. ¿Qué le preguntó el Papa?
Noticias sobre la Madonnina. Ante mi titubeo al responder, Juan Pablo II salió con una frase cortante: “¡Ah! Vosotros obispos italianos tenéis la cabeza dura y siempre estáis dubitativos”. Ahora creo que tenía razón.

El día inolvidable para usted es, sin embargo, el 9 de junio.
Sí, fui invitado a cenar por el Santo Padre, quien quiso –cosa que hasta ahora nadie lo sabe- que le llevase a la Madonnina. Le informé de mis contactos con los cardenales Sodano, Ratzinger y Ruini. El Papa citó varias veces, a propósito del llanto, al gran teólogo Hans Urs Von Balthasar. El llanto de la Virgen es una invitación a la conversión. Al final de la cena rezamos largo tiempo ante la Madonnina.

Y después?
La veneró, la besó, la bendijo, le impuso sobre la cabeza una corona de oro que había traído conmigo y le puso un rosario colgando de una mano.

El sello de Pedro sobre aquel acontecimiento?
Es probable. Al final de aquellas horas, que nunca olvidaré, el Papa me impuso el silencio sobre lo que había acontecido.

¿Con cuáles palabras?
Tiemblo aún al recordarlas. “Un día –me dijo el Papa– usted lo hará saber al mundo; es decir, hará conocer a todos este acto mío de veneración”. Luego agregó: “Pongamos todo en las manos de Ratzinger…”. Al día siguiente el Cardenal Sodano me hizo saber la satisfacción del Santo Padre. “Para la Madonnina –exclamó- se puede proceder sin titubeos. ¡Pedro está con usted!”.

Esta señal de sangre deja sin palabras. Muchos lo interpretaron como un preanuncio de calamidades para Italia y para la humanidad.
No puedo dejar de buscar el equilibrio. La Virgen no puede no seguir de cerca el camino de sus hijos en el tiempo, sus afanes y sus preocupaciones. El creyente no debe descartar algunas hipótesis, para quien no cree…. No querría estar en los paños de un teólogo que deba dar alguna explicación por una estatua de María que llora sangre masculina. Un día el entonces Cardenal Ratzinger me dijo: “Los teólogos, si esto es cierto, tendrán que discutir mucho sobre la naturaleza de la sangre de María”.

Usted, un hombre de fe, naturalmente. Es un obispo. Ha tocado aquella sangre… podría ser la sangre de Cristo. ¿Esto no lo trastorna?
La verdad es que no la he tocado. Mi hermana la ha tocado. Usted sabe que la Comisión Diocesana sobre la cuestión ha dado diez opiniones positivas sobre once. Siete de estas se inclinaban por el evento no explicable, por un evento sobrenatural.

Se han detenido sobre el umbral (y no entiendo porqué), ni un juicio positivo ni uno negativo. Casi como queriendo archivar el hecho, a mandarlo en el olvido de la historia.
Yo no había preguntado si el fenómeno era sobrenatural, sólo si la Madonnina había llorado. Y la respuesta que le di es que, sí, la Madonnina lloró, pero no sé qué pueda ser!

Este presionar de lo eterno sobre el mundo arrolla toda certeza humana, positiva. Monseñor, este hecho ¿le ha procurado alegrías o sufrimientos?
(Se queda dudando largamente) No digo nada!

El obispo de antes, después del acontecimiento, no existe más.
No. La lagrimación ha desbaratado mi vida y todo se ha vuelto efímero, caduco. Es como si tuviese una percepción nueva de las cosas y de la vida.

Sé que toco cuerdas muy íntimas. Su devoción mariana se ha robustecido…
Esto sí. Siempre fui devoto de la Virgen. Muchos me preguntan: ¿cuándo piensas en la Madonnina? La pregunta debería ser dada vuelta: ¡cuándo no pienso en la Madonnina!

Quizás haya una lección a extraer de todo esto. Es necesario tener el coraje de no rechazar el misterio de Dios.
Sin embargo, Dios ama la libertad. Ha creado libre al hombre, libre aún de negarlo. Abrirse al misterio de Dios significa dejarse tocar por Dios. Ser disponibles. Rezo mucho para que las mujeres y los hombres de nuestro tiempo sientan, como un don, el ser tocados por Dios.

Civitavecchia con su Madonnina corren el riesgo de “damnatio memoriae” (la condena de la memoria). Usted no quiere. Usted, autorizado por el Secretario de Estado, el Cardenal Tarcisio Bertone, después de tantos años, ha finalmente hablado. Usted, quizás, querría algo más de la Iglesia, un paso menos dubitativo…
Puede que haya llegado el momento de parte de la Iglesia de decir su sí a Civitavecchia. Tengamos en cuenta el milagro de las conversiones, de las familias que se recomponen, de las personas que se sienten atraídas por este misterio de luz. En Civitavecchia esa Madonnina, es increíble, atrae, llama.
“¡Monseñor, después de haber turbado Francia ahora no habla más!” me dijo un poco bruscamente el rector del santuario de Lourdes. Estaba acompañado por Mons. Massimo Camisasca. “Que yo hable –le respondí– no importa, habla Ella, la Virgen. Lo demuestra el hecho que sin ser invitado he venido aquí porque he sentido una fuerza misteriosa. La he encontrado sin quererlo. Luego, menos se habla -agregué- y más habla Ella”. Esperemos que después de esas palabras mías continúe a hablar. Ésta es mi esperanza.

DE MEDJUGORJE A CIVITAVECCHIA

          La Virgen de Civitavecchia tiene una altura de 43 centímetros y una base de 6 centímetros. Pesa poco más de dos kilogramos y fue realizada en el taller de un artesano croata, Sqepan Vlaho, en una aldea de las cercanías de Medjugorje. Fue comprada en 1994 por don Pablo Martín, párroco de Civitavecchia, y regalada a los esposos Anna Maria Accorsi e Fabio Gregori.

          El 2 de Febrero de 1995, Jessica Gregori, (de cinco años), hija de Annamaria e Fabio, se da cuenta que sobre las mejillas de la estatuilla colocada en el jardín, corren lágrimas de sangre.
          Las lagrimaciones se repiten también delante de diversos testigos. El 5 de febrero comienza el “Diario del Obispo” que anota impresiones de los acontecimientos. Monseñor Girolamo Grillo es escéptico y tiene sospechas.
          Los primeros análisis de la sangre confirman que se trata de líquido biológico. La estatuilla es sometida a exorcismo y llevada al Policlínico “Agostino Gemelli” para hacerle radiografías y una TAC.

          El 28 de febrero estalla la noticia de que se trata de sangre humana con características masculinas. El obispo va al Vaticano a ver al Cardenal Joseph Ratzinger, entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Se pone en marcha la magistratura para cerciorarse que no hubieran eventuales trucos y la estatuilla es secuestrada. El 15 de marzo a las 8,15 la lagrimación de sangre en las manos del mismo obispo Girolamo Grillo. El extraordinario hecho se conocerá sólo veinte días después.

          El 22 de mayo, privadamente, la presidente de la Cámara de Diputados, Honorable Irene Pivetti, reza junto a Mons. Grillo delante a de la Madonnina. Recitan el rosario por Italia.

          El 9 de junio es el mismo Juan Pablo II quien reza delante de la estatuilla. Estamos en su departamento. Con el Obispo Grillo está el secretario personal del Papa, Stanislao Dsziwisz. La Madonnina vuelve definitivamente al barrio de Pantano el 17 de junio dando comienzo a la peregrinación de fieles que aún hoy continúa. Y el 17 de junio se cierra el “Diario del Obispo”.

          El 8 de octubre del 2000, Mons. Girolamo Grillo envía una carta a Juan Pablo II con un solemne juramento a Dios, Jesucristo, el Espíritu Santo y a María Madre de Dios. Afirma haber visto lagrimar sobre las manos la estatuilla de la Madonna proveniente de la parroquia de S. Agustín en Civitavecchia. “De este hecho –escribe el Obispo– he sido testigo ocular y por tanto no puedo ni mínimamente dudar de su realidad”.


Si la Virgen llora hay que consolarla

          Si la Virgen llora "públicamente", en una imagen expuesta, es para llamar la atención de su dolor por el mundo. El Santo Padre Juan Pablo II, refiriéndose a la imagen de Civitavecchia dijo, cuando le preguntaron qué hacer: "Si la Virgen llora hay que consolarla". La Virgen llora por todo el mal en el mundo.

          Según relatan muy allegados a Sor Lucía, de Fátima, que ésta en los últimos tiempos había visto llorar a la Madre de Dios. La vidente, que siguió gozando de manifestaciones privadas de la Santísima Virgen hasta el fin de su vida, interpretaba si que la Virgen lloraba era porque aún debe cumplirse el mensaje de la reparación de los 5 primeros sábados para que el triunfo del Corazón Inmaculado sea completo.
          La respuesta al llanto de la Virgen debería llevarnos del fenómeno en sí, las lágrimas que se han manifestado en la imagen, a la causa del dolor que produce el llanto: el pecado del mundo y reparar por ese pecado e interceder por aquellos que más lejos están de Dios. Marja, la vidente de Medjugorje, cuando recibió el primer mensaje de la Reina de la Paz, aquel 26 de junio de 1981, cuenta que veía a la Virgen delante de la cruz en amargo llanto, mientras repetía: “Paz, paz y sólo paz. Debe reinar la paz entre el hombre y Dios y entre los hombres. ¡Reconcíliense, conviértanse!”. Desde entonces no ha cesado de llamarnos a la conversión y de darnos los medios para avanzar en ese camino cuya meta es el encuentro con Dios. El ppdo. 2 de diciembre de 2004, nos decía en el mensaje a Mirjana: "Los necesito! Yo los estoy llamando! Necesito la ayuda de ustedes! Reconcíliense con ustedes mismos, con Dios, con su prójimo. De ese modo me ayudarán. Sean instrumentos de conversión para los que no creen. Enjuguen las lágrimas de mi rostro!".

          Queremos consolar a María, nuestra Madre. Por eso, propongámonos reparar todas las ofensas que se cometen contra su Corazón Inmaculado por medio de los 5 primeros sábados reparadores del Corazón Inmaculado, tal cual lo pidió a Sor Lucía, y mantengamos una vida de oración, una vida sacramental confesándonos con frecuencia, viviendo cada Santa Misa, amando y perdonando como nos pide el Señor, nutriéndonos de la Palabra de Dios, ofreciendo nuestros sacrificios.

Nota: La Devoción de los 5 primeros sábados
          Nos ha pareció importante recordar el pedido que le hicieron el Niño Jesús y la Santísima Virgen a Sor Lucía cuando estaba en el convento de Pontevedra, en 1925. Ver: La Virgen María y la Devoción de los cinco primeros sábados


Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma 2008
«Nuestro Señor Jesucristo, siendo rico, por vosotros se hizo pobre» (2 Corintios 8,9)

¡Queridos hermanos y hermanas!

1. Cada año, la Cuaresma nos ofrece una ocasión providencial para profundizar en el sentido y el valor de ser cristianos, y nos estimula a descubrir de nuevo la misericordia de Dios para que también nosotros lleguemos a ser más misericordiosos con nuestros hermanos. En el tiempo cuaresmal la Iglesia se preocupa de proponer algunos compromisos específicos que acompañen concretamente a los fieles en este proceso de renovación interior: son la oración, el ayuno y la limosna. Este año, en mi acostumbrado Mensaje cuaresmal, deseo detenerme a reflexionar sobre la práctica de la limosna, que representa una manera concreta de ayudar a los necesitados y, al mismo tiempo, un ejercicio ascético para liberarse del apego a los bienes terrenales. Cuán fuerte es la seducción de las riquezas materiales y cuán tajante tiene que ser nuestra decisión de no idolatrarlas, lo afirma Jesús de manera perentoria: «No podéis servir a Dios y al dinero» (Lc 16,13).
La limosna nos ayuda a vencer esta constante tentación, educándonos a socorrer al prójimo en sus necesidades y a compartir con los demás lo que poseemos por bondad divina. Las colectas especiales en favor de los pobres, que en Cuaresma se realizan en muchas partes del mundo, tienen esta finalidad. De este modo, a la purificación interior se añade un gesto de comunión eclesial, al igual que sucedía en la Iglesia primitiva. San Pablo habla de ello en sus cartas acerca de la colecta en favor de la comunidad de Jerusalén (cf. 2Cor 8,9; Rm 15,25-27 ).

2. Según las enseñanzas evangélicas, no somos propietarios de los bienes que poseemos, sino administradores: por tanto, no debemos considerarlos una propiedad exclusiva, sino medios a través de los cuales el Señor nos llama, a cada uno de nosotros, a ser un medio de su providencia hacia el prójimo. Como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, los bienes materiales tienen un valor social, según el principio de su destino universal (cf. nº 2404).
En el Evangelio es clara la amonestación de Jesús hacia los que poseen las riquezas terrenas y las utilizan solo para sí mismos. Frente a la muchedumbre que, carente de todo, sufre el hambre, adquieren el tono de un fuerte reproche las palabras de San Juan: «Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?» (1Jn 3,17). La llamada a compartir los bienes resuena con mayor elocuencia en los países en los que la mayoría de la población es cristiana, puesto que su responsabilidad frente a la multitud que sufre en la indigencia y en el abandono es aún más grave. Socorrer a los necesitados es un deber de justicia aun antes que un acto de caridad.

3. El Evangelio indica una característica típica de la limosna cristiana: tiene que ser en secreto. «Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha», dice Jesús, «así tu limosna quedará en secreto» (Mt 6,3-4). Y poco antes había afirmado que no hay que alardear de las propias buenas acciones, para no correr el riesgo de quedarse sin la recompensa de los cielos (cf. Mt 6,1-2). La preocupación del discípulo es que todo vaya a mayor gloria de Dios. Jesús nos enseña: «Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestra buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,16). Por tanto, hay que hacerlo todo para la gloria de Dios y no para la nuestra. Queridos hermanos y hermanas, que esta conciencia acompañe cada gesto de ayuda al prójimo, evitando que se transforme en una manera de llamar la atención. Si al cumplir una buena acción no tenemos como finalidad la gloria de Dios y el verdadero bien de nuestros hermanos, sino que más bien aspiramos a satisfacer un interés personal o simplemente a obtener la aprobación de los demás, nos situamos fuera de la óptica evangélica. En la sociedad moderna de la imagen hay que estar muy atentos, ya que esta tentación se plantea continuamente. La limosna evangélica no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos, a imitación de Jesucristo, que muriendo en la cruz se entregó a sí mismo por nosotros. ¿Cómo no dar gracias a Dios por tantas personas que en el silencio, lejos de los reflectores de la sociedad mediática, llevan a cabo con este espíritu acciones generosas de sostén al prójimo necesitado? Sirve de bien poco dar los propios bienes a los demás si el corazón se hincha de vanagloria por ello. Por este motivo, quien sabe que «Dios ve en el secreto» y en el secreto recompensará no busca un reconocimiento humano por las obras de misericordia que realiza.

4. Invitándonos a considerar la limosna con una mirada más profunda, que trascienda la dimensión puramente material, la Escritura nos enseña que hay mayor felicidad en dar que en recibir (Hch 20,35). Cuando actuamos con amor expresamos la verdad de nuestro ser: en efecto, no hemos sido creados para nosotros mismos, sino para Dios y para los hermanos (cf. 2Cor 5,15). Cada vez que por amor de Dios compartimos nuestros bienes con el prójimo necesitado experimentamos que la plenitud de vida viene del amor y lo recuperamos todo como bendición en forma de paz, de satisfacción interior y de alegría. El Padre celestial recompensa nuestras limosnas con su alegría. Y hay más: San Pedro cita entre los frutos espirituales de la limosna el perdón de los pecados. «La caridad -escribe- cubre multitud de pecados» (1P 4,8). Como a menudo repite la liturgia cuaresmal, Dios nos ofrece, a los pecadores, la posibilidad de ser perdonados. El hecho de compartir con los pobres lo que poseemos nos dispone a recibir ese don. En este momento pienso en los que sienten el peso del mal que han hecho y, precisamente por eso, se sienten lejos de Dios, temerosos y casi incapaces de recurrir a él. La limosna, acercándonos a los demás, nos acerca a Dios y puede convertirse en un instrumento de auténtica conversión y reconciliación con él y con los hermanos.

5. La limosna educa a la generosidad del amor. San José Benito Cottolengo solía recomendar: «Nunca contéis las monedas que dais, porque yo digo siempre: si cuando damos limosna la mano izquierda no tiene que saber lo que hace la derecha, tampoco la derecha tiene que saberlo» (Detti e pensieri, Edilibri, n. 201). Al respecto es significativo el episodio evangélico de la viuda que, en su miseria, echa en el tesoro del templo «todo lo que tenía para vivir» (Mc 12,44). Su pequeña e insignificante moneda se convierte en un símbolo elocuente: esta viuda no da a Dios lo que le sobra, no da lo que posee sino lo que es. Toda su persona.
Este episodio conmovedor se encuentra dentro de la descripción de los días inmediatamente precedentes a la pasión y muerte de Jesús, el cual, como señala San Pablo, se ha hecho pobre a fin de enriquecernos con su pobreza (cf. 2Cor 8,9); se ha entregado a sí mismo por nosotros. La Cuaresma nos empuja a seguir su ejemplo, también a través de la práctica de la limosna. Siguiendo sus enseñanzas podemos aprender a hacer de nuestra vida un don total; imitándole conseguimos estar dispuestos a dar, no tanto algo de lo que poseemos, sino a darnos a nosotros mismos. ¿Acaso no se resume todo el Evangelio en el único mandamiento de la caridad? Por tanto, la práctica cuaresmal de la limosna se convierte en un medio para profundizar nuestra vocación cristiana. El cristiano, cuando gratuitamente se ofrece a sí mismo, da testimonio de que no es la riqueza material la que dicta las leyes de la existencia, sino el amor. Por tanto, lo que da valor a la limosna es el amor, que inspira formas distintas de don, según las posibilidades y las condiciones de cada uno.

6. Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma nos invita a «entrenarnos» espiritualmente, también mediante la práctica de la limosna, para crecer en la caridad y reconocer en los pobres a Cristo mismo. Los Hechos de los Apóstoles cuentan que el Apóstol San Pedro dijo al hombre tullido que le pidió una limosna en la entrada del templo: «No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te lo doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno, echa a andar» (Hch 3,6). Con la limosna regalamos algo material, signo del don más grande que podemos ofrecer a los demás con el anuncio y el testimonio de Cristo, en cuyo nombre está la vida verdadera. Por tanto, que este tiempo esté caracterizado por un esfuerzo personal y comunitario de adhesión a Cristo para ser testigos de su amor. María, Madre y Sierva fiel del Señor, ayude a los creyentes a llevar adelante la «batalla espiritual» de la Cuaresma armados con la oración, el ayuno y la práctica de la limosna, para llegar a las celebraciones de las fiestas de Pascua renovados en el espíritu. Con este deseo, os imparto a todos una especial Bendición Apostólica.

Vaticano, 30 de octubre de 2007
BENEDICTUS PP. XVI

[Traducción distribuida por la Santa Sede © Copyright 2007-Libreria Editrice Vaticana]

UNA CUESTIÓN DE VIDA O MUERTE

 

Declaración de la Comisión Permanente (23 de agosto de 2006)

 

A los hermanos que creen en Dios
y a todos los hombres de buena voluntad:

Como pastores de la Iglesia, les escribimos con la preocupación y la esperanza del amor que les debemos.

Hace pocos días una señora se presentó a un sacerdote con una hija discapacitada y con profunda alegría le dijo: “Gracias, padre, hace unos años usted me ayudó a ver claro. Yo estuve a punto de abortar ante la evidencia de las malformaciones de mi hija cuando estaba en mi vientre. Usted me ayudó a no hacerlo. Hoy esta hija es la que da sentido a mi vida. Aún con su discapacidad es la alegría de nuestra familia”.

Nuestra experiencia eclesial puede mostrar miles de situaciones como ésta. ¿Cuál fue el móvil de ese sacerdote al ayudar a esa mujer? ¿Cuál es nuestro móvil al dirigirnos a las autoridades, a nuestros representantes y a todo el pueblo tratando de apostar por la vida e impedir la legalización del aborto? Créannos: sólo nos mueve el profundo amor de Dios por todos nosotros. Sólo nos mueve el deseo de valorar cada una de las vidas que se engendran y que ya son un ser constituido en el vientre de la madre.

Todos apreciamos lo que hizo la Madre Teresa por cada uno de esos seres débiles, olvidados de la sociedad, excluidos, moribundos en las calles. Esa mujer, de quien nadie puede dudar que sólo era impulsada por el amor, puso tanto empeño en ocuparse de los moribundos como en impedir que las madres cayeran en el gravísimo error de abortar a sus hijos.

Muchas veces se nos quiere hacer aparecer como retrógrados o fundamentalistas ante el tema del aborto. Se acepta y valora el trabajo de la Iglesia en favor de los pobres, pero se nos descalifica cuando defendemos el derecho a la vida. ¿Qué nos pasa como sociedad? Toda la tradición judeocristiana basada en los mandamientos de la Ley de Dios por miles de años consideró que el aborto es un crimen. ¿Qué luces ha recibido esta nueva cultura, qué revelaciones se nos han manifestado para descubrir que lo que siempre fue un mal tan grande hoy ya no lo es? También en otros tiempos hubo abortos, pero siempre se consideró que era un mal a desterrar. Las culturas cambian, pero los fundamentos esenciales de las personas permanecen. La Ley de Dios y el sentido común nos han enseñado que la vida es un gran bien que debemos preservar desde el momento que comienza.

Seguramente muchos de ustedes han visto la película en la que se ha filmado un aborto (El grito silencioso). La técnica nos permite apreciar que no hay ninguna diferencia entre destrozar el cráneo de esa pequeña criatura ya gestada o cometer el homicidio de un niño que camina por la calle.

En nuestros días se ha reavivado la polémica sobre la despenalización del aborto con motivo de situaciones muy dolorosas que afectan la vida de una joven discapacitada y de un ser inocente por nacer. Lo trágico de esta situación no puede hacernos olvidar que podemos asesinar a un inocente.

Esta polémica no es una discusión más entre tantas. Es una cuestión de fondo. Nunca, como en este caso, puede decirse que es una cuestión de vida o muerte. Tan es así, que involucra a todos los ciudadanos de cualquier credo o condición social. ¿Cuál será la opción de los argentinos? Cada uno en su conciencia debe discernir si quiere una sociedad que respete la vida de todos los seres engendrados. Los que creemos en Dios debemos darle ante todo a Él la propia respuesta. A los que no creen, los invitamos a que consideren qué les dice el sentido común frente a un ser ya engendrado que es verdadero sujeto de derechos humanos. A todos les pedimos, es más, les rogamos asumir este tema con la seriedad que se merece.

Los cristianos, como nos enseña San Pablo, no entristezcamos a Dios: no sembremos la cultura de la muerte en nuestra sociedad. Por el contrario, sembremos la esperanza y la alegría que provienen del amor de Dios por sus criaturas. Así nos lo enseñó Jesús, quien pidió al Padre que no se pierda ninguno de los hermanos.

María, que en Belén alumbró al Hijo de Dios, nos ayude a optar siempre por la vida.

 

Buenos Aires, miércoles 23 de agosto de 2006

144ª Reunión de la Comisión Permanente de la
Conferencia Episcopal Argentina


Testimonio de María Vallejo-Nágera a su regreso del sur de la India
(Reproducido con permiso de la autora)

 

Mis queridos amigos:
          Ya estoy de vuelta de la India. Esta vez hemos estado en la selva del Sur, en Kerala, en la zona del padre Manjakal. No sabes lo que me ha impresionado la selva, la espantosa pobreza, pero sobretodo la felicidad de esas gentes que no tienen NADA DE NADA. Y nosotros en Madrid preocupados por bobadas sin ninguna importancia.

          No he hecho más que pensar en la Madre Teresa, lo que debió sufrir allí y lo valiente que fue. Nosotros hemos bebido agua de botella todo el viaje y aún así una de mis amigas se ha puesto super malita. La Madre jamás bebió de botella, sino de lo que podía, y duró casi 90 años. Cuando Cristo está cerca, Él se encarga de todo: de purificar el agua, de que no mueras con la malaria de los mosquitos (por cierto, nos han abrasado a pesar de llevar Aután). Este viaje ha puesto la guinda en mi corazón que me faltaba. Estoy alucinada del poder de Jesús.

          En plena selva nos topamos inesperadamente con una pequeña misión de monjitas de clausura que tenían los restos de un santo indio, católico. Te llevaré fotocopia de su historia y de su cara para que puedas pedirle un favor del cielo. Brutal santazo, desconocido en España, pero que salvó cientos de vidas en plena selva. Se llama: BLESSED KURIAKOSE ELIAS CHAVARA (1805-1871).
          La gente de la India no es católica, ya que profesan otras religiones: Crishna, Buda, Shiva, etc... Sólo un 2% de la población es católica. ¡¡¡Pero qué católicos!!! Wow! La gente orando con un fervor alucinante, descalzos, (dejan sus chanclitas en la entrada de la iglesia, como se hace en el resto de los templos de otros dioses). Respeto, respeto, respeto hasta el final.
          Así el padre James alucina cada vez que viene por aquí y se le ponen los pelos de punta del susto.

          España va a pagar muy caro el daño que está haciendo a Cristo. No se está dando cuenta de la sangre que se ha derramado en el mundo entero para llevar a Cristo a los pobres. Tenemos que perseverar con más ferocidad que nunca.
          Tenemos una labor impresionante entre los nuestros. No podemos desfallecer. Lo digo con convencimiento y con el corazón.
          Tenemos que comenzar a orar en familia con más fuerza que nunca. Que nuestros pequeños sepan de Dios, de lo que les ama, de lo que les da y sobretodo, de las cuentas que tendrán que dar PORQUE TIENEN DE TODO. No saben lo que es pasar hambre, ni que cada día se trate de supervivencia.
          Esos niños llevan penurias bestiales en los ojos, pero también una felicidad que ya la querría el hombre rico. Nada se puede expresar con palabras. Hay que verlos y estar con ellos para entender lo que os digo.

          Las misiones de la selva me han dado la lección de religión y humildad más grande que he recibido desde mi conversión en Medgugorje. ¡Tenemos mucho que aprender del pobre!
          Ya te contaré más despacio, pues la información y los sentimientos que traigo en mi maleta son como para escribir otro libro.
          Quizá el resumen más escueto que podría hacer de lo vivido sería este: Jesús va ahí donde le llamamos, pues nunca nos abandona. Y Él se encarga de TODO, de todo, de verdad. Controla a los mosquitos, la malaria, las enfermedades, el hambre... Donde está El, está el triunfo del Amor verdadero, de la protección de un Padre de amor infinito, inmenso.
          Nada debemos temer, porque ahí donde estemos, si le llamamos, Él vendrá.
          Quizá enfermemos, quizá muramos en el intento, pero hay que pensar en todo momento que es Él quien obra y quien dirige el barco. Nosotros sólo tenemos que decirle: "Lo que tú quieras, cuando tu quieras y moriré cuando tu quieras". 

Muchos besos,
María Vallejo-Nágera


La Nochebuena es nuestro futuro

Entrevista de la revista Alba al P. Jozo

Por Jesús García

        El padre Jozo Zovko valora su reciente visita a Barcelona y habla sobre la Navidad. El padre Jozo Zovko, tras preparar la llegada de la Navidad con sus hermanos franciscanos del monasterio de Siroki Brijeg (Bosnia-Herzegovina), ha valorado para ALBA su reciente visita a Barcelona –que congregó a miles de fieles- hablando sobre el significado de estos días de Navidad.

        Como ya informó ALBA, el padre Jozo Zovko pasó cuatro días en Barcelona profundizando en la espiritualidad mariana de los grupos Reina de la Paz. Tras su visita y en plena Navidad, valoró ambas circunstancias para ALBA.

Ha visitado Barcelona después de diez años, ¿ha encontrado diferencias en esta ciudad y en esta Iglesia?

-          Barcelona es maravillosa, como un jardín de flores: armoniosa, bonita, viva. En esa ciudad del noble y santo Gaudí, la arquitectura está empapada de la Biblia, “la luz divina”. En la arquitectura, se convierte en historia bíblica, escrita con las eternas líneas de piedra, los caminos que llevan hacia “lo más bello” que es Dios. Pero se siente una gran carencia. Mirar los fantásticos templos, la ciudad empapada en arquitectura sacra, sin la presencia visible de los hábitos religiosos y sacerdotales, es increíblemente imperfecto. En cierta manera, se ve en todo un museo y no el templo vivo. ¿¡Cómo sería una ciudad sin alumbrado!? Sería oscura. ¿Cómo sería sin semáforos? El caos. Sin la presencia religiosa y sacerdotal en el pueblo, la ciudad está sin la señal sagrada.

Cuatro mil personas escucharon sus meditaciones y oración durante cuatro horas. Entre los asistentes había muchas lágrimas, ¿por qué llora el cristiano de hoy cuando le hablan abiertamente de Dios o de nuestra Madre?
 

-          Es  una gracia pronunciar entre lágrimas las palabras del hijo pródigo: “Padre, te pido que me perdones …”. Las lágrimas son el don y la señal que acompañan un sincero encuentro de dos personas después de mucho tiempo. Nuestros encuentros con Dios se  han hecho cortos en la liturgia y la oración, sin calidez. Este encuentro de cuatro horas y media ha sido el banquete del Hijo y del Padre. 

Usted lleva una profunda espiritualidad mariana por todo el mundo, ¿nos podemos creer en España aquello que decía Juan Pablo II, “España, tierra de María”?

-          Tiene que creerlo, y además, hacer algo respecto a ello. Vuestros santos, místicos, movimientos que cambiaron el mundo nos han endeudado a todos. Hoy España puede despertar a sus hijos adormecidos con una voz materna, encontrar y reunir hijos perdidos con un amor materno. Esa gracia, como una capa de agua subterránea que se ha acumulado a lo largo de la Historia , tiene que fluir como un manantial fresco, dar de beber a una nación grande y cansada. España es, por los santuarios marianos y la devoción, la más rica en la Iglesia. La Madre está llamando a su España.

 

     Nochebuena: entre un mar de regalos y fiestas, muchos cristianos no saben bien qué se celebra. ¿Qué es la Nochebuena desde el conocimiento de los mensajes de María y del Evangelio?

-          “Mira que estoy a la puerta y llamo: si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa” (Ap 3:20). Las voces que son más fuertes que las de los escaparates y la del hambre de consumo son las de Jesús y la Madre. La Navidad es la Madre con su Niño. ¡Ánimo a abrirse a ellos y buscarles el lugar en nuestra propia familia! Ellos traen la paz, la bendición, la luz. Son la plenitud de todo. Emmanuel: Dios con nosotros. Él tiene tiempo y se dirige al hombre. Nochebuena es reconocer a Dios en el hombre y su visita al hombre, que tanto lo necesita, que lo busca, que confía en Él. Al que le hace feliz. No ponerles obstáculos al Señor y a su Madre es la última llamada de la Reina de la Paz en el Adviento: permitir al Señor que me cambie, que me abra los ojos. La Nochebuena es nuestro futuro.

¿Cómo se celebra la Navidad en su monasterio?

-          Es una fiesta familiar, para la que toda la familia se prepara en el Adviento. Las misas con cantos al alba del día llenan las iglesias. Sacerdotes confiesan durante horas. Toda la familia, con ayuno y oración, con la lectura de la Escritura, se prepara para la venida del Señor. Nuestro monasterio es la parroquia más grande en la diócesis. Está siempre llena y exige mucho trabajo. Hemos visitado a los pobres, les hemos llevado regalos. Hemos visitado a los enfermos y ancianos y los hemos preparado con los sacramentos para esta gran fiesta.

¿Un deseo para la Navidad?

-          A todos los lectores del querido periódico ALBA, feliz y bendita Navidad, y un 2007 lleno de gracias y de paz, con los más sinceros saludos y bendiciones de vuestro fiel padre Jozo.


Benedicto XVI explica cómo María enseña a encontrar a Jesús
Homilía del Papa durante la Santa Misa en la Plaza del Santuario de Altötting

ALTÖTTING, martes, 12 septiembre 2006 (ZENIT.org).-Publicamos la homilía que pronunció Benedicto XVI este lunes al celebrar la eucaristía en la plaza del Santuario mariano de Altötting.

¡Queridos hermanos y hermanas!

En la Primera Lectura, el Salmo Responsorial y el Evangelio de hoy, tres veces y de tres formas diferentes, vemos a María, la Madre del Señor, como una mujer de oración. En los Hechos de los Apóstoles la encontramos en medio de la comunidad de los Apóstoles reunidos en la habitación superior, rezando que el Señor, ahora ascendido al Padre, realice su promesa: «Dentro de unos días ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo» (1, 5). María lidera la naciente Iglesia en oración; ella es, como lo fuera en persona, la Iglesia en oración. Y así, con la gran comunidad de los santos y al centro de ellos, ella permanece incluso ahora delante de Dios intercediendo por nosotros, pidiéndole a su Hijo nos envíe su Espíritu una vez más sobre la Iglesia y renueve la faz de la tierra.

Nuestra respuesta a esta lectura es cantar con María el gran himno de alabanza que ella eleva después que Isabel la llamara bienaventurada a causa de su fe. Es una oración de acción de gracias, de alegría en el Señor, de bendición por sus obras poderosas. El tenor de este himno es claro desde sus primeras palabras: «Ni alma magnifica –engrandece– al Señor». Engrandecer al Señor significa darle un lugar en el mundo, en nuestras vidas, y permitirle entrar en nuestro tiempo y en nuestra actividad: finalmente, esta es la esencia de la verdadera oración. Donde Dios es engrandecido, los hombres y mujeres no son empequeñecidos: hay demasiados hombres y mujeres que se han hecho grandes y el mundo está lleno de su luz.

En el pasaje del Evangelio, María pide a su Hijo un favor para unos amigos en necesidad. A primera vista, esto podría aparecer como una conversación enteramente humana entre una Madre y su Hijo y sería, efectivamente, un diálogo rico en humanidad. María no se dirige a Jesús como si fuera un mero hombre con cuya habilidad y utilidad ella puede contar. Ella confía una necesidad humana a su poder –a un poder que es más que capacidad y habilidad humana. En este diálogo con Jesús, la vemos realmente como una Madre que pide, una que intercede. Como escuchamos en el pasaje del Evangelio, vale la pena ir un poco más profundo, no solo para entender mejor a Jesús y María, sino también para aprender de María la manera correcta de rezar. María realmente no pide algo de Jesús: ella simplemente le dice: «Ellos no tienen vino» (Juan 2, 3). Las bodas en Tierra Santa eran celebradas durante una semana entera; todo el pueblo participaba y, por consiguiente, se consumía mucho vino. La pareja de novios se encontraron en problemas, y María simplemente le dijo esto a Jesús. Ella no le dice aquello que tiene que hacer. Ella no le pide nada en particular, y ciertamente no le pide realizar un milagro para hacer vino. Ella simplemente le hace saber el asunto a Jesús y lo deja decidir aquello a hacer. En las directas palabras de la Madre de Jesús, por lo tanto, podemos apreciar dos cosas: por un lado su cariñosa preocupación por la gente, ese cariño maternal que la hace estar atenta a los problemas de los otros. Vemos su cordial bondad y su voluntad de ayuda. Esta es la Madre a la que generaciones de personas han venido aquí a Altötting a visitar. A ella se confiamos nuestros cuidados, nuestras necesidades y nuestros problemas. Su maternal disposición para la ayuda, en la cual nosotros confiamos, aparece aquí por primera vez en las Sagradas Escrituras. Pero además de este primer aspecto, con el que estamos todos familiarizados, hay otro, que podríamos ver fácilmente: María deja todo al juicio de Dios. En Nazaret, ella entregó su voluntad, sumergiéndola en la de Dios: «He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lucas 1, 38). Y esta continúa siendo su actitud fundamental. Así es como ella nos enseña a rezar: no para buscar afirmar nuestra propia voluntad y nuestros propios deseos ante Dios, sino para permitirle que decida aquello que Él quiera hacer. De María nosotros aprendemos el gusto y disposición para ayudar, pero también aprendemos la humildad y generosidad para aceptar la voluntad de Dios, en la confiada convicción de que lo que sea que él diga como respuesta será lo mejor para nosotros.

Si todo esto nos ayuda a entender la actitud de María y sus palabras, todavía encontramos difícil entender la respuesta de Jesús. En primer lugar, no nos gusta la manera como él se dirige a ella: «Mujer». ¿Por qué no le dice «Madre»? Sin embargo, este título expresa realmente el lugar de María en la historia de la salvación. Señala al futuro, a la hora de la crucifixión, cuando Jesús le dirá: «Mujer, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu madre» (Cf. Juan 19, 26-27). Ello anticipa la hora cuando él hará de la mujer, su Madre, la Madre de todos los discípulos. Por otro lado, el título «mujer», recuerda el relato de la creación de Eva: Adán rodeado por la creación en toda su magnificencia, experimenta como ser humano la soledad. Así Eva es creada, y en ella Adán encuentra la compañía que buscaba; y le da el nombre de «mujer». En el Evangelio de Juan, así, María representa la nueva, la definitiva mujer, la compañía del Redentor, nuestra Madre: el nombre, que parecía muy falto de afecto, realmente expresa la grandeza de la misión de María.

Menos aún nos gusta la otra parte de la respuesta de Jesús a María en Caná: «Mujer, ¿que tengo que ver yo contigo? Aún no ha llegado mi hora» (Juan 2, 4). Nosotros queremos objetar: ¡tú tienes que hacer mucho con ella! Fue María quien te dio la carne y la sangre, quien te dio su cuerpo, y no solo su cuerpo: con su «sí» que pronunció desde las profundidades de su corazón ella te engendró en su vientre y con su amor maternal te dio la vida y te presentó a la comunidad del pueblo de Israel. Si esta es nuestra respuesta a Jesús, ya vamos por buen camino para entender la respuesta de Jesús. Porque todo esto debería hacernos recordar que en las Sagradas Escrituras encontramos un paralelismo entre el diálogo de María con el Arcángel Gabriel, en el que dice: «Hágase en mí según tu palabra» (Lucas 1,38). Este paralelismo se encuentra en la Carta a los Hebreos que, con palabras traídas del Salmo 40 nos narra el diálogo entre Padre e Hijo –aquel diálogo en el que da inicio la encarnación. El eterno Hijo dice al Padre: «Tú no quieres sacrificios ni ofrecimientos, en cambio me has preparado un cuerpo… Yo vengo… para hacer, Dios, tu voluntad». El «sí» del Hijo: «Vengo para hacer tu voluntad», y el «sí» de María: «Hágase en mí según tu palabra» –este doble «sí» se convierte en un único «sí», y de esta manera el Verbo se hace carne en María. En este doble «sí» la obediencia del Hijo se hace cuerpo, María le dona el cuerpo. «¿Qué tengo yo contigo, mujer?». Aquello que en lo profundo tienen que hacer el uno con la otra, es este doble «sí», en cuya coincidencia se ha realizado la encarnación. Es en este punto de su profundísima unidad que el Señor mira con su palabra. Ahí, en este común «sí» a la voluntad del Padre, se encuentra la solución. Debemos encaminarnos también nosotros hacia este punto; ahí encontraremos la respuesta a nuestras preguntas.

Partiendo desde ahí comprendemos también la segunda frase de la respuesta de Jesús: «Aún no ha llegado mi hora». Jesús no actúa jamás solamente por sí; jamás por gustar a los otros. Él actúa siempre partiendo del Padre, y es justamente esto que lo une a María, porque ahí, en esta unidad de voluntad con el Padre, ha querido depositar también ella su pedido. Por esto, después de la respuesta de Jesús, que parece rechazar el pedido, ella sorprendentemente puede decir a los siervos con simplicidad: «Haced lo que Él os diga». Jesús no hace un prodigio, no juega con su poder en un acontecimiento del todo privado. Él pone en acción un signo, con el cual anuncia su hora, la hora de las bodas, de la unión entre Dios y el hombre. Él no «produce» simplemente vino, sino que transforma las bodas humanas en una imagen de las bodas divinas, a las cuales el Padre invita mediante el Hijo y en las cuales Él dona la plenitud del bien. Las bodas se convierten en imagen de la Cruz, sobre la cual Dios lleva su amor hasta el extremo, dándose a sí mismo en el Hijo en carne y sangre- en el Hijo que ha instituido el Sacramento, en el cual se dona a nosotros por todos los tiempos. Así la necesidad es resuelta en modo verdaderamente divino y la pregunta inicial largamente sobrepasada. La hora de Jesús no ha llegado aún, pero en el signo de la transformación del agua en vino, en el signo del don festivo, anticipa su hora ya en este momento.

Su «hora» definitiva será su regreso al final de los tiempos. Él anticipa continuamente esta hora en la Eucaristía, en la cual viene siempre ahora. Y siempre de nuevo lo hace por intercesión de su Madre, por intercesión de la Iglesia, que lo invoca en las oraciones eucarísticas: «¡Ven, Señor Jesús!» En el Canon la Iglesia implora siempre nuevamente esta anticipación de la «hora», pide que venga ahora y se done a nosotros. Así queremos dejarnos guiar por María, por la Madre de las gracias de Altötting, por la Madre de todos los fieles, hacia la «hora» de Jesús. Pidámosle el don de reconocerlo y de comprenderlo cada vez más. Y no dejemos que el recibir sea reducido solo al momento de la Comunión. Él permanece presente en la Hostia santa y nos espera continuamente. La adoración del Señor en la Eucaristía ha encontrado en Altötting en el viejo cuarto del tesoro un lugar nuevo. María y Jesús siempre van juntos. Mediante ella queremos permanecer en diálogo con el Señor, aprendiendo así a recibirlo mejor. ¡Santa Madre de Dios, ora por nosotros, como en Cana has orado por los esposos! ¡Guíanos siempre hacia Jesús! ¡Amén!

[Traducción distribuida por Analisisdigital.com
© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana]


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